Los personajes no me pertenecen.
Sonríe, Arnold
Parte VIII
Había mucha escarcha en las ventanas y dibujos a dedos que resaltaban sobre los cristales empañados. Helga deslizó su índice por sobre la superficie de vidrio reiteradamente, trazando lo que a simple vista, parecía un anciano escuálido de gabardina.
—Es Santa.
—Después de una liposucción — rió Arnold. — En serio, ¿tan difícil te es dibujar la gordura del hombre?
—Bueno, cabezón, no es que tus dibujos sean precisamente obras de arte. — Señaló la ventana de junto; un garabato que pretendía ser un reno navideño lo decoraba. — Ethan dibuja mil veces mejor.
—¿Mejor que tú? No lo dudo.
—Tonto — los dos rieron. Él enredó una mano en su pelo largo y acarició lentamente, observando la ventana. Sentía mucha tranquilidad dentro de sí; había luz en su mirada y una sonrisa de genuina paz.
Niños de todas las edades correteaban por las calles nevadas. Algunos se deslizaban en sus trineos y otros gozaban en medio de una guerra de bolas de nieve gritando "fue Jack Frost". La tormenta decidió culminar justo para noche buena.
—Helga, en serio, ¿qué quieres para navidad? — regresaba a preguntar con insistencia, aunque al día siguiente fuese la fecha.
No tendría la oportunidad de darle el regalo, pero quizá podría tenerlo para año nuevo.
Helga se removió en el asiento, deslizando su cuerpo de tal forma que su cabeza quedó descansando en el regazo de él.
—Ya te lo he dicho, camarón.
—Quiero darte algo, de verdad. — enredó un mechón del pelo de ella en su dedo índice.
—Tendrás que pensarlo y sorprenderme. De mi parte, no esperes a que te pida algo más de lo que ya me has dado. — alzó una mano y trazó la silueta de su mentón. — ¿Tú deseas algo más en particular? No me importaría vestirme como cuando tenía nueve años… eso, si tú te peinas como en ese entonces, ya sabes, con la gorrita diminuta y todo.
Arnold rió y aunque fuese un poco perturbador, la idea le resultaba tentadora.
Se imaginaba a la Helga actual con su cuerpo de guitarra, sus pechos de diosa, sus ojos cautivadores, sus largas piernas de ensueño y su plano vientre perfecto cubierta con aquel vestidito femenino… la tela rosa ciñéndose como una segunda piel, sus dos coletas a la altura de sus mejillas rosadas, alzadas contra la gravedad, y su lindo moño…
Era una visión irresistible, qué más.
—Hey, Arnoldo, ¿en serio lo estás considerando? — la diversión en su voz le hizo sonreír como un pilluelo, porque sí lo estaba considerando y ella podría pensar lo que quisiese, pero la fantasía le estaba acelerando fieramente el corazón. — ¡Pervertido!
—¡Tú fuiste la de la idea! — señaló. — Me parece que sueñas con eso desde hace mucho tiempo. — tocó su nariz y le guiñó un ojo.
—No seas idiota.
—Lo que tú digas, Helga.
Volvieron su atención a la ventana, cómodos en el sofá que se habían atrevido a mover hasta el alfeizar, y sonriendo sin notarlo.
Cuando se estaba feliz, era muy fácil exteriorizarlo.
La tarde empezaba a mostrarse naranja y cobre tras los edificios departamentales.
—No le digas a Geraldo, pero Phoebe logró encontrar la edición limitada especial que sacaron en Vinil del soundtrack de Pop Daddy. ¿Puedes creer que ya hombre, sigue tarado por un programa que veía a los nueve años?
Arnold se mordió los labios. Helga entornó la mirada a él.
—Aguarda — ella se incorporó, girando para nuevamente estar frente a frente. — ¿Tú también?
—Bueno… — dijo bajamente. — Me gustan mucho los discos de vinil.
—Y pop Daddy — se burló.
—Era un buen ejemplo para los niños, siempre luchando por la justicia y contra los crímenes.
Ella rodó los ojos.
—Ustedes los hombres, serán siempre unos bobos.
Abner se sacudió al lado, liberando un pequeño estallido de ramitas verdes voladoras. Dio un bostezo y volvió a echarse sobre la alfombra bajo el colorido y alumbrado pino navideño.
Al canino le encantaba dormitar ahora debajo del árbol, rozando con su lomo los adornos dispuestos y llevándose entre su pelo tanto algunas ramas como guirnaldas y flores de papel.
—Tengo hambre — Helga alzó los brazos y se estiró propiamente, arqueando su espalda como un gato. — ¿No sería justicia dar con algo delicioso para la merienda? Algo como… ¿chocolate?
—No tienes remedio, Pataki — sonrió.
De nada servía hacerse el firme siquiera para bromear un rato, Helga podía pedirle lo que quisiese. Cualquier demanda y capricho podía salir de su rica boca y él, atolondrado, accedería. Sin vueltas, cuestionamientos ni negociaciones.
Dios, podría pedirle incluso que se cortara una mano y empuñara un garfio pirata, que se disfrazara de payaso, se tatuara una piña en la frente o se tiñera el pelo de verde neón, si eso la hacia feliz.
La miró ir a la cocina y regresar con la última barra de chocolate. Sentada nuevamente junto a él, disfrutó de la golosina como una pequeña en noche de Halloween.
—Tú no quieres, ¿verdad? — increíble que preguntara, cuando más de la mitad del chocolate llegaba al interior de su organismo.
En definitiva, es una niña.
Helga y su espíritu vivo, versátil y multifacético.
—Pues, dado que es la última barra, y que se trata de MI chocolate favorito…
—La navidad es una época para dar, Arnoldo.
—Y compartir — siguió, apoyando sus manos en el sillón para deslizarse hacia ella.
—Un hábito al que nunca me acostumbré.
—Nunca es tarde para aprender — antes de permitirle darse cuenta de sus intenciones, le arrebató la última pieza de chocolate.
—¡Hey!
—Si no es por las buenas… — hizo ademán de comerse el dulce. Helga lo sorprendió con un tecleo que lo arrojó de espaldas al sillón. — ¡HELGA!
—¿Acaso olvidas con quién tratas, cabeza de balón?
Enfurruñado, la observó, incorporándose de nuevo en el sofá.
—Eres terrible, Pataki.
—Tú eres… un tonto — Arnold alzó las cejas. — ¡Bien! Puedes tenerlo — le alcanzó el trozo de chocolate, él no supo qué hacer.
—¿En serio? ¿No será un truco para otro tecleo con puñetazo incluido?
—No me des ideas — Arnold cogió el chocolate con índice y pulgar.
—Muy bien, Pataki. Estamos aprendiendo — sonrió ampliamente. — Compartir siempre es bueno. Así que… — levantó los dedos con la golosina y la acercó a los labios de ella. El chocolate rozó la piel antes de que la mujer atinara abrir la boca para recibirlo. — Y ahora… — llevó la mano a su nuca y en un movimiento increíblemente veloz, la empujó hacia sus propios labios.
Helga logró sostenerse a sus hombros cuando la impulsó a su regazo con avidez. El cuadrito de chocolate, de unos dos centímetros, pasó de una lengua a otra dentro de un beso caliente y estrambótico.
Arnold gimió, audiblemente, al sentir la caricia contra el paladar y la piecita de dulce derritiéndose en sus papilas. Los dedos de Helga se hundieron en sus hombros y con una lamida pequeña a su labio inferior, terminó por hundir el rostro en su cuello e inhalar.
Las mariposas en su estómago le hacían cosquillas.
—Eres… un vil aprovechador — ella respiraba a grandes bocanadas. De sus hombros, pasó a acariciar su espalda.
Arnold levantó el rostro; le encantaba corroborar la hinchazón en su boca después de cada beso, tanto como descubrir los cardenales en su cuello después de cada succión.
La tenía como a un inacabable y delicioso caramelo.
—Tú me vuelves loco — dio un piquito y rozó nariz con nariz. — Juro que te amo más que a nada en el mundo.
Que pudiese expresar sus sentimientos con tanto afán era ridículamente gratificante. Cursi y estúpido, se sentía muy bien.
Y es que había un cúmulo de cosas por decir y hacer, con ella, que, de acuerdo, es el momento…
Porque fue muchísimo el tiempo pasado y la lejanía de sentimientos de corazón a corazón, de cuerpo a cuerpo.
—Me lo dices por el sexo, ¿verdad? — ella jugueteó con los pelos de su nuca.
—Lo digo porque es la verdad y… ya, por el sexo también, lo reconozco. — sus manos la apretaron del trasero.
—Depravado.
—Me encantas — los labios empezaron a dolerle por la ínfima distancia. Buscando apaciguar el sufrimiento somático, besó su boca y recorrió su mandíbula, retornando al tibio refugio de su cuello.
Besó lenta y estimulantemente, con el atrevimiento a más marcas y dientes reclamando.
—Arnold… — el contoneo de su pelvis no se hizo esperar.
Helga caderas inquietas… pensó, sonriendo contra su piel.
—Ar... nold… — su respiración turbia era de gran influencia para más besos a lengua y succión. — Arnold… si no… — ella apoyó una mejilla contra su cabeza. — La… — gimió. — la ventana… Arnold…
—Mmm… Ah, ¿qué?
—Vamos a… traumar a más de un niño si no… — él levantó la cabeza. Miró la ventana con un brillo peculiar en sus ojos esmeralda.
—Creo que está lo suficientemente empañada. — sonrió, galante. — Y puede que en unos segundos, lo esté aún más… — jadeó; ella no cesaba el roce de sus atentas caderas.
—No... daremos un espectáculo y… Dios, te necesito — rodeó su cuello y se dedicó a la sexy frotada de pelvis contra pelvis. — Cierra… las malditas cortinas… joder. — él rió, piel calcinándose y corazón retumbando. Con una mano aún sosteniendo el lindo trasero de su mujer, estiró un brazo y logró dar con el borde de la cortina, corriéndola lo más que su articulación le permitía.
—Eres… — agarró su rubio cabello para halar, deseoso, y exponer la blancura de su garganta decorada con más de un pequeño chupetón. — Mi amor…
—¡Llegamos! — Abner dio un brinco al escuchar las voces, provocando una oscilación casi desastrosa del árbol de navidad. Por muy poco no se derrumbó de lado.
Helga, cual ninja veloz, saltó tan lejos de él como fuese posible sobre el sillón, moviendo las manos y mirando en todas direcciones, como perdida en un nuevo planeta, o recién despertando después de diez años en coma. Fue una reacción graciosa y el joven casi estuvo apunto de reír.
—¡Arnold, cariño! — su madre irrumpió en la sala como un torbellino hecho de lana. Su cabeza apenas podía verse en medio del ancho abrigo.
Su papá llegó detrás, arrastrando las maletas.
Debió suponerlo; la enfermedad del sueño logró retener a sus padres por mucho tiempo. Pero, ¿una tormenta? con Stella y Miles Shortman no sucedió y aparentemente, nunca sucedería.
—¡Aquí estamos, cariño! — Stella suspiró de alivio. — Y… oh, ¿Helga?
—¿Helga? — su padre se quitó el grueso gorro que cubría hasta sus orejas. — ¡Helga! — exclamó, entre sorprendido y emocionado.
—Ho… hola, señor y señora Shortman — su voz teñida de pena sonó como la de una chiquilla en pleno apuro. Ella seguía mirando hacia todas direcciones, sujetando nerviosamente los bordes de su camisa de pijama polar.
Era divertido aunque muy extraño el verla así.
Arnold apretó las manos y las nalgas, a ver si su creciente excitación lograba bajar y permitía a la parte anterior de sus pantalones de peluche volver a la normalidad. Con el rostro cereza, los observó mirando a Helga.
—Mamá… — sonrió a medias. — Helga está…
—¿Era el huésped misterioso? — Stella sonrió. — ¡Querida! ¡Nos alegra muchísimo verte de nuevo! — aún con el abrigo puesto, caminó hasta la rubia y la sofocó en un extenuante abrazo. — Cariño, cómo has crecido. ¡Toda una mujer bellísima!
De pies a cabeza.
Arnold sonrió, consciente del bochorno de su mujer, de la incógnita en la cara de ambos padres y de la alegría que, aún con toda la interrupción, brotaba como miel en las colmenas desde su obnubilado corazón.
Deseaba pasar la navidad a solas con Helga, y su cuerpo, sus besos y piel desnuda contra piel. Pero fue gratificante ver a sus padres y descubrir el placer que la presencia de la joven despertaba en ellos.
Pronto sabrían que volvían a estar juntos (si es que no lo descubrieron ya, cuando ambos estaban a muy poco de devorarse sobre el sofá), y que, por lo menos él, pretendía que fuese por el resto de sus vidas.
—¿Desde cuándo estás en Hillwood? — Miles dejó a un lado las maletas y se acercó al sillón. Posó una mano en el hombro de Arnold; éste alzó la mirada y un guiño de su padre le hizo enrojecer las mejillas.
Lo notaron.
—Desde hace un par de semanas — la voz segura retornaba de a poco, aunque él creía, sin estar muy equivocado, que Helga añoraba ser un avestruz y poder tener la capacidad de enterrar su cabeza en alguna porción de tierra.
Sus orejas y mejillas estaban tan rojas como los tomates en temporada de cosecha.
—¡Maravilloso! — Stella dio un aplauso — Hay tanto de qué hablar, cariño… y Arnold — sus ojos se posaron fijamente en él. — También tenemos que hablar, tesoro.
—Terminemos de llegar, amor — su padre envolvió los hombros de su madre. — Necesito darme un baño caliente y descansar un poco.
—¿Cómo lograron llegar?
—Eduardo contacto a un par de amigos antiguamente astilleros. Tenían a su disposición un avión que nos sirvió para llegar. ¡Bastante locos y arriesgados! Me recordaron a tu madre y a mí en nuestros años de exploración. — Miles rió. — ¡Vamos! Chicos, estaremos con ustedes de inmediato. ¡Yo prepararé la cena! — tomó la mano de su esposa y, apartándola de Helga, fueron escaleras arriba.
Abner los siguió, meneando la cola.
—¡Dios! — Helga se llevó las manos al rostro. — Por poco nos ven…
—Te dije que les haría muy felices el verte. — con sus manos se arrimó a ella. Le acomodó un mechón rebelde tras la oreja, acariciando luego su mejilla ardiente.
—Casi follándote. — negó de un lado a otro.
—Sí, ¡una lástima que no se hubiesen demorado un par de minutos, al menos! Total, desnudo ya me han visto.
Helga le dio un manotazo en el hombro izquierdo.
—Eres un tarado. — cogió la mano que ella aún tenía en el aire y la dirigió a su boca, besando el dorso de sus dedos.
—Voy a extrañar muchísimo el estar a solas contigo.
Los ojos zafiro de la chica se tornaron, mágicamente, más oscuros de lo usual. El fuego azul refulgía con espasmódico encantó, mientras alternaba su sensual mirada de él hacia las escaleras y viceversa.
Cuando Helga corroboró la ausencia de sus padres, al menos por varios minutos, se alzó y le tomó el cabello, llevándolo a un beso que le haría apretar las nalgas nuevamente.
—Hasta navidad, cabeza de balón — la punta de su lengua le delineó el labio inferior antes de ella apartarse muy, muy rápidamente para su gusto.
Lo dejó allí, con los latidos acordes al de un motor de locomotora, feliz aún sin sonreír, sin querer mover los labios para evitar el desvanecimiento del cosquilleo que la saliva de ella dejaba en su piel, con los ojos cerrados para todavía percibir incluso el travieso y benevolente tacto de sus manos, aunque estuviese ya lejos…
La cena con sus padres fue dada entre chácharas y anécdotas sobre sus momentos en Kansas (y el éxito, al por fin hacer contrato con un laboratorio para el estudio de un nuevo tipo de planta africana), que incluso creyó que no se tomarían el tiempo de indagar un poco más sobre Helga.
—Y Helga, cariño… — Arnold miró a su madre, observando a la joven sin saber exactamente cómo o qué preguntar. — ¿Cómo está tu familia?
La rubia dejó el tenedor con todavía la porción de puré sobre el plato.
—Bien, señora Shortman, ellos…
—Siempre te he dicho que puedes llamarme Stella — sonrió. Helga apenas pudo producir una curva similar sobre su boca.
—Sí, Stella… ellos están bien. Olga en Michigan con su esposo y mi sobrino.
—¡Qué maravilla! — su madre juntó las manos. — El pequeño Ethan, ¿cierto?
Arnold se atragantó con un hueso de pollo.
Bien, quizá sus padres sabían más de Helga, y recordaban, de lo que él mismo sabía o supo, en su momento.
—Sí — la sonrisa de su mujer fue más prominente. — Es el niño más lindo del mundo.
Y cuando hablaba de su sobrino, sólo era la Helga tierna y llena de azúcar morena, sin sarcasmo ni armaduras.
—¿Y tus padres? — Miles empezó a picar el postre.
—En Atlanta, una tormenta los atrapó.
—Curioso… — su padre colocó un trozo de tarta en su plato, aquel dulce de piña artificial, que Helga y él habían comprado listo para sólo hornear. — Las nevadas en Atlanta suelen ser muy moderadas. No se escuchaba una tormenta desde… ¡Auch! — el hombre calló, mirando a su esposa.
Obviamente, el pisotón fue notorio para todos.
Arnold había hablado con su madre y su padre antes de la cena, cuando los tres se ofrecieron a preparar el pollo de modo muy rápido, pues el hambre era evidente. Helga había resuelto quedarse con Abner jugueteando cerca del árbol.
Les explicó muy por encima de los detalles; que Helga y él habían resuelto las diferencias, aclarado los puntos oscuros. Con el brillo de la dicha en sus ojos, le dijo que volvían a estar juntos, que ella se quedaría, que todo ya estaba bien.
—Hablaron claramente entonces, ¿cierto?
Claramente. Ella me dijo no querer estar lejos de mí. ¿Puedo tomar eso como prueba y afirmación suficiente?
—Sí — dijo, seguro, aunque una espina empezaba a clavarse en su garganta.
Cuando Miles se concentraba en las papas para el puré, Stella se acercó a él.
—Tesoro, ¿cómo va la situación con sus padres?
—Bueno, iba a pasar las navidades con ellos, pero…
—No hubo una tormenta en Atlanta. Es muy raro que eso ocurra.
Arnold dejó de picar la lechuga.
—¿Cómo? ¿Por qué Helga mentiría con…?
—¿No es obvio? — su madre sonrió.
La espina de su garganta comenzó a desintegrarse.
—Creo que su intención fue siempre estar contigo, aún sin saber qué pasaría entre los dos. Sólo espero… — calló. — Descuida. Sólo te pido que de verdad, dejen las cosas seguras. ¿De acuerdo? No me gustaría verte de nuevo tan…
—Descuida — no pretendía lanzarse a la mierda con otra nefasta etapa depresiva. — Ya somos adultos, después de todo.
—Bien — su madre sonrió.
Y retornando a la cena…
Miles apretó los dientes. De rojo se tornaron las mejillas de Helga y Arnold la miró clavar su atención en el plato lleno de sobras de puré.
—Yo…
—¡Pero es estupendo que pases la navidad con nosotros, tesoro! — su madre alzó una mano. — ¡Siento que nada de lo que hagamos será suficiente para agradecerte lo que hiciste por nosotros! Siempre he querido…
—¡Ustedes no tienen nada que agradecer! — la fuerza de su voz era potente.
Arnold quiso poder levantarse y besarla. Sus ojos se encontraron frente a frente y él se perdió, como de costumbre, en el querer que sentía por ella y todo lo hermoso que fueron los días pasados, incluidos aquellos primeros momentos, cuando la odió porque aún estaba, irremediablemente, enamorado de ella.
Su padre dijo algo pero él no le entendió. Helga parecía igual de afectada, con las emociones en aparente estado de ebullición. Sonrió con dulzura, buscando calmarla, y la miró con la tranquilidad cuya existencia se dio desde el momento de su nacimiento.
Pareció funcionar, porque ella regresó la sonrisa y sus ojos zafiros se esclarecieron.
También había amor en su mirada. Había inocencia y complicidad. Ventura y travesuras. Con un suéter cuello tortuga que había decidido utilizar para, seguramente, tapar los cardenales, se veía hermosa y apetecible.
No tienes por qué angustiarte, te ama.
Y regresó a disfrutar de ello cuando, a las doce, Helga lo despertó.
La joven se había empeñado en regresar a la habitación 11, dado el retorno de sus padres. Arnold de verdad pensaba que no la vería hasta la mañana de navidad, pese a que en cada pedazo de su piel latían las ganas de llegar a ella.
Casi se armó de su silla para bajar la rampa e irrumpir en su cama, directo a sus brazos, a su vientre, a sus piernas y su sexo embriagador. Aferrarla a su pecho y hacerle entender que no había lugar más idóneo para su extenuado cuerpo desnudo que la piel, los huesos y músculos de él. Sólo allí podría descansar y sentirse segura, amada y en completa tranquilidad.
Pero ella, siempre ella, debía llevar la delantera. Jodida y fabulosa mujer; única y formidable.
—Te dije que hasta navidad, Arnoldo — los labios en su oído y sus manos en su pecho. — ¿Estás despierto?
Él ronroneó, sonriendo.
—¿No estoy soñando? — el calor de la piel de ella sobre su vientre masculino, la cosquilluda sensación de sus uñas acariciando bajo su garganta, y los dientes en su oreja… — ¡Auch! ¡Helga! — un fuerte mordisco al lóbulo le hizo abrir los ojos.
—Quería responder tu pregunta, ¿te dolió?
—¡Sí! — ella se irguió hasta quedar sentada; él hizo lo propio, viendo su rostro.
La habitación estaba en casi la absoluta oscuridad, mas, con la cercanía, podía ver…
—Helga… — sintió a su boca secarse. El deseo y la felicidad lo arrastraron en una corriente hacia el páramo más bello que pudiese existir.
Las mariposas en su estómago se multiplicaron de tal forma que, si fuese posible, lo harían volar por todita la habitación.
—Bueno… feliz navidad — susurró su mujer y pese a la falta completa de luz, Arnold distinguió el rubor de su piel.
—Hel… — era precioso el camisón, simple, ligero y rosa. Con fresco aroma y de mucha suavidad; lo sintió cuando con las palmas tocó sobre sus muslos, detallando el borde.
Sí, lucía muy bello sobre su cuerpo, pero lo que alteró su psique y le hizo exhalar cada vestigio de aire en sus pulmones, fue su moño. El mismo, mismito de su infancia; un lazo prolijo aún con la tela desgastada, y demasiado grande y adorable. Rosa como su ropa.
No estaban las coletas. Había debajo su pelo suelto.
Dios, ¿nunca dejará de sorprenderme? ¿De enamorarme y volverme loco?
—No sé si quieres… — ella iba a llevar las manos a su cabello cuando él la detuvo de las muñecas.
—Así… estás bien — la voz ronca y ojos llameantes. Su piel quemó, estremecida, en punta, necesitada de sus caricias. — Eres bellísima.
—Yo quería… no tengo nada especial para darte, no pensé en pedirle a Phoebe que me comprara un estúpido vinil de Pop Daddy porque no pensé que tú también lo querrías, pero sí… — atrapó su nuca y la calló con un beso.
Después de un minuto, la abrazó, apretando su espalda, respirando su aroma y ardiendo en su interior.
Anhelaba fundirse en ella, derretirse sobre su ser y albergar en cada poro. Tener siempre presente su perfume y la suavidad de sus manos.
—Eres una… ¡Dios! Ni sé cómo definirte, Helga. Siempre has sido un misterio para mí.
—Melenudo… — los dedos femeninos atinaron a cerrarse en su cabello. Él también enredó los dedos entre sus mechones rubios y tersos. — Te voy a dar la potestad en todo.
—¿Cómo? — empezó a dar pequeños besos sobre la piel expuesta, no queriendo controlarse, sin desear postergar la entrega y todo el placer; humedad y fricción, caricias y besos parsimoniosos.
—Por esta… noche, tú… y sólo tú tendrás la voz de mando — entre suspiros logró expresarse.
Arnold continuó sin entender.
—Bien, te haré una pregunta — Helga haló su pelo, confrontando su mirada dilatada. — ¿Quieres que te masturbe o que te lo mame?
—¡HELGA! — se hubiese cubierto el rostro con las manos, de no ser porque sus dedos ahora disfrutaban presionando sus glúteos preciosos, empujando contra su virilidad.
Cerró los ojos y negó repetidamente con la cabeza, enrojecido, febril y con el corazón latiendo a mil revoluciones por minuto.
La carcajada de su mujer retumbó contra las paredes. De inmediato se tapó la boca, consciente de que ya no estaban solos en la pensión.
—¡Eres todo un buen chico, Arnoldo!
—Tú eres… ¡una boca sucia! — apuntó con vergüenza.
Vergüenza, porque… debía admitir…
—Te encanta — ella aclaró. — Y a mí me encanta verte así... — acarició su mejilla escarlata con la punta de su nariz. — Todo tímido, inocente y adorable, aunque sea una mera fachada, pervertido… Estás... duro. — apretó contra su pelvis. — Sí, me encanta.
—A ti lo que te encanta es torturarme.
—Nada más lejos de la verdad — besó la oreja que antes había mordido. — Te explico, Arnold. Esta noche haré lo que tú desees que haga. ¿Está bien?
Él tragó saliva, entre sorprendido, eufórico, agradecido, loco…
Helga era intensa en el sexo, flameante y domadora.
Y no, no solo era su limitación lo que le impedía aportar algo más durante el acto. Helga era una mujer poderosa y con el afán de dominar. En la intimidad, supo que nada la excitaba más que verse como la dueña de quién cayó, irremediablemente, en sus manos, en su cuerpo.
No era algo que a él le molestase, en realidad.
Todo lo contrario.
—Helga…
—El sexo como desees, cuántas veces lo desees; puedo montarte de frente o de espaldas. Un beso tranquilo o solo abrazarnos y dormir.
—¿En serio crees que voy a pedirte eso?
—¿Sexo?
—¡Abrazarnos y dormir! Digo, me encanta, lo haremos, pero antes…
—Bien, ya me estaba preocupando — el le haló un mechón de pelo.
—Mi amor…
—Solo lo preguntaré una vez más — deslizó la boca por su cachete. Él respiró a la hondonada, cerrando los ojos y mordiendo sus labios. Expectante, deseoso, con lujuria y desesperación. — La única pregunta que haré, el resto dependerá de lo que pase por tu maravillosa y noble cabeza de balón. Bien, ¿Qué deseas ahora? ¿Mis dedos, o mi boca?
Inhaló con notoria necesidad. El calor de su tez generó unas cuantas gotas de sudor sobre su frente y Helga, con ternura, las disipó con dos de sus dedos.
Arnold la amó más que en cualquier otro momento.
—Sin pena alguna, amor mío — murmuró en un beso casto y leve que lo hizo temblar y querer mucho más. — Nada de vergüenza, nada de retención…
—Quiero tu boca — la autoridad con la cual expulsó su deseo fue sorprendente para ambos.
Él la miró a los ojos; en sus pupilas dilatadas, vislumbró el reflejo de una estrella única en medio de la oscuridad.
—Quiero tu boca, ahora— exigió, descubriendo cierto placer en ordenar, sin tapujos, lo que requería para la tranquilidad de su cuerpo y la paz de su alma.
—Bi… bien… — la sintió estremecerse, arqueándose involuntariamente contra sí, buscando su calor, su tacto firme y decidido. — Excelente elección — detalló su felina sonrisa y cayendo de espaldas contra la cama, disfrutó otro de los mejores momentos de su vida.
Y otro momento más.
Y otro.
Y otro.
Y otros tantos…
—¡Cielos, cabeza de balón! ¡Soy solo una simple humana! — ella cayó en las almohadas, respirando fuertemente.
Arnold rió, atrayéndola hacía sí. Sus senos desnudos se veían espectaculares.
—Mierda, Arnoldo, déjame recuperar el aliento…
—Solo quiero… — tomó sus brazos y la hizo abrazarlo del torso, rodeándolo. — Descansa aquí — ella se apoyó en su pecho húmedo.
El moño perdió su trabajada forma y el lazo ahora pendía enredado entre las hebras de su cabello.
—Yo también necesito relajarme — dijo él, besando su coronilla.
—Te dije que eras un depravado sexual. ¿Ves? ¡Siempre lo supe! — Helga acarició su abdomen.
—No te vi quejándote, Pataki — índice y dedo medio recorrieron su espalda, dibujando caminos invisibles sobre el sudor. — Ahora entiendo mejor que nunca por qué te gusta tanto mandar.
—Y a ti obedecer — alzó la cabeza. — Aunque siento que puedo perder las extremidades con otro movimiento, eso fue… muy… vigorizante.
Él sonrió con orgullo.
—Me gustó mucho este intercambio de roles — dijo Helga, apoyando la barbilla en su pecho. — Deberías ser más autoritario, Arnoldo. Me excitas como nunca.
¿Y es que no puede parar de provocarme?
—Aguarda un minuto más, por favor — ella pidió, como si leyera su indecente pensamiento.
—Deja de ser tan divina y descarada, entonces.
—Así me amas, ¿no?
—Así te amo — flexionó el cuello para alcanzar su boca.
Se relajaron con suaves caricias y algunos murmullos.
La mente de Arnold se explayó con placer sobre los episodios del día, divagando incluso sobre la conversación con sus padres y en la interrogante que su madre instauró en su subconsciente.
Suspiró profundamente.
—Helga… — pensó que se había dormido, pero ella aulló con voz perezosa, acurrucándose en su abrazo.
—¿Qué pasa? — su mujer giró la cabeza, pegando por completo la boca a su pecho para dar un beso antes de mirarlo.
—Vas a quedarte en Hillwood, ¿verdad?
Silencio.
Y Arnold sintió, aterrorizado, cómo su espíritu se volvía picadillo.
—Helga…
—Debo regresar a Michigan después de año nuevo, Arnold.
Retuvo el aire dentro de una dolorosa inhalación.
—Que… — cerró la boca antes de soltar cualquier barbaridad, porque no entendía una mierda y Helga quizá estaba jugueteando con él.
Sí.
Por favor.
—Amor, escúchame — Helga se incorporó un poco. — Escúchame…
Pero él no la oía.
Demonios, ¿cuál fue su plan? ¿Llevarlo a la gloria para después botarlo como inservible estropajo?
No, no, no. Ella no es capaz de semejante maldad.
—¡Escúchame! — cuando sus ojos desenfocados lograron fijar la mirada, respiró.
El aire retenido salió con rudeza dentro de un indecoroso jadeo.
—Arnold, quiero que vengas conmigo.
Él parpadeó, falto de entendederas.
—¿Qué?
—Quiero que vengas conmigo. Verás… — se levantó para sentarse sobre su vientre. — Una editorial ofreció publicar uno de mis libros. En realidad, es el primero que escribo con la intención de lanzarlo al mundo. La empresa es pequeña, una editorial independiente, la cual apuesta por autores desconocidos y sin ningún tipo de reconocimiento. Me ofrecieron la oportunidad, pero debo estar en Michigan para ajustar cada detalle, por lo menos unos meses.
—Helga…
—¡Es uno de mis sueños! Y tú… puedes acompañarme. Vivir conmigo mientras todo se ajusta y podamos…
—¡Helga! — se irguió en busca de un beso. — Lo que me dices es fenomenal. ¡Felicitaciones! Te mereces… todo eso y mucho más. Yo…
—Gracias — sonrió hermosamente, él necesitó besarla y retener sus mejillas, acunándolas como a un par de tortolitas. — Es muy importante para mí. Y quisiera que… ya que volvimos, que… joder, te amo como una maldita demente, y quiero que estés conmigo.
—Yo…
¿Qué fue lo que se dijo hacia horas?
Pídeme lo que quieras, mi amor.
—Está bien.
Bien, estaba bien. Se dejó llevar por la alegría del momento y la felicidad en el rostro de su amado milagro rubio.
Pero Helga cometió un error; preguntarle aquello cuando aún restaban días para tal evento.
Sí, porque tuvo tiempo de pensar, pensar y pensar. Y cuando se pensaba mucho, se solía arruinar todo.
Porque los pensamientos traían consigo desazones atosigantes, llenándolo de incertidumbre, miedos y dudas.
La depresión regresó como una bofetada dada por una mano hecha de acero.
La veía a ella en pleno vuelo, como una poderosa águila remontando el viento sobre las montañas.
Y él no era más que una oruga con el paso más lento y cansón del planeta.
Ella era libre.
Él estaba atrapado dentro de un artefacto frío y deprimente.
Helga podía hacer lo que desease, él no.
Y se negaba, rotundamente, a ser una atadura, una molestia, un impedimento para ella obtener lo que sus ambiciosos anhelos le pedían.
Por ello, con su alma resquebrajada envuelta en vendas curativas, a ver si no terminaba de irse en pedacitos, la despidió.
Helga se fue, herida, furiosa y consternada.
Él, todavía creyendo en sus intenciones, se odió como nunca.
N/A:
¡Disculpen la demora! Odio cuando sucede, pero me entretuve con otras cosillas. Me puse a ver de nuevo Betty la fea (la colombiana, la original, la única Beatríz Pinzón Solano, jajaja) y también me dediqué a disfrutar de algunas películas para relajarme, cosa que me ayuda a escribir. Para agilizar el proceso, me puse a escuchar música (maravillosa fuente de inspiración). Ahora mismo estoy pegada a algunas canciones de Carlos Rivera y en cuarentena descubrí a Calum Scott, un cantante británico. Si les gustan las baladas cursis y bonitas, se los recomiendo.
En Netflix vi una serie polaca llamada Bosque Adentro. ¡Esas son las tramas que más disfruto en una producción televisiva! Suspenso e intriga y un buen protagonista; se las recomiendo.
Yo no soy de ver series porque soy muy impaciente, prefiero mil veces las películas. Pero esa me atrapó.
Y regresando al punto, ¡GRACIAS a quien se encuentre leyendo! Reitero mis disculpas y espero el capítulo les haya sido entretenido.
Arnold la cagó, ¿,no lo creen?
Espero publicar el próximo muy, muy pronto.
Y otro detalle… varias personas me manifestaron que no pudieron dejar el comentario en el capítulo anterior. No me extraña, porque me ha sucedido cuando quiero comentar algunos fics que sigo; fanfiction es bien jodido a veces. Si eso ocurre, por favor, déjenme su impresión en un mensajito privado, ¿sí? ¡No cuesta nada! Y el pasado 15 de octubre fue mi cumpleaños… pueden hacerme ese regalito y obsequiarme sus opiniones, buenas o malas pero siempre educadas.
Sí, cumplo el mismo mes que el cabeza de balón y el genio de Craig, y eso es muy cool.
Cariños a distancia,
Yanii.
PD: Escribí todo el capítulo desde el celular y aquí mismo estoy publicando. Disculpen los errores que puedan evidenciar.
