Los personajes no me pertenecen.
Sonríe, Arnold
II
¿Cómo ignorar por completo a quien se pasea descaradamente por tu propia casa, como si fuese la ama y señora de todo? ¿Alguien tendría esa información? ¿Alguna receta eficaz? Ignorar y no sufrir en el intento, eso. Porque Arnold Shortman no tenía ni la más mínima idea.
No verla caminar por el pasillo rumbo a la habitación, bajando las escaleras, inspeccionando la cocina… no cruzaban muchas palabras, salvo un débil saludo por educación, que él siempre manifestaba de primer momento.
Sí, porque Helga era una maleducada y falta de todo tacto cortés. Entonces él saludaría aunque la odiase. Le daría los buenos días y después, adiós que no te quiero ver.
Pero sí la veía. ¿Y cómo no hacerlo? Se repitió. Ella parecía tener serios problemas de hiperactividad y, en lugar de largarse con pies inquietos a cualquier destino citadino, se quedaba apostillada en la casa, con enormes pijamas polares y yendo del timbo al tambo como pelotita de ping-pong. De allá para acá. Cocina y sala. Baño y pasillo. Se sentaba en el sofá y después daba vueltas cerca de la entrada, bamboleándose sobre sus talones. Se quedaba prendada de las fotos en las repisas y jugaba con Abner junto a la chimenea, cuando el frío se volvía más intenso y el fuego comenzaba a crepitar sobre el madero seco.
Bien, al menos Abner estaba feliz con su presencia insoportable.
Insoportable.
—¿Puedes parar un minuto? — se permitió hablarle en esa ocasión, porque sus piernas no se habían detenido siquiera una vez desde que ingresó a la cocina.
Él leía un libro sobre la mesa, aunque ahora no tenía ni la más puta idea de qué iba la trama. Perdió el hilo cuando ella se dejó caer en la silla del frente, masticando un chicle y meciéndose de un lado a otro, hacia delante y hacia atrás.
—No estoy haciendo nada. — su voz petulante y sardónica… Dios, la detestaba.
—¿Cuándo llegarán tus padres? — solo habían pasado tres días.
—Si te soy sincera, cabeza de balón, no tengo idea. — se metió el dedo índice a la boca y se enredó un extremo de su chicle, halando la goma fuera de sus labios, estirándola lo más que la golosina le permitía, para después volverla a meter en su boca. ¿Acaso se creía todavía una adolescente?
El aroma a canela penetró en sus fosas nasales y sin verlo venir, la boca se le hizo agua.
Apartó la mirada con urgencia.
—¿Y los tuyos? — se apoyó en el respaldar, elevando sus largas piernas para subirlas a la mesa, cruzando una sobre otra.
—El domingo — tragó saliva, pasando hacia la siguiente página de su libro, aún sin haber leído una letra de la anterior.
—¿Qué día es hoy? ¿Jueves?
—Es martes, Helga.
—Ya.
Y nada más. Era la conversación más larga desde aquel momento, cuando llegó tan sin vergüenza y con sus manías extrañas después de tantos años.
Clavó sus ojos en la primera frase de aquella página de aquel libro del cual ya no recordaba ni su nombre.
La mujer, ahora callada, lo veía. Y él lo supo aunque no la mirase. Lo supo porque el fuego azul de sus enormes ojos lo traspasaba como flama viva, verdadera, y le calentaba el cuello, las mejillas y la frente. Se corría por su pecho y cubría su estómago, haciéndolo retorcerse.
—¿No tienes nada qué hacer? — volvió a pasar la página, nuevamente, sin leer nada. La hoja de papel tembló entre la pinza de sus dedos.
—El frío está muy jodido afuera, no pienso volver a salir. — Tan solo había salido el día de su llegada, para abastecerse con un poco de comida. — ¿Tanto te molesta mi presencia, Arnoldo?
—Sabes que sí. No te quiero aquí, Helga. Te lo dije.
—Tus padres dirían lo contrario. Me agradan, quisiera poder saludarlos. Y tus abuelos…
—¡No hables de mis abuelos! — exclamó. El libro cayó en su regazo y las manos fueron a las ruedas de su silla. — No te atrevas, Helga.
—Ellos también me agradaban, y mucho. Aunque tu abuela me llamase siempre con otro nombre y tu abuelo se refiriese a mí como la pequeña de una ceja — ella continuó, ignorándolo. — ¡Los dos ancianos más peculiares que hubiese conocido! De seguro…
—¡Cállate, Helga! — se quiso mover, pero la silla, barrida con violencia ante su molestia, se embutió en la mesa y los reposapiés se atascaron con las patas de otras sillas. — Mierda…
—¿Necesitas ayuda?
—¡No! — se removió, obstinado. — Joder… — inclinó el torso y con el pecho pegado a las rodillas, estiró una mano y desatoró el artefacto. — Esta mierda… — resopló, botando aire por la nariz. Clavó los codos en sus inútiles rodillas y enterró la cara en sus manos.
Estaba cansado, mareado y confundido.
Y esa chica, esa niña estúpida oculta en cuerpo de mujer, lo amargaba más que cualquier otra cosa o persona en el mundo.
—Arnold… — ¿cómo hacía para que el tono de su voz se pintase de modo tan diferente, de un momento a otro? Maldita actriz con talento.
Su cuerpo se sacudió, incluso creyó que sus piernas muertas se habían movido también, conmocionadas como todo su ser.
La mano de Helga acarició su pelo y él se removió. No supo cuando ella se había acercado tanto, con su aroma cítrico y su chicle de canela. Sus dedos delgados masajearon su cuero cabelludo de a poquito, tanteando, volviendo a familiarizarse, quizá.
Podía intentar un nuevo sacudón, apartarla como si fuese un molesto mosquito y no volver a estar cerca. Se encerraría en su habitación, de ser necesario, y no volvería a sentir su calor, su mano, su olor.
Sus ojos se humedecieron.
No llores. No llores. No llores delante de ella. No lo hagas.
Pero los espasmos en sus hombros llegaron de improviso. Sus palmas se mojaron y la nariz goteó. Su boca soltó un gimoteo lamentable, casi infantil, como un niño llorando de miedo después de despertar de una pesadilla.
¡No llores, Arnold!
—Arnold — y ella, atrevida, le apartó los brazos. No sé resistió, sus extremidades superiores actuaban como si fuesen de tela. Helga las dejó a los lados y, arrimando la silla lejos de la mesa, se sentó en su regazo.
El alivio no fue inmediato. La sorpresa opacó cualquier sensación bienhechora que el cálido cuerpo de la joven le ocasionaba. Se quedó quieto, llorando, y ella lo abrazó por el cuello y le hizo apoyar la cabeza en su hombro. La suavidad del pijama polar le hicieron suspirar, un poco agradecido por la agradable sensación. Después de un minuto, sus brazos la rodearon, apretándola levemente. Le mojaba el pijama, lágrimas y mocos, a ella no parecía importarle.
No sabía qué pasaba, pero lo aceptó. Que si la odiaba porque la extrañó demasiado, porque se había ido aunque no hubiese tenido opción, porque dejó de llamar, de escribir, de pensarlo y extrañarlo también… no importaba. En ese instante, con sus brazos arropando sus hombros y el aliento rozando la piel, no importaba nada.
Lloró libremente, dedos en su espalda, clavándose un poco. La nariz sorbió algunas pelusillas del pijama y casi lo hicieron estornudar.
Pasado un tiempo, se tranquilizó. Quedó con la mejilla pegajosa contra la camisa y la punta de la nariz casi tocando su cuello.
Así los encontró Abner al entrar por su puertecita, su lengua al aire y ojos brillantes.
Ambos se sobresaltaron al escuchar el ladrido, elevando el rostro. Piel roja por todas partes y respiración irregular. Arnold apartó sus brazos y secó los ojos, ella tardó un poco más en reaccionar de otra forma que no fuese mirarlo detenidamente.
—Lo siento — dijo él, sin saber qué hacer a continuación.
—No… — verde contra azul y todo volvía a ser un remolino de emociones conflictivas y asfixiantes.
¿También había ella llorado? Lo pensó, porque sus ojos estaban más brillantes de lo normal y su nariz redondeada, enrojecida como una cereza.
—¿Te sientes mejor? — No sabía por qué sus dedos seguían enredados en los pelos de su nuca, pero era sorprendentemente relajante, casi somnífero. Sólo por ello, por esa sensación magnífica, asintió. — Bien. — deshizo el toque, embruteciéndolo por un segundo. Tragó saliva y ella se levantó de sus piernas. Se mordió el labio inferior antes de pedirle que no lo hiciese.
—Discúlpame, te mojé el pijama — había una enorme mancha húmeda en su hombro, Helga no la miró.
—No te preocupes. Yo… me iré a cambiar. — las manos que tan bien lo mimaron en su cabello, se apretaron en puños, agarrando un poco la tela de su ropa. — Eh… yo… lamento si…
Abner se paró a su lado e hizo lo que con él siempre aplicaba; le lamió el puño derecho, relajando la musculatura de sus dedos. Helga bajó el rostro hacia el perro, apenas sonriendo.
—Abner… ¿por qué lo llamaste como a tu cerdo?
—Porque lo extraño — confesó, sin saber si lo quiso o no.
Con Helga G. Pataki, nunca estaba seguro de nada.
—Lo siento, Arnold. Yo…
—Podremos hablar después, si quieres.
—La cuestión está en si tú lo deseas. Querías no hablarme nunca más, ¿no es así?
—Helga…
—Debo ir a cambiarme.
Y después de torturarlo con su inquieta presencia, sus actitudes ilógicas y sus condenados ojos azules, lo dejó allí, mancillado. Con viejos recuerdos saliendo del baúl y puyando en su mente, su alma y su corazón. Con su aroma en la ropa y el deseo de su tibieza otra vez en su nuca, apretando el cabello y con el aliento a chicle en su oreja.
Miró a Abner, quien quedó frente a él con ojos fijos e inteligentes.
—¿Qué voy a hacer con ella, amigo? — preguntó. El perro movió la cabeza, sentándose. La cola peluda se mecía de un lado a otro. — ¡Hey! ¿Es cierto que tienes novia? — un ladrido como respuesta. — ¡Sinvergüenza! — palmeó en son de llamada. Abner corrió a él y le dio dos lametazos juguetones. — Tienes que presentarla, amigo. ¡Debo conocerla! — rió cuando el perro empezó a dar vueltas a su lado.
Y rió también porque el llanto le aligero los ligamentos, las fibras musculares, los nervios y hasta los mismos huesos.
El llanto y el abrazo de Helga, aunque no lo quisiese admitir.
Tomó el libro olvidado después de lavarse la cara en el fregadero y fue a la sala. El fuego se atenuó, por lo que agarró un par de leños y los arrojó, escuchando el arrullador crepitar. El celular en el bolsillo de su camisa vibró con un mensaje de sus padres.
Respondió como siempre, sin dar detalles del singular huésped presente.
"Todo en orden. ¡No se preocupen!"
Miró las escaleras. Helga tardaba más de lo previsto.
El teléfono sonó con una llamada. Miró el nombre en la pantalla y no dudó en responder.
—¡Viejo! — saludó, y algo en el tono de su voz se evidenciaba de extraño modo. Había una pizca del viejo Arnold allí, en el timbre, la entonación, incluso en el mismo saludo. Una pizca pequeña, casi etérea, pero presente.
—¿Qué tal todo, hermano? Phoebe se arregla para salir a las compras navideñas. La mujer casi termina conmigo al sugerirle que comprase unas corbatas para todos. ¿Puedes creerlo?
—Lo creo. ¡No puedes resolver la Navidad con corbatas!
—La Navidad no son los regalos, Arnie, ¿no es así?
—Así es.
—Entonces no importa si regalas corbatas, ¿no crees?
No dijo un chiste. No bromeó con nada nuevo. Habló de un tema común y expuso un punto que sacaba a la luz desde que eran unos niños, nada divertido ya. Pero Arnold rió, como reía cuando jugaba con Abner. La sonrisa enorme de dientes expuestos no se presentó. ¡Pero rió! De buen grado. Nada de actuación por educación o por no preocupar a quien pudiese encontrarse con él. Realmente rió. Una carcajada franca que botó contra el concreto de las paredes.
Gerald lo acompañó después de la leve sensación de impresión.
—¡Caramba, Arnie! ¿Alguna buena noticia?
Calló. No supo si comentarle el regreso de Helga fuese una buena idea. ¿Sabría Phoebe de los planes de la rubia? Y si sabía, ¿contaría a Gerald?
El moreno preguntó con palpable interés. Porque rió, sí. Y era algo tan extraño y tan lejos de lo que había sentido desde hace tiempo, con la depresión y toda la ira putrefacta aguijoneando su organismo, que incluso él se sintió ajeno al sonido, sin Abner como causante del mismo.
—Yo… — Helga bajó las escaleras. Los mismos pantalones polares pero con una camisa de diferente color a la anterior; había un muñeco de Popeye el marino en ella. — Debo irme, hermano. Debo… Abner tiene hambre.
—¿Todo en orden, entonces?
Miró a la mujer, inclinándose hacia su perro. Ella sonreía como una pequeña cuando Abner lamía sus muñecas, meneando la cola.
—Todo bien — colgó. Quiso dejarse perder en la ensoñación producida por su imagen… algo contraproducente, porque su mente, en desacuerdo con su corazón, gritaba que debía seguir odiándola.
Aunque lo hubiese consolado hacia un rato, debía odiarla.
La odio.
—Arnold… — y su voz suave, como hacia unos minutos atrás, cuando dejó de juguetear como colegiala con su estúpido chicle y se dispuso a atenderlo, podría decir que preocupada, incluso afectada.
¿Qué había ocurrido con ella en todos esos años? ¿Aún quedaría algún pedacito de la Helga valiente y leal? Aquella chica aguerrida que peleó con LaSombra, un hombre del doble de su tamaño, para que él pudiese llegar a sus padres…
¿Quedarían indicios de su interior bohemio, literato y espectacularmente poético? Muy posible, porque aquella voz suave, aquella preocupación casi palpable, era un grito silencio de esa Helga G. Pataki, un bramido de aquella parte de su ser sensible y muy agradable.
¿Y el amor que dijo sentir por él? ¿Quedaba algo? ¿Algún raspón, quizá? Algo pequeño, tan pero tan diminuto que no podría darse cuenta de ello. ¿Podía ser?
No importa.
No importaba.
—Disculpa si te molesté al hablar de… — no se alejó de Abner. Se sentó en el suelo, allí, al estilo indio, y el perro se recostó a su lado, cabeza en el regazo de la rubia y ojos casi obnubilados, disfrutando de las caricias.
Suertudo sinvergüenza.
Sacudió la cabeza, despejando sus pensamientos. Muy patético el empezar a envidiar a su perro.
—No me molesta hablar de mis abuelos, solo…
—¡Lo siento mucho! — ella exclamó, su voz chillona en un gritito. Abner levantó la cabeza y Helga lo abrazó, enterrando la cara en su pelaje. — ¡En serio, en serio, en serio lo lamento! Perdóname por no… cuando Phoebe me dijo yo quise… debí venir porque Gertie y Phill eran… y tú... Lo siento mucho. — se aferró a Abner como a un salvavidas.
Al verla en su pórtico hacia dos días atrás, deseó lastimarla. Apreciarla dolida, quebrada. Quería poder traspasarle parte de todo su dolor y que sufriese al menos un poco. La odiaba y no quería sentir aquella dolencia en el centro de su estómago, por encontrarla justo como deseó en primer instante; un poco rota y miserable.
—Helga… no… — el chico amable que siempre supo qué decir, no estaba. Sentía la lengua hecha de acero y la garganta estrecha.
—Discúlpame — levantó el rostro y secó sus mejillas. — ¡Abner, lo siento! Te mojé un poco, aquí… — frotó el dorado pelo húmedo. — Ahora, creo que comeré algo.
Se levantó con un brinco impresionante, ojos rojos pero ahora secos y cara inexpresiva.
¿Me está cargando?
Helga G. Pataki y sus jodidos cambios de humor.
—Helga…
—Si quieres que te convide un poco de mi cereal, deberás darme uno de esos chocolates que celosamente guardas en la alacena inferior.
—Helga…
—Ya no fastidies, cabeza de balón. El momento emotivo y deprimente terminó.
—Vete a la mierda, Pataki — farfulló, apretando las ruedas de su silla.
No la entendía. Nunca la entendió y allí, supo que nunca lo haría.
Se afianzó a las ruedas y ascendió por la rampa. Su molestia le hizo ir en rápido ascenso; sus hombros se engarrotaron y el abdomen le dolió.
Siguió pese a ello y se encerró en su habitación.
N/A:
Espero todo se de a entender a medida que avanzamos. La historia no se irá por dramas ajenos a los protagonistas principales, por ello la planeé cortita y concisa, aunque haya que esclarecer los puntos de a poco. Creí que sería suficiente con dos capítulos, pero no. Tendrán un poco más. ;)
Todo será desde la perspectiva de Arnold. Espero no hacer un mal trabajo describiendo las reacciones de Helga ante los ojos de él, pues eso, y sus diálogos, será lo que nos diga cómo puede ella sentirse.
¡Sean críticos pero no malvados! hacia AÑOS que no escribía algo "dramático". Jejejeje...
Gracias por cada comentario.
¡Nos leeremos en la parte III!
Yanii.
