Enséñame tu Corazón


5| INSTINTO O RAZON


Naruto estaba sentado en su dormitorio, contemplando a través de las cortinas descorridas cómo caía la nieve. Estaba en la mecedora, pero no se movía. Después de que se le «fundieran los plomos», había recorrido toda la casa reemplazando bombillas y recogiendo los cuadros rotos. En ese momento reinaba un extraño silencio.

Tenía que salir de allí antes de que volviera a estallar. ¿Por qué no amainaba la tormenta?

La luz del pasillo se encendió, cegándolo un instante. El hecho lo dejó perplejo. ¿Por qué utilizaba esa mujer luces si era ciega?

La escuchó recorrer el pasillo en dirección a la salita. Una parte de sí mismo quería unirse a ella, hablar con ella. Pero la charla insustancial jamás había sido lo suyo. No tenía ni idea de cómo conversar. Nadie se había mostrado nunca interesado en lo que él tuviera que decir.

De manera que permanecía callado y hasta el momento le había ido perfectamente.

—¿Kiba?

El sonido de su melodiosa voz lo atravesó como si de una esquirla se tratara.

—Siéntate aquí mientras enciendo el fuego otra vez.

Estuvo a punto de levantarse para ayudarla, pero se obligó a quedarse sentado. Sus días como sirviente de los ricos habían terminado. Si quería fuego, era tan capaz de hacerlo como él mismo.

Claro que él podía ver para prender la leña y sus manos estaban más que acostumbradas al trabajo duro. Las de ella eran suaves. Delicadas. Manos frágiles que podían calmar...

Antes de darse cuenta, iba camino de la salita.

La encontró arrodillada frente a la chimenea, intentando apilar más troncos en el hogar de hierro. Se afanaba en la tarea al tiempo que hacía lo imposible por no quemarse en el proceso.

Naruto la apartó sin decir una palabra.

Ella jadeó, asustada.

—Quítate de en medio —rezongó Naruto.

—No estaba en medio. Estoy donde tengo que estar.

Cuando se negó a moverse, la levantó y la dejó caer en el sillón verde oscuro.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó ella con expresión sorprendida.

—Nada. —Naruto regresó a la chimenea y encendió el fuego—. Con todo el dinero que tienes, no puedo creer que no tengas a nadie que te ayude.

—No necesito que nadie me ayude.

Naruto se detuvo al escuchar su réplica.

—¿No? ¿Cómo te mueves por aquí tú solita?

—Me las apaño. No soporto que la gente me trate como si fuera una inútil. Da la casualidad de que soy tan capaz como cualquier otro.

—Impresionante, princesa... —Pero sintió que lo inundaba otra oleada de respeto hacia ella. En el mundo donde él había crecido, las mujeres como ella jamás hacían nada por sí solas. Compraban a gente como él para que atendieran todos y cada uno de sus caprichos.

—¿Por qué te empeñas en llamarme «princesa»?

—Es lo que eres, ¿no? La princesita adorada de tus padres.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—No hay más que verte. Eres una de esas personas que jamás ha tenido una sola preocupación en la vida. Siempre has conseguido todo lo que se te ha antojado.

—No todo.

—¿No? Y ¿qué es lo que te falta?

—La vista.

Naruto guardó silencio mientras esas palabras resonaban en sus oídos.

—Sí, estar ciego es un asco.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé de buena tinta.

—¿Eras ciego? —preguntó Hinata.

Naruto no contestó. No podía creer que se le hubiera escapado ese detalle. Era algo de lo que nunca había hablado, ni siquiera con Shikamaru.

Solo Jiraya lo sabía y era de agradecer que hubiera guardado el secreto.

Poco dispuesto a hacer esa noche una nueva visita a su pasado y al dolor que allí lo aguardaba, salió de la salita y volvió a su habitación, donde cerró la puerta con pestillo para poder esperar con tranquilidad que la tormenta amainara.

Al menos estando solo no tendría que preocuparse por la posibilidad de traicionarse o de herir a alguien. Sin embargo, mientras tomaba asiento en la mecedora, no fueron las imágenes del pasado las que lo asaltaron.

Fue un aroma a rosas y a madera acompañado de los ojos claros de una mujer.

Recordó el tacto suave y fresco de esa mejilla bajo las yemas de los dedos. El cabello húmedo y despeinado que enmarcaba un rostro femenino e incitante.

Una mujer que no lo evitaba ni se acobardaba ante él.

Era asombrosa y sorprendente. De haber sido una persona distinta, tal vez habría regresado a la salita donde ella estaba sentada con su lobo para hacerla reír. Pero no sabía cómo hacer reír a la gente. Sabía lo que era el humor, sobre todo la ironía, pero no era el tipo de hombre que bromeaba o provocaba sonrisas. Y mucho menos en las mujeres.

Eso no lo había molestado con anterioridad.

Esa noche sí lo hacía.

—¿Es culpable?

Hinata dio un respingo al escuchar la voz de Artemisa en la cabeza. Desde que llevaron a Naruto a su casa, la diosa se empeñaba en molestarla todas las noches con la misma pregunta; una y otra vez, hasta el punto de que ya se sentía como Juana de Arco, atormentada por las voces.

Todavía no, Artemisa. Acaba de despertarse.

Bueno, ¿y por qué estás tardando tanto? Mientras siga con vida, Jiraya estará con los nervios de punta y detesto que esté nervioso. Decláralo culpable ya.

¿Por qué deseas la muerte de Naruto con tanto ahínco?

Se hizo el silencio. Al principio pensó que Artemisa se había marchado, por eso se sorprendió al escuchar su respuesta.

A Jiraya no le gusta que la gente sufra. Sobre todo si se trata de uno de sus Cazadores Oscuros. Mientras Naruto viva, Jiraya estará sufriendo y, a pesar de lo que él pueda pensar, no me gusta verlo sufrir.

Era la primera vez que Hinata escuchaba semejante confesión de parte de Artemisa. La diosa no era conocida precisamente por su amabilidad o compasión, ni tampoco por pensar en nadie que no fuera ella misma.

¿Lo amas?

Artemisa contestó con voz cortante:

Eso no es de tu incumbencia, Hinata. Encárgate de Naruto, porque te juro que si la lealtad de Jiraya se resiente un poco más a causa de esto, lo pagarás caro.

Hinata se tensó ante el tono hostil y la amenaza. Haría falta alguien más poderoso que Artemisa para hacerle daño y si la diosa quería pelear, ya podía ir preparándose.

Tal vez su trabajo hubiera dejado de gustarle, pero se lo tomaba muy en serio y nadie iba a amedrentarla para que emitiera un veredicto prematuro, mucho menos Artemisa.

¿No crees que Jiraya se enfadará y exigirá un nuevo juicio si dicto sentencia antes de tiempo?

Artemisa resopló de forma poco elegante.

Además, le aseguraste que no te entrometerías, Artemisa. Le hiciste jurar que no se pondría en contacto conmigo para no interferir en mi veredicto y, aun así, eso es precisamente lo que tú estás haciendo. ¿Cómo crees que reaccionará si le informo de tus acciones?

Muy bien. No volveré a molestarte. ¡Pero acaba pronto!

Por fin a solas, Hinata tomó asiento en la salita y meditó acerca de su plan de acción y del mejor modo de presionar a Naruto para comprobar si volvía a perder los estribos y se tornaba más violento.

La había emprendido con su casa, pero no con ella. En respuesta, Kiba se había abalanzado sobre Naruto y si bien el lobo había resultado herido en la lucha, los daños que el animal le había ocasionado a él habían sido mucho mayores.

La lucha entre ellos había sido justa y el Cazador no había intentado matar a Kiba por haberlo atacado. Se había limitado a quitarse al lobo de encima, nada más. Y, en lugar de vengarse del animal, le había dado agua.

Hasta el momento, los peores crímenes de Naruto eran la beligerancia y el hecho de poseer una presencia en extremo aterradora. Sin embargo, la amabilidad que demostraba era todo un contraste con su acritud.

El sentido común le decía que le hiciera caso a Artemisa, que lo declarara culpable y saliera corriendo.

Sus instintos le decían que esperara.

Mientras no los atacara presa de la ira, ni a ella ni a Kiba, seguiría adelante. No obstante, si llegaba a hacerles algo, saldría por la puerta y él acabaría frito.

«Ningún hombre es inocente, no existe tal cosa...»

Hinata exhaló un suspiro de cansancio. Eso mismo le había dicho a su hermana Shion la última vez que habían hablado. Una parte de ella lo creía a pies juntillas. Ni una sola vez a lo largo de los siglos había encontrado un inocente. Todos los hombres que había juzgado le habían mentido.

Todos ellos habían intentado engañarla. Algunos habían intentado sobornarla. Otros habían intentado escapar de ella. Hubo quienes habían intentado golpearla. Y uno había intentado matarla.

Se preguntó en qué categoría entraría Naruto.

Tras tomar una honda bocanada de aire para darse fuerzas, se puso en pie y fue a su dormitorio con la intención de echar un vistazo a la ropa que Kiba utilizaba en su forma humana.

¿Qué estás haciendo? —le preguntó el lobo al reunirse con ella.

—Naruto necesita algo que ponerse —contestó en voz alta sin pensar.

Kiba le mordisqueó la mano y empujó la ropa con el hocico para volver a meterla en la cesta, en el fondo del armario.

Pues que se traiga su propia ropa. Esta es mía.

Hinata volvió a sacar las prendas.

Vamos, Kiba, sé amable. Aquí no tiene nada y lo que lleva puesto está hecho trizas.

¿Y?

Siguió rebuscando entre los pantalones y las camisas, deseando poder verlas.

Eras tú quien se quejaba por tener que ver a un hombre desnudo. Creí que preferirías verlo con algo de ropa encima.

También me he quejado por tener que salir para hacer pis o por comer directamente de un cuenco, pero no veo que estés dispuesta a dejarme usar el baño ni los cubiertos mientras él esté aquí.

Hinata meneó la cabeza.

¿Por qué no paras ya? Refunfuñas más que una vieja.

Alzó un jersey grueso.

¡Ni hablar! —exclamó el lobo—. El borgoña no. Es mi favorito.

Es increíble lo quisquilloso que eres, Kiba.

Me da igual. Ese es mi jersey. Déjalo donde estaba.

Hinata volvió a ponerse en pie para llevarle la prenda a Naruto. Kiba la siguió sin dejar de quejarse.

Te compraré uno nuevo, te lo prometo.

No quiero uno nuevo. ¡Quiero ese!

No va a romperlo.

Sí que lo hará. Mira su ropa. Está hecha polvo. Y no quiero que su cuerpo entre en contacto con nada que yo me ponga. Lo contaminaría.

¡Por todos los dioses, Kiba! Ya es hora de que madures un poco. Tienes cuatrocientos años y sigues actuando como un cachorro. Ni que tuviese piojos o algo...

¡Los tiene!

Hinata lanzó una mirada furibunda hacia su pierna, allí donde sentía la presencia del animal. En ese momento, Kiba agarró el jersey con los dientes y se lo quitó de las manos de un tirón.

—¡Kiba! —gritó al tiempo que corría tras él—. Dame ese jersey o te juro que seré yo quien te castre.

El lobo atravesó la casa a la carrera.

Hinata lo siguió tan rápido como pudo. Se guiaba por los recuerdos que tenía del lugar que debían ocupar las cosas.

Sin embargo, alguien había movido la mesa de la salita. Gimió al golpearse con ella en la pierna y perdió el equilibrio. Extendió los brazos para sujetarse, pero notó que la mesa se tambaleaba. Al final cedió bajo su peso.

El cristal cayó a un lado y todo lo que había encima salió volando. Algo la golpeó en la cabeza y escuchó que otra cosa se rompía. El miedo la dejó paralizada. No sabía lo que había roto, pero el sonido había sido inconfundible. ¿Dónde estaban los trozos de cristal?

Con el corazón desbocado, maldijo su ceguera. No se atrevía a moverse por temor a cortarse.

—¿Kiba?

El lobo no respondió.

—No te muevas. —La voz grave y autoritaria de Naruto le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda.

Al instante unos brazos fuertes la alzaron del suelo con una facilidad aterradora y se encontró apoyada contra un cuerpo esbelto, duro como una roca. Un cuerpo cuyos músculos se contraían con cada movimiento que hacía mientras la sacaba de la salita.

Rodeó esos hombros anchos con los brazos y notó que él se tensaba en respuesta al contacto. El roce de su aliento en la cara la derretía por completo.

—¿Naruto? —preguntó con voz insegura.

—¿Hay alguien más en esta casa que pueda llevarte en brazos y que todavía no me hayas presentado?

Hinata pasó por alto el sarcasmo mientras la llevaba a la cocina y la dejaba sobre una silla. Echó en falta su calor en cuanto se separó de ella. Había algo en Naruto que despertaba un extraño anhelo en su pecho, tan inesperado como indescifrable.

—Gracias —le dijo en voz baja.

Él no contestó. En cambio, lo escuchó abandonar la estancia. Regresó unos minutos después para arrojar algo al cubo de la basura.

—No sé qué le has hecho a Scooby —comenzó con voz casi normal—, pero está acostado sobre un jersey en un rincón y no deja de gruñirme.

Hinata refrenó el impulso de soltar una carcajada ante semejante imagen.

—Ha sido malo.

—En fin... En mi tierra te dan una paliza si eres malo.

Esas palabras, junto con la emoción que dejaban entrever, hicieron que Hinata frunciera el ceño.

—Hay ocasiones en las que la comprensión es más importante que el castigo.

—Y hay otras en las que no.

—Tal vez —replicó ella en un susurro.

Naruto abrió el grifo del fregadero. Al parecer se estaba lavando otra vez las manos. Era extraño. Parecía hacerlo muy a menudo.

—He recogido todos los cristales que he encontrado —le dijo por encima del ruido del agua—, pero el jarrón que tenías en la mesa se ha hecho añicos. Tal vez sea mejor que no andes descalza durante unos días.

Hinata se sintió extrañamente conmovida tanto por sus acciones como por el consejo. Se puso en pie y atravesó la distancia que los separaba para situarse a su lado. Aunque no pudiera verlo, podía sentirlo. Podía sentir su calor, su fuerza.

La cruda sensualidad que exudaba ese hombre. Una sensualidad que la traspasaba y le erizaba la piel, tentándola con el deseo que despertaba en ella.

Una parte desconocida de sí misma ansiaba extender un brazo y acariciar esa suave piel bronceada, cuyo calor animal resultaba irresistible. Todavía recordaba el aspecto de esa piel. El modo en que la luz jugueteaba sobre ella.

Sintió deseos de tirar de él para besarlo en los labios y probar su sabor. Ansiaba comprobar si era capaz de mostrarse tierno. O si en cambio se mostraría rudo y violento.

Semejantes pensamientos deberían haberla avergonzado. Como jueza, se daba por sentado que carecía de ese tipo de curiosidad; sin embargo, como mujer no podía evitarlo.

Había pasado muchísimo tiempo desde que un hombre despertara su deseo.

En el fondo, había una parte de sí misma que ansiaba descubrir esa bondad en la que creía Jiraya. Y también habían pasados siglos desde la última vez que sintiera ese deseo.

La ternura de Naruto resultaba de lo más inesperada.

—¿Cómo has sabido que te necesitaba?

—Escuché que se rompía algo de cristal y supuse que estarías atrapada.

Hinata sonrió.

—Ha sido un bonito detalle por tu parte.

Tenía la sensación de que la estaba observando. Esa idea hizo que se acalorara. Se le endurecieron los pezones.

—No soy detallista, princesa. Créeme.

No, no era un tipo detallista. Era duro. Irritable y extrañamente fascinante. Como una bestia salvaje que hubiera que domesticar.

Si de verdad había alguien capaz de lograr semejante hazaña.

—Estaba buscando ropa para prestarte —le explicó en voz baja en un intento por recuperar el control de su cuerpo, que parecía dispuesto a hacer caso omiso al sentido común—. Hay más jerséis en el fondo de mi armario, si los necesitas.

Naruto resopló ante la sugerencia mientras cerraba el grifo y cortaba un trozo de papel de cocina para secarse las manos.

—Tu ropa me queda pequeña, princesa.

Hinata se echó a reír.

—No son míos. Son de un amigo.

Naruto no podía respirar estando ella tan cerca. Le bastaría con inclinar la cabeza un poquito para besar esos labios entreabiertos. O con extender un brazo para tocarla.

Y eso era precisamente lo que lo aterrorizaba: el intenso deseo de tocarla. El intenso deseo de estrecharla contra él y sentir esas suaves curvas femeninas sobre la dureza masculina de su cuerpo.

No recordaba haber sentido jamás un deseo tan poderoso.

Cerró los ojos y se vio asaltado por una imagen en la que ambos estaban desnudos. Una imagen en la que la sentaba frente a él sobre la encimera y le echaba un polvo que la dejaba sin sentido. En la que entraba y salía de su cuerpo hasta quedar exhausto.

Y dolorido.

Deseaba sentir la tibieza de esa piel al deslizarse contra la suya. El roce de su aliento sobre el cuerpo.

Pero, sobre todo, deseaba que lo impregnara con su olor. Deseaba saber lo que era estar con una mujer que no le demostrara miedo ni desprecio.

A lo largo de todos los siglos de su existencia, jamás había echado un polvo con una mujer a la que no le hubiera pagado. Y eso, en muy contadas ocasiones. Llevaba tanto tiempo solo...

—¿Y dónde está ese amigo tuyo? —le preguntó a través del extraño nudo que se le había formado en la garganta al imaginarla con otro hombre.

La idea no debería hacerle tanto daño.

Kiba entró en la cocina, los miró y ladró.

—Mi amigo murió —contestó Hinata sin vacilar.

Naruto arqueó una ceja.

—¿Cómo?

—Mmm, de parvo.

—¿Esa no es una enfermedad canina?

—Sí, por eso fue tan trágico.

¡Oye! Eso no me ha hecho ninguna gracia —protestó Kiba.

Compórtate o haré que enfermes de parvo de verdad.

Naruto se alejó de ella.

—¿Lo echas de menos?

Hinata giró la cabeza hacia el lugar del que procedía el ladrido.

—No, no mucho. En realidad era un latoso.

Ya te enseñaré yo lo que es ser un latoso, ninfa. Espera y verás.

Hinata resistió el impulso de sonreír.

—¿Quieres la ropa o no? —le preguntó a Naruto.

—Claro.

Lo guió hasta su dormitorio.

Mira que eres mala —gruñó Kiba—. Espera y verás. Me las pagarás por esto. ¿Recuerdas esa colcha que te gusta tanto? Chamuscada. Y si estuviera en tu lugar, no volvería a ponerme las zapatillas de estar en casa.

Hinata no le prestó atención.

Naruto guardó silencio mientras ella lo conducía hasta su dormitorio, decorado con distintos tonos de rosa pálido. Resultaba femenino y delicado.

No obstante, fue el olor que reinaba en la estancia lo que despertó su deseo. Rosas y madera.

Su perfume.

Un perfume que lo excitaba hasta un punto doloroso. Su verga se tensó contra la cremallera de los pantalones, suplicándole que hiciera algo más que mirarla.

En contra de su voluntad, sus ojos se demoraron sobre la cama de la chica. La imaginó allí dormida, con los labios entreabiertos, relajada y desnuda... con las sábanas de color rosa pálido enredadas entre las piernas.

—Aquí tienes.

Naruto tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la mirada de la cama y fijarla en el armario. Hinata se hizo a un lado para permitirle que echara un vistazo a la ropa masculina que se encontraba primorosamente doblada en el interior de una cesta de mimbre.

—Puedes coger lo que quieras.

Una invitación con un claro doble sentido. El único problema era que lo él quería no estaba en la cesta ni mucho menos...

De modo que le dio las gracias antes de sacar un jersey negro de lana y otro gris de cuello vuelto que parecían ser de su talla.

—Me cambiaré en mi dormitorio —le dijo al tiempo que se preguntaba para qué se molestaba en hacerlo.

A ella le daría igual si se quedaba en su dormitorio o no. Ni que pudiera verlo... En casa solía ir medio desnudo la mayor parte del tiempo. Claro que eso no era de buena educación, ¿verdad?

¿Desde cuándo te comportas de un modo educado?, inquirió su mente. Al parecer, desde esa noche.

Kiba le ladró al salir al pasillo y acto seguido entró en la habitación para ladrarle a su dueña.

—Cállate, Kiba —le dijo ella—. O dormirás en el garaje.

Naruto siguió su camino sin hacerles caso y entró en su dormitorio para ponerse la ropa limpia. Cerró la puerta y soltó la ropa, invadido por un sentimiento peculiar. La chica solo le había ofrecido ropa. Y refugio.

Y una cama.

Y comida.

Echó un vistazo a los costosos y elegantes muebles. Se sentía perdido en ese lugar. Inseguro. Jamás se había sentido así.

Se sentía humano.

Pero sobre todo se sentía aceptado. Algo que nunca había sentido con Fûka.

Al igual que el resto de la gente que había conocido a lo largo de los siglos, Fûka hacía aquello por lo que él le pagaba. Ni más, ni menos. Cada vez que se acercaba a ella, tenía la impresión de estar invadiendo su intimidad.

La actitud de la mujer era formal y distante, sobre todo desde que él rechazó su proposición. Había presentido desde el primer momento que en parte le tenía miedo. Que lo vigilaba, en especial cuando su hija estaba cerca; como si esperara que se volviera loco y las atacara o algo así.

Semejante actitud le había resultado insultante; pero, puesto que estaba tan acostumbrado a los insultos, se había limitado a pasarlo por alto.

Sin embargo, con Hinata no era así.

Ella lo trataba como si fuera un tipo normal y le ayudaba a olvidar el hecho de que en realidad no lo era.

Se vistió con rapidez y volvió a la salita. Hinata estaba sentada de lado en el sofá, leyendo un libro en braille. El lobo estaba tumbado a sus pies. Cuando entró, el animal alzó la cabeza y clavó en él sus ojos oscuros con algo parecido al odio.

Naruto, que había vuelto a coger el cuchillo de pelar de la cocina, eligió otro trozo de madera.

—¿Cómo acabaste adoptando a un lobo como mascota? —preguntó al tiempo que se sentaba en el sillón más cercano a la chimenea para poder arrojar las virutas al fuego.

No sabía por qué se empeñaba en hablar con ella. Por regla general, ni siquiera se habría molestado, y sin embargo sentía una extraña curiosidad por conocer la vida de la chica.

Hinata extendió una mano para acariciar al lobo.

—No estoy muy segura. Al igual que me ocurrió contigo, lo encontré herido y lo traje a casa para cuidarlo hasta que se restableciera. Lleva conmigo desde entonces.

—Me sorprende que permitiera que lo domesticaras.

Su comentario le arrancó una sonrisa.

—A mí también. Ganarme su confianza no fue tarea fácil.

Naruto meditó la respuesta durante un instante.

—«Hay que ser paciente. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba.»

Hinata se quedó boquiabierta por la sorpresa cuando Naruto continuó citando uno de sus pasajes favoritos. De haberle arrojado algo, no la habría sorprendido tanto.

—¿Has leído El principito?

—Un par de veces.

Muchas más si era capaz de citarlo sin cometer un solo error. Hinata se inclinó de nuevo para tocar a Kiba y así poder observar a Naruto.

Estaba sentado en diagonal a ella, tallando un trozo de madera. La luz del fuego hacía brillar sus ojos azules. El jersey negro se le ceñía al cuerpo y, pese a la barba, la apostura de su rostro la dejó aturdida una vez más.

Parecía casi relajado mientras trabajaba. Exudaba una elegancia poética que contrastaba enormemente con el rictus cínico de sus labios. Con ese halo letal que se ceñía a él incluso más que los pantalones.

—Me encanta ese libro —confesó en voz baja—. Siempre ha sido uno de mis favoritos.

Él no hizo comentario alguno. Se limitó a seguir sentado, sujetando con delicadeza el trozo de madera mientras sus dedos largos y delgados se movían sobre él con elegancia. Era la primera vez que no tenía ese aire tan siniestro. Que no parecía tan peligroso.

La palabra «relajada» no era del todo exacta, pero al menos su actitud no resultaba tan espeluznante como antes.

—¿Lo leíste cuando eras pequeño? —le preguntó.

—No —fue su queda respuesta.

Hinata ladeó la cabeza y siguió observando cómo trabajaba. En un momento dado, él se detuvo y se giró para mirarla con el ceño fruncido.

Hinata soltó a Kiba y se enderezó en el sofá.

Naruto no hizo movimiento alguno mientras observaba a la chica y al chucho. Allí había algo muy raro; todos sus instintos se lo decían. Clavó la mirada en Kiba.

De no haber sabido que era absurdo, habría jurado que...

Pero ¿qué iba a hacer un hombre-lobo en Alaska con una ciega? Los campos magnéticos influirían drásticamente sobre un macho arcadio o katagario y harían casi imposible que pudiera mantener una forma estable, ya que los electrones de la atmósfera causaban estragos en sus poderes mágicos.

No, no era posible.

Aunque...

Echó un vistazo al pequeño reloj que había en la repisa de la chimenea. Eran casi las cuatro de la mañana. Para él todavía era temprano, pero eran pocos los humanos que seguían despiertos a esas horas.

—¿Siempre trasnochas tanto, princesa?

—A veces.

—¿No tienes que madrugar para trabajar?

—No. Mi dinero proviene de una herencia familiar. ¿Y tú, príncipe azul?

Sus manos erraron al escuchar la respuesta. Una herencia familiar. Estaba aún más forrada de lo que había sospechado.

—Debe de ser agradable no tener que trabajar para ganarse la vida.

Hinata percibió la acritud del comentario.

—No te cae bien la gente que tiene dinero, ¿verdad?

—No tengo prejuicios contra nadie, princesa. Odio a todo el mundo por igual.

Eso había oído. Artemisa le había asegurado que Naruto era un tipo vulgar, maleducado y tosco. El imbécil más insoportable que había conocido jamás. Y viniendo de la Reina de la Imbecilidad, la descripción tenía su peso...

—No has contestado a mi pregunta, Naruto. ¿Qué haces para ganarte la vida?

—Un poco de todo.

—Un poco de todo, ¿no? ¿Eres un vagabundo, entonces?

—Si te digo que sí, ¿me echarás de aquí?

Pese a su voz tranquila y desapasionada, Hinata notó que aguardaba su respuesta. Que había una parte de él que deseaba que lo echara. Y otra parte que daba por supuesto que lo haría.

—No, Naruto. Ya te lo he dicho, eres bienvenido en mi casa.

Naruto dejó de tallar para contemplar el fuego. Esas palabras le habían provocado un inesperado temblor. Aunque no eran las llamas lo que veía, sino su rostro. Esa dulce voz resonaba en lo profundo de un corazón que había dado por muerto mucho tiempo atrás.

Nadie lo había acogido nunca de ese modo.

—Podría matarte y nadie se enteraría.

—¿Vas a matarme, Naruto?

Se le hizo un nudo en el estómago cuando los recuerdos lo asaltaron de repente. Se vio caminando entre los cadáveres, en su asolada aldea. Vio la sangre que manaba de las gargantas degolladas; las casas en llamas... Se suponía que debía haber protegido a esa gente.

En cambio, los había matado a todos.

Y ni siquiera sabía por qué. No recordaba nada salvo la furia que se había apoderado de él. La sed de sangre y la necesidad de expiar la culpa.

—Espero que no, princesa —susurró.

Tras ponerse en pie, volvió a su dormitorio y cerró la puerta con el pestillo. Solo esperaba que Hinata hiciera lo mismo.

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Continuará...