Enséñame tu Corazón


4| CREER


Despierta, Hinata. Tu delincuente psicópata está jugando con cuchillos.

Hinata se despertó de inmediato al escuchar la voz de Kiba en su cabeza.

—¿Qué? —preguntó en voz alta antes de darse cuenta. Se sentó en la cama.

Vio en su mente la imagen que le enviaba Kiba. Naruto estaba en la cocina, rebuscando en el cajón donde guardaba los cubiertos. Sacó un enorme cuchillo de carnicero cuyo filo probó con el pulgar. Hinata frunció el ceño por el gesto.

¿Qué estaba haciendo?

Dejó el cuchillo a un lado y siguió buscando entre los restantes.

Kiba gruñó.

—Cállate, Scooby —masculló Naruto. Le lanzó a Kiba una mirada feroz y viciosa que rezumaba más veneno que un criadero de serpientes—. ¿Te he dicho que me encanta el estofado de perro? Tienes suficiente carne como para que me dures una semana.

Kiba avanzó.

¡Quieto! —exclamó Hinata en la cabeza de su compañero.

Vamos, Hinata. Deja que le muerda. Solo una vez.

No, Kiba. Quieto.

Lo hizo, pero muy a regañadientes. Retrocedió sin apartar los ojos de Naruto, que estaba sacando un pequeño cuchillo para pelar. Volvió a comprobar la hoja, con la vista clavada en Kiba. Hinata percibió un brillo en esos ojos azules que indicaba que el Cazador estaba considerando muy seriamente usar el cuchillo en su compañero.

A la postre, devolvió el cuchillo de carnicero al cajón y regresó a la salita con el cuchillo pequeño.

La perplejidad de Hinata aumentó al ver que Naruto se acercaba a la pila de leña que había junto a la chimenea y cogía un trozo de madera bastante grande. Se lo llevó con él al sofá, donde se sentó.

Sin prestarle atención a Kiba, que lo siguió en todo momento hasta sentarse a escasa distancia de sus pies, Naruto comenzó a tallar la madera.

Hinata se quedó paralizada por lo sorprendente de sus acciones.

El hombre permaneció sentado en completo silencio durante un buen rato mientras trabajaba en la madera. Aunque lo que más sorpresa le causó, además de ese comportamiento silencioso y paciente, fue el modo en que iba cobrando forma el lobo que estaba tallando. En muy poco tiempo pasó de ser un trozo de madera a una imagen muy parecida a Kiba.

Incluso Kiba había ladeado la cabeza para observarlo.

Las manos de Naruto movían el cuchillo sobre la madera con una agilidad que denotaba experiencia. Solo se detenía de tanto en tanto para mirar a Kiba y comparar la talla con el original.

Era un artista con un enorme talento, que parecía estar totalmente fuera de lugar con lo que Hinata sabía de él. Intrigada, se descubrió levantándose de la cama para regresar a la sala de estar. Al moverse, rompió su conexión mental con Kiba. Andar siempre provocaba el mismo efecto. Solo podía utilizar la vista del lobo cuando estaba quieta.

Naruto levantó la vista al sentir una leve corriente de aire a su espalda.

Se detuvo cuando sus ojos se posaron sobre Hinata y la mujer le robó el aliento. Ya que no estaba acostumbrado a compartir una casa con gente, no estaba seguro de si debía saludarla o permanecer callado.

Optó por mirarla sin más.

Era tan femenina y hermosa... como Fûka, salvo por ese halo de vulnerabilidad del que Fûka carecía. Fûka poseía una lengua viperina que podía rivalizar con la suya, y los años como madre soltera la habían convertido en una persona de lo más borde. En ese sentido Hinata era distinta. Tenía esa aura de increíble dulzura que llevaría a ciertas personas a abusar y a aprovecharse de ella.

Esa idea le provocó un repentino ramalazo de furia.

Hinata se adentró en la estancia y se encaminó en línea recta hacia la otomana que Naruto había movido poco antes.

Su primer impulso fue dejarla donde estaba y que la chica se cayera, pero la apartó de su camino justo a tiempo. No tropezó con la otomana, pero en cambio chocó contra él, lo que provocó que soltara el cuchillo.

Naruto siseó cuando el afilado borde de la hoja le hizo un profundo corte en la mano.

—¿Naruto?

Sin darse por aludido, regresó a toda prisa a la cocina para curar la palpitante herida y así no manchar de sangre el parquet y las costosas alfombras. Dejó caer el cuchillo en el fregadero con una maldición y abrió el grifo para limpiarlo.

Hinata lo siguió a la cocina.

—¿Naruto? ¿Pasa algo?

—No —masculló mientras se lavaba la sangre de la mano. Hizo una mueca cuando vio la profundidad del corte. Si fuera humano, necesitaría puntos.

Ella se puso a su lado.

—Huelo a sangre. ¿Estás herido?

Antes de que se diera cuenta de sus intenciones, Hinata le cogió la mano para palparle la herida. Su tacto resultó tan ligero como una pluma mientras le tocaba el corte con sumo cuidado, y aun así la sensación de su mano lo abrumó. Era como si alguien lo hubiera golpeado en el estómago con un mazo.

Estaba tan cerca de él que solo tendría que inclinarse para besarla.

Para saborear su cuello.

Su sangre...

Ninguna otra mujer lo había tentado de esa manera. Por primera vez en su vida quería saborear los labios de alguien. Tomarle el rostro entre las manos y devorar su boca con la lengua.

¿Qué se sentiría al ser abrazado...?

¿Qué carajos me pasa?, pensó.

No era la clase de hombre que alguien quisiera abrazar y además él tampoco lo deseaba. En absoluto. Solo quería...

—Es profundo —dijo ella en voz baja, hechizándolo un poco más con el sonido de su voz.

Naruto bajó la vista, pero en lugar de su mano, lo único que sus ojos vieron fue el profundo escote que dejaba al descubierto su jersey de pico. Solo tendría que mover la mano unos centímetros para esconderla entre esas suaves curvas. Para apartar el jersey a un lado y así poder rodear uno de sus pechos con la mano.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.

Naruto parpadeó para ahuyentar la imagen que había hecho que su entrepierna comenzara a palpitar dolorosamente, como si reclamara satisfacción.

—Nada.

—¿Es que no conoces otra palabra?

Lo miró con una mueca reprobatoria mientras le sostenía la mano y sacaba un bote de agua oxigenada del armarito que había sobre el fregadero. A Naruto le sorprendió que ella supiera qué bote era, pero claro, todo parecía estar colocado en el armarito con sumo cuidado y deliberación.

Siseó de nuevo cuando le roció la herida con el líquido. La frialdad del agua oxigenada escocía tanto como el desinfectante. A pesar de todo, estaba atónito por lo solícito de sus acciones, por la ternura de la mano femenina que sostenía la suya.

Buscó a tientas el paño de cocina que había junto al fregadero. En cuanto lo encontró, lo enrolló alrededor de su mano.

—Mantenla en alto. Llamaré a un médico...

—No —replicó con sequedad, interrumpiéndola—. Nada de médicos.

—Pero estás herido.

—Créeme, no es nada.

Hinata se percató del tono de su voz cuando lo dijo. Deseó más que nunca poder verlo mientras hablaba.

—¿Te cortaste porque tropecé contigo?

No respondió.

Hinata intentó captar su presencia con sus sentidos, pero no encontró nada. Era incapaz de saber si estaba con ella o si se encontraba completamente sola. Sus sentidos jamás le habían fallado con anterioridad. Era escalofriante carecer de la habilidad para «sentirlo».

—¿Naruto?

—¿Qué?

El sonido de esa voz profunda y con un ligero acento que sonó tan cerca de su oído le hizo dar un respingo.

—No has contestado a mi pregunta.

—Sí, y ¿qué? Como si te importara cómo me corté... Su voz se fue apagando, como si se estuviera alejando de ella.

Kiba, ¿dónde está?

Ha vuelto a la salita.

Escuchó que el lobo gruñía en el pasillo.

—Lo mismo te digo —refunfuñó Naruto—. ¿Sabes? —dijo más alto—, he oído que los perros viven más si se los castra. Y que también son más amigables.

Claro, ¿por qué no te castramos y vemos si también se aplica a ti, hijo de...?

¡Kiba!

¿Qué? Es insoportable. Y no soy un perro.

Hinata recorrió el pasillo para darle unas palmaditas en la cabeza.

Lo sé.

Naruto no hizo caso del lobo y de la mujer mientras se acercaba a la ventana y descorría las cortinas. Pasaban pocos minutos de la una de la madrugada y la tormenta seguía siendo tan violenta como antes.

Joder. Nunca conseguiría salir de allí. Solo esperaba que el tiempo mejorara lo bastante como para poder volver a su bosque. Sin duda alguna, los escuderos, Shikamaru y Kakuzu lo estarían esperando en su cabaña, pero tenía varios escondrijos seguros que ninguno conocía. Lugares en los que conseguiría armas y provisiones.

Claro que antes tenía que llegar a su propiedad.

—¿Naruto?

Dejó escapar un suspiro irritado.

—¿Qué? —rezongó.

—No uses ese tono conmigo —replicó ella con un deje tan cortante que le hizo enarcar una ceja por su audacia—. Me gusta saber dónde está la gente en mi casa. Pórtate bien o te obligaré a llevar un cascabel.

Naruto sintió el extraño impulso de reír. Pero la risa y él eran desconocidos.

—Me gustaría ver cómo lo intentas.

—¿Siempre eres tan gruñón o es que te has levantado con el pie izquierdo?

—Así es como soy, nena, ve acostumbrándote.

La chica se acercó hasta quedar pegada a él y Naruto tuvo la impresión de que lo hizo a propósito para molestarlo.

—¿Qué pasa si no quiero acostumbrarme?

Se giró para mirarla a la cara.

—No me presiones, princesa.

—¡Oh, qué miedo! —exclamó con un tono en absoluto impresionado—. Y ahora empezarás a hablar como el Increíble Hulk. «No hagas que me enfade. No te gustaría verme enfadado.» —Miró con expresión altanera en su dirección—. No me asusta, don Naruto. Así que ya puedes dejar esa actitud en la puerta y portarte bien mientras estás aquí.

Naruto no podía dar crédito a sus oídos. Nadie en los últimos dos mil años lo había despachado con tanta facilidad, y le cabreaba que ella se atreviera a hacerlo en ese momento. Le traía a la memoria malos recuerdos de gente que le había dado la espalda. Gente que no le había demostrado la menor consideración.

El primer juramento que se hizo como Cazador Oscuro fue que jamás intentaría ganarse el respeto o la amabilidad de los demás. El miedo era una herramienta mucho más poderosa.

La acorraló contra una pared.

El pánico se apoderó de Hinata cuando sintió que él la acorralaba y que la pared le cortaba la retirada. No tenía adonde huir. No podía respirar. No podía moverse. Era demasiado grande, demasiado fuerte.

Sus instintos solo lo percibían a él. La rodeaba con un halo de poder y de peligro. Con la promesa de unos instintos letales. Sabía que estaba intentando asustarla. Y lo estaba logrando a la perfección. No la tocaba; aunque, claro, tampoco le hacía falta. Su mera presencia era aterradora.

Oscura. Peligrosa.

Letal.

Lo sintió inclinarse para hablarle al oído con voz airada.

—Si quieres a alguien que se porte bien, nena, juega con tu puto perro. Avísame cuando estés lista para jugar con un hombre.

Antes de que pudiera replicarle, Kiba atacó.

Naruto se apartó tambaleándose de ella con una maldición mientras el aire que la rodeaba se agitaba con los frenéticos movimientos de Kiba.

Se encogió de forma instintiva y contuvo el aliento mientras escuchaba el fragor de la lucha entre el lobo y el hombre. Se esforzó por ver, pero lo único que la rodeaba era la oscuridad y unos sobrecogedores ruidos.

—¡Kiba! —gritó, deseando poder ver lo que sucedía entre ellos. Lo único que escuchaba era una mezcla de siseos, gruñidos y maldiciones.

Y entonces algo sólido se estampó contra la pared, a su lado.

Kiba ladró.

Aterrada por lo que Naruto podría haberle hecho a su compañero, Hinata se arrodilló en el suelo y avanzó a tientas hasta donde se encontraba el lobo, tendido junto a la chimenea.

—¿Kiba? —Le pasó una temblorosa mano por la piel en busca de heridas.

El lobo no se movió.

Su corazón se detuvo y el pánico se apoderó de ella. Si algo le había sucedido a Kiba, ¡mataría a Naruto con sus propias manos!

Por favor, por favor, que esté bien, rogó.

—¿Kiba? —Lo apretó contra su cuerpo e intentó contactar con él mentalmente.

Lo mataré. Juro que lo mataré.

Hinata se echó a temblar por el alivio al sentir la furia de Kiba. ¡Gracias a Zeus que estaba vivo!

Naruto se quitó el jersey destrozado y lo usó para taponar la sangre que le manaba del brazo, del cuello y del hombro, allí donde el chucho le había desgarrado la piel con las garras y los dientes.

Apenas era capaz de contener su furia. No lo habían herido tanto en el transcurso de una hora desde el día que murió. Con un gruñido, clavó la vista en la piel inflamada. Odiaba que lo hirieran. Tuvo que echar mano de todas sus fuerzas para no regresar a la salita y asegurarse de que ese puñetero animal jamás atacaba a otro ser vivo en la vida.

Quería sangre. Sangre lobuna.

Aunque, ya que estaba, quería sangre humana. Un sorbito de nada para aplacar su furia y recordarle lo que era. Tan solo saborearla una vez...

Hinata entró en el cuarto de baño y se dio de bruces con él.

Naruto soltó un gruñido ante la cálida sensación que le provocó el encontronazo con ese cuerpo.

Sin decir ni una palabra, la chica lo apartó del lavabo y se agachó para sacar un botiquín.

—Podrías haber dicho «lo siento».

—No me hablo contigo —masculló ella.

—Yo también te quiero, nena.

Hinata se quedó helada al escuchar su sarcasmo y lanzó una mirada furibunda en su dirección.

—No cabe duda de que eres un animal, ¿verdad?

El comentario le hizo apretar los dientes. Así era como todo el mundo lo había considerado siempre. Y ya era demasiado viejo para cambiar sus hábitos.

—Guau, guau.

Tras soltar un resoplido, ella comenzó a alejarse, pero se detuvo. Se giró de nuevo hacia él y le dijo con voz desabrida:

—Te voy a decir una cosa: no tengo ni idea de dónde vienes ni tampoco me importa. Nada te da derecho a herir a los demás o a Kiba. Solo estaba protegiéndome, mientras que tú... no eres más que un matón.

Naruto se quedó muy quieto mientras que una serie de horrendas y crueles imágenes pasaban por su cabeza. La imagen de su aldea en llamas. Los cuerpos desperdigados por todas partes. Los apagados gritos de la gente. La ira que le inundaba el corazón y que clamaba sangre...

Hizo una mueca cuando el dolor lo atravesó. Odiaba los recuerdos casi tanto como se odiaba a sí mismo.

—Algún día alguien te enseñará algo de educación.

Hinata se giró y regresó a la salita.

—Sí —replicó él con una mueca en los labios—. Ve a cuidar de tu perro, princesa. Te necesita.

Él, en cambio, no necesitaba a nadie. Nunca lo había hecho. Con esa idea en mente, se dirigió a la habitación en la que había despertado. Con tormenta o sin ella, ya era hora de marcharse.

Se puso el abrigo sobre el torso desnudo y lo abotonó. Los disparos lo habían dejado hecho un desastre y el agujero le dejaría la espalda, aún sin curar, expuesta a las inclemencias del tiempo. Que así fuera. Como si corriera peligro de congelarse hasta morir... La inmortalidad tenía ciertas ventajas.

El agujero solo haría que una suave brisa le recorriera la espalda hasta que pudiera encontrar otra ropa.

Después de vestirse, se encaminó a la puerta e hizo todo lo que estuvo en su mano para no fijarse en Hinata, de rodillas delante del cálido fuego mientras calmaba y consolaba a su mascota al tiempo que curaba sus heridas.

El cuadro le encogió el estómago de una manera que jamás habría creído posible. Sí, ya era hora de que se largara de una puta vez.

Se marcha.

Hinata se sobresaltó al escuchar a Kiba en su cabeza.

¿Qué quieres decir con eso de que se marcha?

Está justo detrás de ti, vestido, y va hacia la puerta.

—¿Naruto?

Su única respuesta fue el portazo que dio al salir.

Naruto se quedó helado al otro lado de la puerta. Literal y figuradamente. El azote del viento era tan brutal que le robó el aliento e hizo que se estremeciera de arriba abajo. Hacía tanto frío que apenas se podía mover. La nieve caía deprisa y con tal profusión que no veía más allá de un palmo de su nariz. Incluso las gafas se le habían congelado.

Ninguna persona en su sano juicio saldría esa noche. Así pues, era una suerte que él estuviera loco.

Apretó los dientes y se encaminó hacia el norte. Joder, iba a ser una larga y miserable caminata de vuelta a casa. Su única esperanza era la de encontrarse con algún tipo de refugio antes de que amaneciera. En caso contrario, Artemisa y Hamura serían dos dioses muy felices en pocas horas y el bueno de Jiraya tendría un quebradero menos de cabeza en su vida.

—¿Naruto?

Maldijo cuando escuchó la voz de Hinata por encima del aullido del viento.

No respondas, se dijo.

No mires.

Pero fue superior a sus fuerzas. Echó la vista atrás antes de que pudiera evitarlo, y así fue como la vio salir de la cabaña sin abrigo.

—¡Naruto! —Tropezó en la nieve y cayó.

Déjala. Debería haberse quedado en el interior, donde estaba a salvo, se dijo.

No podía.

Estaba indefensa, sola y no podía dejarla allí fuera para que muriese.

Mascullando una maldición tan fuerte que le habría puesto los pelos de punta a un marinero, acudió a su lado. La levantó sin muchos miramientos y la empujó hacia la casa.

—Entra antes de que te congeles.

—Y tú ¿qué?

—¿Qué pasa conmigo?

—Tampoco puedes quedarte aquí fuera.

—Créeme, princesa, he dormido en peores condiciones.

—Morirás aquí fuera.

—No me importa.

—Pues a mí sí.

Naruto se habría sorprendido menos si lo hubiera abofeteado. Al menos eso sí se lo habría esperado. Fue incapaz de moverse durante un minuto, mientras esas palabras resonaban en sus oídos. La idea de que a alguien le preocupara si vivía o moría le era tan extraña que no estaba seguro de cómo responder.

—Vuelve dentro —masculló al tiempo que la instaba a atravesar la puerta con delicadeza.

El lobo le gruñó.

—Cállate, Kiba —lo amonestó ella antes de que Naruto pudiera hacerlo —. Si te oigo una vez más, serás tú el que acabe fuera.

El lobo olisqueó el aire con indignación, como si la comprendiera, antes de dirigirse a la parte posterior de la casa.

Naruto cerró la puerta mientras Hinata temblaba de frío. La nieve se había derretido y la había empapado de inmediato. Él también estaba empapado, aunque no le importaba mucho. Estaba acostumbrado al malestar físico.

Ella no.

—¿En qué estabas pensando? —le gritó al tiempo que la obligaba a sentarse en el sofá.

—No te atrevas a usar ese tono de voz conmigo.

Así que se dirigió refunfuñando al cuarto de baño, donde cogió una toalla de un estante y después entró en el dormitorio de Hinata en busca de una manta.

Regresó al sofá.

—Estás empapada.

—Ya me he dado cuenta.

Hinata se vio sorprendida por la repentina e inesperada calidez de una manta que la cubría, sobre todo después de las furiosas palabras de él, que no habían hecho sino tacharla de idiota por salir en su busca.

Naruto la envolvió por completo antes de arrodillarse delante de ella. Le quitó las zapatillas de piel y le frotó los pies ateridos hasta que comenzó a sentir algo más que la dolorosa quemazón del frío.

Jamás había experimentado un frío semejante y se preguntaba cuántas veces lo habría padecido él sin nadie que lo ayudara a entrar en calor.

—Eso ha sido una estupidez —le dijo con rudeza.

—Y tú, ¿por qué lo hiciste?

No respondió. En cambio, le soltó el pie y se puso detrás de ella.

Hinata no supo lo que iba a hacer hasta que sintió que una toalla le cubría la cabeza. Se tensó a la espera de una demostración de rudeza.

No fue así. De hecho, sus manos se mostraron increíblemente delicadas mientras le secaba el cabello con la toalla.

Qué extraño... ¿Quién habría pensado que haría semejante despliegue de ternura? Era del todo inesperado. Tal vez hubiera más de lo que saltaba a la vista...

Naruto rechinó los dientes al sentir la suavidad de ese cabello húmedo en sus manos. Intentó mantener la toalla entre el pelo y las manos todo el tiempo, pero sin éxito. Los mechones de cabello le rozaban la piel una y otra vez, haciéndolo arder.

¿Qué se sentiría al besar a una mujer?

¿Qué se sentiría al besarla a ella?

Jamás había sentido semejante inclinación con anterioridad. Cada vez que una mujer lo había intentado, había apartado sus labios. Era una intimidad que no tenía deseos de experimentar con nadie.

Y sin embargo sentía el anhelo en esos momentos. Sentía un terrible deseo de saborear los húmedos labios rosados de Hinata.

¿Qué te pasa? ¿Estás loco?, se preguntó.

Sí, lo estaba.

En su vida no había cabida para una mujer, no había cabida para un amigo o un compañero. Desde su llegada al mundo había aprendido que solo tenía un destino: la soledad.

Ni siquiera tuvo éxito cuando intentó encajar. Era un intruso. Siempre lo había sido.

Apartó la toalla de su cabello y la observó, deseando deslizar las manos por esos húmedos mechones para peinarlos. Su piel aún estaba descolorida por el frío. Pero no había perdido su encanto. Ni su atractivo.

Antes de que pudiera evitarlo, colocó la palma de la mano contra su helada mejilla y dejó que la suavidad de la piel femenina lo atravesara. Por los dioses, qué agradable era el mero hecho de tocarla.

Hinata no se apartó ni se sobresaltó. Se quedó sentada y dejó que la tocara como un hombre. Como un amante...

—¿Naruto? —Su voz estaba cargada de incertidumbre.

—Estás helada —gruñó antes de retirar la mano. Tenía que apartarse de ella y de los extraños sentimientos que despertaba en su interior. No quería estar cerca de esa mujer.

No quería que lo domesticaran. Siempre que se había permitido establecer lazos con un humano, había acabado traicionado. Siempre.

Incluso Shikamaru, que había parecido seguro porque vivía tan lejos. Sintió una dolorosa punzada en la espalda, un recuerdo de la herida. Al parecer el vaquero no había vivido lo suficientemente lejos.

Naruto miró por la ventana de la cocina y comprobó que la nieve seguía cayendo. Tarde o temprano, Hinata se dormiría y él aprovecharía para marcharse.

Entonces no podría detenerlo.

Hinata hizo ademán de seguirlo, pero se detuvo. Quería saber lo que iba a hacer. Lo que pretendía.

Kiba, ¿qué está haciendo?

Se quedó muy quieta y utilizó la vista de Kiba. Naruto se estaba desabrochando el abrigo. Contuvo el aliento al ver su torso desnudo. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron cuando se quitó el abrigo y lo dejó en el respaldo de la silla.

Era un hombre impresionante. Su espalda, bronceada y desnuda, así como sus amplios hombros eran toda una tentación. Una delicia. Sin embargo, le resultó mucho más sorprendente comprobar las penosas condiciones en las que se encontraban su brazo y hombro derechos debido al ataque de Kiba.

El resultado hizo que Hinata jadeara. Naruto, por su parte, no parecía afectado en absoluto por sus horrendas heridas. Seguía a lo suyo como si nada hubiera pasado.

¿Tengo que ver esto? —gimoteó Kiba en su cabeza—. Voy a quedarme ciego por mirar a un hombre desnudo.

No vas a quedarte ciego y no está desnudo. —Por desgracia, pensó.

Hinata se sorprendió un poco por esa idea tan inusual en ella. Jamás había espiado a un hombre, pero se descubrió hipnotizada por Naruto.

Sí que voy a quedarme ciego y desde luego que está desnudo. Al menos lo bastante como para hacerme vomitar.

Kiba hizo ademán de abandonar la cocina.

Kiba, quédate.

No soy un perro, Hinata, y ese tono imperioso no surte efecto conmigo. Me quedo contigo porque quiero, no porque tú me lo ordenes.

Lo sé, Kiba. Lo siento. Quédate por mí, por favor.

Con un gruñido que recordaba mucho a los de Naruto, el lobo regresó a la cocina y se sentó para observarlo.

El Cazador no prestó atención a Kiba mientras se movía por la cocina en busca de algo.

Hinata frunció el ceño cuando lo vio sacar un pequeño cazo. Cuando se acercó al frigorífico y reparó en el estilizado dragón que llevaba tatuado en la base de la espalda se quedó sin aliento. Y justo por encima estaba la horrenda herida, allí donde le habían disparado.

Una inesperada oleada de conmiseración de apoderó de ella. Por primera vez en mucho tiempo sentía verdadera pena por alguien. La herida parecía horrible y muy dolorosa.

Naruto se movía como si apenas la sintiera. Sacó la leche y la enorme tableta de chocolate Hershey que ella había comprado por impulso. Echó la leche en el cazo y comenzó a añadir trocitos de chocolate.

Qué raro. Había estado a punto de arrancarle la cabeza de un mordisco, la había intimidado, después la había atendido y por último le estaba preparando chocolate caliente...

No es para ti —le dijo el lobo.

Cállate, Kiba.

No es para ti. ¿Te apuestas algo a que intenta envenenarme con el chocolate?

Pues no te lo bebas.

Naruto se giró y miró a Kiba con una mueca siniestra.

—Oye, Lassie, ¿no te apetece ir a buscar a Timmy al pozo? Vamos, chica, incluso te abriré la puerta y te daré una galletita.

Oye, Cazador majara, ¿no te apetece que te clave los dientes en el...?

¡Kiba!

No puedo evitarlo. Me fastidia. Muchísimo.

Naruto miró los cuencos para el agua y la comida que Hinata había colocado en una pequeña bandeja a unos diez centímetros del suelo para Kiba.

El lobo enseñó los dientes.

Mi comida no. Si envenenas mi comida, te juro que te arranco el pellejo a mordiscos.

Por favor, Kiba...

Naruto se acercó a los cuencos de acero inoxidable.

Te lo dije, Hinata, este cabrón va a envenenarme. Va a escupir en mi agua o hacer algo peor.

Naruto hizo lo que menos se esperaban. Se agachó, recogió el cuenco de agua que estaba casi vacío, lo enjuagó en el fregadero y lo llenó de nuevo antes de volver a colocarlo en la bandeja con mucho cuidado.

Hinata no estaba segura de quién estaba más asombrado por sus actos: Kiba o ella misma.

El lobo se acercó al agua y la olisqueó con recelo.

Naruto regresó al fregadero y se lavó las manos. En cuanto el chocolate estuvo listo, lo vertió en una taza y se la ofreció a Hinata.

—Toma —le dijo, con ese tono hostil y brusco tan normal en él. Le cogió la mano y se la llevó a la taza.

—¿Qué es? —preguntó ella.

—Arsénico con vómito.

Ella hizo una mueca de asco ante la idea.

—¿De verdad? Y has conseguido vomitar sin hacer el menor ruido... ¿Quién lo habría dicho? Gracias. Nunca he probado el vómito. Estoy segura de que tiene incluso denominación de origen.

En fin... eso de que Naruto tuviera un lado dulce y amable...

—Bébetelo o déjalo —rezongó—. No me importa.

Hinata escuchó cómo volvía a abandonar la estancia.

Sostuvo la taza. A pesar de que lo había visto hacer el chocolate a través de los ojos de Kiba y de que sabía que no le había echado nada raro, seguía sintiéndose algo reacia a probarlo después de ese comentario tan chocante.

Te está observando —le dijo Kiba.

Hinata ladeó la cabeza muy despacio.

¿Qué cara tiene?

Como si te estuviera retando a que lo probaras.

Hinata contuvo el aliento mientras meditaba qué hacer. ¿Era una prueba? ¿Le estaba pidiendo que confiara en él?

Inspiró hondo y bebió el chocolate, que estaba a la temperatura perfecta y riquísimo.

El despliegue de valentía asombró a Naruto. De manera que había pasado de su baladronada para confiar en él. Por su parte, jamás habría bebido algo que un extraño le ofreciera, y le sorprendía mucho que ella lo hubiera hecho.

Sintió un vacilante respeto hacia ella. Tenía que reconocer que la mujer tenía agallas. Aunque a la postre las agallas no servían de mucho y solo conseguirían que acabara muerta si Kakuzu los encontraba antes de que tuviera la oportunidad de marcharse.

Sus ojos se ensombrecieron al recordar al demonio, daimon o lo que quiera que fuese que habían enviado para matarlo. Durante todo ese tiempo, los Cazadores Oscuros habían asumido que Jiraya era el sabueso que Artemisa utilizaba para rastrear y matar a los Cazadores Oscuros renegados.

Todos los hombres que conocían la verdad se encontraban en ese momento recorriendo el mundo como Sombras. Entes sin alma y sin cuerpo capaces de sentir hambre y sed pero a los que jamás se les permitiría saciar su ansia.

Podían sentir y percibir el mundo, pero nadie podía sentirlos ni percibirlos a ellos.

Comprendía esa existencia. Durante los veintiséis años que había vivido como mortal, él había sido una Sombra. Solo que por aquel entonces era preferible un mundo que no supiera de su existencia. Porque cada vez que la gente se percataba de su presencia, se empeñaban en aumentar su sufrimiento en lugar de dejarlo tranquilo.

Se empeñaban en herirlo y humillarlo en lugar de dejarlo tranquilo.

La rabia comenzó a correr por sus venas a medida que su mirada se endurecía una vez más. Observó la inmaculada cabaña en la que todos los detalles mostraban la riqueza de Hinata.

Durante su existencia humana, una mujer como ella le habría escupido a la cara por el simple hecho de haber osado cruzarse en su camino. Habría estado tan por debajo de ella que le habrían dado una paliza por atreverse siquiera a mirarla a la cara.

Mirarla a los ojos habría significado su muerte.

«—¿Os molesta este esclavo, señora?»

Dio un respingo cuando su mente comenzó a recordar. Con doce años había sido lo bastante estúpido como para hacer caso a sus hermanos cuando le señalaron a una mujer que estaba en el mercado.

«—Es tu madre, esclavo. ¿No lo sabías? Nuestro tío la liberó el año pasado.

»—¿Por qué no te acercas a ella, Naruto? Tal vez se apiade de ti y consiga que también te liberen.»

Demasiado joven y demasiado estúpido para comprender la realidad, se había quedado mirando a la mujer que le indicaban. Tenía el pelo rubio como el suyo y unos maravillosos ojos azules. Jamás había visto a su madre. Jamás le habían dicho que fuera tan hermosa.

Claro que en su corazón siempre había sido más hermosa que Venus. La había imaginado como una esclava, al igual que él, a quien no le había quedado más remedio que acatar las órdenes de su amo. Había creado todo un sueño de cómo lo habían arrancado de sus brazos al nacer. De cómo había llorado para que se lo devolvieran.

De cómo había llorado todos los días por su hijo perdido. Mientras tanto, a él lo habían entregado a su despiadado padre, que lo había mantenido lejos de sus maternales brazos por venganza.

Naruto estaba seguro de que lo amaba. Todas las madres amaban a sus hijos. Ese era el motivo de que no lo quisieran las demás esclavas. Guardaban todas sus comidas y su cariño para sus hijos. Pero esa mujer... Ella era suya. Y lo amaría.

Naruto corrió hacia ella y la abrazó mientras le explicaba quién era él y cuánto la amaba. Pero no recibió una cálida bienvenida. Ni cariño maternal. Su madre lo miró con una expresión desalmada de asco y horror. Sus labios adoptaron un rictus cruel cuando le siseó:

«—Le pagué a esa puta mucho dinero para que murieras.»

Sus hermanos se rieron de él.

El rechazo lo dejó demasiado destrozado como para moverse o respirar. Saber que su madre le había pagado a otra esclava para matarlo resultó devastador.

Cuando un soldado se acercó para preguntar si la estaba molestando, ella respondió con frialdad:

«—Este esclavo despreciable me ha tocado. Quiero que lo azoten.»

Aun dos mil años después, aquellas palabras reverberaban por todo su cuerpo. Al igual que la despiadada expresión de su rostro cuando se dio la vuelta y lo dejó en manos de los soldados, que acataron su orden con perversa satisfacción.

«—Eres despreciable, esclavo. No vales para nada. Ni siquiera mereces las migajas que te mantienen con vida. Si tenemos suerte, tal vez mueras y nos ahorres las raciones de invierno para usarlas con un esclavo que valga algo.»

Naruto gruñó cuando los recuerdos se apoderaron de él. Incapaz de lidiar con el dolor que le causaban, liberó sus poderes. Todas las bombillas de la salita se hicieron añicos, el fuego se avivó en la chimenea y a punto estuvo de quemar a Kiba, que se había tumbado justo delante. Los cuadros se cayeron de las paredes.

Lo único que quería era que el dolor cesara...

Hinata gritó cuando sus oídos se vieron asaltados por una confusa mezcla de sonidos.

Kiba, ¿qué pasa?

El cabrón ha intentado matarme.

¿Cómo?

Ha lanzado una bola de fuego desde la chimenea a mis cuartos traseros. Joder, tengo la piel chamuscada. Le está dando un ataque o algo y está usando sus poderes.

—¿Naruto?

La cabaña se sacudía con tal fiereza que Hinata temía que se hiciera añicos.

—¡Naruto!

Se hizo un silencio sepulcral.

Lo único que Hinata escuchaba eran los atronadores latidos de su corazón.

¿Qué está pasando? —le preguntó a Kiba.

No lo sé. El fuego se ha apagado y no veo nada. Está todo oscuro. Ha reventado las bombillas.

—¿Naruto? —lo llamó de nuevo.

Y siguió sin obtener respuesta. El pánico que sentía se triplicó. Bien podría matarla y ni Kiba ni ella lo verían acercarse. Podía hacerle cualquier cosa.

—¿Por qué me salvaste?

Hinata dio un respingo al escuchar su voz justo junto a la oreja. Estaba junto a ella en el sofá, tan cerca que podía sentir su cálido aliento sobre la piel.

—Porque estabas herido.

—¿Cómo supiste que estaba herido?

—No lo supe hasta que te metí en la casa. Yo... creí que estabas borracho.

—Solo un completo idiota metería a un extraño en su casa cuando se es ciego y se vive solo. Y a mí no me pareces una idiota.

Hinata tragó saliva. Era mucho más astuto de lo que había asumido. Y muchísimo más terrorífico.

—¿Por qué estoy aquí? —exigió saber.

—Ya te lo he dicho.

Empujó el sofá con tanta fuerza que lo desplazó varios centímetros. Después se colocó delante de ella, aplastándola contra los cojines.

Haciéndola temblar por su temible presencia.

—¿Cómo me metiste en la casa?

—Te arrastré.

—¿Sola?

—Por supuesto.

—No me pareces lo bastante fuerte.

El pánico la hizo jadear. ¿Adónde quería llegar? ¿Qué pretendía hacerle?

—Soy más fuerte de lo que parezco.

—Demuéstramelo.

Le cogió las muñecas.

Hinata forcejó varios segundos.

—Suéltame.

—¿Por qué? ¿Te doy asco?

Kiba gruñó. Con fuerza.

Ella dejó de forcejear y fulminó con la mirada el lugar donde esperaba que estuviese su cara.

—Naruto —dijo con firmeza—, me estás haciendo daño. Suéltame.

Para su total asombro, así lo hizo. Se apartó un poco, aunque su furiosa presencia seguía siendo tangible. Opresiva. Aterradora.

—Haz algo inteligente, princesa —le gruñó al oído—. Mantente alejada de mí.

Hinata oyó cómo se alejaba de ella.

Es culpable —masculló Kiba—. Dicta sentencia, Hinata.

No podía. Todavía no. A pesar de que Naruto la asustaba. A pesar de que en ese momento pareciera desequilibrado y aterrador. A decir verdad, no le había hecho daño. Solo la había asustado y ese no era motivo suficiente para que alguien muriera.

Después del episodio, comprendía cómo podía haber estallado una noche y matado a todos los habitantes del pueblo cuyo cuidado le habían confiado.

¿Estallaría de la misma forma con ella?

Dado que era inmortal, no podría matarla, pero sí podría hacerle daño. Una jueza menos experimentada se dejaría llevar y dictaría un fallo basándose solo en los actos de esa noche. Ella misma estaba tentada, pero no lo haría. Todavía no.

¿Estás bien? —preguntó Kiba después de que hiciera caso omiso a su orden.

.

Pero estaba mintiendo y presentía que Kiba lo sabía. Naruto la aterraba como nadie lo había hecho jamás. A lo largo de los siglos, había juzgado a innumerables hombres y mujeres. Asesinos, traidores, blasfemos. Todo lo habido y por haber.

Aunque ninguno la había asustado. Ninguno le había hecho desear salir corriendo en busca de la protección de sus hermanas.

Naruto sí.

Había algo en él claramente perturbador. Estaba acostumbrada a tratar con gente que intentaba esconder su locura. Hombres que fingían ser caballeros andantes cuando en realidad eran fríos y crueles.

Naruto había estallado y aun así no le había hecho daño. Al menos de momento. Pero sus tácticas de matón tenían que desaparecer. Recordó las palabras que Jiraya le había dicho:

«No se ve bien sino con el corazón...».

¿Qué había en el corazón de Naruto?

Dejó escapar un largo suspiro y liberó sus sentidos para intentar localizar a Naruto. Al igual que antes, no pudo encontrar ni rastro. Era como si estuviera tan acostumbrado a esconderse que ningún radar recogía su señal. Ni siquiera uno tan agudizado como el suyo.

¿Dónde está? —le preguntó a Kiba.

Creo que en su habitación.

¿Dónde estás tú?

Kiba se sentó a sus pies.

Artemisa tiene razón. Por el bien de la humanidad, debería morir. Está claro que le falta un tornillo de los gordos.

Hinata le acarició las orejas mientras lo pensaba.

No sé. Jiraya hizo un trato con Artemisa para que yo juzgara a Naruto. No lo habría hecho por nada. Solo un tonto hace tratos con Artemisa por nada. Y Jiraya dista mucho de serlo. Tiene que haber un atisbo de bondad en Naruto o...

Jiraya siempre se sacrifica por sus hombres. Es lo que da sentido a su vida... —se burló Kiba.

Tal vez...

Pero ella no se dejaba engañar. Jiraya siempre haría lo que fuese mejor para todos los implicados. Jamás había interferido con anterioridad a la hora de juzgar o ejecutar a un Cazador Oscuro renegado, y sin embargo había pedido en persona que ella juzgara a ese...

No había permitido que asesinaran a Naruto novecientos años atrás por destruir su pueblo y matar a humanos inocentes.

Si de verdad Naruto supusiera un peligro, Jiraya jamás habría negociado para conseguir un juicio ni habría permitido que el Cazador Oscuro viviera. Allí había algo más.

Tenía que creer a Jiraya. Tenía que hacerlo.

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Continuará...