Capítulo 3.

Algunas semanas después.

7 de diciembre.

Faltaban menos de veinte minutos para las dos de la tarde cuando Genzo Wakabayashi llegó a ocupar el asiento del lujoso restaurante en el que su padre lo había citado para almorzar. El mesero llegó para preguntarle si deseaba algo de beber y Genzo no dudó en pedir un Apfelschorle.

– ¿Lo quiere con sidra, señor? –preguntó el camarero con perplejidad, pues no era común que se pidiera una bebida así en un sitio como ése.

– O con jugo de manzana, si le resulta más fácil. –Wakabayashi se encogió de hombros.

Se sentía incómodo en ese lugar pues, a pesar de provenir de una familia millonaria, Genzo nunca se había adaptado a las reglas de etiqueta y casi no frecuentaba restaurantes tan costosos como ése, en donde tuvo que ponerse ropa formal para que lo dejaran entrar. Muy diferente era este restaurante a otro en donde, meses atrás, había entrado para tratar de encontrar una respuesta que desde antes ya tenía escondida en su subconsciente.

– Su bebida, señor –anunció el mesero, dejando una fina copa con un contenido ambarino en ella.

– Gracias. –Genzo tomó la copa y tuvo que reprimir el deseo de ordenar una hamburguesa con queso.

"A ella no le gustaría venir a este lugar, se sentiría incómoda con el lujo excesivo.", pensó él, analizando con detalle lo que había a su alrededor. "Y si no fuera por mi padre, yo tampoco estaría aquí, para qué negarlo".

Una semana antes, Shuzou Wakabayashi le había comunicado a su hijo que iría a Alemania para arreglar algunos asuntos y que quería verlo, aprovechando que su cumpleaños caería en esas fechas. "Podrás decirme qué quieres que te dé como regalo, así que ve pensando en qué te gustaría tener", dijo Shuzou, a pesar de que habían pasado años desde que Genzo le hizo una petición. Sin embargo, en esta ocasión él sí tenía reservado un deseo imposible e iba con toda la intención de conseguir que su padre aceptara concedérselo. De hecho, aunque Shuzou no lo hubiera especificado, Genzo estaba seguro de que él iba a Alemania para hablar sobre los últimos acontecimientos ocurridos en la vida de su hijo menor.

Justo a las dos de la tarde, Shuzo entró al restaurante con el porte de alguien que está acostumbrado a mandar. En su rostro adusto se dibujó una sonrisa al ver a su vástago, quien se puso en pie cuando Shuzou llegó a la mesa. Éste abrió los brazos en un espontáneo (y extraño) gesto de amor paterno y Genzo se dispuso a abrazarlo, tras un breve titubeo. A pesar de que siempre habían mantenido una relación más bien distante, se notaba que había cierto cariño entre ellos, aunque no el que debería de haber habido por ser padre e hijo.

– Me ha sorprendido encontrarte ya aquí –comentó Shuzou, cuando ambos tomaron asiento–. Y al mismo tiempo me alegra saber que sigues siendo puntual.

– No tendría por qué no ser así –replicó Genzo.

– No sabía qué tanto te ha cambiado la vida en Europa –señaló Shuzou, en un comentario que parecía ser inocente pero que tenía su reclamo oculto que no pasó desapercibido para Genzo.

– Sigo siendo yo, padre –aseguró el portero–. Que me haya modernizado en pensamiento no indica que haya perdido mis antiguos hábitos.

– Me gustaría saber hasta dónde llega esa "modernidad de pensamiento" de la que presumes –comentó Shuzou, quien aparentemente estaba más interesado en la carta que en su hijo menor–. Por lo que he escuchado, va más lejos de lo que quisiera.

– ¿Vamos a comenzar con eso o al menos podemos llegar a la primera entrada? –preguntó Genzo, de buen humor–. Tal pareciera que vienes con la intención de regañarme.

– Nada más lejos de la realidad, hijo –negó Shuzou, sin despegar la vista del menú–. Pero sí quisiera que me aclararas qué ha sucedido con Anna y contigo, pues su padre me ha dicho algo sorprendente: al parecer, has cortado el compromiso con ella sin razón aparente.

– Seguramente él no te dijo por qué lo he hecho, ¿cierto? –preguntó Genzo, tras esbozar una sonrisa irónica–. Claro que le conviene más decir que simplemente lo rompí "sin razón aparente" y omitió decirte que fue Anna la que me orilló a tomar esta decisión.

Shuzou contempló a su hijo con severidad. Genzo esperó a que el mesero les tomara la orden para comenzar a narrarle a su padre lo ocurrido en las últimas semanas; el portero no quería dañar la imagen que Shuzou tenía de Anna, la había querido mucho y por tanto no deseaba hacerla quedar mal, pero no habría posibilidad de que el señor Wakabayashi aceptara romper el compromiso si Genzo no era sincero. Así pues, éste trató de suavizar la situación; aunque no había manera de suavizar algo tan pesado como una infidelidad, Genzo se mantuvo fiel a los detalles importantes, incluyendo el hecho de que Anna pensaba seguir con el compromiso como si nada hubiera sucedido una vez que se cansara de estar con Dion. Sin embargo, el joven sí dejó fuera de esa plática todo lo relacionado con la doctora Del Valle, pues no deseaba que Shuzou pensara que ella había tenido que ver en su rompimiento con Anna: aun cuando Genzo no hubiese conocido a Lily, él habría terminado con el compromiso por una cuestión de dignidad.

– ¿Desde cuándo sabías o al menos sospechabas que Anna te era infiel? –preguntó Shuzou, con el ceño fruncido.

– Desde comienzos del verano lo sospechaba, lo confirmé unas dos o tres semanas después –contestó Genzo–. Y fue hasta mediados del otoño en que al fin la confronté.

– Ya veo. Fue demasiado tiempo, al menos unos tres meses en los que ella te fue infiel, sino es que más –señaló Shuzou–. Lo que no puedo comprender es por qué tardaste tanto en hablar con ella; conociendo tu carácter, me parece totalmente increíble.

Genzo reprimió una sonrisa al pensar en que la razón por la que tardó tanto tiempo en confrontar a Anna fue simplemente porque disfrutaba pasar el tiempo con Lily. A él también le parecía increíble que hubiera dejado transcurrir tantas semanas sin aclarar las cosas con su prometida, pero eso fue gracias al influjo que Lily ejerció sobre él, Genzo quiso disfrutar de su compañía el mayor tiempo que pudo sin arruinarlo con la noticia de la infidelidad compartida.

– No encontré el momento adecuado. –Él soltó una verdad a medias–. Además, estaba analizando qué debía hacer y cómo me sentía al respecto.

– Mal hecho: debiste haber terminado con Anna en cuanto lo supiste –lo amonestó Shuzou–. Sé que en estas épocas modernas no se puede esperar que una novia llegue virgen al matrimonio, pero sí esperaría que ella sólo se acostara contigo antes de casarse. Si ya lo hizo con otro hombre, no es digna de ser tu esposa.

– No sé cómo tomarme eso, considerando que Shuichi me ha dicho que tienes una amante, padre –replicó Genzo, a sabiendas de que estaba llegando demasiado lejos al usar una información privilegiada que le había compartido su hermano mayor.

– Una cosa es que nosotros tengamos una amante. –Shuzou fulminó a su hijo con la mirada–. Otra muy diferente que nuestras esposas lo tengan.

– ¿No te parece una posición hipócrita? –preguntó Genzo, sin inmutarse–. Infidelidad es infidelidad sin importar de qué lado venga.

– ¿Esto es parte de la "modernidad de pensamiento" que has ganado en Alemania, Genzo? –contraatacó el señor Wakabayashi–. ¿Buscar más equidad para que las mujeres puedan serles infieles a sus maridos?

– Me parece que te lo estás tomando por el lado que no es –negó Genzo–. No se trata de que mi futura esposa tenga derecho a serme infiel, sino que no sea tan duramente juzgada, tal y como los hombres no son criticados por tener a sus amantes.

Ambos hicieron una pausa para permitir que la corte de camareros dejara los platillos que habían ordenado, en un concierto de orden y organización pocas veces visto fuera de restaurantes de esa categoría.

– ¿A dónde piensas llegar con esto? –preguntó Shuzou, después de un rato–. Porque si estás diciendo estas cosas es porque tramas algo.

– Tanto como tramar, no –contradijo Genzo–. Pero sí me interesa que no condenes a Anna ni la castigues por lo que hizo. Sé que su padre es tu socio comercial y que, de acuerdo a lo que me dijo Shuichi, él saca más provecho de ese convenio que tú de él, así que si rompieras relaciones con el señor Tirrell, los condenarías a ambos a la ruina.

– En más de un sentido, sí –asintió Shuzou, con cierto cinismo que Genzo reconoció como algo propio de los Wakabayashi–. Ruina económica, laboral y social, porque si termino mi relación con él a causa del comportamiento de su hija, nadie más querrá volver a acercarse a los Tirrell.

– Es precisamente a eso a lo que me refería con que no quiero que juzgues tan duramente a Anna y la castigues por su error. –Esta vez fue Genzo el que frunció el ceño–. ¿Qué habría pasado si hubiera sido yo el que se hubiese conseguido una amante?

– Sabes bien cuál es la respuesta a esa pregunta. –El señor Wakabayashi se encogió de hombros–. El señor Tirrell no habría roto el compromiso, simplemente habría aceptado tu engaño como un hecho consumado, pero tú has dicho algo importante: él se beneficia más con el acuerdo de lo que lo hago yo. Tal vez, si fuera al revés, si fuese yo el que gana más con el convenio comercial entre nosotros, él no se tomaría tan bien que engañaras a su hija pero al final no habría movido un dedo para romper esta unión.

– Entonces trata a Anna como crees que su padre me trataría a mí –pidió el portero–. Que yo rompa mi compromiso con ella no tiene por qué indicar que tú debes romper tu convenio comercial con su padre, nunca me ha gustado eso de que tu familia cargue con tus errores.

Shuzou tomó una porción grande del solomillo que había ordenado y lo masticó a conciencia durante varios minutos, como si estuviera considerando la cuestión. A Genzo no le quedó más remedio que aguardar a que su padre tomara su decisión.

– ¿Y qué hacemos con la cuestión de la infidelidad? –insistió Shuzou con el tema.

– De ese problema ya me encargué yo, por eso es que he terminado mi relación con Anna –respondió Genzo–. No considero que sea necesario hacer otra cosa; si ella cree que debe hacer algo más o si quiere hacerlo público, pues ya es su problema, no el nuestro.

– Hmmm –gruñó el señor Wakabayashi, con cara de no estar convencido–. Lo que no me parece del todo bien es que hayas tomado esta decisión sin consultarme primero, Genzo.

– Creo que soy lo suficientemente adulto como para poder hacerlo por mi cuenta –replicó el joven.

El señor Wakabayashi volvió a fruncir el ceño pero no respondió, quizás porque presentía que iba a perder el tiempo si intentaba discutir con el más rebelde de sus hijos, aunque más bien debería de decir que Genzo era el único rebelde entre sus hijos. Shuichi y Eiji siempre se comportaron como se esperaba que lo hicieran, es decir, como los hijos de una familia de renombre que es el pilar social y económico de su ciudad de origen, pero con Genzo fue diferente, pues él actuaba como el hijo caprichoso e irresponsable que prefería vagar por el mundo en busca de sus sueños de gloria en vez de estabilizarse y conformarse con la vida que su familia le ofrecía. Shuzou estaba consciente de que eso era en gran parte culpa suya por darle tanta libertad, pero a esas alturas de nada le serviría quejarse.

– No voy a prometer que no terminaré mis negocios con el señor Tirrell, eso depende de muchos factores –anunció Shuzou, al fin–. Pero no propagaré que Anna te fue infiel. ¿Te conformas con eso?

– Sí –aceptó Genzo–. Tampoco es de mi interés arreglarle el problema, ella debe cargar con las consecuencias de sus actos.

– En eso estoy de acuerdo –acordó Shuzou–. Sinceramente, nunca se me pasó por la cabeza que esa niña fuese capaz de engañarte, te idolatraba mucho y siempre pareció estar dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de complacerte.

– Quizás ése fue el problema, papá –sentenció Genzo.

– Bien, cambiemos el tema a otro más agradable, hijo. –Shuzou estaba ansioso por tratar otros asuntos–. No se me ha olvidado que hoy es tu cumpleaños así que, ¿tienes alguna petición especial qué hacerme?

Genzo sonrió por lo bajo, pues llevaba toda la comida esperando por ese momento. Desde niño había hecho peticiones imposibles para la mayoría de los mortales e incluso muchos de sus deseos de cumpleaños habían rayado en la malcriadez extrema, pero a pesar de eso Shuzou Wakabayashi nunca dejó de concederle ningún capricho. ¿Sucedería lo mismo con esta última petición, a pesar de que era probable que a Shuzou no le agradara?

– Primero que nada, quiero decir que ésta será la última vez que te pida algo, padre –comenzó Genzo, con mucho respeto–. Soy un adulto y estoy en una edad en la que ya no debería de solicitarte un regalo extravagante de cumpleaños, pero por algún motivo tú me sigues haciendo el mismo ofrecimiento cada año.

– Y a últimas fechas me has dicho que no te hace falta nada, pero no dejo de ofrecértelo porque te sigo viendo como si tuvieras diez años. –Shuzou se encogió ligeramente de hombros–. Al menos para unas cosas, pero estoy de acuerdo en que ésta sea la última petición que te conceda, así que hazla valer.

– Es algo bastante sencillo, no tendrás que gastar ni un yen en eso –continuó el portero–: Quiero que conozcas a mi actual novia y que la aceptes como tal, porque, a como van las cosas, es altamente probable que se convierta en mi futura esposa.

Shuzou era un hombre que solía mantener la compostura en cualquier situación, pero la petición de su hijo le resultó tan inusual que no pudo evitar que los cubiertos se le escaparan de las manos, los cuales fueron a caer al suelo alfombrado con ruidos sordos. Un mesero se acercó rápidamente a ofrecerle otro juego, mientras que un segundo camarero retiraba a los caídos.

– Confesaré que me esperaba cualquier cosa menos eso –dijo Shuzou, tras carraspear–. No creí que encontrarías una sustituta tan rápido.

– Ella no es una sustituta y no la conocí ayer, si es lo que te preocupa. –Genzo hizo una mueca–. Pero he esperado a resolver el problema con Anna antes de pedirle que sea mi novia.

Aunque esto era verdad, Genzo omitió decir que arreglar el enredo entre el doctor Chastain, la doctora Lily y Anna había resultado más complicado de lo que había esperado. La tarde en la que Lily y él fueron descubiertos (y que a la vez descubrieron a Anna y a Dion), Genzo tuvo que dejar que la médica se marchara sin poder despedirse de ella, pues Anna estaba en un ataque de arrepentimiento que por poco lo hace caer a su vez en un remordimiento que no tendría por qué sentir. Esa noche, al menos, ella pudo arrancarle al portero la promesa de que lucharían por su relación, porque quería estar seguro de cuáles eran sus verdaderos sentimientos, pero conforme fueron pasando los días, Wakabayashi empezó a sentir que las cosas no estaban bien y que no lo estarían ya, que su impresión con respecto a que su relación con Anna estaba perdida era la correcta y que no había manera en la que pudiera seguir adelante con su compromiso con ella sin sentir que había perdido parte de su dignidad en el proceso. Además, Genzo tenía que reconocer también que echaba de menos a Lily, a su sentido del humor y a sus comentarios certeros, que extrañaba su sonrisa y sus ojos chocolate y que de verdad quería comprobar si lo que sentía por ella podía llegar a ser algo más fuerte, más duradero y más real. Así pues, Wakabayashi decidió ser firme con Anna y dejarle las cosas en claro: lo suyo había acabado de manera definitiva y lo mejor era cortarlo antes de que les hiciera más daño a los dos. Tal y como lo esperaba, ella suplicó y trató de aferrarse a una promesa que hicieron años atrás de quererse hasta el último de sus días, aunque no pudo hacerlo más cuando Genzo le hizo ver que fue ella quien la rompió primero y que por tanto no podía usarla como instrumento de salvación. Wakabayashi no sabía si Anna continuaría viendo a Dion pero tampoco le importaba, ya había dejado de preguntarse qué tenía el doctor Chastain que no poseyera él.

Encontrar a Lily fue lo que le costó más trabajo a Genzo, no porque no pudiera localizarla en el hospital con relativa facilidad sino porque Dion le complicó las cosas. Wakabayashi aprendió a la mala que el doctor Chastain era un mal perdedor, pues hizo todo lo que estuvo en sus manos para evitar que aquél pudiera ver a Lily en el hospital. Al mismo tiempo, Dion seguía insistiéndole a la joven para que volviera con él y le diera otra oportunidad, aunque Genzo nunca llegó a saber cómo lidió la doctora con esta cuestión. Cuando Wakabayashi se dio cuenta al fin de que llevaría las de perder si insistía en buscar a Lily en un lugar en donde su rival por partida doble tenía tanta influencia, tomó la salida más obvia: esperarla en el restaurante en donde la había conocido. Y el resto fue de lo más sencillo, pues Genzo ni siquiera tuvo que decirle a Lily que la había elegido por sobre Anna: que la médica lo encontrase esperándola en la mesa de siempre era un indicativo fuerte de que él al fin había tomado su decisión.

– ¿Y quién es esta mujer? ¿En dónde la conociste? –preguntó Shuzou–. Alguna peculiaridad indeseable debe de tener si me estás pidiendo que la acepte como tu pareja.

– Es médica, trabaja en el Hospital General de Múnich –contestó Genzo–. Y es extranjera al cien por ciento, creo que ésa sería la peculiaridad que podría desagradarte de ella.

– ¿Extranjera? –caviló Shuzou–. Es alemana, quiero suponer, si la conociste aquí.

– Sí, pero nacionalizada, es mexicana de nacimiento –aclaró el portero–. Pero eso no es un problema, al menos no para mí.

– Hmmm –gruñó Shuzou, con lo que dio a entender que eso sí representaba un problema para él.

– Supuse que eso no te complacería especialmente –suspiró Genzo.- Pero eso no es lo peor.

– ¿Puede haber algo peor? –soltó el señor Wakabayashi–. ¿Es divorciada o ilegal?

– No, a ninguna de las dos cosas. –Genzo no supo cómo tomarse eso–. Si te estoy diciendo que ya tiene la nacionalidad alemana entonces no puede estar aquí de ilegal y no, tampoco es divorciada. El problema con ella es que es la ex pareja del hombre con el que Anna me engañó.

– ¡Acabamos! –Shuzou perdió momentáneamente el control y soltó un exabrupto–. ¿Cuál era tu intención, fundar el Club de los Engañados o devolverle a Anna el golpe?

– La doctora lo llamó el Club de los Cornudos, pero la intención es lo de menos –replicó el portero–. Y nunca fue mi intención pagarle a Anna con la misma moneda, digamos simplemente que las cosas se fueron dando por sí solas.

Aunque no tenía planeado hacerlo, Genzo aceptó narrarle a su padre su peculiar historia con la doctora Lily y el por qué decidió acercarse a ella a pesar de que su sentido común le decía que no lo hiciera. No le hacía mucha gracia el tener que revelar cuestiones tan personales de su amor propio pero estaba consciente de que, si no lo hacía, corría el riesgo de que Shuzou creyera que su relación con Lily era un mero castigo para Anna o, peor aún, un premio de consolación. Era evidente de que al señor Wakabayashi no le estaba haciendo gracia el asunto, pero logró controlarse y mantuvo una expresión impasible durante el tiempo en el que Genzo contó su historia; éste sabía que su padre no se estaba tomando la noticia con alegría, lo conocía lo suficiente como para saber que no era así. Sin embargo, el joven estaba consciente de que la molestia real de Shuzou no provenía del hecho de que Lily fuese la ex novia del amante de Anna, sino que fuera extranjera. Lo primero se podía ocultar; lo segundo, no.

– Me resulta de lo más curioso, por decirlo de alguna manera, que a pesar de que sabías que estabas haciendo mal, hayas decidido seguir adelante, Genzo –comentó Shuzou, cuando su hijo acabó de hablar–. No es propio de ti.

– Pasa más seguido de lo que crees, papá –replicó Genzo–. Simplemente no te has dado cuenta de todo lo que he hecho cuando no me ves.

– Tampoco recordaba que fueras tan cínico –Shuzou volvió a fruncir el ceño–. Pero volviendo al punto de tu nueva novia, no sé si se te ha olvidado, pero los Wakabayashi por generaciones sólo nos hemos casado con personas de nuestra raza para mantener la pureza étnica. Anna era una excepción porque, a pesar de ser una haifu, su madre proviene de una familia de renombre, pero una mujer que no tenga ni una gota de sangre japonesa en las venas no será bien aceptada en la familia.

– Sí, eso supuse –dijo el portero. Mordisqueó uno de los espárragos asados de su plato e hizo una mueca porque le resultó extrañamente amargo–. Estoy consciente de que nuestra familia sigue viviendo en el siglo pasado y que por lo mismo sigue haciéndole caso a prejuicios obsoletos y sin sentido, por eso es que estoy pidiéndote que seas capaz de ver más allá de tus prejuicios y me apoyes en esto, porque créeme cuando te digo que Lily lo vale.

– ¿Qué la hace tan especial? –preguntó Shuzou, sin dar su brazo a torcer.

– Puedo empezar diciendo que es médica, una muy buena, por cierto –respondió Genzo–. Y para alguien como yo, que tengo tendencia a lesionarme muy seguido, no podría tener a alguien mejor a mi lado, pero lo principal es que sabe ponerme en mi lugar. Nos parecemos más de lo que cualquiera de los dos llegó a pensar, eso ha permitido que Lily pueda entenderme como pocas personas lo han hecho.

– ¿Incluyendo a Anna? –soltó el señor Wakabayashi, mordaz.

– No hay necesidad de comparar a la doctora con Anna, pues sería algo inútil –negó Genzo, sin ofenderse–. Cada persona es diferente y no hay necesidad de hacer menos a una para ensalzar a la otra. La cuestión aquí es: ¿Realmente importa esa tontería de la pureza étnica? ¿Es más importante para ti que tus nietos sean japoneses puros a que tus hijos sean felices con sus propias elecciones?

– No esperaba una defensa tan apasionada de tu parte, Genzo, aunque siempre me has llevado la contraria cuando algo no te gusta o cuando no te doy la respuesta que esperabas escuchar –señaló Shuzou, tras lo cual soltó una risa breve e incómoda–. Me doy cuenta de que sí estás enamorado y que esto no es un simple capricho tuyo ni tampoco un deseo de venganza.

– Te lo he estado diciendo desde al principio, que lo que me motivó a conocer a esta doctora nunca fue el interés de cobrar revancha por lo que Anna me hizo –protestó Genzo–. Y las cosas no cambian, padre, no del todo, siempre he sabido cómo salirme con la mía.

– ¿Por qué ella? –quiso saber el señor Wakabayashi–. ¿Por qué precisamente ella y no alguien más acorde a ti? Esa doctora debe de tener costumbres muy diferentes a las nuestras, creció en un país lejano cuya ideología no es comprendida en Japón y viceversa. ¿Realmente crees que podrán acoplarse adecuadamente cuando se les pase el amor y comiencen a lidiar con la rutina?

– No estoy seguro de qué sucederá en el futuro, todavía no tengo el don de la adivinación. –Genzo esbozó una sonrisa cínica–. Pero sí sé que quiero intentarlo y que eso no me va a detener.

– ¿Por qué ella? –Shuzou repitió su pregunta.

– Uno no elige de quién sentirse atraído –replicó Genzo, quien repitió las palabras que ya le había dicho a Lily–. De haber podido hacerlo, no habría elegido sentirme atraído por ella por lo complicado de nuestra situación, aunque así ha sido y vaya que sí trate de evitarlo, pero hay cosas que a veces escapan de nuestro control por mucho que nos moleste, padre.

Shuzou se quedó callado algunos momentos, cavilando. Realmente lo que le pedía Genzo no era algo fuera de su alcance; sí, era cierto, la ideología en Japón estaba cambiando pero de cualquier manera seguía habiendo mucha renuencia hacia los extranjeros, sobre todo en familias de apellidos ancestrales, como la suya. Se aceptaba que los japoneses "comunes" se mezclaran con otras etnias, sobre todo los que ya vivían en el extranjero, pero no pasaba lo mismo con la gente de más alto nivel económico pues era la menos adepta a cambiar las ideas que traían arrastrando desde hacía siglos. Era de esperar que a Genzo esto no le importara en absoluto, no sólo porque siempre fue en contra de la corriente y de las tradiciones sino también porque llevaba demasiado tiempo viviendo en Alemania, cuya mentalidad estaba demasiado avanzada con respecto a la ideología que se tenía en Japón; para él era de lo más normal el enamorarse de alguien que no fuese de su raza o, mejor dicho, era normal no pensar que eso podría ser un problema, pero el resto de los Wakabayashi no verían con buenos ojos esa situación, incluyendo el mismo Shuzou. Sin embargo, ¿qué sería más fuerte al final, el amor que éste le tenía a su hijo o sus prejuicios obsoletos?

– No te estoy pidiendo algo imposible –comentó Genzo, como si le hubiese leído el pensamiento–. No es como si ella fuese una ex convicta o una mujer de moral cuestionable.

– Sé que podría ser peor –replicó Shuzou , con cautela–. ¿De verdad es eso lo que deseas como regalo, que acepte a tu nueva novia extranjera?

– Pensaba pedirte que me permitieras terminar el compromiso con Anna –confesó Genzo–, pero después llegué a la conclusión de que no necesitaba hacerlo porque es una decisión que debía tomar por mí mismo, aun cuando el compromiso no lo hubiese solicitado yo.

En ese momento la corte de meseros se acercó para retirarles los platos vacíos y el capitán les ofreció una copa de vino, la cual Genzo declinó. Shuzou no pudo evitar notar que, de sus tres hijos, Genzo era el único que no bebía pero eso sin duda se debía a que era deportista y se cuidaba mejor que sus congéneres. De hecho, si lo pensaba más a fondo, Genzo tenía muchas costumbres que contrastaban con las del resto de su familia, como consecuencia de llevar tantos años viviendo en el extranjero.

– No tienes que responderme ahora, papá –continuó Genzo–. Pero espero que estés consciente de que estaré molestando con esto hasta que me des la respuesta que quiero.

– Siempre has sido mi consentido, Genzo, creo que eso lo has sabido desde que tienes uso de razón. –Shuzou soltó un suspiro exagerado antes de comenzar a hablar–. Siempre te di todo lo que deseabas sin importar lo descabellado que fuera, porque tu madre y yo teníamos una notoria debilidad por ti por ser nuestro benjamín, el hijo que llegó cuando estábamos rayando en la edad en la que ya no podríamos tenerlos. Y eso fue evidente para cualquiera desde que eras un pequeño niño, incluyéndote, creo que hasta incluso llegaste a abusar de esa debilidad.

Genzo no dijo palabra alguna, a la espera de que su padre terminara de hablar. Él sabía bien que había nacido cuando sus padres frisaban los cuarenta años y que por tanto su embarazo había sido de alto riesgo, lo que conllevó a que Shuzou y Kana valoraran mucho el nacimiento de Genzo por lo cerca que estuvieron de perderlo.

– Sin embargo, debido a mis obligaciones nunca tuve tiempo para expresarte el amor que siento por ti y, peor aún, dejé que otro hombre, Mikami, ocupara el puesto que me correspondía por derecho propio –continuó Shuzou–. La única manera en la que se me ocurrió que podía pagar esa deuda de amor era dándote todo lo que quisieras. Como muchos en mi posición, creí que con el dinero compensaría ese amor que te merecías y que no te di. Sé que eso no te afectó, pues supiste crecer sin mi guía y más aún porque lo hiciste en un país extranjero, eso me da una prueba del hombre fuerte que siempre vivió en ti, el hombre en el que te has convertido ahora.

– No sé a qué viene ese sentimentalismo ahora, padre, pero lo veo innecesario –lo interrumpió Genzo, ciertamente incómodo–. Nunca te he reclamado por eso y no creo que vaya a hacerlo en algún momento, para mí no tiene importancia.

– Lo digo ahora porque siento que he sido un mal padre en muchos aspectos y reconozco que el que te concediera todo lo que deseabas hizo que te convirtieras en un muchacho rebelde que estará dispuesto a llevarme la contraria cuando no acepte darle lo que quiere –aclaró Shuzou–. Me queda claro que, si me niego a tu última petición de cumpleaños, lo único que conseguiré es que reniegues de tu familia para irte con esa médica.

– No había pensado en esa posibilidad –mintió Genzo y trató de aparentar inocencia–. Y no fuiste un mal padre, aunque no lo creas.

– A tu madre no le gustaría saber que me estás mintiendo tan descaradamente –suspiró Shuzou e hizo una pausa antes de continuar–: Creo que tengo que estar de acuerdo contigo en que lo mejor que podías hacer era conseguirte una doctora, al menos ella sabrá qué hacer cuando vuelvas a lesionarte.

– Lo dices como si me lastimara muy seguido –protestó Genzo, indignado.

– Ella sería la primera mujer de la familia que tendría una profesión de ese calibre. –Shuzou lo ignoró–. Supongo que los tiempos cambian…

A pesar de haberse ofendido por el comentario de que se lesionaba muy seguido, Genzo no pudo evitar sonreír al escuchar a su padre. Ya había transcurrido lo más difícil.

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Lily Del Valle estaba segura de que nunca más iba a volver a ver a Genzo Wakabayashi. Se equivocaba.

Se preparó para ello con la misma determinación con la que se preparó para aceptar que había perdido a Dion, para admitir que éste nunca dejaría de seguir su naturaleza de conquistador por mucho que la amara, con la misma tenacidad y fortaleza con la que había afrontado los problemas de su vida. Por tanto, se negó a admitir que también se había enamorado de Genzo porque sabía que no conseguiría más que dolor, así que enterró ese sentimiento lo más profundo que pudo con la esperanza de que el tiempo hiciera su trabajo. Durante unos días, Lily consideró no volver a comer en el restaurante para evitar los recuerdos, aunque después decidió que sería una estupidez porque le encantaba el lugar y porque no estaba dispuesta a dejar que Wakabayashi alterara su vida más de lo que lo había hecho ya. Todavía así, ella se tomó su tiempo para volver y para permitir que su corazón se adaptara a la idea de estar sin él.

Con Dion no la tuvo fácil, pero Lily no esperaba que lo fuera. El médico francés creía ciegamente que era irresistible al punto de convencer a cualquier mujer de volver a acostarse con él por más imbécil y desgraciado que hubiera sido con ella, de manera que estaba seguro de que volvería a tener a Lily en cuanto desplegara todos sus encantos ante ella. Con paciencia y mucha frustración (pues tuvo que evitar hacerle algún reclamo para que él no creyera que lo hacía por despecho), Lily esquivó sus ataques y evitó mencionar a Anna en el proceso. Realmente la doctora no estaba interesada en la amante de Dion, no la conocía y no le interesaba hacerlo, y si no fuese por la descripción que aquél y Genzo hicieron de ella, Lily no tendría una idea clara de por qué el francés la cambió por ella. Sí, a ella también la atacó el sentimiento de inferioridad de "¿Qué tuvo ella que no tuve yo?" que afectó a Genzo, pero a diferencia de éste, Lily nunca tuvo el interés en encontrar una respuesta.

"Es estúpido preguntarse el por qué te dejaron por otra persona", razonó Lily. "La respuesta nunca te va a dejar satisfecho de cualquier manera".

Sin embargo, sí tenía que admitir que conocer a Genzo Wakabayashi a nivel personal, como hombre y no como jugador, ayudó mucho a mitigar su propio dolor. Lily no estaba enamorada de Dion como Genzo lo llegó a estar de Anna, pero aun así el que aquél terminara con ella por otra mujer la hirió más de lo que esperaba. Conocer y coquetear con un desconocido en un restaurante y acercarse a él a nivel personal ayudó a que Lily se estabilizara y se diera cuenta de que Dion no valía la pena ni para el mal recuerdo, así que lo dejó ir como quien se deshace de una piedra en el zapato, a costa de un gran esfuerzo de voluntad. Aun cuando Genzo no regresara, cosa que Lily daba por hecha, él la había ayudado a superar ese trago amargo y le estaba agradecida por eso.

La joven no llegó a enterarse a tiempo de que Genzo intentó buscarla en el hospital y que Dion le impedía acercarse a ella; si lo hubiese sabido, Lily le habría armado un altercado a Dion que le habría cortado cualquier deseo de seguirla pretendiendo, pero quizás fue lo mejor puesto que la manera en la que ella volvió a encontrarse con Wakabayashi le hizo darse cuenta de que al Destino, aunque le gusta jugar, sabe bien lo que hace.

Habían pasado casi tres semanas desde que Genzo y Lily se habían topado con Dion y Anna en el hospital cuando ella decidió volver al restaurante, más que nada porque extrañaba el sándwich de roast beef con aceitunas negras pues en ninguna otra parte lo preparaban como ahí. Lily había decidido cambiar de libro a uno escrito en español, "El llano en llamas", de su compatriota Juan Rulfo, para evitar que cualquier otra persona quisiera acercársele con el pretexto de preguntarle por la trama. Iba también con la idea de esconderse en una de las mesas del fondo, de las que nadie quería por encontrarse cerca de los sanitarios, para quedar resguardada de cualquier mirada indiscreta; además, se había asegurado de guardar bien su credencial del hospital para evitar dejarla olvidada en la mesa. En resumidas cuentas, la doctora se había blindado para evitar otra confrontación como la que hizo que acabara enamorándose de Genzo Wakabayashi y también para disminuir al mínimo los recuerdos. Todo se le fue al carajo en cuanto puso un pie en el restaurante y se dio cuenta de que Genzo estaba ahí, sentado en la mesa de siempre, con el maldito libro de Edgar Allan Poe y dos vasos de Apfelschorle frente a él (bueno, no, uno de ellos estaba en el otro extremo de la mesa); a pesar de su asombro, ella pudo ver que él se había puesto una camiseta de segunda mano con el logo del Mundial de Alemania 2006 para "pasar desapercibido", lo cual casi le hizo soltar una carcajada. Durante cinco segundos, Lily tuvo el impulso de darse la media vuelta para no volver jamás, pero era evidente que él la estaba esperando y se puso en pie antes de que ella pudiera hacer cualquier movimiento.

Guten tag, doctora –saludó Genzo, con una media sonrisa–. Nos tardamos un poco, pero otra vez estamos aquí.

Sin esperar a que Lily respondiera, el portero se acercó y la invitó a sentarse en la silla que tenía el otro vaso de Apfelschorle frente a ella. La joven estaba tan ofuscada que se dejó conducir y se sentó como una niña buena que va a recibir sus lecciones.

– ¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó Lily, con tanta calma como pudo.

– Creo que es bastante evidente, doctora –respondió Genzo, con una sonrisa de autosuficiencia–. Dejamos algo a la mitad y tengo deseos de continuarlo.

Ella quiso preguntar si eso significaba que él había tomado una decisión pero no se atrevió, pues pensó que sonaría extremadamente patético y tal vez así sería, de manera que dejó que el portero continuara la jugada. Sin embargo, Genzo evidentemente esperaba que Lily respondiera, así que se obligó a hacerlo.

– Supongo que no has venido aquí a preguntarme por otro libro –comentó Lily, tras lo cual se sintió estúpida.

– Podría hacerlo, sí, pero no es lo que más me interesa –contestó Wakabayashi, divertido–. ¿De verdad eso es lo que te preocupa?

– Por supuesto que no –bufó Lily y su rostro enrojeció–. Pero no quiero sonar patética, más todavía, al preguntarte cómo marcharon las cosas con tu prometida.

– No creo que eso te vuelva patética, a mi parecer –opinó Genzo, a quien le puso de buen humor la reacción de vergüenza de la doctora–. Pero ya que quieres saberlo, te diré que ese asunto llegó a buen término, al menos para mí. Lo que haga mi ahora ex prometida es problema suyo y de nadie más.

– Ya veo. –Ella no supo qué más decir y bajó la mirada.

– Tal vez esté de más decirlo, pero si no te hubiera conocido, si no hubiese tenido el impulso de seguir a Anna ese día en el que la vi con ese médico, quizás a la larga me habría casado con ella, pero nuestro matrimonio habría fracasado tarde o temprano –continuó Genzo, mientras analizaba los gestos de la joven–. De eso no me queda la menor duda; sin embargo, que me hubiera enamorado de ti me hizo ver con total claridad que mi relación estaba rota desde hacía mucho tiempo y no me había dado cuenta de eso.

– Hmmm. –Lily continuaba con la mirada fija en el mantel. Sus mejillas estaban tan coloradas que parecían dos manzanas.

– Y por eso mismo debería de disculparme contigo –finalizó Genzo.

– ¿Disculparte conmigo? –preguntó ella, sorprendida, gracias a lo cual alzó la cara para verlo a los ojos–. ¿Por qué, exactamente?

– Porque no debí dudar cuando me dijiste que tenía que elegir entre Anna y tú –explicó él–. Porque en ese momento debí decirte que te escogía a ti, que desde hace mucho que lo había hecho ya, pero me dejé llevar por las súplicas de Anna y te dejé escapar.

– No sé si "me dejaste escapar" o no, pero considero innecesario que te disculpes –rebatió Lily–. Yo entiendo que estuviste con ella durante muchos años y además se iban a casar, era normal que dudaras al momento de tomar una decisión. No quería presionarte, simplemente darte a entender que no iba a aceptar a ser tu amante, pero no esperé en ningún momento que de inmediato rechazaras a tu prometida para elegirme a mí. Si lo hubieras hecho así, habría creído que eres un hombre que se deja llevar por sus emociones y definitivamente no va con la idea que tengo de ti. Que te hayas tomado el tiempo para analizar lo que sientes por cada una de nosotras me hace saber que estás siendo sincero ahora, Genzo.

– Me alegra que lo veas de esa manera. –Genzo esbozó una media sonrisa–. Y me alegra también que vayamos avanzando: no recuerdo que antes me hayas llamado por mi nombre.

– ¿Y eso ha estado mal? –preguntó Lily, sonriendo también.

– Considerando que te he dicho que estoy enamorado de ti, no lo creo –respondió Genzo.

Lily, con timidez, estiró la mano para tocar la del portero; Genzo dejó que ella le acariciara las yemas maltratadas y las falanges llenas de callos, así como su palma áspera, con tanta suavidad y ligereza como si estuviera tocando porcelana. Ella era incapaz de expresar en palabras lo afortunada que se sentía en esos momentos, pero con esas caricias le decía todo el amor que sentía por él.

Eso había sucedido unas semanas atrás. A los pocos días se comenzó a correr el rumor de que el portero titular del Bayern Múnich, Genzo Wakabayashi, tenía de pareja a una médica del Hospital General, sin que se supiera quién filtró esa información. Dado que Wakabayashi se había esforzado por ocultar su compromiso con Anna, no se hizo del conocimiento público que él había roto la relación, lo cual les venía bien a casi todos los involucrados pues, si alguien hubiera sabido cómo fue que Genzo conoció a su pareja actual, se habría creado un chisme muy difícil de contener.

"Si alguien supiera la verdad, no faltaría la persona que quisiera escribir una mala historia con esa trama", pensaba Lily. "Lo cual no le haría gracia a nadie, ni siquiera a Dion, a quien tanto le gusta ser el centro de atención".

El tiempo pasó con tanta rapidez que diciembre llegó sin anunciarse; para Lily no era desconocido el hecho de que Genzo cumplía años en ese mes pero, cuando él le avisó que ese día se reuniría con su padre para comer, Lily no sugirió acompañarlo pues era demasiado pronto para que ella conociera al señor Wakabayashi. Además, la doctora sabía que Genzo quería pedirle a su padre que le permitiera romper su compromiso con Anna como regalo y para eso ambos debían estar solos. Por su lado, Genzo tampoco hizo el intento de invitarla, lo que le confirmó a ella sus impresiones al respecto. En vez de eso, Wakabayashi le comentó que sus amigos del Bayern Múnich iban a organizarle una celebración y le pidió que fuera con él pues quería presentárselos, lo cual a Lily le pareció una mejor idea que acompañarlo a comer con su padre. Comenzar por conocer a la gente con la que Genzo trataba a diario era el siguiente paso lógico para una relación que había tenido un comienzo tan peculiar.

Así pues, al salir de trabajar, ese 7 de diciembre Lily se dirigió sin preocupaciones al ya tan conocido restaurantito para comer algo ligero, tras lo cual iría a su departamento a prepararse para la fiesta de la noche. Estaba preocupada por el regalo que había conseguido para Genzo, una copia de lujo de La narrativa de Arthur Gordon Pym (otro libro conocido de Edgar Allan Poe), por considerarlo demasiado simple, aunque se decía que cualquier otro obsequio resultaría fuera de lugar, ellos no llevaban saliendo tanto tiempo como para que Lily gastara toda su quincena en un presente costoso. Además, era seguro que él apreciaría la sutileza y de todos modos no había tiempo para conseguir algo más. Así pues, tras pedir algo de comer, ella sacó el libro de El llano en llamas y se dispuso a relajarse un rato antes de empezar a preocuparse por el hecho de que más tarde conocería a los amigos de Wakabayashi.

No estaba ni remotamente preparada para lo que sucedió después, aunque si hubiese sabido lo que estaba por ocurrir, quizás no habría podido controlar el estrés. Iba a la mitad de su platillo cuando la puerta del restaurante se abrió y Genzo entró a través de ella, tan elegantemente vestido que Lily tuvo la impresión de que él se había equivocado, no sólo de lugar sino también de época, pero antes de que ella pudiera abrir la boca para preguntar qué hacía él ahí y si ya había acabado la comida con su padre, detrás de él ingresó al local otro hombre. Éste era casi tan alto como Genzo e iba tan galanamente vestido como él (aunque a este hombre le lucía mejor la ropa formal, había que decirlo), tenía mechones de pelo gris mezclado con negro en las sienes y usaba un bigote delgado que le daba un porte distinguido; su parecido con Genzo era tan evidente que Lily supo de inmediato de quién se trataba: ese hombre era Shuzou Wakabayashi, el magnate millonario japonés que había engendrado al portero.

"Ay, válgame, esto no me puede estar pasando", pensó Lily, mientras trataba de esbozar una sonrisa que pareciera auténtica. "¡Maldita sea, Wakabayashi, no puedes hacerme esto! ¡No puedes aparecer por aquí junto con tu padre sin que me avises primero!".

Guten tag, doctora –saludó Genzo, con una amplia sonrisa–. Sabía que te encontraría en este sitio.

– ¿Qué haces aquí? –preguntó Lily, sintiéndose idiota por cuestionar algo que resultaba evidente–. Pensé que ibas a comer con tu padre.

– Lo hice –asintió el portero, tras lo cual se giró para hacerle una seña al hombre que seguía detrás de él–. Hemos venido aquí porque quiero presentártelo, aprovechando que está en la ciudad.

Shuzou no la miraba a ella pero no porque no le interesara, sino porque el lugar en sí llamaba mucho su atención, como si nunca antes en su vida hubiese estado en un sitio así (y probablemente así era); a Lily no le pasó desapercibido que el hombre contemplaba la decoración con la misma curiosidad con la que su hijo lo había hecho alguna vez y eso, de alguna extraña manera, la tranquilizó lo suficiente como para mantener el aplomo.

– Papá, ella es la doctora Lily Del Valle, mi novia –anunció Genzo, con solemnidad–. Lily, te presento a mi padre.

– Es un placer. –Lily se puso rápidamente en pie y le tendió la mano a Shuzou con mucha formalidad.

– Soy Wakabayashi Shuzou. –El hombre la miró fijamente y le dio un fuerte apretón de manos–. Quizás le sorprenda, doctora, pero tenía curiosidad de conocerla a pesar de que hace dos horas no sabía de su existencia.

– Oh, la curiosidad es mutua, señor –señaló Lily–. De verdad que tenía muchos deseos de conocer al hombre que crio a alguien tan excepcional como Genzo.

Con ese comentario tan sencillo, ella se ganó la aprobación de Shuzou casi de inmediato. Los tres se sentaron a la mesa y entonces el señor Wakabayashi comenzó a hablar con Lily, con la firme disposición de no dejarse llevar por sus prejuicios. Genzo, por su parte, se sentía muy satisfecho: tal y como había pasado con casi todos sus anteriores regalos extravagantes de cumpleaños, éste pintaba para ser algo duradero.

Fin.


Notas:

'Haifu' es el término que se usa en Japón para referirse a los japoneses que son hijos de un extranjero y de un japonés, es la "japonización" del vocablo inglés 'half', que significa "medio" o "mitad".

– Para hacer esta historia obtuve inspiración de tres fuentes: 1) Una película española llamada "Nuestros amantes", la cual sirvió para fundamentar la trama; 2) Un cuento titulado "Occha", de la colección "El cuento en cuarentena", en donde un hombre extranjero que vive en Tokio engaña a su mujer con otra extranjera llamada Anna, y 3) Los capítulos dos y tres del spin-off "Captain Tsubasa Memories", que es de donde tomé lo que se dice sobre el cumpleaños de Genzo y la familia Wakabayashi en general. Es ahí en donde se aclara que el señor Wakabayashi siempre le cumple a Genzo cualquier deseo que pida en su cumpleaños.