Enséñame tu Corazón


18| CREE EN EL FUTURO


Todo era igual que antes de que ella llegara. Y sin embargo nada volvería a ser lo mismo.

Naruto permaneció en pie en mitad de su patio. No había viento. Nada se movía. Todo estaba en silencio. En calma. Salvo su corazón, que se estaba haciendo pedazos.

Hinata se había ido.

Era lo mejor para ella.

¿Por qué se sentía tan destrozado, entonces?.

Cuando agachó la cabeza, se dio cuenta de que la sangre le corría por el brazo. Sería mejor que se ocupara de la herida antes de que los osos o los lobos captaran el olor. Con un suspiro, entró en la cabaña vacía, cerró la puerta y la atrancó. Cruzó la habitación hasta la despensa y la abrió.

En realidad no había nada allí con lo que atender la herida. Como no habían llegado a llevarle el generador, el agua se había congelado con el frío y no había nada con lo que descongelarla. Incluso el agua oxigenada se había congelado.

Soltó una maldición y dejó el agua oxigenada en su sitio antes de coger una botella de vodka. Estaba medio congelado, pero seguía líquido. Se escuchó el débil sonido de un teléfono, procedente del exterior. Salió de nuevo al patio y cogió la mochila que Hinata había dejado. El visón y sus crías seguían en el interior, y todavía estaban cabreados.

Naruto no les hizo caso alguno y sacó el teléfono.

—¿Sí? —preguntó al responder.

—Soy Shikamaru. Jiraya me acaba de llamar para decirme que Udon y yo podemos volver a casa. Quería hablar contigo primero para comprobar si seguías con vida.

Naruto devolvió el visón y sus cachorros a la seguridad de su estufa de leña.

—Puesto que he respondido al teléfono, supongo que sí, que sigo con vida.

—Hombre... ¿Todavía quieres que vaya a buscar a Hinata?

—No, ella se ha... —Naruto se atragantó con la palabra. Se aclaró la garganta y se obligó a pronunciarla—: Se ha marchado.

—Lo siento.

—¿Por qué?

Se hizo el silencio entre ellos. Pasaron varios segundos antes de que Shikamaru hablara de nuevo.

—A propósito, ¿te ha contado alguien lo de Fûka? Con todo este lío, no he tenido tiempo de hacerlo.

Naruto se detuvo con la mano sobre la estufa.

—¿Qué pasa con ella?

—Kakuzu la atacó para tratar de localizarte, pero se pondrá bien. Zabuza va a quedarse aquí algunos días más para asegurarse de que consigue una casa nueva y de que tiene alguien que cuide de ella cuando salga del hospital y regrese a casa. Creí que querrías saberlo. Yo... bueno... le envié unas flores de tu parte.

Naruto soltó el aire con lentitud. Le apenaba que ella hubiera resultado herida y que ni siquiera se hubiera enterado. Como siempre, arruinaba todo lo que tocaba.

—Gracias, Shikamaru. Ha sido un detalle por tu parte. Te lo agradezco.

Algo golpeó el teléfono al otro lado. Con fuerza. El oído de Naruto comenzó a zumbar a causa del ruido.

—¿Cómo has dicho? —preguntó Shikamaru con incredulidad—. Estoy hablando con Naruto, el Hombre de Hielo, ¿no? No serás algún impostor alienígena, ¿verdad?

Naruto sacudió la cabeza.

—Soy yo, soplapollas.

—Oye, espera un momento, nada de entrar en el terreno personal. No necesito saber algo tan íntimo de ti.

Naruto sonrió de mala gana.

—Cierra el pico.

—De acuerdo. Me marcharé y dejaré que Kabuto se lleve mi culo de aquí antes de que se me congele del todo... ¡Ah, sí! Olvidaba decirte que Kisame pasó por aquí hace un rato. Dice que no te molestes en devolverle el teléfono. En realidad no es mal tipo para ser un apolita y no vive tan lejos de aquí. Tal vez debieras llamarlo alguna vez.

—¿Estás haciendo de casamentero?

—Mmm... no. Desde luego que no, y me estás jodiendo otra vez con esas cosas tan íntimas. Me han contado muchas cosas sobre vosotros los griegos y tal... ¿Sabes lo que te digo? Que no te he mencionado nada de Kisame. Me largo de aquí. Cuídate, Naruto. Te veré en la Red.

Naruto colgó y apagó el teléfono. Total... Shikamaru era el único que lo llamaba.

Se quedó en el centro de la cabaña, presa de un dolor tan grande que apenas podía respirar. El regreso de la soledad le hizo comprender que necesitaba a Hinata de un modo que desafiaba a la razón. Quería algo que le hubiera pertenecido.

No, mejor dicho «necesitaba» algo.

Echó a un lado la estufa y volvió al túnel para recordar cómo la había abrazado. Allí abajo, en la oscuridad, podía fingir que todavía estaba con él. Si cerraba los ojos, podría fingir que estaba en sus sueños. Pero no era ella. No de verdad. Dejó escapar un suspiro entrecortado y recogió su abrigo del suelo. Cuando iba a ponérselo, percibió un leve aroma a rosas.

Hinata.

Lo apretó con fuerza sobre el pecho y enterró la cara en la piel para capturar su aroma. Lo sostuvo entre sus trémulas manos mientras las emociones y los recuerdos se abrían paso en su interior, destrozándolo.

La necesitaba.

Por todos los dioses, la amaba. La amaba más de lo que jamás habría creído posible. Recordaba cada una de sus caricias. Cada una de sus risas. La forma en que lo había hecho sentirse humano. Y no quería vivir sin ella. Ni un minuto. Ni siquiera un segundo.

Se dejó caer de rodillas, incapaz de soportar la idea de no volver a verla jamás. Mientras abrazaba el abrigo impregnado de su olor, se echó a llorar.

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Jiraya se alejó de Naruto para dejar que diera rienda suelta a su sufrimiento en la intimidad. Artemisa estaba en el patio del templo, chillando en plena rabieta a causa del veredicto mientras él permanecía a solas en el salón del trono, con Simi sobre su pecho.

—Qué imbéciles son los mortales —susurró.

Claro que él se había comportado como un imbécil por amor. El amor volvía imbécil a cualquiera. A hombres y dioses por igual. Aun así, era tan incomprensible que Naruto hubiera dejado marchar a Hinata como que esta se hubiese ido.

¡Och mensch!

Artemisa se materializó frente a él.

—¿Cómo es posible? —le gritó—. Jamás en toda su vida ha declarado inocente a un hombre.

La miró con calma.

—Porque jamás ha juzgado a un hombre inocente.

—¡Te odio!

Jiraya rió con amargura al escucharla.

—Por favor, no me des esperanzas... Casi se me pone dura al pensarlo. Al menos, dime que esta vez tu odio durará más de cinco minutos.

La diosa trató de abofetearlo, pero él le aferró la mano. De modo que, en cambio, lo besó antes de apartarse de él con un alarido.

Jiraya sacudió la cabeza cuando Artemisa volvió a desvanecerse. Se calmaría cuando llegara el momento. Siempre lo hacía. Y él tenía otras cosas de las que preocuparse en esos momentos. Cerró los ojos y atravesó con la mente la distancia que separaba el Olimpo del mundo de los humanos.

Y allí encontró lo que estaba buscando.

Naruto levantó la cabeza de golpe y se descubrió en el centro de una estancia blanca y dorada. Era descomunal, con una bóveda dorada y adornada con bajo relieves de animales. La estancia estaba rodeada por columnas de mármol blanco y en el medio había un enorme canapé de marfil.

Lo que más lo sorprendió fue ver a Jiraya de pie delante del canapé, mirándolo con esos extraños y turbulentos ojos.

El atlante tenía el cabello largo y blanco, y parecía extrañamente vulnerable... algo impensable en él. Iba ataviado con unos pantalones negros de cuero y una camisa de seda del mismo color, de manga larga y desabotonada.

—Gracias por lo de Simi —dijo Jiraya, inclinando la cabeza en su dirección—. Te agradezco mucho lo que hiciste por ella cuando estaba herida.

Naruto se aclaró la garganta, se puso en pie y miró con furia al atlante.

—¿Por qué me jodiste la mente?

—Tuve que hacerlo. Hay algunas cosas que es mejor que la gente no sepa.

—Me dejaste creer que había matado a mi propia gente.

—¿Te habría resultado menos traumática la verdad? En lugar de la cara de la vieja bruja, habrías visto la de una joven y su marido. Por no mencionar que habrías sabido cómo matar a cualquier Cazador Oscuro que se hubiera cruzado en tu camino, incluido Gaara; y si lo hubieras hecho, ni siquiera yo habría podido salvarte. Jamás.

Naruto se encogió ante la mención de su hermano. Por mucho que odiara admitirlo, Jiraya tenía razón. Podría haber utilizado lo que sabía para matar a Gaara.

—No tienes derecho a jugar con la mente de las personas.

El asentimiento de Jiraya lo dejó estupefacto.

—No, no lo tengo. Y lo creas o no, rara vez lo hago. Aunque no es esa la razón de que estés cabreado, ¿verdad?

Naruto se tensó.

—No sé de qué estás hablando.

—Claro que sí, Naruto. —Cerró los ojos y ladeó la cabeza, como si estuviera escuchando algo—. Conozco cada uno de tus pensamientos. Igual que la noche que mataste a los apolitas y a los daimons después de lo de Konohagakure.

» Traté de proporcionarte un poco de paz mental eliminando tus recuerdos, pero no la aceptaste. No pude eliminar tus sueños y Toneri se negó a ayudarte. Acepta mis disculpas al respecto. Sin embargo, ahora tienes un problema mucho mayor que el sufrimiento que te provoqué al tratar de ayudarte.

—¿Sí? ¿Cuál?

Jiraya levantó la mano y proyectó una imagen sobre la palma.

Naruto se quedó sin aliento cuando vio a Hinata llorando. Estaba sentada en un pequeño atrio con otras tres mujeres que la abrazaban mientras sollozaba. Caminó hacia la imagen antes de recordar que no podía tocarla.

—Duele demasiado —dijo ella con un sollozo.

—¡Haz algo, Natsu! —exclamó una pelicastaña, dirigiéndose a la morena que parecía ser la mayor de todas—. ¡Mátalo por hacerle daño!

—¡No! —chilló Hinata—. No te atrevas a hacerlo. Jamás te perdonaré si le haces daño.

—¿Quiénes son esas mujeres que están con ella? —preguntó Naruto.

—Las tres Moiras. Shion, es la rubia. Hanabi es la pelicastaña que sujeta a Hinata; y la morena es Natsu.

Naruto las observó con detenimiento y se le partió el corazón al ser testigo del dolor que le había causado a Hinata. Jamás había tenido intención de hacerle daño.

—¿Por qué me estás mostrando esto?

Jiraya respondió su pregunta con una propia.

—¿Recuerdas lo que te dije en Nueva Konoha?

Naruto lo miró de mal humor.

—Me dijiste un montón de estupideces.

Así pues, Jiraya lo repitió.

—«El pasado está muerto, Naruto. El mañana depende de las decisiones que tomes.» —La mirada del atlante se clavó en él con una intensidad abrasadora—. Por culpa de Hamura la jodiste aquella noche en Nueva Konoha, la noche que atacaste a los policías; pero te ganaste otra oportunidad cuando salvaste a Sakura.

» Señaló a Hinata—. Ahora te encuentras en otra encrucijada, Naruto. ¿Qué decides? —Jiraya cerró la mano y la imagen de Hinata y de sus hermanas se desvaneció—. Todo el mundo merece ser amado, Naruto. Incluso tú.

—¡Cállate! —masculló Naruto—. Ni siquiera sabes de lo que estás hablando... Alteza. —Pronunció el título con desprecio. Estaba harto de que la gente le diera lecciones sin saber lo que había tenido que pasar en la vida.

Era fácil para alguien como Jiraya hablarle de amor. ¿Qué sabía un príncipe sobre el odio de la gente, sobre el desprecio?. ¿Acaso le habían escupido alguna vez al atlante?

Sin embargo, Jiraya no dijo nada. Al menos, con palabras.

En su lugar una imagen apareció en la mente de Naruto. La imagen de un adolescente encadenado en el interior de una antigua casa griega. El chico estaba ensangrentado y lo estaban golpeando. Suplicaba clemencia a los que lo rodeaban.

Naruto se quedó sin aliento al reconocer al muchacho...

—Te comprendo como ningún otro podría hacerlo —dijo Jiraya en voz baja—. Tienes una oportunidad fuera de lo común, Naruto. No la jodas.

Por primera vez, Naruto escuchó a Jiraya. Y lo miró con creciente respeto. Se parecían mucho más de lo que podría haber imaginado y se preguntó cómo había encontrado Jiraya la humanidad que él había perdido tanto tiempo atrás.

—¿Y si le hago daño? —preguntó Naruto.

—¿Tienes planeado hacérselo?

—No, pero no puedo vivir aquí y ella...

—¿Por qué no se lo preguntas, Naruto?

—¿Y su madre?

—¿Qué pasa con ella? Estabas deseando luchar contra Artemisa por Kakuzu. ¿Es que Hinata no se merece lo mismo?

—Más. —Enfrentó la mirada de Jiraya con fiera determinación—. ¿Dónde está?

En un abrir y cerrar de ojos, Naruto se encontró en el atrio que Jiraya le había mostrado.

Shion levantó la vista con un siseo.

—¡Aquí no se permite la entrada a ningún hombre!

La mujer que Jiraya había señalado como Natsu hizo ademán de atacarlo. Sin embargo, se contuvo de inmediato cuando el atlante apareció a su lado.

Naruto no le prestó atención a ninguna de ellas y se concentró en Hinata, que estaba sentada con los ojos llenos de lágrimas y lo miraba como si fuera una aparición. Con el corazón desbocado, se acercó a ella y se arrodilló.

—Las estrellas no lloran —susurró de modo que solo ella pudiera oírlo —. Se supone que tienen que reír.

—¿Cómo puedo reír si no tengo corazón?

Naruto tomó su mano para besar la punta de cada dedo.

—Sí que tienes corazón. —Se llevó la mano de Hinata al pecho—. Uno que solo late por ti, princesa.

Hinata esbozó una trémula sonrisa.

—¿Por qué has venido, Naruto?

Él le enjugó las lágrimas de las mejillas.

—He venido a buscar mi rosa, si ella está dispuesta a venir conmigo.

—Ni se te ocurra pensarlo —gritó Shion—. Hinata, por favor, no me digas que vas a escuchar a ese baboso...

—Es un hombre, hermanita —intervino Hanabi—. Si sus labios se mueven, está mintiendo.

—¿Por qué no os mantenéis las tres al margen de esto? —inquirió Jiraya.

Natsu se puso rígida.

—¿Cómo has dicho? Somos las Moiras y...

La mirada de soslayo de Jiraya cortó de raíz la perorata.

—¿Por qué no los dejamos a solas? —les dijo Natsu a sus hermanas.

Las tres se apresuraron a salir mientras Jiraya contemplaba a Naruto y a Hinata con los brazos cruzados sobre el pecho.

Naruto aún no había apartado la mirada de Hinata.

—¿Vas a convertirte en un mirón, Jiraya?

—Depende. ¿Vas a ofrecerme algo que merezca la pena mirar?

—Si sigues ahí de pie, sí. —Le echó un vistazo por encima del hombro en ese preciso instante.

Jiraya inclinó la cabeza en su dirección y se dio la vuelta para marcharse. Mientras lo hacía, la brisa agitó su camisa y la levantó, revelando parte de un hombro.

Naruto contempló los verdugones rojos que quedaron a la vista. Sabía por experiencia que esas heridas habían sido producidas por un látigo.

—¡Espera! —exclamó Hinata para detener a Jiraya—. ¿Qué pasa con el alma de Naruto?

Jiraya se tensó un poco antes de gritar:—¡Artemisa!

La diosa se materializó entre destellos junto a él.

—¿Qué? —respondió con un gruñido.

El atlante los señaló con un gesto de la cabeza.

—Hinata quiere el alma de Naruto.

—¿Y a mí qué? Además, ¿qué está haciendo él aquí? —Miró a Hinata con los ojos entrecerrados—. Sabes muy bien que no puedes traerlo a este lugar.

Jiraya se aclaró la garganta.

—Yo traje a Naruto aquí.

—¡Ah! —Artemisa se calmó de inmediato—. ¿Y por qué lo hiciste?

—Porque deben estar juntos. —Esbozó una sonrisa irónica—. Así lo han declarado... las Moiras.

Artemisa puso los ojos en blanco.

—No sigas por ahí.

Hinata se puso en pie.

—Quiero el alma de Naruto, Artemisa. Devuélvesela.

—No la tengo.

Todos se quedaron estupefactos al escuchar su respuesta.

—¿Qué quieres decir con eso de que no la tienes? —preguntó Jiraya con un tono brusco y enfadado—. Dime que no la has perdido...

—Por supuesto que no. —Echó un vistazo a Naruto y a Hinata, y de no haber estado convencido de que era imposible, Naruto habría jurado que parecía avergonzada—. En realidad, nunca se la quité.

Los tres la miraron con incredulidad.

—¿Me lo puedes repetir? —preguntó Jiraya.

Artemisa miró a Naruto al tiempo que hacía un mohín.

—No pude cogerla. Para hacerlo habría tenido que tocarlo y por aquel entonces tenía un aspecto asqueroso. —Se estremeció de arriba abajo—. No le habría puesto la mano encima por nada del mundo. Apestaba.

Jiraya miró a Naruto con la boca abierta de par en par.

—Cabrón con suerte... —Acto seguido se giró hacia Artemisa de nuevo —. Si no lo tocaste, ¿cómo es posible que haya sido un Cazador Oscuro inmortal durante todo este tiempo?

Artemisa le dirigió una mirada altiva y desdeñosa.

—Parece que no siempre lo sabes todo, ¿no es así, Jiraya?

El atlante dio un paso hacia ella y la diosa soltó un chillido antes de poner más distancia entre ellos.

—Le inyecté icor —respondió con rapidez.

Naruto se quedó estupefacto. El icor era un mineral que se encontraba en la sangre de los dioses y que, según se decía, los hacía inmortales.

—¿Y los poderes de Cazador Oscuro? —quiso saber Jiraya.

—Se los otorgué por separado, junto con los colmillos y todo eso, para que no te dieras cuenta de que no era como los demás.

El atlante la contempló con exasperación y repugnancia.

—Bueno, sé que no me gustará la próxima respuesta, pero tengo que saberlo. ¿Qué pasa con la luz del sol, Artemisa? Puesto que tiene alma, supongo que nunca habría podido hacerle daño la luz solar, ¿cierto?

La expresión del rostro de la diosa lo confirmó.

—¡Puta! —exclamó Naruto al tiempo que se abalanzaba hacia ella.

Para su sorpresa, fue Jiraya quien impidió que la alcanzara.

—Suéltame. ¡Quiero rebanarle el pescuezo!

Hinata tiró de él hacia atrás.

—Déjala, Naruto. Tiene sus propios problemas.

Naruto siseó en dirección a Artemisa y le mostró los colmillos. Unos colmillos que se desvanecieron al instante.

Naruto recorrió con la lengua sus dientes humanos.

—Un regalo —dijo Jiraya.

Naruto se calmó un tanto y se tranquilizó aún más al darse cuenta de que Hinata le rodeaba la cintura con los brazos. Tenía la parte delantera del cuerpo pegada por completo a su espalda, de modo que sentía sus pechos clavados en ella.

Cerró los ojos y disfrutó de su contacto.

—Eres libre de Artemisa, Naruto —le dijo Hinata al oído—. Has sido declarado inocente y eres inmortal. Dime, ¿qué quieres hacer durante el resto de la eternidad?

—Quiero tumbarme en la playa, en algún lugar cálido.

A Hinata le dio un vuelco el corazón al escuchar esas palabras. Como una estúpida, había creído que diría algo sobre ella.

—Ya.

—Pero sobre todo —añadió él al tiempo que se daba la vuelta entre sus brazos para mirarla—, quiero cabrear a todo el mundo.

—¿A todo el mundo? —preguntó Hinata con el corazón aún más destrozado.

—Claro —respondió Naruto con una extraña sonrisa—. Tal y como yo lo veo, si me separo de ti, solo sufriremos tú y yo. Si te llevo conmigo, se cabrearán todos menos nosotros, sobre todo esa cosa sarnosa a la que llamas lobo. Y eso me atrae un montón.

Hinata enarcó una ceja al escucharlo.

—Si estás tratando de cortejarme con eso, príncipe azul, te has...

Naruto interrumpió sus palabras con un beso tan maravilloso que a Hinata comenzó a darle vueltas la cabeza. Su corazón comenzó a latir a toda prisa. Él le mordisqueó los labios antes de apartarse un poco para mirarla.

—Ven conmigo, Hinata.

—¿Por qué debería hacerlo?

La mirada de Naruto la abrasó.

—Porque te amo, e incluso si estuviera tumbado sobre el mismo sol, me congelaría si no estuvieras conmigo. Necesito mi estrella para poder escuchar las risas.

Con una carcajada nerviosa, Hinata le dio un beso «esquimal».

—Bora Bora, allá vamos...

Naruto selló sus palabras con un beso. Un beso muy, muy, pero que muy largo.

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Jiraya abrió la puerta de la minúscula celda en la que Kakuzu estaba confinado. Parte de él ansiaba su sangre por haber acabado con la vida de Bee y por el daño que le había ocasionado a tanta gente. Pero sobre todo ansiaba su sangre por lo que le había hecho a Simi y el miedo que le había ocasionado.

Aunque otra parte de él comprendía por qué Kakuzu se había vuelto loco. Él también poseía cierto grado de locura. Era lo que lo había mantenido con vida durante esos once mil años.

Kakuzu alzó la mirada cuando entró. Tenía el semblante pálido y una expresión atormentada.

—¿Quién eres?

Jiraya se hizo a un lado de modo que la luz del exterior pudiera iluminar al pobre hombre que yacía en el suelo.

—Podría decirse que soy tu destino final. He venido a traerte la paz, hermanito.

—¿Vas a matarme?

Jiraya negó con la cabeza mientras se agachaba para sacar su daga de la vaina que Kakuzu llevaba en la cintura. La sostuvo en alto y observó los antiquísimos grabados que cubrían la hoja. Como todas las dagas atlantes, tenía un diseño ondulado desde la empuñadura hasta la punta de la hoja. La cruz de la empuñadura estaba hecha de oro macizo y tenía un enorme rubí engastado en el centro.

Era una daga que pertenecía a un pueblo desaparecido largo tiempo atrás, un mito más que una realidad. Un tesoro de valor incalculable. En manos de la persona equivocada, semejante arma podía hacer algo mucho peor que herir a Simi.

Podía destruir el mundo.

La ira se apoderó de él. En ocasiones, le resultaba casi imposible reprimir el deseo de matar a Artemisa. Pero eso no era cosa suya. Le gustara o no, su deber era protegerla, aun de su propia estupidez.

Jiraya convocó sus poderes atlantes y los utilizó para desintegrar la daga. Nadie volvería a herir a su Simi. Y nadie destruiría el mundo. Al menos mientras estuviese él para protegerlo.

Extendió una mano en dirección a Kakuzu.

—Ponte en pie, Cálix. Tengo una proposición para ti.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Jiraya aguardó a que Kakuzu hubiera cogido su mano para ayudarlo a ponerse en pie antes de contestar.

—Lo sé todo sobre ti y siento muchísimo tu pérdida. Siento muchísimo no haber podido evitarlo.

—Fueron los poderes de Kakuzu, ¿verdad? —preguntó en voz queda—. Fue el otro Kakuzu quien mató a mi esposa, no Naruto.

Jiraya asintió con la cabeza. Había intentado borrar los recuerdos de Cálix en el pasado, pero Artemisa le había devuelto la memoria al apolita para poder convertirlo en su sirviente.

—Los humanos tienen un antiguo dicho: el poder absoluto lo destruye todo.

—No es el poder absoluto —musitó Cálix—, sino la venganza.

A Jiraya le alegró comprobar que el apolita mostraba signos de lucidez tras el confinamiento en ese infierno.

—Has dicho que tenías una proposición para mí, ¿de qué se trata? — preguntó Cálix con voz insegura.

—He conseguido hacer un trato para que puedas disfrutar del descanso eterno en los Campos Elíseos o bien, si lo prefieres, empezar una nueva vida, con la edad que aparentas tener, en Cincinnati, Ohio.

Kakuzu frunció el ceño.

—¿Qué sitio es ese?

—Es una hermosa ciudad situada en un país llamado Estados Unidos.

—¿Y por qué querría vivir allí?

—Porque en la Universidad Estatal de Ohio hay una estudiante de segundo grado de danza clásica a la que creo que te encantaría conocer.

Jiraya abrió la mano y le mostró una fotografía de la chica. Era preciosa, con una larga melena rubia y enormes ojos azules. Estaba con un grupo de compañeros de clase.

—Dirce —susurró Cálix con la voz rota.

—En realidad ahora se llama Allison Grant. Es humana.

Los ojos de Cálix tenían una expresión agónica cuando se clavaron en los de Jiraya.

—Pero yo sería un apolita, condenado a morir dentro de unos años.

Jiraya hizo un leve gesto negativo con la cabeza.

—Si eliges estar con ella, tú también serás humano. No recordarás nada de tu existencia como Cálix ni como Kakuzu. En tu mundo no existirán los daimons ni los apolitas. No habrá Cazadores Oscuros ni dioses antiguos. Lo ignorarás todo sobre eso.

—Pero ¿cómo voy a encontrarla si no recuerdo quién soy?

Jiraya cerró la mano y ocultó la imagen de Dirce.

—Me aseguraré de que la encuentres. Te lo juro. Tú también estudiarás allí.

—¿Y mi familia?

—Serás un huérfano a quien un pariente millonario llamado Jiraya legó toda su fortuna al morir. No os faltará nada durante el resto de vuestras vidas.

Los labios de Cálix comenzaron a temblar.

—¿Harías eso por mí aun después de haber matado a uno de tus hombres?

La mandíbula de Jiraya se tensó ante la mención de Bee.

—La clemencia es la mayor demostración de valentía.

—Siempre creí que era la prudencia.

Jiraya negó de nuevo con la cabeza.

—La prudencia no conlleva dificultad alguna. Es mucho más duro encontrar el valor para perdonarse a uno mismo y a los demás.

Cálix meditó unos instantes.

—Eres un hombre sabio.

Jiraya soltó una carcajada ante el comentario.

—No te creas. Así pues, ¿has elegido ya?

La mirada de Kakuzu se clavó en la de Jiraya con una intensidad abrasadora antes de darle la respuesta que esperaba.

—No hay nada que elegir. ¿Cómo podría conocer el paraíso sin Dirce? Quiero ir a Cincinnati.

—Eso supuse.

Jiraya retrocedió un paso y le concedió el deseo.

A solas en la celda de Kakuzu, echó un vistazo a los muros sombríos y húmedos mientras luchaba contra sus propios demonios. Artemisa no tenía derecho a condenar a Cálix a ese infierno. Algún día recibiría el castigo que se merecía.

Pero antes tenía que encargarse de Hamura. La próxima vez que el dios del vino quisiera soltar a una de las mascotas de Artemisa contra sus hombres se lo pensaría dos veces.

Y también había otras personas de las que debía ocuparse. Todavía tenía que borrar la información sobre la marca del arco y la flecha de las mentes de Shikamaru, Temari y los escuderos.

Sin duda debería borrar la memoria de Naruto también, pero a él ya le había hecho demasiado daño. Naruto no se lo diría a nadie y estaría ocupado con cosas más importantes. Además, si todo iba tal y como presentía, Naruto iba a descubrir otras cosas acerca de sí mismo y de los Cazadores Oscuros muchísimo más interesantes que el secreto que encerraba el arco doble.

Artemisa estaba sentada a solas en su trono, jugueteando con los almohadones. Jiraya llevaba mucho tiempo fuera y estaba empezando a preocuparse. No podía salir del Olimpo, pero podía hacer otras cosas... cosas que podrían meterla en serios problemas si Zeus llegaba a enterarse.

Tal vez hubiera sido una estupidez concederle una tarde libre fuera de su templo. Justo cuando estaba a punto de ir en su busca, las puertas del templo se abrieron de par en par.

Artemisa sonrió al ver cómo Jiraya las atravesaba.

Su Jiraya era magnífico.

La larga melena flotaba alrededor de sus hombros y los pantalones negros de cuero se ceñían a un cuerpo creado para seducir. Un cuerpo creado para dar placer a los demás.

Las puertas se cerraron tras él.

Repentinamente acalorada, Artemisa se incorporó presa de una dulce expectación. Reconocía la fiera expresión de sus ojos. El hambre voraz que brillaba en su mirada. El deseo inundó sus venas y sintió que se le humedecía la entrepierna.

Ese era el Jiraya que más amaba.

El depredador. El que tomaba lo que quería sin dar explicaciones. Su ropa se disolvió mientras se aproximaba. La de Artemisa también. La magnitud de sus poderes la hizo temblar. Unos poderes que dejaban los suyos a la altura del betún.

Jiraya llevaba mucho tiempo sin alimentarse. Y ambos lo sabían. Cada vez que llegaba a un punto determinado, su compasión desaparecía y se convertía en un ser amoral y sin sentimientos.

Había llegado a ese punto. La diosa gimió cuando él la agarró y la estrechó contra su duro y musculoso cuerpo. Su erección le abrasó la cadera.

—¿Qué quieres, Jiraya? —le preguntó, pero la falta de aliento traicionó su fingida indiferencia.

Esa ardiente mirada recorrió su cuerpo y la excitó aún más.

—Sabes muy bien lo que quiero —le dijo en atlante con voz ronca—. Después de todo, yo estoy en la cúspide de la cadena alimentaria y tú... tú eres la comida.

Un brillo rojizo se apoderó de sus ojos mientras le separaba los muslos.

Artemisa gimió y se corrió en cuanto él la penetró con una experta embestida. Con la cabeza dándole vueltas, lo estrechó con fuerza y acarició la piel sedosa de esa musculosa espalda mientras él se hundía en ella hasta el fondo una y otra vez con un ritmo endiablado que la dejó extasiada.

Sí, eso era lo que deseaba. Ese era el Jiraya del que se había enamorado. El hombre por el que desafiaría incluso a los mismísimos dioses para mantenerlo a su lado. El hombre por quien había roto todas y cada una de las reglas para asegurarse de que estuviera unido a ella para siempre.

Jiraya le hizo el amor con frenesí y el ávido deseo que demostraba inflamó el suyo. Artemisa ladeó la cabeza y aguardó lo que sabía que estaba por llegar. Los ojos de Jiraya se tornaron de un fiero rojo un instante antes de que inclinara la cabeza y hundiera los colmillos en su cuello para alimentarse.

La diosa gritó mientras se corrían al unísono. Mientras sus poderes la inundaban y le impedían percibir otra cosa que no fuera la poderosa sensación de tenerlo en su interior. Por más que fingiera dominar a ese hombre, Artemisa era muy consciente de la realidad.

Era él quien dominaba.

Y lo odiaba por ello.

Y VIVIERON FELICES