REMINISCENCIAS
Nota: No les voy a mentir, solo quiero escribir de ellos sin un momento fijo en el manga, me quiero hundir en esta pareja.
Advertencia: Hanahaki y la muerte de un personaje, todas las flores mencionadas son venenosas.
En mi alma vagabunda se fundió el alma tuya. Por eso aunque otros labios me dieron su ternura, ninguno como el tuyo llegó a mi corazón.
— Julio Jaramillo.
Un día Yuuji no volvió a despertar.
Y Sukuna invitó a Megumi a que, como hierba ebria, escuchara el eco del tiempo que los separaba.
Un día Sukuna fue solo Sukuna, no medio Yuuji ni veinte dedos regados por el mundo. Yuuji se volvió un recuerdo que se le pegó en las pestañas a Megumi hasta hacerlo llorar. El hechicero perdió la cuenta de las noches en que se acercó al cuerpo tendido sobre la cama para ver si lo encontraba allí todavía.
Pero en cambio encontró en Sukuna un lenguaje póstumo, de levadura, calor y fuego.
—¿Hasta cuándo sufriré el tormento por tu desamor?
Megumi nunca contestó cuando Sukuna le preguntó.
Tampoco le importó cuando, en medio de un día nada extraordinario, Sukuna le confesó que destruiría todo el mundo con tal de verlo feliz.
¿Qué necesitas? Le preguntó, con la voz embravecida, ecos estrambóticos de templos olvidados por el paso del tiempo. ¿Qué quieres de mí? Los nenúfares en el agua se incendiaron hasta volverse lava y quemarle las manos. ¿Qué quieres que te dé? Pues el que puede tenerlo todo, todo quiere darlo.
Nada. De ti no quiero nada.
Sukuna terminó teniendo un infierno en el pecho por él.
Ríos de lava en el pecho más grandes que el mar, la sal de sus lágrimas se volvió más grande que sus ojos, y la superficie de las heridas más grande que su carne.
El primer día Sukuna vomitó una hortensia. La escupió de la boca en su mejilla, y en medio del kimono vio los colores lilas y azules que resplandecían entre los pétalos. Cuando suspiró otra hortensia brotó, esta vez con una ligera tos. El color rosa de la bella florecilla no cautivó a sus ojos ni cuando la aplastó en su mano.
El primer día Megumi le dijo que dejara de perseguirlo por la academia.
Pero el rey de las maldiciones pecaba de la peor de todas ellas.
Al segundo día Megumi le dijo que se alejara completamente de él.
Al segundo día Sukuna vomitó una azalea rosa. La escupió de la boca en su mano superior izquierda y el brazo se le atenazó en puro dolor, los ojos se le achicaron por el ardor en sus músculos. El dolor para él debía ser insignificante, pasajero, pero el brazo tenía los huesos escayolados en dolor.
Cuando la boca se cerró y la palma volvió a ser una palma el dolor cesó. Esa noche se escabulló en la habitación del hechicero para verlo mientras dormía, cruzando las piernas le acarició la mejilla y sintió su suave respiración sobre los nudillos. La mano le volvió a doler, pero ninguna flor apareció, pues su boca tampoco volvió a germinar.
—Ojalá que un día cuando pase el tiempo —musitó Ryomen, comiendo pausadamente en el jardín una croqueta de atún—, le anime la idea de volver a mí.
Yuuji se quedó mirando desde el interior de (sus) las costillas, con las cejas fruncidas cuando Sukuna miró las hojas de lechuga y los rábanos curtidos como si estos le fueran a dar la respuesta de lo que sentía. No es como que Yuuji no lo supiera, después de todo: a Sukuna los sentimientos no le servían si no se le desbordaban. Si no era capaz de exteriorizarlos y el mundo de oírlos.
Itadori creía que el resto pensaba que Sukuna estaba loco, por eso terminó tragando fuerte su saliva cuando se le atoró en el nudo de su garganta. El labio le tembló, pero respiró muy hondo y miró a otro lado.
Me daría menos pesar eso que pensar que nunca te amará.
La tercera vez, Sukuna tomó a Megumi por los hombros y los brazos al mismo tiempo, manteniéndolo preso entre su cuerpo y la pared detrás de ellos. Megumi le gritó que se alejara, que no quería absolutamente nada de él y Sukuna le habló de vuelta con ternura medida. Le acarició las costillas, el interior de los brazos, el cuello y las mejillas recordándole que si él quería pondría al mundo entero a sus pies.
Pero los labios de Sukuna a Megumi le sabían a veneno. A podrido como un cadáver yerto y a la sensación de ver a Itadori morir.
La lengua de Sukuna le acariciaba y sentía que le cortaba, que le tiraba los dientes cuando los tocaba y le hacía yagas en las mejillas sin quererlo, Megumi forcejeó entre los cuatro brazos y lo mordió hasta sangrar para que le soltara, pero no lo hizo. Sukuna con labios infectados le besó la mejilla, la mandíbula y las venas del cuello. Besó el hueco en su clavícula y lo lamió con navajas de ponzoña.
—¡No quiero nada de ti! ¡No te quiero a ti!
¿No sería horrible que te amara alguien como Ryomen Sukuna?
¿No sería horrible que en medio de una mañana cualquiera despertaras y el rey de las maldiciones te volviera el objeto de sus deseos (in)decentes?
—Yo puedo querer(te) por ambos.
Y a Fushiguro la simple idea lo asustó.
La gravedad de las palabras, ¿tal vez? ¿el pulso tambaleante de su corazón? ¿por qué él?
Él, ¿amado?
—Déjame en paz, Sukuna.
Y Sukuna lo mira, de nuevo sin entender… con todas sus expectativas siendo destruidas por el hechicero, ¿cómo era capaz de cautivarlo de esta manera tan desbordante? Megumi tenía en la boca veinte navajas, cada una más afilada que la anterior, listas para diseccionarlo y cortarlo en veinte fragmentos y nunca volver a unirlos. Y el rey de las maldiciones nunca se había sentido así de intrigado, así de interesado, así de…
Adolorido.
Pues no era nada más que un sentimiento atronador, otra llaga más cada vez que Megumi le decía que no. Sukuna no estaba sometido a preceptos humanos morales, le había cortejado de una y mil formas como conocía, como había sido en la antigüedad. Ya no es así, le había repetido Yuuji en su cabeza, que de esta manera no iba a ser capaz de conseguir a Megumi.
—Un día vas a querer por los dos, Fushiguro Megumi.
Y Megumi se negó, soltando sus manos para que el mundo que Sukuna le había puesto en las palmas se cayera hasta quebrarse.
—A mí ya me quitaste lo que quería.
La tercera vez mientras Sukuna acariciaba el cabello de Yuuji dormido en su regazo, murajes violetas le salieron de la palma superior derecha. Brotaban como la hierba fresca en un jardín tras el rocío. Se miró la mano cuando los pétalos puntiagudos cayeron en el cabello de Itadori y resbalaron hasta los cráneos de su trono, eran tantos que cuando Sukuna desvaneció la boca de su mano, vio que los dedos se le desfiguraban y los pétalos se le juntaban en las orillas de los dedos, rozando el inicio de sus uñas.
Sukuna no podía quererlo más, ni estar más unido a él.
Sus dedos ya no se podían hundir más en su cabello y cada noche ya no podía atraerlo más a su cuerpo, ya no había espacio, lugar ni momento en el que Sukuna no quisiera fundirlo consigo. Sus labios ya no podían acariciarle más las mejillas, sus dedos ya se habían quedado sin pecas y lunares qué contar. Ya no había más lugar para sus brazos, ni vellos en sus piernas para rozar. Todas las noches se dejaba inundar por el aliento de sus labios entreabiertos y el calor de las manos pequeñas que se apoyaban detrás de su espalda.
Daría lo que le quedaba para que Megumi se derritiera así de día, de la misma manera que lo hacía por las noches cuando no sabía que era él quien lo sostenía como si fuera precioso.
Cuando Yuuji no volvió a despertar ya era demasiado tarde.
Ya había notado las flores que nacían de las bocas de los brazos inferiores de Sukuna. El izquierdo lleno de laurel de las montañas y el derecho de veratrum blancas. Sukuna desvaneció las manos de sus brazos como lo había hecho anteriormente, pero en un segundo las ramas, hojas y enredaderas le acariciaron los huesos. Le perforaron los músculos y las articulaciones hasta que los dedos se le empezaron a torcer para atrás.
Y en medio de su dolor, Sukuna se dio cuenta de que esta vez ya no había vuelta atrás.
Pues no es el amor nada más que la peor maldición de todas.
—Eres el único hechicero en el mundo que ha superado mis expectativas y ha logrado sorprenderme, al punto de cautivarme.
Y quiero que te hagas cargo.
Pero piensa que eso es innecesario.
Sobre todo, cuando entiende muy a su pesar que Megumi es incapaz de hacerlo.
Que su amor no debió germinar en primer lugar, pues se pudrió en el mismo momento que no fue correspondido. La salvia de su cuerpo le abandonó cuando Megumi ni siquiera fue capaz de voltear a verlo, pues se supone que no debía esperar absolutamente nada del rey de las maldiciones, no debía esperar absolutamente nada del hombre que (le) arrebató a Yuuji del mundo.
Pero el amor comienza más o menos así:
Cuando decides que no quieres nada más que a una persona.
El rey se dio cuenta que el amor algo había cambiado en él: se volvía un niño enternecido viendo su rostro con los primeros rayos del sol por la mañana, y las hojas y la tinta se volvieron pocas escribiéndole poesía.
Hubo una vez Sukuna quien no obtuvo ni odio de Megumi.
Y fue esa vez que el estúpido de Satoru Gojo abrió la boca para hablar. Los mocosos escucharon con lujo de detalle cómo es que Itadori estaba listo para morir en el mismo momento que comiera los veinte dedos. Yuuji había estado de acuerdo en dar su vida para preservar la del resto. Y la primera advertencia que Ryomen tuvo fue que Megumi sonrió, asintiendo, como si fuera consciente de una gran verdad.
Solo que Yuuji no había vuelto, en cambio Sukuna ahora los acompañaba sellado a la escuela sin ser capaz de moverse de allí. Deambulaba por los pasillos sin ninguna intención en particular. Había hecho a un lado su orgullo por un momento para poder estar con cierto chamán que ni siquiera volteó a verlo cuando pasó a su lado.
No para otra cosa que no fuera echarle en cara que Yuuji había muerto y él no era bienvenido.
Ni en el colegio, ni en su vida, ni en ningún lugar.
Cuando Sukuna se había enamorado de Megumi se lo dijo: alto y claro. De manera que Megumi lo entendiera.
—Puedo volver al emperador de China mi seguidor, secar los mares e inundar los desiertos. Puedo mover los continentes y hasta parar el tiempo si quiero —afirmó, muy convencido, sin dejar de mirarlo a los ojos—, y cualquier cosa que tú me pidas yo te la puedo dar.
Todo…
—Devuélvenos a Itadori.
Todo menos eso.
Pues era Megumi el tesoro más preciado de la tierra, el único que no estaba dispuesto a compartir.
Una noche Sukuna no volvió a despertar.
En cambio, fue Yuuji quien lo encontró, tendido sobre los cráneos de su trono en el interior de sus costillas. Tenía ojos cerrados y el cuerpo pacíficamente cubierto de flores. Las últimas de brotaron fueron las adelfas rosas y las estrellas polares lilas. Unas de la boca de su abdomen y las otras de su boca en el rostro principal.
Yuuji se arrodilló buscando el pulso volátil que se le resbaló de las manos, a Yuuji quien siempre quiso que el resto tuviera una muerte digna, sin dolor y acompañados. Yuuji quien esa vez llegó tarde solo para ver las últimas flores brotar.
Sukuna tenía el cuerpo desencajado en puro dolor, la carne y piel de los brazos se le abrieron sin poder contener más todos los pétalos que tenía ahogados y asfixiados entre huesos, músculos y tendones. La garganta se le abrió también para que Yuuji fuera consciente de las enredaderas de flores que, con sus hojas verdes y raíces oscuras nacían desde el corazón y se extendían hasta el resto del cuerpo.
En las ciudades sombrías, tenebrosas y enmarañadas en el odio de las maldiciones, los amantes solían esconder su amor a ojos del mundo. Sentían vergüenza y bajeza del sentimiento que les trepaba por la garganta y lo escondían.
Yuuji le acarició el cabello por última vez a Sukuna, mientras lo pensaba…
Cuando Sukuna amó a Megumi, se estremeció hasta de ver las flores del jardín. Y su amor se marchitó tan pronto como lo hizo su sangre cuando de él no encontró ni desprecio.
Si conoces a un hombre,
que llegue a quererlo más que yo,
Itadori.
Escuchó Yuuji en las paredes de sus costillas.
Preséntamelo,
para felicitarlo…
Y luego matarlo.
