Capítulo 34
34- «No temas, todo va a salir bien. Te extraño mucho, Leah… y te juro que todo se arreglará. Nos iremos a algún lugar, lejos, donde nadie pueda encontrarnos. Solos tú y yo».
-De Sirius para Leah, 20 de octubre de 1979.
Se habían besado. Lo habían hecho y ya no había marcha atrás, porque ninguno de los dos iba a olvidarlo ni a dejarlo estar. De ninguna manera.
Hermione se encontraba sentada sobre la cama de Draco, pasando una y otra vez las páginas que había encontrado en la habitación de Regulus. En esos documentos había de todo: periódicos muggles, periódicos mágicos, billetes de tren, recortes que no parecían tener ningún sentido e incluso algunas cartas que Regulus no había llegado a enviar, junto a otras que él había recibido. Quedaba claro que el hermano de Sirius había muerto sin poder dejar sus asuntos en orden.
La joven alzó la vista y se fijó en Draco Malfoy, que ojeaba algunos otros documentos sentado a unos metros de ella, frente a su escritorio de madera. Su cabello rubio platino caía sobre su frente y se mordía el dedo índice nerviosamente. Hermione se sonrojó en cuanto recordó que apenas una hora antes se habían besado. ¿Cómo habían llegado a eso?
Draco y ella se habían separado poco después y ambos habían decidido, nerviosamente, ponerse a investigar sobre el destino de Leah, que se perdía en esa carta en que Regulus le decía a Sirius que su novia había muerto. Esa carta que Sirius nunca había llegado a leer.
Hermione suspiró, dejando a un lado varios papeles y centrándose en otro. Leía casi sin comprender lo que veían sus ojos: The Daily telegraph, 28 de febrero de 1982, The Daily telegraph, 1 de marzo de 1982, The Daily telegraph, 2 de marzo de 1982, The Daily telegraph, 3 de marzo de 1982, The Daily telegraph, 4 de marzo de 1982…
—Me pregunto qué demonios buscaba Regulus entre tantos periódicos muggles —murmuró la joven.
Draco asintió con la cabeza y se giró hacia ella un instante. Sus ojos se cruzaron y la imagen de ambos besándose volvió a llenar el ambiente de nuevo. Hermione apartó la vista de repente y un segundo después también lo hizo Malfoy. La atmósfera estaba enrarecida y lo único en lo que ambos podían pensar en ese momento era en eso que se suponía que no tenían entre ellos.
—¿Cuál es el último periódico que tenemos? —preguntó Draco, rompiendo el silencio de nuevo.
Hermione agradeció poder ocupar sus manos en rebuscar de nuevo entre los papeles, así el Slytherin no vería que le temblaban de nerviosismo. Chasqueó la lengua, ya que tenía unos veinte The Sun, otros tantos Daily Mirror, más de diez Telegraph…
—Este es el último periódico: el Telegraph del 4 de Marzo del 82.
Draco se levantó de la silla, estirando sus largas piernas. Después caminó hacia la cama y se quedó parado frente a Hermione unos segundos, pensativo.
—Tú misma lo has dicho: quizás Regulus tenía tantos periódicos porque estaba buscando algo. ¿Por qué si no iba a comprar un mago The Daily Telegraph? A lo mejor no necesitaba enterarse de las noticias mágicas, esas ya las tenía demasiado cerca…
—Es verdad —continuó Hermione, llegando a esa misma conclusión de golpe—, por lo tanto, la única forma de que Regulus Black tuviera contacto con el mundo muggle y sus noticias sería hacerse con los periódicos londinenses…
Draco entornó los ojos y se quedó mirando el último periódico.
—¿No es extraño que después del periódico del 4 de marzo ya no comprara ninguno más? Hasta el momento tenía más de cincuenta y de pronto ese día no volvió a comprar ninguno más. ¿Por qué?
Hermione apretó los labios y tomó el periódico entre sus dedos.
—Solo hay dos razones para dejar de buscar algo…
—Una es rendirse —dijo Draco.
—Y la otra es encontrar lo que se busca —terminó Hermione, abriendo el periódico del 4 de marzo de golpe y extendiéndolo sobre la cama.
Durante los siguientes minutos leyeron minuciosamente cada pequeño artículo de ese ejemplar de The Daily Telegraph, sin dejar ni una sola coma atrás. Leyeron sobre gente que ya había muerto y famosos que, a juzgar por su anonimato, ya habían dejado de serlo. Aprendieron sobre deportes y política y no fue hasta llegar a la página treinta y dos del periódico cuando Hermione se quedó sin aliento al leer un artículo escrito en la parte superior de la página:
«Muere trágicamente en un accidente de tráfico la joven londinense de veintitrés años Leah Simmons. La muchacha fue trasladada al hospital St. Mary's, donde no pudo hacer nada más por salvarle la vida. La familia Simmons celebrará un funeral privado sin prensa ni personas ajenas a su círculo. Este es, claramente, un duro golpe para la familia de abogados más célebre de Inglaterra, reconocidos por haber llevado los casos más importantes en el país en esta última década…»
—Entonces… ¿murió? —susurró Hermione.
Lo había sabido, no era la primera vez que lo escuchaba ni que lo leía, pero aun así le dolía como si lo fuera. Hermione había mantenido la esperanza de que Leah estuviera viva en todo momento, de que la encontraría y podría hablar con ella… era una ingenua, lo sabía, pero se negaba a creer en realidad que Leah estuviera muerta, a pesar de que las pruebas le golpeaban en la nariz una y otra vez.
—Granger… es lo que esperábamos, ya lo sabíamos —comenzó Draco, que no sabía cómo conseguir que Hermione se sintiera mejor, así que solamente trató de no ser cruel ni brusco con sus palabras—. Creo que ya no hay más. Regulus compraba los periódicos muggles para informarse por si algo le sucedía a Leah y simplemente dejó de hacerlo porque descubrió que había muerto.
—¿Pero no te parece raro? —replicó la Gryffindor—. Casi como si Regulus supiera lo que iba a encontrarse…
—A lo mejor no lo sabía. Pero piénsalo, era un Black, era un mago de sangre pura que jamás había tenido contacto con muggles. ¿Cómo demonios iba a enterarse de qué sucedía fuera del mundo mágico? Probablemente se hacía con los periódicos con la pequeña esperanza de oír algo de Leah para poder contárselo a su hermano, quizás lo hacía porque no tenía ni la más remota idea de qué otra cosa iba a poder ayudarle.
Hermione tragó saliva.
—No lo sé, es que me cuesta trabajo asimilarlo, saber que ella murió y que ahí acabó la historia.
«Ahí no acabó la historia —pensó Draco—, porque nosotros estamos aquí, reviviéndola y trayéndola de vuelta veinte años después…»
Habló por impulso, sin saber qué más hacer.
—Se me ocurre algo. A lo mejor no sirve de ayuda pero bueno, tampoco tenemos nada mejor.
—Te escucho.
El rubio se aclaró la garganta antes de seguir hablando mientras señalaba al periódico abierto.
—Aquí dice que la familia de Leah era bastante reconocida. Abogados, ¿no? Me imagino que los Simmons no habrán desaparecido así como así. Los encontramos y hablamos con ellos, que nos confirmen qué le sucedió a Leah. ¿Te parece bien?
Los ojos de Hermione se abrieron como platos al tiempo que esa idea se instauraba en su cabeza. ¿Cómo demonios no lo había pensado antes? Leah tenía familia, en numerosas ocasiones hablaba de sus padres y su hermano en las cartas para Sirius, ¿era posible que no se le hubiera ocurrido esa idea antes que a Malfoy?
Sintió su pecho expandirse de alegría ante esa nueva posibilidad y de pronto las ganas de lanzarse a los brazos de Malfoy fueron demasiado fuertes como para poder controlarlas. El rubio se quedó petrificado al sentir ese abrazo cálido que de pronto lo envolvía y no supo cómo reaccionar ni cómo moverse. Se le pasó por la cabeza acariciar su melena despeinada, pero bajó la mano antes de siquiera llegar a tocarla y tan solo se quedó parado como si fuera imbécil. No se sintió orgulloso de eso, desde luego.
Cuando Hermione se apartó de él sus ojos brillaban y sus mejillas habían adquirido un adorable color rojizo. Draco se obligó a aclararse la garganta para volver a hablar con normalidad.
—Creo que el periódico da una pequeña dirección junto a la noticia, a lo mejor allí encontramos a los Simmons.
Hermione asintió con la cabeza y observó cuidadosamente las letras que rezaban lo que parecía ser un bufete de abogados en plena Liverpool Street, en Londres. El momento era ese: ahora o nunca. En apenas un par de días regresarían a Hogwarts y sabía que sus amigos probablemente ya se encontrarían en la Madriguera, haciendo las últimas preparaciones antes de volver al colegio. Ya no habría ninguna excusa para regresar a Londres.
—Sé dónde es el lugar —anunció—, podemos ir ahora mismo. ¿Te parece bien?
Draco asintió con la cabeza. Por supuesto que le parecía bien, ¿qué otra cosa iba a decirle? Él, personalmente, creía que Leah había muerto en ese accidente de tráfico, pero ver a Hermione tan emocionada no le dejaba más opciones que seguirla y asegurarse de que todo iba bien.
Al fin y al cabo y, a pesar de no haberlo deseado en ningún momento, esa también era ya su historia.
OoOoOoOoOoOoOoOoOOOooOOOoOOo
El sol comenzaba a ponerse cuando una figura solitaria se apareció frente a La Madriguera. Iba cubierta de la cabeza a los pies con una túnica oscura y caminaba lentamente.
Hacía frío y una ligera llovizna caía del cielo nublado, la figura se estremeció pero aun así no se detuvo hasta quedar a apenas unos veinte metros de distancia de esa extraña casa que parecía haber sido construida sin orden ni concierto. Los pisos se superponían en la vivienda, dándole un aspecto destartalado pero aun así familiar. La chimenea humeaba y fue fácil adivinar que dentro de la Madriguera hacía calor. Casi pudo oler el aroma a comida casera y sentir el crujir de la madera del suelo bajo sus pies.
Esa figura encapuchada no quería acercarse más, pero aun así no evitó fijarse en lo que podía verse a través de las ventanas de la casa. Se estremeció cuando encontró a toda la familia en la cocina: distinguió a Ginny Weasley hablando con Harry Potter, que sonreía al mirarla de forma cariñosa. Escuchó a Molly Weasley llamar a su marido y pensó por primera vez que jamás había hablado con ninguno de ellos, solo los había visto en algunas ocasiones pero sin mantener ningún tipo de relación con esa familia.
George Weasley se hallaba sentado en un lado de la sala, al parecer dormitando en un sillón. Sus ojos comenzaron a buscar automáticamente a ese pelirrojo que le faltaba: Ron Weasley. ¿Dónde estaba?
No tuvo que acercarse más antes de encontrarlo, pues pocos segundos después una luz se encendió en la segunda planta de la casa y la figura de Ron Weasley apareció en la ventana. Su respiración se cortó en el momento en el que pensó que el muchacho se había percatado de su presencia, pero se tranquilizó al ver que él simplemente se sentaba frente a la ventana y se quedaba allí.
La lluvia arreció y las gotas de lluvia penetraron en la tela de la túnica, pero ya no sentía frío, más bien comenzaba a sofocarse al contemplar a esa familia. Porque sabía que faltaba alguien, había un muchacho que no se encontraba presente en la Madriguera y ya no volvería a estarlo: Fred Weasley.
Dio un par de pasos hacia atrás para poder contemplar mejor el perfil de Ron Weasley, con su nariz larga y los ojos azules y chispeantes. Su cabello pelirrojo estaba bastante largo y flotaba libremente alrededor de su cabeza y su camisa de cuadros oscuros. Se preguntó en qué estaba pensando mientras lo miraba y durante un segundo, solo un segundo, deseó que él se girara y descubriera que estaba espiándolo. Se moriría de vergüenza, sí, pero en su interior quería que sucediera.
Se quedó allí durante casi una hora y, al igual que Ron, tampoco se movió ni un milímetro. Sabía que al día siguiente tendría un buen resfriado, pero eso era lo que menos le importaba. Ron cerraba los ojos de vez en cuando, como si fuera a quedarse dormido, pero los volvía abrir de nuevo y de nuevo su mirada se perdía en el techo de esa habitación.
Cuando la lluvia fue más fuerte, se hizo complicado distinguir la figura de Ron en la ventana, pero sabía que estaba allí, que no se movería. La figura alzó su mano pálida y se retiró la capucha, dejando que cayera hacia atrás y que su cabello casi blanco se empapara por completo bajo las gotas de agua.
Cuando Ron, cansado de pensar, se puso en pie por fin, reparó por primera vez en que esa mancha negra y blanca que se veía fuera de su casa parecía ser una persona. Ni siquiera lo había pensado en todo ese tiempo, pero si se fijaba bien, podría poner la mano en el fuego por asegurar que alguien lo estaba espiando.
Ron tomó su varita entre sus dedos, sin sacarla del bolsillo de su chaqueta y se acercó al crista de la ventana, concentrándose en esa persona que lo miraba entre sombras desde la parte de atrás de su casa. Segundos después, ni siquiera le dio tiempo a aguzar la vista para distinguirlo, pues el individuo tardó solo un instante en desaparecer del lugar. Como si supiera que había sido descubierto…
El corazón de Ron latía apresurado al tiempo que soltaba su varita, perdiendo ya la esperanza de poder descubrir al intruso, aunque algo le decía que éste había querido ser descubierto y por esa razón ni siquiera se había escondido de verdad, sino que solo había permanecido allí, como esperando a que él lo mirara, un acto que podía haberle tomado horas… o simplemente no llegar a suceder nunca.
El pelirrojo se alejó de la ventana, confundido, al rememorar el cabello rubio y la piel pálida de esa figura que lo había observado desde su ventana y se llevó una mano a la frente, sintiendo que esta se encontraba inexplicablemente perlada de sudor.
Por primera vez y con una claridad casi violenta, Ron logró enfocar el rostro del encapuchado en su propia mente. Acto seguido solo pudo preguntarse qué demonios hacía Astoria Greengrass vigilándolo fuera de su casa.
OoOoOoO
¡Gracias por leerme y perdonad la espera, de verdad valoro que sigáis ahí y espero no decepcionaros!
Como ya sabéis, La estrella más oscura tiene página de Facebook donde subo cositas de vez en cuando y os hablo de mis progresos escribiendo el fanfic. Voy a subir una imagen que me encanta, por si queréis pasar a verla.
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Mil besos y nos vemos pronto 3
