Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.


SUNSET

Capítulo 2:

Promise me you'll live


Aquella noche tuvo un sueño completamente nuevo: tenía una vida sencilla en una realidad donde los individuos con habilidades extraordinarias no existían. Tenía un marido amoroso y no tenía preocupaciones de ninguna clase. Pero, en el fondo, algo le hacía falta. Algo estaba mal.

Ella despertó entonces, cuando las hediondas manipulaciones del Rey Pesadilla consumieron la Dimensión de los Sueños, y no logró respirar hasta que se aseguró de que todo estuviera en su lugar, allá en su edificio de la Quinta Avenida. Aurora tenía que aprender a superar el dolor, el insomnio, los extraños e inadecuados arranques de rabia, el constante diálogo interno con alguien que ni siquiera estaba ahí. Debía evitar a toda costa que canallas se aprovecharan de la situación.

Ella frotó su cabeza cuando el sonido de la televisión alcanzó sus oídos. No era capaz de distraerse, aunque lo cierto era que tenía muchas cosas en las que pensar pues, a medida que el mundo se volvía más peligroso, los mutantes sufrían cada vez más la aversión de los civiles.

Había cambiado todo desde el controvertido enfrentamiento en Alemania: la familia de héroes conocida mundialmente como Los Vengadores se había dividido, y cada uno había reunido aliados para que apoyaran su causa. Había sido un choque de ideas, fuerzas e influencias, pues no habían existido buenos ni malos, y ninguna idea había sido completamente cierta. Cada uno se había basado en sus propias vivencias para tomar una decisión, simplemente.

Aurora, no obstante, comenzaba a darse cuenta de un factor no considerado hasta entonces: el Dios del Trueno había sido el centro de Los Vengadores. Tanto su padre como Steve eran hombres resueltos, ambos con sus propias debilidades y fortalezas. Desde la fundación del equipo, varias veces casi habían llegado a las manos por culpa de algún asunto de estrategia o sacrificio y, en cada una de aquellas ocasiones, Thor había hablado con su atronadora voz para recordarles su deber o reírse de su estupidez.

Aurora lamentaba la ausencia de Thor desde su inconcluso abrazo en el Centro de los Nuevos Vengadores, donde Heimdall le había trasladado en medio de un arcoíris a la dorada ciudad de Asgard. Ambos habían estado más que unidos, y si bien eran diferentes en todos los ámbitos destacables, se complementaban entre sí como nunca nadie lo habría imaginado.

Aurora soltó un bufido. Podría haberse encerrado en una cabaña o haberse ido a algún lugar cálido donde no cayera ni un copo de nieve, pero sabía que no le habría servido de nada. Hiciera lo que hiciera, el dolor viajaba con ella. Había quedado aplastada bajo los escombros de su pérdida y había logrado salir arrastrándose para seguir viviendo, pero poco más.

Aurora frunció el ceño cuando un trueno explotó entre las paredes de su cerebro. Le dio una extraña sensación de poder, como si el trueno hubiese expandido su mente, como si el trueno hubiese desquiciado los límites de su cavidad craneal. Aurora cayó entonces en algo que no podía explicarse, una sensación que era todo y nada, luz y oscuridad, caliente y frío, vida y muerte. Lo único que existía, al menos en ese momento, era una energía que borraba todos sus fantasmas y recuerdos.

—Tú tienes el poder de estar en todas partes. Ser todo el mundo.

Acababa de desbloquear un recuerdo, inesperado como un déjá vu y tan nítido como si hubiese ocurrido el día anterior. Cerró los ojos mientras la escena volvía a su mente.

—Ayanna—susurró Aurora, mientras su mente trascendía todos los límites. Millones de voces se concatenaban, mezcladas con imágenes inasibles que giraban en su cabeza como en una terrible centrífuga de sentimientos—. Lo siento mucho.

—No lo sientas—contestó la Hechicera Suprema, mientras moría su forma física en una sala de urgencias de Nueva York—. Es mi decisión.

—¿Por qué? —musitó Aurora al abrazar débilmente sus rodillas. Tenía miles de preguntas, pero se mordió la lengua. No quería echar a perder el momento, aunque fuera imperfecto—. Debiste verlo antes de que sucediera.

—Creí que estaría preparada.

—Le aceptaste en nombre de un futuro no escrito aún.

—Todos los futuros confluían en este momento.

—Es demasiado costosa esa realidad—Aurora procuró elegir las palabras adecuadas, aquellas que le liberaran de la obligación que se había creado y que le estaba causando tanto dolor. Eran palabras muy difíciles de pronunciar, pero quería hacerlo bien. No deseaba convertirse en una fuente de angustia permanente—. Pero lo entiendo.

—Prométeme que vivirás. Que tus decisiones reflejarán tus esperanzas, no tus miedos. No renuncies a la esperanza, nunca. Cuando pierdes la esperanza, ya no te queda nada más. No olvides que lo superaste todo, que eres capaz de reinventarte a ti misma. Hasta el universo sabe que tú no sabes rendirte, Aurora María. ¿Cómo podrías renacer sin antes haberte convertido en cenizas?

Aurora saltó de la cama al visualizar en el horizonte la oscura influencia de Dormammu. La Dimensión Oscura era un extraño y hostil universo en el que el tiempo no existía de la misma manera en que lo hacía dentro del universo regular. Aquello le permitía ser la fuente de energía de los hechizos que prologaban la vida y eliminaban la mortalidad, a veces, otorgándole a los hechiceros capacidades sobrehumanas, más allá de su magia. Y en ese momento, devoraba el universo, comenzando el festín en la Tierra.

Mientras las nubes eran absorbidas, los civiles corrían en las calles, intentando alejarse del horrible hueco en el cielo aunque no tenían adonde ir. Eran esclavos de la realidad, y no tenían defensas de ninguna clase.

—Doctor Strange—Aurora cruzó los brazos cuando los fragmentos de los edificios devorados regresaron a su lugar. Estaban retrocediendo el tiempo, a fin de obtener una segunda oportunidad—. Que su sacrificio no sea en vano.

Aurora simplemente observó la batalla, con su mente camuflada en medio de tanto caos, puesto que Strange necesitaba encontrar su valor, y no iba a hacerlo si ella derrotaba a Dormammu.

Aurora tenía el cuerpo agarrotado, como si no hubiera cambiado de postura ni una sola vez. Estaba aturdida; dentro de su cabeza revoloteaban extraños sueños de colores, todos mezclados en un torbellino estrafalario. Sentía una gran impaciencia en ese momento, porque nada volvería a ser como antes. Necesitaba proteger a sus seres amados, aunque no supusiera estar con ellos. Debía ser fuerte, porque estaba en su naturaleza renacer de las cenizas.


Aurora se encontraba en el templo de Kamar-Taj, donde se lloraban las muertes de los héroes y se conmemoraban sus vidas, mientras el cuerpo de la Hechicera Suprema yacía sobre un catafalco, esperando la incineración.

Aquel edificio albergaba a personas diferentes. Todos, de una forma u otra, eran divergentes de la realidad convencional. Esa peculiaridad no les permitía acabar de encajar en una sociedad encorsetada que solo reconocía la existencia de un universo único. La lógica imperante repudiaba tal mundo, ese que se rodeaba de hechos extraordinarios, de naturaleza mística, de sucesos poco comunes y sin explicación científica. Y esa misma lógica destruía, entre otras cosas, la imaginación, un don que Einstein consideraba más importante que el conocimiento; el vientre del saber, donde se gestaban la mayoría de los avances científicos. Aquellas divergencias los obligaban a desconfiar, a no mostrarse como eran realmente por miedo a que los confundiesen o condenasen por desequilibrados o estafadores. Como los camaleones, debían mimetizarse, adaptarse a vivir camuflados si querían sobrevivir en una sociedad en la que los charlatanes habían mancillado la magia y lo sobrenatural con sus trucos y engaños, con su codicia, prometiendo curas milagrosas, hechizos y pócimas que lo remediaban todo. Muchos se hacían llamar magos, brujos, médiums, curanderos, y llenaban sus billeteras a costa de mancillar con sus mentiras la verdadera magia, que siempre era silenciosa, que estaba sujeta a leyes cósmicas infranqueables y a veces incomprensibles.

En los últimos años, Aurora había actuado como si realmente no existiera Ayanna. No le había escrito. No le había llamado. Había enfocado su atención en las vicisitudes de los mutantes, abandonando a los hechiceros que le habían enseñado todo cuanto sabía. Ella simplemente había asumido que Ayanna siempre seguiría ahí, como las Amazonas de Themyscira.

Aurora se alegraba de que los demás no le prestaran demasiada atención en ese momento. No había dormido desde el incidente. Se había sumido en un estado de frenesí mental, porque la naturaleza de todo lo que había precedido a la muerte de Ayanna le impedía creer que de verdad había sucedido. Sentía tristeza, nostalgia por el tiempo pasado, por las cosas no dichas, por su incapacidad para darse cuenta, al final, del dolor, la impotencia y la predestinación que le acechaban.

Aurora entrelazó sus manos, cuando un hechicero sosteniendo una antorcha se acercó al catafalco. La pira funeraria había sido encendida y las llamas subían rápidamente, envolviéndo y consumiendo la inmóvil forma de Ayanna. Los que habían sido elegidos para honrarle formaban un círculo en torno a las llamas, muy lejos de Aurora.

—Lo prometo.

Cuando el fuego se la hubo llevado, una bandada de palomas blancas como la nieve fue lanzada hacia un crepúsculo escarlata. Alzando el vuelo entre una agitación de alas y una pincelada de pálido resplandor, las palomas se perdieron rápidamente de vista.

Aurora estaba sumida en sus recuerdos. Durante la mayor parte de su infancia había estudiado bajo la tutela de Ayanna. Ahora ella se había ido, dando por terminada su antigua existencia para iniciar una nueva. Todo lo que había ocurrido antes se encontraba detrás de una puerta cerrada que nunca volvería a abrirse. Le costaba aceptarlo y, al mismo tiempo, hacía que se sintiera extrañamente liberada.

—No deberías ocultarte. Ella habría deseado que estuvieras a su lado.

—No deseo incomodar a nadie—Aurora siempre le había desagradado a los miembros del Consejo de Maestros. Nunca habían intentado lastimarle, pero era bien sabido que detestaban su mera existencia. Habían cuestionado todas las decisiones de Ayanna, desde el comienzo de su entrenamiento místico, porque la Hechicera Suprema siempre le había favorecido—. Ella no habría deseado un enfrentamiento.

Determinarlo no resultaba sencillo: Ayanna ridiculizaba a los miembros del Consejo de Maestros con una asombrosa sutileza. Todos eran más jóvenes que ella, pero se dedicaban a reinstaurar tradiciones que hacía milenios habían caído en desuso. Además, enfocaban los valiosos recursos mágicos en nimiedades sin trascendencia. Y mientras discutían sobre las enseñanzas de filósofos muertos, bajo sus narices desfilaban canallas como Mefistófeles, como el Rey Pesadilla. Ambos demonios no tardarían en regresar, debido a la ineficacia de los encargados de proteger la realidad, destrozando todas las hazañas de Diana la Cazadora.

—No eres la misma.

Normalmente, habría desafiado al Consejo de Maestros. Pero no deseaba una batalla, en ese momento. Debía honrar el funeral de la Hechicera Suprema, a toda costa.

—Ya nada es lo mismo.

Todo había cambiado. Aurora había abandonado la ciencia y se había distanciado de sus amistades, a fin de evitar las amenazas de los demonios interdimensionales. Por su parte, Wong se había convertido en el bibliotecario de Kamar-Taj, después de la horrible muerte del anterior encargado. Ambos habían evolucionado, en distintas formas.

—Es cierto. Somos diferentes ahora.

Aurora inclinó la cabeza cuando briznas de nieve aterrizaron en su cabello. Había disminuido notablemente la sensación térmica, después de la incineración del cadáver.

—Debemos tener fe—Aurora entrelazó sus manos cuando el Doctor Strange se acercó al catafalco que contenía las cenizas de la Hechicera Suprema. Ella no dudaba de sus habilidades ni de su corazón. Le había visualizado desde la comodidad de su habitación y había vislumbrado, durante un momento, su futuro—. Ella lo habría deseado así.

Wong situó una mano en su hombro. Era bien sabido que había ocasionado la disolución de Los Vengadores, al causar un devastador estallido durante una misión oficial en Nigeria. De ello habían nacido los Acuerdos de Sokovia, que a su vez habían derivado en el enfrentamiento de Alemania. Todos los aliados de Steve habían caído en el exilio, desde entonces.

—Eres bienvenida en el Santuario de New York.

—No lo creo—sonrió tristemente Aurora. Le sería vedado el acceso a las ubicaciones místicas de la Tierra, seguramente. Ella era una hechicera de alcance cósmico, y por ello constituía una de las amenazas más grandes de la existencia. Tenía la habilidad de alterar la realidad a voluntad, porque se trataba del absurdo resultado de la unión entre la mutación y la hechicería. Además, estaba la temida entidad que moraba en su cabeza desde su mera concepción—. Me odian.

—Le temen a tu naturaleza porque no son capaces de comprenderla.

—Y tienen razón. Deberían temerme.

Wong se removió incómodamente. Ella se trataba de una de las criaturas más temibles del Multiverso. Cuando no era más que una niña, había salido triunfante de un feroz enfrentamiento con el demonio Mefistófeles. Desde entonces, los sirvientes de la oscuridad evitaban su realidad, porque le temían más que a nada. Aurora Stark había desafiado todos los límites que antaño habían existido.

—El mundo te necesita, más de lo que imaginas. La Tierra no tiene un Hechicero Supremo que la defienda.

En el mundo de la magia, también existían diferencias, destinos opuestos, ambiciones y artes oscuras. El bien, el mal, un principio y un final. Existían además seres que, como en la realidad convencional, intentaban dominar el tiempo y el espacio.

—Yo no puedo convertirme en la Hechicera Suprema.

En otro momento de su vida no habría dudado. Se habría convertido en la Maestra de las Artes Místicas sin plantearse cómo ni cuándo, ni siquiera por qué lo hacía. Pero en ese momento, en esa noche helada e inusual, se sentía agotada, desorientada y aturdida por los acontecimientos. Necesitaba un receso, que el tiempo se detuviera para recopilar instantes del pasado sin que estos le hicieran daño, sin que el hecho de recordar suscitara nuevas preguntas. Precisaba poner en orden su vida. Cerrar ventanas y abrir nuevas puertas; cambiar de ambiente. Anhelaba un horizonte nuevo en el que perderse para siempre, en el que crear un futuro más sólido. Porque lo extraordinario, en aquellos momentos, le estorbaba.

—Entonces lucha a su lado como una temible aliada.

—Al menos en este momento, no me necesita. Tiene en sus manos la Gema del Tiempo—declaró suavemente Aurora. En más de una ocasión se había encontrado con las Gemas del Infinito, y en más de una ocasión les había impuesto su voluntad, porque nada más le resultaban temibles a las criaturas que desconocían las fuerzas cósmicas inmortales e inmutables—. Es suficiente por ahora. Mefistófeles es un cobarde y el Rey Pesadilla prefiere enseñarle a sus víctimas variadas realidades alternativas, a fin de encerrarles eternamente en una mentira. No son amenazas inmediatas. Aprenderá lo necesario, antes de que decidan atacar nuestra realidad. Simplemente recen para evitar que criaturas como Galactus o Shuma-Gorath aparezcan un día en el cielo.

Aurora recordó entonces el origen de Galactus: único sobreviviente del universo que existió antes del Big Bang, se había transformado en uno de los seres más temidos del cosmos. Incontables billones de años atrás, nació como el humanoide Galan del planeta Taa, un mundo de impresionantes logros científicos. Al contraerse su universo en un solo punto del espacio, fue salvado por la mismísima Fuerza Fénix.

—Sé que estás desorientada, que todo parece haberse desbaratado ante ti. Pero no debes dejarte llevar por la confusión que te ha producido la disolución de Los Vengadores. El futuro, el destino, que a fin de cuentas son lo mismo, siguen unas pautas—declaró solemnemente Wong—. Nada es al azar, ni siquiera las infinitas y aleatorias combinaciones numéricas lo son. Cualquier hecho sigue un orden preciso dentro de un aparente caos, del caos que creemos ver cuando algo no sucede como esperamos. Un orden que, a veces, como ahora te ocurre a ti, nos lacera y extravía. Los acontecimientos nos parecen incoherentes y sin sentido, pero no lo son. Hasta el hecho más insignificante e imprevisto forma parte de un todo que no sería tal sin él.

Todo se había enturbiado a su alrededor. Los acontecimientos extraordinarios que sucedían en su entorno no le allanaban el camino, no le ayudaban a continuar, sino que complicaban su vida, embarraban cada uno de sus pasos introduciendo sus pies continuamente en un lodazal. El agua sucia que salía de él borraba el rastro que había dejado para no perderse si tenía que desandar lo andado. No podía retroceder porque el pasado, el que había vivido, había dejado de existir.

Aurora estrechó la mano de Wong cuando el Doctor Strange se acercó a ellos. Solamente tenía una cosa que decirle antes de marcharse.

—Bienvenido al Multiverso de la Locura.


Se había ido a Central Park, durante el fresco amanecer de ese día. Eso significaba, entre otras cosas, que evitaba las decenas de trotadores sudorosos que en las mañanas se echaban a correr con la obsesión de mantenerse en forma. Esos trotones, junto con los ciclistas, eran los habitantes más peligrosos de las grandes ciudades. Se creían los amos de los parques, y por ello arrollaban a los peatones al menor descuido. Además, al contrario que los vehículos a motor, no hacían ruido y, en el caso de las bicicletas, no siempre llevaban luces cuando moría la tarde.

Aurora notó que a esa hora abundaban los paseadores de perros, que se encargaban de todas las necesidades de tan finas mascotas. Los millonarios de Nueva York disponían de muy poco tiempo libre, pues casi todos ellos se dedicaban a las altas finanzas o a negocios como el petróleo, lo cual conllevaba mucha tensión y muchas horas de concentración intelectual. Por otra parte, a sus esposas se les iba el día en un instante, entre la peluquería, la manicura, el té con las amigas y las compras en las tiendas de grandes firmas. Pero, naturalmente, no por ello iban a dejar de tener un perro de buena raza y elevada gama, con árbol genealógico incluido.

Aurora advirtió que en Central Park se celebraba una suerte de festival. Era un festejo de blancos y sonaba el rock and roll a todo volumen en los altavoces colocados en las farolas. Había algunos bares abiertos y numerosos tenderetes de venta de ropa y baratijas, además de una especie de mercado de antigüedades en el espacio de un aparcamiento al aire libre.

Aurora tomó asiento en una banca solitaria, a una buena distancia del bullicio, y permaneció allí un rato.

Manhattan era una isla tejida en hormigón, acero y vidrio, pero era también una ciudad verde. Además de Central Park, su corazón vegetal, existían muchos espacios de arboleda, hierba y flores que se escondían entre los grandes edificios y en los que los neoyorquinos disfrutaban, cuando asomaba el sol, sentándose a comer el emparedado del mediodía, leyendo el periódico o fumándose un cigarrillo con aire culpable.

Existían decenas de pequeños parques que por la noche se cerraban con un sólido candado en la verja. Se encontraban en las proximidades de los ríos, como el Sutton Place Park, arriba del Midtown, sobre el East River, que no llegaba a medir mucho más de los quinientos metros cuadrados. Y los había estrechos y largos, como el Riverside Park, que durante varios kilómetros corría junto a las orillas del Hudson. Pero los atardeceres, desde allí, cuando el sol caía a las espaldas de New Jersey, ofrecían una belleza que resultaba muchas veces empalagosa.

Esa mañana había decenas de turistas haciéndose la obligada foto sobre el fondo de vegetación y rascacielos de Central Park. Un grupo de japoneses se retrataban agitando banderitas norteamericanas. Se veía a todas luces que Hiroshima y Nagasaki habían quedado ya en el sumidero de la historia.

Aurora no quiso creer en la existencia de la magia hasta que se vio obligada a aceptar que formaba parte de ella, desde el comienzo. Se trataba de una hechicera de alcance cósmico que había sido encadenada en su mente, una hechicera que había cambiado las maravillas de las distintas realidades por el sonido atronador de cientos de coches con venas de plástico y sangre negra.

Vivía en una gran urbe donde la magia había desaparecido, devorada por los atascos en hora punta y a deshora. Los hechizos lanzados al aire se perdían entre el bullicio de los centros comerciales abarrotados y la luz de las farolas impedía que los seres fantásticos se escondiesen entre las hojas de unos árboles que se habían ido, que habían dejado de sombrear las aceras. La magia, allí, únicamente daba señales de vida en la literatura y el cine. Muchos querían creer en ella. Eran conscientes de que la necesitaban para vivir, para darle sentido a una vida que parecía virtual, ajena a uno mismo, pero pocos se atrevían a decir que creían. Eran escasos los disidentes, los que buscaban maravillas en la mirada perdida de un mendigo o en un cielo donde las estrellas habían desaparecido, absorbidas por el agujero negro de la civilización. Los presentimientos se diagnosticaban como angustia, las visiones como delirios y la mayoría creía que el tiempo en el que vivía, aquella realidad ruidosa y ajena, donde los deseos y los sueños se controlaban como si estuvieran envasados al vacío, era la única. La única realidad, la única posibilidad, la única salida, pensaban. Pero se equivocaban. Tras ella había muchas otras, y cada una, cada realidad, era vital para que existiesen las demás. Para habitarlas, solo era necesario creer, pero muchos hacía tiempo que habían perdido la fe.

Aurora sabía que, aunque no quisiera, los acontecimientos insólitos seguirían sucediendo. Había dado un giro de ciento ochenta grados, al estallar la burbuja en la que había estado encerrada, o protegida, durante tantos años. Había dejado de ser una persona relativamente normal y se había convertido en la hechicera que siempre había sido. Tenía la seguridad de que no había marcha atrás, porque de nuevo comenzaba a ver de otra forma. Era diferente al resto de los mortales, y así se sentía. Aquellos cambios solo eran el comienzo de una trasformación inevitable, porque todo ello formaba parte de su destino.

Desde que tuvo uso de razón, había sabido que era distinta al resto y que aquello no iba a cambiar. No era un rasgo de carácter que se pudiera modificar. Sus cualidades habían nacido con ella y no se irían ni con la muerte. Y aunque intentara olvidarlas, hacerse la distraída, siempre iban a estar ahí. Se manifestaban en forma de una telepatía de alcance multiversal, en la capacidad de alterar la realidad a voluntad. No podía escapar de ello, hiciese lo que hiciese no lo conseguiría jamás. Había llegado el momento de aceptar quien era con todas las consecuencias, porque aquella era la única opción.

Era plenamente consciente de que los acontecimientos extraños se iban sucediendo con mayor frecuencia. Parecían ir enlazados, como si fuesen eslabones de una misma cadena de sucesos. Generaban nuevas incógnitas, espacios en blanco, interrogantes y una sensación de soledad cada vez más fuerte, porque no podía compartir con nadie lo que sucedía.

No tenía la menor certidumbre sobre la verosimilitud de la mayoría de acontecimientos o por qué se habían producido. Todo lo que había averiguado, incluso lo que había vivido, estaba rodeado de un halo que se emparentaba más con la fantasía que con la realidad. Pero si quería retomar el control de su vida no le quedaba otra opción que intentar poner en orden todo lo acontecido, no dejar cabos sueltos ni ángulos muertos, porque absolutamente todo, como bien le había dicho Wong, tenía un porqué.

Aurora debía guardar el maravilloso equilibrio de la realidad. Para ello tenía que introducirse en un laberinto en el que había más de un minotauro esperándola y donde era evidente que solo existía una salida. El hilo de Ariadna era una madeja hecha de acontecimientos aleatorios, palabras sueltas, pistas verdaderas y falsas, intereses creados que debía desenredar antes de volver a ordenarlos con cautela. No quería perderse en un mundo que cambiaba tanto como lo hacía la Dimensión Mandelibus.

Su percepción del tiempo resultaba aleatoria y caprichosa. A veces una hora se le hacía eterna, mientras que en otras ocasiones pasaba tan rápido como el aleteo de una mariposa o el brillo que dejaba una estrella fugaz en el cielo nocturno. Aquella mañana transcurría lenta, como si demasiadas cosas desearan ocurrir en muy poco tiempo.

Aurora echaba de menos a sus amigos. A todos. Una vida sin ellos no era más que un rompecabezas al que le faltaban piezas. Le habría bastado con tocar el timbre del Instituto Xavier o esperar a que Bobby se desesperase, pero no quiso propiciar el encuentro: estaba segura de que se produciría tarde o temprano. Debía dejar que el tiempo corriese, que el futuro se hiciese por sí mismo, sin intervención. Sin favorecer un cambio que podía apartarla de la realidad para siempre. En aquellos momentos sabía demasiadas cosas, una de ellas transcendental: el futuro no existía porque cambiaba constantemente, segundo a segundo, minuto a minuto.

Aurora sonrió levemente, al detectar el halo que emanaba de la influencia demoníaca. Estaba siendo observada por una hechicera que servía a un demonio interdimensional, y que además creía ser más poderosa de lo que realmente era.

—Una bruja condenada en los Juicios de Salem.

Aunque los historiadores del siglo XIX trataron la creencia en la brujería de la época colonial como un incómodo residuo del pensamiento medieval que debía erradicarse de inmediato, la creencia en las brujas, y su persecución, debía verse como un elemento central que configuraba la cambiante identidad nacional de las colonias de América del Norte. Incluso después de los sucesos de Salem, que transformaron para siempre la manera en que, por un breve lapso de tiempo, se perseguiría legalmente la brujería, la creencia en las brujas persistió hasta bien entrada la Ilustración. Las brujas eran los chivos expiatorios, en sentido literal y figurado, de las comunidades fronterizas en un período de notables presiones económicas, políticas y religiosas. La figura de la bruja, la idea de la bruja, y la necesidad de sacarla de su escondite y exponerla a la luz pública, actuó como elemento de cohesión de aquellas comunidades frágiles y sometidas a un flujo continuo de llegada y salida de personas que vivían en territorios inseguros y gozaban de derechos inciertos.

La brujería continuaba fascinando, tal como demostraba la fama de las brujas en la ficción, el turismo, las creencias religiosas populares y los textos históricos. Buena parte de lo que se sabía de la brujería tenía en realidad su cuna en la cultura popular. Cuando se hablaba de brujas, se pensaba en el estereotipo de mujer difundido por Halloween, con un capirote, una escoba y un gato, combinado con la magia doméstica de la protagonista de la serie Embrujada, a quien bastaba con mover la nariz para preparar un asado. Pero las brujas reales de la Inglaterra de la Edad Moderna y sus colonias en América del Norte no eran personajes de dibujos animados que cacareaban como gallinas y llevaban capirote. La realidad de la brujería en América del Norte era mucho más fascinante y también más aterradora.

Mientras una persona moderna suponía que alguien que pudiera controlar la naturaleza, detener el tiempo o predecir el futuro emplearía naturalmente esos poderes para causar cambios dramáticos a gran escala, a las brujas del período colonial se les acusaba de catástrofes más mundanas, como provocar enfermedades en las vacas, o agriar la leche, o de la pérdida de posesiones personales. Esa esfera de influencia microcósmica adquiría más sentido en el contexto de la primitiva religión colonial, en la que los individuos se encontraban completamente impotentes ante la omnipotencia de Dios.

Además, los puritanos sostenían que nada podía indicar de una manera fiable si el alma de una persona era salvada o no, y el hecho de realizar buenas obras no modificaba esa creencia. De modo que los sucesos negativos, como una enfermedad grave o un traspié económico, eran interpretados a menudo como señales de la desaprobación de Dios. Para la mayoría de la gente era preferible culpar a la brujería, una explicación que estaba fuera de su control, y encarnarla en una mujer en los márgenes de la sociedad, antes de considerar la posibilidad del propio riesgo espiritual. En efecto, la brujería desempeñó un papel muy importante en las colonias establecidas en Nueva Inglaterra, como una explicación para aquellas cosas que la ciencia aún no había aclarado y también como chivo expiatorio.

Aurora observó los frágiles ramilletes de flores blancas que se mecían bajo el aire de comienzos del verano, enmarañados y exuberantes, y los insectos que zumbaban sin ser vistos en las cavidades debajo de los árboles. Mientras observaba cómo jugaban los haces de luz sobre la superficie de los pétalos, su mente percibió la imagen de una hermosa mujer de cabello oscuro, con una intrincada armadura, que caminaba entre los árboles con hermosas alas de color dorado.

Aurora sonrió afirmativamente, antes de levantarse del asiento.

—Que comience entonces, demonio.


Roma no era una metrópoli estirada, nunca lo había sido. Podía ser frívola, como decía Henry James, pero nunca artificialmente pomposa. Y resultaba curioso que lo que en otro lugar parecía estrambótico o extraordinario, en Roma se hiciese habitual. Uno de sus grandes misterios era su capacidad de transformar en espontáneo aquello que poseía una cualidad artificiosa. Quizá ese era el secreto de toda belleza.

Hasta los cardenales romanos, ataviados con sus chillones mantos rojos, que parecían salidos de una ópera bufa, no resultaban seres demasiado extraños. En Roma cualquiera actuaba de acuerdo a su papel, por muy histriónica que fuese su naturaleza: esos soldados con gorros de plumas, los guardias suizos del Vaticano con sus extravagantes uniformes, los agentes del tráfico urbano de cascos blancos diseñados en los años cincuenta del pasado siglo, las maduras cincuentonas de dadivoso escote que caminaban casi propinando golpes de cadera a las fachadas de las calles más estrechas, los sesentones con la camisa abierta y pantalón ajustado, marcando sus atributos masculinos y mostrando el canoso vello rizado de su pecho a las jovencitas, el fraile franciscano que cargaba en el cuello un pesado crucifijo y que arrastraba sus sandalias por la Via del Corso como si llevara la cruz a cuestas, y el limosnero cargado de pesados fardos que vestía harapos de colores vivos y parecía un arlequín antes que un mendigo. Roma naturalizaba todo, incluso aquello que no era natural. Y los romanos sabían cómo lograr que todo extranjero se sintiera un poco en su propia patria.

Aurora cruzó el puente Garibaldi, sombreado de airosos plátanos todavía cubiertos de hojas, y descendió lentamente por una plazuela junto a la Via Giubbonari, que era peatonal. Luego caminó hasta el Campo dei Fiori, uno de los escenarios romanos en donde se abría de madrugada un vivo mercado, con vistosos puestos de flores y apetitosas viandas: pastas, salsas, quesos, embutidos y, sobre todo, frutas. A mediodía, todo quedaba hecho un desastre y el servicio de limpieza municipal se ocupaba de regar la plaza y recoger los centenares de cajas abandonadas por los mercaderes. Las terrazas se abrían entonces a los visitantes y lugareños. Y cuando caía la tarde, llegaban los juerguistas a beberse todo el vino en los alrededores.

Eran más o menos las nueve de la mañana y el mercado estaba en plena ebullición. En el alto pedestal que sostenía la estatua del desdichado Giordano Bruno se sentaba un grupo nutrido de jovencitas. El sabio infeliz, cuya cabeza apenas asomaba del capuchón de su hábito, parecía dirigir la mirada hacia abajo, para contemplar los muslos que dejaban al aire los cortísimos pantalones de las chicas, tan a la moda en toda Europa.

Aurora se detuvo enfrente de la iglesia de San Eustachio, para tomar un espresso en el cafetín del mismo nombre. Estaba lleno de turistas que exhibían un aire de torpeza y que vestían en función de la comodidad o el recuerdo: horrendos pantalones, zapatillas de colores, gorros de béisbol americano de su equipo favorito, camisetas de fútbol europeo con el nombre de su jugador favorito. Ninguno sobreviviría, de ser considerados criminales.

Aurora salió del cafetín y siguió el curso del río con lentitud. Soplaba un aire liviano y hojas temblorosas se desprendían de los castaños y los plátanos, cayendo en un vuelo pausado sobre las aguas del Tíber. Y conforme se acercaba a la Piazza San Pietro, riadas de turistas iban confluyendo rumbo a la gran explanada, como si formaran una multitud de vivaces arroyos camino de un enorme lago de aguas inquietas. La mayoría marchaban en grupo, dirigidos por un guía que enarbolaba una sombrilla o una bandera para que el rebaño se mantuviera unido. Habían nutridos grupos de seminaristas y de monjas conducidos por clérigos de mayor edad. Por todas partes, asomaban muchachos que ofrecían visitas guiadas y vendedores ambulantes pakistaníes que parecían detentar el monopolio de los calendarios santos.

—¡Eh!

Aurora entornó los ojos, de forma hastiada. Un hombre atractivo le sonreía desde una motocicleta de colección, mientras las muchachitas de escotes dadivosos cuchicheaban sobre los marcados abdominales que revelaba su camiseta.

—No me interesa.

—¿Te apetece dar una vuelta conmigo, hermosa?

—No.

—Mira que conmigo te divertirías.

—He dicho que no.

Aurora frunció el ceño al arrebatarle su comida a un camarero bastante interesado en desnudarla con el pensamiento. Además de ser acechada por un mutante ilusionista, que asumía mentalmente la apariencia de un hombre tonificado, debía soportar a los imbéciles que a cada momento intentaban seducirla. En Alemania incluso el adolescente que se hacía llamar Hombre Araña había caído sobre ella, a fin de enterrar la nariz en el escote del atuendo que había utilizado.

Aurora decidió marcharse a Londres porque tenía que aceptar su condición. Caminar por los dos senderos, el de la realidad convencional y el de las habilidades extraordinarias, sin trastabillar. No debían importarle las intenciones de Mente Maestra y mucho menos las de Pesadilla, tampoco lo que Mefistófeles hiciese o fuera capaz de hacer.

Londres, inmenso y alambicado, no tenía siquiera unos límites perceptibles. Los interminables suburbios de la ciudad, conocidos en su conjunto como Metroland, eran también parte de la metrópoli. Se optaba, pues, por el eufemismo Central London para referirse estrictamente a la ciudad, y lo demás, desde Southall a Belvedere y desde Enfield a Croydon, quedaba incluido dentro del amplio concepto de Londres.

La diversidad era inagotable. Los pueblos engullidos por el crecimiento del núcleo original, situado en torno a la Torre, habían conservado sus características o las habían transformado por completo de forma autónoma. En el borde occidental del East End, junto a la City, habían, por ejemplo, calles que parecían importadas en bloque desde Sri Lanka. Había ocurrido que para la construcción del aeropuerto de Heathrow fueron empleados miles de inmigrantes de lo que entonces se llamaba Ceilán, y se les alojó en las mismas callejas que en siglos anteriores habían recibido a la inmigración irlandesa, judía o rusa. Los ceilandeses, como muchas otras minorías, no sintieron necesidad alguna de adaptarse a su nueva ciudad; por el contrario, hicieron que su Londres se adaptara a ellos. Y ahí seguían, con su idioma, su vestimenta, su comercio y sus costumbres, sin que a nadie le pareciera ni bien ni mal.

La residencia de su madre se hallaba al sur de Hyde Park, en uno de los barrios más elitistas de Londres: el célebre South Kensington. Aunque por fuera era realmente impresionante, el interior bien podría ser el de una residencia real: tenía techos altísimos y una dorada escalinata por la que parecía que en cualquier momento iba a bajar la reina de Inglaterra.

Aurora intuía que todo bien debía costar más de cincuenta millones de libras esterlinas.

—Comencemos entonces.


La casa estaba al otro lado del Museo Británico, donde se alzaba una hilera de casas adosadas del período georgiano. Había sobrevivido a base de hechicería, al ocultársele a todo ser humano corriente, y nada más los estudiosos de las artes alquímicas reconocían su existencia.

En la calle apenas había tránsito. Algunos viandantes caminaban bajo sus sombrillas, esquivando los charcos que se habían formado después de la tormenta. Todos los que no estaban ya en sus casas se dirigían hacia ellas lo más rápido posible, aprovechando el transporte público mientras aún funcionaba. Nadie notaba la horrible casa en medio de dos relucientes mansiones modernas ni a la muchacha de chaqueta morada en el umbral de un hechizo de ocultamiento.

Aurora subió los desgastados escalones de piedra sin apartar los ojos de la puerta. La pintura negra estaba estropeada y arañada, y la aldaba de plata tenía forma de dragón retorcido. No había cerradura ni buzón.

Aurora cruzó el umbral, cubierto de runas seráficas, y se sumergió en la casi total oscuridad del vestíbulo. Olía a humedad, a polvo y a algo podrido y dulzón; la casa tenía toda la pinta de ser un edificio abandonado. Oyó un débil silbido, y entonces unas anticuadas lámparas de gas se encendieron en las paredes y proyectaron una luz, débil y parpadeante, sobre el despegado papel pintado y sobre la raída alfombra de un largo y lúgubre vestíbulo, de cuyo techo colgaba una lámpara de cristal cubierta de telarañas y en cuyas paredes lucían retratos ennegrecidos por el tiempo que estaban torcidos. Aurora entonces oyó algo que correteaba detrás del zócalo, mas no le dio importancia.

Se llevó una mano a la cabeza y se encaminó hacia la horrible escalera; pasó por delante de un par de largas y apolilladas cortinas, detrás de las cuales Aurora supuso que debía de haber otra puerta, y tras esquivar un montón de cristales rotos, empezó a subir la oscura escalera y pasó junto a una hilera de cabezas reducidas montadas en placas, colgadas en la pared: una colección de hadas malvadas que habían sido cazadas por Merlín, en los tiempos de Camelot.

El taller de Nicolás Flamel estaba en las habitaciones superiores. Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e hileras de colmillos y garras colgaban del techo. El suelo estaba cubierto de alfombras persas raídas que escupían bocanadas de polvo al ser pisadas. Aurora, de todas formas

, intuía que habría resultado igualmente tétrico sin todos los animales conservados, flotando en frascos de vidrio a su alrededor.

Ella se encaminó hacia la pared contraria, a fin de buscar en el baúl de caoba un manuscrito encuadernado. Pero no había en el interior más que un ángel, una figura minúscula hecha de latón, con unas alas plegadas de bronce del tamaño de las de una polilla. Tenía un delicado rostro de metal con los párpados cerrados en forma de media luna y las manos cruzadas al frente sobre una diminuta espada, y una fina cadena pasada por detrás de las alas permitía llevar el ángel colgado al cuello como una medalla.

—¿Dónde te has metido, Nicolás?

Los vampiros, los hombres lobo, incluso los hechiceros de ascendencia mestiza, como lo era Morgana Le Fay, eran mínimamente humanos. Pero los demonios no lo eran. Venían de otros mundos. Eran interdimensionales. Llegaban a una realidad y la consumían. No sabían construir, sólo destruir. No sabían crear, sólo usar. Agotaban un lugar hasta convertirlo en cenizas y cuando éste moría se trasladaban al siguiente.

Los hechiceros se encargaban de desterrarlos desde los tiempos de Diana la Cazadora. Pero no era nada sencillo porque los demonios arrebataban el alma ante la menor oportunidad. Además eran tremendamente engañosos, y sólo se conocían un manojo de encantamientos y artefactos capaces de inspirarles miedo.

Aurora metió la mano en un cuadro raído y sacó de la dimensión de bolsillo que había dentro un colosal manuscrito encuadernado deteriorado. Las páginas eran finas, de un pergamino semimate y casi traslúcido, cada una marcada con una austera runa. Había sido escrito por Diana en las hermosas arenas doradas de Themyscira y al morir le había sido heredado a su discípula, Ayanna, quien a su vez le había dado el manuscrito a su propia discípula, que terminaría transformándose en Aurora la Inconmovible.

Como no era completamente seguro tener un manuscrito de tal relevancia en el Santuario de Londres, pues los demonios no eran los únicos interesados en robar sus secretos, Ancestral permitió que el Libro del Ángel fuera custodiado por el Gran Alquimista cuando Aurora abandonó la senda de la hechicería.

Ella había buscado a Nicolás en todas las ubicaciones conocidas, desde las incómodas calles de Roma hasta los sucios barrios de París, mas no había encontrado rastro de él. Se había esfumado, como si no hubiera existido nunca, e incluso había sido abandonada la mítica Piedra Filosofal en el taller de París, como si se tratara de una molestia.

Aurora descendió las escaleras del taller abandonado con el Libro del Ángel en sus temblorosas manos. Nada era como lo recordaba. Y ese no era un buen vaticinio, en lo absoluto.

Ella inclinó la cabeza cuando las lámparas que colgaban del vestíbulo comenzaron a oscilar. Sus cristales chocaban entre sí produciendo un sonido tan hermoso como misterioso, un sonido que atraía a las voces que susurraban en el vacío. Eran muy confusas, se superponían y parecía imposible relacionarlas con algo real. Nada que tuviera que ver con su vida o con antiguos recuerdos.

Mientras metía el manuscrito en su dimensión de bolsillo, un sonido parecido a un trueno estalló a través de la calle. El suelo se alzó bajo sus pies, forzándola a agarrarse de la barandilla de la escalera exterior para sostenerse. Cuando alzó la vista, vio un enorme agujero en el concreto.

La carne de la criatura era lívida. A través de la rezumante piel, sobresalían huesos que parecían haber estado bajo tierra un millar de años, negros, agrietados y mugrientos. Los dedos estaban descarnados y esqueléticos; los brazos, apenas cubiertos de carne, llenos de llagas negras rezumantes, a través de las cuales se veían más huesos amarillentos. El rostro era una calavera; la nariz y los ojos, agujeros hundidos. Los dedos, terminados en zarpas, rozaban el suelo, y la criatura medía casi tres metros.

—Dadme el manuscrito—dijo, en una voz que era como el viento arrastrando basura por una acera vacía—. Dádmelo, y os dejaré vivir.

—¿Acaso no sabes quién soy?

La cosa inclinó la cabeza.

—Yo soy Abbadon. Soy el Demonio del Abismo. Míos son los lugares vacíos entre los mundos. Mío es el viento y la oscuridad aullante. Soy tan distinto de esas cosas lloriqueantes que llamáis demonios como un águila lo es de una mosca. No tenéis la menor posibilidad de vencerme. Dadme el manuscrito o morid.

Abbadon abrió la boca y siseó. En el interior de ésta había dos hileras de dientes irregulares afilados como cristales.

—Pues no lo haré—Aurora cruzó los brazos, de forma hastiada. Pensó en formas, líneas, arabescos; pensó en los signos del Libro del Ángel, antiguos y perfectos, encarnaciones de un lenguaje demasiado impecable para el habla—. Ateneos vos a las consecuencias.

Abaddon se abalanzó sobre ella, antes de retroceder tambaleante, protegiéndose la deforme cabeza con las manos. Las piernas se plegaron hacia el torso, el cráneo se encogió igual que papel ardiendo, y en un minuto todo él ya había desaparecido por completo, dejando únicamente manchas de quemaduras.

Aurora ocultó las manos en sus bolsillos al descender la escalinata exterior con aire indiferente. Continuaba siendo el martirio de los demonios, no obstante sus años de inactividad. Ni siquiera una criatura como Abbadon era un rival digno de su habilidad.


Aurora estaba sentada frente a un escritorio que había sido tallado a partir de una única tabla de madera, un gran y pesado trozo de roble blanco que relucía con el apagado brillo de los años.

De acuerdo a los manuscritos que estaban frente a ella, los demonios habían nacido en una dimensión oscura que se encontraba más allá del plano terrenal, siendo éste un lugar de oscuridad interminable que estaba desprovisto de cualquier forma de luz y calor, que absorbía a cualquier forma de vida que se aproximaba a ella.

Sus dominios estaban habitados por demonios menores, más las formas astrales de seres humanos atrapados en cuerpos demoníacos alterados mágicamente para tomar la apariencia de dichos seres humanos. Añadían continuamente más espíritus a su reino, intentando que los seres vivos se sometieran a su voluntad. Buscaban almas humanas, aunque no desdeñaban las almas de extraterrestres, o de criaturas aparentemente humanas.

Aurora frotó su rostro con ambas manos al abandonar momentáneamente los manuscritos. Había convertido el ático del edificio de South Kensington en un laboratorio de investigación, donde conservaba los artefactos místicos en vitrinas de cristal que aislaban completamente su firma energética. No deseaba la visita de un demonio ni la falsa sonrisa de una bruja condenada en Salem. Tenía suficiente con la constante lucha entre Desviantes, criaturas horribles que anteriormente habían dominado el mundo, y Eternos.

Aurora se mantenía al costado del enfrentamiento, como lo hacían ellos cuando un extraterrestre atacaba su mundo. Pero no podía ignorar los desastres que causaban en Londres, y que eran normalmente atribuidos a los mutantes. Los Eternos habían decidido permanecer en el anonimato, hacía varios milenios. Por esa razón, Aurora creía que todos ellos debían actuar con mucha más cautela, cuando se trataba de cubrir sus huellas. Los habían fotografiado varias veces, y de no ser por ella, las imágenes de una tal Sersi utilizando sus habilidades hace mucho habrían sido subidas a YouTube.

Aunque no husmeaba en sus asuntos, se había enterado que Sersi frecuentaba a Dane Whitman, que casualmente era descendiente de uno de los guerreros más célebres del rey Arturo. Los Desviantes, tarde o temprano, se enterarían de la relación romántica y enfocarían su lucha en el indefenso arqueólogo que frecuentaba el Museo Británico en nombre de los Eternos.

—Nada bueno ha nacido de las mentiras, como solía decir Diana.