Los personajes de Hey Arnold! no me pertenecen.


Sonríe, Arnold


Parte III


Una semana y sus padres no pudieron llegar. Una tormenta los sorprendió en Kansas y los vuelos fueron suspendidos.

Su madre lloró por teléfono.

—¡Estaré bien, mamá!

—¿Y si no llegamos para navidad? No es justo, cariño, que tú…

Todavía falta una semana — intervino su padre, debieron activar el altavoz del teléfono. — Tendremos la fe de que la tormenta pasará y podremos estar allí justo a tiempo.

—Mantente caliente y llama al señor Grimant o a los señores Johanssen si necesitas de algo. ¿Has llenado la despensa?

—Todo está en orden, madre. — una frase tan repetitiva en su lengua que hasta náuseas le causaban.

—¡Nosotros vamos a…! — interferencia y, de pronto, la llamada cayó.

Suspiró, otra semana a solas no estaría mal.

¡Oh! Pero no pasó una semana a solas. No. La pasó con una mujer insoportable, odiosa y antipática. Una rubia loca. Una persona indeseable y…

—¡Buen día, cabeza de balón! — y podría jurar que bipolar, o con un serio problema de personalidad.

A su mente llegó la película "Identidad", en donde un sujeto tenía a más de cinco personalidades controlando por turnos su mente.

Si bien Helga no mostró indicios de una personalidad asesina (en realidad, solo mostraba esos dos lados dispares que siempre estuvieron en ella), podía casi asentir a la idea de que se trataba de dos personas diferentes. Aunque cada una tenía chispazos de la otra.

La Helga educada y agradable podía ser muy sarcástica; y la Helga odiosa y prepotente, solía mostrar un tenue brillo de comprensión, incluso dentro de sus arranques de impaciencia.

Qué carajo.

Eran una misma persona. Indescifrable(s).

—Buen día, Helga. — cada noche se prometía no hablarle, no después de cada desplante desubicado, pero helo allí, respondiendo a su saludo pese al infaltable apodo (algo que las dos Helga's gozaban de aplicar, una más que otra).

Él y su educación.

—Una muy buena noticia… — dijo ella, buscando en la despensa su caja de cereal. — Hablé con mis padres…

—¿Ya te irás? — mierda… ¿fue angustia lo que su voz denotó?

La joven llenó el cuenco con una montaña de hojuelas de avena y maíz azucarado. Su pelo suelto se colgaba a los lados y un flequillo cubría su frente al tener la mirada puesta en sus cereales. Él no podía ver su cara.

—No — murmuró. — ¡Los atrapó una tormenta en Atlanta! Tendré que quedarme aquí un poco más, si no te molesta.

¿Era esa la buena noticia? ¿Lo decía con su siempre sarcasmo o con su rara sinceridad? ¿Por qué su corazón latía tan devotamente y el estómago se le aligeró, como una nubecilla de algodón?

—Eso…

—Sobreviviremos — dijo ella, tomando entre sus dedos algunas hojuelas para comer. Se explayó en el asiento de siempre, frente a él.

Tenía un precioso primer plano de toda su existencia masticando el cereal, como una pequeña en la mañana del domingo. Se preguntó si gozaría de leer las caricaturas del periódico.

—¿No habrá leche esta vez?

—Se me terminó.

No tenía por qué hacerlo, pero al darse cuenta, estaba en su refrigerador, cogiendo el último cartón de bebida láctea. Se lo tendió a través de la mesa.

—No queda mucho, pero… — con una mano rascó la parte posterior de su cuello.

Ella trazó una sonrisa y de inmediato la borró.

Pero él pudo verla, casi entibiando sus mejillas.

Lo que daría por poder leer su mente. ¿Acaso podría intentar la locura del personaje de Mel Gibson en el filme sobre mujeres, y hacer un montón de estupideces femeninas antes de electrocutar parte de su cuerpo en una tina? ¿Sus piernas inmóviles recibirían el impacto o debía usar un brazo? ¿Y después? ¿funcionaría? ¿Podría leer la mente humana más compleja y enigmática de su generación?

La mente de Helga Geraldine Pataki.

—Debo comprar más comida — informó ella, removiendo la cuchara. El cereal se arremolinaba al fondo del plato, convirtiéndose en una especie de masacote. — No sé si tú necesitas…

—Yo… — su despensa estaba igual de desierta. Incluso creyó que un grillo había anidado allí, soltando su canto cada vez que metía la cabeza en busca de algo.

—Podemos ir juntos — se llevó una cucharada a la boca, evitando hacer contacto visual.

Arnold creyó sentir como su cuerpo, al menos la parte funcional, se transformaba en una enorme pila de plastilina.

¿Había escuchado bien? ¿Salir? ¿Con el frío y el gentío en las tiendas?

Él en silla de ruedas…

¿Y con ella?

—Yo…

—No te queda mucha comida, lo sé. A mí tampoco. Deberíamos ir de compras antes de que una tormenta decida venir a Hillwood también, para variar.

—No sé… — ella lo miró, por fin. Sus ojos entrecerrados y decididos.

—No pretendo hacer tus compras sin tu ayuda, Arnoldo, y si no queremos morir de hambre, deberíamos ir hoy mismo y abastecernos.

—Es… — él podría pedir sus compras por delivery. Lo venía haciendo desde hacía un par de años cada vez que estaba solo.

¿Salir?

—Yo… está bien — sí, porque Helga tenía un poder extraño que lo dejaba atolondrado, ansioso.

Era ella quien podría moldear esa enorme masa de plastilina que ahora era él, a su maldito antojo.

—De acuerdo — ¿acaso volvió a sonreír? No lo supo, porque de inmediato regresó a su plato de cereal.

Y él casi sonreía también. Porque, pensase lo que pensase su mente y dijese lo que dijese su boca, tener a Helga cerca no estaba resultando tan malo.

Pocas conversaciones, pocas miradas y ningún nuevo contacto. Nada de cuerpo a cuerpo. No hubo más llanto y consolación.

Pero ella está cerca.

Con sus pijamas polares, su chicle y su aroma frutal. Sus pantuflas enormes, sus cambios de humor y el pelo siempre suelto.

La odiaba, que no quepa duda de ello.

Pero estaba tan cerca… una distancia bendita y a su vez, torturante. Porque ella pasaba por su lado, aromatizada el ambiente, y él respondía de modo poco decente.

¡No supo cómo, o desde cuándo pasaba aquello! Sabía que su lesión afectó el movimiento de sus piernas, mas no sus esfínteres. A Dios gracias, podía controlar sus ganas de ir al baño, desechando el uso de un pañal para adultos.

Sí, orinaba y cagaba como un hombre normal. Y sufría de erecciones, también. Qué carajo. Pero no debía pensar cosas extrañas. Helga era la primera chica con la cual convivía por un tiempo prolongado después del día fatal. Su reacción era completamente entendible. Seguro. Claro. Era esa la explicación más racional a su situación.

Claro, muy normal. Porque la odio y…

Y a veces debía utilizar su mano para calmar la maldita ansiedad. El orgasmo no era, en lo absoluto, igual a antes de su condición, pero era una liberación satisfactoria. Anteriormente, no creía en poder tener una erección con sólo ver el objeto de sus deseos, aunque sus médicos y terapeutas le explicaron que era posible, dado que su lesión en la espina fue muy, muy baja, evitando tocar los nervios que controlaban su virilidad.

Milagro, le dijo alguien una vez. Por supuesto, otra forma de decir que pudo haber sido mucho peor.

Regresando al punto, Helga G. Pataki lo excitaba como nadie.

Qué sufrimiento.

Y más cubierta no podía estar… Seguramente se vería igual de provocativa con una bolsa negra de basura como vestido.

Al cielo gracias por no coincidir en verano… sus escasas ropas lo hubiesen llevado a la locura.

Podría apostar sus dos brazos sanos por ello.

—Saldremos a las dos, ¿te parece? — ella terminó sus cereales y él quedó allí, con el desabrido emparedado en pan de centeno relleno con una triste lonja de jamón.

Olfateó el aire que dejó tras abandonar la cocina. Su panza pareció revolotear, incontrolable.

—No pasa nada — lo dijo para Abner, aunque el perro velaba el pan poco apetecible y muy poco le prestó atención a él.

Se lo dio al hocico, levantando el plato y el de Helga.

Maleducada. Siempre dejando todo en desorden, sin ofrecerse para un poco de ayuda.

—Te creo muy capaz de hacerlo todo por ti mismo, Arnoldo.

Y el chiquero sobre el fregadero. La mujer comía como bestia del infierno (no era de extrañar que se quedara sin alimento) y no tenía la mínima decencia de levantar sus porquerías…

Agarró la cuchara que ella utilizó y sin planearlo, se la metió en la boca. Sorprendiéndose de su propia acción, se la sacó de inmediato. La miró, y repitió el acto, cerrando los ojos. Parte de su esencia estaba allí. Quiso poder diferenciar su sabor y absorber un poco de su calidez…

Botó una prolongada exhalación, dejando el cubierto.

Y cuando pienso que no puedo ser más patético…

Pacientemente, dejó limpio cada plato y utensilio. Secó todo y fue a prepararse.

Para una persona con sus extremidades saludables, el asearse para una salida le tomaría menos de una hora, si no se era muy pretencioso y vanidoso con la apariencia. Para una persona lesionada, la situación cambiaba. El querer hacerlo todo con calma implicaba el irse a su habitación en ese momento y buscar la ropa. Preparar sus implementos de higiene y con calma realizar la rutina en el baño. Sin prisas.

Se dispuso a utilizar el baño del sótano, aquel que su abuelo mantuvo en secreto tan celosamente por un tiempo. Arregló todo, llenó hasta el tope la tina y se hundió en ella, dejando que el agua cubriese hasta su boca. Miró el reloj.

Él no estaba ni cerca de llamarse vanidoso, y aunque requería de tiempo para estar limpio y presentable para el público callejero, quizá exageró un poco al meterse al baño con cinco horas de anticipación.

No importaba, sería un buen momento para él, relajante y lejos de Pataki.

Pataki.

La prisa del baño no se debía a ella, ni la importancia por una buena apariencia. La mujer estuvo viéndolo con pijamas de tela de peluche desde el instante en que pisó la pensión.

No importaba lo que ella pensase sobre su atuendo. Ya no valía su opinión.

Seguro.

Pero se enjabonó más fuerte de lo usual. Se rasuró la incipiente barba y utilizó el desodorante de costosa marca que su padre le compró.

Pulcro y con el cabello aún húmedo, subió la rampa hacia la sala.

Helga jugaba con Abner. Sentada al estilo indio en la sala, acariciaba al Golden en la panza. Abner recibía con gusto la atención. Su cola bailaba de lado a lado y la lengua afuera se veía más rosada de lo normal. Tenía los ojos cerrados y chillaba con placer.

Ella se veía igual de tranquila, casi adorable. También se había vestido temprano, con unos pantalones negros, botines todo terreno y chaqueta de jeans sobre una sencilla camisa verde. Con rostro sereno y sonrisa cariñosa, mientras mimaba al enorme canino sinvergüenza.

Era una imagen hermosa e irresistible. Un momento a todo color que se instaló en su retina para siempre .

Suspiró, sabiendo la razón y sin querer aceptarla aún. No, todavía no. O sí.

¿Cuándo podría exponer todo sobre la mesa y aclarar la situación? ¿Qué esperaba?

Algún indicio por parte de ella. Una señal, un guiño, un destello de sus deseos por lo mismo.

—¿Ya estás listo?

Echó un rápido vistazo al reloj, apenas serían las once de la mañana.

Regresó a detallarla, sin palabra alguna tejiéndose.

Podrían almorzar en algún lugar antes de las compras. Él pagaría, quizá no en un sitio costoso, pero creía conocer algunas pizzerías con precios módicos y de buenas pintas. Le invitaría también una malteada porque él nunca fue un tacaño y quizá hablarían de lo que debían hablar. Allí, en esa inesperada pero muy deseada cita. En una mesa con servilleteros y platitos llenos de dedos de queso mozzarella.

Pero no es una cita.

No podía pretender aquello después de años. Menos sin saber ahora sus sentimientos.

¿Tendrá novio? Pero, ¿qué importa? ¡La odio!

—Arnold… — ella lo miró, ceño fruncido.

¿Y me querría así? ¿Siendo un inválido?

Sintió la bilis trepar en su garganta. La amargura, momentáneamente anestesiada, retornaba a la vida desde el centro de su organismo.

¿Cómo podría pensar en quererme de nuevo? No lo haría… quizá nunca…

—Arnold…

Sacudió la cabeza. Ella sí lo quiso, una vez lo amó, de verdad. Y fue un sentimiento profundo y apasionado. Hermoso e inspirador. Ella dio mucho por él y él no dio casi nada por ella, salvo la misma amabilidad que brindaba a todos por igual.

Pero lo amó.

Lo que una vez fue, puede no volver a ser jamás. ¿No soy prueba viviente de ello?

—Arnold…

Ella estaba allí, cerca. Mucho, en realidad. Podría tocarla si extendiese su mano…

Pero la odiaba.

—¿Estás bien? — se inclinó hacia él.

La odio.

Bastó un toque de sus dedos para sobresaltarlo. La caricia en su frente fue dulce, limpia. Helga apartó un mechón de su pelo y lo miró a los ojos.

—¿Te sientes bien?

Su voz preocupada y ojos brillantes.

—S… — lengua de plomo. Carraspeó y alzó el rostro, adhiriendo la piel de su frente a la fría palma de su femenina mano.

Quería volver a llorar. Quería su consuelo, su atención, su cuerpo en su regazo y el aliento en su cuello. Brazos en los hombros y dedos en la nuca.

Quería su comprensión y también su verdad.

¿Me olvidaste, Helga? ¿Por qué no escribiste más? ¿Por qué no volviste con tus padres? ¿Por qué no regresaste a mí? ¿No fui suficiente?¿Querrías a un inválido? ¿O ya hay otro hombre en mi lugar?

Sentía el terrible impulso de gritarle. No sabría qué, sólo le gritaría, como debió hacerlo desde su nueva intromisión a lo que ahora era su triste vida.

—Hey, cabeza de balón… — susurrando, linda y cálida bajo sus ropas. Olía a frutos cítricos y levemente al champú de Abner.

Él levantó un brazo y creyó querer apartarla. Lo haría.

Su plan fracasó, porque ella regresó a sentarse en sus piernas y abrazarlo firmemente por el cuello.

¡No te entiendo, Helga!

—No… — desechando la espantosa idea de empujarla, alzó los brazos y la aferró con evidente necesidad. No estaba el olor de la canela, pero ella se sentía igual de deliciosa y tibia. Las puntas de sus dedos rozaron su cabello y rápidamente enredó las manos en él, extasiándose por su suavidad. Helga siempre se vio preciosa con el cabello suelto. — Helga…

Dile que la odias.

—Todavía te amo.

Esa puta brecha entre mente y lengua, cerebro y corazón.

Mierda.

Y allí estaban, esos sentimientos irracionales y apaleadores. Helga y su habilidad para hacerlo querer y no querer al mismo tiempo. Gustar y no gustar. Odiarla y amarla y desearla con jodido dolor.

¿Ella podría notarlo? Toda esa lucha interna noqueando hasta su núcleo, provocando temblores, agitaciones respiratorias, piel enrojecida, sudor en todas partes y entrepierna enervada…

Dios, ¿lo sentiría?

—Helga… yo… — avergonzado y sufriendo, trató de apartarse. No quitó sus brazos, sus manos continuaron en su espalda y sus dedos tocando su pelo. Pero quiso verla a los ojos. Darle la cara.

¿Por qué prolongar lo que debía llegar en primera instancia?

Si me olvidó por completo, que lo diga de una vez.

Y él seguiría con su vida. Ya. Mierda y más mierda, pero sabiendo la verdad.

—Helga… — tragó saliva al sentir las caricias en su nuca.

—Hueles muy bien, cabeza de balón — susurró. Arnold sintió mejilla contra mejilla y cerró los ojos, asombrado por tan rico placer inesperado. — Tan bien… — giró el rostro y acarició la piel con su nariz.

—Helga…

—Te rasuraste…

—Helga… — ¿buscaría matarlo? Porque si esa era su intención, lo estaba logrando. Sentía el corazón tan alterado, entre latidos indetenibles y anómalos que creyó pronto explotaría, como una granada lanzada en batalla. — Por favor, yo… — listo, cara a cara, nariz contra nariz y ojos verdes contra párpados cerrados.

Sí, porque no lo miraba. Tocaba, rozaba suavemente y respiraba en sus labios, tentándolo.

—Helga… — abrió la boca y ella se inclinó, aprovechando el acto para capturar su labio inferior.

La sangre hirviendo y los pelos en punta… Su piel se convirtió en la de un erizo de mar. El salto en su estómago y los golpes en su pecho nunca habían sido tan intensos y… alentadores.

Más. Más. Más.

Apretó su nuca y movió su lengua, inquieta y en éxtasis por el sabor, la tibieza y humedad.

—A… abre más la boca, Arnoldo — la mujer exigía y él obedecía, con la irrefrenable necesidad que cada poro de piel tenía por ella desde hacia muchísimo tiempo.

Inclinó la cabeza hacia atrás y disputó aunque Helga llevase la batuta. Empujó e insistió, con los labios rojos e hinchados. Saliva y sudor y dientes y jadeos bajos, peleando lengua contra lengua y respirando cada tanto.

Helga despeinaba su cabello todavía húmedo y él presionaba su espalda y masajeaba su cuello. Un suspiro chocó contra el paladar y gimió largamente, capturado por un devastador frenesí. Los labios de ella se desplazaron en una caricia irresistible por su mandíbula y él quiso llorar de placer, de felicidad. Llorar por más y reclamárselo; besos mojados, manos y caderas sobre caderas.

La abrazó y pidió una pausa cuando la joven dio un tierno beso a su mentón. Podría continuar en ella por lo que restaba de vida, así, por favor, aún en silla de ruedas pero con su bello cuerpo en sus piernas, allí, contra su pelvis. Así. ¿Era mucho pedir?

—Helga… — frente contra frente, estremecidos y emocionados...

Él, por lo menos, no podía sentirse más eufórico y contento.

—Arnold... — él la apretó en su regazo. — Debemos ir por comida.

Casi se ahogó con su propia saliva al tragar. En su cabeza, creyó escuchar el ruido de un espejo rompiéndose en incontables pedacitos.

Quizá fue su jodido corazón maltrecho, siendo nuevamente aporreado sin piedad.

—¿Me estás jodiendo, Helga?

—En serio leí que una tormenta podría llegar en los próximos días. Debemos…

—Una mierda — bajó los brazos y su mano derecha chocó con los bien tonificados muslos de ella.

No exageraba; ¡esa mujer era un tremendo, pero tremendo dolor de culo!

Él quería, no, necesitaba esclarecer su mente, su alma, su espíritu amputado…

Le arrojó su más grande verdad. Se besaron como quien no recibirá un nuevo amanecer, casi comiéndose en el proceso. Lo llevó al cielo para bailar tango juntos y ella… y ella…

—Saldremos y… — se escuchó nerviosa, incluso diría que un poco asustada. — al volver, hablaremos, ¿sí? Eso, si tus raros cambios de humor no sabotean los planes.

—¿Mis cambios de humor? — la miró, estupefacto. — ¿Yo? ¿Acaso no te das cuenta que la loca aquí, eres tú?

—No me busques, melenudo, porque me vas a encontrar.

—Eso quiero, Helga. Encontrarte. — aún temblando, observó su lindo rostro en conmoción por lo ocurrido. Ella se mordió el labio, tan fuerte que un punto rojo sobresalió en la piel. — No hagas eso, te lastimas. — él tomó sus mejillas y rozó boca contra boca tiernamente. Escuchó un sonidito desde la garganta de la joven, gracioso y adorable, que hizo aletear a su ya impresionado corazón. — Yo… está bien.

Estuvo años aguardando por ese momento. Unas horas más, no harían mucha diferencia.


N/A:

¡Gracias infinitas por los comentarios de apoyo! Son una rica fuente de inspiración.

Tres capítulos, solo tres capítulos más, creo. :)

Cariños a distancia y cuídense mucho,

Yanii.