Ocean eyes —Billie Eilish.


«Estaba en la encrucijada de dos caminos igualmente anchos y rectos y ya no supo por cuál de los cuatros debía seguir, cuál era el que llevaba. Una repentina ausencia de sí mismo lo había dejado ya a la merced de la selva fascinante... Eligió al azar, abandonándose a la tremenda delicia con que acababa de rozarlo el temor de extraviarse». —Canaima, Rómulo Gallegos.


Los misterios del auxilio, la fuerza del dolor I

Annie dirigió su mirada a la parte más recóndita del bosque aún con la certeza de que haber escogido eso, había sido lo mejor; que asesinar a la joven que estuvo a punto de ser sexualmente violada, sería mejor que lo que tenían preparado para ella los tipos de la Policía Militar: hacerla desaparecer sin ningún reparo bajo la mano de la Central.

Así lo pensó, así se imaginó aquel episodio. Pero la mente humana era una máquina imperfecta, voluble como el propio ser. Brotaba hasta el infinito y explotaba con necedad. Era parte de la vida.

Estaba tan harta de sesgar vidas inocentes a diestra y siniestra, que perdonó la de aquella muchacha más por sí misma que por haber sentido lástima por ella: no fue una acción del todo abnegada, claro estaba. Era una forma de no hundirse más, de rebelarse para sobrevivir.

No obstante, Annie era incapaz de admitir que, aun así, la había impulsado la compasión. Prefería utilizar la palabra «lástima» para no estar proclive al arrepentimiento de esa decisión. Pero la piedad que le mostró fue sincera y, sobre todo, buena. No esperaba nada de esa chica a cambio.

Una decisión que podía o no, influenciar en sus asuntos. Y tanto como estaba consciente, le hizo frente con un plan que le guardase la espalda al momento de dejarla libre de aquellos oficiales, al menos en lo que a distancia se refiere, ya que la intención que tenía era retirarla de la ciudad y por ende del homónimo distrito.

Sacó a la muchacha en la madrugada, ante una ciudad dormida y bajo la vigilancia de centinelas de buena fama. Sabía que si quería hacerlo debía ser antes de que todo pasara a manos de la Policía Militar Central, no tenía ganas de encontrarse nuevamente con ese sujeto cortagargantas que una vez la había descubierto mientras lo espiaba; no pasaría desapercibida y podría estropear con ese hecho todo lo que ella y sus compañeros hasta ahora habían logrado.

Fue llamada a declarar sobre los hechos de forma discreta, sin embargo, esto no fue obstáculo para que Hitch, con su desapercibida agudeza ante la mayoría de las personas, le preguntara por ello. Había una cosa con aquella chica que intentaba cubrirse ante el mundo bajo una máscara de coquetería y chocancia, que Annie, aunque un poco fastidiada por su constante parloteo sobre chicos y maquillaje, supo comprender durante esos días. Le costó bastante mantenerla a raya sobre el hecho, con su original forma de contar mentiras; diciendo un poco de verdad con episodios nunca ocurridos. Hitch era más perspicaz de lo que la gente creía, simplemente actuaba como mejor le convenía.

¿Quién más que Annie para haberse dado cuenta y no hacerlo notar? Varias mujeres tenían la peculiaridad de entreverse en ellas mismas como un espejo de material distinto, con una sagacidad y hasta cruel indiferencia para no terminar hechas pedazos. Y entonces la máscara se les adhería, quedando impregnadas de facetas entre lo de afuera y lo de adentro.

No obstante, la situación que le atañía iba más allá de esos temas.

Y aún quedaba un asunto importante, ¿qué rayos le iban a decir a la familia de esa muchacha? No sería su problema y no es que le quitara el sueño, pero sí le inquietaba porque sabía perfectamente lo que era vivir una vida llena de mentiras y la miserable realidad que nunca olvidaría. Tal vez porque ella comprendía en verdad el modo de ese hecho; familiares perdidos en aquel mundo, un reflector de mezcolanzas y perversidades.

No pudo hacer más que dejar de darle vueltas al asunto. Hace tiempo que había abandonado la inocencia para asumir un rol mucho mayor y totalmente oscuro.

Como el resto de sus compañeros guerreros, ella no tuvo tiempo de ser niña. De jugar o vivir como una. Las preocupaciones de su padre —o el militar que estuviese a su cargo— pasaban a ser las suyas. Sin embargo, sabía de sobra cuáles eran los indicios de uno. Y cada vez que escuchaba a Marlo, no podía evocar otra palabra en su mente: ingenuidad.

Lo que mayormente era el rasgo que emanaba de un mocoso según los razonamientos de algunos. Por sus vivencias Annie no lo veía de ese modo, al menos no del todo. No obstante, y de acuerdo a su parecer, sí lo aplicaba a la inexperiencia del muchacho con todo lo relativo a la crudeza, no por el hecho de ser joven; existían niños que habían vivido más experiencias en su corta vida que algunos ancianos. Ella sabía lo que era ser prejuzgado en un mundo belicoso como aquel, donde tenías que apañártelas para poder sobrevivir. Era demasiado subjetivo verlo de esa forma cuando un guerrero (lo mismo que un soldado) debía ser objetivo al juzgar las acciones y los hechos a su alrededor para no poner en riesgo su posición estratégica ni la misión, sí, pero ella sin ninguna índole de pretexto lo podría etiquetar así, no tenía necesidad de inventar. Lo más cercano a ello sería que él tenía esperanzas de cambiar el pútrido sistema en que se movían, que Marlo tenía fe. Todo lo contrario que ella, quien no creía en nada.

Le recordaba demasiado a él.

Pero ya que el mundo los consideraba el apóstrofe de la raza humana, la prudencia era más un protocolo de sí misma que un total descaro de su conducta. Después de todo, Annie era complicadamente intensa e inexpugnable para el resto de las personas. Todo en lo que a ella respecta estaba encerrado en unos muros mil veces más gruesos que los de esa isla y tan jodidos como la realidad del mundo.

Incluso la verdadera historia de su madre muerta y que su padre, quien no era su padre biológico, entraba en esos muros.

De modo que, para ella, la vicisitud en cuanto al poder que rezumaba su sangre no era posible, las adversidades que se habían desarrollado hasta llegar a la población del presente eran más patentes que algún otro hecho afortunado, ahí estaban las evidencias: vivían odiándose a sí mismos en aquel conflicto. Y sus hilos eran una fuerte conexión que dejaba muy claro que no importaba cuánto corriese, al final seguían jalándola con tal fuerza que terminaban agrietándola para no dejarla escapar. Realmente nunca les habían dado otra opción.

Y ella estaba dispuesta a ello con tal de lograrlo: de agrietarse hasta que estuviera hecho, aunque significara romperse los miembros. Quería dejar de ser una herramienta con miles de recuerdos o simplemente para existir un poco más de tiempo.

Para que los ingenuos sueños dejaran obtenerse a través de las tramposas pesadillas.

Para regresar, para vivir.


Dos semanas transcurrieron con variedades de hechos, entre ellos, que le había tocado recabar información de forma bastante dificultosa; saliendo de madrugada a realizar pesquisas e infiltrarse en terreno legionario e intercambiar información con sus compañeros. En lo que se refiere a información, no se puede decir que le fuera mal, pero en cuanto a intercambiarla, eso ya era otra cosa.

Si de por sí ya había sido extremadamente difícil poder adentrarse en aquel territorio, no solo por los kilómetros y kilómetros de distancia que había que recorrer desde Stohess hasta allá de ida y vuelta, el asunto de poder llevar a cabo un encuentro era otro factor riesgoso que había que considerar.

Y para lograr algo había que arriesgarse en mayor medida.

Había sido muy precisa a la hora de trazar un plan, la cuestión no era simplemente el recorrido y todo el esfuerzo físico que ello le supondría, sino cómo encontrarse con Reiner y Bertholdt sin que nadie los viese. Porque parecía muy fácil a la hora de darle fundamento al plan, pero no era seguro que las cosas fueran a salir tal cual, lo sabía por experiencia.

Más allá de ver al tipo ese, Levi, acostándose con una rubia perteneciente a su escuadrón y luego, haber escuchado información de la boca de otros oficiales durante la media noche, tenía que arreglárselas para sacar partido de ello y concebir una idea sin precipitarse a los sucesos: primero, que si esos dos tenían sus encuentros tan tarde y con regularidad, podría ubicar a Reiner y a Bertholdt en una próxima vez. Sin embargo, debía hallar la forma de deshacerse del resto con quien compartían habitación. Segundo, confirmar que lo que habían dicho aquellos sujetos sobre la próxima exploración a campo abierto fuese más que una consideración. Lógicamente todavía le estarían dando algunos ajustes, pero tal vez ya estaba aprobado. La verdad es que era complicado armar aquel rompecabezas con tantas esquirlas como piezas de éste.

Se quedó un poco más, esperando si todavía podría tener alguna oportunidad de verse con el rubio y el moreno, pero después de una media hora en que solo pudo saber cuál era la estancia que les habían asignado y que, era donde también estaban el resto de sus «compañeros» en la misma, a excepción de las chicas y Eren. Supo que era todo lo que iba a compaginar por esa noche.

Saltó de árbol que daba a la ventana donde éstos dormían y se montó en su caballo, aunque portaba el equipo de maniobras tridimensional, era más factible utilizar el equino debido a que en el trayecto de regreso había llanuras donde no había ni un solo árbol a los alrededores. De esa forma también había llegado.

Guio al animal del modo más ágil y silencioso que pudo hasta salir disparada cuando ya no hubo manera de estar en peligro de ser descubierta. Espoleó con fuerza, consciente de que debía llegar a tiempo para poder dormir al menos una hora, pero sería inútil; conseguiría llegar a tiempo, pero no para dormir.


—Dios, te ves fatal —comentó Hitch al verla—. ¿Es que no pudiste dormir bien o qué?

—Algo así —susurró, su rostro lleno de cansancio.

Annie terminó de bajar los últimos escalones y se posicionó al lado de uno de sus compañeros, un chico de cabello castaño claro del cuál no recordaba su nombre.

—Me cago en la puta, ¿cuánto demonios más no harán esperar aquí? Hasta Annie ya ha bajado y aún seguimos esperando como unos imbéciles.

Algunos rieron por lo bajo y otros no dijeron nada: por temor o porque no les daba la gana.

Annie ni siquiera miró por el rabillo de ojo al otro quien hizo el comentario; estaba más allá de tres compañeros a su lado, de hecho, internamente sonrió: tenía razón.

Marlo la miró con un poco de escepticismo y disimulo; se preguntaba por qué podría verse tan cansada si el día anterior habían terminado sus tareas temprano. Bueno, tal vez era cierto que no había podido dormir bien, ese lugar era en efecto, estresante.

Annie, por su parte mantuvo sus pensamientos en los días que ya llevaba dentro de la Policía Militar: a diez días de cumplirse un mes y aún no tenía ninguna información pertinente a los planes de la Legión de Reconocimiento más allá de lo que había dejado saber Erwin Smith el día en que los cadetes graduados habían escogido a uno de los tres cuerpos militares. Todo lo que había estado investigando se hallaba baja el más profundo misterio.

Mas, vaya trabajo el que estaba desarrollando. Básicamente no tenía descanso; al principio se levantaba demasiado temprano por insomnio o pesadillas, ahora era que tenía tantas cosas por hacer que si acaso podía dormir medianamente bien.

Por eso es que ahora entre sus compañeros se corría el rumor de que era una dormilona; porque debido al cansancio acumulado aprovechaba al máximo hasta los mínimos minutos de descanso o simple y llanamente llegaba con el tiempo justo.

—Oye, Annie —la llamó Hitch, en susurros.

—¿Hm?

—¿Es que te estás viendo con un chico o qué?

—Aún no.

—¿Qué significa eso?

—Lo que sea.

—Rayos, eres más rara de lo que pensaba.

—Cállate, Hitch. Ahí viene el líder de escuadrón —interfirió Marlo.

—Bueno, al fin. Ya me estaba convirtiendo en una planta aquí. Y deja de escuchar conversaciones ajenas, idiota.

A esas alturas solo Marlo no se daba cuenta de la atracción que sentía Hitch hacia él, era un chico bastante tonto en esos asuntos. Pero era el tipo de persona que no ponía a las mujeres nerviosas en un mal sentido: las trataba como iguales y aunque se quedara viéndolas no era de un modo desagradable.

En cuanto llegó su superior se acabó la charla, ese bastardo siempre estaba mirándolas como si fuesen un pedazo de carne que en cualquier momento se quería comer. A algunas de las chicas parecía no importarle o trataban verlo con humor, pero la verdad era que aquel tipo de escrutinio las ponía incómodas. Más cuando aquella atmósfera de cacería estaba llena de depredadores de todo tipo.

Tendría que jugar bien sus cartas.

Annie se dijo entonces que le esperaba otro desvelo inminente.


En su mayoría, las academias militares solían —o querían— enseñarles a los soldados mil y un argumentos por los que morir en el campo de batalla, por qué causa sacrificarse. Annie lo vivió tanto dentro como fuera de los muros de Paradis, y no era la única. Pero un soldado que ha vivido en carne propia la pérdida de seres queridos y ha visto en primera fila los horrores de la guerra, no tenía que atender a ese llamado por una obligación con el Gobierno y mucho menos por seguir la doctrina. Las personas que han visto cara a cara a la muerte y sentido el golpe su estocada no necesitaban que otros le dijeran o diesen razones para inmolarse; ellos ya llevaban la suyas. Ataduras del tiempo, grilletes ensangrentados.

El equipo de los guerreros pasó no solo por lo mismo, sino que se les impuso más allá de eso: no les dejaban más opción. Y ellos mataban a su propio pueblo porque eran simples peones con algo que proteger, probando el dolor de traicionar y ser traicionados aun cuando se cuestionaran o no, los conceptos de sus acciones. El odio no aportaba nada bueno para el mundo, todo lo contrario; accionaba un ciclo que parecía nunca tener fin, como si se quedara atrapado dentro de un bucle infinito. Ninguna guerra podía excusarse, pero nada parecía detener el desenlace de una.

Familiares, amigos, compañeros. Patria y paz. ¿Qué era todo esto? Estaba más allá de las palabras el poder describirlos. Todo envuelto en sentimientos profundos y órganos mutilados.

Y ahí estaban ellos otra vez, como ejemplo directo: jugando a ser soldados. Eran como perros maltratados e instruidos, pensaba Annie, y eso tomando en cuenta que ella no era patriótica, era solo un ser humano manejada por un yugo.

Annie había interceptado a Reiner y a Bertholdt poco después de la media noche. Ella había dejado el caballo en el sector más oscuro, de forma sensata. Notó a través de la ventana que no había luces provenientes de alguna lámpara en el dormitorio que ocupaban, luego ellos salieron por una ventana como si de alguna forma se hubiesen puesto de acuerdo para verse. Ahora los tres se hallaban en la parte trasera de una de las torres, había centinelas de turno monitorizando parte del área, pero era ya principio de la madrugada y algunos estaban despiertos solo por inercia.

Los tres estaban vestidos de civil, porque atraía menos sospechas y les daba más accesibilidad para adentrarse en cualquier situación. No fue por casualidad o planeado, solo lógico.

—¿Cómo supiste dónde encontrarnos? —ese era Reiner, con una ceja enarcada.

—He venido antes y he comprobado dónde estaban asignados.

—Has tardado mucho, por varios días pensé que no lo lograrías —lo dijo de un modo acusador.

Claro, porque fue facilísimo, pensó ella con molestia: tener que dormir poco, aguantarse las miradas lascivas que le daban varios de los soldados (con o sin disimulo) y hacer como si nada. Tener que ver en primera fila toda la podredumbre que escondían esos malnacidos, ¿y Reiner le venía con esa mierda?

—Basta, Reiner —lo frenó Bertholdt, comprobando que no hubiese nadie a su alrededor y también por Annie. Él sabía que ella debió esforzarse mucho para estar ahí, tampoco es que ellos hubiesen tenido las cosas fáciles, por eso comprendía.

Comenzar a discutir en una situación así sería los más estúpido, después de todo. Annie no les dijo lo que había tenido que hacer para lograr aquel encuentro, mucho menos le importaba lo que creyese Reiner.

—¿Cuándo y por qué ruta parten? —inquirió directa.

—El primer día del mes que entra, desde Karanese, como anteriormente se sabía. No tenemos en realidad todos los detalles de la expedición, de hecho, el comandante Erwin Smith ha mantenido la información bastante limitada —respondió Reiner—. Nos han hecho estudiar los sitios, pero hasta ahora lo más seguro es que ésta se dirige a abrir paso por el lugar que está entre dentro y fuera de los muros, ya que es para recuperar la zona que abarca María y así poder llegar hacia el sótano que está en la casa de Eren. Aunque si bien esta expedición es solo un ensayo, la práctica lo hace una exploración real.

Todo en un código, lo único seguro era lo de sus intenciones en recuperar María y eso era una información que ya estaba divulgada.

—Eso no me dice nada.

—No concretamente, lo sé.

—Lo más probable es que sea entre María y Rose o zonas aledañas donde la formación comience, quieren decir.

—Exacto.

—Bertholdt —Annie se dirigió a él.

—¿Sí?

—¿Tienes algún mapa territorio-geográfico?

—De hecho, no nos permiten tenerlos, al menos no ahora mismo —le explicó Bertholdt, normalmente él se las ingeniaba para hallar ese tipo de información.

—Eso no es funcional para una expedición —precisó Reiner, mirándolos a ambos.

Claro, porque los legionarios se encargaban de armar una estrategia en base a datos territoriales y estudiaban la geografía que se hallaba en ésta para lograr el objetivo. Y para lograrlo, se suponía que a todos debían mostrárselos, para así coordinar el trabajo en equipo. O al menos eso era lo que ellos habían entendido.

Aunque todos los reclutas habían estado estudiando la formación, aprendiendo las señales y todo el modo de equitación que ejecutaba la Legión en sus métodos, el asunto no concordaba por completo. Aunque no cualquiera lo notaba a la primera.

—Esto es por lo que pasó antes, con los titanes que tenían a su cargo —razonó Bertholdt.

—Evitan que se filtre información —le siguió Annie.

—De acuerdo a los mapas es que podremos llevar esto a cabo, así que debemos conseguir uno —dejó claro Reiner.

Annie sabía que en Stohess tenían muchos de éstos, así que no sería problema obtener uno para repasar los terrenos, lo difícil sería decodificar aquel sistema y coartar su falta para ese día.

—¿Algo importante respecto a Eren? —la verdad es que cualquier detalle era muy importante y Annie no quería desperdiciar datos. Obtener la Coordenada era crucial para regresar, después de todo ya habían perdido a uno de los titanes cambiantes con que habían salido y el mejor miembro para liderar. No era estúpida como para no saber de antemano que eso no le haría las cosas más fáciles si llegaban a volver a Marley con las manos vacías.

Iban solos al infierno y sin garantías de salir.

De pronto, un ruido vino desde los arbustos, al lado de los establos: era un tipo orinando, medio dormido, pero en cuanto se girase, los vería. Chicos afuera y a esa hora espabilaba a cualquiera, así que ellos presintieron lo que pasaría. Y Annie no pertenecía a ahí, por lo tanto, levantaría sospechas si alguien más la viese.

—Mierda, viene para acá, pero creo aún no nos ha visto bien —notó Reiner.

—¿Es alguien importante? —quiso saber Annie.

—Un líder de escuadrón, ¿te parece poco? —Reiner siempre era el primero en irse fuera de sus cabales.

—Bueno, entonces escucha y haz lo que te digo: besa a Bertholdt que yo me escondo detrás de los árboles.

Los chicos se quedaron paralizados y la miraron como si estuviese loca. Tal vez lo estaba, pensó Reiner. Annie estaba fuera de las reglas y la liga convencional. Ella los miró dándoles a entender que se les agotaba el tiempo, pronto vieron lo cerca que ya venía el sujeto y en un abrir y cerrar de ojos, Annie había empujado a Reiner hacia los árboles detrás de ellos y luego se aproximó a Bertholdt.

—Sígueme la corriente —le susurró al muchacho.

Él no entendió nada, la verdad sea dicha. Estaba tan nervioso por tenerla tan cerca que las manos le temblaban.

La diferencia de tamaño era irrisoria.

Annie, sin vacilar, jaló a Bertholdt de la camisa y se puso de puntillas para llegar un poco a su altura. Pero la verdad es que Bertholdt tuvo que agacharse para poder amoldarse a sus curvas y su pequeña estatura, aunque no sabía dónde poner sus manos, o si debía o no tocarla. Al final, éste las apoyó ligeramente en su cintura.

No era justo. Él nunca pudo dejar de mirarla y ahora lo terminaba de hipnotizar con aquellos ojos azules.

La respiración de ambos se entremezclaba, el corazón de Bertholdt latía desbocado, las palmas de las manos le sudaban. Sus narices ya se rozaban, sus labios se encontraron a mitad de camino.

La caricia fue tímida, apenas si fue un beso, ninguno de los dos había cerrado los ojos. Annie a consciencia, Bertholdt por naturalidad. Fatal y al mismo tiempo asombroso.

Sin embargo, Annie le dijo algo a Bertholdt que éste no entendió y en una segunda vez, volvió a unir sus labios, ahora abriendo un poco la boca, de forma que atrapó su labio inferior para luego él imitar la técnica.

Y esta vez sí habían cerrado los ojos.

Las caricias eran en práctica, novatas, pero para ellos satisfactoria. Aunque en diferentes sentidos.

—Oigan, nuevos, mejor váyanse a sus dormitorios si quieren coger. Saben que está prohibido andar a los alrededores del cuartel a estas horas si no es para montar guardia —escucharon ambos, a poca distancia de ellos.

Annie se retiró y vio al tipo alejarse, mientras se le escuchaba hablar de toda la gente que se vivía encontrando mientras se liaban.

Justo lo que ella había pensado.

Bertholdt parecía estar todavía en shock, con las mejillas arreboladas, mientras que Annie actuaba como si no hubiese pasado gran cosa, pero en cierta medida también fue un hecho que le hizo sentir diferente, y no de mala manera.

Vaya improvisamiento aquel.

—Bueno, eso fue una distracción muy inteligente, Annie —salió Reiner, sus palabras eran mitad serias mitad burla.

Ella resopló.

—Ustedes no me dejaron opción.

—¿Y que me vieran besando a Bertholdt? —se indignó él.

—No son ni serían los primeros y últimos hombres en hacerlo —argumentó la rubia con todo el peso de la verdad.

—Estás demente —fue lo único que pudo decir Reiner porque no tenía con qué refutar.

Bertholdt salió de su estupor, no es que no tuviese nada qué decir o preguntar, es que no sabía cómo comportarse. Era lindo en realidad. Un inocente con las manos manchadas, cargando con el estigma de un pueblo sobre su espalda y las ataduras de una raza.

—Tengo que irme ya —y con eso quiso decir: «así que, si tienen algo que agregar, ahora es el momento», Annie miró a Reiner con fastidio y le dio una ligera mirada inquisidora a Bertholdt.

—Eren no sabe manipular bien al titán aún, pero está trabajando en ello.

Ella asintió y se dirigió hacia su caballo.

Bertholdt la miraba como si quisiera decirle algo, pero era un manojo de nervios, temeroso a su rechazo. Finalmente se sacó el suéter que llevaba puesto y se lo tendió a Annie, quedando solo con una camisa blanca de mangas largas. Ella lo recibió en silencio, a pesar de que llevaba su sudadera habitual estaba haciendo mucho frío y su camino no sería corto. Asintió en forma de agradecimiento, se lo puso y se subió al caballo, el animal hizo un ruido nasal y se preparó para marchar.

Justo antes de partir Annie escuchó a Reiner decirle a Bertholdt:

—Ya con ver al comandante en su despacho con el capitán Levi haciendo sus cochinadas tenía suficiente material por esta semana. Ahora también me toca almacenar tu momento cursi.

Y Annie sonrió, sabiendo que Reiner se mentía a sí mismo de tantas formas. Sobre todo, en sus gustos y preferencias, parecía ir por la vida dispuesto a aceptar ser alguien más con tal que lo aceptaran.

En aquel entonces ya no eran los niños inexpertos que llegaron a rastras pidiendo salvación a gritos, pero el fallo estaba ahí, latente, listo para accionarse en el momento indicado. Y no por un destino, sino por los hechos que seguían su curso.


Annie volvió mucho más temprano que la vez anterior y consiguió dormir algo, sin embargo, se habría levantado tarde de no ser por Hitch, quien le había hecho el favor de despertarla para decirle que se apurara porque tenían que ir de guardia a primera hora, luego le echó en cara que murmuraba cosas sin sentido mientras dormía.

Ella la miró, impávida, pero internamente sobresaltada.

—¿Qué dije? —le preguntó con desgana.

—Que querías un marido rico y acomodarte la nariz, qué sé yo, no se te entendía nada —masculló mordaz.

Annie casi le sonrió, casi. No perdió más tiempo y se alistó para ir a empezar su trabajo.

Ese día los turnos no fueron tan pesados, pero las bibliotecas no estaban solas, y si bien en algunos despachos era probable hallar un mapa, Annie estuvo muy escéptica a la hora de llevar a cabo el asunto. Los oficiales estaban más laboriosos y diligentes de lo normal, y se podía percatar una sensación hostil en el ambiente. Ella se preguntó a qué se debería.

Sin embargo, al día siguiente Annie pudo entenderlo; mientras hacía su patrullaje en la zona de los edificios en la avenida donde estaban los departamentos de Administración e Información y delegaciones gubernamentales, fue donde escuchó sobre dos asuntos.

El primero: que había varios soldados vendiendo armas a algunos civiles, cosa que por su puesto era ilegal, pero ese no era realmente el único problema, sino que estaban armando a esa gente y los oficiales del alto mando eran conscientes de que sus riñas con la comunidad —debido a todos sus malos haberes— no eran algo para dejar pasar. ¿Durante cuánto tiempo se estuvo cocinando aquello bajo sus narices y cuánto sería el armamento que tenían reunido? Tenía su gravedad, pero podía resolverse enviando a un «nuevo intermediario» si jugaban bien sus cartas, pensó ella. Inteligencia debía estar moviéndose para propiciar un enlace, sino es que ya mismo estaban en ello. El tema no era para tomarlo a la ligera.

El segundo: la Policía Militar estaba en contra de una suma de dinero bastante gorda que se le había dado a Legión para llevar a cabo su próxima expedición. Las rencillas entre ambas divisiones eran más que notable, después de todo, la policía no quería aflojar fácilmente el botín con que se daban lujos y placeres, y menos con aquellos que los dejaban en ridículo y osaban a llevarles la contraria cada vez que podían. Si bien la Legión no era lo bastante popular entre los civiles porque muchos opinaban que solo se gastaban el dinero recaudado de los impuestos para misiones que podían darles más información sobre los titanes y recuperar territorios, hechos que mayormente terminaban en fracasos, mucho menos lo era la Policía Militar que robaba descaradamente y hacían lo que le daba la gana solo porque trabajaban directamente para el rey. El pueblo los despreciaba más que a cualquier otro cuerpo militar. Y la jerarquía en ese ámbito era lo que regía todo; segregaba, perseguía y acababa.

En ese aspecto la religión y la política se asemejaban tanto: empezaban aprovechándose de las necesidades o esperanzas de un miserable y de ahí en adelante seguían socavando hasta destruirlo para lograr obtener un títere.

Ahora, ambos asuntos le convenían de cierta manera. La información era un arma poderosa.

De doble filo, sin embargo; dependía de su veracidad y uso.


«En esa fe, fugitiva, creo. Me resulta la única fe digna de confianza, por lo mucho que se parece al bicho humano, jodido pero sagrado, y a la loca aventura de vivir en el mundo». —El libro de los abrazos, Eduardo Galeano.


NOTA

En este capítulo he querido darle un poco de felicidad a Bertholdt; que no se fuese sin al menos haber experimentado algo positivo, porque su muerte fue de las más desesperantes en el manga, además de dolida para mí. En cuanto a Annie, trato de mostrar su lado más humano a lo largo del fanfic, como han podido notar; que no es ni perfecta ni está exenta de equivocarse. Reiner no se queda atrás a pesar de que no he profundizado mucho sobre él en esta parte, solo he dejado indicios. Y sí, lo de Levi es a propósito, me gustaría trabajar sobre ese tipo de tramas en un futuro no muy lejano, ya que me encantan.

Muchísimas gracias a quienes se toman el tiempo de comentar.