Enséñame tu Corazón


13| ESTAMOS DE TU LADO


—Ok —replicó Hinata con un tono tan sarcástico como el suyo—, espero que tengas un mapa, porque nunca he estado allí.

—Confía en mí, lo conozco como la palma de mi mano. He vivido allí casi toda la vida.

Sin saber muy bien si echarse a reír o a llorar, Hinata se sujetó con todas sus fuerzas al tanque de combustible que tenía delante cuando Naruto aceleró la motonieve al máximo. Vibraba tanto que temía que se desintegrara bajo ellos.

—Capitán —dijo ella con su mejor imitación del señor Scott—, no creo que aguante. Los motores warp no soportarán mucho más. Van a explotar.

De no haber sabido que era imposible, habría jurado escuchar el rugido de la risa de Naruto.

—Aguantará —le dijo él con voz profunda y ronca junto a la oreja derecha, provocándole un escalofrío que nada tenía que ver con las gélidas temperaturas.

—Creo que después de todo debo dar gracias por estar ciega —replicó ella—. Algo me dice que si pudiera ver la velocidad temeraria a la que conduces, es probable que me diera un infarto.

—Sin duda.

Hinata dejó los ojos en blanco ante tan alegre muestra de consenso.

—No tienes la menor idea de cómo tranquilizar a la gente, ¿verdad?

—Por si acaso no lo has notado, princesa, no se me dan muy bien las relaciones sociales. Joder, tienes suerte de que me hayan enseñado dónde hacer mis necesidades.

Sí que era un demonio.

Aunque sus cáusticas réplicas tenían un puntito encantador. Eran airadas e hirientes, pero en raras ocasiones estaban inspiradas por la malicia; y una vez que había visto al verdadero Naruto, ese que estaba oculto a los ojos de los demás, reconocía sus puyas por lo que eran: una coraza.

Las lanzaba a diestro y siniestro para mantener a todo el mundo a distancia. Si uno no dejaba que nadie le llegara al corazón, jamás llegaría a conocer el dolor de la traición.

No sabía cómo había podido soportar una vida semejante. Una vida de constante dolor y soledad. Una vida en la que el odio dictaba todos sus actos y palabras.

Naruto era un hombre brutal, con más veneno que la Hidra. No obstante, hasta la Hidra había encontrado al final la horma de su zapato. Esa noche, Naruto había encontrado la suya, y no se trataba de Kakuzu.

Hinata no estaba dispuesta a rendirse.

Viajaron hasta que le zumbaron los oídos y el frío le caló hasta los huesos. Se preguntó si llegaría a descongelarse algún día.

Naruto, que parecía no ser consciente del gélido clima, zigzagueó durante todo el trayecto, como si tratara de impedir que Kakuzu los siguiera.

Justo cuando estaba convencida de que la idea de que los inmortales no podían perecer de frío no era más que un mito, Naruto se detuvo por fin. Apagó el motor.

El súbito silencio resultó ensordecedor. Opresivo.

Esperó a que Naruto se bajara y la ayudara a ella, pero lo único que hizo fue quitarle el casco de la cabeza y arrojarlo a un lado mientras soltaba una palabrota.

Hinata escuchó cómo el casco golpeaba el suelo y a continuación volvió a reinar el silencio, roto únicamente por el sonido de sus respiraciones.

La ira de Naruto la rodeaba como si de una amenaza palpable se tratara. Era intensa y aterradora. Parte de él quería hacerle daño, Hinata lo sabía muy bien, pero también sentía el dolor subyacente.

—¿Quién eres? —preguntó con una voz exigente y tan fría como el invierno ártico. La mantenía entre sus brazos y le hablaba junto al oído.

—Ya te lo he dicho.

—Me mentiste, princesa —gruñó él—. Tal vez no sea capaz de leer los pensamientos, pero sé que no eres lo que pareces ser. Las humanas no tienen katagarios como acompañantes. Quiero saber quién eres en realidad y por qué andabas husmeando en mis sueños.

Hinata temblaba a causa del nerviosismo. ¿Qué pensaba hacer con ella? ¿La abandonaría para que Kakuzu la encontrara?

Le daba miedo decirle la verdad, pero no tenía por costumbre mentir a menos que fuera necesario.

Tenía derecho a estar enfadado con ella. Aunque en realidad no le había mentido; más bien se había limitado a omitir unas cuantas cosillas. Cosas como su verdadero propósito, la razón por la que lo había ayudado y el hecho de que el lobo que odiaba podía convertirse en humano... Y lo había drogado.

Vale, sí, no ganaría el premio a Miss Simpatía ese año, pero tampoco lo haría Naruto. Sobre todo en el estado de humor en el que se encontraba en ese momento.

El cálido aliento de Naruto le rozaba la mejilla descubierta.

—¿Qué eres? —repitió él.

Hinata decidió que ya no había lugar para el engaño. Se merecía conocer la verdad y puesto que Artemisa ya había roto el acuerdo y había enviado a Kakuzu, ¿qué sentido tenía seguir protegiendo a la diosa?

—Soy una ninfa.

—Espero que no hayas confundido esa palabra con otra muy similar, princesa.

—¿Cómo dices? —Tardó un segundo en comprender lo que quería decir. Su rostro se ruborizó por completo—. ¡No soy una ninfómana! Soy una ninfa. Una ninfa, no una ninfómana.

Él no hizo ningún movimiento ni dijo palabra alguna durante varios minutos.

Naruto dejó escapar el aire de sus pulmones con lentitud mientras contemplaba a la mujer que tenía delante y trataba de controlar su furia para variar.

Una puñetera ninfa. Tendría que haber sabido que se trataba de algo así. Sí, claro... Como si la presencia de una ninfa griega en Alaska se le pudiera haber pasado por la cabeza. Su especie solía frecuentar las playas, los océanos y los bosques, o residía en el Olimpo.

Las ninfas no aparecían de la nada en medio de una tormenta de nieve y arrastraban a un Cazador Oscuro herido hasta sus hogares. Se le encogió el estómago cuando comprendió de repente la razón de su presencia allí. Alguien la había enviado.

Por él.

Apretó con fuerza el manillar de la motonieve para no dar rienda suelta a sus emociones, temeroso de lo que podría llegar a hacerle.

—¿Qué clase de ninfa eres, princesa?

—Soy una ninfa de la justicia —respondió ella en voz baja—. Sirvo a Hanna y fui enviada aquí para juzgarte.

—¿Para juzgarme? —De su garganta brotó un sonido de extremo desprecio—. Por todos los dioses, esto es el colmo...

Jamás había deseado hacer daño a alguien con tanta fuerza como en ese momento. Se bajó de la motonieve antes de dar rienda suelta a su rabia y puso distancia entre ellos.

Lo suyo sí que era suerte y lo demás, tonterías...

Por fin había encontrado a alguien que creía que no lo juzgaba y en realidad se trataba de una jueza cuyo único propósito era juzgarlo, tanto a él como a su forma de vida. Sí, estaba claro que sabía elegirlas. Los dioses seguían riéndose de él. A carcajadas.

Todos.

Enfurecido, se paseó alrededor de la moto para no perderla de vista mientras seguía sentada en el asiento, toda remilgada con las manos sobre el regazo y la cabeza gacha. Como una señorita.

¿Cómo se atrevía a hacerle esa putada? ¿Quién se creía que era?. Estaba harto de que la gente le causara problemas. Harto de los jueguecitos y las mentiras. Una jueza. Jiraya había enviado a una jueza antes de que lo mataran. Ay, sí... Estaba encantado por semejante consideración.

Quizá debiera sentirse halagado por el hecho de que se tomaran la molestia de fingir imparcialidad. Sin duda era mucho más de lo que había conseguido cuando lo juzgaron siendo un esclavo.

—Para ti no ha sido más que un juego, ¿verdad, princesa? «Vamos, Naruto, siéntate en mi regazo. Dime por qué no quieres portarte bien.» —Su mirada se tornó siniestra. Letal—. Que te den por el culo, milady, y a ellos también.

Ella levantó la cabeza de golpe.

—¡Naruto, por favor!

—Y bien, ¿has decidido ya que Jiraya tenía razón? ¿Has decidido que soy un psicópata y has enviado tus perros tras de mí?

Hinata se puso en pie y se giró hacia el lugar del que procedía su voz.

—No. Se suponía que no debían mandar a Kakuzu en tu busca. Y en lo que respecta a Jiraya, él nunca te declaró culpable. De no haber sido por él, a estas alturas estarías muerto. Hizo quién sabe qué trato con Artemisa para que yo pudiera estar contigo y encontrar un modo de salvarte la vida. Naruto resopló.

—Sí, claro...

—Es la verdad, Naruto —replicó ella con voz sincera—. Puedes negarlo todo lo que quieras, pero eso no cambia el hecho de que los dos estemos de tu parte.

Le lanzó una mirada cargada de repugnancia que deseó que Hinata pudiera ver.

—Debería dejarte aquí para que murieras congelada. Huy, espera... Eres una ninfa inmortal. No puedes morir.

Hinata alzó la barbilla y enderezó los hombros como si estuviera preparándose para lo peor.

—Puedes abandonarme si quieres. Pero el hombre que he llegado a conocer no es tan insensible ni tan cruel. Él nunca dejaría morir a nadie.

Naruto tensó la mandíbula.

—No sabes nada sobre mí.

Hinata se apartó de la motonieve. Caminó muy despacio y extendió una mano; deseaba tocarlo. Lo necesitaba, y algo le decía que él también.

—He estado en tu interior, Naruto. Sé cosas que nadie más conoce.

—¿Y qué? ¿Se supone que eso va a hacer que me ponga cariñoso contigo? Anda, pero si la princesita se coló en mis sueños para salvarme... ¡Qué conmovido estoy! ¿Debería echarme a llorar ahora?

Ella lo agarró del brazo.

Sus músculos, al igual que él, estaban tensos y duros. Hirientes.

—¡Basta ya!

Extendió los brazos para acariciar sus gélidas mejillas con ambas manos. Estaban irritadas a causa del viaje, pero aun así le entibiaban los dedos congelados. Puesto que en parte esperaba que se apartara de ella, se sorprendió cuando no lo hizo. Se quedó como una estatua. Impasible. Frío. Inflexible.

Hinata tragó saliva. Deseaba encontrar la manera de hacerlo comprender. La manera de llegar hasta él y conseguir que dejara de ser tan autodestructivo.

¿Por qué no era capaz de ver la verdad?

Naruto encontraba muy difícil respirar con las cálidas manos de Hinata sobre el rostro. Estaba preciosa con esos diminutos copos de nieve sobre las pestañas y el cabello oscuro... Vio el dolor en su rostro, la ternura.

Parecía querer ayudarlo, aunque no acababa de creérselo. La gente siempre actuaba en su propio beneficio. Todo el mundo. Ella no era una excepción. No obstante, deseaba creerla. Sentía deseos de echarse a llorar.

¿En qué lo había convertido?

Por un breve momento, en sus sueños, había comenzado a creer que quizá no fuera tan malo. Que quizá se mereciera un poco de felicidad. Por los dioses, pero qué imbécil. ¿Cómo había sido tan estúpido y confiado? Sabía cómo eran las cosas en realidad.

La confianza no era más que un arma que se utilizaba para matar a la gente. No tenía cabida en su mundo.

Hinata le acarició las mejillas con los pulgares.

—No quiero que mueras, Naruto.

—Sorpresa, princesa. Yo sí.

Las lágrimas que se agolparon en los ojos de Hinata derritieron la nieve de sus pestañas.

—No te creo. Kakuzu te habría concedido de buena gana ese deseo y sin embargo luchaste contra él. ¿Por qué?

—Por costumbre.

Ella cerró los ojos como si la sacara de quicio. Sujetó con más fuerza su rostro y después, para el más absoluto asombro de Naruto, estalló en carcajadas.

—En realidad no puedes evitarlo, ¿verdad?

Su reacción lo había descolocado por completo.

—¿Que no puedo evitar el qué?

—Ser un idiota —respondió ella entre carcajadas.

Naruto la observó con incredulidad mientras ella seguía desternillándose de la risa. Nadie se había atrevido a reírse de él jamás. Al menos desde el día en que murió.

Pero entonces Hinata hizo lo más inesperado de todo: se pegó a él y lo abrazó. Sus carcajadas hicieron que sus cuerpos se tocaran y el deseo lo consumió.

Le recordaba tanto al sueño...

Le rodeó el cuello con los brazos y lo estrechó con fuerza. Nadie lo había abrazado jamás de esa manera. No sabía si debía corresponder al abrazo o apartarla de un empujón.

Al final, acabó por devolverle el abrazo con torpeza. Era igual que en su sueño. Igual de maravilloso. Y eso era lo que más detestaba.

Hinata le dio un pequeño apretón.

—Me alegro mucho de que Jiraya me enviara.

—¿Por qué?

—Porque me gustas, Naruto, y creo que cualquier otro ya te habría matado a estas alturas.

Más desconfiado que antes, Naruto la soltó y se apartó de su lado.

—¿Por qué te preocupa lo que me suceda? Has estado dentro de mí; sé sincera y dime si te asusté o no.

Ella suspiró.

—Para serte sincera, sí, me asustaste, pero también vi la bondad que hay en ti, Naruto.

—¿Y el pueblo que te mostré en mis sueños? El pueblo que destruí.

Hinata frunció el ceño.

—Era irregular y fragmentado. A mí no me pareció un recuerdo, sino otra cosa.

—¿El qué?

—No lo sé. Creo que pasaron más cosas además de las que recuerdas.

Él sacudió la cabeza. ¿Cómo era posible que tuviera fe en él cuando ni siquiera él mismo la tenía?

—Eres ciega de verdad, ¿no es cierto?

—No. Te veo, Naruto. Como nadie te ha visto jamás.

—Créeme, princesa, si me vieras de verdad, te meterías debajo de las mantas para no salir nunca —rezongó.

—Solo si supiera que me estás esperando allí.

Esas palabras lo abrumaron.

No hablaba en serio. Se trataba de otro juego. De otra prueba. Nadie lo había querido jamás. Ni su madre ni su padre. Ni sus amos. Ni siquiera se soportaba a sí mismo. ¿Por qué ella sí?

Naruto se quedó muy quieto cuando lo recorrió un estremecimiento psíquico.

—Kakuzu se acerca.

Ella abrió los ojos de par en par a causa del pánico.

—¿Estás seguro?

—Sí.

La empujó hacia la motonieve. No faltaba mucho para el amanecer. Él quedaría atrapado, pero Kakuzu... El daimon podría caminar a la luz del día.

Rodeó a Hinata con los brazos. Debería dejarla allí por lo que le había hecho, debería entregársela a Kakuzu para ver si ella le conseguía un poco más de tiempo para escapar. Sin embargo, sentía el ridículo impulso de protegerla.

No, no era un impulso. Sentía un intenso anhelo de mantenerla a salvo. Resignado ante su propia estupidez, puso en marcha el motor de la motonieve y se dirigió hacia su propiedad.

Hinata respiró hondo cuando se pusieron de nuevo en camino. Había violado más reglas de las que se atrevía a pensar. Aun así, cuando sintió los brazos de Naruto a su alrededor, supo que había merecido la pena. Tenía que salvarlo.

A cualquier precio.

Jamás había estado tan decidida. Ni más segura de sí misma. Él le proporcionaba una confianza y una fuerza que jamás había sentido.

Naruto la necesitaba. Sin importar lo que dijera ni lo que pensara. La necesitaba de una manera que resultaba dolorosa. Ese hombre no tenía a nadie más en el mundo. Y por alguna razón que no podía comprender, quería ser la persona en quien él confiara. La única persona que pudiera domesticarlo.

Naruto condujo durante casi una hora más antes de detenerse de nuevo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Hinata cuando él se apeó de la motonieve.

—En mi cabaña.

—¿Es un lugar seguro?

—Ni por asomo. Y al parecer se ha desatado un infierno por aquí.

Naruto observó lo que le rodeaba con absoluta incredulidad. Todavía había sangre en la nieve, aunque no tenía ni idea de a quién pertenecía. La visión lo desgarró por dentro cuando la cruda realidad se abrió paso en su mente.

Allí había muerto un Cazador Oscuro.

Morían muy pocos de su raza y sintió un extraño pesar por el hombre que había muerto esa noche. No estaba bien.

No era justo.

Si alguien debía pagar ese precio, tendría que haber sido él. Tendría que haber estado allí para enfrentarse a Kakuzu. La idea de que un hombre inocente se convirtiera en una Sombra le hizo desear la sangre de Artemisa. ¿Dónde carajos estaba Jiraya? Para ser alguien que supuestamente estaba dispuesto a jugarse el culo por los Cazadores Oscuros, el atlante brillaba por su ausencia.

Frunció los labios con desprecio y regresó a la motonieve.

—Vamos —dijo—. Tenemos muchas cosas que hacer.

Se alejó del vehículo y dejó que ella se las apañara sola.

—Necesito tu ayuda, Naruto. Necesito que me digas dónde están las cosas para no pisar nada.

Naruto estuvo a punto de recordarle aquella afirmación de que era muy capaz de cuidarse sola. Sin embargo, los recuerdos afluyeron en tropel a su cabeza y rememoró lo que era no ver más que sombras. Darse de bruces con las cosas porque no podía verlas.

No quería tocarla otra vez. Detestaba el mero hecho de pensarlo, porque cuanto más la tocaba, más la deseaba. Se descubrió dándole la mano contra su voluntad.

—Vamos, princesa.

Hinata reprimió una sonrisa. Aunque había hablado con voz seca, sintió que había conseguido una pequeña victoria. Por no mencionar el hecho de que ya no utilizaba ese «princesa» como un insulto. Estaba casi segura de que él ni siquiera se había dado cuenta de que, de un tiempo a esa parte, cada vez que lo decía suavizaba un poco la voz.

En algún momento durante los sueños, el insulto que solía utilizar para mantener las distancias se había convertido en un término cariñoso.

Naruto la guió hasta su cabaña.

—Quédate aquí —le dijo, dejándola un poco a la izquierda nada más traspasar la puerta.

Hinata lo escuchó trastear a su derecha. Mientras esperaba a que Naruto acabara, rozó la pared con la mano para abrirse camino hasta él. Y lo que descubrió la dejó perpleja.

Con el ceño fruncido, deslizó la mano sobre los planos y los profundos surcos de la pared. Era una sensación increíblemente táctil. Elaborada. Compleja. Aunque lo que estaba tocando era tan grande que ni siquiera podía hacerse una idea de lo que era.

Mientras seguía el diseño con la mano, se dio cuenta de que cubría toda la pared.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—El paisaje de una playa —respondió él de forma distraída.

Hinata enarcó una ceja.

—¿Tienes el paisaje de una playa grabado en la pared?

—Me aburro mucho, ¿ok? —masculló él—. Así que tallo cosas. A veces me quedo sin madera durante el verano y tallo las paredes y las estanterías.

Como el lobo que había tallado en su casa.

Hinata se tropezó con algo cuando intentó acercarse a la pared contigua. Varias cosas cayeron desperdigadas a sus pies.

Naruto soltó una maldición.

—Creo que te he dicho que te estuvieras quietecita.

—Lo siento. —Hinata se agachó para recoger las cosas y descubrió que se trataba de figurillas talladas de animales. Parecía haber muchísimas.

Las recorrió con los dedos a medida que las iba recogiendo del suelo y se quedó asombrada al descubrir la complejidad de cada pieza.

—¿Has hecho todas estas?

Naruto no respondió; se limitó a quitárselas de las manos y a amontonarlas de nuevo.

—Naruto... —dijo con tono serio—, háblame.

—¿Qué quieres que te diga? Sí, yo tallé las puñeteras figurillas. Suelo hacer unas tres o cuatro por noche. ¿Y qué?

—En ese caso, debe de haber más. ¿Dónde están las otras?

—No lo sé —respondió él con un tono menos hostil—. Llevo algunas a la ciudad para regalarlas y utilizo el resto como leña cuando se estropean los generadores.

—¿No significan nada para ti?

—No. Nada significa una puta mierda para mí.

—¿Nada?

Naruto se detuvo mientras la observaba, arrodillada a su lado. Tenía las mejillas irritadas; su piel ya no estaba tan suave y cuidada como la primera vez que la vio al despertar en su cabaña. Miraba hacia algún punto situado por encima de su hombro, pero sabía que lo hacía porque no estaba segura del lugar donde él se encontraba. Tenía los labios entreabiertos y el cabello enredado.

Se la imaginó entre sus brazos, imaginó el roce de esa piel deslizándose contra la suya. Y en ese momento, descubrió algo sorprendente. Sí que le importaba algo.

Ella.

A pesar de que le había mentido y engañado, no quería que sufriera daño alguno. No quería que su delicada piel se irritara a causa del riguroso clima. Debería estar protegida de semejante crudeza.

Naruto se odió a sí mismo por semejante debilidad.

—No, princesa —susurró, aunque la mentira se le quedó atascada en la garganta—. No me importa nada.

En ese momento, ella extendió el brazo para poder tocarle la cara.

—¿Has mentido por tu propio bien o por el mío?

—¿Quién dice que miento?

—Yo, Naruto. Para ser un hombre a quien no le importa nada, te has tomado mucho trabajo para asegurarte de que estoy a salvo. —Le sonrió—.Te conozco, príncipe azul. Puedo ver lo que albergas en tu interior.

—Pues sí que estás ciega...

Hinata negó con la cabeza.

—No estoy ni mucho menos tan ciega como tú.

Y entonces hizo una cosa de lo más sorprendente: se inclinó hacia delante y lo besó. Algo en el interior de Naruto se hizo añicos por aquel contacto, por la sensación de esos labios, dulces y húmedos. Por el roce de su lengua.

Eso no era un sueño. Eso era real. Y era maravilloso. Si antes su sabor había sido delicioso, en ese instante era mucho mejor.

La apretó contra él para tomar el control del beso. Quería devorarla. Tomarla allí mismo, sobre el suelo, y saciar de una vez por todas su palpitante erección. Aunque si los sueños eran un indicativo, tendría que tomarla más de una vez para apagar el fuego que le abrasaba la entrepierna.

Podría amar a esa mujer durante toda la noche y seguir insatisfecho cuando llegara la mañana.

Hinata apenas podía respirar a causa de la ferocidad del beso. La pasión que desprendía el cuerpo de Naruto incendiaba también el suyo. Su guerrero era un verdadero salvaje.

Sintió cómo le deslizaba la gélida mano bajo el jersey para cubrirle un pecho. Se estremeció cuando sus dedos tironearon del encaje del sujetador para apartarlo y acariciarle el endurecido pezón con la palma de la mano.

Jamás había permitido que nadie la tocara de esa manera. Claro que también había hecho un montón de cosas con él que no había hecho nunca antes. Durante toda su vida había sido un modelo de decoro y discreción. Había sido la clase de mujer que siempre acataba las normas y que nunca trataba de romperlas ni de utilizarlas a su favor.

Naruto había liberado algo en su interior. Algo salvaje y maravilloso.

Algo inesperado.

Los labios masculinos abandonaron su boca y la mano se deslizó hacia abajo, por encima de su vientre, hasta llegar a la cinturilla de los pantalones.

Hinata se echó a temblar cuando le desabrochó el botón y comenzó a bajarle la cremallera. En el sueño tenía la excusa de que no era real. De que todo era un sueño.

Esa noche, la barrera había desaparecido. Una vez que la tocó en el plano de la realidad, ya no hubo vuelta atrás. ¡Qué narices! No habría habido vuelta atrás de todas formas. Jamás volvería a ser la misma.

—¿Me vas a dejar que te eche un polvo en el suelo, princesa? —le preguntó con voz entrecortada y cargada de deseo.

—No, Naruto —respondió ella en un susurro—. Pero puedes hacerme el amor donde quieras.

Le cogió la mano y se la llevó bajo los pantalones, deslizándola por debajo de las braguitas de algodón.

Naruto comenzó a respirar con dificultad cuando la vio separar las piernas a modo de invitación. La contempló allí tumbada en el suelo. Tenía el jersey arrugado y levantado, lo que dejaba a la vista la redondez de su vientre; el contraste entre su mano y el rosa claro de la ropa interior resultaba sorprendente. Su vello púbico asomaba bajo el elástico mientras la acariciaba con suavidad.

Hinata le desabrochó los pantalones para liberar su erección y fue incapaz de moverse cuando lo tomó entre sus cálidas manos.

Con el cuerpo en llamas, deslizó la mano por los húmedos rizos que le cubrían la entrepierna hasta poder tocarla de una forma mucho más íntima mientras ella lo acariciaba. Su sexo estaba mojado e inflamado, suplicando más. Entretanto, las manos de Hinata se deslizaban sobre su miembro endureciéndolo hasta un punto doloroso.

Naruto introdujo los dedos entre esos pliegues y se deleitó al escuchar sus murmullos de placer. Inclinó la cabeza hacia un pecho para juguetear con su pezón. Lo succionó y lo estimuló, tomándose su tiempo para saborearla.

Deseaba más de ella, de modo que introdujo los dedos en su interior y descubrió algo que lo dejó perplejo. Algo que no había estado allí durante el sueño.

Se quedó de piedra. Se apartó un poco y frunció el ceño cuando notó el himen bajo sus indagadores dedos.

—¿Eres virgen?

—Sí.

Naruto soltó una maldición y se apartó de ella.

—¿¡Eres virgen!? —repitió—. ¿Cómo diablos es posible que seas virgen?

—Muy fácil. Nunca me he acostado con un hombre.

—Pero en mis sueños...

—Eran sueños, Naruto. No se trataba de mi cuerpo real.

Naruto lo vio todo negro. Unos celos injustificados se apoderaron de él. Su pequeña ninfa había encontrado una forma de pasárselo en grande.

—¿Y a cuántos hombres te has follado en sueños?

—¡Serás idiota! —exclamó Hinata al tiempo que se incorporaba para sentarse en el suelo—. Si pudiera encontrar tu rostro, ¡te lo borraría de un tortazo!

Enfadada, comenzó a colocarse bien la ropa y se apartó de él. Tenía las mejillas sonrojadas, le temblaban las manos y no dejaba de maldecirlos a ambos entre dientes.

Fue entonces cuando Naruto lo supo. No estaría tan cabreada si fuera culpable de lo que la había acusado. Jamás había estado con otro hombre.

Solo con él.

Saberlo lo dejó perplejo.

Ni siquiera comprendía por qué le ofrecía algo que no le había ofrecido a ningún otro. Eso no tenía el más mínimo sentido en su mundo.

—¿Por qué quieres estar conmigo?

Ella dejó de vestirse y miró en su dirección.

—No tengo la menor idea. Eres arisco. Grosero. Insoportable. En mi vida he conocido a nadie con peores modales ni... ni... tan exasperante. No respetas a nadie, ni siquiera a ti mismo. Lo único que sabes hacer es irritar, irritar e irritar. Ni siquiera sabes cómo ser feliz.

Hinata abrió la boca para continuar, pero se detuvo al darse cuenta del tono en el que Naruto le había hecho la pregunta. Con una leve curiosidad. Ni mucho menos acusatorio. Y lo que era más importante: le había salido de dentro.

De modo que también ella respondió con el corazón en la mano.

—¿Quieres saber la verdad, Naruto? Quiero estar contigo porque hay algo en tu interior que me pone a cien. Siempre que estás cerca, deseo extender la mano para tocarte. Pegarte a mi cuerpo para abrazarte con fuerza y decirte que todo va a salir bien. Que no voy a permitir que nadie más te haga daño.

—No soy un niño —replicó él con tono airado.

Hinata extendió el brazo en la oscuridad y descubrió su mano sobre el suelo, frente a ella. La tomó entre las suyas y la apretó con fuerza.

—No, no eres ningún niño. Jamás lo fuiste. Se supone que hay que proteger a los niños, cuidarlos. Tú no tuviste a nadie que te abrazara cuando llorabas. Nadie te consoló jamás. Jamás te contaron cuentos ni te hicieron reír cuando estabas triste.

La tragedia que había sido la vida de ese hombre le dolió en el alma y le entraron ganas de echarse a llorar por todas las injusticias que había soportado. Le habían negado cosas que ella había dado por sentadas de niña. La amistad, la felicidad, la familia, los regalos... Y sobre todo el amor.

Su vida había sido muy injusta.

Deslizó la mano por su musculoso brazo antes de enterrarla en su cabello para poder acariciarle el cuero cabelludo.

—Hazme el amor, Naruto. No puedo borrar tu pasado, pero puedo abrazarte. Quiero compartir mi cuerpo contigo, aunque solo sea un instante.

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Continuará...