Don Alejandro y Diego llegaron a la taberna. Diego llevaba una cesta con dos botellas de su mejor vino.

"¿Dónde las dejo?" preguntó Diego.

"Sobre la mesa. Estoy acabando en la cocina. Sirvo la cena a los clientes y podemos sentarnos a cenar."

"¿Quieres que te ayude con algo?" dijo Diego siguiéndola a la cocina.

"No, son sólo tres clientes. Acabaré enseguida."

"Son la pareja que llegó el otro día. ¿Quién es la otra mujer?"

"Es Azucena, la hermana de Loreto. Llegó justo la víspera de Nochebuena, e iban a seguir el viaje, pero Loreto empezó a sentir dolor de espalda. Les dije que se quedaran unos días, o incluso hasta después de que nazca el bebé, y me dijeron que solo podían pagar una habitación. Les ofrecí dos habitaciones de todas maneras."

Diego la miró sonriendo.

"No iba a dejar a una familia desvalida en Navidad." afirmó ella.

"Por supuesto que no." dijo él.

Victoria cogió tres platos de guiso con naturalidad y se dirigió a la sala. Diego le apartó la cortina. En cuanto sirvió a sus clientes volvió a la cocina y sirvió otros cuatro platos, pero esta vez Diego cogió dos de ellos.

Don Alejandro acababa de abrir una botella de vino y estaba sirviendo tres vasos. Sobre la mesa había otro vaso y una jarra con agua. Diego le apartó la silla a Victoria, y tras esperar que ella se sentara, se sentó frente a ella, con su padre presidiendo la mesa.

"Gracias por venir." dijo Victoria mirando a don Alejandro.

"Gracias a ti. Les dije a los criados que se fueran con sus familias, que nosotros nos podemos apañar solos unos días mientras ellos pasan las fiestas. La verdad es que habríamos cenado solo los tres, y la cena habría sido mucho menos sabrosa." rió don Alejandro.

En ese momento entró Felipe y se unió a ellos, ocupando una silla vacía junto a Diego.

"¿Qué tal van los regalos para los niños del orfanato?" preguntó Diego a Victoria.

"Mejor de lo que esperaba. Loreto y Azucena están ayudándome con la ropa. Estará todo listo para la noche de Reyes. Mendoza también ha estado viniendo, y ha tallado varios juguetes de madera para los niños. El otro día hicieron una muñeca entre Azucena y él. Ella le cosió un vestido a un trapo relleno, y le puso lana para hacer el pelo, pero tiene manos de madera hechas por Mendoza."

Casi acababa la cena cuando el alcalde irrumpió en la taberna con pasos ruidosos.

"¿Puedo ayudarle en algo alcalde?" preguntó Victoria frunciendo el ceño.

"Necesito algo de cena. Esos glotones se han comido todo lo que había en las cocinas."

"Le traeré algo." dijo Victoria con frialdad.

"Creíamos que no vendría al menos hasta dentro de dos días." dijo don Alejandro

"La fiesta del gobernador no era lo que esperaba. Los invitados de alto rango no se mezclaron con los demás. No vi motivo para quedarme más tiempo." dijo de Soto de mal humor. Luego miró hacia la mesa donde la familia cenaba entre risas. "¿Quiénes son?"

"Solo están de paso." respondió Diego. "La esposa del granjero está embarazada y necesitaba descansar antes de poder seguir viajando."

De Soto se levantó de la mesa y se dirigió a ellos.

"Supongo que habrán pagado el impuesto de viajeros."

"Sí, señor. Seis pesos."

"Pero eso es solo por pasar una noche. Deben pagar un peso más cada noche que se queden."

"Señor, no tenemos más dinero."

"Si no pagan irán a la cárcel."

Victoria salía de la cocina con un plato para de Soto, y se paró en seco indignada.

"Son personas honradas. No irá a encerrarlas por no tener más dinero. Esa cantidad de más se la acaba de inventar."

Diego trató de calmar los ánimos. "Estoy seguro de que podemos aclarar este asunto. ¿Por qué no se sienta y cena algo? Al fin y al cabo no van a ir a ninguna parte."

De Soto se sentó solo en una mesa y empezó a comer. Victoria volvió a sentarse con ellos.

"Ojalá le hubiera puesto una buena ración de tabasco en el guiso."

"Esto no acabará aquí." dijo don Alejandro. "Seguro que en cuanto termine de cenar volverá a insistir."

Diego miró a Felipe, que le devolvió la mirada y asintió brevemente.

"Felipe, ven conmigo. He traído el telescopio, y desde la colina de detrás del cuartel hay un sitio perfecto para observar las estrellas."

"Yo me quedo. Hace frío como para andar por ahí a oscuras." dijo don Alejandro.

En cuanto Diego y Felipe salieron del pueblo dieron un rodeo para volver donde estaban los caballos. Diego montó a su yegua y se dirigió a la cueva. Ya convertido en Zorro decidió llevarse su ropa de caballero para poder volver a cambiarse en la oficina del periódico y no tardar más de lo necesario. También se llevó a Esperanza de vuelta.

Después de encontrarse con Felipe, el Zorro esquivó al soldado de guardia y entró por la parte de atrás de la taberna. Espió a través de la cortina. Vio a Victoria y don Alejandro hablando con las dos mujeres, la mayor estaba llorando. Entró en la sala y preguntó. "¿Qué ha pasado?"

"El alcalde se llevó a mi marido, señor, porque no podíamos pagarle."

El Zorro se asomó por la puerta discretamente para calcular cuando podría moverse sin peligro. Se deslizó entre las sombras de la plaza, y trepó por el tejado para entrar por una de las ventanas del patio interior. Atravesó el dormitorio del alcalde y se escondió tras una de las cortinas. Cuando de Soto salió del calabozo, satisfecho por haber encerrado al viajero, el Zorro desenvainó y le puso la punta de la espada en la espalda.

"Vaya, vaya. Veo que no tiene usted mucho espíritu navideño, alcalde." luego cogió la llave del calabozo de su mano." Ya sé que aún no es la noche de Reyes, pero voy a coger un regalo por anticipado. No se preocupe, le dejaré algo a cambio."

Unos minutos después el Zorro dejaba a de Soto atado a la silla y amordazado, y se dirigía al calabozo.

"Señor, voy a sacarlo de la celda, e iremos a una cueva que conozco donde podrá pasar la noche. Mañana convenceremos al alcalde de que los deje ir."

"No puedo. Necesito ir con mi mujer. Está embarazada, y nuestro hijo nacerá en cualquier momento."

"En la taberna cuidarán de ella. No se preocupe. Ahora lo importante es alejarlo de aquí o el alcalde lo volverá a encarcelar."

El hombre fue con él de mala gana. Con cuidado esquivaron a los soldados y el Zorro le ayudó a montar a Tornado.

"El caballo lo llevará a una cueva. Dentro hay provisiones y lo necesario para pasar la noche. Solo tiene que dejarlo suelto. Pasaré por la mañana a buscarlo."

El hombre se fue cabalgando a Tornado, aferrándose con fuerza a los arreos. El Zorro se dirigió a la taberna para decirle a la esposa que su marido estaba a salvo. Oyó un grito y entró en la sala con la espada en la mano. La mujer embarazada estaba sentada en una de las sillas, con expresión asustada. El alcalde y dos soldados la miraba atónitos. "Yo no la he tocado." dijo de Soto.

"Es culpa suya. Con el disgusto se ha puesto de parto." dijo Victoria furiosa.

De Soto miró a la mujer, y luego se volvió hacia el Zorro.

"Ríndete, Zorro."

"¿No se cansa de decir eso? Ya sabe que no va a funcionar." contestó el hombre enmascarado.

De Soto arremetió contra él, y el Zorro lo guio hacia la parte posterior de la taberna, alejándolo de las mujeres para evitar que alguna de ellas resultara herida. De Soto atacó de nuevo, y el Zorro hizo una finta para luego contraatacar. Jugó con él unos minutos, hasta que en un movimiento circular hizo que la espada del alcalde volara por los aires. Desafortunadamente no se había dado cuenta de que en el estrado al fondo de la taberna estaban las figuras del Nacimiento que Victoria ponía todos los años. La espada cayó y rompió la figura del niño Jesús en tres trozos.

Victoria gritó. "¡No!" y corrió hacia allí. Cogió los trozos de la figura con delicadeza. "Era de mi abuela." dijo con angustia. Dejó los trozos junto a las demás figuras y miró a los dos hombres, que se encogieron al ver sus ojos llenos de furia. Los dos soldados no se atrevieron a intervenir.

"¡Fuera. Los dos!"

"Lo siento Victoria, ha sido un accidente." dijo el Zorro con un tono sospechosamente parecido al de Diego. Afortunadamente los demás estaban demasiado asombrados como para darse cuenta. Victoria se acercó a un rincón y cogió una escoba.

"Estoy harta de vuestras peleas." dijo dándole un escobazo a de Soto. "Esto ya se ha convertido en una estúpida competición. Estoy harta de que me rompáis platos, botellas, sillas e incluso mesas." atacó a el Zorro con la escoba, pero él consiguió esquivar el golpe. "Se acabó. No consentiré ni una sola pelea más en mi taberna. Todos los hombres sois unos inútiles." continuó Victoria mientras hacía retroceder a dos hombres mucho más altos que ella hacia la puerta. En ese momento la mujer gritó de dolor y Victoria gritó exasperada. "¡Hablando de inútiles! ¿Dónde está Diego cuando lo necesito? ¿Y por qué don Alejandro no es capaz de encontrarlo?"

Los dos hombres cruzaron la puerta esquivando o recibiendo escobazos, según el caso. Una vez fuera el alcalde miró a el Zorro y trató de sacar una daga de su cinturón.

"No tengo tiempo para esto ahora." dijo el Zorro. De un puñetazo hizo caer al alcalde al suelo justo cuando los soldados salían de la taberna y corrió hacia la oficina del periódico. La rodeó y apartó una de las tablas de la parte de atrás. Felipe lo estaba esperando con su ropa de caballero.

"Gracias, Felipe. Tenemos que volver a la taberna. Mi padre nos está buscando."

Diego cogió el telescopio y caminó hacia la taberna tratando de fingir que volvían de un paseo.

"Diego" oyó a su padre decir desde el otro lado de la plaza. "Llevo más de media hora buscándote. ¿Dónde te habías metido?"

Diego señaló la dirección desde la que venía, pero su padre no se paró a escuchar lo que iba a decir. En lugar de eso le dijo. "Es igual. Ven conmigo. Esa mujer está a punto de tener a su hijo y el doctor Hernández no está. Vas a tener que ayudarla."

"No soy médico."

"Pero eres el único que tiene conocimientos." dijo tirando de él hacia la sala.

Diego se puso pálido. Solo había ayudado a nacer a terneros y potros. Se le ocurrió algo. "¿No hay una partera en el poblado indio?"

"Sí, a veces ayuda a mujeres del pueblo." dijo Victoria, "pero no podemos ir a buscarla de noche."

"Puedo intentar traerla." dijo Diego.

"Te perderías." contestó su padre.

Diego tuvo una idea. "El doctor Hernández me dijo que tiene un tratado para las comadronas. Voy a buscarlo." y salió por la puerta antes de que nadie pudiera detenerlo.

Volvió a la oficina, se cambió de ropa de nuevo, y se acercó al límite del pueblo donde silbó llamando a Tornado. Durante cinco largos minutos no oyó nada, pero luego le pareció oír un ruido amortiguado y volvió a silbar. Tornado se acercó a él.

"Menos mal que estás aquí, atender un parto yo solo es más de lo que me siento capaz." dijo partiendo en dirección al poblado indio.

De Soto entró en su oficina frotándose la mandíbula.

"Creo que me ha roto un diente." gruñó. "¡Mendoza!"

"Sí, alcalde." dijo Mendoza acercándose a él."

"Prepara una patrulla. Quiero que todos los hombres disponibles salgan a buscar a el Zorro y el preso fugado."

"Pero, es Nochevieja. Los hombres están acabando de cenar."

"Acabando de cenar y bebiendo vino. ¡Que se pongan en marcha inmediatamente!"

"Sí, alcalde. Enseguida."

El alcalde volvió a frotarse la cara.

"Señor. Sepúlveda hace un tónico para el dolor de muelas. ¿Quiere probarlo?"

"Sí, traígamelo. Lo que sea con tal que deje de doler."

Mendoza ordenó a los hombres que salieran de patrulla y cogió una botella de la despensa.

Do Soto se sirvió un vaso del líquido, que tenía un color verdoso, y se lo bebió de un trago. Inmediatamente tosió. "Esto es alcohol puro." dijo con voz ahogada.

"No, señor alcalde. Tiene alcohol, pero lleva muchas cosas más, sobre todo hierbas. Tome otro poco y verá como se sentirá mejor."

El alcalde se tomó otro trago, esta vez con más facilidad. "Sí, creo que me está empezando a sentar bien."

El Zorro cabalgó hacia el Este hasta ver algunas fogatas que iluminaban pobremente el paisaje. Se dirigió a ellas y entró en el poblado indio al paso, para evitar atropellar a alguien accidentalmente.

"Necesito a la partera." dijo a uno de los hombres que se acercó a ver quién era el intruso. "Una mujer va a tener un bebé."

El hombre asintió y le indicó que esperara. Una mujer de mediana edad se acercó.

"Me han dicho que necesitáis mi ayuda."

"Una mujer está teniendo a su hijo, y no hay nadie que pueda ayudarla."

"Está bien, pero tendrás que guiarme. Mis ojos están cansados y no veo bien en la oscuridad."

"¿Puede tu caballo seguir al mío?"

"Claro que sí, hombre de negro. Te seguiré."

El Zorro guió a la mujer hasta la taberna. "La mujer que necesita ayuda está dentro. Yo debo irme."

La mujer india ató a su caballo fuera y entró en la taberna. Mientras el Zorro volvió a entrar en la oficina a cambiarse de ropa.

Cuando entró en la taberna Victoria le gritó. "¿Dónde te habías metido? Menos mal que el Zorro trajo a la partera."

"Lo siento, Victoria, estaba consultando el libro."

"¿Y por qué no lo has traído para leerlo aquí?" dijo ella con tono irritado.

Mendoza entró corriendo en la taberna.

"Un incendio en casa de los Cabrera. Pusieron una vela en la ventana para atraer la suerte y se incendió la cortina. Rápido, que todos ayuden con cubos de agua." entonces vio a la mujer del rincón, que gemía dolorida mientras la mujer india le tocaba el vientre. "¿Qué le ocurre a Loreto?"

"Va a tener a su bebé." contestó Victoria.

"Madre de Dios, y el doctor no está."

"La partera la ayudará, y Diego, si es capaz de recordar lo que decía su libro."

Un soldado entró ayudando a una anciana. Ella trataba de resistirse. "Mi marido está en el edificio. Necesita que alguien entre a rescatarlo. Está impedido y morirá si no lo sacan de ahí."

"¿Dónde está?" preguntó Diego.

"En el dormitorio, encima de la cocina."

Diego fue a salir por la puerta, pero don Alejandro intervino. "Ven a ayudarnos con los cubos." y salió por la puerta llevándose a Felipe con él.

"Sí, claro." dijo saliendo por la puerta, pero en cuanto don Alejandro avanzó unos metros se dio la vuelta y volvió a la oficina a cambiarse de ropa una vez más, aunque dejó allí la capa y el sombrero.

El Zorro escaló la pared de la armería y saltó de edificio en edificio hasta llegar a casa de los Cabrera. Levantó varias tejas y rompió el entramado para entrar por el tejado. Giró a la derecha, tratando de orientarse en la casa llena de humo, y consiguió entrar en el dormitorio, donde un anciano tosía tumbado en la cama. Lo incorporó en la cama y pasó una cuerda por debajo de sus brazos. Luego se dirigió a la ventana.

"¡Aquí!" gritó.

Varias personas se acercaron al pie de la ventana y cogieron al hombre en cuanto el Zorro lo descolgó con la cuerda. Luego dejó caer la cuerda y corrió hacia el agujero del tejado, logrando salir poco antes de que el suelo de la primera planta se desplomara.

Entonces cayó en la cuenta de algo, y se acercó a la casa del médico, colándose por una ventana que abrió con una navajita. Entró en la consulta y cogió el libro del que había hablado antes.

Sacudió la cabeza, algo aturdido por el humo que había inhalado, y volvió a correr hacia la taberna.

"Ya estoy de vuelta." dijo a Victoria, que estaba en la puerta mirando cómo los demás mojaban los edificios de alrededor para evitar que el incendio se extendiera.

"Ya lo veo." dijo ella, algo más calmada que antes pero aún enfadada y sobre todo nerviosa.

"Tengo el libro."

"¿El de medicina?" dijo ella. Él asintió. "¿Y qué vas a hacer tú con un libro de medicina?"

Él se dio cuenta de que aún estaba vestido de el Zorro. "Don Diego me dijo que lo trajera." contestó sin saber qué otra cosa decir.

"¿Y dónde está él?"

"Eh… Voy a buscarlo." dijo el Zorro saliendo de nuevo a la carrera.

Ella lo miró atónita, pero entró en la taberna y dejó el libro sobre una de las mesas. Luego se acercó para ver si podía ayudar a las señoras.

Diego se volvió a cambiar de ropa, pero esta vez dejó la camisa negra debajo para tardar menos. Cuando entró en la taberna estaba despeinado y jadeando.

"¿Dónde estabas? Y ¿Por qué hueles a humo?" preguntó Victoria.

"He ayudado con el incendio."

"¿No habías ido a por el libro?"

"Sí, eso también."

Loreto gimió y Victoria lo empujó hacia ella. "Mira a ver si puedes ayudar en algo."

"Está bien, intentaré no ser un inútil." respondió él, que ya empezaba a hartarse.

"¿Cómo dices?" preguntó ella.

Él se dio cuenta de que ella lo había llamado inútil delante de el Zorro, y no de Diego, pero esperaba que con todo el ajetreo no se diera cuenta. "Agua." dijo él. "Necesitaremos agua hervida." y señaló la cocina.

Victoria se dirigió a la cocina para hacer lo que Diego le pedía. Mientras tanto don Alejandro y Felipe entraron y se desplomaron en sendas sillas.

"El fuego está bajo control." dijo.

Diego estaba leyendo el libro y se estaba poniendo algo pálido.

"Hijo. ¿Estás bien?"

"Sí, creo que sí."

Oyeron cascos de caballos y don Alejandro comentó. "Son más de las once de la noche. ¿Quién será a estas horas?"

Ambos se levantaron y salieron a la calle. Los soldados llevaban a Marcelino, el marido de Loreto, con las manos atadas sobre un caballo. El alcalde salió del cuartel.

"Vaya, veo que lo habéis... apartado ¿apatrado?… atrapado, eso, atrapado."

Don Alejandro miró a Diego. "¿Está borracho?"

Diego se encogió de hombros. Mendoza se acercó a ellos. "No lo cuenten, pero le di orujo con menta para calmarle el dolor de muelas después de que el Zorro lo golpeara, y se ha bebido casi media botella."

"Por favor, no puede esperar en la cueva, tengo que ir con mi mujer." suplicó el hombre.

"Quizá podamos convencer al alcalde." dijo Diego.

"Solo el Zorro puede hacer algo así." dijo Mendoza convencido.

No me lo puedo creer. Murmuró Diego. Dio un paso atrás, luego otro, y al ver que su padre y el sargento seguían mirando al frente se escabulló para volver a cambiarse de ropa.

Un Zorro algo más desaliñado que de costumbre entró en la plaza. Los soldados le hicieron frente, pero con poco entusiasmo. También habían bebido bastante y lo único que querían era volver al interior del cuartel a terminar la celebración.

El Zorro no necesitó desarmar al alcalde, porque se le cayó la espada.

"Alcalde. El problema es que este hombre no ha pagado el impuesto."

"Eso es. No ha pagado. ¡Al calabozo con él!" dijo girando sobre sí mismo para señalar primero a la iglesia y luego, negando con la cabeza, al cuartel.

"¿Y si alguien pagar el impuesto por él?"

"Entonces estaría pagado."

El Zorro miró a don Alejandro exasperado. Don Alejandro lo entendió. "Yo pagaré el impuesto."

"Vale, son sies, no, seis pesos."

"Aquí tiene."

Mientras de Soto se hacía un lío contando las monedas los soldados dejaron que el Zorro desatara al prisionero, que se bajó del caballo y entró en la taberna corriendo.

"¿No nos va a decir que atrapemos a el Zorro?" preguntó un soldado en voz baja.

"Calla, idiota, no se lo recuerdes." dijo otro.

Mendoza se acercó al alcalde despacio. "¿Ponemos el dinero en la caja fuerte?"

"Claro. ¿Tú te acuerdas de dónde está?"

"Seguro, alcalde. En el mismo sitio de siempre."

Ambos hombres entraron en el cuartel mientras los soldados se dirigían al barracón.

Victoria salió por la puerta.

"La mujer india dice que algo va mal. ¿Alguien ha visto a Diego?"

"Bueno, buenas noches." dijo el Zorro y salió corriendo otra vez.

Diego llegó a la taberna minutos después, vestido de caballero, aunque a la camisa le faltaba un botón, que parecía haberse perdido en uno de los cambios de ropa.

Cuando entró en la taberna vio a Loreto acompañada por su hermana. Su marido y curiosamente el sargento Mendoza también estaban allí.

Se armó de valor y se acercó a la mujer india.

"Es hora de llevarla a un sitio más tranquilo, pero algo no está bien con el bebé."

Diego asintió y volvió a mirar el libro.

En una de las habitaciones Loreto trataba de ponerse cómoda mientras las contracciones se sucedían cada vez con mayor rapidez. Finalmente la mujer india la incorporó haciendo que se pusiera en cuclillas y le dijo que empujara.

Diego observó horrorizado como la cabeza del bebé salía, pero había algo más. Un cordón rodeaba su cuello. Diego había leído lo que tenía que hacer, y tras comprobar que no estaba apretado alrededor del bebé, ayudó a la partera sujetando el cordón mientras ella guiaba el pequeño cuerpo del bebé a través del lazo. Finalmente el bebé salió y empezó a llorar. Ayudaron a la madre a tumbarse en la cama y le dieron a su hija.

"Es una niña." dijo la mujer.

"Es muy bonita." aportó Diego.

"Gracias." dijo Loreto, cansada pero muy emocionada.

La mujer india pidió a Diego paños limpios, y siguió atendiendo a la mujer.

"Diga a los de fuera que pueden pasar." dijo poco después.

Diego salió y vio a la familia de Loreto. El marido vio las manos de Diego ensangrentadas y se asustó, pero Diego sonrió y les dijo. "Todo está bien. Es una niña, y pueden pasar a conocerla."

Azucena aplaudió jubilosa. El sargento la miró sonriente y le dijo "Enhorabuena." ella se volvió hacia él y lo besó. Él se puso rojo como un tomate.

Felipe se acercó a él y preguntó algo por señas.

"Creo que me he cambiado siete o puede que ocho veces. He perdido la cuenta."

Diego se fue a la cocina. Victoria tenía un reloj sobre la chimenea, que marcaba casi la media noche.

Diego se lavó las manos en el fregadero, agotado por todo lo que había pasado.

"Diego." dijo don Alejandro. "Tienes que explicarme varias cosas."

El reloj comenzó a dar campanadas. Suspirando, Diego se volvió hacia su padre.

"¿Por qué has estado desapareciendo toda la noche?"

Victoria también estaba confusa. "¿Cómo sabías que dije que los hombres sois unos inútiles?"

Don Alejandro se fijó en la camisa de Diego. "¿Qué le ha pasado a tu camisa, y por qué llevas una camisa negra debajo?"

"¿Por qué olías tanto a humo si estabas en la plaza?" dijo Victoria.

"¿En la plaza? Yo estaba en la plaza y él no estaba allí." dijo don Alejandro.

Ambos miraron a Diego fijamente mientras el reloj daba la última campanada. Diego miró a su padre, luego a Victoria, y mientras aún reverberaba el eco de la medianoche, cogió a Victoria de la cintura y la acercó a él para besarla apasionadamente.

"¡Zorro!" dijo ella cuando se separaron.

"¿Cómo?" preguntó don Alejandro.

"Feliz año nuevo." dijo Diego.