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La navidad perfecta.
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Por: Xeina Phi.
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«Navidad.»
Cuando escucho esa palabra, no puedo menos que saltar de la emoción, es por mucho mi época favorita del año, tiene sabor a chocolate caliente, a canela, a frutas y por supuesto a pino fresco; tiene la sensación del calor de las brasas de una buena chimenea, y desde que era pequeño, siempre fantasee con celebrar la mejor navidad de todas.
No es que las navidades anteriores la haya pasado mal. Desde hace tres años, por lo común, mis navidades las paso en algún bar con mi mejor amigo, Seiya. Él y yo somos un dúo muy solicitado en Tokio, y aunque resulte extraño, a muchas personas les gusta pasar su víspera de navidad escuchando cantar a unos chicos muy talentosos (juro que no estoy siendo pretencioso), nos hacemos llamar KA, por las iniciales de nuestros apellidos (Kou y Ace). Y sí, ya sé que tal vez para un chico de veintidós años cómo yo, sería un sueño estar en un bar a altas horas de la madrugada, en realidad siempre he querido pasar una navidad como esas que solo se ven en las películas, sentado en una gran mesa llena de los más deliciosos manjares y rodeado por mi familia. El único detalle es, que hace años que no hablo con mis padres.
Este año KA no fue requerido para tocar en nochebuena en ningún lugar, incluso el señor Kunzite (dueño del Dark Bar), nos sugirió que aprovecháramos la oportunidad y la pasemos con nuestras familias. Así sin más lo dijo, con su amplia sonrisa, enseñando de forma descarada su blanca y perfecta dentadura, totalmente ajeno a nuestros problemas familiares, Seiya y yo intercambiamos miradas incómodos, pero no dijimos nada, simplemente asentimos en un amable gesto afirmativo y salimos del bar.
—Oye, Seiya, ¿y tienes algo en mente para mañana? —pregunté para tantear terreno. En realidad, en cuanto Kunzite nos dijo que no tocaríamos mañana, se me ocurrió la mejor idea de todas.
Seiya, que tenía la mirada perdida, se volvió hacia mí, me pareció que estaba triste y sabía la razón de sobra. Él al igual que yo, desde hace años que no veía a sus hermanos (que son la única familia que tiene), ambos se fueron del país en busca de sus sueños, por lo que sé, les ha ido bien.
—No creo, Kaito. Tal vez me quede en casa a ver alguna película en Netflix —me dijo con una sonrisa forzada—. ¡Vaya! Si tan solo Kunzite nos hubiera dicho antes que no tocaríamos, hubiéramos podido buscar algo, pero es veintitrés y nadie nos va a contratar.
—Sí, ¿verdad? Nos pasó a joder la noche —dije riendo incómodo.
—Bueno, luego nos vemos —se despidió, dándose la vuelta y levantando la mano.
En víspera de nochebuena, me inundó el optimismo, las buenas energías, mis chacras se alinearon y no sé que diablos más pasó en mi interior. El caso es que tenía deseos de celebrar, y todo, absolutamente todo, pintaba para que fuera la mejor navidad de todas.
Me levanté de la cama como resorte en punto de las ocho de la mañana, me bañé, cepillé mis dientes al son de Jingle Bell Rock, mi trasero se contoneaba con gracia al compás de la cadenciosa melodía «jingle bell, jingle bell rock…» mientras me abotonaba mi camisa frente al espejo, levanté mi flequillo platinado con suficiencia, mis ojos aceitunados brillaron con la luz mortecina de la mañana, y el chico del espejo me sonrió con galantería, listo para devorarse al mundo.
Al abrir la puerta de mi departamento, me encontré de frente con mi peculiar y curiosa vecina, de vez en cuando cruzábamos palabras. Es una chica amable, aunque un tanto sosa para mi gusto, en especial con ese peinado de odangos.
—¡Usa-Usagi, casi me matas de un susto! —exclamé retrocediendo un par de pasos.
—Oh, yo… yo lo siento mucho, Kaito. Solo quería saber si, ¿me dejarías cocinar en tu departamento? —Me pidió con esa expresión de cachorro desamparado.
¡¿Escuché bien?! Usagi, en mi departamento, ¿cocinando ve a saber qué cosa? Enarqué una ceja en un claro gesto negativo, digo, ella y yo no teníamos esa clase de confianza, apenas nos conocíamos.
—¡Por favor! —pidió nuevamente, juntando sus manos y con sus grandes ojos azules suplicantes—. Es que mi prima viene hoy a verme y me quedé sin gas y ninguna compañía trabaja hoy.
Suspiré profundamente, después de todo era nochebuena y yo estaba de muy buen humor.
—Está bien, Usagi. Solo procura no quemar el lugar —concedí con una sonrisa y le dejé mis llaves—. Voy al súper mercado por unos encargos, regreso en un par de horas, ¿quieres que te traiga algo?
Ella negó con la cabeza, aunque me pidió que tuviera cuidado y me abrazó fuertemente, no fue un abrazo afectuoso, más bien… pareció lastimero.
Siempre me he considerado un experto en los deportes extremos, rapel, esquí, montañismo, etcétera, pero descubrí que no existe nada más extremo que comprar en pleno veinticuatro de diciembre.
Casi muero aplastado por las hordas interminables de gente, sin mencionar que una viejecita me jaló de los cabellos cuando me logré llevar el último pavo ahumado, y ni que decir de la última botella de vino, sentí que mi vida realmente corría peligro después de ver esos ojos amenazantes sobre mí, una señora como de treinta y tantos años (que parecía de cuarenta), me gritó cuanto improperio pudo y me recordó a cada miembro de mi familia, yo simplemente me eché a reír por lo bajo, aunque sentí tristeza por sus niños, que me veían con cara de pequeños homicidas, al final les cedí mi botella de vino y me compré sidra. Cabe mencionar que la señora ni siquiera me agradeció (aunque tampoco esperaba realmente que lo hiciera) y se fue muy digna.
Cuando llegué a casa, con los pies hechos polvo, todo despeinado y desalineado, y con mi camisa favorita hecha un desastre, Usagi ya no estaba, me dejó sobre la mesa mis llaves y una nota de agradecimiento (con faltas de ortografía), esbocé una sonrisa cuando vi la nota y la guardé en mi billetera, me pareció un lindo detalle, además de que se veía que estaba escrita con esmero, aunque la nota estaba firmada por "Minako", su prima me imaginé.
Por instinto me asomé a la cocina, todo parecía estar en orden, aunque pude detectar un sutil aroma a quemado.
Me dispuse a preparar mi cena, nunca lo había hecho, pero había uno y mil tutoriales en YouTube que me podían ayudar. Después de ver varios vídeos me decidí por hacer un pavo al horno con limón y yerbas, no parecía muy difícil, y una pasta al pesto que se veía buenísima.
Después de tres horas, los dedos quemados, un corte en mi pulgar y con la cocina hecha un muladar, terminé, no sin antes dejar un comentario al Youtuber que vi, su receta fue todo menos fácil, clara y mucho menos divertida, pero quedé satisfecho con el resultado. Eran las ocho de la noche, así que me metí al baño a tomar una relajante ducha.
Cuando salí quise llamar a Seiya, estaba seguro de que le agradaría la idea, después de todo, tenía mucho que ninguno de los dos pasábamos una navidad en casa, incluso pensé en Usagi, pero probablemente ella ya tenía planes con su prima, así que decidí no intervenir.
Me ajusté mi bata de baño y tomé el móvil, vi que tenía un par de llamadas perdidas de Seiya, y no pude evitar pensar que él también había pensado en lo mismo que yo con respecto a la cena. Y entonces, aquella euforia me duró solo como cinco segundos después de leer el texto que me mandó.
"Hey, Kaito.
Excelentes noticias, me iré a Austria a pasar las fiestas con mis hermanos, ambos me mandaron un pasaje para el avión, ¿puedes creerlo? En cuanto aterrice en Viena te mando un mensaje. Por cierto, ¡feliz navidad!"
Solo leí el mensaje una vez, y como un autómata me vestí con mis vaqueros favoritos, me puse esa camisa de Hugo Boss que no usaba por miedo a gastarla. Puse la mesa, dejé el servicio al menos para cuatro personas y saqué el pavo del horno, olía delicioso, aunque no me provocó apetito, simplemente lo dispuse en medio junto con la pasta y la sidra barata que alcancé a comprar en la mañana.
Eran casi las diez de la noche, me senté en la cabecera y tomé mi móvil una vez más, releyendo el mensaje de Seiya.
"Por cierto, ¡Feliz navidad!"
¿Acaso estaba burlándose de mí? ¿Qué era esa mierda de feliz navidad? Intenté maldecir, pero simplemente las palabras no salieron. Creo que si me hubiese hablado mi familia, también hubiera ido con ellos sin pensarlo, así que no podía culpar a Seiya por irse con sus hermanos.
Ahí en la mesa, solo y con la cena servida, caí en cuenta de mi atronadora realidad, de la cuál huía desde hace años. Mi familia me echó de casa cuando les confesé que quería ser músico. Yo salí sin mirar atrás y nunca les volví a hablar, ellos tampoco lo hicieron. Solo en ese momento, me di cuenta de lo herido que estaba y de cuanto los extrañaba, pero era demasiado orgulloso para admitirlo. Todos estos años fingí que estaba bien, cuando estaba muy lejos de estarlo.
Sentí la respiración agitada, los ojos me ardían y la vista poco a poco se me empezó a nublar, apoyé mis codos sobre la mesa y me solté a llorar con amargura.
No supe en realidad cuánto tiempo estuve sollozando, cuando sentí una mano sobre mi antebrazo, la sensación de calidez que me invadió fue tan grata, que creí estar soñando, me incorporé y me perdí por un momento en aquellos orbes celestes que me veían con preocupación.
—Yo… disculpa, es que… Usagi y yo te escuchamos llorar y nos preocupamos, dejaste la puerta sin seguro, espero que no te moleste. —Me habló aquella rubia de mirada afable.
Parpadee un par de veces aturdido y reconocí a Usagi a espaldas de esa misteriosa chica.
—Oh, disculpa. Mi nombre es Minako, soy prima de Usagi —explicó con una cálida sonrisa, sin soltarme.
Limpié mis lágrimas con el dorso de mi mano y me levanté. Minako se incorporó también.
—Yo… estoy bien —mentí.
Ambas me observaron advirtiendo la obviedad de mi mentira, pero ninguna dijo palabra, parecían indecisas si decirme algo. Después de un par de minutos en silencio se dirigieron a la salida.
—¡Esperen! Por favor no se vayan —les pedí. Ni siquiera sé por qué lo dije, pero agradezco al impulso que me hizo hacerlo.
Minako regresó por sobre sus pasos, sus grandes ojos celeste brillaron con intensidad, y empezó a balancearse sobre su lugar como una niña pequeña.
—Sabes. Ese pavo se ve muy rico, y a decir verdad, el nuestro se nos quemó —admitió un poco apenada.
Su declaración fue lo único qué necesité para saber que quería pasar la víspera de navidad con ellas, entre bromas y risas. Eventualmente salió a colación el tema de nuestras familias, y supe que los padres de Minako habían fallecido hacía unos meses, y claro, le hablé sobre mi pelea con mi familia.
—Kaito, tienes que hablar con tus padres. Estar vivo es increíble, no malgastes valioso tiempo con ellos —me dijo alzando un poco la voz y con las mejillas coloradas por el vino (que ellas trajeron).
Sus palabras me infundieron confianza, cuánta razón tenía. Sin duda, estar vivo es maravilloso.
Por la mañana y después de que las chicas se marcharon, tomé el móvil. Tenía un mensaje de Seiya, cuando lo abrí, no pude evitar carcajear y derramar un par de lágrimas. Era una foto, Seiya estaba en medio de sus hermanos, los tres traían puestos unos suéteres de cachemira muy curiosos, se les veía muy contentos. Al pie de la foto había un mensaje.
"La siguiente navidad no hagas planes, Yaten y Taiki quieren conocerte, creo que te adoptarán (a qué no te lo esperabas, ¿verdad?), regreso en unos días."
Sonreí.
Busqué el número de mi madre en el directorio y pegué el móvil a mi oreja con las manos temblorosas. Uno, dos tonos.
—¿Diga?
—¿Mamá?… soy, soy Kaito. Solo quiero desearte una feliz navidad y también, decirte que lo siento mucho. Lo siento en verdad…
Mi navidad no fue para nada cómo lo planee, fue mucho mejor. Me trajo de vuelta a mi familia, sin mencionar que después me hice de dos nuevos hermanos, y también me acercó a la mujer de mis sueños.
Fin.
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Notas:
Bueno, este fic lo escribí justamente la navidad pasada. Quise centrar mi historia en un drama familiar, más que en una historia romántica. Y bueno, también quise experimentar escribiendo sobre otro personaje. Kaito Ace es un personaje al que le tomé mucho cariño después de leer el manga de Code name Sailor V.
La hermosa ilustración de la portada es creación de Ilitia Forever, y es una comisión que me gané en el CDLDF.
Espero que hayan pasado una feliz navidad, un abrazo.
