Los personajes no me pertenecen.


Sonríe, Arnold


Parte VI


Dios, por favor, si esto es un sueño, no quiero despertar.

La calidez del fuego no era nada en comparación con el calor que emanaba del cuerpo de Helga; lo atontaba, como un masaje a sus músculos o un buen baño de burbujas y sales aromáticas. Ni hablar de la presión de su piel, frotando suavemente contra la suya…

Bien podía creer que una tormenta no estaba haciendo destrozos afuera, congelando hasta el aire… imposible pensar en una realidad tan gélida, cuando él se encontraba tan placenteramente caliente y en paz.

—Si la tormenta sigue, Juliet no podrá ir a Boston — comentó por comentar en voz muy baja, sin querer quebrar el agradable silencio.

Helga continuó trazando líneas superfluas en el brazo de él, empleado como almohada para su despeinada cabeza rubia. Hacia rato que se le estaba acalambrado, con los bíceps adoloridos y la piel casi morada, mas la posición lo valía, completamente; su esbelta espalda blanca descansaba en su pecho, sintiendo la respiración como un arrullador balanceo. El brazo que tenía libre lo acomodó sobre su cintura, abarcando el vientre plano con la mano. El pulgar mimaba con interminable ternura su diminuto y adorable ombligo.

—Eres su caballero de brillante armadura — dijo ella, dibujando garabatos sin sentido en su palma. — Tú y tu costumbre de andar al rescate de niñas con enormes lazos. Quedó fascinada contigo, tanto como yo desde aquel momento… — Arnold escuchó un suspiro pequeño. — Ese día, bajo la lluvia, también me salvaste. Cambiaste por completo mi vida.

—Helga… — besó su hombro. Su voz denotó cierta tristeza, lo que ocasionó un despiadado retorcijón de estómago.

—¿Y cómo te lo agradecí? — empezó a decir, repentinamente exaltada. — ¡Siendo una perra grosera, amargada y terriblemente...! — apretó el agarre de su cuerpo y hundió la cara en su cuello, besando dulce y tentativamente.

El gesto la calló. Los reclamos que se autoimponía fueron remplazados por un nuevo suspiro, unido a un temblor vivaracho y atractivo de todo su cuerpo pegado a él.

—Tú hiciste cosas increíbles por mí. Dices que yo soy maravilloso, pero lo cierto, Helga, es que tú eres la persona más sorprendente que haya existido. Me atribuyes éxitos que en lo absoluto hubiese logrado sin tu ayuda… salvar el vecindario, ¡rescatar a mis padres! No hubiese podido sin ti. — se inclinó a su mejilla, dando un mimo con su nariz. — Me amaste como niña y como mujer antes que nadie y aún…— ella se estremeció. — Helga… — tragó saliva. — Es verdad, ¿cierto? Todavía me amas, ¿no?

Un codazo firme y doloroso en su estómago le sacó todo el aire.

—¡Helga!

—¡Estúpido cabeza de balón! — gruñó. En un gesto instintivo, iba a apartar su mano para tomarse el estómago. Helga se lo impidió, afianzándose a su brazo como si el alma se le fuese en ello. — Te quedas así — ordenó. Él boqueó, inhalando grandes bocanadas de oxígeno.

—Yo… — respiró.

—Y agradece que no fue un puñetazo, idiota. ¿Qué tengo que hacer para que creas en lo que digo? ¡Hemos estado follando desde…! ¿Qué hora es? Mierda… — fue ella quien buscó moverse, con la intención de virar hacia el reloj de pared.

Arnold no lo permitió. Prensó su brazo como si de una atadura se tratase, pegando todavía más (si acaso era físicamente posible) cada trocito de piel.

—Ahora tú te quedas así — murmuró, sobreponiéndose del trancazo. — Lo siento, pero… — ella se enchinó. Él disfrutó de la vibración de su cuerpo y de cómo los vellitos de sus brazos se erizaban, rubios y escasos. — No hemos estado follando, hemos estado haciendo el amor — la afirmación le hizo sonreír, alucinado. — Te amo y me amas. Cuando dos personas se aman, hacen el amor.

Y de qué manera… Helga le permitió, para su deleite, recorrerla como solo en sueños y fantasías pudo hacerlo. Ella quieta, casi en una especie de trance, con la tez más roja que un betabel y la respiración poco a poco en aumento de ritmo, junto con su humedad… él apoyado en sus brazos, utilizando sus ojos y sus labios como exploradores, aventurándose en cada uno de los rincones de su cuerpo, desde los más visibles hasta los más ocultos y anhelados… reclamar con vergonzoso atrevimiento sus pechos, saborear sus pezones, dibujar estelas de brillante saliva en su estómago, apropiarse de su ombligo y besar sus labios íntimos, introduciendo la lengua, saboreando, bebiendo su dulce esencia, con el deseo de casi dejarla seca...

No le importó tener que arrastrarse como un gusano para poder alcanzar todos sus pliegues y descubrir uno a uno todos sus lunares... los gemidos sin contención de Helga eran mucho más que alentadores.

Sus gritos de placer, ocasionados por él, eran la mejor poesía que su boca pudiese expresar.

No tenía por qué, pero el miedo a que ella realmente ya no sintiese lo mismo, sumado a su propia inseguridad por su condición, le instó a interrogar, con los nervios revueltos y cada vez más apabullado.

No habían discutido sobre los últimos años pasados; tenía la certeza de que hacerlo en ese momento, sería como pinchar con una jeringa la mágica burbuja de plata en la que estaba tan contento, y terminar esa noche (y las siguientes) lejos del placer de su bellísima presencia.

Estaba loco por saber, pero le aterraba. Le asustaba como nada.

Decidió esperar y disfrutar, tanto como pudiese, de ella como su mujer.

—Helga…

—No vuelvas a cuestionar el amor que siento por ti, Arnold. Sé que pensaste que yo… lo sé, ha pasado tiempo. Pero créeme. Tienes que creerme, porque digo la verdad.

—Te creo — dio un besito a su sien. — Te creo. — besó su mejilla. Un ronroneo coqueto salió de la boca femenina, emocionándolo. — Mi amor…

—Esto ha sido… — cambió el tinte de su voz -ella y sus cambios de humor-, y apretó su espalda al pecho masculino. — Siempre creí que sería perfecto, pero tú, cabeza de balón, siempre superas mis expectativas — una risita escapó de los labios de Arnold; una pizca de bochorno se reflejaba en el color de sus mejillas y la punta de sus orejas, mas el orgullo lo pudo opacar sin mucha dificultad, explayándose desde su centro hasta exteriorizarse en una sonrisa gratificante e inmaculada. El corazón latía como un maniático y su sexo respondía a sus palabras, tan bien como un roce de sus lindos dedos de seda.— La forma en la que utilizas tu boca… — ella susurró. Él deseó tener un brazo extra que le permitiese levantarse para poder contemplar su bello rostro, acariciar su mejilla y besarla con lentitud. — Y tus manos… — una mano de Helga se apoyó en la suya, sobre el vientre plano. Expulsó el aire en un gemido seco, cuando las caderas de ella se impulsaron hacia atrás y las nalgas bien formadas apretaron su miembro. — Tus dedos… — comenzó a guiar su mano, poquito a poco, a dónde se encontraba el mismísimo Edén para su propio cuerpo, su sitio ideal, su hogar.

La boca se le hizo agua cuando obedeció a sus deseos. Por sí mismo, culminó el recorrido y tocó en donde tanto ella como él, necesitaban estar. Hincó la cara en su cuello y Helga pegó la frente a su brazo almohada, gimiendo con los labios cerrados. Sus dedos comenzaron un movimiento que, de inmediato, fue acompañado por un acompasado bamboleo de la pelvis de ella. Él jadeó contra la piel, abriendo la boca y casi mordiéndola como a un terso pastelito.

El trasero de Helga rozaba la longitud de su dura virilidad firmemente, otorgándole aquel idílico y exquisito placer que en esa noche conoció y disfrutó hasta creer poder morir en cualquier minuto, extenuado, pero inmensamente satisfecho y feliz.

Entre sus nalgas no estaba humectado y a fuego vivo, pero era ella, con sus músculos tonificados y baile candente, su tez y su fragancia. La humedad de su sexo al toque de sus dedos y los estimulantes gemidos de plenitud… Se emocionó al punto de casi acabar, libre y soberano. Nuevamente lloroso y agradecido.

Saberla disfrutar de sus caricias y atención era un deleite exorbitante.

Expuso los dientes y agarró una pequeña porción de su epidermis, poco más debajo de donde su pulso latía con frenesí. Mordisqueó con mucha suavidad, succionando, embriagado por su dulce aroma y condenadamente adicto a su sabor, mejor que la misma ambrosía.

—¡Arnold! — ella se movió fieramente sobre su mano. — Dios… ¡sigue! — en un ataque de audacia y motivado por el disfrute del amor de su vida, él intensificó las caricias; otro dedo se hundió, empapándose, y su palma frotó deliberadamente. Helga apretó hacia atrás. Apretó y apretó…

Sabes muy bien lo que haces, amor mío.

Ambos cuerpos en tensión, burbujeando cual puchero sobre una inmensa hoguera... Presionó el punto sensible y Helga se rindió en rápida respuesta, reteniendo la mano entre sus muslos, dando un mordisco a su brazo y finalizando en absoluta conmoción; limpia, tibia y transparente.

Él regresó a perderse en cada una de sus reacciones y aprovechando la tenacidad de sus dedos traviesos, impulsó las caderas femeninas para un roce fuerte y estremecedor de él sobre sus glúteos.

Culminó contra ella, sosegado.

—Mi amor… — habló entre jadeos y repartiendo tiernos besitos a su hombro. La mujer respiró profundamente, su mano delgada aferrada a la suya, aquella perteneciente al brazo almohada que pareció despertar después del nuevo encuentro, con la marca de sus lindos dientes, y regresaba a hormiguear, exponiendo la falta de circulación sanguínea.

Aquello siguió sin importarle; sus dedos se apretaban tanto a los de Helga, que casi no se podía distinguir de quienes eran cada uno.

—Ya has arruinado mis dos frazadas, cabeza de balón — su voz ligeramente adormecida.

Arnold enrojeció hasta su núcleo.

—¡Lo siento, Helga! Yo… no… — su risa lo interrumpió.

Él se sintió avergonzado, tonto y también relajado.

—Eres un bobo, Arnoldo — él rió con ella. Lentamente, Helga soltó sus dedos y acarició todo su brazo en un movimiento ininterrumpido; hacía círculos en su muñeca y parecía escribir palabras sueltas en su palma, creando algún poema, quizá. — Tengo sueño — musitó, bostezando.

—Duérmete un rato — besó su nuca sudorosa y se deslizó a su oreja. — Descansa.

—Estamos olorosos y pegajosos — aclaró, girando. Arnold se deslumbró con el mágico resplandor de sus grandes ojos azules. — Somos un par de sucios, morbosos y pervertidos. ¿Qué pensarían tus padres si nos viesen así?

—Creo que les haría inmensamente feliz el verte — rozó nariz con nariz.

—¿Abusando de su único hijo? — él rió.

—Notarían que estoy muy a favor de eso — sonrió.

—Y todos creyéndote tan inocente, cabezón. ¡Quien hubiese adivinado tu perversión y oscuridad!

—Una faceta reservada solo para la mujer de mi vida, quien me desquicia y maravilla a partes iguales, desde siempre.

—Estúpido — murmuró, dando un beso pequeño y bastante inocente para alguien cuya pasión desbordaba incluso en su modo de caminar.

¿Qué sucede? Todo es tan sincero… bromeando en la intimidad, riendo después del sexo, confesándonos y declarándonos como propios de cada uno… Mi amor, ¿te quedarás?

—Helga… — pronunció su nombre tan bajo que creyó evocarlo solo en su mente.

La mujer se acurrucó a él, ojos cerrados y labios sonrientes. El compás de su pecho era aletargador.

Se dejó llevar por el sueño, la dicha y la ventura de saberla a su lado. Despertaría y ella seguiría allí, a una caricia de distancia, a tan sólo un beso de su boca.

No tenía por qué angustiarse. Por el momento, aunque fuese pequeño, no había razón para ello.

No te angusties, Arnold. — Cerró los ojos.

Que la tormenta no termine jamás, por favor

Deseó.

Pese a Juliet y pese a sus padres, realmente lo deseó.

El día posterior sucedió de modo increíble y pensó en convertirse en el puto hombre más bueno y agradecido de la maldita tierra entera. Sí, porque, Dios, la tormenta continuaba y sus padres no regresaban. Los Pataki tampoco y, -Jesucristo, perdón, pero estoy demasiado feliz- aunque su madre llorase y Juliet no pudiese ver a sus abuelos.

Lo siento pero estoy feliz. ¡Estoy feliz!

Él y Helga. Solamente ellos dos. Solitos, enamorados.

—¡Criminal! Seremos solo tú y yo, cabeza de balón — ella cortó la llamada y dejó el celular sobre la mesa. — Bueno, tú, yo… y Abner — el Golden alzó la cabeza. — ¡Lamento si tus planes eran otros, melenu…!— agarró su muñeca izquierda y haló hacia él.

Helga perdió el equilibrio y con un gritito cayó en su regazo, afianzándose a sus hombros.

—Tremendo melenudo, no te… — calló su boca con un beso. Sus labios abiertos permitieron una sutil pero placentera caricia de lengua contra lengua.

—Mis planes deletrean tu nombre y dibujan la silueta de tu cuerpo, preciosa — habló, mordisqueando su mentón.

—¡Cielos, Arnoldo! ¡Creo que sufres de ninfomanía! — él sintió los latidos emocionados del corazón de la joven contra su pecho. Se deleitó, con toda la vida y toda la fuerza que emanaba cándidamente de ella.

—¿Lo dices en serio? ¿Quién se auto-invitó a pasar las tardes y noches en mi habitación?

—Extraño tu colección de vinilos y la claridad que brinda la claraboya para leer un buen libro, cabezón. No te hagas ideas raras.

—Lo que tú digas, Helga — sonrió, ella regresó el gesto y acarició su cabello tras las orejas, acto que descubrió, le hacía ronronear como un gatito después de beber leche tibia. — ¿Quieres comer algo? — cerró los ojos, rendido ante los mimos y la atención.

—Esa es la pregunta más estúpida que pudieses hacerle a Helga G. Pataki — acusó, deslizando los dedos por su cuello. — ¿Qué planeas hacer? — él la miró.

—Que tu me ayudes — declaró, dando una palmada a uno de sus muslos. Ella chequeó la lengua, arrugando la nariz.

—No soy muy buena en la cocina. — burda excusa de perezosa.

—Yo te guiaré — dio un beso a su nariz. — ¡Vamos! Sería bueno un poco de ayuda.

—Solo porque hoy estoy de buenas, Arnoldo — se levantó. Arnold extrañó la presión de su costado en el abdomen, la frescura y suavidad de su pijama polar y el olor frutal del jabón del baño mañanero. — Después no digas que nunca te hago un favor. — señaló, haciéndolo reír y extrañándola como un loco, pese a tenerla allí, a unos pasitos.

—Eres increíble, Helga. Te amo. — sonrió. La observó y detalló con brío, sonrojándole hasta el alma; ¿se evidenciaría en su rostro el amor desenfrenado y la añoranza de años pasados? ¿Podría ver en sus orbes lo rematadamente entregado que estaba a todo lo que ella era y representaba?

Su piel también enrojecía y su corazón latía igual de veloz. En cualquier minuto, el mismo podría saltarle por la boca y brincar en el centro de la mesa, aullando como lobo y bailando la macarena.

La mujer se inclinó, manos en los reposabrazos y narices tocándose sin llegar a rozar.

Los ojos de Helga se iluminaban cual luciérnagas de campo y su boca esbozaba la sonrisa más bonita y cálida que debía tener en su impenetrable repertorio… Ahí estaba, su Helga sensible, literata, dulce y gentil, muy lejos de sus murallas. Su Diosa dorada y presente. Suya.

Mía.

Se lamió los labios, deseoso.

—Yo también te amo, Arnold.

Miel sobre hojuelas y chocolate caliente. Sus discos favoritos, su armónica y toda la colección de Agatha Caulfield. El tocino, las salchichas en el muelle y el pudín de tapioca…

Podría renunciar a todo eso, a todo y mucho más, con tal de volver a escuchar de su boca rosada tan divina confesión.

No era que siguiese dudando... pero oírla declarando y confirmando al exterior era una caricia de plumas a todo su ser. Su cuerpo vibrando como la cuerda de una guitarra al toque de un pulgar, el calor en sus palmas y la cabeza en las nubes…

—Tonto cabezón — susurró, plantando un beso seductor.

Se preguntó si su apetito podría esperar…

—De acuerdo — ella se alejó rápidamente, aturdiéndolo.

—¡Helga!

—Tengo hambre, cabeza de balón.

No, su estómago era implacable.

Sin embargo, disfrutó del instante con ella tanto como hacía unas horas atrás.

De acuerdo, bien prefería volver a hacerle el amor, para qué mentir… pero cocinar juntos fue divertido. Arnold podría creer que llevaban juntos muchísimos años y aún así, actuar como si estuviesen en plena etapa de luna de miel.

Prepararon un rápido pero sustancioso omelette con queso y tocineta, jugo de naranja y café para después.

Arnold la miró devorar hasta el último trozo de cerdo frito, alucinando con el porvenir. No podían salir, pero estaban lo bastante abastecidos de alimento. La chimenea seguía encendida, Abner era un perro saludable y velaba los restos del desayuno… esa mañana daban buena música en la estación de radio de la ciudad.

Todo estaba perfecto.

—¿Y bien? — ella lo capturó durante su fantasía a ojos abiertos.

Soñar despierto nunca fue un problema para él y allí, en frente, a pasitos pequeños, tenía a su sueño en carne y hueso. ¿Cómo no sentirse suspendido en el limbo? Aunque a su vez, sentía estar más presente que nunca, completamente conectado a cada materia y partícula de la tierra.

—Me siento muy feliz, Helga — dijo, sincero, sin enredos de lengua y refugiándose en sus ojos, limpios y claros. — Gracias — sonrió, risueño y con los dientes expuestos.

Cualquiera podría creer que estaba a punto de volver a llorar, pero no. No cuando ahora deseaba solo reír mientras la atrapaba entre sus brazos. Podía incluso cantar algún clásico de Dino Spumoni, dando vueltas en su silla y alzando un brazo al aire.

La mujer bajó el rostro, mordiendo sus labios. Un movimiento de hombros evidenció su estremecimiento.

Quería acariciar su columna desnuda y sentir nuevamente el enchinamiento de su piel ahora escarlata. La noche y el momento compartido en la bañera (en dónde dejaron de ser unos sucios morbosos, para ser unos morbosos más limpios), cubiertos por el agua tibia y burbujas con aroma a durazno, no fueron en lo absoluto suficientes. Se besaron hasta la sombra, y aún sus fibras retumbaban suplicantes y en agonía, deseando más.

—Eres maravillosa y adorable — su boca no se detuvo aunque no planeaba las palabras a decir.

—Deja de hacer eso, Arnold — ella se movió, cogiendo su plato y llevándolo al fregadero.

Él la siguió en cada momento. Se detuvo tras ella, aunque Helga no viró del lavavajillas.

—¿Qué cosa?

—Enaltecerme, creerme especial… no lo soy. Solo… ¡Hey! — atrapó su cintura y la retornó a su regazo.

—¿Por qué te cuesta creer lo asombrosa que eres? — apoyó la frente en su espalda, respirando sobre la tela polar. Sus brazos la rodearon.

—Porque no lo soy — voz monótona y débil. — Yo no… no sé cómo puedes seguir queriéndome, después de…

—Oye… — levantó la cabeza. El cabello lucía en una cola de cabello descuida, lo que le permitió a su boca llegar a su nuca, sin tanto pelo en el camino. — Dices la verdad al decir que me amas, ¿no? — la sintió removerse con la idea de levantarse; él la abrazó más fuerte.

—Idiota, te dije que…

—Te creo — dijo rápidamente. — Aunque sienta que no te merezco, porque no soy más que un paralítico sin nada para ofrecer, yo…

—¡Arnold!

—Te creo. Créeme tú a mí cuando lo digo, que te amo y que eres asombrosa — enderezó la espalda y dejó un beso en su cuello.

La sintió relajarse entre sus brazos, apoyando la espalda en su pecho.

—Tú eres más de lo que piensas, Arnold.

—Y tu también.

Rubia loca, no vas arruinar esto.

Con la fuerza de sus brazos la cargó para moverla a una mejor posición sobre sus piernas, enfrentándose cara a cara.

¿Vas a quedarte conmigo, mi amor?

El presentimiento de que arruinaría su perfecta navidad si se atrevía a interrogar sobre el pasado e indagar sobre un futuro, aún rodaba en su estómago como una áspera bola hecha de papel de lija.

La miró. Se apoyó en sus labios y ella respondió calmadamente, abriendo la boca.

Fue un beso quedo y abrumador, con sabor a naranja y una pizca de café.

—¿Qué deseas para navidad? — preguntó él en un susurro, aún tocando sus labios con cada movimiento al hablar. Sus párpados caídos y una sonrisa suave.

—¿En serio tienes que preguntar? — besó su mentón y con su índice acarició la nuez de Adán. — Santa se anticipó este año conmigo. Creo que ya no tengo derecho a pedirle nada, por lo que me reste de vida. — Él rió, apretándola a su pecho.

—Me vas a matar, Pataki — cogió un mechón de cabello de la coleta. — Oye, ¿cuándo dejaste de usar tu lazo?

Ella alzó ambas cejas y su sonrisa de duendecillo lo trastornó, hasta el punto del sofoco extremo y la hipertensión arterial.

—¿Eso deseas tú para navidad, Arnoldo? — el rubio tragó saliva en seco. — ¿Cumplir alguna fantasía especial, con la chica del moño rosa y una sola ceja? — impasible, ella deslizó sus dedos tras las orejas. Él no evitó cerrar los ojos, enteramente a su merced. El ronroneo brotó con naturalidad de sus labios. — Eso es un poco degenerado, ¿no crees? Depravado.

—¡Helga! Yo… no… sólo pregunté por… tú y… — su lengua se enredó como pelota de estambre.

La mujer expuso una fuerte carcajada, vibrando contra su cuerpo. Acalorado, la tomó del cuello y calló su burla, besando hasta sentir los pulmones comprimirse contra las tapias de su tórax.

Qué carajo.

Tendría su feliz navidad.

Después, lo que ella deseara dar.


N/A:

Quería un capítulo esponjosito y pícaro. No sé, pero este par a veces me gana.

¡Gracias totales a quien lee! En serio es algo que aprecio muchísimo.

No se reserven sus opiniones, buenas o malas, por favor háganmelas saber.

Prontamente la próxima parte, corazones.

Cariños a distancia,

Yanii.

Pd: Debido a la cuarenta, retorné a fanfiction y me dediqué a trazar un montón de garabatos, descubriendo en el proceso que hacerlo me relaja muchísimo. Realicé unos dibujos de Hey Arnold (garabatos, yo no sé dibujar) y el muy inteligente y muy pana Craig les dio like! :D Eso, me emocioné y lo quise contar (jaja). Craig es muy atento con sus fans en instagram. :)