Los personajes no me pertenecen.


Sonríe, Arnold


Parte VII


No se mintió cuando se prometió a sí mismo pasar unos días felices. Nadie podría arrebatarle aquello, ni siquiera la misma Helga G. Pataki; salvaje como un relámpago y a su vez más dócil que un cervatillo. Él tampoco se permitía a sí mismo estropear su espléndido plan, tabicando su mente a cualquier tipo de sabotaje.

Los momentos dentro de la pensión eran más de lo que pudiese pedir, nítidos, llenos de calor a pesar del frío y tan acogedores que su pecho pareció incrementar su tamaño ante toda la dicha que lo estaba llenando. Si el corazón se le comprimía y llegaba a perecer por un ataque cardíaco, no le importaría mucho.

Morir de felicidad debía ser una extraordinaria fortuna.

Restaban tres días para Navidad y la casa, solo con tres habitantes (porque Abner contaba como uno) apenas se estaba ambientando a la fecha. Se sorprendió al escuchar la oferta de Helga, para ayudarlo a colocar el árbol de navidad y disponer algunos adornos en el interior. La tormenta les impedía darle un poco de color al exterior, pero no era que ambos tuviesen ganas de salir, precisamente, para cualquier tipo de tarea.

Como Helga deseó, su presencia se mudó a la gran habitación con la claraboya más exagerada del mundo. Y Arnold creyó, al verla de pie en el centro del cuarto, con el sofá rojo explayado y las luces iluminando tenuemente los rincones, que ella así lo quiso desde el instante en que llegó. Sus orbes azules mostraron una chispa nostálgica y su boca sonrió tan cándidamente que él mismo se vio sujeto ha un sentimiento propio de la misma alcoba, como si ésta tuviese vida propia.

Y es que allí compartieron muchas cosas. Fue entre esas paredes, debajo de ese inmenso tragaluz, donde le dijo por vez primera que la amaba.

No fue planificado, aunque lo ensayó un millar de veces. Su confesión fue total y completamente sorpresiva, pero verdadera. Tenían catorce años, dos años de conocerse y reconocerse como una pareja (él especialmente, descubriendo y admirando cada una de las facetas de esa extraña e intensa niña), después de rescatar a sus padres en las selvas de San Lorenzo. Lo dijo y su interior se alzó en limpio vuelo. Lo dijo sin querer queriendo y con la sensación de haber descubierto su más pura verdad. Lo dijo porque quería escucharla proclamar las mismas palabras y besarla hasta que le dolieran los labios.

Dijo que la amaba y Helga también. Al día siguiente, ella se tuvo que mudar.

—Creo que no podremos leer mucho, ¿eh? — ella acotó. Arnold la miraba con genuino embeleso, con una sonrisa ladina y ojos de media luna, con los párpados levemente caídos.

—¿Cómo?

—La nieve a cubierto por completo los cristales. — señaló hacia arriba. — ¡Una lástima! — Sonrió, pero él no la vio.

Ciertamente, una masa de nieve tapó cada pedazo de los cristales.

—Bueno, todavía tengo un buen sistema de luces. — señaló.

—No seas tarado, Arnold. — la mujer se arrimó a él. — ¿En serio crees que mi intención al estar aquí contigo es leer?

Arnold parpadeó varias veces. Helga bufó, dejándose caer en sus piernas.

—En serio sigues siendo un inocentón. — lo observó a los ojos. — E incapaz de reconocer el sarcasmo aunque te cachetee en la cara.

El rubio ensanchó la mirada al caer en cuenta sobre sus verdaderas intenciones…

Y no era que fuese un santurrón; después de todo, él planeaba mimarla y atenderla de mil formas, quisiera la joven leer o no. Pero que ella se mostrara tan deseosa de él, tan entregada e impetuosa en sus afectos, era como un precioso sueño abrumador.

—Oh, pequeña pervertida. — sonrió, rodeándola en un abrazo. — Es tu intención hacerme perder la cabeza, ¿cierto?

—Podríamos igualar las condiciones. Yo perdí la cabeza por ti desde hace mucho, mucho tiempo. Vivía confundida y angustiada, loca y agresiva. — forzó una sonrisa triste que a él le hizo temblar.

—Helga…

—Pero también llena de esperanza, de la certeza de saber que dentro de mí había algo más que rabia y agotamiento por una familia que no me deseaba en su día a día.

—Mi amor… — besó sus labios, queriendo borrar esa curva abatida y frágil. Ella se alejó después de un minuto.

—¡Perdóname por todo, Arnold! Por todo lo que te hice en la infancia y después — lágrimas se acumularon en sus ojos. — Por no llamarte ni recibir tus llamadas. Por no escribirte más… yo… Aguarda, sí te escribí, te escribía todos los días, pero no te las envié. Yo… perdóname — un par de gotitas se deslizaron por sus mejillas.

Él no supo qué hacer, entre desprevenido y desconcertado por su arrebato.

Sucedía que Helga, en ocasiones, mostraba sus puntos de quiebre y exhibía lo que en su pecho tan bien escondía. Ocurrió en la azotea de Industrias Futuro hacia muchos años, sucedió en un barco sobre un río en San Lorenzo, sucedió hacia varios días, por sus propios abuelos, y sucedía allí, aferrándose a su cuello.

—Perdóname por todo. — gimoteó contra su pecho.

—Hermosa… — le acarició la espalda. — Las cosas increíbles que hiciste por mí son las que hablan de tu persona. ¿No te lo dije? Más que perdonarte, debo agradecerte.

—No seas tan lameculos, Arnoldo — él rió al escuchar su tono de siempre, burlón y regio.

Helga era una mujer excepcional. Podría caer mil veces y en menos de lo que dura un suspiro, se levantaría sin titubear, nuevamente lista para la lucha.

—A ti podría lamerte enterita y repetir, si se me permite, por horas.

—Y yo soy la pervertida. — alzó el rostro. Arnold limpió con sus pulgares las estelas que su llanto dejó como evidencia. — De verdad, Arnold, necesito que aceptes mis disculpas. Por favor.

Rubia demente, no tengo nada que perdonar.

Aunque sí dolió su ausencia, dolió su falta de palabras en una llamada y las cartas que antes eran infaltables y poderosas. Pero, ahora que lo pensaba, él ya la había perdonado por ello, quizá sin darse cuenta, desde el instante en que la vio en su pórtico después de tantos amaneceres; con su gorro de lana rosa y su chaqueta morada.

Le acarició el cabello suelto, sonriendo tiernamente.

—Las acepto; borrón y cuenta nueva, ¿te parece? — dejó un mechón rebelde tras su oreja derecha.

Su boca suave y juguetona le dio un beso abrasador. Sus cuerpos respondían sensibles como si fuese la primera vez que se tocaran, mutuamente receptivos a las caricias del otro y en completa sincronía.

—De ser posible… — él habló entre profundas exhalaciones, sus narices tocándose y rojos los labios. — quisiera amarte por el resto de la tarde y hasta el amanecer.

—Eres un pervertido de lo más cursi, Arnoldo…

—Lo dice la poetisa.

—A veces no es necesario tanta palabrería almizclada, ¿sabes? Yo también quiero darte contra la cama hasta absorber cada gota de ti y después hacerte una buena mama...

—¡Helga! — la escandalosa risa femenina saltó contra las paredes.

—¡Eres tan… tú, Arnold!

—No te burles… — su mano ascendió por una de sus piernas. — Te puedo sorprender. — un haz de luz, como un rayo partiendo el cielo nocturno, se proyectó en sus ojos verdes. Esa mujer despertaba sus más bajos instintos.

Helga no quedó atrás. Apretándose a su regazo, lo abrazó por el cuello y juntó sus labios, sin llegar a besarlos.

—Sorpréndeme

A ella ni siquiera le importó que Abner vegetara en el sofá rojo.

Dejaban de tocarse solo para permitirse ir al baño y después beber un poco de agua. Ambos se amaron hasta caer, exhaustos. Eran más de las dos de la mañana cuando su conciencia se hizo un poco presente.

Escuchó el sonido metálico muy levemente, creyó que era parte de su sueño. Afianzándose a la almohada de un costado, bostezó y pretendió continuar durmiendo…

Pero el sonidito metálico seguía en escena, un poco más fuerte, incluso. Decidió desperezarse, anotando el hecho de que la almohada no era Helga y que el sonido era real. Frotando sus ojos, flexionó el cuello y miró al borde de la cama. Una sonrisa perezosa se dibujó en su boca, siendo iluminada por la única bombilla que dejaron encendida en la otra esquina de la habitación.

Helga estaba sentada al estilo indio, su cuerpo cubierto por una de sus viejas camisas de cuadros y el cabello yendo hacia múltiples direcciones. Sus tersos muslos parecían brillar en la penumbra.

La mujer le daba la espalda, centrando su atención en algo entre sus manos.

El sonido metálico regresó a cortar el silencio.

—Helga… — con una mano se echó el pelo hacia atrás, sacudiendo la cara. — Amor, ¿qué…? — la miró sobresaltarse, girando el rostro tan rápido que por un momento, Arnold creyó que se podría desgarrar los músculos del cuello.

—A… Arnold… ¡Digo! ¿Qué haces, cabeza de balón? ¿Espiándome acaso? ¡Invadiendo mi privacidad!— el rió. Algunas cosas nunca cambiaban.

—Estás en mi habitación, sobre mi cama, utilizando mi camisa… ¿y soy yo quien invade tu privacidad? — apoyó las manos sobre el colchón para sentarse, la sábana se deslizó hasta solo cubrir sus caderas.

Abner roncó desde el sillón. Gracias a la calefacción, todos se mantenían tibios y a gusto.

—Así es — Helga giró de rodillas, con las manos tras su espalda y los ojos bien abiertos. Una sonrisa gatuna se formó sobre su apetitosa boca rosa. — ¿Te cuento la cantidad de veces que me has invadido? — sus rodillas continuaron desplazándola, llegando a él. Alzó una al aire para pasar sobre su cadera, sentándose a horcajadas en su regazo.

—"Invadir" no es el término correcto, Pataki — Arnold suspiró, deslizando sus palmas por la blanca piel de las piernas de la muchacha. — Me has recibido gustosamente, vestida de gala e incluso con canciones — sus dedos bordearon las caderas femeninas por debajo de la camisa. — ¿No es así? — sonrió al escucharla ronronear, cerrando los ojos.

Se acercó para un lento beso. Aprovechando la distracción momentánea y todavía disfrutando de la delicia de sus labios, llevó las manos a su espalda y le quitó el objeto misterioso.

—¡HEY! — ella se alejó tan rápido que casi le sacó un tajo de piel con los dientes. — ¡Arnold…! — un brazo la rodeó, pegándola a un costado contra la repisa. — ¡Eres un…!

—¡HELGA! — recibió el golpe contra el hombro, mas la agresión no fue suficiente como para impedirle saciar la curiosidad.

Entre los dedos de su mano derecha y colgando de una delgada cadenita, estaba el relicario; aquel corazón bañado en oro y más puro de lo que cualquiera pudiese imaginar. Pese a los años, la pieza se encontraba en perfecto estado. Una foto doblada se mostraba dentro del marco. Con su pulgar la desdobló y cerró el cristal, descubriendo una de sus fotografías más recientes.

—Helga…

—¡No digas nada! Esto es tan vergonzoso… ¡Dámelo! — se estiró con la intención de apropiarse del medallón. Él la volvió atajar con un brazo, aferrándola contra su cuerpo. — ¡Si sabes lo que te conviene, Arnoldo, será mejor que…! — la joya cayó en la cama cuando él levantó la mano para tomar su nuca y chocar boca contra boca.

Sonrió contra el beso al notarla incapaz de rechazar el acto. Ella se aferró a su cuello, roja, avergonzada, pero entregada y devota.

Apretó su cintura y regresó a acomodarla en su regazo, besando su mandíbula.

—Amor… — la abrazó.

—Eres un estúpido — el rió contra su hombro. Dejó un besito bajo su oreja y elevó el rostro. Azul y verde se enfrentaron, vivaces y lúcidos.

—Me enloqueces, me desquicias, me impresionas, me enamoras y me halagas, Helga, como nadie más podrá hacerlo jamás. — besó sus mejillas antes de picotear sus labios. — No pensé que todavía lo conservarías — cogió el medallón y miró la foto. — Esta foto estaba en… ¿por eso veías tanto las repisas?

—Me gusta mirar fotos, cabeza de balón. No estaba precisamente…

—Lo que tú digas, Helga — sonrió con diversión. — Aunque me siento inmensamente halagado y feliz, podría ser una mejor idea poner una foto de los dos juntos, ¿no crees? — con ambas manos agarró el relicario por la cadenita. Helga tomó sus muñecas y lo llevó a colocárselo por encima de la cabeza, dejando el medallón colgando entre sus bonitos pechos, apenas cubiertos por un pedacito de la camisa.

Esa sería la imagen más sexy y erótica que resguardaría en su memoria, hasta el final de su vida.

—Me gusta así — susurró, enrojecida pero indiscutiblemente segura y sin titubeos.

Él tembló, con el pecho lleno de muchísimo amor y anhelo. La panza se le llenó de cosquillas.

—Una vez… — ella empezó a decir, acariciándolo tras las orejas, tal como le encantaba. Arnold cerró los ojos. — pensé en colocar una foto de Ethan.

Abrió los ojos y apretó la mandíbula.

Ethan…

—Lo hice solo para sacarla de inmediato — continuó, ignorando su malestar. — Ethan merece tener su propio relicario. Mandé a hacer uno especial, bañado en oro blanco y…

—Helga… — tenía la garganta seca y un puto nudo en su tráquea, del tamaño del puño de un gigante de películas.

—¡Y su foto se ve tan linda! Es…

—¡HELGA! — gritó, angustiado.

Ella lo miró con atención, alzando una ceja.

—No me grites — murmuró, cerrando los dedos en su cabello.

—Ethan… — fue lo que pudo decir, tragando en seco.

Los celos nublaron su visión.

—Sí, Ethan. Mi sobrino, el hijo de Olga. ¡Por fin, ella pudo hacer algo por lo cual yo le agradezco con toda el alma!

Botó la bola de aire retenida en un respiro agitado y forzoso. Parpadeó, con un paso hacia la calma y otro hacia la vergüenza.

—¡Ethan! — bramó, soltando una risa nerviosa.

Por supuesto, Ethan, el pequeño hijo de Olga. ¿Cómo pudo olvidarlo?

—Dios, perdóname— pidió. — Pensé… — suspiró.

—Seh, seh, tonto — ella chasqueó la lengua. — Ridículo. — sacudió la cabeza. — Como si fuese posible que yo esté dedicando relicarios a cuanto hombre me haya atraído.

—Oh, pero sí te han atraído...

—No hables estupideces, Arnold. Estoy aquí, contigo. Y el único otro hombre en mi vida capaz de hacerme feliz con su sola presencia, es mi sobrino.

Ethan, claro. Gerald le había comentado hacia un par de años atrás que Phoebe le había dicho que Olga tuvo un lindo bebé. Sí. Un bebé.

Un bebé.

Bebé.

Sus ojos se agrandaron.

—¡HELGA! — ella dio un bote sobre él.

—¡Pero bueno, Arnoldo! ¿Qué…?

—Be… bé… — tartamudeó.

Jesucristo, lo hemos estado haciendo tanto y con tanta… Dios…

¿Era tan mala la idea?

Si llega a quedar embarazada, ¿qué haremos?

Se preguntó, con los ojos cristalinos y los mofletes coloreados.

Un bebé de Helga y mío. Un pedacito de nosotros en un ser perfecto e inmaculado. Lo resolveremos. Podríamos hacerlo. Sí. Estaríamos juntos los tres.

Juntos.

Aunque no era correcto utilizar a un bebé como ancla para retener a Helga a su lado.

Pero

Dio una ancha sonrisa de dientes pelados.

—¿Qué te causa tanta gracia ahora?

—Un bebé — ella ladeó la cabeza. Cuando las palabras llegaron completas a su cerebro, se tensó de tal manera que él la sintió como un alambre contra su torso.

—¡Oh, no, cabezón! ¡Nada de eso! — gimió, negando repetidas veces con la cabeza.

—Helga, lo hemos estado haciendo cada dos por tres y no…

—Yo tomo pastillas — informó, y fue como recibir el impacto de un chorro de agua desde una manguera de bomberos a toda potencia, con el agua tan helada que su piel se quebraría, congelada.

Y no se debía por su negativa a la idea de tener un bebé con él; después de todo, un hijo tampoco entraba en sus planes a los veintidós años.

Todavía no.

No; la bilis retornando a su ascenso, los celos regresando a quemar sus entrañas y encender venas y arterias… la bruma en su mente y corazón…

Si ella se cuida, si ella toma pastillas… quiere decir…

Pero, no te angusties. Quizá su plan siempre fue éste, el estar contigo, HACERTE EL AMOR, Arnold, y empezó a tomar pastillas antes de llegar a la pensión.

Pensó por un segundo, siempre con su fe y su optimismo ridículamente ciego.

Es eso, ¿verdad? Ella no puede estar con alguien ahora y amarme como lo hace, si…

Abrió la boca pero ningún sonido salió de ella. Su lengua, repentinamente, se volvió más seca y áspera que un trozo de cartón.

Había dado por hecho que ella vivió su vida y conoció chicos a lo largo de los años pasados, siendo una mujer condenadamente atractiva y apasionada.

Pero… no sabes nada de su pasado desde que se fue de Hillwood, y quizá...

—Arnold… — su voz sonó como si la tuviese a una considerable distancia. — Arnold, escúchame — sintió los dedos en sus mejillas. — Mi ciclo menstrual era muy desordenado, debo tomar pastillas para regularlo y llevar un buen control.

El alma le volvió al cuerpo de sopetón, mareándolo. Su cabeza comenzó a dar vueltas cual calesita y tuvo que cerrar los ojos por un segundo, recuperándose entre exhalaciones.

—¡Criminal, Arnoldo!

—Lo siento — la abrazó a su pecho, acariciando su espalda. — ¡Lo siento! Yo… — sus sentimientos viajaron dentro de un tren desenfrenado en menos de tres minutos. Sintió tantas emociones opuestas acumuladas, que creyó poder perder el conocimiento y desmayar.

—No tenía por qué explicarte eso, pero apretabas tanto los dientes que pensé que los romperías dentro de tu boca.

—Yo…

—Eres un idiota — lo besó.

—Lo lamento — musitó sobre sus labios. — Yo… imaginarte con…

—Cállate — ella lo acarició desde su cuello hasta los brazos, llegando a sus codos para después volver a subir.

La observó, despeinada, fina y ruda, arrebolada y suave. El medallón destacaba sobre el pedacito de piel entre sus senos y deseó quitar la camisa y hacerle el amor con solo aquel relicario puesto. Ella sobre él y, si pudiese, al revés; él sobre ella y luego de rodillas, contra las repisas y después tras la puerta. Luego la tomaría en brazos y giraría, haciéndola reír. Lo harían sobre su escritorio, ella sentada y él de pie entre sus esbeltas piernas. Al terminar podrían bailar. Le gustaría llevarla a un sitio elegante, pero la tormenta se los impediría. En su defecto, colocaría uno de sus discos y danzarían en la misma habitación, sin necesidad de vestirse. Planearía un viaje a la playa y otro millar de aventuras en la ciudad, podrían incluso viajar fuera del país…

Por supuesto, podré darle todo eso y mucho más, ¿cierto? Sin carrera, sin un trabajo de verdad, sin piernas, sin nada…

El miedo remató desde su vientre hasta llegar a la cabeza.

—Yo lo lamento — su voz habló en bajos decibeles. — Perdón, Helga — su propio tono roto le sonó patético.

—Arnold…

—¡Quisiera poder…! Yo… ¡quisiera poder hacer tanto! Pero estas piernas… — se sacudió, formando un par de puños y dando un golpe al colchón. Su lengua se soltó sin su permiso; fue su turno para quebrarse y expulsar su frustración. — ¡Estas piernas de mierda! Y yo… ¡No puedo siquiera bailar contigo! No puedo hacerte el amor de las mil formas que imagino. No puedo salir de tu mano sin que debas inclinarte o yo levantar el brazo. No estaremos hombro con hombro ni… joder, ¡soy tan patético que…!

—Cierra la boca, Arnold — Helga lo agarró del cuello. — ¿Qué mierda te pasa? ¿Dónde está el hombre feliz y orgulloso de hace unos minutos? El hombre entero, capaz y culpable de todo mi placer… me has dado más de lo que podría imaginar y sé que podrías continuar y sorprenderme todavía más; en el sexo y en cualquier cosa.

—Helga…

—Creí que ya lo teníamos superado — sus dedos peinaron su pelo. — Eres más de lo que piensas, mucho más — repitió. — Y en estos pocos días, me has hecho más feliz de lo que podría recordar.

—Yo quisiera… — rodeó su cintura. — hacer muchas cosas que…

—Puedes hacerlo — dijo, sus ojos lo miraban con seriedad. — Dijiste que tu terapeuta te aseguró que podías volver a caminar si cumplías una serie de ejercicios.

—Lo intenté y fue inútil — derramó, acongojado.

—Quizá no lo intentaste lo suficiente — acotó, dándole una suave colleja. — Puedes reintentar — lo miró y sonrió. — ¡Vaya! Helga G. Pataki, la peor consejera del planeta, dando consejos al ser humano con el mejor sentido común de la historia de Hillwood.

Arnold rió contra su cabello rubio, moviéndole varios mechones.

Era sorprendente cómo ella lograba tranquilizarlo.

—Espero no crear un desastre — murmuró la joven, alzando los hombros.

—En lo absoluto — la besó. — ¿Cómo pude resistir tanto lejos de ti? — Helga parpadeó y sus pestañas rubias y largas parecían acariciar sus pómulos.

Arnold tragó saliva. Su lengua, inesperadamente intrépida en las palabras, formuló una de las temidas preguntas.

—No puedes imaginar siquiera lo mucho que te eché de menos, Helga. ¿Por qué no volviste?

Sintió la firmeza de sus músculos y el estremecimiento de su piel. Sus manos reposaron en la base de su cuello, moviendo los dedos como en una especie de masaje.

Arnold inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, suspirando de gusto por la atención. Helga siguió masajeando lentamente, amasando la musculatura de sus hombros con suavidad.

—Helga…

—Crecer en la casa de Bob nunca había sido tan malo como en esos tiempos, Arnold.

El rubio iba a levantar la cabeza, ella plantó una mano en su garganta.

—Quédate así, relájate. — continuó masajeando. — Te has puesto muy tenso.

—Yo…

—No te preocupes, que gran parte de la historia ya la conoces. Sabes que mi padre no pudo recuperar el negocio, que incluso tuvo que vender el imperio e irnos todos a quedarnos en una habitación de mala muerte en el hotel más barato y mugriento de la ciudad.

Por supuesto que lo sabía, y recordaba también sus prácticamente súplicas a los señores Pataki para que aceptaran una habitación en la casa de huéspedes. Pero Bob era inflexible…

"Los Pataki no aceptamos caridad, muchacho".

—No me prestaban la mínima atención, pero tampoco me permitían aceptar la oferta de tus padres para quedarme aquí con ustedes. Al menos Bob, a Miriam le daba igual lo que sucediese conmigo…

—Helga, no… — ella masajeó su nuca, haciéndolo interrumpir la frase con un ronroneo.

—Sabes que Olga escribió a nuestras abuelas y que Mildred, la madre de Bob, ofreció recibirnos a ambas en Michigan. Aunque sé que Olga pretendía quedarse y quizá conseguir algún empleo, terminó por irse conmigo. No sé, pero muy dentro se lo agradecí. Dejaba atrás mi casa, la escuela, a los chicos que venía conociendo de toda la vida. Dejé atrás a Phoebe y te dejé a ti. Olga era la única constante después de su regreso de Alaska y bueno… no fue tan malo. En Michigan conoció a Steven y gracias a ello tengo a Ethan. — Arnold creyó poder escuchar su sonrisa, aunque sonase imposible. Rodeó su cintura, acariciando con sus pulgares la piel con la cual entraba en contacto. — Mi abuela era ruda pero nos trató bien. Te lo contaba todo en mis cartas, ¿recuerdas?

—Claro que sí — enderezó la cabeza, mirándola. — Te decía que me estabas hablando de ti misma, en el futuro. Tu y tú abuela eran idénticas.

—Y por ello chocábamos muchas veces. Aún así, nos agradábamos y nuestra relación fluyó sin baches. La secundaria apestaba pero lo podía soportar. Llegaba a casa ansiosa por llamarte y contarte todo, era mi momento favorito, lo único que hacía de mis días algo que valiese la pena… — con dos dedos ella le acarició una mejilla. — Después, en la secundaria todo se volvió… — Arnold tomó la mano que acariciaba su rostro y la estrechó entre sus dedos, llevándola a sus labios para plantar un besito en la parte interna de su muñeca. — Sé que Bob y Miriam pudieron levantar cabeza gracias a las solicitudes de empleos en el nuevo centro comercial y que pudieron comprar otra casa, más pequeña pero mejor que un asqueroso hotel. Pero nuestra relación, Arnold… hablábamos más estando separados que yo viviendo con ellos. Cuando nos visitaban, todo iba mejor que nunca tan sólo por cinco días, ¡cinco días! Después, empezaban los pleitos con mi abuela, por Bob ser un irritante y ella defenderme, a veces más de la cuenta. No era hasta que se iban que yo volvía a respirar y a quererlos un poco más; son mis padres, después de todo. Y sé que a su modo, me quieren, al menos eso me gusta pensar. Pero no podemos convivir por mucho bajo el mismo techo. No me era saludable…. Y es algo irónico que lo diga, porque toda la mierda volvió a mi sistema aún lejos de ellos.

—Helga… — el corazón se le arrugó como una hoja de papel cebolla.

—La maldita secundaria se volvió una porquería. La gente era bien jodida, los chicos… bueno, la vieja Betsy y los cinco vengadores regresaron de su retiro. Retorné a las personalidad abusiva y dominante, ganándome enemigos que sí llegaban a responder, no como los tarados de nuestra escuela. El cambio en todo… en mi cuerpo, en mi mente, en casa… porque mi abuela ya estaba muy vieja y cansada y pronto se iría… esos comentarios crueles que no tienes por qué escuchar pero igual lo haces y sin darte cuenta dejas que te corroan el pecho y te contaminen… era una maldita y típica adolescente sin guía, sin un punto de apoyo. Me sentía poca cosa, siempre enojada y a la defensiva. ¡Débil y estúpida! — dejó caer los brazos a sus costados, abatida.

—Amor, escúchame…

—Y tú continuabas tan condescendiente y amable… creía que no era justo que alguien como yo estuviese con alguien como tú, siquiera por cartas o llamadas. No podía retenerte y contaminarte. Tú tenías que estar con una adorable señorita perfección y yo…

—¡No digas más, Helga! — la abrazó. — Por Dios, ¿de dónde sacaste tantas locuras?

—Siempre he estado un poco loca, Arnoldo, y te consta.

—Pues sí, pero… — miró fijamente su rostro y abarcó ambas mejillas con sus manos. — Lo que hayas creído no…

—Sé que no era verdad, sí. Después de un tiempo pude re direccionar mis pensamientos y tratar de salir del hoyo. Phoebe me confrontó al notar que también me estaba alejando de ella, apartándola fríamente de mi vida … después, me apoyó mucho; pues no solo me habló, también me escuchó y… bien, intenté de nuevo. Incluso escribí a la doctora Bliss. Cuando la abuela murió y viví con Olga y Steven, sonará increíble, pero todo fue… tranquilo. Steven es muy agradable y Olga se ve más segura de sí misma y muy feliz. No cambié de secundaria, pero pude lidiar con toda la mierda y graduarme con notas relativamente buenas, también regresé a los deportes que tanto me gustan. Obtuve una plaza para estudiar en la universidad estatal y obtener un título en Literatura.

—Eso es maravilloso — sonrió.

—Todo mejoró, salvo… — lo miró a los ojos; sus orbes azules fueron cubiertas por una lámina de lágrimas contenidas. — No supe cómo pedirte perdón. No supe cómo darte la cara hasta que llegué hace dos semanas. Creo que… muy en el fondo, continué creyendo que eres demasiado bueno para mí. Y aún lo pienso. Cuando dejé de escribirte me obligué a creer que iba a superarte, que podría dejar de amarte y continuar mi vida. Salí con chicos, sí, pero con ninguno… joder… Murieron tus abuelos, después el accidente y yo… ¡Debí estar contigo! — una lágrima escapó, él la secó tiernamente. — Te vi hace días y no fue que volviese a amarte, simplemente nunca dejé de hacerlo.

—Helga…

—Fui una estúpida. Estuve años tratando de alejar algo que me acompaña como un tatuaje indeleble desde que tengo uso de razón y…

—Ya… — ella continuaría con su verborrea si no le daba un alto eficaz. Con las manos aún en sus mejillas, la atrajo para un beso invasivo y lento.

Helga abrazó su espalda, aferrando los dedos a los pelos de su nuca.

—¿Sabes qué, Pataki? — besó su barbilla, la comisura de su boca, su nariz redonda y sus mejillas coloradas. Dio un beso esquimal que la hizo sonreír como una niña pequeña. — Todo esto nos deja una lección — rozó sus pómulos con los pulgares. — No debes nunca más estar lejos de mí.

—Tarado, puedo vivir sin ti — torso contra torso se apretaron, Arnold sintió el relicario presionarse entre sus cuerpos. — Pero, definitivamente, ya no quiero hacerlo más.

El corazón de Arnold... en realidad, su cuerpo físico entero, incluidas sus piernas paralizadas, pies y uñas… ligamentos, huesos, órganos, músculos y articulaciones, neuronas, células, líquido y sangre, venas y arterias; su alma enterita, su espíritu noble y mente distraída… todo él, todito, se avivó con la fuerza de un trueno a la distancia, retumbando en cada resquicio del planeta.

¿Te quedarás, amor?

Ya no tenía que preguntarlo.


N/A:

Tuve unos problemas para editar unas cositas del capítulo, por ello debí eliminarlo y volver a publicarlo.

Un capítulo cargadito de información.

Sobre lo que aconteció a Helga en su adolescencia; así lo pensé desde el inicio. No hay un trasfondo más turbio, no quise exagerar con un drama tan rebuscado. Ella fue víctima de las típicas inseguridades adolescentes y el bulling que se ve en todas las preparatorias existentes. Como muchos chicos inteligentes, se dejó influenciar por ello y se le perdió un poco el norte (así son los adolescentes). Lo importante, pudo superarlo, porque quienes conocemos a Helga, sabemos que es tan fuerte como el que más.

Imaginé mil cosas, unas más dramáticas que otras, pero me decidí por ser fiel a la idea original y porque tampoco quería una novela. Crear un culebrón más lastimero podría notarse muy forzado. Ese nunca fue mi plan.

Pero esto aún no termina, ¡eeh!

Continuando con esta parte, me agradó el hecho de que ella se ubicara en un mejor camino pese a no estar con Arnold, porque la superación personal no debe depender de nadie más que de uno mismo. Igual, vean, todos sabemos que ese amor entre ella y él no se va a desvanecer jamás (mis nenes hermosos, jajaja).

Espero sus más sinceras opiniones, ¡se los agradecería con toda el alma! Buenas o malas pero siempre educadas, por favor. Todas incentivan a mejorar.

Respondí a Paloma por privado, pero para quienes gusten, mis trazos están en un instagram que creé para mis garabatos aleatorios, todo a raíz de la cuarentena. Pueden encontrarme como (arroba) estaes . dv (unir los espacios) y los garabatos de Arnold están en las historias destacadas.

¡Quisiera poder dibujar como muchos artistas que sigo! Pero no, solo imagino y hago burdas líneas, qué más.

Restan un par de partes, corazones. ¡Nos leeremos allí!

Cariños a distancia,

Yanii.