Shingeki no Kyojin pertenece a Hajime Isayama.
Advertencia: lenguaje soez, violencia física, psicológica y sexual. Temas adultos y spoilers.
Alive —Sia.
«Vivimos atrapados, entre el pasado revuelto y examinado y un futuro que espera nuestro trabajo». —Αnna Freud.
Sombras
Recordando que solían llamarlos y tratarlos como el oprobio de los seres humanos, debería serle suficiente ponzoña para facilitarle aquella maldita labor, pero su actitud nunca pudo concebirlo a pesar de los descuartizamientos y el sanguinolento camino que dejaba trazado sus acciones a su paso.
Annie miró a su alrededor con aparente desidia, enfocando al sujeto del que se tendría que cuidar a partir de entonces; ya había reunido información de él, desde lo del juicio de Eren, porque, aunque no estuvo presente, fue expandido por doquier el rumor de cómo se dio la situación del mismo. Incluso pudo sacar información cuando fue llamada (como el resto de sus compañeros) para declarar sobre Eren y así tratar de resolver aquel desastre, según los altos mandos. Todo (no casi) de lo que se hablara y refiriese a ese tipo era lo mismo, ya fuesen verdades o exageraciones, mentiras o invenciones. Aquello le daba ganas de vomitar; no lo que decían, sino el cómo, pero luego, como mayormente hacía, lo dejaba de lado como si no le importase un comino y se centraba en lo que tenía que hacer, no en darle relevancia a algo en particular. Claro que vio al igual que el resto de los presentes, cómo se desenvolvió a la hora de usar el equipo y sus movimientos tan precisos al momento de cortar, cuando apareció de la nada salvando a Armin y Eren de las fauces de aquel titán.
No había visto a nadie tan diestro en aquella tarea, excepto tal vez a Mikasa Ackerman, y él la superaba por mucha más experiencia y habilidad.
Que, si el capitán Levi era un sujeto bien jodido, pero el mejor soldado que tenía la humanidad, era aquella una de las frases más comunes que decían los ciudadanos de a pie e inclusive algunos soldados. Los mandó al carajo y se puso la armadura de combate. La máscara de Annie Leonhardt: aquella chica blindada que reflejaba, cuando en realidad era de carne, sangre y huesos.
No subestimaba a ese sujeto, pero no había nada ni nadie en el mundo que fuera perfecto; todo tenía un punto débil.
Era bajo ciertamente, y no es que ella se sintiera superior dada su misma condición, sobre todo para estar entre las fuerzas militares donde en su mayoría, los hombres eran de complexión fuerte y de estatura promedio. Aunque algunos entraban desgarbados, con el tiempo adquirían el porte o el físico por el que se caracterizaba un soldado, finalmente terminaban con cierta musculatura así fuesen flacuchos. Aquel sujeto desafiaba todo eso; una cara de amargura y hasta de desagrado decisivo, como si el mundo lo hubiese cagado al momento en que nació. Un cuerpo que, aunque más pequeño en altura, ciertamente trabajado y conveniente para manipular no solo el equipo de maniobras tridimensional, sino que también se volvía útil y ventajoso —si hacía uso de técnicas adecuadas e integradas al conocimiento— para una pelea cuerpo a cuerpo. Unos modos de andar y hablar con ínfulas hoscas que, a algún superior con frustraciones y complejos, le podían parecer una zafiedad.
Lo siguió con la vista, reflejando la inercia a la que estaba tan acostumbrada, pero meticulosa. Debía dar con el tamaño exacto al que le permitían a la comunidad masculina ser parte del ejército, calculó práctica.
De alguna forma le recordaba a alguien, pero no pudo dar con quién en ese instante.
En el plano en que estaba ahora, corría el riesgo de ser descubierta en cualquier momento, porque el que Eren tuviese en sus manos uno de los Nueve Titanes nunca pasó por su mente, no se le hizo ni remotamente considerable, y ahora que estaba puesto a cargo de la Legión de Reconocimiento las posibilidades de cumplir la misión que le designaron se volvían mucho más dificultosas, y eso claro, sin dejar a un lado a Erwin Smith; un tipo del que estaba invisibilizándose porque sí, eran tan similar a Armin pero con un aura más despiadada y sobre todo, por la experiencia que reflejaba en su campo, que entonces no le quedó duda de que cualquier paso en falso podría dejarla en evidencia de inmediato.
Esperaba que los idiotas de Reiner y Bertholdt esta vez hicieran bien su maldito trabajo.
Al llegarle la idea de cómo infiltrarse en aquella división, supo que tendría que jugarse no solo su mejor carta como espía y asesina, sino también la de su meta; como hacía siempre al momento de llevar a cabo cualquier acción de este tipo: pensando en regresar a eso, que pese a no ser lo mejor del mundo, era, al fin y al cabo, su hogar.
Toda la información que había recabado le dio un solo modo de ejecutar su plan, no tenía otra opción, era hacerlo y cumplir el objetivo, o hacerlo y fallar: Annie nunca intentaba. Los que intentaban se jodían.
¿Cómo diablos una persona era capaz de llevar a cuestas tales cargas? Solo alguien condenado a morir o haciendo lo que estuviese en sus manos para que no fuese así, tenía las agallas para enfrentarse a aquel infierno y seguir adelante.
A ella le parecía irónico cuando las personas a su alrededor hablaban de bandos, porque ella no hacía lo que hacía por Marley o Eldia; Annie estaba de su propio lado.
El sujeto caminó hasta su caballo y empezó a dar las órdenes a un pequeño grupo que estaba a su alrededor; debían ser el Equipo de Operaciones Especiales con el que contaba éste, todavía no les diferenciaba tanto. De pronto, vio a Eren, que, aunque encapuchado aún se podía identificar desde lejos. Cada uno montó en su caballo y partió del sitio, dejando a Annie con una sensación caracterizada por un presentimiento de anunciante reincidencia, un hecho que la quemaba por dentro y estigmatizaba por fuera: tendría que matar otra vez si quería sobrevivir.
Con cuántos cadáveres tendría que disculparse nuevamente, cuántos remordimientos los que albergaba.
Annie Leonhardt era una maldita. Tanto lo sabía como tanto le pesaba, igual no podía hacer nada por remediarlo, ni lo buscaba principalmente cuando lo primordial en esos momentos era velar por ella misma. O ese credo intentaba seguir con tanto enfado y decepción contrapuesto.
Había sido un verdadero riesgo el matar a los titanes a cargo de la Legión, ni qué hablar de lo que acarreaba: de alguna forma estaban expuestos, aún si nadie tenía idea de que ella, Reiner y Bertholdt eran titanes cambiantes.
Eran curioso cómo funcionaba el mundo dentro y fuera de aquellos muros; descubrió como los «demonios» eran los mismos, la misma maldición corriendo por la venas de un pueblo al que cada vez le nacía un hijo, sin siquiera pensar en el hierro que les impondrían por ello, como caballos y ganado marcados, cuyas vidas dependían de seres que se desvivían creyendo que su moral y sus conceptos eran los únicos correctos y seguros, llenos de tanta ignorancia y sin embargo, creyéndose omniscientes ante el resto. Como normalmente se manejaba el mundo.
Annie no tenía madre, de hecho, ni siquiera recordaba su rostro, pero su padre solía decirle que era su viva estampa. Annie no podía darle credibilidad a aquel señalamiento, había dos retratos que su padre guardaba de aquella con quien se le decía era similar, pero ella siempre se negó a verlos, no quería admitir si de verdad era así al momento de mirarlos; comprobar que se podía ver a la mujer que fue su madre en la hija que había dado a luz. Ella la odiaba; cuando era muy pequeña la odiaba por morirse y dejarla con aquel hombre al que solo le importaban sus propios ideales y problemas, sin reparar en cuán cansada estaba ella de utilizar sus puños y piernas, sin tomar en cuenta que tan solo era una niña a quien puso en una tarea adulta. La odiaba por no tener en quién poner sus miedos y preguntas cuando necesitó de alguien en donde apoyarse, la odiaba porque no estuvo para defenderla. La odiaba por tanto y al mismo tiempo por nada: es decir, por todo.
Cuando su padre le contó la verdad sobre su origen todo en ella quedó desestabilizado, pero entendió entonces que la desigualdad y el mundo que los esclavizaba había orillado a la gente a hacer de todo: desde lo más horrible para sobrevivir, hasta lo más noble para subsistir.
Más allá de eso, aún llevaba una promesa quemándole día con día, impulsando y martirizándola con el único propósito de llevarla de regreso a casa. Y ahora caminaba entre el averno zigzagueante, no solo atravesando la línea de la dureza y la misericordia con tal de cumplirlo a sabiendas de lo imposible que se tornaba cada vez.
A decir verdad, ella daba por sentado que las cosas nunca cambiarían para bien por mucho que las personas intentasen revertir ese hecho; era tal su desconfianza en la humanidad por todo lo que había visto y vivido que dudaba en que llegara a haber un tiempo en que todo fuese mejor que entonces, y si llegaba darse, no sería por mucho tiempo. Así de corrosivas eran sus dudas debido a tantas mentiras, ambigüedades pisando esperanzas y tiñéndolas de miseria, volviéndose un hálito de luz que poco a poco se apagaba.
Tal vez por eso, Eren, aunque ciertamente chocante, con sus constantes altanerías le demostró cuán grandes eran sus ansias de alcanzar la libertad cada vez que lo escuchaba despotricar y entonces tendía a hacerle cuestionar cada paso que había dado. Es más no solo él, también Armin, complicándole todavía más la situación.
Oximorones de sentimientos e ideas que chocaban una y otra vez dentro de sí, debilitando y fortaleciendo su posición al hacerle ver que ella también, como la mayoría, sentía miedo y que la esperanza, aunque poca, era lo único que le permitía avanzar.
Porque aún era humana y no podía evitar sentir por mucho que se afanara en demostrar lo contrario, pero, así como lo notó del mismo modo sabía y entendía que debía seguir adelante, que era demasiado tarde para retroceder o rendirse.
Y por eso iba a matar a quien intentase detenerla, porque era su vida o la de ellos. Porque no se detendría hasta que se evaporase lo que desde siempre la mantuvo ahí, o hasta que, una fuerza superior a sí misma la hiciera desaparecer.
Seguido de todo un proceso de cierta manipulación para posibilitar su acceso a la Legión posterior a su plan de entrada a la Policía Militar y haber matado a los titanes que éstos habían atrapado, con el fin de que no hallaran información auténtica sobre cómo y de dónde provenían los gigantes devoradores de humanos, la chica estaba agotada.
Al final no se hallaron pruebas de que alguno de los nuevos cadetes usara su equipo sin autorización, pero había sido sumamente tedioso soportar todo el tiempo que les estuvieron interrogando y revisando cada pieza. Annie no pudo evitar pensar en Marco, y no solo por el hecho de que era su equipo el que la salvaba de aquel registro y el cómo lo obtuvo, pensó en él en sus primeros días al llegar a la academia. No tenía idea de que lo recordara de forma tan nítida, tal vez era su sentido de culpa por haberle robado su futuro, en cualquier caso, no siguió por ese asunto mucho más tiempo porque acabaría en el fondo de un conflicto interno.
Después de haber tenido aquellas palabras con Armin y Connie sobre las decisiones e incertidumbres de escoger una de las brigadas, tuvo unas ganas inexplicables sujetar a Armin para rebuscar con cuidado y ahínco en su mente. De alguna forma le hacía sentir que sus siguientes movimientos eran incorrectos y no sabía con certeza a qué atribuirlos.
Pudo alejarse por un momento de ellos, pero solo para ser acechada por Reiner, quien mantuvo su distancia con ella después del último error que él y Bertholdt cometieron. Ahora que sabían que Eren tenían en su poder aquel titán era imposible que los tres se fueran a la Policía Militar, de alguna forma mejor para Annie; no los tendría a su lado todo el tiempo, bueno, en realidad al rubio, quien solo la instigaba con el simple hecho de tenerlo cerca. Pero al mismo tiempo le sabía en desventaja dejarlos por su propio pie, y aunque era consciente que aún después de todo podían trabajar bien, sobre todo si ellos dos permanecían el uno con el otro, la posibilidad de que ese simple hecho estropeara toda la operación podía ser tanta como ninguna, pero correría el riesgo.
—Todo será...
—Ya lo sé —cortó ella de inmediato, esta vez no podía dejar que echara a perder los planes, exponiéndoles a los tres en ese momento con tanto soldado caminando de aquí para allá.
—Deberías hablar con Bertholdt antes, probablemente tiene algo que decirte —le soltó de la nada Reiner y ella no supo a qué se refería.
Ella recorrió con la vista alrededor hasta dar con Bertholdt, quien no estaba muy lejos de ellos y se mostraba un tanto nervioso, pero para ella aquello era normal; él siempre parecía tener un poco de miedo desde que lo conoció.
—No hace falta, sigan con lo suyo —y se acercó más a Reiner quien se había agachado un poco y pegado a una pared, quedando lo suficientemente cerca para susurrarle de forma inteligible—. Pero vuelve a hacer una de tus mierdas y yo misma de te devoraré.
No era una advertencia: sería un hecho y Reiner lo supo, tanto como supo que esta vez Annie iba más por su vida que en ocasiones anteriores y que, ahora no iba tener ninguna contemplación con él por todo lo que le había hecho, pero sobre todo, por la crueldad con que la había orillado a hacer todo aquel trabajo tan sucio e intentar lavarse las manos frente a ella. Y Reiner se odió por ello, porque no había nadie que se sintiera más fragmentado que él, quiso justificarse y quiso creer.
Annie se recostó en la pared de ladrillos sin decir algo más, poco a poco se fueron acercando el resto de sus compañeros y él se levantó tratando de actuar lo más normal posible hasta que estuvo al lado de Bertholdt, escuchando cada palabra y cada detalle de lo que decían sus enemigos.
Las ganas de vivir de Reiner estaban idealizadas y arraigadas a sus propios problemas y anhelos, tan egoístas e ilusorias que lo llevaron a una disociación que solo buscaba con ansiedad el proteger aquella creencia y por ende a sí mismo, sin importarle un carajo a quién se llevaba por el medio.
No obstante, estaba aquella parte de él, de la que no podía desligarse, con una empatía imborrable, que le hacía sentirse mal: su amistad con Bertholdt y Annie, quizá no tan hermosa y demasiado tóxica, pero existente, y, era ahí donde el argüir de sus miedos y sueños se conectaba a todos los que, sin quererlo o buscarlo conscientemente, también les tenía agrado, obliterando su intención de forma tormentosa.
Todo por sobrevivir, inyectándole delirios cada vez más insubsanables, que cuando se quedaba en blanco no sabía cómo lograba hacer para no estallar y gritar hasta desgarrarse la garganta para que alguien, mejor dicho, su madre, a quien visualizaba y llamaba en su mente, lo acunara en sus brazos como un niño pequeño y le dijera que todo iba a estar bien.
—¿Por qué de pronto te unirás a la Legión de Reconocimiento? Es que, ¿no te da miedo? —escuchó a Sasha preguntarle a Jean.
Y en cierto modo le recordó su tiempo de entrenamiento con los otros niños allá en Marley, quien en una lucha por obtener un lugar entre el grupo que recibiría (si aprobaban todo, o en su caso: que se lo dieron por intercambiar lugar) el suero que los haría usuarios de uno de los titanes cambiantes, enviándoles sin suficiente experiencia a un campo de batalla tan brutal, que en cualquier momento podrían morir, mutilados no solamente por titanes, sino también por los errores y conflictos de la sociedad.
Jean respondió con cierto realismo, algo nervioso pero dispuesto a mantenerse firme, con unas ganas de regresar que ni él mismo sabría identificar.
Annie lo escuchó, con una muestra de desgana que bien podría parecer que el muchacho hablaba tanta mierda que le daban deseos de hacerlo callar de una patada en la cara, pero inexorablemente daba en la llaga que a todos y cada uno, alguna vez se rascaban. No mucho después los llamaron a que se acercaran a las tribunas, donde Erwin Smith les daría un discurso que al principio le pareció tan similar al de otros líderes; con un prefacio que les imbuía a arriesgarse, a perseguir sueños casi utópicos para conseguir utilizarlos, bajo una perspicacia bien trabajada, que lograra adentrarlos en aquel escuadrón de la muerte. No pudo haberse sentido más equivocada, porque por un momento la dejó en blanco: al soltarles tanta información que ni ella, Reiner o Bertholdt, incluso el resto de los reclutas, pudiera siquiera imaginar existente.
Miró en dirección a ellos, encontrándolos tan mentalmente sacudidos como ella lo estaba, enseguida se obligó a recuperarse y prestar atención a las palabras del sujeto encima del podio, quien con qué intenciones sabía quién, les estaba soltando tanto movimiento estratégico que próximamente iba según él, a implementar.
Aquella proterva cada vez se volvió algo que no imaginó, pero que en cierto modo entendió; haciendo que se quedaran solo aquellos con las suficientes agallas para enfrentarse a la muerte o unas ganas irrefrenables por encontrarla con tal de hallarle sentido a eso que llamaban voluntad. Para desenvolver los misterios del mundo corriendo entre monstruos, y supuestamente recuperar un terreno donde estaba el sótano que podría liberarlos del dominio actual.
Cuando Erwin Smith empezó a hacer que la mayoría de los reclutas se fueran, escogiendo éstos otra división que les permitiera más probabilidades de sobrevivir, Bertholdt no pudo evitar mirar hacia Annie, reprochándose todo lo que pudo haberle dicho, lo que pudo haber hecho cuando tuvo oportunidad y no quedarse de brazos cruzados y sometiéndose a la voluntad de Reiner, cuando dejaba por debajo lo que él quería hacer realmente. En aquel momento quería salir corriendo tras ella y confesarle todo lo que sentía, tanto si lo mandaba o no a la mierda.
Pero sabía que no lo haría, si bien era el que menos hablaba o el que más manipulable se veía, la verdad es que Bertholdt era el que más enfocado estaba en su tarea, aunque albergase tantos remordimientos como ellos, lo que más anhelaba era lograr cumplir la misión encomendada y retornar a su hogar.
Y así hasta el final la vio partir, mientras que ella nunca miró hacia atrás, al tiempo en que de dignos y valientes los elogiaba Erwin, pero Bertholdt sabía que la dignidad en cierto modo la había perdido y que la valentía era realmente impulsada por su propio miedo.
«Nadie puede entender perfectamente a otra persona, ya es bastante difícil entenderse a uno mismo (...) tal vez por eso la vida es tan interesante». —Ryōji Kaji, Neon Genesis Evangelion.
NOTA
Este fanfic toca toda la ansiedad, las dudas y el tormento que debió sufrir Annie en esos momentos, asimismo, sobre Reiner y Bertholdt, aunque claramente con menos extensión. Vio luz el catorce de septiembre del año pasado, haberlo eliminado y volver con él me permitirá apegarme a lo que salió posterior a esa fecha.
Yo no tengo una OTP definida en SnK, de hecho, es un fandom que se presta para multishippear con ganas, y aunque bien tengo unas más favoritas que otras, me enfrasco más en exprimir la realidad y el entorno en que se dan las cosas.
Estoy muy contenta con el nuevo capítulo, me dio esperanza ver llegar a Annie con Gabi y Falco de ese modo, aunque conociendo a Isayama es porque se viene lo peor.
Hasta la próxima.
