Los personajes no me pertenecen.
Sonríe, Arnold
Parte IV
Fueron largas las semanas sin salir de la pensión. El viento le golpeó el rostro y ruborizó sus mejillas y nariz. Se frotó las manos vestidas con guantes verde olivo y miró la espalda de la mujer bajo el marco de la puerta de la cocina, aquella que daba al jardín trasero.
—¿Por qué no colocar la rampa en la puerta principal?
Arnold bajó la vista, ajustando los pies con ayuda de una mano en los reposapiés de la silla.
—Cuando estaba reciente, yo… me…
Le daba vergüenza salir, que coño. Y la ira corroía su sistema desde su centro hacia fuera. No soportaba las miradas curiosas de extraños y las expresiones de lástima que dibujaban los conocidos y hasta sus propios amigos. Le generaban náuseas y en su interior se gestaban las terribles ganas de destrozar todo a su paso y golpear a puñetazos a quien se pusiese en frente, tratara de quien se tratara.
—No solía salir. Solo llegaba al jardín trasero para tomar un poco de sol y aire fresco. — se ajustó la bufanda. — Nada más.
Ella no preguntó otra cosa. Arnold agradeció su silencio y cuando levantó el rostro, atrapó sus ojos en los suyos.
Su nariz y sus mejillas estaban coloreadas, su gorro rosa de lana cubría hasta la mitad de su frente, rozando sus cejas. Sobre su boca se mostró una curva muy pequeña pero linda, cálida. Una sonrisa que apenas logró disfrutar por tres segundos, antes de ella virar y acomodarse el abrigo.
Su cuerpo se sintió acobijado aunque el instante fuese efímero.
Dije que la amo. La amo. Me besó. ¿Qué debo pensar?
—¿Necesitas que yo…?
—¿Qué? No, yo puedo… — sujetó las ruedas y se dirigió a la puerta abierta. El frío se sintió devastador. — ¡Mierda, Helga! ¿En serio quieres hacer esto? ¡Podemos ordenar las compras! — se abrazó, esperando aclimatarse.
—No está tan mal, Arnoldo — saltó la rampa y se irguió a su lado. — Ni siquiera a empezado a nevar.
Él rodó los ojos. Helga se había estado quejando del clima desde su llegada, y allí iba, pisando sobre el pavimento helado que tanto corretearon en su infancia.
Chica extraña.
Él decidió seguirle la corriente, porque la amaba y estaba sintiéndose sorprendentemente feliz a su lado.
Sí, después de odiarla, de desearla lejos de su persona, fuera de su vida, desterrada para siempre, allí estaba.
La amo. Pero ella…
Trató de empujar la impaciencia hacia el fondo de su ser. Quería halar su muñeca y encararla, poner cada punto sobre las ies y saber si valía la pena el ilusionarse como un tonto adolescentes enamorado.
¿Lo valdrá? Al fin y al cabo, nunca dejé de ser eso, un tonto adolescente enamorado, de la misma chica, ahora mujer.
Una fantasía hermosa. Un cuadro utópico en donde nada podía salir mal.
Sólo que en realidad, no soy un adolescente. Tonto, sí. Muy tonto y muy enamorado. También incompleto, dañado. ¿Podría ella aceptarme así? Tan quebrado e inútil…
Apretó los labios. Sus brazos se movieron con avidez, sin perder el ritmo.
—¿Quieres tomar un taxi? — Helga debió percibir el remolino en su interior, manifestándose a través de sus rápidos movimientos. Casi la hizo trotar a su lado.
—No.
Las aceras no estaban tan concurridas cómo lo pensó. Una fortuna, casi podía rodar sin temor de llevarse por delante a un distraído peatón. En las vitrinas y adoquines se podían apreciar alegres adornos navideños.
Aceleró, catando la frialdad del viento y creyendo que el mismo cortaba su piel.
—Arnold…
Quiso seguir. Rodar y rodar. Andar sin rumbo y tal vez llegar a una nueva ciudad. Seguir. Parar en la frontera y después continuar, de país en país. La silla podría convertirse en su mejor amiga, llevándolo a terrenos inexplorados.
—¡Arnold! — Helga logró sostener los manubrios, deteniéndolo.
Las manos apretaban tanto que los dedos le dolieron al estirarlos. Levantó la cabeza y se vio al borde de una acera; el semáforo peatonal indicaba luz roja.
—¿Acaso estás loco, cabeza de balón? — el susto teñía cada sílaba. — ¿Estás loco? — la escuchó respirar agitadamente. Quiso girar el rostro para verla. — ¡Idiota! ¿Qué fue todo eso? Yo…
—Lo siento, yo… — perdió el aliento cuando los brazos de ella le rodearon los hombros. Inclinada detrás de él, metió la cara en su cuello. — Helga…
—Estúpido, ¿por qué haces eso?
—No… pasa nada — el impulso de sujetarla y sentarla en su regazo fue casi asfixiante. — Helga… — pese a toda la ropa, creía poder sentir la tibieza de su aliento calentarle hasta los huesos.
—¡Eres un idiota! — tan rápido como dejó el agradable peso de su cabeza en uno de sus hombros, se levantó. — Zopenco — dio un zape que él no vio venir. — ¿Y ustedes que ven? ¡Ahuequen el ala, inútiles! A ver si ya puso la marrana. — lanzó hacia los curiosos que observaban. — Y tú… — dio otro zape, sin contención.
—¡Hey! ¡Helga! — se frotó la zona lastimada, moviendo el gorro de lado a lado y dejando que mechones rubios quedarán expuestos a los lados de su rostro.
Frunció el ceño, girando la silla y obsequiándole una mirada entre sorprendida y enfurruñada. Ella alzó la barbilla, desafiante, y él quiso besarla más que cualquier otra cosa.
Besarla y volver a decirle que la amaba.
—Vamos, Arnoldo, se me congela el trasero y quiero comer algo — apartó sus ojos, sorprendentemente, más azules que de costumbre. El rosa de sus mofletes se acentuó con elegancia; estaba preciosa.
Arnold retomó sus ansias por una cita que no era una cita. Volviendo al presente, barreó el sitio en el que estaban.
—Hay una pizzería en la siguiente esquina. Vamos, yo invito.
Ella lo miró, su rostro de mujer estaba abochornado y muy lindo. Parecía estar pensando seriamente si aceptar la ofrenda.
Conociéndola… recordando sus formas, sus colores, sus mañas…
—Bien. ¡Pero nada barato, camarón! — cruzó los brazos sobre su pecho. A la mente de Arnold retornó la sensación de sus senos presionando contra el torso, allá en aquel momento, minutos atrás, cuando en su boca se sintió tan protegido y completo después de tanto tiempo.
Sus labios esbozaron una sonrisa ladeada y sus párpados se relajaron.
—Lo que tú digas, Helga.
Era fácil olvidar su lesión cuando se desplazaba a un sillón diferente. Acomodó sus piernas debajo de la mesa y se relajó contra el respaldar, sacándose los guantes. El ambiente tibio y el aroma a pepperoni le hicieron suspirar. Su panza chilló por algo para comer.
Helga debía sentirse de igual modo, recordando que sólo se alimentó con un escuálido plato de cereal. Al otro lado de la mesa, la detalló leyendo el menú plastificado en una lámina de acetato. Su cabello ligeramente despeinado gracias al gorro y la piel casi brillando en tono escarlata… un nuevo suspiro escapó de su boca. Sus pensamientos se perdieron en ella, entera, desde sus más insignificantes características hasta sus más hermosas definiciones; desde cada diminuto pliegue de piel a la vista, hasta sus ojos de mar envueltos en tormenta, poderosos y limpios.
Abrió la boca y de inmediato la volvió a cerrar. La zozobra por no saber qué la llevó a besarlo con tanta pasión le estaba generando malestar estomacal.
¿Me amas, Helga? ¿Todavía me amas? ¿Podrías aceptarme así?
No comprendía. Él no era más que un tipo sin suerte. Seh. Al final de todo, su amigo Eugene tuvo razón. Un desafortunado sin pena ni gloria. Sin atractivo, sin emoción.
Y ella, en cambio, era la misma intensidad hecha persona. Una fuerza inquebrantable, un espíritu audaz y sensible.
¿Podrías amarme?
Sus ojos acumularon algunas lágrimas. Incluso respirar le generaba dolor en los pulmones. No entendía a Helga G. Pataki y no se entendía ni siquiera a él mismo. Allí, observando sus labios moverse sin dejar de mirar el menú, no sabía qué quería exactamente.
¿Podría pedirle una oportunidad sin tener nada qué ofrecerle? Un paralítico, viviendo con sus padres en la pensión de sus abuelos…
Ella no merecía conformarse con migas insignificantes. Ella merecía el mundo entero. Lo aseguraba.
Quizá por ello nunca más volvió a escribir, a llamarlo.
Notó que no valía la pena.
¿Será? ¿Por qué me besó? ¿Por lástima? ¿Por burla? ¡No sería capaz! Nadie besa así si no siente nada. Mucho menos Helga G. Pataki.
—¿Te parece bien? — cuestionó, mirándolo por encima del menú.
—¿Qué? — entornó los ojos, parpadeando varias veces.
—¿En donde tienes la cabezota, Arnoldo? — frunció el ceño.
—¿En serio lo preguntas? — cogió una servilleta y empezó a retorcerla entre los dedos.
Helga dejó el menú, lentamente. Sus ojos destellaron cuando lo miró fijamente.
La servilleta se convirtió en una guirnalda deforme. Necesitando de más para frenar el aumento progresivo de su ansiedad, empezó a romperla en pedacitos.
Removiéndose en el asiento, la joven se desvió hacia la ventana. Arnold quiso inclinarse sobre la mesa y tomar su mentón, pedirle a gritos la verdad de todo y sus razones del por qué actuaba como actuaba.
Siguió destrozando la servilleta, convirtiéndola en confeti blanco sobre su menú.
—¿Qué desean ordenar? — la mesera llegó y rompió parte de la tensión acumulada. Su gafete indicaba que se llamaba Melanie.
Helga giró el cuello y Arnold creyó escuchar un pequeño sonido llegar desde sus articulaciones.
La mujer ordenó una pizza grande de jamón con pollo, una ración de dedos de mozzarella y una gaseosa de cola con mucho hielo, pese al frío. Melanie anotó en su libreta antes de dirigir su atención a él.
—¿Qué deseas tomar? — una sonrisa amable y bonita se explayó en su boca.
—Ah, lo mismo, por favor.
—En seguida — acomodó el bolígrafo en su oreja izquierda y fue a la barra principal.
El lugar no estaba tan lleno; apenas un par de mesas ocupadas, sin contar la de ellos.
—Helga… — estar con ella era un paseo en una excitante y un poco escalofriante montaña rusa. Subes y bajas, giras y te detienes, sigues y todo vuelve a repetirse, indetenible.
—Después, cabeza de balón — movió la cabeza, su pelo danzó y parte de su aroma cítrico llegó hasta él, medio calmando el temor. — De verdad, después. Te lo prometo.
—De acuerdo — ni bien terminó de hablar, se concentró en el montón de papelitos sobre la mesa. Su interior todavía en giros incontrolables.
—Hey… — alzó la mirada. — ¿Fútbol de mesa? — le enseñó un triángulo en papel, con dobleces estratégicos para simular el lanzamiento de un balón. — Seguro que puedo hacerte pedazos todavía.
Él sonrió un poco.
Eres increíble, Pataki. Y te amo.
Los giros en su interior se volvieron tan acompasados, que pronto todo fue sólo cosquillas.
Rieron en su juego y los parlantes del restaurante iniciaron la entonación de una canción que era, enteramente, de Arnold para Helga.
Truly Madly Deeply.
Cómo si lo supieran… Pensó.
Aunque se quedase allí, entre paredes con olor a pepperoni, era de él y solo para ella.
Todavía entre risas por la simulación en miniatura de un partido de Soccer (cosa que no terminó aún cuando la pizza estuvo en la mesa), Arnold desplegó su silla de ruedas después de comer y se ajustó a ella. Helga aguardó, metiendo algunos mechones rubios debajo del gorro.
—¡Arnold! — una vocecita enérgica se proyectó desde la entrada de la pizzería.
El rubio sonrió, algo pequeño pero, por Jesús, bastante genuino. Sus ojos verdes se iluminaron.
—¡Juliet! — alcanzó a abrir los brazos para recibir el fuerte abrazo de la niña que saltó a su regazo.
—¡Por Dios, Juliet! ¡Que no puedes aventarte así a la gente! — una mujer bajita y cubierta por un grueso abrigo de piel sintética entró al establecimiento, llegando rápidamente hacia la pequeña. — Oh, ¡Arnold, querido! — lo dijo con tanto deleite que el rubio pensó que ella estaba a punto de lanzarse también a él. Pareció contener su energía, inclinándose para dar un beso muy sonoro a su mejilla. Juliet continuó colgada a su cuello, sentándose en sus rodillas.
—¿Cómo está, señora Lirmet?
—Te he dicho que puedes llamarme Sophia — movió una mano hacia él. — Te ves muy bien, cariño.
—¡En unos días nos vamos a Boston, a casa de mis abuelos para navidad! — prestó su atención a la chiquilla. Ella sonrió, mostrando una ventanita hacia su boca, al haber perdido uno de sus dientes incisivos.
Juliet recién cumplía los siete años y era una pequeña adorable. Vestida con pantalones de muchos colores, camisas de unicornios y un lazo tornasol en el pelo negro, parecía hecha de puro caramelo y brillantina.
—¿Quién es ella? ¿Tu novia? — los ojitos de Juliet, castaños y brillantes, miraban detenidamente a Helga.
Los niños y sus lenguas largas, su curiosidad todavía inherente, de poco tacto y en suma perspicaces.
Arnold giró el cuello tan rápido que sus músculos dolieron. Helga estaba sino como un tomate, a punto de igualarlo.
Quiso reír, gritar e incluso llorar. Deseaba decir que sí, era su novia, y reír por ello. Podía gritar que no tenía la más remota idea de si eran amigos, siquiera. Y podía llorar también, porque ni lo uno ni lo otro y la angustia era feísima y hostil.
—Soy una amiga, Juliet — la rubia se acercó. — Un placer conocerte.
Nunca se imaginó a Helga dada con los niños. Sin embargo, allí sonrió a la niña, con simpatía y hasta cierto cariño.
—Me gusta mucho tu lazo — le dijo a Juliet. Arnold la miró, embobado. Se permitió desconectarse por un ínfimo minuto y andar a través de la nostalgia, con recuerdos que le acariciaban el corazón.
—Espero casarme con Arnold al crecer.
—¡Juliet! — la madre exclamó.
—¿Puedo visitarte pronto? — ignorando la presencia de Helga, Juliet se aferró a su cuello. — Stella me prometió enseñarme a preparar tu pudín favorito.
—De tapioca — dijo él, medio riendo. — Mis padres no se encuentran en casa, una tormenta los dejó varados en Kansas.
—¡Pero querido! — se escandalizó la señora Lirmet. — ¿Necesitas ayuda en algo? ¡Sabes que puedes llamar si requieres cualquier cosa!
—Estoy bien, gracias — abrazó suavemente a la niña. — Escríbeme desde Boston, ¿está bien?
—¡Claro que sí! Mamá... — miró a la mujer. — Debemos comprar muchas estampillas. — retornó sus ojos a él. — ¡Te enviaré una carta todos los días!
—Las estaré esperando — la niña dio un beso a su mejilla y con un saltito, se levantó de sus rodillas.
—Siempre es bueno verte, querido. Y ya sabes, si necesitas algo… — señaló Sophia, sujetando la mano de su hija.
—Gracias — asintió. — ¡Espero tengan un buen viaje! — se despidió. Helga había llegado a la puerta y aguardaba con la mirada gacha, en aparente concentración hacia sus botines.
Al estar a su lado, casi cogió su mano. Cerró los dedos en el aire, reteniendo a tiempo el deseo.
—¿Todo bien? — ella asintió.
—Así que ella es Juliet — observó brevemente a la niña, saltando sobre el sillón de una de las mesas.
—Ella es Juliet — esbozó una tenue sonrisa. — Vamos. — volviendo a apretar sus dedos para resistir la tentación, mantuvo la puerta abierta, permitiéndole el paso.
—Todo un caballero, camarón. — se mordió el labio. Él la detalló sin parpadear. — ¡Vamos! — se sacudió. — ¿Sabes qué necesito? Uno de tus chocolates.
—Te comiste tú la última barra . — la campanilla de la pizzería tintineó al dejar ir la puerta.
—Te dije que fue Abner.
—Lo que tú digas, Helga.
Ella le sonrió y él la amó otro poquito.
De nuevo.
Reiteradamente.
Otra vez.
Estás perdido.
¿Cuántas veces podía uno enamorarse de la misma persona?
Cupido hijo de puta; utilizó todas sus flechas contra el blanco de su espalda… y a quien vino él a mirar, recibiendo impacto tras impacto.
—Así es, cabeza de balón, lo que yo diga.
Comprar nunca había sido tan entretenido. Incluso pudo ignorar sin dificultad las miradas de curiosos y hacer oídos sordos a los comentarios poco agradables.
Un par de adolescentes con los que tropezó al salir del abasto soltaron la palabra "invalido", con gesto mordaz. Bastó una mirada de Helga y una especie de… gruñido, podría decirse, para hacerlos corretear hacia la próxima tienda más cercana.
—Idiotas — murmuró, pero él logró escucharla.
Dentro de sí, varias emociones se apiñaban como una enorme montaña hecha de rocas. De pronto, se sentía pesado y exhausto.
Helga lo defendía, bien. Por un instante se alegró de ello. Aunque las palabras de un par de adolescentes no le importaban (y menos si aplicaban un término en el que estaba de acuerdo), el que Helga mostrara los dientes y casi blandiera a la vieja Betsy, le emocionaron.
Pero él, ¿podría a ella protegerla en algún momento? Si alguien pretendiese hacerle daño, ¿podría?
Regresando a sus torturantes cavilaciones, se preguntó qué cosa tenía para ofrecer a tan magnífico ser humano.
¿Por qué molestarme en pensarlo? No tengo nada. Y ella quizá, ni quiera estar conmigo. ¡No debe quererlo! No, porque…
—¡Miren a quién tenemos aquí! — la voz de Harold Berman atravesó el local, sonando grave y jocosa. — ¡La furia Pataki! — ingresando a la carnicería del señor Green, Helga lanzó una carcajada al aire.
—¡Haces bien, chico rosa, al recordarme de esa forma!
—¿Una furia despiadada?
—E incontrolable — sonrió.
—No podría olvidarlo, la vieja Betsy y los cinco vengadores se encargaron bien de ello. ¿Cómo estás? No supe nada de ti después de vernos hace dos años en Michigan .
—¿Ustedes se vieron? — Arnold se desconcertó. Harold lanzó una mirada levemente sorprendida, como si recién notara su presencia, y también era una mirada… culpable, ¿será?
—Fue una casualidad — explicó Helga, como si no importara. — Estaba recorriendo algunas librerías cerca del sitio en donde se llevaba a cabo la convención de carniceros.
—Sí — Harold movió la cabeza. — ¿Y tú como estás, Arnold?
Harold no se había estirado mucho en la adolescencia, siendo un hombre de veintitantos con una estatura un poco baja, mas la grasa se había ido casi por completo, siendo reemplazada por puro músculo y fibra.
—Todo bien , Harold. — el rubio agradeció que los años le dieran a su viejo amigo el tacto suficiente como para no soltar comentarios y opiniones inadecuadas a diestra y siniestra. Pero odió, en serio, con ganas, odió muchísimo el que no le dijera sobre su encuentro con Helga. — ¿Cómo está Patty? — quiso desviar la molestia.
—Apenas podemos vernos, las prácticas con el equipo la tienen muy ocupada. Estará libre dos días antes de noche buena.
—Patty, campeona de levantamiento de pesas de la ciudad de Hillwood — dijo Helga. — ¡Te sacaste la lotería, chico!
—No me quejo — sonrió Harold. — ¿Y tú, Pataki? ¿Acaso no tienes…? — Arnold entornó los ojos a él. Cruzaron miradas y Harold quedó con la pregunta a la mitad. — Digo… yo… ¿Qué te trae de vuelta a este rincón del mundo?
—Visita — se alzó de hombros. — Se supone, estaré con mis padres en navidad.
—¿Se supone?
—Fueron de viaje y aún no pueden regresar — explicó, apoyándose en la barra después de dejar las bolsas de víveres en el suelo. — Quizá solo seamos el cabeza de balón y yo, a la final. Le alquilé una habitación.
¡Mierda, Helga, no hagas eso! No me ilusiones. No por algo que sé, no deseas. No como yo.
—¿Te estás quedando en la pensión? ¿Y tus padres, Arnold?
—En… Kansas — se escuchó ronco y contenido. Carraspeó.
—¡De acuerdo! — Harold se frotó las manos. — ¿En qué les puedo servir?
Lomito, chuletas, alitas de pollo, tocineta y…
—¡Costillas de cerdo, por Dios! — suplicó Helga. — ¡Y que estén bien resueltas, Berman! Ya sabes, más carne que hueso y menos hueso que grasa.
El pedido estuvo listo justo antes de que varios clientes llegaran a saturar al carnicero.
—Espero el señor Green consiga ayuda para antes de Navidad. ¡La gente se vuelve loca — despachó la carne a la rubia. — ¡Fue bueno verlos, chicos! ¡Deberíamos reunirnos antes de Navidad! — despidió con la mano. Los nuevos clientes quisieron abordarlo en el mismo segundo.
—Justo como me lo imaginé — dijo Helga. — Patty le hizo mucho bien al robustito, ¿no crees? — alzó las bolsas de verduras y las puso en su regazo, junto a las cajas de cereales y pastas. — Ten esto, Arnoldo. ¿Seguro no quieres pedir un taxi?
—Vamos — comenzó a mover sus ruedas.
Miró las bolsas en sus piernas. ¿Quién había pagado cada parte? Recordaba haber sacado su tarjeta y después regresarla al compartimiento de su cartera. Helga dio efectivo y casi nada de cambio recibió. Mezclaron la comida y ya no tenía ni idea de qué cosa pertenecía a cada quien.
No era que le importase… para Arnold, compartir nunca fue un gran problema. Y con Helga, mucho menos.
Lo de él podía ser de ella, si quería. De ella para siempre.
—Yo… — ella se detuvo y él la imitó unos metros más adelante, girando la silla.
Habían llegado a dónde antes estaba el viejo Pete. El árbol había sido removido, tanto como la tierra y todo rastro de verde. El concreto se alzó para formar una enorme tienda de computadoras.
—Lo que no pudo hacer el gran Bob… — musitó la joven. Arnold descubrió cómo sus delgados dedos se apretaban en las asas de las bolsas. — Era un buen árbol, ¿verdad?
—Sí, era… — un nudo se plantó en su garganta.
—Lo siento… — sus ojos conectaron. Tanto los de él como los de ella, abnegados en lágrimas.
Fue incontrolable. Él recordaba cada segundo vivido sobre ese viejo árbol, más específicamente, aquellos momentos disfrutados en la pequeña pero increíblemente acogedora casa de madera, justo después de la aventura en San Lorenzo. Allá, en esos años de inocencia y curiosidad, en donde besar en la boca a la niña que te gusta es lo más espectacular que pudieses hacer. Aprender con ella a mover los labios y utilizar la lengua, porque esa niña es valiente y apasionada y muy linda.
¿También lo recuerdas, Helga?
Sus ojos azules y acuosos le perturbaban.
Lo recuerda.
Porque, ¿qué más pudo hacer que los cimientos de sus impenetrables murallas se balancearan hasta el punto de mostrar, otra vez, parte de su vulnerabilidad?
—Helga…
—Vamos — pasó por su lado casi corriendo. Deseó detenerla; poder levantarse, coger su mano y sacudirla antes de besarla.
—¡Helga! — volteó y trató de alcanzarla. Personas se apartaban a los lados al verlos pasar. — ¡Helga! — le tocó a él seguirle el paso descarado. Sus palmas se rasparon un poco al rodar con tanto brío la silla, pese al uso de guantes, y casi perdió parte de las compras. — ¡Helga! — ella se detuvo, solo porque ya estaban frente a la pensión. — Helga… — la mujer pasó directamente al jardín trasero, subió la rampa y trató de abrir la puerta.
—Está cerrada — susurró. Arnold percibió la voz quebrada y débil. — Dame la llave.
—Helga, por favor…
—La llave, Arnold — él la sacó del bolsillo de su camisa y se la tendió.
Copos de nieve empezaron a caer sobre ellos.
Helga abrió e ingresó con tanta prisa que Arnold creyó que podría cerrar y dejarlo afuera, justo cuando iniciaba la nevada. Velozmente subió la rampa, viéndola dejar las compras en la mesa y sacudir sus manos con energía.
—¿Estás bien? — Abner no estaba por ningún lado. Llegó a la mesa y sacó las compras de su regazo. — Helga, por favor, dime algo…. — él estaba desconcertado y un poco enloquecido.
—Yo… — caminó de un lado a otro, su rostro acalorado y rojo. Con un movimiento casi violento, se arrebató el gorro de la cabeza. — Yo… — empezó a estrujar la tela en sus manos. La lanzó al piso y se acercó a él, plantando sus manos en los reposabrazos, acorralándolo, prácticamente.
Cómo si pudiese -o quisiese- huir de ti, mi amor.
—Eres insufrible, cabeza de balón. ¡No te soporto!
—¿Pero qué…? — toda frase, tanto de su boca como de su mente, quedó desterrada hacia algún pozo oscuro y muy profundo.
Ella lo besaba, intensa, muy intensamente. Reclamaba sus labios con briosa necesidad y él no podía negársele, no cuando su tacto era capaz de hacerlo renacer en un mundo fantástico y perfecto.
El placer corrió por sus venas y tensó su entrepierna.
Levantó las manos y atrapó su cintura, sentándola en sus piernas. Presionó en sus caderas y exigió un poco más contra su boca, esa vez, sin intención alguna de dejarla escapar.
N/A:
¡Gracias a quien se mantiene leyendo! Y por los lindos comentarios que me han sido de mucha ayuda, pues inspiran a seguir. :)
Pronto la próxima parte, corazones.
Cariños a distancia,
Yanii.
