Los personajes no me pertenecen.


Sonríe, Arnold


Parte V


Lo que empezó con unos cuantos copos, terminó en una nevada ventosa y escandalosa. Helga tuvo razón, una tormenta parecía estar pronto a llegar.

Se lavó las manos y aprovechó de echarse agua en la cara, tratando de despejar su cabeza y calmar a su aún caliente ser.

Calma.

Difícil, casi agónico, cuando Helga G. Pataki estaba a unos muy exiguos pasos de él. Le derretía su piel, su aliento almizclado y su maldita boca exquisita. Rubia hermosa y apetecible… Lo torturaba cual villano sin compasión.

Dios, no de nuevo…

Cerró los ojos y apretó sus manos en puños. Pidió un segundo para ir al baño con la clara intención de tranquilizar a su apabullado cuerpo, vaciar su vejiga y extinguir un poco el fuego que inició consumiendo cada pedacito de su existencia.

Respira.

Volvió a echarse agua en la cara, inhaló una considerable cantidad de aire y contó hasta el número diez.

Diez más.

El número veinte salió de sus labios en un largo y doloroso suspiro. Echándose el pelo hacia atrás, salió al pasillo y bajó la rampa hacia la sala. Helga había encendido la chimenea y Abner llegó con copos de nieve sobre el lomo, los cuales se derritieron al entrar al calor de la casa.

—¿Todo bien? — ella preguntó, sentada en el piso con las piernas cruzadas como un pretzel. Había buscado en su habitación un par de cobijas gruesas, cubriéndose con ellas mientras su espalda se relajaba contra los pies del sofá.

—Sí — musitó, mordiendo el interior de su mejilla.

No sabía qué hacer; ¿besarla o pedirle, por fin, la explicación que tanto había estado esperando?

Besarla.

Quería besarla y que la razón se fuese a la mierda, si a bien tuviese. Su aroma lo estaba enloqueciendo y ella no ponía reparos en mirarlo con sus bellos ojos atentamente. Sus palmas empezaron a sudar y el corazón calmado se agitó sin obsequiarle, al menos, cinco minutos de bienhechora tregua.

—Helga… — Abner roncó desde una esquina. — Yo…

—Con o sin silla sigues siendo un enano, ¿verdad?

—¿Qué? — rubia loca, nunca sabría qué esperar de ella.

—Apuesto mis chocolates a que sigo siendo más alta que tú.

—Son mis chocolates, Helga — aunque nunca la entendiese, le hacía sonreír con facilidad.

Así era, pese al miedo e incontables dudas dentro de sí.

No era esa sonrisa de antaño, ya saben, la de dientes blancos y curva pronunciada. Pero estaba muy cerca.

—Eso lo veremos — extendió la segunda manta en el piso y se acostó, cuan larga era, sobre ella.

Arnold notó que se había quitado la chaqueta y los botines, dejando sus pies en calcetines rosados.

—¿Y bien? ¿No vienes? ¿Temes confirmar que sigues siendo un pequeño enclenque? — se burló.

Arnold rió sin planearlo, con ese gusto que no se podía fingir, y llevó su silla al sofá. No le costó nada el desplazarse de ella hacia el piso, aplicando la fuerza de sus brazos, abdomen y espalda. En pocos segundos estuvo tendido a su lado, brazo contra brazo, muslo contra muslo... Si giraba su rostro, podría definir su cautivador perfil a la luz del fuego de la chimenea.

Inhaló y exhaló con fuerza, reteniendo el voraz impulso.

—¿Y bien? — preguntó. Su voz sonó ronca, como si hubiese estado contenida por años en alguna especie de refractario. Apretó labio contra labio y cerró los ojos.

—Justo lo que pensé — dijo ella. — Eres todo un camarón.

—¿Qué…? — abrió los ojos y levantó la cabeza, pegando la barbilla a su pecho. Sus pies enzapatados yacían junto a los de ella. — ¡Medimos igual! — exclamó con algo parecido al alivio. — ¡No soy más bajo que tú!

—No, no, Arnoldo — negó, moviendo los dedos de sus pies dentro de las calcetas. — Esos centímetros de más son por tus zapatos. Ve… — se incorporó, inclinándose hacia él.

Pensamientos inmorales danzaron con descaro en la cabeza del joven.

Helga se movió hacia sus pies y desatando las agujetas, le quitó ambos zapatos. Regresó a su posición inicial, si acaso un poco más cerca, creyó. La presión de su brazo lo estremecía. Le lastimaba y a su vez, aliviaba sus más terribles pesares.

Tocarla era un placer demasiado soberbio y un golpe de puro deseo a su maltrecha figura.

—¿Lo ves? ¡Soy más alta que tú! — Arnold estudió las puntas de ambos pares de pies. No había diferencia alguna.

—¡Medimos igual, Helga! — repitió.

—Claro que no, cabezón.

—¡Pero claro que sí! ¿Acaso estás ciega? — se sentó sin dejar de mirar las extremidades, estudiando las medidas con atención.

Necesitaba alguna distracción que le permitiese empujar los pensamientos candentes fuera de su cabeza. La misma la sentía enorme y movediza, tanto que creyó poder perderla en cualquier minuto; rodaría por el piso como un melón y quizá llegaría al fuego, ardiendo entre las llamas como su melancólico y nostálgico corazón.

—Tú eres el ciego — musitó ella de pronto. — Siempre lo has sido.

—Helga… — los nervios le atenazaron el estómago e hicieron que su vientre se contrajera.

Desde la mudanza de Helga, casi había olvidado la emoción de tener mariposas en la panza, bailando al son de una melodía que nadie más que él podía escuchar. Era algo aterrador, maravilloso y sublime. Una mezcla exótica y decadente de sensaciones que le ocasionaba escalofríos.

—Helga… — susurró. Ella imitó su postura y apoyó la mejilla en su hombro, respirando sobre su cuello.

La sintió frotar la tez arrebolada de su cachete contra la camisa. Su nariz dio un mimo a la piel donde el pulso latía, progresivamente más rápido.

—Tan ciego y estúpido… — se apretó al costado.

La brecha entre cuerpo, mente, corazón y alma se estrechó, sorprendentemente.

Por vez primera, todas las partes de su ser coincidían en un solo anhelo.

Viró la cara y capturó sus labios, siendo en esa oportunidad el primero en cometer semejante asalto bendito y abrasador. Suspiró de alivio, de ternura y felicidad. Agradeció al cielo, a la tierra y a todo ente por ese instante, por esa noche, por la tormenta y las mantas y Helga y su aroma y su lengua y su desenfreno…

Ella se movió hacia él y tomó asiento en su regazo. No pudo evitar apretarla, hundiendo los dedos en la ropa tibia por el fuego. Las telas se adherían a la piel acalorada y en punta, estorbando al paso de sus manos ansiosas.

—Helga… — sentía temor ante la acción, porque la amaba como nunca pensó amar a nadie y odiaría brindarle una experiencia que, lejos de ser placentera, resultara desagradable y patética. — Helga, yo… — ella besó sobre su clavícula. Arnold gimió en éxtasis al sentir la humedad de su boca trazar el camino de un hueso a otro.

Lo estaba dirigiendo a un punto en donde no tendría la posibilidad de dar marcha atrás. Y él se lo permitía porque -la amo-; con sus sentimientos expuestos, vulnerables, con su corazón en la mano y orbes cristalinas. Con más confesiones de amor retozando en la punta de su lengua y caricias que picaban en los dedos, deseosas de ser libres sobre su piel.

Quería todo de ella, aunque no la mereciese, aunque no tuviese nada para darle.

No es justo.

Haciendo acopio de cada gramo de su fuerza de voluntad, la separó por los hombros.

—Lo siento, yo…

—¡Siempre tan… tan… malditamente saboteador, Arnoldo! — escupió, su voz frustrada, en total sintonía con la protesta reciente.

—¿Qué…?

—Moralista, aburrido y… ¡Denso!

—¿Qué sucede?

—O quieres que lo diga en voz alta, ¿verdad? Quizá incluso quieras que te suplique por ello.

—No te entiendo, Helga — jadeó cuando ella rozó sobre él. Sus dedos lo tomaron del cuello y atacó su boca con apasionada rudeza, mordiendo sus labios.

—Quiero hacer el amor contigo. ¿Ok? Tener sexo. Coger. Follar. ¿Comprendes? — directo al punto.

—Yo… — Parpadeó. Sintió flotar al escucharla, quedando suspendido cual cometa a la deriva en el firmamento. — ¡No soy tan denso! — pudo decir, después de un minuto. — Yo… tú me besas y… — tragó saliva. — Lo siento. No creo ser suficiente. Yo no… — sus ojos se humedecieron.

¡Nada quería más que hacerle el amor a Helga G. Pataki! Nada.

¿Pero cómo? Soy un ser incompleto, limitado, burdo y patético. No podría satisfacerla. No podría.

—¿No lo crees? — ella frotó en su regazo. Arnold dio un respingo, sorpresivo y aparentemente, alentador, porque ella repitió la acción, muy, muy lentamente. La caricia sobre su sexo, aún con toda la ropa, fue abrumadora. — Yo creo que das la talla, cabeza de balón.

—Yo no… — cerró los ojos al sentir besos en su oreja. El movimiento pélvico no cesaba; le hacía palpitar no solo su miembro, sino cada célula y molécula que lo conformaba. Creyó que un látigo electrificado le dividía la espina y se preguntó, fantaseando, si aquel milagro rubio, con sus caderas y sus besos, podría hacerlo caminar de nuevo. — Helga…

—Desde la primera vez que te sentí presionarte contra mi trasero, supe que puedes... y muy bien.

—¿Cómo? ¡Si yo nunca…!

—Oh, claro que sí, Arnoldo — besó el lóbulo. — Esta mañana, al besarme, lo sentí, prácticamente clavado en mí. Y hace un momento también.

—Tú me besaste. ¡Te sentaste en mi regazo y me besaste! — habló en desesperación, con un nudo en la garganta.

—¿Es esa una queja? — sus labios acariciaban su mandíbula.

—Te dije… que… aún te amo, Helga… — la adrenalina le estaba consumiendo cada partícula de oxígeno, lo que ocasionaba una respiración errante y casi dolorosa.

Se iba a perder en ella. Fuese o no lo correcto, necesitaba sumergirse en su piel, en su aroma, su sexo y su calor. Absorberla y tatuársela en cada centímetro del cuerpo.

¿Seré suficiente?

Lo descubriría.

Pero antes…

—Te amo. ¿Tú me amas? Necesito saberlo… — la abrazó, acariciando su espalda. Sus manos vagaban sin detención. — ¿Me sigues amando?

Ella aferró los pelillos de su nuca en un agarre ya conocido, raspando con la punta de sus uñas parte de la piel.

—Aun te amo, idiota. ¿Contento?

La dicha fue exorbitante, ingresando a él en rápido movimiento, llenándole el pecho, el estómago, las manos, cada dedo…

Sujetó su pelo amarillo en mechones y haló con el cuidado suficiente para no lastimarla. Necesitó ver sus ojos, su nariz, sus mejillas color granate y cejas ahora delgadas. Su mentón siempre desafiante y los pómulos acentuados. Necesitó ver su boca exquisita e inhalar su aliento.

Necesitó verla y sonreír.

Sí, sonrió. Y fue, para su sorpresa y la de cualquiera que pudiese verlo, una sonrisa de niño feliz, esa de dientes pelados, mejillas regordetas y ojos iluminados.

Después de tanto…

—Eres un… — sonrojada hasta los cartílagos de su hermosa fisionomía, Helga rozó su rostro con los dedos. Él aprovechó de besarlos uno a uno, con tanto cariño que ella suspiró graciosamente, exponiendo ese adorable sonido que imprimía al él darle una caricia, cuando todavía eran unos niños. — Eres un tonto, Arnoldo.

—Lo soy — se apoyó en su frente. — Pensé que no… ¿Por qué no volviste a…?

—No, no — nariz con nariz chocaron en un besito esquimal. — Una pregunta, una respuesta. Nada más.

—Pero, Helga…

—¿En serio quieres que te suplique? — lamió su labio inferior.

—No, yo… — tembló, su cuerpo era una débil masa de pudín. — Helga, no tienes que hacerlo si no…

—¡Por todos los cielos! ¿Acaso tú no lo deseas? — exasperada, le dio una colleja.

—¡Auch! ¡Claro que quiero! ¡Más que nada en el mundo! Pero tú… yo… si lo haces por hacerme un favor, o lástima o… — sufrió ante la idea.

—Que eres el idiota de todos los idiotas. ¡Insufrible!— ella afianzó el agarre de sus dedos, ocasionando un pequeño dolor muscular. Se vieron fijamente. — ¿Me crees el tipo de mujer que estaría con un hombre por lástima? ¡Dije que te amo, Arnold! ¡Te amo! — lo besó. — Yo… — la respiración errática le movía los mechones de su frente. — Yo… Dios, hueles tan bien…

Una carcajada incontenible y que en lo absoluto esperaba, salió de su boca.

Con Helga reía más que con cualquier otra persona, incluido su mejor amigo, el tipo mas genial del universo.

¡Qué loco el mundo! Hacia unos días estaba desechando la idea de compartir techo con ella. Años sin verse, sin hablarse, todavía amándose… ¿En realidad estaba sucediendo? ¿O todo aquel episodio fantástico, era uno de sus recurrentes sueños?

—¿Qué tienes tú con mi aroma? — cuestionó, desvaneciéndose.

Sueño o realidad, se sentía más feliz de lo que podía recordar en mucho, mucho tiempo.

—Es muchísimo más rico que antes — acotó, como quien señala una obviedad.

—Sabía que me olfateabas, Pataki — una relajante sensación se explayó sobre él.

De pronto, se sintió muy cómodo y relajado.

Seguro y completo.

Cómo si nunca se hubiesen separado.

Como si ella nunca hubiese partido.

Como si aún pudiese caminar, correr y bailar.

—Cada vez que podía — confesó la joven, alzando sus hombros. — ¿Tiene eso algo de malo? — alzó la barbilla.

—No, si puedo yo olfatearte a ti — creyó ver una luz emerger en sus ojos, un chispeo clarito en el color azul que bordeaban sus pupilas dilatadas.

Sonriendo como un travieso, hundió la cara en su cuello y respiró. El perfume, enloquecedor, le hizo gemir y gruñir a la vez.

Ella vibró. La sintió estremecer como una hoja al viento, la escuchó suspirar y sintió las caricias en su pelo.

Inhaló con fuerza, como si buscara adentrar aquella pequeña porción de epidermis a su organismo. También deseaba volver a sentir su piel enchinarse ante la acción y el siempre sonidito que desde antaño la dejaba en evidencia. Su pelvis todavía frotándose...

Si pudiese, te comería de un bocado, mi amor.

—Yo… — pegó la boca a su garganta. — Te deseo — susurró.

—Lo sé — una risita lo desarmó. — Puedo sentirlo. Puedo sentirte. — se apretó a su entrepierna, erguida contra toda la molesta tela del pantalón.

Gimió y en esa oportunidad, ella lo acompañó.

Fue un sonido cautivador.

—Estás llevando mi autocontrol directamente al caño, Pataki.

—Sería justo — él levantó el rostro. — Yo estoy a punto de enviar el mío a la mierda.

—Esa boca… — la besó. — Recítame un poema, ¿sí?

—Después… — sus manos vagaron hasta el borde de su camisa. — Ahora, quiero hacer arte contigo.

Arnold se dejó llevar por ella, como un diminuto muñequito sin voluntad para realizar cualquier cosa que no fuese obedecer a sus mandatos.

Que le quitase la ropa, que se contonease sobre él, que explorara con la mirada y con su boca, lengua y dientes. Que tocara la piel endurecida y descubriera sus más indecentes anhelos. Que hiciese lo que deseara. Cualquier cosa.

Su corazón, previamente hecho pedacitos, no podía sentirse más entero.

—Helga… — suspiró.

—Tus… — a horcajadas sobre su pelvis, la miró delinear la excelentemente definida musculatura de su pecho. Era de esperarse su tonificación, dado que toda su fuerza la daban sus miembros superiores. Él lo sabía, pero su modestia no le permitiría reconocer a viva voz que, si no fuese por la maldita silla de ruedas, podría dedicarse a ser modelo de pasarela.

Helga lo detalló, sin vergüenza alguna. Y él estaba feliz y nervioso, avergonzado pero dispuesto a todo siempre y cuando fuese con ella.

La mujer se veía increíblemente irresistible, despampanante… observándolo atentamente, orbes radiantes con pestañas largas y bosquejando sobre su torso con la punta del índice, que él evitó parpadear, considerando un sacrilegio el perderse por siquiera un segundo su perfecta existencia, palpable ahora entre sus manos.

—Eres… hermoso. Siempre lo has sido.

—Helga… — la abrazó, enardecido. — Necesito…

—Puedes mover tus manos, Arnoldo. ¿Verdad?

—Yo… — se humedeció los labios. — Sí… — , movió sus manos y desprendió tela tras tela. Cuando sus ojos observaron a Helga, notó su boca roja y en temblores a punto de hablar.

No se lo permitió, le fue imposible controlar sus ansias y la siempreviva necesidad de ella. La atacó con un beso febril y sus dedos, en vida propia, recorrieron el par de lindos, blancos, pequeños y erguidos pechos. Las areolas rosaditas de sus pezones erectos lo atontaron, como dos puntos hipnóticos. Había un lunar diminuto, apenas visible, sobre su seno izquierdo; una marquita oscura que quiso tocar con su nariz y besar.

—Te prometo que tú eres lo más bonito que he visto en mi vida — miró sus ojos y volvió a recorrer sus senos, tentando con sus manos, dibujando después las curvas de su cintura, su abdomen chato y el ombligo pequeño. La piel, a la visión y al tacto, era preciosa. — Lo más bonito.

Sus torsos chocaron y se apretaron, rozaron y se besaron hasta casi arrancarse los labios. Helga ayudó a quitar sus pantalones y ropa interior. Ella, alta y poderosa, bosquejó cada espacio de su cuerpo en peligrosa combustión.

Arnold sintió el impulso de cubrirse. Con él sentado y ella de pie, se amancilló. Creyó disminuir, achicarse, convirtiéndose en algo mucho más pequeño que un insecto de pantano.

Quiso levantarse, tomarla entre sus brazos, hundirse en su intimidad y quedarse allí hasta el final de los tiempos.

Quiso tener su cuerpo debajo, blanco como un lienzo puro y listo para ser trazado por sus labios.

Quiso hacer muchas cosas que, lastimosamente, no podía; como cargarla y dar vueltas con ella, desnudos y riendo como locos.

Buscó a tientas el borde de la cobija, queriendo llorar.

—Hey… — imaginó que pudo ver su triste y burda inestabilidad emocional. Evitando cerrar los ojos para que ninguna lágrima escapase, giró la cabeza a un lado. — Arnold…

Soy patético.

—No puedo… yo… — se tomó la cara entre sus manos. — ¡Lo siento, Helga! Yo…

—Oye, mírame — obedeció, como el más fiel esclavo a su servidor.

Una exclamación briosa saltó en su lengua y se precipitó al exterior, reverberando contra las paredes de la casa.

Ella estaba desnuda, enteramente desnuda. Iluminada por el fuego de la chimenea, su piel parecía oro selvático. Una diosa dorada. Más preciosa que hacia unos segundos. Más cerca. E increíblemente, alcanzable.

No tuvo oportunidad de cincelar su cuerpo tanto como lo deseaba su alma. En un movimiento rápido, ella se bajó sobre él. El gemido de ambos pudo rematar la edificación, ocasionando que los cimientos oscilaran de un lado a otro.

Fue inesperado, impulsivo, apretado y caliente. Una conexión más allá de lo real. El placer era increíble, electrizante, casi asesino.

Esto es asombroso. Dios, que sea para siempre. ¡Por favor!

—Helga… — buscó su oreja entre la mata de pelo rubio.

—No pude esperar más… — murmuró, abrazando su espalda. — Lo siento, pero no pude…

Debía ser verdad, porque se sentía muy húmeda, ardiente y en movimiento, como latidos de corazón.

—Hermosa…

—Te sientes muy cálido, cabeza de balón — ella habló con los labios pegados a su hombro. Sintió cosquillas al sentir el movimiento contra la piel. — Y grande — percibió la sonrisa en su rosada boca.

Perdiendo el rumbo de sus pensamientos, dejó que sus sentidos navegasen a favor de la corriente. Sus cuerpos liberaban grandes gotas de sudor, que se deslizaban como perlas de mar por cada rinconcito de piel.

El placer lo succionó… no creyó que después del accidente, pudiese sentir algo tan magnífico. Apreciaba la fricción, el ardor en cada embestida, la humedad en aumento…

Que lo esté disfrutando, por favor. Que lo disfrute tanto o más que yo, de ser posible.

Por un segundo se olvidó de dónde estaba, de sus padres, de su silla de ruedas, del perro con nombre de cerdo… olvidó el rostro de quienes fueron sus compañeros y de quienes todavía eran sus amigos. Olvidó la música, los programas de televisión, los libros leídos y su color favorito. Olvidó su fecha de nacimiento, olvidó San Lorenzo y olvidó su propio nombre…

Concentró toda su atención en la mujer cuya energía iba en ascenso con cada embestida. Sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos, su pecho sudando a mares y senos turgentes balanceándose, rascando su piel con los endurecidos pezones... entregada por completo, perdida, abandonada al atractivo ímpetu del acto. Primitiva e ideal.

El aroma transpirado lo estaba desquiciando...

Su sonido… debe estarlo disfrutando, ¡POR FAVOR! Ese sonido…

Tanto el de su boca como el de sus cuerpos unidos; piel contra piel cada vez más mojada y quemando. Dinamita y pólvora.

—Te amo… — susurró él. Sus narices se aplastaron una a la otra.

Se miraron, pupilas dilatadas, oscuras y en asombro.

Ella ralentizó sus movimientos. Sus caderas danzaron en círculos rítmicos y profundos, arrancándolo de toda realidad.

Las lágrimas contenidas lograron escapar; era muchísima la emoción, incontrolable hasta el dolor. Su espíritu anhelaba desbordarse y no encontró medio más adecuado para ello, que el propio llanto en silencio.

—Arnold… — apoyó frente contra frente. — Amor... acaso... ¿te estoy lastimando? ¿Te duele? — él se llenó de una ternura infinita hacia ella; quiso besarla hasta desmayar, mas sólo atinó a negar rápidamente, en desesperación, creyéndola a punto de detener su delicioso e íntimo baile.

—No, no… — ambas voces entrecortadas, logrando enhebrar las palabras entre gemidos. — Es… increíble. Te amo y… me encanta… — sus manos, vivaces, descendieron en lento ritmo desde su espalda y apretaron sus nalgas. — No te detengas, por favor — suplicó. Lágrimas continuaban fluyendo de sus ojos. — A ti… ¿te gusta? Por favor… quiero que…

—Me encanta — susurró, aligerando el peso que la preocupación por ello dejó sobre cada una de sus fibras. — Tú… aah… eres increíble. Tú y solo tú, dentro de mí... — besó sus mejillas húmedas, tanto por el llanto como por el sudor. Cerró los ojos y ella besó también sus párpados, enamorándolo otro poco. Un poco más. Y más. — He soñado… con esto, por tanto tiempo… ¡aah, Dios!... contigo… se aferró a sus hombros y arqueó la espalda. — Así... contigo... así...

—Yo también… — jadeó ante un apretón de su cuerpo... su miembro derritiéndose en su interior... — No pensé… que pudiese sentir… ¡Helga! — lo que hacían sus caderas era magia bendita.

Estoy en su cuerpo… tan adentro, tan apretado, mi hogar… Ella es preciosa y única y mía. ¿Cómo puede ser real algo tan maravilloso? ¿Sí será un sueño?

—Te amo — gimió él. Con la lengua acarició los labios de ella.

La coherencia desapareció. Frases inentendibles llenaron la estancia y parecían hacer eco al chocar contra cada recoveco de la casa.

En éxtasis por los movimientos calientes, sus besos atrevidos y caricias carentes de pudor y con la fuerza para marcar caminos, sintió la explosión inminente desde su vientre, icónica, estrambóticamente placentera. No pudo resistirlo aunque lo intentó; gritó y se desvaneció dentro ella, liberándose, momentáneamente, de todas sus ataduras.

Sus manos la apretaron tanto de las nalgas que sus dedos quedaron impresos en la piel.

Casi se dejó caer sobre la manta, exhausto, impresionado y eufórico.

Fuegos artificiales detonaron tras sus párpados.

Helga lo abrazó. Haciendo uso de su siempre sorprendente fuerza, lo retuvo contra sí y él hundió la cara en su aromático cuello. Sus brazos la capturaron y con un beso húmedo de él a su oreja, la sintió estallar, cubriéndolo.

Temblando y con la mente en vuelo hacia Neptuno, disfrutó de sus contracciones y liberación. Su brillo, su esencia y las uñas en su espalda. El olor del sexo en contraste con su aroma a frutas cítricas…

Divino.

Toda ella para mí… quiero estar así para siempre. Dios, que no sea un sueño.

Estaba en el mismo cielo, arrancando estrellas y danzando sobre la luna; llena, menguante y en todas sus formas.

—Helga… — murmurando su nombre, se dejó ir sobre la cobija, llevándola consigo. La rubia se acurrucó en su pecho y apoyó la cabeza bajo su barbilla. Podía apreciar el frenético latir de su intenso corazón, su respiración agitada, el sudor entremezclándose con el suyo propio…

Rememoró lo recién vivido como un premio maravilloso el cual no se merecía, pero aceptaba sin vergüenza y con todo placer.

Rió bajamente. Con su cuerpo aun en espasmos, dio besos a la coronilla rubia y la achuchó con envidiable alegría, volviendo a reír.

—¿Qué te pasa ahora, cabezón?

—¿Qué me pasa? Tuve un orgasmo poderoso dentro de ti. — su voz ronca pintada de felicidad. — Hice el amor con la mujer de mi vida. Ella me dijo que me ama y me siento un poco estúpido porque hacia tan sólo una semana, me dije odiarla con todo lo que soy.

—Eres un gran estúpido, no solamente un poco.

—No voy a discutir eso. No podría odiarte nunca. — dejó un besito en su frente. Ella apoyó el mentón en su pecho para que sus ojos, brillantes cual gemas del infinito, coincidieran con él. Había una luz tibia y muy dulce en su mirada, y casi volvió a llorar al pensar que se debía a él. Ella estaba feliz, radiante. — Helga… yo… — tragó saliva. La tez blanca y sudorosa de la joven brillaba de modo incandescente ante el reflejo del fuego.

No había registrado la llegada del anochecer. Con la sala iluminada por tan sólo la chimenea, el escenario parecía el instante romántico de un cuento antes de Navidad.

Incluso creía escuchar música desde algún lado; una balada linda, fresca y esperanzadora.

—No entiendo cómo puedes verte más bella, con el pasar de cada segundo. — la piel de Helga igualó a la superficie de una remolacha.

Arnold se enterneció, rozando con dos dedos una de sus mejillas. Una mujer como ella debía saber lo estupenda que era.

—Yo… Helga…

—¿Lo disfrutaste?

Rubia loca… es lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Tanto que no sé cómo describirlo. — ella movió su cuerpo lentamente, rodando a un costado de él. Una de sus piernas preciosas le quedó encima, su barbilla continuó descansando en su pecho. Se veía muy relajada... tranquila y cómoda, como si aquel lugarcito sobre sus huesos fuese el mejor sitio del mundo para su cuerpo desnudo. -¿Y acaso no es así? — Después del accidente… — empezó a decir, notando, de un momento a otro, las ganas que tenía de sincerarse en todo con ella, de contar incluso sus más ocultos secretos de almohada. Quizá se debió a la satisfacción dada por un verdadero orgasmo, o por la atmósfera íntima y en paz que adquirió el ambiente; o porque era ella el verdadero amor de su vida, su otra mitad… razones válidas y certeras.— No pensé que pudiese hacer alguna cosa, ni física y mucho menos sexual. Connor, mi terapeuta, me insistió mucho en la rehabilitación, fue demasiado exigente, porque tenía la seguridad de que yo pudiese volver a caminar.

La mano de Helga, deslizándose parsimoniosamente por su abdomen, se detuvo. Él percibió el aumento de su interés en el tema y como sus ojos lo interrogaban, atentos.

—La lesión fue tan baja que creyó que con la estimulación adecuada el movimiento retornaría poco a poco, sin necesidad de someterme a una operación que aún hoy no podemos costear. Me ilusioné y ejercité tanto que casi lesiono el resto de mi cuerpo. Connor me pidió paciencia, pero yo me sentía tan cabreado y molesto que a los meses renuncié a sus terapias.

—Arnold… — Helga besó su pecho. — Si vuelves a tomarlas, ¿crees que podrás…?

—No lo sé. — suspiró, acariciando su cabello. — Claro que sería genial poder dejar de ser un estorbo.

—¡No eres un estorbo! — exclamó, con tanto brío que él dio un brinco contra ella. — Tonto cabeza hueca, desde que llegué te he visto arreglártelas solo en todo, sin necesitar de ayuda. Manejas esa silla como un experto y eres tanto o incluso más independiente que muchos idiotas con todas sus extremidades saludables. ¡No eres un estorbo! Nunca lo serías. Has ayudado a la mitad de la gente de esta ciudad… salvaste el vecindario, a tus padres y a toda una tribu… ¡Salvaste a Juliet de ser atropellada! Y aunque acabaste por ello en esa silla de ruedas, sé que no te arrepientes, porque eres maravilloso y tienes el corazón más grande que todo tu cuerpo, incluida tu enorme cabeza.— la determinación en su voz le hizo sonreír ampliamente.

Irguió la cabeza y atrayéndola por el cuello, besó su boca, introduciendo la lengua deliberadamente para lamer su paladar. Escuchó con deleite el suspiro adorable, desmayándose ella un poquito.

—Te amo. Soñaba con tu cuerpo desde que mis hormonas despertaron y muchas veces quise rogarte en una carta o incluso llamarte, para que volvieses. Yo quería que… nosotros…

Un nudo se instauró en su garganta, casi tan grande que creía no poder respirar.

Claramente, Helga no fue su primera vez y él no fue la primera de ella. La distancia de muchos años impidió que se cumpliera algo que, seguramente, debía estar escrito en las estrellas.

Podía recordar vagamente la experiencia de hacia cuatro años atrás, un año antes del accidente, con una muchachita risueña llamada Gracie. Ambos fueron empujados por la curiosidad, el despecho punzante y licor demás en el organismo. Fue rápido, torpe y en lo absoluto especial. La vergüenza lo consumió y pidió disculpas a la chica hasta que su garganta se secó y ella casi lo denunció por tanto fastidio y atosigamiento. Evidentemente, Grace no dio mucha importancia al asunto del sexo. En cambio él, por semanas, se quiso morir.

Se preguntó si Helga, tan apasionada y entrañable, disfrutó de aquel momento; con un tipo que no era él, un sujeto que quizá ni la amaba… al menos, no como Arnold Shortman lo hacia.

¿Le habría aclarado que era ella la mujer más bella del planeta? ¿Que sus besos eran capaces de revivir fantasías adolescentes y crear las escenas más eróticas y candentes en la mente? ¿Qué su aroma era la droga más eficaz para abandonar la tierra y llegar al paraíso? ¿Le habría dicho que estando en su boca, se podía uno sentir en la cima del puto mundo?

Carraspeó. El nudo parecía apretar rudamente su tráquea.

Una furtiva caricia de Helga en su pecho le aligeró la tensión. Ella esbozó una sonrisilla traviesa, similar a la de un duendecillo de leyendas, mientras que sus dedos, indetenibles, descendían por encima de la musculatura abdominal.

Contra el muslo femenino, se alzó su virilidad.

—Helga… — besos húmedos comenzaron a llenar su pecho. — Yo quisiera…

Necesito tocarte, mi amor. Conocer cada parte de ti y memorizarte. Besar tu lunar y descubrir si hay otros más.

Su lengua se le pegó al paladar, como si se avergonzara de pedir tan imperioso anhelo.

—Helga…

—¡Oh, Dios! ¡Abner! — ella, apoyada en una mano contra la manta, se irguió y miró al animal. Arnold se sobresaltó.

El perro, a unos centímetros lejos del borde de la cobija, los miraba atentamente, sentado sobre sus patas traseras.

—¡NOS VIO, ARNOLDO! Y… ¡DEJA DE REÍRTE!

La atrajo en un nuevo abrazo, riendo a mandíbula batiente.

—¡Tu perro es un pervertido! ¡Abner, vete de aquí! — Abner ladeó la cabeza, se rascó tras una oreja y después de una ligera sacudida, continuó observándolos.

—No te preocupes, amor. Sé que no revelará nada de lo que vio.

—Estúpido… es… — ella se sentó sobre su vientre y desafió al animal. Arnold, embelesado, gozó de la visión celestial de la Diosa dorada, desnuda y tangible, a horcajadas sobre él. — Abner, largo — rumió.

El perro sacó la lengua.

—¡Dile algo, Arnoldo!

Volviendo a reír, el rubio se apoyó en sus codos y miró de lado a su compañero.

—Amigo, a la cocina, por favor.

Abner volvió a sacudirse. Se levantó sin mucho escándalo y trotó hacia la cocina a oscuras.

—Si se lo pides con amabilidad, él…

—Oh, cállate. — frunció los labios y cruzó los brazos sobre el pecho. Su pelo se enredaba en múltiples direcciones; varios mechones cayeron sobre su ojo izquierdo, cubriéndolo tras una cortina amarilla.

Todo su ser se tambaleó, al borde de una alta torre hecha de los naipes más escuálidos y endebles.

—Hola, Cecile. — susurró.

Supo que dentro de ella los sentimientos también fluían en cascada, poderosos, desconcertándola, presionando sobre sus puntos sensibles y haciendo desear a su espíritu un rápido modo de escape, de libertad.

Lo supo, sí, porque su ojito visible y el oculto tras el pelo, comenzaron a llorar.

Sentándose, la abrazó con fuerza. Ella apoyó la cabeza en su hombro, envolviéndolo por completo dentro del círculo de sus brazos. Entre ambos cuerpos no quedó espacio ni para el libre paso de un hilillo de aire.

¿Te quedarás, amor mío?

Sabía que nada estaba aclarado todavía, salvo el mutuo sentimiento de amor verdadero.

Porque ella no puede mentir sobre eso, ¿cierto?

Con el miedo y la incertidumbre renaciendo en su pecho cual malas hierbas, buscó su boca y la besó, entregado.

Helga le había devuelto la sonrisa. Sólo esperaba, no se la volviera a arrebatar.


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¡Gracias a quien se encuentre leyendo!

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Cariños a distancia, y hasta la próxima parte!

Yanii.