Capítulo 43
La estación de tren de King's Cross no estaba tan concurrida como se esperaría tras acabar las vacaciones de Navidad. Una gran cantidad de alumnos se habían quedado en Hogwarts ese año como consecuencia de la enorme inseguridad que se respiraba en el mundo mágico. Las calles del Londres mágico eran muy inseguras y la noticia de que los Mortífagos habían raptado a Ginny Weasley estaba de ferviente actualidad.
Hermione vestía unos pantalones negros y un jersey oscuro. Tenía ojeras, pues no había dormido absolutamente nada esa noche. Su cabello se encontraba recogido en una trenza en la parte de atrás de su cabeza y sus labios estaban resecos a causa de mordérselos constantemente.
Frente a ella, Ron y Harry presentaban un aspecto incluso peor: Harry tenía los ojos verdes profundamente enrojecidos a causa de la frustración y la ira que se había derramado en forma de gruesos lagrimones la noche anterior. Ron, por su parte, parecía ausente y a Hermione le recordaba mucho a cómo el pelirrojo se había mostrado tras la muerte de Fred.
Habían acudido a la estación para tomar el tren a Hogwarts acompañados solamente por Remus Lupin, ya que ni Molly ni Arthur Weasley habían dejado ni un segundo de mantenerse en contacto con el Ministerio de Magia y los aurores para encontrar a Ginny. No entendían cómo había sucedido, pero necesitaban encontrarla.
Cuando las puertas del tren se abrieron, tanto Harry como Ron entraron sin esperar a Hermione. Bastante complicado había sido en sí conseguir que ellos volvieran al colegio, ya que ambos se habían negado rotundamente a regresar a Hogwarts y querían buscar a Ginny a toda costa. Pero las cosas no funcionaban así. Las víctimas de esa guerra no podían hacer que perdieran la cordura y ciertamente Ginny no estaba muerta, al menos hasta donde ellos sabían.
Hermione dio un par de pasos para seguir a sus amigos hacia el interior del vagón, pero Remus la detuvo un instante, con los labios apretados y una mirada taciturna.
—Sé que no es el mejor momento. Intenté dártela la noche que aparecieron los mortífagos. Puede que no solucione nada, pero… creo que deberías tener esto. —Remus le tendió un sobre.
Hermione alzó la vista hacia él.
—¿Qué es? —preguntó.
Su antiguo profesor de Defensa contra las artes oscuras compuso una media sonrisa que en absoluto borró su gesto de tristeza.
—Es una carta de Sirius. La escribió para Leah después de salir de Azkaban, creyendo que estaría viva y que podría hacérsela llegar. Luego se enteró de que ella había muerto y… bueno, quiso destruirla. Yo la tomé y la he guardado desde hace un par de años. Después de todo lo que me has contado, creo que deberías tenerla tú.
Hermione sintió ganas de romper a llorar de nuevo, pero se contuvo. Observó que la carta aún estaba sellada.
—¿No la ha abierto?
Lupin negó con la cabeza.
—Quizás tú quieras leerla, Hermione… o quizás no. Es tu decisión.
Hermione asintió con la cabeza y guardó el sobre dentro de su bolso. Después se despidió de Lupin con un ligero abrazo y recorrió los metros que la separaban del vagón del expreso de Hogwarts. A través de la ventanilla pudo observar a varios padres que se despedían de sus hijos y esta vez no había ni rastro de optimismo o ganas de regresar a Hogwarts, como siempre. Esta vez todo eran caras tristes y el mundo parecía haberse vuelto completamente negro.
Caminó por los compartimentos del vagón hasta llegar al que habían elegido Harry y Ron, que se encontraban sentados el uno frente al otro en silencio. Supo, sin necesidad de abrir la puertecita al compartimento, que no era bien recibida allí y que ellos no querían que se sentara con ellos. Esa certeza le dolió, sabía que aún se encontraban enfadados por lo que había sucedido con Draco… y probablemente eso tardaría en cambiar.
Siguió caminando hasta llegar a un compartimento vacío. Lo bueno de que tan pocos alumnos fueran a tomar el Expreso de Hogwarts era que el tren no llevaba a muchos pasajeros.
Hermione se sentó junto a la ventana y automáticamente sacó de su bolso la carta que Remus acababa de entregarle. Estuvo tentada a abrirla, de hecho, incluso acarició el sello… pero finalmente regresó el sobre a su bolso y cerró los ojos, quedándose completamente en silencio mientras escuchaba cómo el tren se ponía en marcha, rumbo a Hogwarts.
OoOoOoOoO
Ni siquiera se percató de que se había quedado dormida hasta que los gritos la despertaron. Hermione se sobresaltó al escuchar el bullicio y automáticamente se puso en pie para salir de su compartimento. ¿Qué demonios estaba pasando en el tren?
Vio que varios alumnos se arremolinaban más adelante y la joven frunció el ceño, oliéndose que eso no pintaba bien. A su alrededor, el traqueteo del tren y el olor a madera antigua era el mismo de siempre, pero el ambiente frío y hostil le ponía los pelos de punta.
La joven bruja caminó hacia adelante en el tren, cambiando de vagón hasta llegar al revuelo y lo que vio la dejó sin palabras. Inmediatamente apartó a los alumnos que se interponían en su camino, llegando hasta el centro de todo ese jaleo.
A apenas unos metros de ella, Harry Potter, su mejor amigo, apuntaba con su varita al cuello de Draco Malfoy, que lo miraba con los ojos entrecerrados con gesto indolente y apoyado sobre uno de los asientos del vagón. Todos gritaban a su alrededor y justo al lado de Harry, Ron también esgrimía su varita en posición de ataque.
—¿Dónde la habéis llevado? —gruñó Harry.
Debía reconocer que sabía que algo así podía suceder. Harry y Ron se habían negado categóricamente a volver a Hogwarts, pero algo le había dicho a Hermione que, si finalmente lo habían hecho, era con la intención de cobrarse la justicia por su mano. Solamente no esperaba que eso sucediera tan pronto, cuando ni siquiera habían llegado a Hogwarts.
—No sé de qué me hablas, Potter.
Harry agitó su varita, acercándola aún más al cuello de Draco hasta el punto de que parecía que llegaría a clavarla en su blanca piel.
—¡Ginny! ¿Dónde demonios está Ginny? —gritó—, lo sabes. Tu gente se la ha llevado.
La voz de Draco sonó tan calmada que cualquiera diría que ni siquiera estaba viendo la varita con la que Potter lo amenazaba.
—No tengo la menor idea de dónde está tu novia, Potter —dijo con desdén y después remató—: y aunque lo supiera, no te lo diría.
Harry sabía bien hasta qué punto le iba a perjudicar usar la magia contra Malfoy en ese momento, así que nadie se esperó que, El niño que vivió, utilizara su mano derecha para darle un puñetazo a Draco Malfoy. Automáticamente le hizo sangrar de la nariz.
Hermione se llevó las manos a la cara, pero no dijo nada. Era más que consciente de que ese era el instante en el que ella podía mostrar con quién estaba su lealtad… y jamás traicionaría a sus amigos en público.
—Claro que lo sabes, imbécil —gruñó Harry—, ¡tú eres un maldito mortífago!
Se hizo el silencio en el compartimento. Todos en ese vagón se quedaron callados y las miradas se centraron en Draco Malfoy. El rubio, con la respiración agitada, se limpió la sangre que había resbalado hasta su boca con el puño de su camisa blanca, cuya tela quedó inmediatamente manchada de color rojo. Después, en un movimiento inesperado, probó su propia sangre y sus labios quedaron ligeramente teñidos de rojo rubí. Era como si no le hubiera dolido el puñetazo, como si no le importara nada.
Draco no respondió con un golpe, sino que solamente clavó sus ojos grises en los verdes de Harry con una mueca de crueldad.
—Te he dicho que no sé nada… y además me importa una mierda.
Hermione pudo ver en el brillo de los ojos de Harry y en la forma en la que apretaba su varita que estaba a punto de lanzarle un hechizo, uno muy desagradable, de hecho. Pero, por el contrario, terminó bajando la varita y alejándose un par de pasos de Malfoy.
—Tú y todos tus amigos vais a caer muy pronto, Malfoy. Recuerda mis palabras, porque nos vas a suplicar que te perdonemos mientras abrimos la puerta de tu celda en Azkaban y te empujamos dentro.
Harry retrocedió, entonces, apartando a todo aquel que se encontrara en su camino, incluida Hermione, para regresar a su vagón.
Cuando Ron caminó detrás de él, cabizbajo, Hermione trató de acercarse a él.
—Ron, escucha… —dijo.
—Ahora no —la cortó él, saliendo de ese vagón en el que también él se sentía atrapado e impotente.
Hermione no supo qué hacer. Sus amigos la odiaban y sentía que debería haber hecho algo más para defenderlos, sacar la cara por ellos y por Ginny. Porque quizás Draco Malfoy sí sabía algo sobre el paradero de la pequeña de los Weasley.
Cuando Malfoy se giró hacia ella, su público aún seguía en silencio, como hechizados por la escena que acababan de ver.
La mirada de Draco fue tan dura y tan fría que le heló la sangre. No la miraba como el chico que ella había conocido esas últimas semanas, no había rastro de vulnerabilidad en esos ojos grises. No había humanidad.
Hermione tomó aire y levantó la barbilla, manteniéndole la mirada. Era como si estuvieran hablando, aunque ni una sola palabra salió de sus labios.
Fue él quien apartó la vista finalmente y tomó asiento de nuevo, junto a Blaise Zabini, que había contemplado toda la escena permaneciendo en tensión. Pansy aún miraba a Hermione con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
La Gryffindor acabó dándose la vuelta para abandonar esas miradas tan rápido como pudo. Quería encerrarse en su compartimento a solas de nuevo y no tener que contemplar a nadie ni un solo segundo más. Desaparecer.
Cuando la puerta del vagón se cerró, a su espalda, Draco Malfoy por fin pudo respirar y su fachada comenzó a resquebrajarse. Sus manos empezaron a temblar.
—¿Qué demonios miráis? —gruñó Zabini, dirigiéndose a los alumnos que aún los observaban, expectantes—. Marchaos a otra parte. Aquí no hay ningún espectáculo.
Y los jóvenes comenzaron a dispersarse, por fin.
Draco suspiró, completamente exhausto. Ya no podía más.
OoOOoO
Sé que lo digo muy a menudo, pero me encanta este capítulo jaja. Me vuelve loca el Draco frío y deshumanizado. ¿Qué os ha parecido? Gracias por leerme y, como ya sabéis, en Facebook tenemos la página "La estrella más oscura. Dramione", donde de vez en cuando os cuento un poco mi vida y las novedades del fanfic.
Mil besos y nos vemos pronto 3
