Enséñame tu Corazón
17| BAILANDO CON EL DIABLO
Kakuzu yacía en una cálida y confortable cama en casa de un guerrero spati. El spati, al igual que los miembros de su familia (tanto daimons como apolitas), estaban durmiendo en sus cuartos, a la espera de la puesta del sol, momento en el que sería seguro salir.
Tras perder el rastro de Naruto la noche anterior, Kakuzu lo había buscado hasta que el cansancio se apoderó de él. Los daimons lo habían llevado hasta allí para que descansara y, a pesar de que seguía exhausto, ya no podía dormir más, mientras las pesadillas lo acosaban sin descanso.
Podía sentir la llamada de los Oráculos, que trataban de obligarlo a regresar a su celda en el Tártaro.
Se negaba a obedecer.
Llevaba esperando ese momento novecientos años. Esperando su venganza.
El día que Artemisa lo creó, le había prometido que podría matar a Naruto de Moesia. Después, por alguna razón desconocida, había cambiado de opinión.
Nada había sido como ella dijera en un principio.
En lugar de disfrutar de una vida de lujos y riquezas, había sido confinado en una diminuta celda, solo y olvidado.
—Nadie puede saber jamás que estás vivo —le había dicho ella—. Al menos hasta que te necesite.
De modo que había esperado. Había pasado año tras año, siglo tras siglo, gritándole a la diosa que lo matara o lo dejara salir.
Ella jamás había respondido.
De manera que había descubierto que había cosas peores que la corta vida que tanto aterraba a sus hermanos apolitas. La inmortalidad en un agujero oscuro era mucho regresaría. Nadie volvería a encerrarlo. Antes destruiría el Olimpo.
Artemisa tenía tanto miedo de que sus Cazadores Oscuros enloquecieran que no había pensado en las consecuencias. No había nadie que pudiera detenerlo. Algo le pasó por la mente. El fragmento de un recuerdo.
Se vio a sí mismo como apolita...
Vio... La imagen cambió y vio a Naruto matando a su esposa. Soltó un rugido de furia. No, matar a Naruto sería demasiado sencillo. Quería que el hombre sufriera tanto como él.
Sufrimiento.
Dolor...
Por primera vez en novecientos años, sonrió. Sí. Naruto había protegido a una mujer la noche anterior. La había acurrucado contra él en la motonieve.
Era su mujer.
Kakuzu se levantó y se puso el abrigo. A pesar de que estaba agotado, no intentaría dormir un poco más. Se vistió a toda prisa y en silencio. Encontraría al Cazador Oscuro. Encontraría a su mujer. Ella moriría, pero Naruto... seguiría con vida. Tal y como lo había hecho él. Sufriría un tormento eterno, llorando a su amor perdido.
.
.
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Naruto hizo una pausa para observar a Hinata, que se había quedado dormida mientras charlaban.
Charlar.
Jamás había creído posible poder charlar con nadie. No obstante, había hecho muchas cosas con ella que nunca había creído posible experimentar. Incluso dormida parecía cansada. Esos dulces ojos tenían sombras oscuras bajo ellos.
Le dio un beso en los labios y se apartó un poco para no molestarla.
El demonio yacía en el mismo lugar donde se había sentado. También parecía dormir. Tenía un brazo doblado bajo la cabeza y el otro metido bajo la barbilla. Le recordaba a una niña pequeña. No era de extrañar que Jiraya estuviera encariñado con ella.
Volvió a mirar a Hinata. Ella era su fuerza.
Y su debilidad.
Simi era la de Jiraya.
Y era su deber cuidar de ambas.
Con el peso de esa enorme responsabilidad sobre sus hombros, Naruto cogió otra manta y cubrió al demonio. Ella sonrió en sueños y dijo en voz muy baja:
—Gracias, akri.
Naruto contempló con anhelo su abrigo, que seguía debajo de Hinata. Cogió otra manta y la colocó sobre ella. Rebuscó en el bolsillo y sacó los pequeños objetos que había recogido minutos antes en la cabaña, cuando se aventuró en busca de comida para Simi.
Se sentó junto a Hinata y le puso la mano sobre ellos, para que pudiera «ver» lo que eran cuando despertara. Naruto dejó que su mano se demorara unos segundos sobre su rostro.
—Te echaré de menos —susurró, a sabiendas de que incluso si se convertía en una Sombra, ella lo atormentaría. Después de todo, la necesitaba más que a la comida o al aire.
Ella era su vida.
Respiró hondo y enterró los dedos en su cabello, dejando que su calor los entibiara. Se la imaginó dulce y apasionada entre sus brazos. Recordó su aspecto mientras se corría con él. Recordó el sonido de su voz cada vez que pronunciaba su nombre.
Sí, sin duda alguna la echaría de menos. Por esa razón tenía que mantenerla a salvo. Se obligó a alejarse del consuelo que le proporcionaba y dejó a las dos mujeres.
Caminó hasta el final del túnel que conducía al bosque. Llevando tantas armas como podía acarrear, abrió la trampilla, se estremeció al sentir el viento gélido y partió en busca de Kakuzu.
Hinata se despertó sobresaltada cuando un sonido extraño invadió sus sueños.
—A Simi le gusta ese Naruto. ¡Es un tipo de primera!
Parpadeó varias veces cuando reconoció la voz de Simi. Comenzó a moverse hasta que notó algo bajo la palma de la mano. Eran algunas de las figurillas de Naruto y las recorrió con los dedos hasta que se dio cuenta de qué eran.
Cada una era un personaje de El principito. Había seis en total: el principito, la oveja, el elefante, la rosa, el zorro y la serpiente. Eran piezas exquisitas que habían sido talladas prestando mucha más atención a los detalles que en el resto de las que había «visto».
—Hasta le ha dado a Simi un abrelatas para que no tuviera que utilizar los colmillos. Eso me gusta. El metal resulta bastante duro para los dientes. —Simi se llevó la mano a los labios—. Un helado de judías y carne de cerdo. ¡Genial! El favorito de Simi.
—¿Simi? —preguntó Hinata al tiempo que se sentaba—. ¿Dónde está Naruto?
—Simi no lo sabe. Se despertó hace un momento y descubrió la estupenda comida que le había dejado.
—¿Naruto? —llamó Hinata.
No obtuvo respuesta.
Por supuesto, eso era algo típico en él.
—Simi, ¿está en la cabaña?
—Simi no lo sabe.
—¿Te importaría ir a comprobarlo, por favor?
—¡Naruto! —gritó.
—Simi, eso también podría haberlo hecho yo.
El demonio emitió un largo e irritado suspiro.
—Vale, pero no dejes que las judías se descongelen. —Hizo una pausa antes de añadir—: Akri dijo que te protegiera, Hinata, no que te hiciera los recados. Naruto es un Cazador Oscuro bastante mayorcito y puede andar solito por ahí.
Hinata percibió que el demonio se desvanecía.
Después de unos minutos, regresó.
—No, tampoco está allí.
El corazón de Hinata comenzó a latir con fuerza. Tal vez hubiera ido a por más comida.
—¿Ha dejado alguna nota, Simi?
—No.
Naruto abrió de una patada la puerta de la primera casa apolita que encontró. La pequeña comunidad de apolitas llevaba varias décadas asentada a las afueras de Yukigakure, pero él los dejaba en paz.
El Código les prohibía hacer daño a los apolitas hasta que se convirtieran en daimons que se alimentaran de humanos. Mientras se estuvieran quietecitos, no hicieran daño a los humanos y vivieran su vida hasta su muerte a los veintisiete años, gozaban de la misma protección que cualquier ser humano.
Esa era la razón, al menos según Simi, de que Naruto hubiera sido desterrado. Para Artemisa y el resto de los dioses, matar a un apolita era un crimen tan serio como matar a un humano. No obstante, en esos momentos Naruto estaba más que dispuesto a romper esa y cualquier otra norma para mantener a Hinata a salvo.
Tan pronto como la puerta se abrió con un crujido, las apolitas que vivían en la casa comenzaron a gritar y corrieron en busca de refugio mientras los hombres se abalanzaban sobre él.
Naruto utilizó la telequinesia para inmovilizarlos contra las paredes.
—Ni se os ocurra intentarlo —masculló—. No estoy de humor para lidiar con vosotros. He venido a buscar a Kakuzu.
—No está aquí —dijo uno de los hombres.
—Ya me lo imaginaba. Pero también me imagino que podréis llevarle un mensaje, ¿verdad?
—No.
—Va a matarnos —gimoteó un niño desde la parte trasera de la casa.
El miedo que traslucía la voz del niño lo calmó un poco... pero solo un poco. Naruto soltó a los apolitas que mantenía contra la pared.
—Decidle a Kakuzu que si me quiere, lo estaré esperando a las afueras de la ciudad, en Bear's Hollow. Si no está allí dentro de una hora, volveré y eliminaré a todos los daimons que pueda encontrar.
Se dio la vuelta y salió de la casa.
No se alejó mucho del lugar.
Los apolitas cerraron a toda prisa la puerta tras él y hablaron en susurros hasta que decidieron quién debía ir en busca de Kakuzu. Satisfecho al saber que le entregarían su mensaje, Naruto esbozó una sonrisa burlona y se dirigió a la motonieve.
La puso en marcha y condujo hacia el lugar de la cita, donde se sentó a esperar. Sacó el móvil de Kisame y llamó a Shikamaru.
El vaquero respondió al tercer tono.
—Vaya, esquimal, ¿eres tú?
—Sí, soy yo. Escucha, he dejado a Hinata en mi cabaña.
—¿Que has hecho qué? ¿Estás...?
—Sí, estoy loco, pero estará a salvo allí. Quiero que esperes unas tres horas y que después vayas a buscarla. Eso será tiempo más que suficiente.
—Tiempo más que suficiente ¿para qué?
—No te preocupes por eso. Entra en mi cabaña y dile a Hinata quién eres. Saldrá de su escondite con otra persona. Sé amable con la pequeñina, pertenece a Jiraya.
—¿Qué pequeñina?
—Ya lo verás.
—¿Dentro de tres horas? —repitió Shikamaru.
—Eso es.
El vaquero hizo una pequeña pausa.
—¿Y qué pasará contigo, esquimal?
—¿A qué te refieres?
—No irás a cometer alguna estupidez, ¿verdad?
—No, voy a hacer algo de lo más inteligente —dijo antes de colgar.
Arrojó el teléfono a su mochila y sacó los cigarrillos y un mechero. Encendió el cigarrillo y esperó sentado, soportando el gélido frío y echando de menos su abrigo. Sin embargo, al pensar en el abrigo sus pensamientos volvieron a Hinata y su temperatura subió de forma considerable.
Ojalá hubiera podido hacerle el amor una vez más. Sentir el roce de esa piel contra la suya. Su aliento en el rostro. Sus manos recorriéndole el cuerpo. Jamás había conocido a nadie como ella; claro que era una ninfa, después de todo. Muy distinta a cualquier otra criatura del universo.
Todavía no podía creer lo que sentía por ella. La forma en que era capaz de aliviar el dolor que lo inundaba y que había creído imposible de aplacar. Era curiosa esa facilidad que Hinata demostraba para mantener sus pensamientos alejados del pasado. De cualquier otra cosa.
No era de extrañar que Sasuke hubiese estado dispuesto a morir por Sakura. En esos momentos lo comprendía a la perfección. La cuestión era que él no quería morir por Hinata. Quería vivir por ella. Quería pasar el resto de la inmortalidad a su lado.
Pero no podía hacerlo.
Levantó la vista para contemplar las montañas que lo rodeaban y pensó en el Olimpo. El hogar de Hinata. Los mortales no podían vivir allí y los dioses no vivían en la Tierra. No había esperanza para ellos.
Y él era lo bastante sensato como para darse cuenta. Carecía de esa parte ingenua que pudiera hacerle creer que tal vez algo llegaría a unirlos. Le habían arrebatado todo el optimismo a patadas antes de ser lo bastante mayor como para afeitarse.
Aun así, no podía eliminar esa parte de sí mismo que lloraba la pérdida. Esa parte de sí mismo que gritaba con todas sus fuerzas que Hinata se quedara a su lado.
—Malditas seáis, Moiras. Malditas seáis las tres.
Aunque la verdad era que ya estaban malditas. Desde hacía mucho, mucho tiempo. Escuchó el rugido del motor de una motonieve que se aproximaba.
No se movió hasta que el vehículo se acercó y se detuvo. Estaba sentado de lado sobre el asiento de su motonieve, con las piernas estiradas por delante de él y cruzadas a la altura de los tobillos. Con los brazos cruzados frente al pecho, aguardó pacientemente a que el conductor se apeara.
Kakuzu se quitó el casco y lo miró como si no pudiera creer lo que veían sus ojos.
—Estás aquí de verdad.
Naruto inclinó la cabeza y le ofreció a la criatura una sonrisa fría y siniestra.
—¿No querías caldo? Pues aquí tienes tres tazas. Todos tenemos que bailar con el diablo tarde o temprano. A ti te ha llegado el momento esta noche.
Kakuzu entrecerró los ojos.
—Eres un cabrón arrogante.
Naruto dejó caer el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el tacón de la bota. Soltó una carcajada amarga y se apartó de la motonieve.
—No, no soy un cabrón arrogante. No soy más que un montón de mierda que ha alcanzado una estrella. —Sacó las Glock de las fundas que llevaba al hombro—. Y ahora seré el hijo de puta que va a librarte de tu miseria.
Comenzó a disparar. No esperaba que sirviera de nada, y estaba en lo cierto. Lo único que consiguió fue que Kakuzu se tambaleara. Y que él se sintiera un poco mejor. Arrojó los cargadores sobre la nieve, recargó las armas y volvió a disparar.
Kakuzu se echó a reír.
—No puedes matarme con una pistola.
—Lo sé, pero dispararte es divertido. —Y con un poco de suerte, podría debilitarlo lo suficiente para tener una oportunidad de matarlo.
Era lo único que podía hacer.
Cuando hubo agotado los últimos cargadores, le arrojó las armas a Kakuzu y continuó con dos granadas. Ninguna de ellas sirvió para nada. Apenas consiguieron detener a la criatura.
Con un gruñido, Naruto se abalanzó sobre él.
Ambos cayeron al suelo enzarzados en la pelea. Naruto utilizó todas sus fuerzas para darle patadas y puñetazos.
Kakuzu estaba bastante ensangrentado... pero él también.
—No puedes matarme, Cazador Oscuro.
—Si sangras, puedes morir.
Kakuzu sacudió la cabeza.
—Eso no es más que un mito que se cuentan los humanos para sentirse mejor.
Naruto le asestó otra patada y desenfundó su espada retráctil. Presionó el botón de la empuñadura para extender su metro y medio de longitud.
—Los Cazadores Oscuros también somos un mito, pero si nos cortas la cabeza, morimos. ¿Y tú? ¿Puedes volver a unir tu cabeza al cuerpo? — Naruto vio el brillo del pánico en los ojos del daimon—. No lo creo.
Blandió la espada en un arco.
Kakuzu se agachó y giró para alejarse de él. Sacó del cinturón una enorme daga profusamente adornada.
La destreza de Naruto con la espada estaba un poco oxidada, pero su memoria se fue recuperando a medida que luchaban.
Sí... recordaba bien cómo ensartar cosas. Le hizo un corte a Kakuzu en el pecho. El daimon siseó y se tambaleó hacia atrás.
—Pareces asustado, Kakuzu.
El daimon frunció los labios con desprecio.
—No le temo a nada, y menos a ti.
Lo atacó antes de que pudiera apartarse. Atrapó el brazo con el que Naruto sujetaba la espada y lo retorció. Gimió al sentir una oleada de penetrante dolor. Aunque no fue nada comparado con la puñalada que Kakuzu acababa de asestarle en el brazo izquierdo.
Soltó una maldición.
Con el brazo insensibilizado no podía sujetar la espada.
Kakuzu lo envió al suelo de un golpe. Le puso la rodilla sobre la columna y le tiró del pelo hasta que dejó expuesto el cuello.
Naruto trató de quitárselo de encima, pero no pudo hacer otra cosa que aguardar a que Kakuzu le cortara la cabeza. La hoja de la daga se le clavó en el cuello.
Naruto contuvo el aliento, asustado por la posibilidad de que el menor movimiento ayudara a rebanarle la garganta. Justo cuando la hoja comenzaba a cortarle el cuello, un fogonazo de luz cruzó la nieve y golpeó a Kakuzu, tumbándolo de espaldas.
Naruto cayó de bruces sobre la nieve.
—No, no y no... —dijo Simi cuando se materializó en su forma humana ante él—. Akri dijo que no podías matar a Naruto. Kakuzu malo.
Con un dolor infernal en el cuerpo, Naruto rodó hasta quedar de espaldas mientras Kakuzu se ponía en pie.
—¿Qué carajos eres tú? —preguntó el daimon.
—Eso da igual —respondió ella al tiempo que se arrodillaba junto a Naruto. Tocó el corte que tenía en la frente y examinó las heridas sangrantes del brazo y del cuello—. Vaya, te han hecho mucho daño, Cazador Oscuro. Simi lo siente mucho.
» Creíamos que volverías, pero Hinata comenzó a preocuparse e hizo que Simi viniera a buscarte. No tienes muy buen aspecto, la verdad. Estabas mucho más guapo antes.
Kakuzu comenzó a caminar hacia ellos.
Naruto se obligó a incorporarse y ayudó a Simi a ponerse en pie.
—Simi, vete antes de que acabes herida.
Ella resopló como un caballo.
—Él no puede hacerme daño. Nadie puede.
Kakuzu la atacó con la daga.
—Ya lo verás. —Simi se dio la vuelta y dejó que Kakuzu la apuñalara en el pecho.
El daimon hundió la daga hasta la empuñadura antes de sacársela. El demonio abrió los ojos de par en par y soltó un gemido de dolor.
Naruto creyó que estaba fingiendo hasta que comenzó a tambalearse. Tenía lágrimas en los ojos mientras lo contemplaba con agonizante incredulidad.
—Se suponía que no debía doler —gimoteó como una niña pequeña—. Simi es invencible. Akri lo dijo.
El corazón de Naruto latía desbocado.
La sangre manaba de entre los labios de Simi.
Le dio una patada a Kakuzu para alejarlo y cogió a Simi en brazos. A pesar de que el brazo herido le temblaba a causa del dolor, corrió con Simi hacia la motonieve.
Kakuzu se quedó atrás, a la espera.
Los vio marcharse y sonrió.
—Eso es, Naruto. Corre de vuelta con tu mujer. Enséñame dónde la has escondido.
Artemisa sintió la onda expansiva que recorrió su templo como si fuera un terremoto. Alguien dejó escapar un rugido letal y furibundo. Sus sirvientas alzaron la mirada con el semblante pálido. La diosa se sentó en el trono. De no saber que era imposible, habría creído que...
Las puertas de sus aposentos privados se hicieron añicos. Los fragmentos volaron por la habitación como si los impulsara un violento tornado. Las mujeres gritaron y salieron corriendo hacia la puerta, en busca de un lugar donde refugiarse de semejante vorágine. Artemisa quiso huir también, pero el miedo la dejó paralizada.
En muy raras ocasiones veía esa faceta de Jiraya.
La aterrorizaba demasiado para presionarlo hasta ese extremo. El atlante salió flotando de su dormitorio con la larga melena blanca sacudiéndose a su alrededor. Tenía los ojos rojos como la sangre y cambiaban como el fuego a medida que sus poderes sobrenaturales emergían. Sus largos colmillos estaban a la vista.
Esa era la criatura que más temía en el universo. En ese estado, podría matarla con un mero pensamiento. El pánico la invadió. Si no conseguía apaciguarlo, el resto de los dioses notarían su presencia y todos pagarían caras las consecuencias.
Sobre todo ella.
Utilizó sus poderes para enmascarar los del atlante con la esperanza de hacerlos pasar por suyos. Con un poco de suerte, los demás dioses asumirían que le había dado otra de sus rabietas.
—¿Jiraya?
Él la maldijo en atlante y la mantuvo apartada con un muro invisible. Artemisa sintió su agonía. Sufría un dolor atroz y ella no sabía por qué. Todo lo que había en su templo comenzó a girar en la vorágine de su furia y sus poderes. Los únicos que aún se mantenían en el suelo eran ellos dos.
—¿Artemisa? Tengo un problema.
La diosa dio un respingo al escuchar la voz de Hinata en la cabeza.
—Ahora no, Hinata. Yo también tengo un problemilla por aquí.
—Déjame adivinar, ¿Jiraya está furioso?
—Lo que siento va más allá de la furia, Hinata. —Su voz era grave, profunda y malévola. Esos ojos rojos se clavaron en Artemisa—. ¿Cómo es posible que Simi haya resultado herida?
El pánico de Artemisa se triplicó.
—¿El demonio está herido?
—Simi se está muriendo —dijeron Hinata y Jiraya a la vez.
Artemisa se cubrió la boca. De repente sentía ganas de vomitar. Se sentía enferma. Horrorizada y asustada más allá de lo imaginable. Si algo le ocurría a su demonio... La mataría.
Jiraya utilizó sus poderes para acercarla con brusquedad a él.
—¿Dónde consiguió Kakuzu una de mis dagas, Artemisa?
La pregunta le provocó un estremecimiento de culpabilidad. Cuando creó al primer Kakuzu, unos siete mil años atrás, le había proporcionado armas con las que matar a los Cazadores Oscuros. En aquel momento creyó que era justicia divina que utilizara una de las dagas atlantes de Jiraya para acabar con ellos.
Tan pronto como Jiraya se dio cuenta de que le faltaba una daga, había reunido todas sus armas y las había destruido. Y en esos momentos entendía el motivo. Lo había hecho para proteger a su demonio.
—No sabía que tu daga podría herirla.
—Maldita seas, Artemisa. Me lo has quitado todo. ¡Todo!
La diosa sintió su dolor, su pesar. Y lo odió por eso. Si muriera al día siguiente, a él no le importaría en lo más mínimo. Sin embargo, lloraba por su demonio. ¿Por qué no la protegía y amaba a ella de esa manera?
—Te la traeré, Jiraya.
Él impidió que se apartara de su lado.
—No hagas nada, Artemisa. Te conozco. No tratarás de curarla ni de ayudarla en forma alguna. Te limitarás a cogerla y a traérmela de vuelta. Júralo por el río Estigio.
—Lo juro.
El atlante la liberó.
Artemisa se desvaneció de su templo para presentarse en el lugar donde Hinata, Simi y Naruto se ocultaban, bajo tierra. El demonio yacía en el suelo, y los otros dos estaban arrodillados a su lado.
—¡Simi quiere a akri! —gimoteaba Simi. Gritaba y lloraba presa de la histeria.
—Ya, pequeña... —dijo Naruto con la intención de calmarla. Sujetaba una venda sobre la herida. Tanto la venda como su mano estaban cubiertos de sangre—. Tienes que calmarte, Simi. Estás empeorando las cosas.
—¡Simi quiere a su papi! Quiere irse a casa, Hinata. Necesita irse a casa.
—No puedo hacerlo, Simi. Me han quitado los poderes hasta que le entregue un veredicto a mi madre.
—Simi quiere a akri... —aulló de nuevo—. No quiere morir sin él. Está asustada. Por favor... por favor, lleva a Simi a casa. Solo quiere a su papi...
Naruto levantó la vista cuando una sombra cayó sobre ellos. Se trataba de un rostro que no había vuelto a ver desde el día en que se convirtió en Cazador Oscuro.
Artemisa.
Su largo cabello rojizo se rizaba alrededor de su esbelto y hermoso cuerpo. Llevaba puesta una larga túnica blanca y sus ojos verdes resplandecían, amenazadores, a la tenue luz del túnel.
Naruto contuvo el aliento a la espera de que lo matara. Ningún Cazador Oscuro tenía permitido estar en presencia de un dios.
Simi la vio y soltó un terrible alarido.
—¡Ella no! ¡Esa foca matará a Simi!
—Cierra la boca —masculló Artemisa—. Créeme, me encantaría verte muerta, pero si mueres, Jiraya jamás me permitirá olvidarlo.
Artemisa la cogió en brazos a pesar de todos sus forcejeos. Echó un vistazo a Hinata y a Naruto.
—¿Lo has juzgado ya?
Antes de que Hinata pudiera responder, la trampilla que había tras ellos se abrió de golpe. Naruto soltó un juramento al ver que Kakuzu entraba. Se giró para ordenarle a Artemisa que se llevara a Hinata junto con Simi, pero la diosa ya se había desvanecido. Tendría que protegerla sin ayuda.
¡Maldita fuera Artemisa!
—¡Corre! —le gritó a Hinata.
La empujó hacia la trampilla que conducía a la cabaña.
—¿Qué está ocurriendo?
—Kakuzu está aquí, así que a menos que tengas algún poder divino que pueda matarlo, ¡corre!
—¿Dónde está Artemisa?
—Se ha evaporado.
Hinata puso una expresión contrariada antes de hacer lo que le había ordenado.
Kakuzu llegó hasta ellos mientras Naruto la ayudaba a subir. Alejó al ejecutor de una patada.
—No escaparás de mí, Cazador Oscuro. Aunque no es a ti a quien realmente busco.
Naruto sintió que se le helaba la sangre al escuchar esas palabras y bajó la mirada para descubrir que Kakuzu tenía la vista clavada en Hinata. El daimon se lamió los labios.
—La venganza es un plato que se sirve frío.
Una vez que Hinata hubo abandonado el sótano, Naruto bajó las escaleras a toda prisa y la emprendió a puñetazos con Kakuzu.
—Estamos en Alaska, imbécil. Aquí todo está frío.
Lo estampó contra la pared y corrió a toda prisa hacia la trampilla.
Una vez en el interior de la cabaña, cerró y aseguró la trampilla. Colocó la estufa de leña encima antes de meter la mano en su interior para sacar al visón y sus cachorros. La madre le arreó un buen mordisco, pero él ni se inmutó. Con tanta delicadeza como pudo, los metió en su mochila y salió en tromba de la cabaña.
Hinata estaba justo en la puerta.
—¿Eres tú, Naruto? —Él le dio un beso—. Será mejor que seas tú.
Naruto resopló al escucharla.
Puesto que no tenían tiempo que perder, corrió hacia la motonieve de Kakuzu y le quitó un manguito antes de guiar a Hinata hacia su vehículo.
—Tienes que alejarte de aquí, princesa. Mis poderes no podrán retenerlo durante mucho tiempo.
—No podré conducir este cacharro sin ver.
Naruto clavó la vista en ella para memorizar su rostro. Para memorizar el aspecto que tenía bajo la luz de la luna que se derramaba a través de las nubes.
Su estrella era muy hermosa. Muy diferente a cualquier otra del universo.
Escuchó que Kakuzu se liberaba.
En ese momento, hizo algo que no había hecho nunca. Era un poder que Jiraya le había enseñado siglos antes, pero que nunca había utilizado.
Esa noche lo haría.
La besó con pasión.
Hinata sintió la calidez de los labios de Naruto. Mientras sus lenguas se unían, notó que los ojos comenzaban a escocerle. Se apartó de él con un siseo y se dio cuenta de que podía ver todo lo que la rodeaba.
Se le paró el corazón.
Naruto estaba frente a ella, con los ojos pálidos, un azul muy claro, un claro como el que tenían los suyos cuando perdía la visión. Tenía los labios hinchados y magullados y uno de sus ojos estaba negro y azul.
Tenía sangre seca alrededor de la nariz y en la oreja. Y su ropa también estaba rota y ensangrentada. Le habían dado una soberana paliza y ni siquiera se lo había dicho. Sintió un nudo en la garganta al ver la sangre que le corría por el brazo y que manaba de la puñalada que le había asestado Kakuzu.
Naruto le tendió la mochila y, a tientas, puso en marcha el motor del vehículo.
—Vete, Hinata. Yukigakure está al final de ese camino. —Señaló un sendero que se abría en el bosque—. No te detengas hasta que llegues allí.
—¿Y qué pasa contigo?
—No te preocupes por mí.
—¡Naruto! —gritó ella—. No pienso dejarte aquí para que mueras.
Él sonrió mientras le tomaba el rostro entre las manos.
—No pasa nada, princesa. No me importa morir por ti.
La besó dulcemente en los labios.
Kakuzu salió en tromba por la puerta de la cabaña.
—Súbete a la motonieve, Naruto. ¡Ahora mismo!
Él negó con la cabeza.
—Es mejor así, Hinata. Si muero, él no tendrá razón alguna para hacerte daño.
El corazón de Hinata se hizo añicos por sus palabras. Por el sacrificio que estaba dispuesto a hacer por ella. Hinata abrió la boca para protestar, pero la motonieve se puso en marcha. Trató de detenerla, pero él debía de estar utilizando sus poderes para impedirlo.
Lo último que vio fue a un Naruto ciego que se giraba para enfrentarse a Kakuzu.
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Jiraya cogió a Simi de los brazos de Artemisa en el mismo instante en que la diosa se materializó frente a él. Acunó a su «pequeña» con dulzura entre sus brazos de camino a la cama de Artemisa.
—¡Akri! —aulló Simi mientras se acurrucaba contra su pecho—. Simi está herida. Tú dijiste que nada podía herirla.
—Lo sé, Simi, lo sé. —La estrechó con fuerza, temeroso de quitarle el improvisado vendaje para ver lo que le habían hecho.
Las lágrimas le corrían por las mejillas, haciendo que sus ojos se anegaran. Movido por la costumbre, comenzó a entonar una antigua nana atlante que solía cantarle desde que era apenas una recién nacida.
Eso la calmó un poco.
Jiraya le enjugó las lágrimas de las gélidas mejillas antes de quitarle el vendaje. Su daga la había atravesado y había estado a punto de traspasarle el corazón, si bien la herida era limpia y la hemorragia había cesado. Gracias a Naruto, sin duda.
Le debía a ese hombre mucho más de lo que podría pagarle.
Jiraya invocó sus poderes y colocó la mano sobre la herida de Simi para curarla. El demonio miró a su alrededor antes de clavar la vista en él.
—¿Simi está mejor?
Él asintió con una sonrisa.
—Simi está estupenda.
El demonio se miró el pecho. Se levantó la camisa para mirar también debajo, como si quisiera verificar por sí misma que estaba bien.
Soltó una carcajada y se arrojó a sus brazos.
Jiraya la estrechó con fuerza, agradecido hasta lo inimaginable de que no hubiera muerto. La abrazó hasta que ella comenzó a rogar que la soltara. Le dio un beso en la frente antes de liberarla.
—Regresa conmigo, Simi.
Por primera vez, ella no protestó. Adoptó la forma de dragón y se colocó sobre su corazón. El lugar al que pertenecía.
Jiraya se giró muy despacio para enfrentarse a Artemisa. Resentida, la diosa permanecía inmóvil, con los brazos en jarras y el cuerpo tenso.
—Venga, admítelo, ya no estás enfadado. He hecho lo correcto. Te lo he traído.
—¡No es una cosa! —replicó a voz en grito, logrando que Artemisa diera un respingo—. Simi no es una cosa, Artemisa. Es mía y, por una vez, quiero oírte pronunciar su nombre.
La diosa alzó la barbilla de forma desafiante. Entrecerró los ojos verdes y se obligó a decir:
—Simi.
Jiraya inclinó la cabeza en señal de aprobación.
—Y en cuanto a lo de hacer lo correcto... No, Mei. Lo correcto habría sido no robarme. Lo correcto habría sido escucharme cuando te dije que no crearas otro Kakuzu. Lo que has hecho hoy solo ha sido lo más inteligente. Gracias a eso, no voy a cometer la incorrección de matarte. Sin embargo, Kakuzu es otra cuestión.
—No puedes marcharte de aquí para matarlo.
—No tengo que marcharme de aquí para matarlo.
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.
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—¡Maldito cabrón! —rugió Kakuzu mientras apartaba a Naruto con un puñetazo.
Naruto trató de ponerse en pie, pero su cuerpo ya no respondía. No había ninguna parte que no le doliera. Que no sufriera. Seguía utilizando sus poderes para mantener la motonieve en marcha en la dirección correcta.
Estaba agotado y no le quedaban fuerzas para luchar. Por no mencionar el hecho de que de todas formas no podía ver a Kakuzu. Los golpes parecían venir de todas partes.
Igual que cuando era humano.
Se echó a reír.
—¿Qué es lo que encuentras tan gracioso?
Naruto yacía en la nieve, congelado y desangrándose, pero sin dejar de reír.
—Tú. Yo. La vida en general y el hecho de que me estoy congelando el culo, como de costumbre.
Kakuzu le pateó el costado con saña.
—Eres un psicópata.
Sí, lo era. Pero sobre todo estaba exhausto. Demasiado cansado para levantarse y ponerse en movimiento. Demasiado cansado para seguir luchando.
Pensó en Hinata.
Lucha por ella, se dijo.
Por primera vez en su vida, tenía algo por lo que seguir viviendo. Una razón para levantar el puñetero culo y luchar. Cerró los ojos con fuerza e intentó reunir parte de sus debilitados poderes para seguir luchando contra la criatura.
Escuchó el sonido de una daga que salía de su vaina.
—Naruto... —susurró la voz de Jiraya en su cabeza.
Naruto dio un respingo al recuperar la vista de forma inesperada.
—¿Qué carajos...?
En su mano izquierda aparecieron cinco resplandecientes garras. Sonrió mientras cerraba el puño y sentía en la palma de la mano los afilados extremos.
Jiraya lo conocía demasiado bien.
—Hay una media luna entre los omóplatos de Kakuzu —le susurró la voz de Jiraya—. Apuñálalo justo ahí y morirá. Artemisa jamás crea nada sin un botón de apagado.
Naruto se levantó con rapidez.
Kakuzu enarcó una ceja en un gesto de sorpresa.
—Así que todavía te sientes con fuerzas para luchar...
—Según parece, el diablo ha movido el culo hasta Alaska para ver la nieve. Vamos a echar un bailecito, desgraciado.
Naruto lo golpeó y Kakuzu salió disparado hacia atrás. Al parecer, Jiraya le había dado algo más que garras. La fuerza y el poder emanaban de él como nunca antes. Respiró hondo al sentir que el dolor se desvanecía.
El daimon le dio un puñetazo en la cara.
Naruto se echó al reír al sentir que el dolor llegaba y se desvanecía casi al instante. Ni siquiera se sintió atolondrado.
El rostro de Kakuzu perdió el color.
—Sí, deberías asustarte. —Volvió a golpearlo—. Es una putada no ser la criatura más mala del lugar, ¿verdad?
Naruto lo levantó del suelo y lo lanzó a una buena distancia.
Kakuzu rodó sobre la nieve. Trató de levantarse y volvió a caer.
Había llegado el momento de acabar con todo aquello. Plantó el pie en la espalda de Kakuzu con el fin de inmovilizarlo y le desgarró el abrigo y la camisa para revelar la media luna.
Comprobó que Jiraya no le había mentido.
—Puedes matarme si quieres, Cazador Oscuro, pero eso no quita el hecho de que debas morir por asesinar a Dirce. Era inocente y acabaste con ella.
Naruto titubeó un instante.
—¿Dirce?
—¿Ni siquiera la recuerdas? —Kakuzu se tensó por la furia y se retorció para clavar en él una mirada acusadora—. Solo tenía veinte años cuando la atravesaste con la espada.
Los pensamientos de Naruto volvieron a lo que Simi le había mostrado. Recordó a la mujer rubia que por culpa de Kakuzu había ensartado con su espada.
—¿Era tuya?
—Mi esposa, cabrón.
Naruto contempló la marca de Kakuzu. Debería matarlo. Pero no podía hacerlo. A ambos les había jodido la misma persona: Artemisa.
Y no era justo que matara a Kakuzu por querer vengarse. La venganza era algo que entendía a la perfección. Joder, había vendido su alma por venganza. ¿Cómo podía culpar a Kakuzu por hacer lo mismo?
Naruto escuchó el sonido de una motonieve que se acercaba hacia él. Supo sin mirar que se trataba de Hinata. Sin duda había dado la vuelta en el mismo instante en que él se había distraído con la pelea.
Utilizó los poderes que le había dado Jiraya para inmovilizar a Kakuzu en el suelo. El daimon gritaba para que lo liberara.
Para que lo matara.
Naruto conocía a la perfección el sonido de esos gritos. Había pasado muchas noches tumbado en la cama, suplicando lo mismo. Si fuera misericordioso, lo mataría. Pero ese no era su trabajo. Era un Cazador Oscuro y Kakuzu...
Dejaría que Jiraya se encargara de él.
Hinata aparcó la moto y corrió hacia él.
Sus ojos eran de un gris malva más profundo cuando recuperaba la vista.
—¿Está bajo control?
Naruto asintió con la cabeza.
Ella se echó a sus brazos y Naruto se tambaleó hacia atrás.
—Cuidado, princesa. Lo único que me mantiene en pie es la fuerza de voluntad.
Hinata miró más allá y vio a Kakuzu en el suelo, maldiciéndolos a ambos.
—¿Por qué no lo has matado?
—No es mi trabajo. Además, se acabó lo de ser el perrito faldero de Artemisa. Ha llegado el momento de decirle a esa «foca» que se pierda.
Hinata se quedó blanca.
—No puedes renunciar sin más, Naruto. Te matará.
Él esbozó una torva sonrisa.
—Que lo intente. Tengo ganas de pelea. —Resopló por el comentario —. A decir verdad, siempre tengo ganas de pelea.
Hinata contuvo el aliento al escuchar sus palabras. Le dieron algo de esperanza.
—¿Qué pasa con nosotros? —le preguntó.
Por primera vez percibió la angustia que reflejaba el rostro de Naruto al mirarla; el dolor que traslucían sus ojos azules.
—No hay un «nosotros», princesa. Nunca lo hubo.
Hinata abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera hacerlo apareció su madre con Kiba, que había adoptado forma humana.
Hinata le lanzó una mirada burlona.
—Llegas un poco tarde, mamá.
—Échale la culpa a tus hermanas. Shion me dijo que no me moviera. He venido en cuanto me lo ha permitido.
Kiba frunció los labios al ver a Naruto, quien le devolvió el gesto.
—Lo siento, Scooby, se me han acabado las galletitas.
El desprecio de Kiba se hizo más evidente.
—No sabes cómo te odio...
Naruto esbozó una sonrisa desdeñosa.
—El sentimiento es mutuo.
Hanna hizo caso omiso a los hombres y se dirigió a Hinata.
—¿Lo has juzgado ya, hija?
—Es inocente. —Señaló a Kakuzu, que seguía soltando una retahíla de maldiciones—. Ahí está la prueba de su clemencia y de su humanidad.
Se escuchó un penetrante alarido, que fue seguido por un silencio sepulcral.
—¿Qué carajos ha sido eso? —preguntó Naruto.
—Artemisa —respondió Hinata a la vez que Kiba y su madre.
Hanna suspiró.
—No me gustaría estar en el lugar de Jiraya esta noche.
—¿Por qué? —quiso saber Naruto.
Fue Kiba quien respondió.
—Jamás cabrees a una diosa. No quiero ni imaginarme lo que le hará por haberte sacado del atolladero.
Naruto se sintió fatal al recordar algunas de las cosas que Jiraya le había insinuado en el pasado con respecto al hecho de que la diosa aplacaba su ira con él.
—No irá a castigarlo, ¿verdad?
La expresión de sus rostros fue respuesta suficiente.
Naruto se encogió por dentro al recordar las numerosas ocasiones en las que Jiraya le había pedido que no le pusiera las cosas difíciles. Las numerosas ocasiones en las que él lo había mandado al infierno.
Kiba se acercó a Kakuzu.
—¿Qué será de él? —preguntó Naruto.
Hanna se encogió de hombros.
—Eso depende de Artemisa. Le pertenece.
Naruto suspiró al escucharlo.
—Tal vez habría sido mejor matarlo, después de todo.
Hinata utilizó su manga para limpiarle la sangre del rostro.
—No —replicó Hanna—. Lo que hiciste por Simi y por mi hija, además de la clemencia que mostraste con Kakuzu, es la razón por la que permito que su veredicto prevalezca aunque haya violado su juramento de imparcialidad.
Hinata le sonrió, pero Naruto no se sentía demasiado contento con la forma en que se estaban solucionando las cosas.
—Vamos, Hinata —dijo su madre—. Tenemos que volver a casa.
Naruto fue incapaz de apartar los ojos de ella mientras esas palabras se clavaban en su corazón como un cuchillo. Dejarla marchar... Tenía que hacerlo. Aun así, cada una de las células de su cuerpo le gritaba que la mantuviera a su lado. Que extendiera el brazo y la tomara de la mano.
—¿Tienes algo que decir al respecto, Cazador Oscuro? —inquirió su madre.
Así era, pero no le salían las palabras. Había sido fuerte durante toda su vida. También lo sería esa noche. Jamás la ataría a él. No sería justo.
—A veces las estrellas caen del cielo.
Escuchó las palabras de Jiraya en la cabeza. Era cierto. Algunas veces caían y se convertían en cosas normales, como el resto de la mierda del planeta.
Su estrella era única.
Jamás permitiría que fuera como cualquier otra. Jamás permitiría que se convirtiera en algo común y corriente. No, su lugar estaba en el cielo. Con su familia. Y con su apestoso lobo domesticado.
Nunca con él.
—Que tengas una hermosa vida, princesa.
A Hinata le temblaron los labios. Tenía los ojos anegados de lágrimas.
—Y tú también, príncipe azul.
Su madre le dio la mano mientras Kiba se encargaba de Kakuzu. En un abrir y cerrar de ojos, habían desaparecido.
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Continuará...
