Para Ledd Dj´va.


La esencia de las almas


"Lo que había entre ellos no era amor, era inmortalidad"

Milan Kundera


Capitulo único.


Observa el perfil bañado por la escarcha del sol. Su rostro muestra las arrugas propias de la edad. Las pecas oscuras han empezado a inundar su piel cual tsunami que arrasa con toda su juventud a su paso. El cabello ya no luce el verde puro de antaño, sino que, en él, se entremezclan las hebras de bosques y otras de nieve.

Los años han dejado en él la resaca de su paso y, sin embargo, aún conserva gestos acuñados a su juventud. Presiona su labio inferior entre el índice y pulgar, murmura pequeñas frases, la mirada perdida en el jardín le indica lo que sucede.

– ¿Buscas algo? – pregunta tras minutos de solo observarle a lo lejos.

– ¿Eh? – el pecoso retorna a la realidad. Deja tranquilo su labio y los ojos se fijan en el intruso – Sí... creo que sí – duda.

– ¿Puedo ayudarte?

Nota un ápice de duda en el mayor. Unos segundos de silencio en los que inspecciona sus palabras.

– E-está bien. – tartamudea como de pequeño. Hace una breve pausa. Sus ojos le miran fijo y, finalmente, hace la pregunta que ya espera. Aquella que se la ha hecho en más de una oportunidad – Disculpa ¿Cómo te llamas?

El cenizo bufa, con una sonrisa de lado.

– Katsuki. Katsuki Bakugou.

– ¡Oh! – dice con verdadera sorpresa – Que casualidad, tenemos el mismo apellido. – Extiende una mano en saludo – Soy Izuku Bakugou.

45 años

Katsuki corre con el pecho agitado. El vapor caliente sale de entre sus labios, empuja a las personas en su camino hasta ingresar a la comisaria.

– ¡Deku! – vocifera captando la atención de todos los presentes.

Izuku sonríe avergonzado, sentado en la recepción con una manta sobre sus hombros. Katsuki exhala todas sus preocupaciones, deja sus hombros caer, sintiéndose aliviado. Camina hacia Izuku, le quita la manta y coloca el abrigo que le ha traído.

– Bakugou – oye tras él. Reconoce de quien se trata por el timbre de voz. Observa sobre su hombro, Iida, el jefe de esa estación, señala su oficina.

Katsuki bufa con fastidio. Antes de seguirle el paso al oficial, le advierte a Izuku que no se mueva de esa silla.

– ¿Que sucede? – inquiere a penas cruza el marco de la puerta.

– ¿En serio no lo sabes?

Chasquea aburrido

– Sera la última vez que lo buscan. – da la vuelta, queriendo huirle al sermón.

– Lo mismo dices siempre y ¿Cuántas van? ¿Cinco?

– ¡Esta bien!... carajo – masculla – si se vuelve a perder, no les llamaré.

– No se trata de eso – Iida acomoda sus lentes. Katsuki es terco y no entiende que lo mejor para Izuku, es que alguien más se encargue de sus cuidados. Alguien especializado en ello – Es la tercera vez en lo que va del mes ¿Qué estas esperando? ¿Qué de verdad se pierda para siempre?

Bakugou frunce el ceño, molesto por la insinuación. El oficial suspira.

– Solo digo que tú no puedes manejar esto solo. Has pedido tu renuncia y aun así esta situación continua – palmea el hombro del cenizo – piénsalo bien.

Katsuki quita la mano de su ex superior.

Regresa hacia la recepción, con Izuku, le toma del brazo bruscamente y jala de él hacia afuera.

¿Qué estas esperando? ¿Qué de verdad se pierda para siempre?

¿Es esa una pregunta que se le pueda hacer acaso?

Su alma gime adolorida de solo pensar perder a su otra mitad. Las insinuaciones se hacen dolorosas en este punto en el que aquellas preguntas, podrían hacerse realidad. La presencia de Izuku hace estragos en él cada que le pierde de vista y se desvanece en medio de la ciudad.

– Kacchan, me estas lastimando.

Katsuki vuelve a la realidad. Izuku le mira confundido, como si en verdad no entendiera la raíz de su enojo.

Y no lo hace.

En verdad no lo hace.

– ¿Qué fue ahora, Deku?

Izuku mantiene la mirada inextricable. Su mente no comprende que cosa tan mala ha podido hacer para molestar a Kacchan.

O quizás sí, piensa. Baja la mirada, apenado por lo que cree él es la raíz del problema.

Aunque aquello discierne abismalmente con la realidad.

– Perdí mi anillo – explica, acariciando el lugar en donde debería estar dicha joya – Salí a buscarlo por los lugares a los que había ido.

Silencio.

Izuku traga hondo. Eleva la mirada lento hasta dar con la de Katsuki y esta no es más la molesta de momentos atrás. Los orbes rubíes le observan abatidos.

– ¿Sabes en donde estamos? – Izuku recorren con la vista su alrededor, buscando una pista de su ubicación. – al otro lado de la ciudad.

– Debí confundirme de tren.

Katsuki resopla, queriéndose tragar el nudo que se le forma en la garganta de verle así.

– Kacchan – le toma de ambas manos – Todo está bien. – sonríe tímido, conciliador.

No, nada está bien.

Los olvidos son cada vez más frecuentes, el desorientarse, los cambios de humor. Ha peleado con las últimas dos enfermeras que contrató y ellas terminaron por irse. No las culpa, él mismo se ha visto enfrentado a Izuku cuando malinterpreta sus palabras. Cuando le acusa de esconder sus cosas, cuando imagina cosas que no suceden.

Y a pesar de ello, continua ahí.

Katsuki se ha visto en la difícil tarea de, a sus cuarenta años, renunciar a la policía para dedicarse por completo a su cuidado, pero sus ojos no pueden mantenerse el día entero sobre él y al mínimo descuido, las catástrofes sucedes.

Iida lo ha dicho, es la tercera vez que se pierde ese mes. La quinta, desde que empezó a cuidarlo.

Frota su entrecejo.

Saca del bolsillo el anillo.

– ¡Lo encontraste!

– Estaba dentro del refrigerador.

– Imposible – ríe tan bonito como le recuerda siempre – ¿Por qué lo pondría ahí?

La duda es tan genuina que a Katsuki le pesa. Una parte de su alma se quiebra al saber que un día esa duda, surgirá al oír su nombre y no solo por un objeto.

Se quita la cadena que lleva en el cuello, ocupa el anillo ahí y se lo coloca a Izuku.

– Así no se perderá más. – Besa su frente, le abraza – Ni él, ni tú.

40 años

– Sabes que puedo sentir tu preocupación, ¿no?

– Y yo tu miedo.

Ambos sonríen de lado, resignación, sin alegría.

Continúan su camino en silencio, tomados de las manos. Es viernes por la noche y muchos salen a beber a bares, otros vuelven a casa luego de un día de trabajo. Algunos van felices, otros, como ellos, les lleva una bruma oscura.

Acaban de salir de la consulta médica de Izuku y... no hay palabras.

Diez años de convivencia y muchos más de conocerse, le han llevado a saber sobre Izuku a la perfección. Una persona diligente, puntual, responsable. Aun así, nunca tomó importancia a sus leves olvidos. Dejarse las llaves en casa, olvidar su aniversario, no recordar una que otra palabra en medio de una conversación.

Cosas sin importancias, pensaba.

– Lo que el paciente tiene, se llama Alzehimer.

Ha permitido que el demonio del olvido vaya ganando terreno dentro de Deku, al punto de llegar a afectar su vida diaria. Izuku es enfermero y en ocasiones ha olvidado cómo usar una jeringa. Viven a cinco cuadras del hospital en el que trabaja y se ha desorientado de regreso a casa.

Katsuki ha notado su mirada perdida cuando cae la noche y entra a la alcoba. Cuando sus ojos cruzan los suyo y un atisbo de duda se refleja en ellos. Es solo un segundo en el que ve en orbes de la persona que ama, que no le reconoce.

– La medicina no logrará retroceder la enfermedad, solo hará de su avance más lento.

Enfermedad degenerativa.

Izuku irá perdiendo la memoria al punto de olvidar cosas muy básicas. No reconocer objetos, no recordar personas. Olvidará palabras hasta dejar de hablar. Olvidará cómo comer y, en algún momento, cómo respirar.

– Kacchan – acaricia el dorso de su mano con el pulgar. – cálmate.

Katsuki le mira. Ignora a las personas a su alrededor.

¿Qué se calme?

Como podría hacerlo cuando la persona a la que más ama en la tierra le olvidará. Cuando su nombre se convertirá solo un recuerdo en el océano de su memoria, escenas hermosas de ellos juntos naufragarán también. Días enteros apreciando sus pecas, formando constelaciones con ellas.

Todo será llevado por la marea.

– Vamos a estar bien. – deja un beso ligero sobre sus labios. Una caricia de terciopelo que deja cosquilleándole la piel y la bruma de lo que está sucediendo le agazapan.

Izuku le sonríe aun cerca. Presiona ambas manos contra la de Katsuki y besa sus nudillos. Sus labios descienden por la muñeca, besando la cicatriz que el menor guarda ahí. En la misma zona donde Izuku posee la marca que prueba son el uno para el otro.

Le embarga una serie de sentimientos de tristeza, pero no teme.

Ya una vez ha estado lejos de Katsuki y sabe que hay cosas que, entre ellos, simplemente son imposibles.

El olvido es una.

– Todo va a estar bien – Repite. Pega la frente contra la de su pareja – ¿Cómo podría olvidar a quien que llevó tatuado en mi alma?

Katsuki chasquea la lengua por lo ridículamente cursi que ha sonado. Aun con eso, le abraza, alojando esperanzas en sus palabras. Incapaz de imaginar todas las tardes en vilo que le hará pasar en un tiempo más. El nivel de estrés y ansiedad que sus olvidos traerán a la relación.

Al final, Izuku le olvidará, pero Katsuki va a recordarle por el tiempo que le reste de vida.

...

35 años

Katsuki hace malabares en la puerta de su apartamento. En una mano lleva un pastel, contra su pecho sostiene un ramo de flores y, bajo su axila, una botella de vino; mientras, la otra mano intenta encajar la llave en la cerradura. Es su quinto aniversario de boda con Deku, lo cual hace la situación algo insólita, pues Izuku debería estar ya en casa y no le ha abierto la puerta.

Finalmente, encaja la llave.

– ¿Deku? – inquiere confundido. Frente a él, su hogar luce a oscuras.

Es extraño, se repite internamente.

Deposita los obsequios sobre la mesa.

¿Será que se ha molestado?

Durante el tiempo que llevan juntos, Izuku siempre ha sido el más emocionado con esa fecha, que no solo conmemora el día de su boda, sino también, el día en que sus almas se encontraron por primera vez. Ni los años separados menguaron su iniciativa de planificar una celebración, por muy pequeña e íntima que fuera.

Ese día, ha sido la excepción.

Al despertar esa mañana, Izuku ya no estaba a su lado. El único mensaje que recibió de él, fue uno explicándole que le llamaron del trabajo, surgió una emergencia y debía ir cuanto antes.

Katsuki le cree, pero piensa también, que detrás de ese mensaje tan casual, se oculta una incomodidad que posiblemente ha ido germinando con los años: Izuku espera más iniciativa de él. Espera, por ejemplo, que fuera él el primero en saludarle por la mañana, quien organizara la cena.

Quien convirtiera ese día en uno especial.

Mientras que, para él, el estar juntos a esas alturas y habiendo sobrellevado todo lo malo, ya lo hace especial.

Suspira camino a su habitación. Ve el cuerpo masculino retozando entre las sábanas. Se apoya en el marco de la puerta un instante, le observa dormir con el corazón enternecido. No da crédito que años atrás hubiera aborrecido tanto la idea de despertar al lado suyo y hoy sea lo más preciado que tiene.

– Deku – le llama acercándose. Duerme profundamente. Toma asiento a un lado de su cuerpo, coge su hombro y le zarandea suave. – Deku.

– Mmmm... – murmura soñoliento. Inspira profundo, quejoso – ¿Kacchan? ¿Qué hora es?

– Las ocho y quince.

Izuku bostezar. Estira los brazos, extiende las piernas. Vuelve a acurrucarse entre las sábanas.

– La cena está en el refrigerador, solo debes calentarlo.

Frunce el ceño.

– No quiero la cena – acaricia el cabello verdoso hacia atrás, dejando la frente expuesta – lo siento.

Izuku abre a duras penas un ojo, pestañea pesado.

– ¿Por qué te disculpas?

– ¿No estás molesto?

– Lo estaré si no me dejas dormir.

Katsuki resopla con una sonrisa.

¿En serio lo había olvidado?

– Feliz aniversario, Deku.

Nuevamente abre los ojos, esta vez con el sueño despabilado. Da un salto sobre la cama y toma el móvil, busca el calendario.

– Es hoy – murmura. Baja el móvil sobre su regazo, eleva la mirada hacia Katsuki – pensé que aún faltaba mucho, lo siento – le abraza fuerte – Feliz aniversario, Kacchan.

Busca los labios de su pareja, deja pequeños besos en el recorrido e Izuku sonríe acaramelado hasta que ambos se encuentran.

Un beso suave y cariñoso.

– Prometo compensar esto el próximo año. – Asegura, decidido a que así será y mientras comen pastel, empieza a planear un viaje en donde renueven sus votos.

Katsuki asiente a todo sin presagiar que ese solo sería el inicio de sus olvidos y, sus aniversarios, pasarían a un lugar recóndito de la memoria de Izuku.

Imagina que es un castigo justo para alguien que quiso, con tanto fervor, desligarse de su alma gemela.

30 años

...

Ochako termina de aplicarle a Izuku una sombra tenue sobre los párpados. La mínima necesaria para hacer que sus hermosos ojos esmeraldas resalten en su rostro. Ha usado una base que cubre poco de sus pecas, pues ellas son el encanto de su amigo.

– Listo – Observa su trabajo terminado. Sonríe feliz de verle finalmente cumplir ese sueño que por mucho tiempo le tuvo el corazón en vilo – ve a vestirte que ya es tarde.

Izuku asiente, también con una sonrisa. Ingresa a la habitación principal, donde su madre le espera con el traje listo. Le ayuda a colocarse las prendas con cuidado de no arrugarlas, tampoco de arruinar la fina capa de maquillaje y el cabello que, por primera vez, ve tan ordenado.

Es el día de su boda y todo debe salir perfecto.

Cuando está terminado, Inko baja las manos por el pecho de su hijo. Mira detenidamente al hombrecito que ha criado y que hoy da un gran paso en su vida. Las lágrimas se aglomeran en sus ojos.

– Mamá – le llama quejoso – si te pones así me harás llorar también.

La mujer respira hondo, limpia sus lagrimales. No puede evitarlo, le embarga una gran dicha de ver a su niño lograr su final feliz, pero también, tristeza de imaginar que no todo resulte tan bien como espera y Katsuki vuelva a hacer sufrir a su hijo como en años atrás. Entiende que antes que almas vinculadas, son humanos y tiene derecho a equivocarse.

Prefiere centrarse en el hecho de que Katsuki no es una mala persona y, en los últimos años, le ha demostrado que ama a su hijo más que a nada.

– Se feliz, cariño.

La boda es en la casa de campo de un amigo suyo, Shoto Todoroki. Ambos se conocieron en un grupo de ayuda para viudos de alma. La mujer a la que se encontraba enlazado de esa manera tan especial, pereció en un accidente automovilístico, dejándole sólo y vacío. Un alma errante en el mundo a la que se le robo una parte y que quizás, en otra vida, pueda estar completa.

Lo mismo que creía sucedería con él tarde o temprano.

Palmea sus mejillas, dejando atrás aquellos recuerdos que espera, un día se pierdan en su memoria y logre olvidarlo.

En el primer nivel de la casa espera su padre. Sus ojos avellana le miran y un suspiro resignado se le escapa cuando le tiene en frente.

– Hijo – sujeta su hombro. Suspira nuevamente, sin ocultar su incomodidad.

– Está bien – le corta antes de que empiece con un discurso que tendrá como fin, el intentar hacerle desistir de esa decisión.

Para Hisashi, aunque su hijo haya preferido dejar mucho en el pasado, se le hace imposible olvidar cuando fue él quien propicio ese encuentro creyendo que, de esa manera, la vida de almas gemelas sería más llevadera. No hubiera imaginado que aquello mismo, la inmadurez y diferencia de edad, terminaría por ser el detonante en su relación.

Aun teme que aquello llegue afectarles ahora, pues Katsuki sigue siendo joven, solo veinticinco años.

Sin embargo, a pesar de todo ello, era su hijo quien tenía la última palabra.

Y eligió a Katsuki, a pesar de todo.

Izuku sale de casa con la bendición de sus padres. Un pie en el jardín y la música da inicio, los invitados se ponen de pie. Hay sonrisas, hay fotos, hay palabras bonitas mientras camina sobre esa alfombra de pétalos blancos. Las luces colgando de los árboles dan un toque mágico y el atardecer, que años atrás veía en soledad, hoy vislumbra con alegría y felicidad.

Sonríe con miras en el futuro y frente a él, Katsuki espera al final del camino. El menor no gira a verle hasta el último momento, cuando Izuku pasa los dedos sobre su mano. Los orbes escarlatas le recorren con ternura. Su mano se cierra sobre la de Izuku y, bajo la ropa, la marca que trae en la muñeca queda frente a su cicatriz. Los corazones palpitan desbocados, sus cuerpos vibran dichosos.

Es momento de dejar atrás todo lo malo sucedido en su relación y empezar de nuevo.

25 años.

Izuku observa el atardecer desde su balcón. Acostado en el sofá, se cubre con una manta del frio invierno que se avecina, mientras, una taza de té caliente le hace compañía.

Sus ojos viajan perdidos por el horizonte. El naranja del cielo es lo único que puede ver y que le recuerda a él desde hace un tiempo. El color refleja en las ventanas del edificio de enfrente, sumergiéndolo más en su dolor y no conforme con ese castigo, sus ojos se encuentran con una pareja tras unos de los vidrios. Acurrucados en el sofá, miran una película.

Suspira con envidia, en tanto sus ojos bajan hacia su regazo, fijos en la marca tan bonita que lleva en la muñeca. Una especie de supernova, un remolino de estrellas.

La marca más asombrosa que ha visto en sus veinticinco años.

La marca que le unía a quien ya no está más a su lado.

Dos años han pasado desde que su relación con Katsuki llego a su fin definitivo. El chico, en aquel entonces de dieciocho años, fue realmente claro en expresar que quería vivir su vida de otra manera. Que el vínculo de almas gemelas, no era más que una cadena que se enroscaba a su cuello asfixiándole, y él anhelaba libertad. Vivir una vida plena en la que fuera él quien eligiera.

Elegir...

Cómo explicarle que sus almas ya habían elegido antes de que ellos nacieran y aquello, no se trataba de una simple atadura. Cómo asfixiarse con una conexión tan profunda y única. Para Izuku era imposible imaginar su unión como algo así, pero Katsuki, joven y terco, no lo entendía. En su cabeza se había enquistado la idea de que ambos eran presos del otro y en su afán por liberarse, había removido su marca.

Una cirugía para quienes creen que el vínculo de almas no es más que una marca en el cuerpo.

Y el acto ha socavado hondo en Izuku.

Katsuki ya no está.

Un año le ha esperado paciente.

Otro año se ha forzado a encontrarle un complemento a su alma.

Las personas tienden a maravillarse con las almas gemelas. Envidiar sus relaciones y hablar de lo hermosas que son. Izuku no va a negar que estos sean así, que sus años al lado de Katsuki han sido bellos. Sin embargo, nadie piensa en lo que sucede cuando estas se distancian. Es un suceso tan extraño que poco o nada se habla de ellas y el dolor lacerante que les acomete en el cuerpo. Ataques de ansiedad, depresión y cansancio físico. Lo más parecido a ese abandono, es perder para siempre tu alma gemela.

Izuku lleva un año inscrito en un grupo de ayuda para viudos de alma. Pues para él, que Katsuki tomara la decisión de remover su marca, implica lo mismo que si hubiera muerto. Aun así, nada ha sido fácil ni llevadero. Ha conocido a muchas personas ahí, la mayoría, seres vacíos que parecen ir por el mundo viviendo por vivir. Porque es lo único que les queda. Izuku no es la excepción, menos aún, cuando en el fondo sabe que su media mitad, no está muerta.

Sino que no le quiere.

Y nadie ha llenado el vacío que Katsuki dejó.

Ha barajado también, la posibilidad de remover su marca y ver si es tan efectivo como algunos afirman. Sin embargo, las veces que ha pedido una cita, ha terminado por huir al oír su nombre en la sala de espera.

A pesar de todo, una minúscula parte dentro de él, mantiene una efímera esperanza.

Bebe su té. El líquido tibio le calienta el cuerpo, aunque ya lo sienta marchito. Sus ojos llorosos, dejan de lado a la pareja a la que mira, vuelven al atardecer. Imagina que, así como él, se debe de sentir el sol, que por más que le siga a luna, nunca le alcanza.

Suspira entrecortado.

A veces, se ha encontrado deseando la muerte de Katsuki, liberarse de una manera de esa atadura. O, por el contrario, imagina irse a dormir una noche y no despertar más. Terminar de forma limpia de una vez con todo ese sufrimiento.

Ambos serian libres al fin.

Da otro sorbo.

La bebida de hierbas y arándanos, ahora también sabe a lágrimas y tristeza.

A soledad y vacío.

Muerde su labio inferior, observa su reflejo afligido en el líquido. Lo que un momento vio como una bendición, hoy es su mayor tortura.

El timbre suena. Un pitido que remese su cuerpo débil. Izuku no hace ademan de levantarse, no tiene ánimos de atender a los vecinos, prefiere mantenerse ahí, quieto. Anhelante de que el otoño se lleve su dolor como a las hojas secas. Crujiendo en su viaje, quebrándose en el paso del tiempo.

El timbre suena por segunda vez.

Inhala hondo el aroma de su té. Retrae la pena que le acongoja, la sujeta con fuerza dentro de su pecho, y se pone en pie. De camino a la puerta, oye cómo el timbre deja de ser una opción para la persona allá afuera, pues empieza a golpear su puño contra la madera.

Frota su rostro espabilando la melancolía y abre la puerta.

Todo su ser retumba en un pequeño temblor. Cierra los ojos, agita el rostro desprendiendo las alucinaciones venidas por sus deseos profundos.

Vuelve a abrirlos.

La escena perdura.

Katsuki, de pie frente a él, le observa.

En su mirada no ve más la bravura del chico de dieciocho, no hay ceño fruncido y su cuerpo se ve poseído por una languidez impropia en su fisionomía. El cabello reseco y la piel acabada como la suya.

En el silencio, solo se observan. La escases de palabras les envuelve en una comodidad que Izuku creía perdida. El orgullo le dice que debería cerrarle la puerta, no permitirle mediar palabra, pero a diferencia de Katsuki, Izuku nunca ha sabido como ir en contra de lo que esa parte incorpórea suya le dicta.

Cuando su corazón desata el nudo que por dos años le ha envuelto y hoy galopa salvaje, con los pulmones agitándose gloriosos.

– Perdón – dice finalmente – nunca debí irme cuando mi lugar siempre fue aquí, contigo.

Y su alma vibra ajena a toda disputa anterior, solo ansiosa por tomar lugar al lado de aquella otra y sentirse una nuevamente.

Luego de dos años, vuelve a sentirse vivo.

No puede negar que ahí también es su lugar.

– No habrá otra oportunidad.

– No la voy a necesitar.

Katsuki no espera más palabras, le toma entre sus brazos de inmediato. Presiona fuerte contra él, queriendo traspasar la carne y buscar esa esencia que les une. El día que removió la marca, descubrió que su cuerpo era un simple contenedor y que ese distintivo, no era más que una ayuda para reconocer a su otra mitad en el mundo terrenal, sin perderse en el camino.

Sin equivocarse.

Pues la verdadera marca que les une, la lleva en el alma y es la que le ha guiado a Izuku desde su nacimiento.

...

21 años.

Marca nuevamente al número de Kacchan. No timbra más, sino que suena apagado.

O es que le ha bloqueado.

Exhala frustrado.

No es muy tarde, a penas las ocho de la noche, sin embargo, Katsuki ya debiera de haber llegado a casa hace cinco horas, saliendo de la escuela. Mitsuki le ha llamado preocupada, esperanzada de que estuviera con él y, como en otras ocasiones, Izuku ha mentido.

En los últimos años, el adolescente de dieciséis años, no ha hecho más que decepcionarle en cuanto esperaba de él. Izuku sabe que no está bien poner tantas esperanzas en una persona, pero simplemente no puede quitar de su mente la primera vez que le vio, el futuro maravilloso que observó como película en sus ojos rubíes.

– ¿Dónde te has metido, Kacchan?

Izuku recorre salas de juegos cercanos, bares en los que es conocido la facilidad de ingreso de menores de edad. Nada.

Vuelve a marcarle, la misma respuesta.

Resopla cansado, presiona su labio inferior, exprime su memoria lo más que puede en busca de algún recoveco que se le esté pasando y entonces, tiene el chispazo que necesita. Izuku ha asistido a la misma escuela en la que ahora estudia Kacchan y, aunque ha sido un chico dedicado a sus estudios en esa época, conoce los lugares a los que los chicos problemáticos iban a perder el tiempo.

Camina por la zona indagando el parque que ha venido a su memoria y una vez ahí, detiene la marcha.

– ¿Kacchan? – murmura, observa la gran algarabía de unos jóvenes en medio del jardín. Forman un círculo y en el centro, tres jóvenes pelean.

Evidentemente, uno lleva las de perder.

Izuku presiona los puños. Las piernas dudan entre continuar o no, pero no puede controlarse cuando es a su alma gemela a quien le dan una golpiza. Acelera sus pasos. Corre presuroso al notar sangre el rostro de la persona a la que ama.

– ¡Alto! – se entromete en medio de la gresca – ¡La policía está en camino! – advierte con el móvil en alto.

Los jóvenes huyen despavoridos ante la mentira. Quedan solo con Katsuki, que trae la nariz ensangrentada y el pómulo izquierdo colorado. Izuku hace ademan de acercarse, necesita saber que tan magullado se encuentra el resto del cuerpo del menor, sin embargo, recibe un fuerte empujón que le hace trastabillar unos centímetros.

– ¡¿Qué haces aquí?! – gruñe molesto.

– Estaba preocupado por ti.

– Largo – brama rudo.

Izuku desobedece. Le toma de la barbilla y en respuesta, el puño del adolescente golpea su rostro.

Tarda unos segundos en retomar la luz de sus sentidos. Katsuki no ha usado gran fuerza, pero ha llegado a partirle el labio. Siente el sabor ferroso de la sangre dentro de su boca. Acerca el pulgar a sus labios pintándolo de carmín.

– ¡¿POR QUÉ CARAJOS TE METES EN MI VIDA SIEMPRE?!

Izuku reconoce el tono desesperado en su voz. La postura rabiosa y los ojos virulentos, pero no con él, sino consigo mismo. Katsuki lucha en su fuero interno por no sentir algo con lo que ha nacido en su ADN. Se desangra y quiere llevárselo consigo en esa batalla de la que solo saldrán perdedores.

Contra el destino no se lucha.

– ¡PORQUE TAMBIÉN ES LA MÍA! – le devuelve el golpe con la misma intensidad y frustración.

Porque, así como Katsuki lucha contra la corriente, Izuku se desgarra porque el menor entienda que no hay nada contra qué luchar cuando ambos son partes de un mismo todo.

Pero es imposible y terminan inmersos en un combate torpe. Lanzan golpes desordenados, descoordinados. Jalones de cabello y bofetadas. Patadas al aire, empujones que no dañarían a un niño. Dentro de todo, por más molestia que haya en el ambiente, tampoco buscan dañarse.

Ninguno de los dos se lo perdonaría.

Toman distancia. Se miran con los pechos agitados y la respiración irregular.

– ¿Por qué haces esto? – Inquiere Izuku – ¡Ambos somos uno, Kacchan!

– ¡YA DEJA ESA MIERDA DE UNA VEZ! – alza la manga de su uniforme, mostrando dos cicatrices largas que cruzan la marca que les une – No somos uno ¡No somos nada! – grita con una furia que a Izuku le desconcierta – Si remuevo esta estúpida marca de mi brazo, estaría libre de tu jodida existencia ¡LIBRE DE ESTA MIERDA DE VÍNCULOS DE ALMA!

Izuku entorna los labios, indignado, busca refutarle; empero, calla. No hay palabra que calme el alma embravecida de Katsuki. Ni que consuele la suya, que clama adolorida en medio de esas frases llenas de espinas.

Da la vuelta y se retira.

Los padres de Katsuki comparten el mismo vínculo de ellos y quizás, los a idealizado como referente a lo que le deparará el destino. No ha previsto lo distinto que podría ser su relación.

Pero ¿Cómo imaginar que una persona rechazara a su alma gemela?

Es algo tan extraño que nadie habla de ello. Izuku mismo no lo hubiera pensado años atrás, cuando Kacchan era un pequeñito gruñón que no se separaba de él. Cuando su corazón y esa esencia que guardan sus almas, hablaba por encima de su mente. Entrada la pubertad todo había cambiado. Creyó ingenuamente que su rechazo era algo natural, por la diferencia de edad y pertenecer al mismo sexo. Que le faltaba madurar y con el tiempo aquello se calmaría.

Error.

El comportamiento de Katsuki había ido de mal en peor. Le quiere cerca cuando le es conveniente y el sentimiento de vacío le sobrecoge. Luego, grita y exige espacio, uno en el que él no es más que un estorbo. Ha llegado al punto extremo de cortar su marca en símbolo de rechazo a lo que el destino a dispuesto para ellos.

Izuku no le entiende.

¿Por qué lastimarlo de esa manera?

¿Por qué lastimarse en el proceso?

Mentiría si dijera que no ha querido salir de esa extraña relación que mantienen más de una vez. Pero cada que lo intenta, cada que da por perdido todo, recuerda el instante en que le vio a los ojos por primera vez y en ellos vislumbro el futuro hermoso que la vida les deparaba.

El destino no miente.

– Deku.

Izuku no detiene su andar, acelera el paso alejándose de quien le llama. Se sumerge en el mar de personas que andan por la calle principal a esas horas.

– ¡Deku!

Continúa ignorándole.

– ¡Maldito nerd, te estoy hablando!

Siente un fuerte tirón en su brazo. Katsuki le arrastra entre la multitud hacia un callejón sucio, lleno de basura.

– Suéltame – forcejea, mas no logra mucho.

El menor es fuerte.

Katsuki ya ha crecido de su altura. Su cuerpo es firme a causa del entrenamiento que lleva como seleccionado del equipo de rugby de la escuela. Le supera en fuerza y logra acorrálale contra el muro.

– Déjame ir – intenta empujarlo. Katsuki disminuye el espacio. Le atrapa entre sus piernas, los brazos a cada lado de su cuerpo – Basta, Katsuki.

Resopla burlón.

Le sujeta firme de la barbilla, sus ojos de sangre le miran directo. Su corazón se acelera. Una sensación tan asquerosa y repugnante, como hermosa y cautivadora.

Katsuki odia sentirse atado a algo. Como un ancla que no le deja navegar en el vasto mar que es la vida. Sentir la brisa en sus mejillas y conocer el mundo. Es incapaz de dejar a Izuku atrás.

Y lo odia en la misma intensidad en que lo ama.

– Cuando quieres soy Katsuki.

El espacio disminuye, sus narices rozan. Izuku percibe el delicioso temblor dentro de su ser. El alma le tirita ansiosa de su otra mitad y cuando la distancia desaparece, todo su interior se estremece queriendo desquebrajarle los cimientos. Los labios afelpados de Katsuki le comen con ansias.

Un beso tosco, rudo.

– Y cuando quieres – continua, sin liberar del todo sus labios carnosos – soy Kacchan.

Izuku no hace esfuerzo alguno por detenerlo. Permite a sus manos aferrarse a la cabellera ceniza. Los brazos de Katsuki le aferran de la cintura, le pegan a su cuerpo, le sostiene cuando sus piernas fallan. El beso desborda pasión y una energía cósmica que les hace sentir la fuerza de ese vínculo.

– Vamos a tu casa. – Es un aviso.

Katsuki le toma de la mano y salen de ese callejón.

Izuku le sigue, como un condenado que va hacia el cadalso. Aunque su alma vibre, el vacío en su pecho se acrecienta. Porque no es lo mismo amor que comodidad e Izuku cree que, en ese instante, de Katsuki solo puede obtener lo segundo.

15 años.

– ¡Miren! ¡Otra vez vino ese sujeto!

El grupo de estudiantes se aglomera en la ventana. Katsuki observa a una distancia prudente, cerciorándose de que se trata de Deku. Su uniforme de secundaria llama la atención de todos y los comentarios no se hacen esperar.

– Es atractivo. – comenta una extra de cabello rubio.

Katsuki arruga la nariz.

¿Atractivo? ¿Deku?

Tiene cara de bobo, el cabello un desastre, es un nerd que lee comics de héroes todo el día.

– Ha de ser un pervertido que le gusta ver niños. – grita un compañero desde el fondo.

Todos arrugan la nariz, incluso la niña que acababa de llamarle atractivo. Comentan un poco más acerca de lo asqueroso que es eso, hasta que, entre broma y broma, se olvidan de la presencia del estudiante.

El grupo continúa con su labor de ordenar el aula entre conversaciones sin sentido. Katsuki queda taciturno limpiando el pizarrón, observando de tanto en tanto por la ventana.

Ha crecido con la presencia de los vínculos de alma muy de cerca. Sus padres los son, él y Deku también. Durante años, ha visto aquello como algo normal, hasta que lo comentó por primera vez con un extra y no solo supo que no todo el mundo tenía un alma gemela. Sino que, también era extraño que la suya fuera mayor y otro hombre.

Ha intentado dejar el tema ahí, pero es incómodo cada que alguien toca el tema y debe fingir desentendimiento, obviar preguntas incomodad. La pesadez ha empeorado luego de enterarse que las almas gemelas, no se separar una vez se juntan.

Lo cual quiere decir, que su vida entera estará unida Izuku.

¿Y si llegara a enamorarse de alguien más?

¿Y si quisiera conocer el mundo en solitario?

¿Qué sucedería si uno fallecería?

Katsuki se come la cabeza con preguntas que escapan de su entendimiento, siendo lo único que perdura, el sentimiento no querer estar encadenado a nada ni nadie.

Por otro lado, tampoco imagina estar lejos de Deku.

Es una situación tan extraña que prefiere callar y guardárselo para sí mismo. Piensa que quizás un día las dudas se aclararan o desaparecerán tan solas como llegaron.

Termina de limpiar el pizarrón y aprovecha una distracción para escabullirse fuera. Sale de la escuela, Izuku le mira y basta una seña con los ojos para ordenarle al mayor que no haga gesto alguno y le siga en silencio.

Pasa de largo frente a Deku. Camina molesto, ceño fruncido y en total silencio. Continúan en ese ritmo por un par de cuadras antes de detenerse al doblar en una esquina.

– ¿Kacchan?

– Te he dicho que no vengas a buscarme.

Izuku sonríe tímido, un poco nervioso.

– Pero está de camino a casa. No me cuesta nada esperarte un poco.

– Van a denunciarte por pervertido.

– ¡¿Q-qué?! ¡Pero no lo soy!

– Cualquiera que te viera frente a una escuela primaria lo pensaría, tonto.

Si les dijeras que estamos vinculado, no lo harían, piensa Izuku.

Katsuki no es un niño malo, pero ha dejado de causarle emoción que sus almas sean el complemento de la otra. Con solo diez años, imagina que debe ser extraño explicar que su vínculo de alma es, no solo con otro hombre, sino alguien mayor. Un romance con cinco años de separación que, si bien no es mucho, a esa edad la diferencia es notoria.

Suspira resignado.

– Está bien, no vendré más. – acepta, cabizbajo.

Katsuki le mira. Izuku puede ser el mayor de los dos, no por eso actúa como tal. Si pasa todos los días por él, es porque en verdad le quiere a su lado y, aunque él poco lo admita, también siente lo mismo. Le jode que sus amigos fastidien con estupideces, pero le jodería más que Deku obedezca y ya no viera su tonta cara pecosa a diario.

Rueda los ojos con falsa molestia.

– Solo espérame a una cuadra de la escuela. – masculla de mala gana.

Izuku eleva el rostro, brillando de ilusión.

– ¡S-sí!

Le abraza, alzando del suelo al más pequeño.

Katsuki se queja, le pide que le suelte o gritará que un pervertido le está acosando. Izuku no cede ni un centímetro a la amenaza. El menor deja de lado las quejas, no corresponde el abrazo, pero tampoco forceja.

Chaquea aburrido.

– Eres un tonto, Deku.

– Te quiero, Kacchan.

Y aunque quisiera decirle que es un idiota cursi, que mejor cierre la boca y mil cosas que le hagan avergonzarse, Katsuki solo se sonroja.

Yo también, Izuku.

10 años.

– ¡Eso no vale, Deku! – Arroja el mando de la consola al suelo – ¡Me estas dejando ganar otra vez!

– ¡N-no! No lo he hecho, Kacchan.

– ¡Mientes!

Cruza los brazos, mejillas infladas. Frunce el ceño y hace un puchero que más que intimidar, le resulta gracioso a Izuku. Katsuki, de cinco años, es un niño muy gruñón e imposible de leer. Reniega si pierde y lo hace también si le permite ganar. Izuku, lejos de ver irritable esta actitud – como sí lo ve su madre, Mitsuki –, lo encuentra entretenido. Resulta interesante que su alma gemela sea tan opuesta a él. Constantemente piensa, que él y Katsuki serán el vivo reflejo de Mitzuki-san y Masaru-san.

Muerde sus mejillas, mascando la sonrisa que quiere emerger de imaginarse en una relación tan hermosa como esa.

– Lo siento, Kacchan. – el menor le mira de reojo – prometo jugar en serio la próxima vez que venga.

– La próxima no – vuelve a tomar el mando – juguemos ahora.

– Es tarde, mamá dijo que pasaría por mí a las ocho.

Katsuki destensa el ceño, cejas caídas. No quiere que Deku se vaya. Tiene entendido por su madre, que ambos son almas gemelas, personas que han sido destinadas a estar juntas y, aunque a veces Deku le saca de sus casillas, no puede negar que le embarga un sentimiento extraño cada que se va.

Si en verdad están destinadas a la unidad, debería quedarse ahí por el resto de su vida.

– Quédate a dormir. – ordena.

– No puedo, mamá debe estar en camino.

– Sí puedes – se pone de pie, sale corriendo hacia la cocina – ¡Vieja!

– ¡Kacchan, no! – Izuku va tras él, avergonzado por su forma de hablar. Le ha dicho en infinidad de ocasiones que esa no es una manera apropiada de llamar a su madre, pero Katsuki no entiende.

Cuando llega a la cocina, madre e hijo ya se encuentran inmersos en una discusión por su falta de modales frente a las visitas y lo poco que le importa al otro.

– Solo llama a la tía Inko y dile que Izuku se quedara a dormir.

– Mocoso maleducado, ¿Siquiera se lo has preguntado a él?

– No necesito hacerlo, puedo saber lo que quiere.

– E-está bien, Mizuki-san – rompe el ambiente tenso el niño con la constelación de pecas – Si mamá acepta, yo me quedo.

La mujer le sonríe con una pizca de resignación.

– Eres un sol, Izu-chan – le revuelve los cabellos.

Katsuki salta, dando un zarpazo. Aleja la mano de su madre y se abraza a Izuku, separándoles.

– No lo toques, él es mío.

Mitsuki resopla cansada. Quisiera que su hijo copiara un poco esa pasividad del mayor y no usarla a su favor para obtener lo que quiere. Espera que, con el tiempo, Katsuki aprenda a manejar su genio e Izuku le ponga mano dura a su personalidad.

Se aleja a hacer la llama que, de seguro, tendrá una respuesta afirmativa.

– Kacchan, esa no es forma de tratar a tu mamá.

– Entonces no debería acercarse a ti – murmura acurrucado en su pecho.

Izuku quisiera seguir regañándole, mas no puede cuando su alma vibra complacida por la cercanía. Besa su cabello cenizo y le abraza, permitiéndose disfrutar del momento.

5 años.

La mitología griega cuenta que en el inicio los humanos surgieron como seres monstruosos. Poseedores de dos pares de piernas y brazos, así como dos rostros en una sola cabeza. Zeus, temeroso del poder de ellos, los dividió, condenándolos de esta manera a errar por el mundo en busca de su otra mitad.

¿Qué podía temer un dios de simples mortales?

Quizás, el poder del amor fuera el arma más poderosa en el universo. Algo intangible capaz de mover el mundo y que, en la actualidad, solo se le era concedido a unos pocos.

Almas gemelas se les llama y, al igual que el relato mitológico, vagan por el mundo buscándose. Personas que nacen marcadas y deben encontrar en el vasto mundo a aquella otra que posea la misma marca. No encontrarla, te condenaría a la soledad eterna, pues un alma gemela es irremplazable. Por el contrario, hallarla es la satisfacción más plena que un ser humano puede sentir. Aquel amor a primera vista del que hablan las personas. Esa atracción inmediata y las mariposas que revolotean en tu estómago queriéndolo hacer estallar en confeti, no es más que una manera de explicar la vibración que acomete a las almas al encontrarse en medio de millones de personas.

Un terremoto que remese el universo de cada una y que se sella con solo una mirada. La conexión es inmediata y tan mágica, que el mundo entero anhela nacer bajo una bendición como ella.

Una bendición con la que ha nacido Izuku Midoriya.

El pequeño niño posee una marca muy parecía a una supernova en su antebrazo interior, a la altura de la muñeca. Desde el día en que nació, Inko e Hiashi, sus padres, han vivido con la preocupación de que su pequeño niño fuera condenado a una vida de tristeza y melancólica si no llegara a encontrar a su otra mitad.

Pero el destino mueve sus hilos de manera cuidadosa algunas veces y este le ha sido propicio a Izuku. Inko, enfermera, e Hiashi, obstetra, han traído al mundo a un pequeño bebé con la misma marca que su hijo. La sorpresa fue tal, que la algarabía se desato en la sala de partos con ambos padres sollozando.

Sus hijos nunca sufrirían por no encontrar a su otra mitad.

Quien sabe y en otras vidas, aquello ha sido la regla entre ellos.

Izuku está próximo a conocer a la persona con la que pasar el resto de su vida. Entiende poco de lo que sucede, pero no necesita comprenderlo del todo, pues es su alma quien le guía jubilosa y emocionada al encuentro.

Cuando ingresa a la habitación del bebé, nota las paredes color hueso con divertidas cruces naranjas. Un poco de negro y verde también hay por ahí. Sin embargo, sus ojos rápido dejan esos detalles de lado y se centran en la cuna al otro extremo de la habitación. Al lado, una mujer de cabello corto cenizo le mira enternecida junto a su marido.

– Tú debes ser Izuku. – El pequeño asiente tímido. La mujer se hinca a su altura. – ¿Puedes mostrarme tu brazo?

Izuku lo extiende.

Mitsuki Bakugou observa el símbolo sobre la piel pálida. Pasa los dedos sobre ella, sonríe y los ojos se le llenan de lágrimas. Masaru Bakugou, su esposo, es también su alma gemela y no fue hasta los treintaicinco años que le encontró. El tiempo previo al hallazgo, fueron momentos tristes, llenos de ansiedad y desesperanza por pensar que quizás, jamás le encontraría. Saber que su pequeño bebé jamás padecerá aquello, le llena de júbilo el corazón.

Toma de la mano del niño, le guía hasta un banquito cerca a la cuna de su hijo.

– Es muy pequeño. – es lo primero en comentar Izuku al verle dormir.

– A penas tiene unos cinco días de nacido, cariño – informa su madre con dulzura.

Izuku sonríe divertido de sus grandes mejillas gordas y la cabeza con apenas pelusa.

– ¿Cómo se llama?

– Katsuki.

Sujeta los barrotes de la cuna, acerca su rostro a ellos, buscando ver más cerca al bebé. Sus grandes orbes esmeralda, viajan del rostro regordete al brazo derecho, el mismo en donde el guarda la llave de su destino.

Cuela la mano por los barrotes y remanga el ropón del menor, dejando expuesta la marca que de ahora más, será la prueba ineludible de que uno ha sido hecho especialmente para el otro.

De pronto, la manito del bebé se mueve y de un ágil zarpazo, aprisiona el dedo de Izuku. Vira la mirada hacia los ojos del recién nacido, ya no duerme y su mirada le remese el cuerpo. La vibración que le ha aquejado todo el camino hacia él, finalmente se desata en un terremoto interno. Katsuki parece hipnotizado, le mira fijamente e Izuku puede ver en los ojos de lava, su historia a partir de ese instante. Lo bonita que será su vida al lado de esa pequeña personita de ahora en más.

Sonríe emocionado, el pecho agitado y una tímida lagrima rueda por su mejilla.

– Kacchan.

50 años

– Y bien ¿Qué es lo que buscas?

– Oh – recuerda entonces, que había algo. Pierde la mirada en el aire, piensa. Luego la vuelve hacia sus manos. Ve la porción de piel en su dedo anular sin broncear, recuerda, mas no sabe cómo llamarlo – esto – señala la pequeña línea pálida. – lo he perdido aquí, en el jardín.

Nuevamente, sus ojos retornan al pasto verde bajo sus pies. Da pequeños pasos, inspeccionando cada recoveco que forma la vegetación.

Katsuki le observa por un tiempo, siguiéndole en la búsqueda. Llevan dos años instalados en esa residencia y uno desde que empezó a verle como a un extraño. Sus habitaciones están separadas, pues para Izuku sería un gran shock despertar al lado de alguien a quien no reconoce. Así como lo seria, el decirle que el objeto que busca lo trae colgado en el cuello.

Ya han tenido todo tipo de discusiones ahí dentro y Katsuki ha aprendido a manejarlo. Izuku se pone agresivo si la información sobre lo que son se le es revelada, entra en negación y por ello, Katsuki ha dejado de intentarlo. Está bien con presentarse cada mañana y tener un breve intercambio de palabras sobre la semejanza de apellidos. A veces, los recuerdos de su infancia llegan de pronto y comenta sobre el niño con el que su alma estaba enlazada, pero luego la memoria se esfuma y solo calla, sumido en ese mar de olvido.

Otras, la memoria inmediata vuelve y le recuerda como un amigo que conoció días atrás. Sin embargo, lo más usual es que le olvide completamente, como hoy.

– Creo que ya sé dónde está – finge descubrimiento. Izuku le mira expectante – tienes una cadena – señala el fino relieve que se marca sobre su camiseta.

Izuku pasa las yemas sobre el relieve. Sigue el camino de la cadena hacia su cuello, hasta dar con el metal. Lento, jala de ella dejándola totalmente expuesta y el anillo colgando.

"– Así no se perderá más. – besa su frente, le abraza – Ni él, ni tú."

Sonríe, los hoyuelos marcados en sus mejillas.

– Gracias.

Intenta quitarse la cadena. Katsuki toma su mano con rapidez, deteniéndole. Izuku le mira desconfiado, pero sus ojos terminan perdiéndose en el brazo que le sujeta con firmeza. Sus dedos liberan la cadena solo para tomar el brazo de Katsuki entre ellos.

"– Si remuevo esta estúpida marca de mi brazo, estaría libre de tu jodida existencia ¡LIBRE DE ESTA MIERDA DE VÍNCULOS DE ALMA!"

Curioso, desliza la tela y la cicatriz queda totalmente expuesta frente sus orbes. Acaricia con su pulgar la piel rugosa. El silencio se apodera del ambiente y las vibraciones que hacía mucho no estaban más, vuelven a resonar. Izuku eleva la mirada, sus ojos conectan. Ambos quedan estáticos, con el palpitar desbocado del corazón y la brisa lenta remeciendo sus cabellos.

Una lagrima cae por la mejilla de Izuku.

"– ¿Cómo podría olvidar a quien llevó tatuado en mi alma?"

Katsuki se apresura en abrazarle como en sueños aun lo hace. Sabe que Izuku está confundido, que no entiende porque la proximidad de su cuerpo, ni el porqué de sus lágrimas; mas no le aleja.

"– No habrá otra oportunidad.

– No la voy a necesitar."

Y es que, aunque la memoria olvide, aunque sus ojos no le reconozcan, su alma aún le recuerda.

Kacchan.

...Fin...


Esta historia fue escrita para un intercambio Navideño. La consigna principal (o la que yo sentí así) fue el de soulmates y la verdad, no tenía claro el concepto xD Nunca he escrito sobre esto, y fueron muy pocas las historias que leí bajo esta temática. Por lo que me he guiado en el primer concepto que me viene a la mente: Personas que están unidas desde el nacimiento y que, una vez se encuentren, serán el apoyo de la otra. Su complemento. Algo que está más allá de un simple sentimiento o recuerdo.

Es por ello que la historia va en reversa. Desde el olvido de Izuku y todas las dificultades, hasta llegar al inicio, el primer encuentro en donde se reconocen sin "conocerse" en realidad. Lo mismo que sucede cuando Izuku le mira luego de olvidarlo. Porque Katsuki va a estar dentro suyo siempre, incrustado en la memoria de su alma sin importar qué.

Si algo no quedo claro, recomiendo leer del final hcaia el inicio xD