Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
SUNSET
Capítulo 1:
Aurora
Incluso en el silencio, Aurora escuchaba voces. Era un rugido, una trepidación, un estrépito sordo hecho de la mezcla de muchos ruidos de motores, del temblor del tráfico sobre el asfalto ondulado, del rumor subterráneo de los trenes del metro. El aire pasando por los tubos de ventilación, el agua hirviendo a presión por las conducciones bajo tierra, el temblor de máquinas herrumbrosas que no se detenían nunca, el fragor insomne de los mecanismos, la vibración de los cables y las vigas de acero en los armazones de los puentes, el zumbido de las líneas de alta tensión, el tableteo de los helicópteros y, sobre ese gran rumor oceánico, las sirenas taladrando desde la intemperie como grandes buques en la niebla.
Nunca había silencio, al menos no en su vida. El rumor continuo y poderoso no se amortiguaba, resaltaba más de noche, cuando las pasiones despertaban con un sobresalto. Ahíta de sueño, de cansancio, bebió una infusión de menta con las piernas cruzadas sobre la cama.
Demasiado cansancio, demasiadas imágenes para poder dormir, para que se apaciguara la conciencia de antemano trastornada por el desequilibrio de poderes. Y en el insomnio de su habitación veía el resplandor de los edificios y volvía a escuchar el seco estrépito de las banderas del mundo agitadas por el viento en torno a la plaza del Centro Rockefeller.
No había encendido la lámpara de la mesa de noche, pero había una luz en su habitación, roja, atenuada, intermitente, encendiéndose y apagándose en uno de los costados de su reloj holográfico. Repetía su punzada en el insomnio, teñía de un rojo amarillento la penumbra de la habitación antes de apagarse y de encenderse de nuevo, como una luz de alarma en un coche policial. Seguía brillando y apagándose cuando le despertó el ruido de las alarmas y de los helicópteros que sobrevolaban su departamento. Y cuando al final de ese día regresó agotada por su investigación científica, estaba esperándola.
Aurora se armó de valor y marcó el número de la persona que se hallaba en la otra línea, deseando vencer la tristeza para encontrar de nuevo su confianza.
—No estoy en condiciones de regresar—Aurora aguardaba en la cima de su cama, con las piernas cruzadas. Tenía los ojos cargados de sueño, y la melena castaña revuelta—. Soy un peligro para todos los que me rodean.
—No lo eres—respondió Ororo, con su pequeño hijo en el regazo. Era una hermosa mujer de piel oscura, con una exquisita melena de color blanco y ojos azules que resplandecían como relámpagos. Se habían conocido al comenzar sus años de estudio en la mansión de Charles Xavier, mucho antes de ver su mundo reducido a cenizas—. No cierres los ojos ante el peligro que se cierne sobre ti. Ross enviará a los agentes especiales de Stryker. Sabes que lo hará.
—¿Acaso pretendes que tenga miedo? He tenido miedo veinte años. Tuve miedo todos los días al despertar y todas las noches al acostarme. Estoy harta de tener miedo—espetó Aurora, con los ojos azules repletos de lágrimas. Estaba cansada. Le dolían los huesos, la cabeza le palpitaba, y sus músculos estaban agotados. Habían pasado demasiadas cosas durante los últimos años, después de que renunciase a ser Aurora la Inconmovible—. Solo quiero estar sola.
Entonces le puso fin a la conversación, pues Ororo eventualmente le recordaría que un hombre en Wakanda le amaba sinceramente y que había abandonado el país para huir de aquellos sentimientos, de la misma manera en que había reaccionado al enterarse del amor que Bobby le profesaba.
Enseguida alcanzó un libro, tras haber comprobado que era de los que versaban sobre física cuántica. Y de vez en cuando, mientras pasaba las páginas del libro, observaba el aspecto de aquella noche. A lo lejos se vislumbraba una pálida manta de nubes y niebla; más cerca, la escena del césped empapado y de los arbustos azotados por la tormenta, mientras la lluvia pertinaz parecía barrerlos salvajemente a rachas lúgubres y continuadas.
La habitación estaba helada, porque casi nunca encendía la chimenea, y silenciosa por lo lejos que quedaba de la cocina y de su laboratorio.
Una cama apuntalada por madera gris se erguía en el centro a modo de tabernáculo; los dos amplios ventanales, con las persianas echadas, aparecían medio cubiertos por pliegues e hilo plateado; la alfombra era de color gris paloma y una mesa que había a los pies de la cama estaba protegida por un elegante tapete, mientras que el armario, el tocador y las sillas, eran de fresno. En el seno de aquel ambiente destacaban con su luminosa pincelada los altos colchones y las almohadas de la cama cubierta por una suave colcha de color malva. No menos llamativa era la descalzadora, de un gris perla, que se veía al pie de la cama con sus grandes cojines de seda brillante.
Necesitaba contener el alud de imágenes retrospectivas antes de dejarse amedrentar por la fatalidad presente. Era una batalla mental que se libraba a oscuras y a ciegas, en el seno de la más densa tristeza.
Seguía oyendo el batir de la lluvia contra el alféizar de la ventana y el viento que aullaba en el balcón de su departamento. Oía voces resonando en el vacío, palabras amortiguadas por corrientes de viento o de agua. La agitación, la incertidumbre y una sensación preponderante de tristeza ofuscaban sus facultades mentales. Sus nervios destrozados habían llegado a tal tensión que no había calma capaz de servirles de lenitivo ni placer que pudieran recibir con grata excitación.
De repente, tuvo un presentimiento de esperanza, aunque no pudo precisar de dónde venía. Solo era capaz de pisar firme en el presente: el resto era una niebla informe, una oquedad profunda, y toda su inteligencia se estremecía ante la idea de tropezar y hundirse en aquel caos que la rodeaba.
Sufría dolores de cabeza: un efecto secundario de tanta rabia y frustración acumuladas. Tenía muchísima energía mental y nada a que dedicarla. A algún lugar tenía que ir a parar.
Era muy difícil mantener la calma y seguir siendo comprensiva cuando se veían los mismos rostros, los mismos errores cometidos una y otra vez. Llegaba a ser desalentadora, esa tozuda negativa de la humanidad a intentar al menos obrar de un modo razonable.
Había contado con muchos medios para adquirir una esmerada educación, y le animó a aprovecharlos tanto el entusiasmo que le despertaban algunas asignaturas como el afán por destacar en todas ellas. A los tres años de edad había sido admitida en la Universidad de Harvard a causa de su extraordinaria inteligencia y andando el tiempo llegó a ser la mejor en todas sus clases. Fue una actividad que disfrutó con celo antes de ganar el Premio Nobel de Física a la edad de cinco años, antes de incursionar con la Hechicera Suprema y con las Amazonas de Themyscira, mucho antes de convertirse en una Vengadora.
Recordó lo ancho que era el mundo, y el abanico de esperanzas y miedos, de sensaciones y aventuras que aguardaban a quien tuviera el coraje de lanzarse a su espesura, desafiando peligros, en busca de vida y conocimientos verdaderos. De esa forma, pensamientos más armoniosos y sentimientos menos exaltados se hospedaron en su cabeza. Había jurado fidelidad al orden y al deber, estaba tranquila y consideraba que tenía una vida mejor estando completamente sola. Ante los ojos de los demás, y muchas veces también ante los suyos, aparecía como una persona de carácter fuerte, alguien capaz de sobreponerse al dolor. Ella era Aurora la Inconmovible, vista como una guerrera aún más grande que Diana la Cazadora, después de todo.
Se incorporó de la cama con el propósito de despertar dicha energía mental. Era una noche fresca. Abrigó sus hombros con un chal y caminó a la cocina, con los pies enfundados en calcetines, para tomar un vaso de leche achocolatada.
Le ordenó a su cerebro que buscara una respuesta y que lo hiciera lo antes posible. Se puso a trabajar cada vez más aprisa. Sentía el latido de la sangre en la cabeza y en las sienes, pero casi durante una hora aquellas fatigas por roturar el caos no dieron resultado alguno. Enfebrecida por tan vanos sudores, se puso a dar vueltas por su dormitorio; descorrió la cortina, y descubrió en el cielo una o dos estrellas. Pero bostezaba por el sueño, así que volvió a meterse en la cama. Cayó enseguida en un profundo sueño, agotada y feliz. Cuando despertó ya estaba bien entrado el día.
Todas sus potencias, estimuladas por el cambio de escenario, parecían haberse puesto en pie. No podía decir con certeza lo que le esperaba, pero algo placentero iba a pasar, si no aquel día o aquel mes, en un tramo desdibujado del futuro.
Aurora tomó una relajante ducha, antes de encaminarse al comedor. Era una estancia grande y lujosa, con cortinas de color beige y sillas tapizadas de tela azul, una alfombra de felpa, las paredes pintadas de alabastro, un gran ventanal emplomado de vidrieras y el techo muy alto con molduras primorosas.
Lo mejor era abrir secretamente los oídos a un cuento de nunca acabar creado por su imaginación, narrado incesantemente, y abonado por incidentes de toda clase, por la vida, el fuego, y tantas sensaciones desconocidas en la realidad que ardía en ansias de experimentar.
Existían millones de personas condenadas a una existencia más mortecina que la suya, pero otros tantos millones se rebelaban en silencio contra su sino. Nadie podía calcular cuántas rebeliones, dejando aparte las políticas, fermentaban entre el amasijo de seres vivos que poblaban la tierra. Se daba por supuesto que las mujeres eran más tranquilas en general, pero ellas sentían lo mismo que los hombres; necesitaban ejercitar y poner a prueba sus facultades, en un campo de acción tan preciso para ellas como para sus hermanos. No podían soportar represiones demasiado severas ni un estancamiento absoluto, igual que les pasaba a ellos.
La araña de cristal derramaba a raudales sobre la habitación un generoso resplandor de fiesta. Las llamaradas de la chimenea eran claras y de un rojo vivo, ricos cortinajes de color beige caían en pliegues enmarcando el alto ventanal y el arco aún más alto que daba al salón; todo era quietud, solo interrumpida por la lluvia que, durante algunas pausas, se oía azotando los cristales.
Una sonrisa dulcificaba sus labios y los ojos le resplandecían. Estaba poseída por un humor de sobremesa, que en comparación con la tristeza de que hacía gala las últimas semanas resultaba expansiva, cordial y sobre todo mucho más desinhibida. No obstante, se mantenía seria, con la cabeza en el respaldo de una silla del comedor, mientras el fulgor de las llamas iluminaba sus enormes ojos azules.
Cerró su computadora y resopló. Rebuscó en el cesto del baño y consiguió reunir una carga de ropa sucia. Puso en marcha la lavadora y se quedó ahí, intentando decidir qué más hacer. Entonces sacó la aspiradora del armario de la limpieza y la pasó por el pasillo y los dormitorios, sin dejar de pensar ni un momento que, de haberla visto su padre, habría insistido en hacerle una fotografía conmemorativa. Ella siempre utilizaba sus poderes para llevar a cabo esa clase de tareas.
Añoraba a su padre, su modo de alegrarse cuando llegaba por las mañanas, ataviada con pantalones cortos, calcetines oscuros y una camiseta de gran tamaño. Echaba de menos a Jubilee, su compañía y las charlas desenfadadas cuyo tono subía y descendía como un mar en calma que la rodeaba. Su departamento, por bello y lujoso que fuera, era silencioso e inerte como una morgue.
En un rincón había un sillón acolchado con una lámpara para leer. Se acurrucó allí con un libro que sacó de la estantería, mientras la lluvia se convertía en nieve.
Reinaba una extraña paz en la habitación. Entre las rendijas de las cortinas veía el mundo de fuera, cubierto de nieve, inmóvil y hermoso. La habitación estaba cálida y en silencio, y tan solo los ocasionales ruidos de la leña interrumpían sus pensamientos. Se puso a leer, y comprendió que nunca antes en su vida había habido un momento en el que se sentara en silencio, sin hacer nada. Era imposible acostumbrarse al silencio al crecer en una casa repleta de niños, con los ruidos incesantes de los cuchicheos, la televisión y las voces que hablaban a gritos. Durante esos raros momentos en que la televisión estaba apagada, Dazzler ponía sus discos a todo volumen. E incluso en casa de su padre, todo era una constante sucesión de ruido y voces.
En el departamento, podía oír sus pensamientos. La nieve seguía cayendo, y donde se cruzaba con el resplandor de la terraza, se bañaba en una luz dorada, pálida y melancólica. Se quedó ahí sentada, en un silencio lleno de paz, observando la hipnótica caída de los copos.
La primavera llegó de un día a otro, como si el invierno, al igual que un invitado no bienvenido, de repente hubiera decidido ponerse el abrigo y desaparecer sin decir adiós. Todo se volvió más verde, un sol acuoso bañó las calles y el aire se perfumó de súbito. En el aire flotaba un rastro floral y acogedor y las canciones de los pájaros marcaban el compás del día.
La terraza estaba preciosa. Con la leve subida de las temperaturas, de repente todo parecía haber decidido ser un poco más verde. Los narcisos surgieron de la nada, con bulbos amarillentos que anunciaban las flores venideras. De las ramas marrones surgieron brotes, las plantas perpetuas se abrieron paso en la oscura tierra de las macetas.
Superó los días más difíciles gracias a su laboratorio. Y, a medida que el tiempo pasaba, se convirtió en una pequeña obsesión.
Estaba furiosa con su padre y estaba furiosa con Ross. Furiosa con ambos por obligarle a participar en una farsa. Estaba furiosa por todas las veces que se había sentado a pensar en cómo mejorar las cosas, en cómo lograr que la humanidad estuviera más segura. Y cuando no estaba furiosa, estaba triste.
En algunos lugares los cambios de las estaciones llegaban acompañados de pájaros migratorios o del flujo y reflujo de las mareas. En Nueva York, en la cercanías de lo que alguna vez fue la Torre de los Vengadores, llegaban acompañados de turistas. Al principio, unos grupillos cautelosos, que bajaban de los trenes o de los taxis, agarrados a guías de viaje; a continuación, a medida que el tiempo mejoraba y comenzaba la temporada, llegaban, desperdigados entre el estruendo de los coches, abarrotando las calles que cercaban el perímetro del edificio.
Estaba tumbada en la cama, con una almohada de seda plateada en el estómago, mirando al techo. Llevaba una camiseta de gran tamaño y pantalones cortos, que en esa postura le rodeaban de forma muy atractiva el principio de los muslos. Pensaba en todos los sucesos que le habían llevado a ese lugar. Pensaba en su furia y en su tristeza. Pensaba en lo que le había dicho su madre: que siempre le perseguirían por su poder. Y, por fin, con la cabeza hundida en la colcha morada, lloró, porque su vida era mucho más lóbrega y complicada de lo que había imaginado, y deseó volver al pasado, cuando solo debía preocuparse por la promiscuidad de Tony Stark.
Estaba disfrutando de una libertad absoluta: no tenía responsabilidades financieras, ni deudas, ni había comprometido su tiempo con nadie. Tenía todas las horas del mundo para recuperar el control de sus poderes, trabajar en su laboratorio y averiguar, sin más, quién era en realidad.
No se hacía ilusiones. No iba a ningún lugar, salvo por el viaje semanal a la tienda de comestibles. Tan solo albergaba una esperanza silenciosa porque, tras el desastre de Alemania, aún estaba dispuesta a salir de su departamento.
Un día recibió entradas gratuitas para un concierto en el Salón Carnegie, junto a un folleto informativo sobre el evento, y decidió que iba a sentarse delante.
Aurora tomó una ducha, cepilló su cabellera rizada y tomó el atuendo que colgaba de la puerta del armario, un vestido de color ciruela. Estaba diseñado para una generación más frugal, pero le hacía una silueta de estrella de cine de los años cincuenta, y era un vestido favorecedor, con el que siempre se sentía bien. Puso un chal de seda gris en sus hombros, para disimular el tamaño de sus senos, y pintó sus labios de un suave color rosa.
La mayoría se quedaba mirando, no obstante. Era el problema de las personas. Fingían que no miraban, pero lo hacían. Eran demasiado educadas para quedarse mirando con descaro, y en su lugar, tenían ese extraño hábito de echar un vistazo en su dirección decididos a no mirarle el escote de frente.
Mientras avanzaba por el vestíbulo de la sala de conciertos, donde se formaban grupos de personas elegantes, con el bolso y el programa en una mano y un gin tonic en la otra, vio que la misma reacción la seguía como una pequeña ola hasta el patio de butacas. Muchísimas mujeres debieron pellizcar a sus acompañantes, o golpearlos con el folleto en el brazo, para recapturar la atención pérdida.
Tomó su lugar en los asientos centrales de la primera fila. A su derecha había un hombre sorprendentemente apuesto, enfrascado en una animada conversación con las dos mujeres que le flanqueaban con reveladores vestidos hechos de lentejuelas.
La orquesta salió con sus esmóquines y sus vestidos de gala y el público guardó silencio. Logró emocionarse un poco, a pesar de la orden de captura que pesaba sobre ella. Posó las manos sobre el regazo y se sentó erguida en el asiento. Comenzaron a afinar y, de repente, el auditorio se llenó de un sonido único: el sonido más vivo y envolvente que había escuchado desde los Acuerdos de Sokovia. Le puso los pelos de punta y le cortó la respiración.
El director se subió al estrado, dio dos golpecitos con la batuta y se hizo un silencio absoluto. Sintió la inmovilidad, el auditorio vivo, expectante. Entonces, bajó la batuta y de repente todo se convirtió en sonido. Sintió la música como algo corporal; no solo llegaba a sus oídos, sino que la recorría por entero, la envolvía y la hacía vibrar.
Su imaginación dio unos giros inesperados; ahí sentada, se descubrió reflexionando sobre cuestiones en las que no había pensado durante años, le dominaron viejas emociones y nuevas ideas surgieron como si su percepción estuviera ampliándose hasta perder la forma. Estaba absorta, completamente consciente de sí misma.
Esperó hasta que el auditorio quedara vacío. No habló; aún retumbaba la música en sus pensamientos y no quería que se apagara. Pensaba una y otra vez en lo mismo.
—Si vas a llevar un vestido como ese, tienes que llevarlo con confianza, tanto mental como físicamente.
—Solo tú te atreverías a decirle a una mujer cómo llevar un vestido—respondió Aurora al influenciar la mente de ambas mujeres para obligarles a dejar la sala. Se quitó la prenda de seda plateada, consciente de la atención que acapararían sus pechos—. Tú no eres la clase de hombre que disfrute de la música clásica.
—No sé si me gustaría toda la música clásica, pero esta me pareció maravillosa.
Cerró los ojos, apoyó la cabeza en el asiento, y se quedaron ahí sentados, juntos, durante un tiempo, dos personas que se dejaban llevar por una música recordada, iluminados por una enorme lámpara de araña.
No habían llegado a hablar sobre lo sucedido en Alemania. No conocían las palabras para ello. Él nada más le estrechó un rato entre sus brazos, tras lo cual pasó un tiempo espantando a los casanovas que se le acercaban. Y entonces volvieron a su departamento, caminando despacio, con los brazos enlazados, aunque no habían caminado así desde que Gambito empezó una nueva vida en la escuela de Charles Xavier.
Cuando llegaron a su departamento, entraron como si nada hubiera ocurrido. Querían saborear aquellos momentos, aquellos breves instantes en que olvidaban sus problemas y compartían bromas y cariño. Pues era solo Remy: el exasperante, voluble, inteligente y divertido Remy, que le trataba con condescendencia y le gustaba actuar como un seductor.
Al día siguiente, pelaba patatas mientras las ollas y las verduras levitaban sobre los quemadores de la cocina.
—¿Dónde viajarías tú si pudieras ir a cualquier lugar?
—París. Me sentaría en la terraza de una cafetería en Le Marais, me tomaría un café y me comería unos cuantos cruasanes calientes con mantequilla sin sal y mermelada de fresa—declaró Remy, con las manos en los bolsillos de su elegante abrigo—. Es un pequeño barrio en el centro de París. Está lleno de calles adoquinadas y edificios destartalados, de homosexuales y judíos ortodoxos y mujeres de cierta edad que antes se parecían a Brigitte Bardot. Es el mejor lugar donde quedarse, salvo por el Hotel de París, en Montecarlo.
No le costó imaginarse en ese café. Estaba ahí, admirando un nuevo par de botas francesas, compradas en una boutique pequeña y elegante.
—Dilo de una vez por todas. Estás pensándolo con bastante fuerza.
—Sí. Y no me da ninguna vergüenza hacerlo. Por más que lo intento, no entiendo cómo puedes estar satisfecha con una vida tan minúscula. Esta vida no incluye a nadie capaz de sorprenderte, exigirte o mostrarte cosas que te dejen boquiabierta y no te dejen dormir de noche.
—Esa es tu forma de decirme que debería estar haciendo algo mucho más interesante que pelar patatas para la cena.
—Somos mutantes, dos de las criaturas más poderosas en todo el planeta. Nuestras vidas están destinadas al asombro, a la maravilla. Nunca te arrepientas de las cosas que has hecho. De no ser por ti, esta ciudad no sería más que un yermo desolado. De no ser por ti, yo no sería más que un ladrón de Nueva Orleans. Habrían experimentado conmigo y jamás habría conocido el placer de una vida mejor.
—Ahora mismo puedo cerrar los ojos y saber exactamente qué se siente salvar al mundo, con nada más que el poder de la mente. Es magnífico saber que las vidas de algunas personas son mejores gracias a mi existencia, a mis capacidades—reveló Aurora al terminar con las patatas. Tiró las mondas en el cubo de la basura, puso la sartén en el fogón y la dejó lista para luego cocinarlas. Se levantó con la energía púrpura que brotaba de sus manos, de modo que quedó sentada en la encimera, con las piernas colgando—. En cuanto regrese, convertida en una criminal de guerra, todos esos recuerdos, todas esas sensaciones desaparecerán, borrados por el esfuerzo de contener mi poder.
Remy se quedó ahí, sentado, en silencio. Le había servido café en una taza con platillo y tomó un sorbo para degustar el sabor de la crema.
—¿Cómo crees que encontré la felicidad?
—¿Timando a la gente en las mesas de cartas?
—Averigüé qué me haría feliz y averigüé qué quería hacer, y me formé para esas dos cosas. Es sencillo. Pero lo cierto es que también supone un grandísimo esfuerzo. Y la gente no está dispuesta a hacer ese tipo de sacrificio.
Aurora adoptó una expresión de concentración ensimismada. La mayor parte del tiempo daba la impresión de no encontrarse presente del todo, como si una parte de ella forcejeara con el dolor, los recuerdos o los pensamientos más lúgubres. Pero con Remy todo empeoraba. Era la única persona en el mundo que podía leerle los pensamientos, ocultos tras una barrera de estática.
—No iré contigo a un bar—declaró Aurora inmediatamente. Lo cierto era que le gustaba su apartamento y rara vez sentía el deseo de salir. Le había comprado el año anterior, cuando al fin se convenció de abandonar Wakanda. Todo le pertenecía en ese lugar, a diferencia de su habitación en el Centro de los Nuevos Vengadores, y de su dormitorio en la escuela de Charles Xavier. Nunca lo admitiría, pero prefería vivir en su departamento, con todos sus silencios, que en una habitación que le perteneciera a alguien más—. No de nuevo.
—Porque tu padre solía beber. Porque aún tienes que ser una niña buena, aunque ya tengas veinte años. Vamos. Vive un poco. ¿Qué te lo impide?
—Eres muy mala influencia para mí, Remy.
—Soy un ladrón. El mejor del mundo. Lo sabías desde el principio—sonrió Gambito burlonamente. Vestía un jersey de cuello alto que le resaltaba los ojos rojos, con la esclerótica de color negro—. Conoces todos mis secretos. Y aún así decidiste darme una oportunidad.
Seguía ahí sentada, mientras las patatas se freían en la sartén caliente, y tuvo la súbita sensación de que el tiempo volaba, de estar perdiendo horas y horas en sus pequeños viajes por los mismos lugares. Los mismos problemillas de siempre. Las mismas costumbres.
Escuchaba en su mente toda clase de conversaciones y se dedicó a prestarle atención a las personas que circulaban por la calle, a preguntarse cómo serían sus vidas. Todos ellos habían vivido importantes sucesos en sus familias: bebés amados y perdidos, oscuros secretos, grandes alegrías y tragedias. Pero, de todas formas, quería sentirse como antes: normal, sin preocupaciones. Quería dejar de pensar en el caos.
Apoyó la cabeza en el hombro de Remy, con delicadeza. Observó una amplia sonrisa en su rostro, no la medio sonrisita torcida de un hombre que pretendía ser atractivo, sino una sonrisa de verdad.
—Ororo no tiene la capacidad de comprender—declaró Aurora, al juguetear con la placa de identificación militar que colgaba de su cuello. Se había convertido en una especie de fantasma, esa pequeña choza de barro sin ventanas. La sola idea de regresar bastaba para oprimirle el pecho. Tenía veinte años y no quería ilusionar a otro hombre, como lo había hecho con Bucky—. Nadie puede hacerlo.
—No ha sido el primero en amarte y no será el último—dijo Remy, con las manos sobre sus hombros—. No eres mi tipo, chérie. Jamás tendría una relación con la única persona en el mundo que puede leerme la mente. Pero no estoy ciego. Reconozco a las mujeres hermosas y puedo decirte con toda confianza que eres bellísima.
—No has logrado consolarme en lo más mínimo.
—No acostumbro consolar a mujeres. Generalmente, soy el motivo de sus lágrimas—le guiñó un ojo con picardía—. Pero lo que digo es cierto. No puedes asumir la culpa. Lo único que logras es lastimarte a ti misma, y a ellos también. Bobby es mi amigo, tanto como lo eres tú, y no me agrada verlo en los pasillos, esperando el regreso de una mujer que no corresponde sus sentimientos.
Remy había renunciado a Nueva Orleans para rehacer la vida que jamás le perteneció. Le habían secuestrado cuando no era más que un niño de pecho, y no había experimentado más que violencia al hallarse al cuidado de una pandilla de ladrones callejeros que se habían encargado de enseñarle las artes del robo. Después de vivir en las calles como un huérfano, Remy intentó robar el bolsillo de Jean-Luc LeBeau, en ese entonces patriarca del Gremio de Ladrones. Jean-Luc le sacó de las calles y le adoptó en su familia. Y, durante ese período, descubrió que poseía una cantidad incontrolable de energía recorriendo su cuerpo, al grado de no poder resistirla. Desesperado, acudió a Nathaniel Essex por ayuda, quien deseaba modificar sus poderes, haciéndole significativamente menos poderoso, pero capaz de controlar la cantidad de energía que había en él a través de una lobotomía cerebral. Sin embargo, Charles Xavier frustró los planes del científico demente a través de Aurora Stark y de Bobby Drake.
—No iré contigo a un bar. Estoy harta de parejas besuqueándose en un rincón, como si no estuviesen en un lugar público. Aún no puedo borrar de mi mente el incidente en el Bellagio. Era difícil determinar si estaba excitándole o haciéndole una revisión de mamas.
Más tarde, Aurora fue a dormirse. Se puso unos pantalones cortos y una camiseta de color blanco, y se paseó por el departamento para medir la postura de Remy.
—¿Quieres qué vayamos al cine?
—No realmente—respondió Aurora con los brazos cruzados bajo el pecho. Todo intento de fingir interacciones sociales normales era deprimente, porque resultaba obvio que todas las personas con las que hablaba se sentían incómodas y cohibidas. Nadie deseaba revelarle, aún de forma inconsciente, sus pensamientos a una telépata—. Mañana por la mañana tienes que dar una clase.
—Hank puede encargarse de ella, ahora que ha regresado a la mansión. Pantera Rosa decidió enviarle una tonelada de vibranio para que actualizara el material de nuestros trajes, de acuerdo a Jubilee.
Aún conservaba en su memoria, con total nitidez, el sol cegador y las oleadas de calor mientras levitaba a toda prisa y con ansiedad al encuentro de Bucky. Le esperaba en la choza de barro sin ventanas, con la ilusión de borrar la programación mental de HYDRA, o eso había suponido ella. No supo hasta más tarde que todo había cambiado, que en el transcurso del tiempo había llegado a amarle.
—Solía agradarte tu trabajo.
—Solías sonreírle a la vida, Aurora María—replicó Remy—. Intentas compensar a los demás con toda tu alma por algo que, al fin y al cabo, no es culpa tuya. No pediste nada de esto. No escogiste esta clase de vida. Sé lo infeliz que eres y que tal vez esto no te ayude en nada, pero quiero que sepas que siempre estaré aquí. No voy a dejarte caer, te prometo que siempre podrás contar conmigo, chérie.
—He decidido qué hacer con lo que me ha tocado en la vida, como tú lo hiciste una vez.
En realidad, no había ocurrido nada. Sólo le había caído una vez más el secreto más grande de su vida. Alemania no tenía importancia alguna si le comparaba con el asesinato de los Celestiales y su posterior juicio ante el Tribunal Viviente. Pero la diferencia era que entonces había sobrellevado las consecuencias mucho mejor, al tener a todos sus seres queridos a disposición.
—Necesitas sexo, una ardiente e interminable sesión de sexo—suspiró Remy, con las manos en la cabellera castaña—. Al menos déjame ver el traje, ese que usaste en Alemania. Hank piensa que descubriste una manera de replicar la estructura molecular del adamantio sin hacerle susceptible al electromagnetismo.
—No puedo enseñártelo. Steve decidió destruir los trajes para evitar que cualquiera fuera capaz de reconocernos.
Resultó ser un día bastante extraño. Se preguntó al principio si sólo era resultado de la desaparición del aturdimiento, pero no le satisfizo del todo la explicación. Empezaba a pensar que se debía principalmente a Remy porque era esa clase de persona que siempre se mostraba feliz, y que acarreaba esa felicidad como un aura, llevándole a toda la gente que le rodeaba. Para él, era algo natural, formaba parte de sí mismo.
Desgraciadamente, Remy abandonó su departamento a la mañana siguiente, después de comer un plato de cruasanes con mermelada de fresa. Debía impartir una clase, junto a Logan, en la Cámara del Peligro.
Allí, de pie, perdió la noción del tiempo mientras se abría paso por los túneles e ilusiones que mantenían encerrada a la bestia. Debieron de transcurrir horas, pero para ella apenas fueron segundos. A ratos se hundía en la inconsciencia, a ratos salía de ella, porque en su mundo el tiempo transcurría de forma desigual, con saltos extraños y treguas insoportables.
A veces, le confundía la espesa neblina que emborronaba sus días. Le sorprendía encontrarse en su habitación, sin recordar con claridad haber conducido desde la tienda a casa o incluso haber abierto la puerta de la terraza. Pero eso no importaba realmente. Lo más elemental era precisamente perder la noción del tiempo porque tenía la entera capacidad de controlarlo a voluntad, un efecto secundario de sus habilidades.
No quería suicidarse. No lo consideró ni siquiera al principio, porque la muerte no hubiese supuesto un alivio, sin duda alguna. Además, había hecho la promesa de no hacer nada que resultara estúpido o temerario. Si respiraba aún, era por todas esas razones. Y matarse no era tan sencillo como tomar una cuchilla y abrirse las venas.
Estaba alerta, sentía el sufrimiento, aquel vacío doloroso que irradiaba de su pecho y enviaba incontrolables flujos de angustia hacia la cabeza y las extremidades. Pero podía soportarlo. Podía vivir con él no porque le pareciese que el dolor se hubiera debilitado con el transcurso del tiempo, sino que, por el contrario, más bien era ella quien se había fortalecido lo suficiente para soportarlo.
—Ya basta, Aurora—declaró Emma Frost en su mente, con una voz tan hermosa y suave como el terciopelo. Era la voz de su madre—. El mundo entero te observa, no puedes ser menos que fabulosa.
—Para ti es fácil decirlo. No sabes lo que es tener miedo de cerrar los ojos. Estar atrapada dentro de tu propia mente con un poder oscuro dentro de ti creciendo como un incendio. Durante mucho tiempo creí que le mantenía controlado, mamá.
—Todo esto es culpa de tu padre. El que no haya guerra no significa que haya paz. Allá afuera, los mutantes huyen, se ocultan, viven con miedo. Los humanos odian y nos temen. Solo que ahora son más diplomáticos, debido a los Acuerdos de Sokovia. Hace mucho, me harté de vivir esa mentira. Sé valiente y no tengas temor de saber que, incluso si tomaste una mala decisión, fue por una buena razón. Les enseñaste a pelear. Les enseñaste a defenderse.
Todos los miembros de la raza mutante habían dejado de ser humanos porque sus habilidades rompían ese molde y desafiaban cualquier explicación.
—Papá deseaba protegerme de un mundo que no era capaz de comprender. Sus emociones le traicionaron.
—Tu padre ni siquiera puede recordar lo que desayunó esta mañana. Olvidaba alimentarte, cuando eras un bebé, porque estaba demasiado borracho para recordar a su hija recién nacida. De no ser por esa desdichada mujer, habrías muerto de hambre.
No se permitía casi nunca pensar en él, e intentaba mostrarse estricta a ese respecto. Era humana, y a veces fallaba, desde luego, pero había mejorado tanto que en aquel momento ya podía eludir la pena varios días. Entre la pena y la nada, había decidido escoger la nada.
—¿Por qué decidiste casarte con él? Jamás has dicho nada bueno al respecto.
—Ya eres una mujer y puedo decirte la verdad: tu padre es una bestia en la cama.
A pesar de lo mucho que pugnaba por no pensar en él, tampoco intentaba olvidarle. De noche, a última hora, cuando el agotamiento por la falta de sueño derribaba sus defensas, le preocupaba el hecho de que todo pareciera estar desvaneciéndose, que su mente fuera al final un colador incapaz de recordar. No podía pensar en todo su pasado, pero debía recordar a su padre.
Aurora había luchado durante toda su vida por los derechos de los mutantes, con el fin de resarcir el daño causado por el Círculo Interno. Pero todos los años de activismo político desaparecieron en una semana, cuando se vio obligada a escoger un bando dentro de los Vengadores.
Nadie se sorprendió cuando ocurrió, no verdaderamente, no en ese nivel subconsciente donde las vivencias más brutales tenían lugar. Se había estado gestando desde Sokovia, en forma lenta e inmutable, según todas las leyes que gobernaban la naturaleza humana, gestándose con la exacta regularidad de una reacción en cadena que se acercaba al punto crítico.
—No necesitaba saberlo—Aurora arrugó la nariz de inmediato. Aún no había conseguido hundirse en la concha protectora del aturdimiento y todo le resultaba extrañamente cercano y ruidoso, como si le hubieran quitado un algodón de los oídos—. No es de mi incumbencia. Ya no.
La verdad era que deseaba volver a oírlo. Durante aquellos escasos momentos, cuando su voz llegaba desde alguna parte de su inconsciente, podía recordarle sin dolor.
—Es mi educación, solecito. A veces soy buena. No sabes cuánto. Pero a veces puedo ser mala, tan mala como quiera ser. La libertad es poder. Vivir una vida sin miedo es el don que me ha sido otorgado.
—¿Quieres que pelee? Lo he hecho desde que era un bebé. He luchado con todas mis fuerzas, y aún así no ha sido suficiente.
Siempre había tenido pesadillas, pero ahora las sufría cada noche. No eran pesadillas en general; en realidad, era siempre la misma. Cualquiera hubiera pensado que habría terminado aburriéndose después de tantos meses, que se habría inmunizado, pero el sueño le aterraba siempre y sólo terminaba cuando se despertaba entre gritos.
Era probable que su pesadilla no hubiera asustado a nadie más. No había zombis ni fantasmas ni psicópatas. En realidad, no había nada, sólo un incendio que abarcaba el universo entero, tan caótico, que incluso los agujeros negros desaparecían en un instante. Estaba oscuro, como una noche sin estrellas, con la luz justa para distinguir que no había nada a la vista. Entonces, llegaba a aquel punto en su sueño. Sabía con antelación que iba a llegar a él, pero, a pesar de ello, no era capaz de despertarse antes. Era ese momento en el que se daba cuenta que, algún día, destruiría el universo.
Los ojos se le llenaban de lágrimas incluso aunque diera cabezazos hasta sacarse esas imágenes de la cabeza, y el dolor daba comienzo en los bordes del agujero de su pecho.
—Eres perfecta, mi solecito. No permitas que nadie decida por ti, especialmente Charles Xavier. Aunque no lo parezca, siempre estoy aquí. Nunca jamás voy a dejarte sola. Sabes que para mí lo eres todo.
Algún día, se sentiría capaz de volver la vista atrás, hacia los meses que consideraba los mejores de su vida. Y ese día, estaba segura de que se sentiría agradecida por la vida que Emma Grace Frost le había dado.
A pesar de todos sus defectos, de todas sus acciones e influencias macabras, ella amaba a su hija.
—Adiós, mamá.
Cuando terminó, anduvo dando vueltas por allí, limpiando la cocina y quitándole el polvo a las estanterías de la sala. Ya no se sentía aturdida. Esa noche volvería a ser, sin duda, tan terrorífica como la anterior.
Para retrasar un poco más la hora de acostarse, abrió el correo electrónico y vio que había un nuevo mensaje de Bobby.
Le contaba cosas sobre su día a día, cómo le iba con las clases de matemáticas y cuánto le echaba de menos. También le escribía sobre lo mucho que disfrutaba Kitty de su nuevo trabajo y que estaban planeando en la mansión un viaje a Wakanda.
Se dio cuenta de que estaba leyéndolo como si fuera el reportaje de un periódico, más que como el mensaje que alguien le dirigía al amor de su vida. Y entonces le inundó el remordimiento, dejándole un regusto desagradable después. Cuanto más pensaba en ello, se sentía más culpable. Bobby siempre estaba dispuesto a lo que ella quisiera sin importar lo extraño que fuera.
No soportaba la idea de hacerle daño. Existía una conexión entre ellos, desde la rosa de hielo que le obsequió el día en que se conocieron, y su pena le dolía. Nunca había pretendido aprovecharse de Bobby, pero no podía evitar pensar que la culpa que sentía en ese momento quería decir que lo había hecho.
Más aún, jamás había tenido intención de quererle. Había una cosa que sabía a ciencia cierta, lo sabía en el fondo del estómago y en el tuétano de los huesos, lo sabía de la cabeza a los pies, lo sabía en la hondura de su pecho.
—El amor concede a los demás el poder para destruirte—recitó en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Le había usado como una muleta durante demasiado tiempo, y estaba más enganchada de lo que había planeado. No soportaba la idea de hacerle daño ni tampoco podía impedirlo. Siempre iba quererle, era su mejor amigo, pero eso nunca jamás iba a bastar.
Se tumbó en la cama y se acurrucó en una bola, preparándose para el ataque. Pero no soñó con fuego aquella noche, en su lugar, rodó desnuda en un lecho de plumas, con un hombre desconocido. Se le tensaron las piernas, curvó la espalda, y todo su cuerpo se estremeció. Al despertar estaba excitada, y no podía decir qué emoción era más fuerte, si el alivio o el estupor.
No era más que un sueño, aunque todo parecía ser real. Se quedó quieta en la cama unos minutos. Porque, sin duda, había experimentado un orgasmo nocturno. Y extrañamente, se sintió más relajada de lo que se había sentido en mucho tiempo.
Se balanceaba en un equilibrio precario, resbaladizo, y sólo el hecho de estar mirando su habitación con los ojos empañados por la lujuria, notando lo inusual que era, le resultaba completamente irreal. El corazón le latía a toda prisa, para recordarle que continuaba con vida.
Inquieta, sin pensarlo, comenzó a levantar cosas con la mente. Era la primera vez que experimentaba un orgasmo. Se le dilataron las pupilas, y aunque no había nadie mirándola, ocultó las sábanas empapadas. Se sentía ligera, sin peso, y aquello hizo que la sensación le transportara a un mundo completamente nuevo.
La habitación le resultaba demasiado cálida y el ambiente demasiado cargado. Se deslizó una mano entre las piernas y se sorprendió de lo húmeda que estaba. Sentía la necesidad de asegurarse de que todo era real, así que se recordó a sí misma la necesidad de respirar y después avanzó a trompicones hacia el baño. Mientras rebuscaba a través de las pilas de tejidos cuidadosamente doblados en busca de una prenda cómoda, le llamó la atención que tenía entre las manos una cantidad espantosa de encaje muy fino y transparente y diminutos artículos de satén. Lencería. Lencería francesa muy atrevida.
Aurora golpeó su frente con una mano. Era el peor momento para descubrir el contenido de los antiguos obsequios de su madre.
Necesitó un par de inhalaciones profundas para acercarse a los espejos que colgaban sobre la larga encimera del baño. Tenía el aspecto de alguien que se había pasado la noche teniendo sexo.
Encontró su cepillo y lo hundió con rudeza en las marañas que tenía en la parte posterior del cuello hasta que les desenredó y las cerdas quedaron llenas de cabello. Después se lavó el rostro y se echó agua sobre la nuca, que le ardía febril. Pero lo abandonó todo para meterse en la tina. Necesitaba tranquilizarse y el agua caliente era la única forma fiable que tenía de hacerlo.
Se le empezó a acelerar de nuevo la respiración y le temblaron las manos a pesar del efecto calmante del agua. Puso la cabeza entre las rodillas, y le agradeció al destino su soledad. De haber sido descubierta, habría sufrido un síncope.
Tenía miedo de salir de aquella habitación. No quería ni pensar en qué cosas más le habría obsequiado su madre, durante su último cumpleaños. Para eso seguro que no estaba preparada todavía.
Pensó en lo que había ocurrido, pero no pudo encontrar una explicación. Todo había sido mucho más intenso de lo que estaba acostumbrada, puesto que ambos habían encajado como dos piezas fabricadas precisamente para eso, para formar las partes de un todo.
Sabía que se había sonrojado, pero en la soledad de su vivienda, nadie podía darse cuenta. Había despertado algo en su interior. Se descubrió pensando cómo sería yacer junto a un hombre, y la sola idea le resultó más excitante de lo que debería.
Le resultaba extraña esa cercanía, más desde el punto de vista emocional que del físico, aunque también lo físico le parecía raro. No era su estilo habitual. Normalmente no se relacionaba con la gente con tanta facilidad, a un nivel tan básico.
La pesadilla había perdido algo de su poder, no obstante. Seguía horrorizada por la nada, como siempre, pero también se sentía extrañamente impaciente, pues la pesadilla tenía que terminar algún día.
El tiempo comenzó a transcurrir mucho más deprisa de lo que lo había hecho hasta ese momento, aún si no había motivo alguno para que lo hiciera. Sólo intentaba vivir el presente al máximo, sin olvidar el pasado ni dificultar la llegada del futuro.
Cuando finalmente se dormía, experimentaba unos sueños muy confusos e inquietantes. El cálido viento que soplaba a través de Nueva York era como el beso de un amante febril, o como imaginaba que debía de ser el beso de un amante. Les conocía solo a través de los sueños, la poesía y su propia imaginación. Pues era virgen y no sabía nada de los refinamientos y ni siquiera de los hechos más esenciales del amor, aparte de lo que había leído en los libros. Nadie la había tocado jamás, no de una manera tan íntima.
—¿Quién eres tú?
Era dulce y paciente con ella, y se sentía transportada a otro mundo cuando estaba en sus brazos. No había visto su rostro, pero le había bastado tan solo una caricia para saber que le adoraba.
En sus sueños, había tocado y había sido tocada por otro, había permitido que alguien traspasara las bien guardadas puertas de su intimidad y penetrara en lo más hondo de su ser, de tal manera que ya no quedara ningún límite. Su mundo había cambiado por entero en aquel instante. Se aferraba a él como si no quisiera perderle. Deseaba que aquella revelación, aquel momento de transfiguración, no desapareciera jamás. Pero desaparecería; y desapareció.
Poco a poco empezaba a comprender la enormidad de lo que hacía. Le había entregado su virginidad con la misma alegría y despreocupación que si hubiera sido una mujer famosa por su experiencia. Nada tenía sentido en aquella visión del mundo, donde parecía amarle por sobre todas las cosas.
Eran iguales en su esencia más profunda, a pesar de haber nacido con tantos años de diferencia, en distintos parajes del universo y en pueblos también distintos.
—No temas. No tengas miedo. Eres la energía que mueve a los planetas y a las estrellas. En un trillón de galaxias, jamás encontrarás a nadie como tú—Aurora cubrió sus oídos con ambas manos, pero no fue capaz de contener el pavor que le provocaba aquella voz. Había trascendido las limitaciones del tiempo-espacio, ya ni siquiera se encontraba en el mismo universo. A su alrededor, las galaxias se movían para continuar con una danza de mil millones de años—. No estás alucinando. Es la verdad que no has sido capaz de ver. Es el futuro que espera por ti.
