Goin Under —Evanescence.


«Las grandes decisiones de la vida humana tienen como regla general mucho más que ver con los instintos y otros misteriosos factores inconscientes que con la voluntad consciente y bien el sentido de razonabilidad». —Carl Jung.


Los crímenes y su vejación

Estaba parada sobre un tablero donde debía asesinar o sería asesinada, la consciencia en ello era a sobremanera, asfixiante y horrorosa.

Arrancó a los niños de pecho de los brazos de sus madres y los aplastó con sus manos, sacándole tanto sangre, como las entrañas y los sesos simultáneamente, convirtiéndolos en unos trozos de carne irreconocibles. Sus madres lloraban de forma horripilante: gritos desgarrados, desequilibrados y llenos de auténtico miedo. Ella estaba cubierta de sangre, sonriendo como una loca mientras el viento mecía las flores silvestres a su alrededor, salpicadas y manchadas de un rojo escarlata. De sangre condenada.

Se levantó con sobresalto; la mano en el pecho donde el corazón, desbocado, parecía querer salírsele, la respiración entrecortada, el cabello revuelto y el cuerpo sudando frío.

Una maldita pesadilla.

Abrumada por aquellas sensaciones, tuvo ganas de vomitar; el pulso aún errático y la conmoción al experimentar de un modo casi tan real, la llevaron a las lágrimas, unas que manaban sin permiso y en silencio. Paulatinamente, empezó a respirar sin tanta dificultad y las pulsaciones iban desacelerándose de a poco, pero el terror todavía seguía impregnado en su piel como un gusano espeluznante, que dejándola marcada por un sombrío y asqueroso fluido, le producían la sensación de que en algún momento aquello, de verdad iba a ocurrir.

Pasó un momento, luego como pudo se levantó de la cama, se limpió las lágrimas toscamente con el dorso de la mano y echó un vistazo a su compañera de habitación; una rubia de cabello corto y ondulado que cada vez que hablaba lo hacía con cierta chocancia, pero que, a ella, de un modo casi inexplicable, no le afectaba. De hecho, ni siquiera le caía bien o mal; aún no la conocía tan profundamente para dar un veredicto de cómo era en realidad, apenas si llevaban dos días haciendo el mismo trabajo y dos noches durmiendo en el mismo cuarto.

Sabía que su nombre era Hitch.

La chica seguía dormida, así que fue hacia su armario donde tomó una toalla y ropa limpia, luego buscó una pastilla de jabón junto con las botas y salió de la habitación de forma apresurada a darse una ducha. A lavarse la fragilidad y las angustias.

Llegó a las duchas y efectivamente no había nadie allí, pero las antorchas de esa estancia estaban preparadas para durar toda la noche. Quién podía estar a las cuatro y media de la madrugada dándose un baño con aquella agua sumamente fría, en vez de aprovechar ese momento para dormir hasta que sonara la alarma de la campana a las cinco y media, que dictaba que la hora de descanso había terminado y que debían asearse para comenzar con sus tareas huestes a las seis en punto de la mañana. Pues un maniático o, un perturbado como ella.

La sala ofrecía diez cubículos a cada lado entre derecha e izquierda, ella entró al espacio cuadrado del primero, dejó las botas afuera y colgó tanto la toalla como la ropa en la puerta divisoria sin fijarse si podía resbalarse o no.

Sin haberse quitado la ropa, dio vuelta a la manivela accionando mecánicamente la ducha, el agua salió al instante con fuerza; gélida y sin delicadeza, empapándola junto a su ropa de pijama, con sus lesiones y la inestabilidad del momento. El jabón aún en su mano, yacía empuñado fuertemente, derritiéndose, mientras ella se deslizaba lentamente por la pared de la cabina y las lágrimas que nuevamente brotaron, se mezclaban con el agua: como si poco a poco saliera a la superficie cada uno de sus males para lograr de un modo u otro, deshacerse de ellos. Lloró en silencio a pesar de que nadie podría escucharla, de forma súbita le llegaron a la mente fragmentos de aquella pesadilla que hace apenas un momento la había acechado: la imagen de ella bañada en sangre de inocentes y con aquella sonrisa vesánica, la atravesó, impactándola de lleno, rompiéndola una vez más. Empezó a pasar frenéticamente el jabón por todo su cuerpo, incluso la cara y el cabello, como si con ello pudiese quitarse toda la suciedad que albergaba de aquel mal sueño y, por ende, depurarse. Ya no era suficiente el pasarlo por encima o debajo de aquella ropa mojada e intentó desnudarse con una rapidez demencial mientras aún lloraba, pero se quedó con las prendas a mitad de camino; detuvo todos sus movimientos y, por unos minutos que parecieron interminables, se quedó bajo el agua, entendiendo que había cuestiones y hechos ya irrefragables. Habían pasado como diez minutos al menos, y se fijó entonces que tenía los dedos de las manos arrugados, así que se dispuso a quitarse la ropa, esta vez con lentitud y hasta el final.

Cuando estuvo completamente desnuda, se fue sosegando de la nada, de a poco, hipó sin importar el ruido que salió de ella y su estado tan decaído fue pasando a la estabilidad con una inverosimilitud escabrosa. Había que ver aquella Annie que ahora parecía tan confiada, cuando hacía un momento era presa de toda ansiedad y tormento. Había que verlo para creerlo. Había que sentirlo para entenderlo.

Avezada a lidiar con sus problemas y solucionarlos por sí misma en la oscuridad del aislamiento, enmendando un corazón que disfrazado de tripas sangraba sin accesorios como cualquier otro en ciertos momentos, Annie lograba hacer aquéllo. Después de todo había estado consigo misma en las verdes, en las maduras y, sobre todo, en las podridas.

Resuelta a volver a sus propósitos, se enjuagó el jabón de todo su cuerpo, con normalidad. Suspiró algo agotada, esta vez de llorar en silencio. Por último, lavó su cabello y lo escurrió para luego hacer lo mismo con la ropa mojada que estaba tirada en el suelo.

Cuando terminó de exprimirla, la colgó en la mampara como había hecho cuando entró, tomó la toalla y empezó a secarse, pensando en que la tarea de unas horas más sería patrullar por los alrededores de la plaza comercial. Salió del cubículo aún desnuda y terminó de secar su cabello para luego ponerse la ropa seca: la ropa interior simple, la misma sudadera de siempre, tan desabrida y gris como ella. Los pantalones ordinarios y las botas de faena.

Finalmente, pasó las manos por su cabello corto y se dijo a sí misma que debía peinarlo y atarlo en cuanto fuese a la habitación a dejar la toalla, porque además de que había olvidado la goma con cual lo recogía; no le gustaba llevarlo suelto a la hora estar en movimiento. Solo se permitía tenerlo suelto cuando estaba sola porque era en esos momentos en que se sentía más cansada de tanta farsa y mandaba a la mierda lo malvivido.

Antes de salir, tomó la ropa mojada y la echó en uno de los cubos de basura que estaban ahí dentro. Nunca podría volverse a poner eso.


—¡Vaya que madrugas! Ni siquiera te vi salir, todo lo que hice fue despertar y ya no estabas —le dijo Hitch al verla.

Mató el tiempo entrenando en las diferentes posiciones y con cada uno de sus movimientos marciales en el patio el resto de las horas hasta que amaneció por completo. Esquivó a los patrulladores nocturnos con tal gracia y maestría que éstos nunca notaron que había un nuevo recluta fuera de la cama.

Si que tenía suerte o, los de la Policía Militar de patrulladores tenían de excelentes lo que ella de habladora, pensó con un sarcasmo adherido a sí misma, que nacía tal vez buscando un modo de sacar tanta ira y tensión dentro de ella.

—Me levanté temprano y salí a entrenar —fue todo lo que le dijo a Hitch, tomando algo de la verdad y poniéndolo de un modo casi auténtico; oscilando entre el engaño y la realidad.

—Y a mí que se me dificulta tanto levantarme temprano, pero en cuanto suena la alarma enseguida me espabilo —comentó Hitch con aires evocadores, más para sí misma que para Annie.

Annie no respondió ni hizo gesto de nada, pero no le quedó duda de que debía ser más avispada de lo que aparentaba y con la suficiente capacidad para realizar labores más duras. Después de todo, para ingresar a la brigada de la Policía Militar tenías que estar clasificado en el ranking de los diez mejores, y obviamente ella había aprobado dentro de los perfiles, porque ahí estaba como evidencia.

—Por eso siempre había que despertarte durante el tiempo de entrenamiento, ¿verdad? —agregó con ironía y matiz de regaño un chico de cabello negro y corte ridículo; redondo, como de tazón, sin nadie haberlo invitado a adentrarse al tema de conversación.

Lo había visto cuando se presentaron para el registro previo que les hacían para poder entrar formalmente a la división. Él estaba delante de Annie, formado en la línea que era atendida por orden de llegada. Pero no recordaba cómo se llamaba, dado que había estado cavilando sobre cómo iba trazar el plan de ahora en adelante y burlar la seguridad de la Legión para cuando fuese el tiempo de llevar a cabo todo: el día de completar la misión. Tendría que moverse como en ocasiones anteriores, por alcantarillas o recurrir a quién sabe qué, según la oportunidad y el momento. Contando con toda la información que acumulara para poder ejecutar tal acción.

En aquello pensaba por ese entonces.

—Cállate, Marlo. ¿Por qué te metes donde no te llaman? —le reprochó Hitch al chico, dejando en evidencia su nombre a oídos de Annie, quien lo miró con un efecto ligeramente hipnotizante. Annie tenía esa capacidad y ni siquiera era consciente de ello, por lo que en muchas ocasiones solía atraer hasta al más engreído o enmudecer a los sórdidos.

Marlo quiso replicarle a Hitch, pero al ver ahora a Annie de frente; directamente a los ojos, solo pudo concebir una oración.

—Soy Marlo Sand. ¿Cómo te llamas?

Le tendió la mano a Annie y ésta, después de unos segundos de haberlo pensado, la aceptó, estrechándola con firmeza.

—Annie Leonhardt —ofreció lacónica, al soltar el nombre también retiró su mano.

Hitch rodó los ojos con cara de aburrimiento.

—Sí, sí, muy bonito todo, pero tenemos que ir al comedor antes que nos llamen a patrullar. Hoy vamos todos los novatos juntos —aludió con pesadez.

Empezaron a caminar, Marlo iba entre ellas; al centro.

—Eres una maleducada, ¿quién fue tu compañero para los turnos de apertura?

—Ella, ridículo, ¿quién más? —señaló Hitch a Annie con su dedo índice como si fuera obvio.

—Ah, es que al mío lo cambiaron —dejó saber él, ignorando completamente adrede el adjetivo por el que lo había calificado ésta.

—¿Por qué? ¿Acaso con apenas dos días y ya se hizo encima? —Inquirió Hitch, evidentemente interesada.

—Ni idea, el tipo que nos asignó como compañeros y también la habitación solo me dijo que lo habían cambiado, detalles no me dio. Aunque ya hay una nueva persona por él.

Mientras los escuchaba hablar, Annie supo que había una especie de amistad entre ellos, a pesar de sus absurdas disputas: puesto que venían de la región norte, después de todo; tenían una relación forjada desde hacía dos años, fuese lo que fuera aquello.

En cierto modo aquel par le hizo recordar a Eren y Jean, tal vez en un plano diferente, pero lo hicieron.

Se le vino a la mente entonces, una imagen grabada tiempo atrás en sangre, sudor y lágrimas; a fuerza de voluntad, por buscar un trato, supuestamente para mejor: el día en que reunieron a todos los niños candidatos a ser guerreros.

Ese día los marcaron como si se tratara de una distinción elegante la que les ofrecían, por encima del estigma de una sangre maléfica para el mundo y, ahí, entre lo mutilado, aún eran los mismos mendigos recibiendo trastadas.

La sucesión de los esclavos.


A su alrededor, entre los edificios de ladrillos rojos y amarillos, los tribunales y templos de cúpulas doradas, se hallaba el mercado más grande y popular en la ciudad de Stohess, en un espacio central lleno de pequeños puestos y toda clase negocios; desde la venta de frutas, hierbas y animales —otros en conversaciones susurradas en clave que daban lugar a una transacción más vulgar y bastante turbia—, pues se llevaba a cabo la venta de personas, quienes trabajarían hasta consumirse.

Los primeros comerciantes en llegar a la plaza fueron unos hombres con un cargamento de alimentos y luego les siguieron personas con artículos de toda clase para abastecer el área, bien temprano como era la costumbre; el que llegaba tarde perdía, tanto en dinero como en poder territorial.

Esa mañana los nuevos soldados de la Policía Militar debían observar y aprender de sus superiores, quienes tenían la responsabilidad de mantener el orden y la equidad en aquel asunto. Sin embargo, como en todo proceder, había quienes actuaban para su propio beneficio, lo que era ya más que común dentro de aquel oficio podrido y sus gajes, pero sobre todo, en aquella rama donde la corrupción era un problema mayor y visto de forma fútil, dado que quienes se oponían a tales hechos no tenían la posición jerárquica ni el apoyo para combatir aquel descontrol interno. Por lo tanto, sus miembros se hacían de la vista gorda porque tenían una familia a la que proteger y alimentar o se unían a la cadena de corrupción, formando un lío de vicios tan común y corriente del cual parecían nunca poder salir.

Cuestiones de plutocracia y menesteres de una sociedad con un sistema corrompido de raíz.

Annie no volvió a intercambiar palabras con Hitch o Marlo debido a que les fue dada una tarea individual: formaron cordón perimetral donde cada quien debía fijarse si los comerciantes y los consumidores se veían envueltos en disputas por la calidad y los precios de algún producto, mientras varios de los superiores hablaban aparte con los dueños de las cargas grandes, consiguiendo una parte del recaudo de impuestos.

Cuánto dinero se embolsillan simplemente para gastarlo en alcohol, peleas y putas, pensó la rubia al fijarse en cada detalle desde la distancia en donde estaba. La gente dentro de Sina vestía mejor que en Rose y María, las casas eran más estilizadas, los conductos de aguas negras y blancas eran de ingeniería superior; las calles no apestaban a mierda o al menos no tanto como en el resto del interior de los otros dos muros, y de hecho, había mejor educación. Pero el precio a pagar para los no tan ricos y aún peor, los que trabajaban para esa clase media y sobre todo la alta, era tan elevado que no tenían desahogo y comodidad para lo mucho que se mataban bregando.

Pero ella sabía que así comía la gente común, así trabajaban para subsistir: viviendo de las migajas, trabajando todo el día y todo el año, siendo la servidumbre porque no tenían más alternativa para contradictoriamente sobrellevar de la única forma que podían, aquella opresión. Tanto humana como social.

Era la misma mierda jodida que vivían en Marley a pesar de la brecha tecnológica y ese antaño modo en que vivían en la isla, los separaban.

Annie notó cómo los vendedores de pequeñas mercancías procedieron a gritar en una especie de canto los precios de esto y aquello, con promesas de rebajas a los primeros transeúntes que ya caminaban por el sitio. Algunos se acercaron por simple curiosidad, otros para sacar cuentas mientras verificaban quién tenía mejores precios y que el estado de los productos fueran acorde a su presupuesto, para finalmente regatear. Y estaban aquellos que esperarían hasta que quedase lo último, que vendían a precio muchísimo más barato e incluso llegaba a dejar de ser comerciable.

Poco a poco la mañana fue transcurriendo y de forma un tanto hastiosa habría acabado de no ser por el incidente que se presentó al final; nadie tuvo que hacer uso del rifle que portaban durante todo el tiempo que permanecieron ahí, eran las doce del mediodía y ya el mayor ajetreo había pasado. La tarde sería el turno de otros que se tendría que despachar.

El sol les estaba dando de lleno, haciéndoles sudar y fatigándolos más.

Como llegaba la hora del almuerzo y los veteranos no iban a renunciar a la puntualidad de su comida, se dio la orden de cambiar la guardia a otros soldados, pero como no daban abasto, solo algunos de los que estaban custodiando la zona les fue culminada la labor. Entre ellos, Annie.

Ella notó a Hitch y a Marlo, que venían desde el otro lado de su puesto, por la cuadra del frente.

Dieron varias zancadas y estaban a punto de formarse con el resto de los que ya estaban libres, cuando de pronto un estrépito sobresaltó a cada uno de los presentes; en el segundo piso de una panadería reventó un disparo.

En cuanto los oficiales pudieron recomponerse de la conmoción, salieron en pos del eco que había dejado el sonido, ordenando a los novatos a quedarse aparte porque no sabrían cómo lidiar con la situación debido a su inexperiencia. No obstante, uno de éstos, el líder de escuadrón, un tal Müller, conociendo el historial de Annie, le hizo una seña; llamándola.

—Leonhardt, vienes con nosotros.

Annie dejó el sitio donde se hallaba parada y los siguió sin rechistar, por el rabillo del ojo vio a la rubia sarcástica; con la cara llena de desconcierto y al moreno con la preocupación dibujada en ella.

No necesitaba que se preocuparan por ella, se dijo. Un mantra y, algo cierto, pero con un aire de subjetividad.

Había un montón de gente corriendo dispersa, otros andaban como locos para ver qué fue lo que había sucedido. Los policías hacían valer su autoridad amenazando y dando órdenes de que cada quien se quedara donde estuviese, despotricando que se quitaran de su camino. Las armas fueron lo que convenció a los civiles.

Diez soldados, Annie incluida, subieron las escaleras hasta llegar al pasillo que llevaba al departamento de donde provino el disparo. Al llegar frente a la puerta, el líder les señaló al resto para echar abajo la puerta. Ésta cedió después de tres patadas por parte de dos hombres.

La escena a continuación fue de lo más denigrante: uno de los sujetos que yacía en el interior del cuarto, agachado, con los pantalones abajo —aún sabiendo que habían derribado la puerta— e intentaba separarle las piernas a una muchacha que llevaba un suéter hecho añicos y la falda arremolinada en la cintura, mientras que su compañero yacía en suelo a poca distancia. Con un agujero en el ojo izquierdo, recostado sobre el charco de su propia sangre y más que muerto.

—No, no; déjame, no me toques. ¡Suéltame!

La chica gritaba al soldado como si no hubiese más nadie, a parte de ellos dos, en la estancia. De pronto, Annie, quien pareció la única en saber qué hacer ante la situación, hizo a un lado a dos compañeros que le estaban obstruyendo el paso y se colocó detrás del tipo, que aún sabiendo que lo habían hallado con las manos en la masa, no hizo amago de sorprenderse y mucho menos de parar su acción.

Annie tomó su rifle y lo puso en la cabeza de éste, quitándole el seguro simultáneamente, para que supiera que iba en serio.

—Quítale tus asquerosas manos de encima antes que te vuele la cabeza.

Y de no ser porque no tenía posición para guardarse completamente sus espaldas en un mundo de poder e imposición como ese, realmente se la habría volado sin avisar.

El sujeto, como saliendo de un trance, giró a noventa grados su cabeza y vio a Annie por el rabillo del ojo, luego se carcajeó y dijo:

—Alguien agarre a esta puta, en cuanto acabe con esta perra, ella será la siguiente.

Después de soltar esas quince palabras, recibió una patada en mitad del rostro, al instante salió impactado hacia a un lado, quedando inconsciente y sin varios dientes. Tal fue la fuerza del golpe.

Fue en ese momento que los oficiales, quienes habían permanecido inmóviles y sin habla, hicieron uso de sus funciones, tanto motoras como de raciocinio, sabiendo entonces qué hacer.

—Sáquenlo sin que lo vean. Debe comparecer ante el tribunal por sus crímenes. ¿Quién es el fallecido? —Demandó Müller.

—Como ordene, señor. El sujeto es David Shneider, del escuadrón de Transacciones y Acuerdos.

—¿Y el otro bastardo?

Lo revisaron y enseguida obtuvo la respuesta.

—Willem Foster, de la misma escuadra.

Annie permaneció inmutable ante lo que decía mientras le acomodaba las ropas a la chica. Por su cara supo lo joven que era, y por sus ojos, que no era la primera vez que intentaban abusar de ella. Sino es que ya lo habrían logrado en otro momento. Era una impresión imposible de no notar.

Sacó un pañuelo y le limpió un poco de sangre que tenía en el rostro, junto con las lágrimas.

El pánico no pudo quitárselo, por lo vivido. Ya no hablaba.

Debía tener un año menos o tal vez hasta la misma edad que ella, supuso. Su cabello era castaño oscuro y tenía los ojos color verde, pero yacían nublados, idos. Varios moretones recorrían su cuerpo.

—¿Qué hacemos con ella, señor? —preguntó un sujeto que parecía más temer por la respuesta, que otra cosa: presumiendo el futuro de aquella pobre desgraciada.

—Probablemente será destinada a la Central, estos asuntos son de su jurisdicción. —Respondió directo y sin ataviar el tema.

Nadie dijo nada, algunos solo asintieron.

Policías de nada, militarismo abusivo.

—Ni una sola mención de esto al resto de los novatos, Leonhardt.

Qué ironía, pensó; porque a esos mismos chicos a los que les estaban ocultando todo aquel hecho, en algún momento tendrían que lidiar con lo mismo, y lo más probable era que ellos no contaran con ningún arma o escudo mental para afrontar tal desafuero e injusticia. Después de todo, en ese campo los estatutos que habían firmado antes de ser oficialmente parte de la Policía Militar no hacían ni la posible mención a tales actos, mucho menos derogarlos. Pero para Annie aquello no era nada nuevo, y no por ello más agradable, sin embargo.

—Entendido. —Anunció la palabra, creyendo en la virtud que la hipocresía le brindaba. Sobre todo, ante hechos y situaciones como ese.

Fue entonces cuando Annie miró en derredor; notando por primera vez en el interior del lugar y reparando en los detalles y los objetos: los muebles, el piso, las paredes, los jarrones con plantas cuyas flores en sus puntas emanaban un olor dulzón, pero fugaz. Los colores, llenos de matices y sombreados.

Los retratos familiares, donde yacía una familia compuesta por dos padres y tres hijos. Tenían sonrisas de verdad y miradas con brillo a pesar de que posar debió ser cansino.

El artista los retrató con verdadero realismo, notó al reconocer a la muchacha en éste.

Annie pensó, como cada vez que se introducía en su mente, no reflexionando, sino más bien lidiando con la realidad mundana; que en un instante se vivía y al otro se moría. Y supo que no los dejaría mancillar más a aquella chica lo que le quedaba de tiempo, disfrazando sus porquerías de munificencia, porque la vida ya se la habían hecho pedazos lo suficiente como para ser objeto de apariencias a favor del bien de quienes la habían desgraciado de tal modo.

Tal vez lo hizo porque nadie tuvo ese particular gesto hacia ella, aunque solo fuese la lástima lo que impulsase a ello. Después de todo, eran ese tipo de emociones las que tendían a cambiar los rumbos de las cosas sin determinado decanto ante miles de criterios.


«El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer, nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia: pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que no pueda ocultar la basura de la memoria». —El libro de los abrazos, Eduardo Galeano.


NOTA

Annie siempre ha sido de mis personajes favoritos, pero sin yo saberlo se apropió de un importante lugar para sí sola. Esta parte habla del abuso hacia no solo a ella, sino también hacia quienes la rodean, inclusive hace implícitamente referencia a Ymir (la primigenia).

Presten atención a los mínimos detalles, hasta lo que parece erróneo tiene un significado.