Enséñame tu Corazón


14| ESPERANZA


Él la estrechó con fuerza contra su cuerpo y la besó con pasión. Hinata gimió y arqueó la espalda cuando volvió a tumbarla en el suelo. Se quitó los zapatos antes de deshacerse de los pantalones y las braguitas. Se quitó la camisa y se desabrochó el sujetador.

Debería estar avergonzada. Jamás se había desnudado delante de nadie. Nunca había estado desnuda delante de personas vestidas. Sin embargo, no lo estaba.

Con él se sentía poderosa. Femenina. Sabía que la deseaba y solo anhelaba complacerlo. Se tendió de nuevo sobre el gélido suelo.

Hipnotizado, Naruto permaneció inmóvil cuando Hinata dobló las rodillas y separó las piernas en clara invitación. Tenía los pezones endurecidos a causa del frío y del deseo; el cabello suelto y desparramado sobre los hombros; las manos sobre el vientre.

Y sin embargo él no podía apartar la vista de su sexo. Húmedo e hinchado por el deseo, al igual que el suyo.

—Tengo frío, Naruto —susurró—. ¿Quieres hacerme entrar en calor?

Debería levantarse y dejarla allí, tal y como estaba. No pudo hacerlo. Nadie le había ofrecido nunca un obsequio tan precioso.

Nadie salvo Hinata.

Cogió las pieles del colchón y la cubrió con ellas. Se deshizo de su propia ropa antes de reunirse con ella. Le separó aún más los muslos y se tomó un momento para contemplar la parte más íntima de su cuerpo.

Era hermosa.

Recorrió con los dedos su excitado sexo, haciendo que se estremeciera con más fuerza a pesar de estar bajo las cálidas pieles. Con los pulgares, le separó los pliegues y después se agachó para tomarla en la boca.

Hinata jadeó al sentir el roce de la lengua de Naruto. La lamió y la estimuló mientras sentía el cálido roce de su aliento sobre el trasero. Las ardientes manos masculinas le sujetaron las caderas para acercársela más a la boca y a las mejillas, ásperas por la barba.

Naruto soltó un gemido, como si encontrara delicioso su sabor. Hinata se lamió los labios y extendió el brazo para acariciarle el rostro mientras él le proporcionaba placer. Su corazón se desbocó a causa de las sensaciones que le provocaba esa mandíbula que se movía bajo sus manos.

Sus caricias habían sido increíbles en sueños, pero la realidad resultaba mucho más intensa. Mucho más satisfactoria.

La cabeza comenzó a darle vueltas al tiempo que su pulso se aceleraba todavía más. Un éxtasis desenfrenado comenzó a insinuarse en su interior y le hizo gritar su nombre mientras se apretaba contra sus labios. Y cuando se corrió, gritó y le sujetó la cabeza contra su cuerpo mientras el placer la hacía estallar en un millar de pedazos. Sin embargo, él siguió lamiéndola y estimulándola hasta que se le saltaron las lágrimas por el increíble placer.

Naruto se separó para observarla allí en el suelo con la respiración entrecortada. La parte superior de su cuerpo estaba cubierta por las pieles, pero la inferior estaba desnuda y resplandecía bajo la tenue luz de la linterna por la combinación de su saliva y su propio flujo.

Tenía el rostro arrebolado y los ojos brillantes.

Ninguna mujer había estado en su casa con anterioridad. Y mucho menos una desnuda. Le quitó las pieles de encima. Ella jadeó cuando le rozaron los pezones, sensibles e inflamados y le tendió los brazos. Naruto se tumbó sobre ella y dejó que su calor lo entibiara.

Gimió al sentir el roce de sus endurecidos pezones contra el pecho. La punta de su verga presionó sobre los húmedos rizos de su entrepierna.

Hinata los cubrió a ambos con las pieles y lo acunó contra su cuerpo.

Por los dioses, era maravilloso sentirla bajo su cuerpo. Cara a cara. Sus piernas alrededor de la cintura. Sus manos acariciándole la espalda. Inclinó la cabeza para besarla y tanteó sus labios con la lengua. Aunque no era precisamente su boca lo que quería penetrar...

Bajó la mano a lo largo de su brazo para entrelazar los dedos con los de ella. Acto seguido, le llevó la mano por encima de la cabeza y la retuvo allí antes de profundizar el beso.

Hinata tragó saliva al sentir el peso de ese magnífico y sensual cuerpo masculino contra el suyo. Sintió el extremo de su erección contra la entrada de su cuerpo y arqueó la espalda, a la espera de que la llenara. En ese momento, él intensificó el beso y con una única embestida se hundió hasta el fondo en ella.

Hinata dio un respingo y gimoteó ante el súbito dolor que sustituyó al placer.

Naruto se apartó de inmediato.

—Por los dioses, Hinata, ¿te he hecho daño? Lo siento mucho. No sabía que te iba a doler.

Su arrepentimiento fue tan inmediato y sincero que la sorprendió incluso más de lo que lo había hecho el dolor. Las disculpas y Naruto eran tan incompatibles como los globos y los puercoespines.

Era obvio que Naruto carecía de cierta información.

—No pasa nada —le dijo, besándolo hasta que se relajó—. Lo normal es que duela la primera vez.

—No me dolió la primera vez que lo hice. Créeme.

Ella se echó a reír al escucharlo.

—Solo les duele a las mujeres, príncipe azul. No pasa nada, de verdad.

Bajó la mano y lo encontró aún duro y palpitante. Naruto soltó un gemido gutural cuando comenzó a acariciarlo.

Hinata se mordió el labio y lo guió de nuevo hacia su interior, pero él se tensó, negándose a que lo llevara de nuevo hacia ese lugar.

—No quiero hacerte daño.

La inundó la felicidad.

—No lo harás, Naruto. Te quiero dentro de mí.

Él titubeó durante unos instantes antes de deslizarse lentamente en su interior una vez más. Ambos gimieron.

Hinata arqueó la espalda ante la increíble sensación de ese duro miembro, enterrado profundamente en su interior. La llenaba por completo de una forma tan abrumadora...

Le acarició la musculosa espalda hasta llegar a los hombros. El único modo de mejorar la experiencia sería poder mirarlo a los ojos mientras la amaba. Eso era lo único que echaba de menos de los sueños. Aunque las sensaciones que le provocaba en ese instante eran mucho más intensas, deseaba poder observarlo de nuevo.

Naruto balbuceó su nombre y enterró los labios en su garganta, arañándole la piel con los colmillos mientras la penetraba con acometidas lentas y poderosas. La deliciosa sensación de verse rodeado por esa cálida humedad le desbocó el corazón. Dejó que la suavidad de su cuerpo lo calmara.

Sus caricias eran celestiales. Y celestial era también escuchar cómo pronunciaba su nombre. Jamás había imaginado que tomar a una mujer pudiera ser así.

Hinata le tomó el rostro entre las manos.

—¿Qué haces? —le preguntó él.

—Quiero verte.

Naruto colocó las manos sobre las suyas y giró la cara para depositar un beso en su palma.

Hinata se derritió ante la ternura del gesto mientras él seguía con ese ritmo lento y a la vez poderoso. La barba le raspaba las manos, pero sus labios eran suaves, tiernos.

Era como una pantera domesticada. Una criatura que seguía siendo salvaje pero que podría acercarse para olisquearte la mano siempre que cuidaras de ella y no hicieras movimientos bruscos.

Volvió a inclinarse hacia ella para enterrar la boca en su garganta. Hinata se estremeció mientras recorría con las manos esa magnífica espalda hasta las caderas. Adoraba sentirlo sobre ella. Adoraba el movimiento de sus caderas.

Deslizó las manos hasta los costados de Naruto antes de introducirlas entre sus cuerpos. El vello masculino le rozó la piel cuando rodeó el húmedo miembro con las manos para notar cómo entraba y salía de ella.

Naruto contuvo el aliento cuando comenzó a acariciarlo mientras la penetraba. Por los dioses, la ternura de esas manos...

La besó mientras ella exploraba la zona donde sus cuerpos se unían y soltó un gemido gutural cuando apretó con suavidad sus testículos, caricia que lo dejó al borde al orgasmo.

—Despacio, princesa —susurró al tiempo que le apartaba las manos—. No quiero correrme todavía. Quiero sentirte un poco más.

Sus roncas palabras le arrancaron una sonrisa. Naruto le sujetó los brazos por encima de la cabeza y se inclinó para mordisquearle el pezón con delicadeza.

Cómo amaba a ese hombre... Con sus defectos, su malhumor y todo lo demás.

—Soy toda tuya —murmuró—. Tómate el tiempo que quieras.

Y así lo hizo. Besó cada centímetro de su cuerpo que pudo alcanzar sin salir de ella. El efecto de cada tierna caricia resultaba más intenso porque Hinata sabía lo raros que eran esos gestos en él. No era un hombre dado a prodigar cariño. No se iba con la primera mujer que le sonreía.

Era un zorro que solo había abandonado su guarida al oír sus pasos. Solo ella había sido capaz de domesticarlo. Jamás le pertenecería a nadie del modo que le pertenecía a ella.

Hinata se corrió de nuevo gritando su nombre.

Naruto aceleró el ritmo de sus embestidas y se unió a ella en el paraíso, con la mente convertida en un torbellino. Se quedó tendido sobre ella, jadeante y débil, mientras escuchaba los rápidos latidos del corazón de Hinata contra su pecho.

No deseaba estar en ningún otro lugar que no fuera allí con ella, dejando que el aroma de su dulce y sudorosa piel lo arrullara y lo reconfortara. Jamás había sentido el calor que lo inundaba. Ni la saciedad.

Ni la felicidad.

Lo único que quería era quedarse allí desnudo con ella y olvidarse del resto del mundo. Por desgracia, eso era lo único que no podía hacer. La besó con dulzura y se apartó de ella.

—Deberíamos vestirnos. No sé si Kakuzu vendrá aquí, pero apostaría cualquier cosa a que lo hará.

Ella asintió con la cabeza.

Naruto vaciló un instante al ver la sangre que le manchaba los muslos, la sangre que demostraba la pérdida de la virginidad. Apretó los dientes y se dio la vuelta, avergonzado por haberla tomado en el suelo, como un animal después de todo. Hinata no se merecía aquello.

Él no la merecía.

¿Qué había hecho?

La había arruinado.

Ella se sentó y le tocó el hombro. La sensación lo recorrió de arriba abajo. Era una sensación conocida.

Sublime.

En ese caso, ¿por qué le provocaba un nudo en el estómago?

—¿Naruto? ¿Pasa algo malo?

—No —mintió él, incapaz de confesarle sus pensamientos.

Hinata jamás debería haberse acostado con alguien como él. Estaba tan por debajo de ella que no se merecía su ternura. No se merecía nada. Y a pesar de todo ella había extendido la mano y lo había tocado. No lo entendía.

Hinata apoyó la mejilla contra su espalda y le rodeó la cintura con un brazo. Naruto se quedó sin aliento cuando comenzó a recorrer su pecho con la mano en un gesto reconfortante.

—No me arrepiento de nada, Naruto. Espero que tú sientas lo mismo.

Se recostó contra ella e intentó que el dolor de su corazón no ensombreciera lo que habían compartido.

—¿Cómo podría arrepentirme de la mejor noche de mi vida? —Rió con amargura al recordar todo lo que había ocurrido desde que Shikamaru lo despertó con una sacudida—. Bueno, siempre que no tengamos en cuenta al Terminator que nos persigue y a la diosa que quiere verme muerto, por no mencionar...

—Ya me hago una idea —lo interrumpió ella con una carcajada. Le acarició el cuello con la nariz, provocándole un millar de escalofríos—. Sí que parece una situación desesperada, ¿verdad?

Naruto lo meditó un instante.

—«Desesperada» implica que alguna vez hubo esperanza. Y esa es otra de las palabras que no comprendo. La esperanza solo existe para la gente que puede elegir.

—¿Y tú no puedes?

Naruto jugueteó con un mechón de su cabello negro azulado.

—Soy un esclavo, Hinata. Jamás he conocido la esperanza. Me limito a hacer lo que me ordenan.

—Aun así jamás lo has hecho.

Eso no era del todo cierto. Como humano, jamás se había atrevido a abrir la boca para protestar por nada. Había sufrido una paliza tras otra, una humillación tras otra, y no había hecho nada para impedirlo.

Tan solo como Cazador Oscuro había aprendido a luchar.

—¿Crees que Kiba estará bien?

El brusco cambio de tema lo pilló desprevenido.

—Sí. Shikamaru es un hacha con los animales. Incluso con los katagarios.

La respuesta le arrancó una risilla.

—Vaya, Naruto... me parece que después de todo estás aprendiendo a tranquilizar a la gente. Casi esperaba que expresaras tu deseo de verlo muerto en una cuneta...

Él bajó la vista hacia la pequeña mano que le acariciaba la piel y que descansaba justo sobre su corazón. Era cierto. Estaba domesticándolo. Cambiándolo.

Y eso lo asustaba aún más que el monstruo que los perseguía para matarlos. Podía enfrentarse a Kakuzu, pero a esas emociones... Ella lo dejaba indefenso.

—Sí, bueno, con un poco de suerte a estas alturas será un caso perdido.

Hinata se echó a reír al escucharlo antes de darle un pequeño beso en la espalda y alejarse para comenzar a vestirse.

Naruto la observó con el corazón en un puño. ¿Qué tenía esa mujer que le hacía desear ser más de lo que era? Por ella deseaba de corazón convertirse en un hombre decente. Amable.

Humano.

Cosas que jamás había sido.

Se obligó a ponerse en pie y arrojó la ropa que se había quitado al cubo de la basura antes de sacar otras prendas limpias del armario. Al menos ya no tendría un agujero en la parte trasera del abrigo. Sacó uno de sus viejos abrigos para Hinata, se lo colocó sobre los hombros y lo abotonó.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

—Te mantendrá más caliente que tu abrigo.

Hinata metió las manos en las larguísimas mangas mientras Naruto cogía guantes, gorros y bufandas para ambos.

—¿Adónde vamos? ¿No amanecerá pronto?

—Sí, y ya lo verás. Más o menos.

Una vez que la tuvo vestida adecuadamente y él se hubo puesto las botas térmicas, apartó la estufa de leña para tener acceso a la trampilla que había debajo. Ayudó a Hinata a bajar por el agujero y descendió tras ella antes de cerrar la trampilla. Utilizó la telequinesia para volver a colocar la estufa en su lugar.

—¿Dónde estamos?

—En los túneles.

Naruto encendió la linterna. Allí abajo estaba más oscuro que la boca de un lobo y hacía un frío de tres pares de narices. Pero estarían a salvo... al menos de momento.

Si Kakuzu aparecía durante el día, no descubriría ese lugar. Nadie conocía su existencia.

—¿Qué son los túneles?

—Para abreviar, el resultado de mi aburrimiento. Tras tallar las paredes de la cabaña, comencé a excavar por debajo. Supuse que así tendría más espacio para moverme durante el verano y además aquí abajo no hace tanto calor en verano ni tanto frío durante el invierno. Por no mencionar que me obsesionaba la idea de que Jiraya viniera un día para matarme. Quería tener una vía de escape que él no conociera.

—Pero el suelo está congelado. ¿Cómo te las apañaste?

—Soy más fuerte que un humano y he tenido novecientos años para trabajar aquí. Estar atrapado y aburrido hace que la gente cometa las locuras más increíbles.

—¿Como excavar un túnel hasta China?

—Exacto.

La condujo a través del estrecho corredor hasta una pequeña cámara donde guardaba las armas.

—¿Nos quedaremos aquí durante el día?

—Teniendo en cuenta que no quiero sufrir una combustión espontánea a causa del sol, creo que es lo más seguro, ¿no te parece?

Ella asintió.

Una vez que hubo reunido tantas armas como podía llevar encima, Naruto la llevó hasta el extremo del túnel más largo. La trampilla que había sobre ellos daba a la parte más densa del bosque que rodeaba la cabaña.

Sería un lugar seguro para salir cuando cayera la noche.

—¿Por qué no duermes un poco? —preguntó Naruto.

Sin pensarlo dos veces, se quitó el abrigo de buey almizclero y lo echó al suelo a modo de improvisado lecho.

Hinata hizo ademán de protestar, pero se contuvo. Los gestos de amabilidad eran extraños en Naruto. No iba a quejarse por su buena obra. Así pues, se acostó sobre el abrigo.

Sin embargo, él no mostró intenciones de reunirse con ella. Comenzó a pasearse por la reducida estancia, esperando al parecer a que ella se durmiera.

Con cierta curiosidad por lo que tenía planeado, Hinata cerró los ojos y fingió dormirse.

Naruto aguardó unos minutos antes de sacar el teléfono móvil que le había dado Kisame. Subió las escaleras y abrió la trampilla que daba al bosque para tener un poco de cobertura. Se aseguró de que la luz del alba no lo rozara.

No sabía si aquello iba a funcionar o no, pero tenía que intentarlo. Marcó el número de teléfono de Jiraya y pulsó el botón de llamada.

—Vamos, Jiraya... —dijo en voz baja—. Coge el maldito teléfono.

Hinata permaneció tumbada en silencio, a sabiendas de que el teléfono jamás sonaría allí donde se encontraba Jiraya. Artemisa no lo permitiría. Claro que la diosa no lo controlaba todo.

Utilizó sus limitados poderes para «dar un empujoncito» a la señal.

Jiraya se despertó de golpe en cuanto sonó el teléfono. La fuerza de la costumbre le hizo rodar sobre la cama; ya había extendido el brazo en busca de su mochila cuando de repente recordó el lugar donde se encontraba y la prohibición de responder al teléfono cuando estaba en el templo de Artemisa.

Aunque, puestos a pensar, el teléfono ni siquiera debería haber sonado en ese lugar. Después de todo, en el Olimpo no había ningún repetidor que llevara la señal. Lo que significaba que debía de ser una llamada de Hinata...

El problema era que si Artemisa lo pillaba hablando con la ninfa, agarraría un buen cabreo y rompería su trato. No le importaba mucho lo que pudiera hacerle a él, pero no tenía la menor intención de desatar la ira de la diosa sobre Hinata.

Con los dientes apretados, sacó el teléfono y dejó que el buzón de voz recibiera la llamada mientras escuchaba el mensaje. Lo que escuchó le nubló la vista.

No era Hinata. Era Naruto.

—Joder, Jiraya... ¿dónde estás? —gruñó el Cazador; tras unos segundos de silencio, continuó—: Yo... necesito tu ayuda.

Jiraya sintió un nudo en el estómago al escuchar esas palabras; unas palabras que jamás creyó posible que Naruto pronunciara. Al antiguo esclavo debía de estar costándole mucho admitir siquiera que necesitaba algo de alguien. En especial de él.

—Mira, Jiraya, sé que soy hombre muerto y me importa una mierda. No estoy seguro de hasta qué punto conoces mi situación, pero hay otra persona conmigo. Se llama Hinata y dice que es una ninfa de la justicia. Esa cosa, Kakuzu, me persigue y ya ha matado a un Cazador Oscuro esta noche. Sé que matará a Hinata si llega a ponerle las manos encima.

» Tienes que protegerla por mí, Jiraya... Por favor. Necesito que vengas y que la mantengas a salvo mientras lucho con Kakuzu. Si no quieres hacerlo por mí, hazlo por ella. No se merece morir por intentar ayudarme.

Jiraya se sentó en la cama. Apretaba el teléfono con tanta fuerza que se le clavó en la mano. Quería responder. Pero no se atrevía. La furia y el dolor se abrieron paso en su interior. ¿Cómo se atrevía Artemisa a traicionarlo de nuevo?

Maldita fuera.

Debería haber sabido que no encerraría a Kakuzu, tal y como había prometido. ¿Qué significaba una muerte más para ella? Nada. Nada le importaba excepto sus propios deseos. Pero a él sí le importaba. Le importaba de una forma que Artemisa jamás llegaría a comprender.

—Estoy en mi cabaña con el teléfono de Kisame. Llámame. Hay que sacarla de aquí lo antes posible.

La línea quedó en silencio.

Jiraya apartó a un lado las mantas y se vistió con el pensamiento. Furioso, arrojó el móvil a la mochila y abrió de par en par las puertas del dormitorio.

Artemisa estaba sentada en su trono y su gemelo, Apolo, estaba de pie delante de ella. Ambos dieron un respingo cuando lo vieron entrar.

No era de extrañar que Artemisa le hubiera dicho que debía descansar. La diosa sabía que era mejor no tenerlos juntos en la misma estancia. Se llevaban incluso «mejor» que Artemisa y Simi.

Apolo se abalanzó sobre él.

Jiraya extendió la mano y apartó al dios de un golpe.

—Mantente alejado de mí, idiota. Hoy no estoy de humor para aguantarte.

Se encaminó hacia la puerta y descubrió que Artemisa le bloqueaba el paso.

—¿Qué estás haciendo?

—Me voy.

—No puedes hacerlo.

—Apártate de mi camino, Artemisa. Con el humor que tengo, podría hacerte daño si no te alejas.

—Juraste que te quedarías dos semanas. Si abandonas el Olimpo, morirás. No puedes romper tu promesa y lo sabes.

Jiraya cerró los ojos y maldijo el detallito que se le había olvidado a causa del enfado. A diferencia de los dioses del Olimpo, su palabra era vinculante. Una vez que pronunciaba un juramento, estaba obligado a cumplirlo por más que deseara otra cosa.

—¿Qué está haciendo aquí? —gruñó Apolo—. Me aseguraste que ya no venía.

—Cierra la boca, Apolo —dijeron la diosa y el atlante al unísono.

Jiraya fulminó a Artemisa con la mirada mientras ella retrocedía un paso.

—¿Por qué me mentiste acerca de Kakuzu? Me dijiste que lo habías encerrado de nuevo.

—No te mentí.

—¿No? ¿Cómo es posible entonces que anduviera anoche por Alaska matando a mis Cazadores Oscuros cuando me prometiste que lo encerrarías de nuevo?

—¿Mató a Naruto?

Jiraya frunció los labios con desprecio.

—Borra esa expresión esperanzada de tu rostro. Naruto sigue con vida, pero otro fue asesinado.

La alegría desapareció del rostro de Artemisa.

—¿Quién?

—¿Cómo voy a saberlo? Estoy atrapado aquí contigo.

La diosa se puso rígida al escuchar la forma en que lo había dicho.

—Les dije a los Oráculos que lo encerraran después de que Hamura lo liberara. Di por supuesto que habían cumplido mis órdenes.

—En ese caso, ¿quién lo liberó esta vez?

Ambos se giraron para mirar a Apolo.

—Yo no he sido —aseguró el dios—. Ni siquiera sé dónde ocultas a esa criatura.

—Será mejor que no hayas sido tú —gruñó Jiraya.

Apolo sonrió con desdén.

—No me asustas, humano. Te maté una vez y puedo hacerlo de nuevo.

Jiraya sonrió lentamente, con frialdad. Las cosas habían cambiado mucho desde aquel entonces; además, en esos momentos jugaban a otra cosa muy distinta y con unas reglas totalmente diferentes que le habría encantado mostrarle al dios.

—Inténtalo, por favor.

Artemisa se interpuso entre ellos.

—Apolo, márchate.

—¿Y qué pasa con él?

—No es de tu incumbencia.

Apolo los miró como si ambos le dieran asco.

—No puedo creer que permitas entrar en tu templo a alguien como él.

Con el rostro sonrojado, Artemisa apartó la mirada, demasiado avergonzada para replicarle a su hermano. Tal y como Jiraya había esperado que hiciera. Avergonzada de él y de la relación que mantenían, la diosa siempre había intentado mantenerlo lo más apartado posible del resto de los habitantes del Olimpo. Los dioses sabían de sus visitas desde hacía siglos.

Corrían muchos rumores sobre lo que hacían juntos y sobre cuánto tiempo permanecía con ella, pero Artemisa nunca había confirmado la relación que existía entre ellos. Jamás se había dignado a tocarlo en presencia de otra persona.

Resultaba curioso que después de once mil años aún le molestara ser el sucio secretillo de la diosa. Que después de todo lo que habían compartido ella apenas soportara mirarlo cuando había alguien cerca. Y a pesar de todo lo había atado a ella y se negaba a dejarlo marchar. Mantenían una relación enfermiza y Jiraya lo sabía muy bien.

Por desgracia, no tenía ni voz ni voto en ese asunto. Aunque si alguna vez encontraba la manera de liberarse de ella, echaría a correr sin pensarlo. Y Artemisa lo sabía tan bien como él.

Esa era la razón de que se aferrara a él con todas sus fuerzas.

Apolo lo recorrió de arriba abajo con una mirada despectiva.

Tsoulus.

Jiraya se tensó al escuchar el antiguo insulto griego. No era la primera vez que lo llamaban así. Cuando era humano había respondido a él de forma desafiante, con una especie de perverso regocijo. Lo único que de verdad dolía era saber que tras once mil años, seguía siendo tan válido como en aquel entonces. Sin embargo, ya no se vanagloriaba del título.

En esos momentos le dolía.

Artemisa agarró a su hermano de la oreja y lo arrastró hasta la puerta.

—Lárgate —le gritó con furia antes de empujarlo hacia fuera y cerrar la puerta con fuerza.

Se giró para enfrentarse a Jiraya.

Jiraya no se había movido. El insulto seguía haciendo mella en su corazón.

—Es un imbécil.

No se molestó en contradecirla. No podría estar más de acuerdo.

—Simi, toma forma humana.

Simi salió flotando de su manga para manifestarse delante de él.

—¿Sí, akri?

—Protege a Naruto y a Hinata.

—¡No! —exclamó Artemisa—. No puedes dejarla marchar; podría contarle a Naruto todo lo que ocurrió.

—Pues que lo haga. Ya es hora de que se entere.

—¿En serio? ¿Quieres que sepa la verdad sobre ti?

Jiraya sintió una descarga en su interior y supo que sus ojos habían perdido el color plateado para convertirse en rojos. Artemisa retrocedió un paso, hecho que confirmó sus sospechas.

—Fue la verdad sobre ti lo que le oculté —respondió Jiraya entre dientes.

—¿De verdad, Jiraya? ¿Fue de verdad por mí o borraste sus recuerdos de aquella noche porque temías lo que llegara a pensar de ti?

La descarga se intensificó.

Jiraya alzó la mano para silenciar a Artemisa antes de que fuera demasiado tarde y sus poderes se hicieran con el control. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había alimentado y su genio estaba demasiado a flor de piel como para controlarse.

Si continuaban peleándose, no había forma de predecir lo que podría llegar a hacer.

Miró a Simi, que esperaba a su lado.

—Simi, no hables con Naruto, pero asegúrate de que Kakuzu no mata a ninguno de los dos.

—Dile que tampoco mate a Kakuzu.

Jiraya abrió la boca para discutir, pero se contuvo. Ni disponían de tiempo ni poseía el control suficiente sobre sí mismo. Si Kakuzu mataba a Naruto y a Hinata, la vida se complicaría mucho para todo el mundo.

—No mates a Kakuzu, Simi. Ahora márchate.

—De acuerdo, akri, Simi los protegerá. —Se desvaneció.

Artemisa lo miró con los ojos verdes entrecerrados.

—No puedo creer que hayas dejado que se marche sola. Es peor que Naruto y Kakuzu juntos.

—No tenía elección, Mei. ¿Has pensado por un momento lo que ocurrirá si muere Hinata? ¿Cómo crees que reaccionarían sus hermanas?

—Ella no puede morir a menos que sus hermanas lo deseen.

—Eso no es cierto y lo sabes muy bien. Hay ciertas cosas que ni siquiera las Moiras pueden controlar. Y te aseguro que si tu desquiciada mascota destruye a su adorada hermanita pequeña, exigirán tu cabeza a cambio.

No le hizo falta decir más. Porque si Artemisa perdía la cabeza, el mundo tal y como todos lo conocían se convertiría en algo realmente aterrador.

—Iré a hablar con los Oráculos.

—Desde luego, Mei. Y entretanto ve meditando la idea de ir a buscar a Kakuzu en persona y traerlo de vuelta a casa.

La diosa hizo un mohín.

—Soy una diosa, no una sirvienta. Yo no voy en busca de nadie.

Jiraya se acercó tanto a ella que apenas los separaba un palmo. El espacio entre ellos crepitaba con el enfrentamiento de sus poderes y la ferocidad de sus emociones.

—Tarde o temprano, todos nos vemos obligados a hacer cosas que están por debajo de nosotros. No lo olvides, Artemisa.

Se apartó de ella y le dio la espalda.

—El hecho de que tú te vendieras tan barato, Jiraya, no significa que yo tenga que hacer lo mismo.

Jiraya se detuvo en seco, aún de espaldas a ella, mientras las palabras lo desgarraban. El comentario había sido cruel e hiriente. Estuvo a punto de maldecirla por ello. No lo hizo, y Artemisa podía considerarse de lo más afortunada por el control que estaba demostrando. En cambio, habló con calma y eligió las palabras con cuidada deliberación.

—Si estuviera en tu lugar, Mei, rezaría para no conseguir nunca lo que de verdad te mereces. Pero si Kakuzu mata a Hinata, ni siquiera yo seré capaz de salvarte.

·

·

Continuará...