Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.


SUNSET

Capítulo 3:

Shadows of Change


Aurora tenía la soledad que había buscado, puesto que en la residencia de South Kensington podía pasarse el día desentrañando los secretos de la hechicería o monitoreando la actividad de sus aliados fugitivos, sin interferencias ni interrupciones. E incluso no necesitaba salir demasiado, puesto que sus inversiones secretas satisfacían todas sus necesidades de carácter económico.

Pero como estaba exhausta, se acurrucó en el cómodo sillón de su estudio y dejó que los sueños se apoderaran de ella.

La tormenta arreciaba. Soplaba un fuerte viento, el mar estaba embravecido y los relámpagos se sucedían en el cielo como flamígeras flechas lanzadas por un arco. La lluvia caía con fuerza desde el mar hacia el acantilado en una gruesa cortina, donde un hombre misterioso le negaba la posibilidad de contemplar su rostro, al estar de espaldas.

—No entiendo nada de esto.

—Por supuesto que lo entiendes, tú más que nadie.

Aurora retrocedió, de forma instintiva.

—No te quiero a ti.

—Sabes que estás mintiendo. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir negándote a vivir como has de hacerlo?

—Todo el tiempo que sea necesario.

—Pues ese es un inconveniente. No podemos ponerle fin hasta que empecemos. Y no podemos empezar sin ti. Encuéntrame. Ven a buscarme, mi amor.

Sus labios se unieron y fue un instante suspendido en el tiempo, capaz de arrastrarle a otra parte, a un lugar que solo sus almas conocían, una fortaleza inexpugnable e impenetrable. Una fortificación perdida en un cosmos desconocido, donde nadie habría podido nunca entrar. Era la magia de un amor que había entrelazado sus destinos y los había ligado para siempre. Además de los infinitos caminos, de los ciclos de la vida, y el inicio y el fin de todo, como si se hubiera liberado una energía desconocida, impalpable e invisible. Una fuerza que actuaba en un plano superior e invadía la materia sin que el ojo pudiera reconocer su forma, sino solo percibir sus efectos.

Supernovas y agujeros negros, el implacable campo magnético de una estrella de neutrones, la cadencia de una nebulosa. Tres cometas tan brillantes y refulgentes que le dolían los ojos. Cuando salieron despedidos de la curva de la luna, dejando una estela de luz, su poder hizo que el mundo se estremeciera.

Sangre y guerra, miedo y huida. Elevarse a las alturas, sumergirse en las profundidades.

El amante de su sueño tomando su boca, tomando su cuerpo, provocándole anhelantes sentimientos. Muchos. Demasiados. Su propia risa, que apenas reconocía, fruto de la felicidad. Lágrimas de pena. Y una luz brillando en medio de la oscuridad, al estar ella misma rodeada de fuego, en un vacío infinito.

Aurora se incorporó más tarde y se presionó los demacrados ojos con los dedos. La luz se había atenuado y caía como seda sobre el agua. No tenía idea de cuánto tiempo había dormido, pero la voz del sueño tenía razón en una cosa: era hora de buscar.

Se duchó rápidamente y se cambió de ropa. Bajaría, se sentaría en la enorme terraza y examinaría el manuscrito de Diana a la sombra de un limonero, porque Londres era una ciudad en la que lo muy antiguo se disputaba el espacio con lo más vanguardista, no de forma incómoda pero sin respeto alguno; una ciudad de tiendas, oficinas, restaurantes y casas, de parques e iglesias, de monumentos ignorados y palacios nada palaciegos; una ciudad con cientos de distritos de extraños nombres e identidades extrañamente distintas; una ciudad ruidosa, sucia, alegre, conflictiva, que se alimentaba del turismo y lo necesitaba tanto como lo despreciaba, una ciudad en la que la velocidad media del tráfico no se había incrementado en los últimos trescientos años, pese a quinientos años de ensanchamiento de calles y torpes compromisos entre las necesidades del tráfico y las de los peatones; una ciudad habitada y abarrotada por gente de todos los colores, clases y especies.

La ciudad propiamente dicha, la City de Londres, se reducía a una milla cuadrada —desde Aldgate, al este, hasta la calle Fleet y los tribunales del Old Bailey, situados al oeste—, un minúsculo distrito donde actualmente tenían su sede todas las instituciones financieras de Londres.

Dos mil años antes, Londres no era más que una aldea celta en la orilla norte del Támesis que los romanos se encontraron al llegar a la isla y donde decidieron asentarse. Londres creció lentamente hasta que, unos mil años más tarde, llegó por el oeste hasta la minúscula ciudad de Westminster y, una vez construido el Puente de Londres, se unió con la ciudad de Southwark, situada en la orilla opuesta; continuó creciendo, de modo que los campos, los bosques y las marismas fueron desapareciendo bajo la floreciente ciudad, que siguió expandiéndose, incorporando a medida que crecía otros pueblos y aldeas, como Whitechapel y Deptford al este, Hammersmith y Shepherd's Bush al oeste, Islington y Camden al norte, Battersea y Lambeth al sur, al otro lado del río Támesis, absorbiéndolos a todos, y conservando tan solo sus nombres.

Al cabo de un tiempo, Aurora se acostumbró a Londres. Era un buen sitio, una ciudad estupenda, pero por todos los sitios buenos había que pagar un precio, un precio que todos los sitios buenos tenían que pagar.

Se había ido de compras al exclusivo barrio de Knightsbridge, que quedaba muy cerca de su residencia de Kensington. Había recorrido almacenes enormes e intimidatorios como Harrods o Harvey Nichols, a fin de renovar su armario. Pero desafortunadamente, al enterarse su madre, le había enviado una escandalosa cantidad de lencería francesa, confeccionada en su totalidad con una tela extremadamente fina y reveladora.

Aurora examinó las ilustraciones en el manuscrito de Diana a conciencia. Los ángeles caían del cielo e iban soltando plumas doradas a cada momento. Además habían dibujos de demonios sin ojos y con los labios cosidos; dibujos de hechiceros blandiendo espadas de fuego celestial, como verdaderos soldados de la salvación, aunque no todos los usuarios de la magia se encargaran de combatir demonios.

A menudo ella se concentraba en la bruja que seguía su rastro. Ésta normalmente se hallaba en el claro de un bosque, donde se habían pintado una serie de signos nigrománticos: una estrella de cinco puntas dentro de un círculo trazado en el interior de un cuadrado. En el centro del pentagrama se hallaba una repulsiva estatua de piedra, la figura de un demonio horripilante, con garras y unos cuernos en la cabeza. Ojos bordeados de resplandor rojo, al alimentarse del odio, el miedo, la violencia. Le sentía regodearse, le sentía crecer, al estar seguro de la victoria y el festín que seguiría.

Por todas partes solían encontrarse los elementos de la magia negra: huesos, plumas y tiras de piel, y charcos de sangre que parecían burbujear como champán negro. Además, en todos los espacios entre las cinco puntas del pentagrama se habían trazado runas y garabatos que hablaban de destrucción y muerte.

Como Aurora no deseaba convertirse en un soldado de la salvación, desentrañaba los secretos de las runas seráficas en nombre del futuro de la hechicería. Nadie estaría a salvo, de abrirse la entrada al Multiverso de la Locura. Por eso se necesitaba el conocimiento de todas las clases de magia.

Aurora tenía una copia del Libro de los Vishanti, que se había hecho en la biblioteca de Alejandría durante el reinado de Cleopatra. Solamente le hacía falta resguardar ella misma la transcripción del Libro de los Pecados, que la mismísima Morgana Le Fay había hecho en tiempos del rey Arturo.

Afortunadamente, ella sabía exactamente dónde buscar.


Más de tres mil personas reposaban en el recinto de la abadía de Westminster, pues el imponente interior de piedra conservaba los restos de reyes, hombres de Estado, científicos, poetas y músicos. Sus tumbas, que ocupaban hasta el más mínimo espacio, iban desde el más grandioso de los mausoleos hasta las más modestas lápidas grabadas, cuyas inscripciones se habían ido borrando con los miles de pies que habían caminado por encima.

Realizada siguiendo el mismo estilo de las grandes catedrales de Amiens, Chartres y Canterbury, la abadía de Westminster no era considerada ni catedral ni iglesia parroquial. Se consideraba propiedad de la Corona y sólo estaba sujeta a la voluntad de los soberanos del Reino Unido. Desde que había sido escenario de la coronación de Guillermo el Conquistador, el deslumbrante santuario había sido testigo de una interminable procesión de ceremonias reales y asuntos de Estado, desde la canonización de Eduardo el Confesor hasta la boda del príncipe Andrés con Sara Ferguson, pasando incluso por el funeral de la princesa Diana.

Al llegar al gran pórtico del transepto norte, Aurora sintió que el mundo exterior se desvanecía a sus espaldas. El ruido del tráfico cesó y la lluvia calló por fin, dándole paso a un silencio ensordecedor, que parecía reverberar por todas partes, como si aquella construcción estuviera susurrándose algo a sí misma.

Aurora admiró la altísima bóveda del techo del templo, que parecía estallar por encima de su cabeza. Grandes columnas de piedra gris ascendían como secoyas hacia las sombras y se arqueaban con elegancia sobre inmensas extensiones para descender de nuevo hasta el suelo. Ante ella, el ancho corredor del transepto norte se abría como un cañón profundo flanqueado por acantilados de vidrieras, y en los días de sol, el suelo de la abadía se convertía en un mosaico.

Al igual que en la Gran Galería del Louvre, había un solo punto de entrada y era fácil encontrarlo. Hallar la salida era mucho más complicado. Siguiendo la tradición arquitectónica, la abadía tenía la forma de un enorme crucifijo. Pero a diferencia de muchas otras iglesias, la entrada estaba en un lateral y no se hacía, como de costumbre, a través de un nártex abierto al fondo de la nave.

Al acercarse a la capilla, Aurora sintió el mundo a sus pies. La última morada de Newton estaba llena de orbes, de constelaciones. Se componía de un inmenso sarcófago de mármol negro sobre el que reposaba la escultura reclinada de sir Isaac, ataviada con ropas clásicas y apoyada con orgullo junto a una pila que contenía algunos de sus libros. A sus pies se hallaban dos angelotes que sostenían un pergamino y, tras el cuerpo yaciente de Newton, se alzaba una austera pirámide. Y aunque en sí misma parecía una rareza, lo que más le intrigaba era la enorme figura que surgía hacia la mitad de aquella estructura.

Un orbe.

Sobresalía de la pirámide y estaba labrado con bajorrelieves que representaban todo tipo de cuerpos celestes, constelaciones, signos del zodíaco, cometas, estrellas y planetas.

Aurora entonces deslizó un dedo sobre la constelación de Leo. En el interior del orbe se hallaba un cofre de metal tallado a mano. Le tomó entre sus manos y se fue de ahí antes de ser registrada por los turistas que calcaban las inscripciones de las tumbas con carboncillo.

Tenía lo necesario.


Originalmente, el Libro de los Pecados había sido redactado en una serie de pergaminos que pretendían reunir todos los hechizos malignos en una sola obra escrita. Había sido descubierto por un hechicero de la Atlántida antes del cataclismo, y éste le había rescatado antes de que el continente se hundiera en el mar. Desde entonces había sido transmitido a diferentes místicos, incluyendo sabios babilónicos, sacerdotes egipcios y escribas hebreos. Y aunque la mayoría de los hechiceros que usaban los secretos recogidos en el manuscrito caían bajo el control mental de su demoníaco creador, unos pocos de extraordinaria fuerza espiritual habían sido capaces de resistirse a su influencia maligna.

En tiempos del rey Arturo, el manuscrito había sido encontrado por una sacerdotisa oscura de la corte de Camelot. Aquella hechicera mestiza, de nombre Morgana Le Fay, le había dado al manuscrito original la forma de un libro, traduciéndole al latín y añadiéndole su propio toque, además de utilizarle para invocar a su demoníaco creador. Y Al ser una mujer ambiciosa entre gentes ignorantes, a menudo había utilizado la hechicería para fines absurdos y equívocos. Nada había sabido del equilibrio y la norma que todo hechicero había de servir y conocer y que le prohibían utilizar sortilegios excepto en casos de verdadera necesidad. Aquella mujer se había pasado la vida urdiendo encantamientos destinados a satisfacer la envidia y el odio de los hombres.

Morgana no había entendido el significado de la fuerza. Un hechicero de verdad, uno que hubiera trascendido los juegos de la ilusión para dedicarse a las grandes artes de la invocación y el cambio, era sin duda lo bastante poderoso como para hacer cualquier cosa, y equilibrar el mundo como mejor le pareciera, y ahuyentar las tinieblas con su propia luz.

Siglos más tarde, el libro de invocaciones arcanas había caído en manos de sir Isaac Newton, y éste a su vez lo había utilizado para formular la Ley de Gravitación Universal, así como las tres Leyes de la Mecánica que llevaban su nombre y que sentaron las bases científicas para entender el movimiento de los cuerpos. Al morir, su buen amigo Nicolás Flamel había ocultado tal conocimiento en un rincón hechizado de su tumba en la abadía de Westminster. Allí había aguardado, mientras una nueva cacería de brujas empezaba a ganar terreno. Ya no se usaba el hierro ardiente ni la horca, sino que se recurría a la ironía y a la represión. Todo aquel que descubría un don o que por casualidad osaba hablar de su aptitud pasaba a ser visto con desconfianza. Y generalmente, el marido, la esposa, el padre, el hijo, o quien fuese, en vez de enorgullecerse, le prohibía cualquier mención al respecto, por miedo a exponer a su familia al ridículo.

Ella misma había estudiado secretamente en las místicas habitaciones de Katmandú, donde acudían, desde todos los rincones del mundo, los individuos que mostraban alguna aptitud para la hechicería. Allí se hacían expertos en las diversas especies de magia, aprendiendo los encantamientos y las runas, los artilugios y los sortilegios, y lo que se debía o no se debía hacer, y por qué. Allí, al cabo de una larga práctica, y si la mano y la mente y el espíritu marchaban de consuno, podían ser nombrados maestros de las artes místicas.

Aurora, como la hechicera que era, no trabajaba con ilusiones, sino con la magia verdadera, invocando energías como la luz y el calor, la fuerza que atraía el imán, y aquellas otras que los hombres percibían como peso, forma, color y sonido: poderes reales, extraídos de las inmensas e insondables energías del multiverso, que ni la magia ni la codicia podrían agotar o desequilibrar alguna vez.

Todas esas artes eran para ella asombrosamente fáciles, debido a su habilidad nata. Incluso el Libro de los Condenados, que había sido escrito con sangre, con magia, en un idioma extraño hacía cientos de años, no representaba un desafío.

Aurora había estado en muchos países, a fin de complementar el conocimiento de los místicos ancestrales. Había visitado las ruinas de Persépolis, los templos de Machu Picchu, la ciudad de Teotihuacán, el asentamiento de Puma Punku y la urbe de Tikal, antes de enterarse de la relevancia de los Celestiales; aquellos dioses del espacio que, según las leyendas, eran responsables de la creación de la raza humana.

De acuerdo con los aztecas, los Celestiales habían llegado a la Tierra para realizar experimentos sobre la raza predominante del planeta, y para analizar a dicha raza, que resultó ser la raza humana. El Celestial llamado Gammenon cogió a varios especímenes de los primitivos humanos, y los llevó a su nave nodriza para analizarlos adecuadamente. Viendo su versatilidad, el Celestial llamado Ziran el Probador alteró su material genético, creando a los Desviantes con ello. Después, Nezzar el Calculador, deseando probar su longevidad y dureza, dio lugar a la creación de los Eternos. Por último, Oneg el Sondeador les introdujo un gen latente que les permitiría después de cientos de años de evolución desarrollarse en algo superior. Tras aquellos experimentos, los Celestiales dejaron en libertad a sus cobayas y se marcharon de nuevo al espacio.

Aurora frotó su rostro, al abandonar el estudio del Libro de los Condenados. Necesitaba aire fresco, pues habían emigrado sus pensamientos hacia un oscuro rincón del orden cósmico. Ella no deseaba ni dedicarle un momento a las entidades cósmicas, tan poderosas como indiferentes.


—Generaciones enteras nacen y mueren continuamente. Tú estarás con los que viven mientras quieras, porque los pensamientos y los sueños de cada hombre son tuyos. Tienes más poder de lo que se pueda imaginar. Utilízalo bien, Aurora, no pierdas la cabeza.

Gracias a la Hechicera Suprema, Aurora había crecido sintiéndose segura y a salvo. Se lo debía todo, aunque sabía que no había forma de ponerle un valor a algo tan inestimable. Ayanna nunca habría querido ni esperado que le devolviera nada de lo que le había dado, mas ella sentía que al menos le debía salir de la cama cada día y vivir la vida que habría querido que viviera.

Aurora flexionó los dedos al continuar con su meditación en la sala de estar. La residencia de South Kensington era preciosa, pero la decoración resultaba impersonal. Parecía más un hotel exclusivo que una casa, como si Emma hubiera contratado a un costoso decorador sin la intención de mudarse allí algún día. Pero como ella se había instalado en la residencia, había situado dos grandes lámparas que bañaban la habitación con una tenue luz dorada, y una colcha suave y aterciopelada cubría el enorme sillón y caía sobre la alfombra del suelo. Hacía que el ocupante se quisiera acurrucar en ella y admirar las deslumbrantes flores mientras se rodeaba de calidez.

—Siento demasiado miedo, cuando le abro la mente al mundo.

Se hizo el silencio, durante un solitario momento de incomodidad.

—Por más aterrador que sea, ese dolor te hará más fuerte. Si te permites sentirlo, abrazarlo, te hará más poderosa de lo que nunca has imaginado.

Ella mordió su labio inferior al sentir en la conexión de Cerebro, además de Charles, la mente de su hermana Esme.

—¿Acaso has olvidado quién eres?

Como se había distanciado del resto de su extraña familia, a raíz de un serio conflicto de intereses con Sophie, se había mudado con los mutantes que le habían enseñado a su hermanita cuando no era más que una telépata novata. Y allí había permanecido, mientras los Acuerdos de Sokovia destruían la anterior vida de Aurora.

—No.

—Entonces muéstrate. Admite tu fuerza.

Aurora observó sus dedos. Nadie imaginaría que sus delicadas manos eran capaces de alterar la realidad a voluntad, de acabar con todos los seres vivientes en un destello.

—¿No te despierta a media noche la sensación de que algún día irán por ti, Charles?

Atraídas por sus asombrosas habilidades, criaturas de las diferentes realidades del Multiverso deseaban convertirle en un arma de destrucción masiva al infundirle una locura incurable.

—Así es.

Aurora asintió con la cabeza, en la solitaria habitación de South Kensington.

—¿Qué es lo que haces cuando despiertas así?

—Siento mucha lástima por la pobre alma que llegue a mi escuela buscando problemas.


Aquel barrio, formado por bonitos edificios blancos, tenía un aspecto tan falso como un decorado o una maqueta de papel. Pero aún con la sensación de haber entrado a un universo paralelo, siguió andando. Y cuando al fin encontró una tienda de comestibles, suspiró aliviada y se encaminó hacia allí.

Las tiendas de Londres estaban llenas de sonidos: la campanilla que sonaba cuando entraba un cliente o la voz del cantante de moda que anunciaba un nuevo producto por megafonía. Las voces de los dependientes que saludaban a los clientes, el escáner de códigos de barras. Las cestas de la compra que se llenaban, alguien que cogía una bolsa de pan o unos tacones que recorrían los pasillos. Aquella amalgama de sonidos formaba el ruido que le bombardeaba el cerebro sin cesar.

Aurora admiró los estantes con las manos en las caderas, pues las agresivas campañas comerciales habían hecho creer que la lactosa era perjudicial para todo el mundo, y aquel mensaje no solamente era incorrecto, sino que podía resultar peligroso, puesto que el abuso de productos sin lactosa por parte de personas tolerantes a ella podía llegar a convertirles en intolerantes al desactivar su capacidad de producir lactasa.

Pero mientras analizaba un envase de leche, sintió la detestable influencia de Agatha Harkness. Había rastreado su localización a través de un hechizo basado en el material genético de un familiar cercano, aunque no había sido capaz de determinar su ubicación exacta debido a la realidad alterna que había creado en la residencia de South Kensington.

—Puedes cambiarlo todo, en un instante. Nadie lo sabrá nunca.

—Yo lo sabría.

Al salir de la tienda, chocó con un hombre y sostuvo su mano de forma instintiva, causando que un destello multicolor brotara de su piel. Ambos habían sido lanzados a una hermosa realidad, donde no existía más que un océano de estrellas danzantes.

Ella percibía un ligero hormigueo en sus piernas y brazos, como si se hubieran quedado dormidos. Sentía además la rotación de la Tierra girando sobre su propio eje, viajando con su trayectoria elíptica alrededor del Sol. Y aquella sensación de movimiento era parecida a la de estar en el océano, más allá del vaivén de las olas, flotando sobre el agua en movimiento, latiendo suavemente con el oleaje y sintiendo el ligero pero inexorable empuje de la Luna.

Aurora retrocedió entonces. No había durado más que un segundo, pero había sido suficiente para alarmarle, pues se había encontrado casualmente con un individuo que manipulaba la energía cósmica a raíz de los experimentos realizados hacía cientos de años por los Celestiales.

—No es nada, Ikaris.

Aurora creó un vórtice en el aire, con el fin de evitar las habilidades del atractivo hombre. Tenía que aventurarse en una dimensión de locura, y no podría hacerlo si un desconocido se dedicaba a pedirle explicaciones.


Todo había cambiado. El desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos, y se extendía bajo el firmamento en todas direcciones. Blanco, cegador, reseco, desprovisto de cualquier rasgo distintivo salvo por la tenue silueta brumosa de las montañas recortadas en el horizonte y por la hierba, que producía dulces sueños, pesadillas y muerte.

En lo alto, las estrellas no parpadeaban. Soles y mundos a millones de años luz. Vertiginosas constelaciones, fuego helado en todos los tonos primarios. Y mientras miraba, el cielo cambió de violeta a ébano. Un meteorito trazó un arco espectacular, mientras el humo dibujaba extrañas sombras a medida que la hierba iba ardiendo lentamente y se asentaba en nuevos diseños; no ideogramas, sino entramados aleatorios vagamente amenazadores por su propio aplomo pragmático.

Aurora entonces contempló una ciudad que había sido dispuesta en rigurosas formas angulares. Las casas de las afueras eran todas exactamente iguales, pequeñas cajas cuadradas pintadas de gris. Cada una de ellas tenía un pequeño rectángulo de césped en la parte delantera y una línea recta de flores de aspecto aburrido que perfilaba el camino hacia la puerta. Y enfrente de dichas casas había niños jugando. Algunos saltaban la cuerda y otros botaban la pelota. Mas Aurora percibió de inmediato que había algo en sus juegos que no cuadraba. Tenía exactamente la misma apariencia que cualquier suburbio en donde hubiera niños jugando, y sin embargo, había algo diferente en toda esa familiar escena.

Surgieron y cayeron mundos ante sus ojos. Se construyeron imperios donde maquinarias eternas se afanaban en abstractos frenesíes electrónicos. Los imperios decayeron y se hundieron. Ruedas que habían girado como un líquido silencioso disminuyeron su velocidad, comenzaron a rechinar, se pararon y la arena obstruyó los mecanismos bajo oscuros firmamentos cuajados de estrellas, como lechos de frías gemas.

La tensión de un inminente clímax era tan imperceptible, pero tan real y acumulativa como la fatiga de impulsar una vagoneta. Se aproximaba el fin del principio y Aurora se sentía como una actriz situada en el centro del escenario momentos antes de que se alzara el telón; dispuesta en su lugar, con la primera frase grabada en la mente, oía como el invisible público hojeaba los programas y se acomodaba en los asientos.

Más allá, se veía un putrefacto resplandor verdoso de fuego fatuo, circular y levemente palpitante. Entonces advirtió por primera vez el olor: débil, desagradable, húmedo. Ese resplandor verdoso se transformó en una cara, y la cara era anormal. Generaba la leve fosforescencia que resultaba corriente entre los extraños peces de las profundidades del océano, que vivían bajo increíbles y negras presiones; rostros que no reflejaban cólera ni odio en sus demenciales facciones, sino únicamente lo que parecía una pesadumbre semiconsciente e idiotizada. A todas luces, eran esclavos que hablaban en nombre de su amo.

—La realidad puede ser lo que tú desees.

En el interior de una tienda de libros, repantigada contra el rincón más alejado, había una momia. La momia vestía un uniforme azul con ribetes dorados, de ferroviario, a juzgar por su aspecto. Y sobre el regazo de la momia se ubicaba el control remoto que comandaba la televisión que reproducía una comedia ambientada en los años veinte, donde Aurora interpretaba a la sonriente protagonista que en ese momento contestaba el teléfono.

Fue entonces que las húmedas paredes parpadearon y destellaron con millares de minúsculas luminarias. Lo veía todo a través de un prisma misteriosamente surrealista, como en una mansión de los horrores.

—El multiverso presenta una paradoja demasiado vasta para que una mente finita pueda abarcarla. Del mismo modo en que el cerebro viviente no puede concebir un cerebro no viviente, la mente finita no puede abarcar el infinito.

Aurora soñó sus sueños y vio salir las estrellas, no se alteró su resolución, ni flaqueó su corazón. Estaba sola, pero en modo alguno juzgaba que la soledad fuera una cosa mala o innoble.

La oscuridad envolvió al mundo y el mundo cambió.

Estaba de pie en un campo iluminado por el sol, y el aire que la rodeaba se movía con la deliciosa fragancia que sólo se percibía en los escasos días de primavera en los que los rayos del sol no eran abrasadores y las flores de los manzanos comenzaban a abrirse. Las hierbas del campo tenían el tierno color verde de las hojas nuevas, y esparcidas por doquier había pequeñas flores multicolor.

Aurora se volvió lentamente para ponerse frente a una montaña que llegaba tan alto en el cielo que su pico se perdía en una corona de voluminosas nubes blancas.

En el espacio abierto, salteado de arbustos por detrás de muros derruidos, se levantaban extraños edificios de piedra. Algunos parecían las ruinas de castillos; otros tenían aspecto de obeliscos egipcios; unos cuantos eran sin duda círculos para la invocación, como los que utilizaban las brujas para sus aquelarres; una antigua ruina de columnas y zócalos de piedra se parecía a Stonehenge.

Era el refugio subterráneo, el túnel cavado en el muro para ver otra vez la luz, el silencio antes de la última pista escondida al final del disco. Un dónde, en un mundo en que ya no existía ningún lugar. Un cuándo, en una realidad creada por su mente.

Fragmentos fluctuaban en el silencio del tiempo infinito.

Rápido corría el reloj del cosmos, los minutos se convertían en eras, los ciclos volvían al punto de partida. Se despejaba la oscuridad dominante, volvía a reinar la luz. La interminable espera era interrumpida. Una nueva chispa encendía el motor, una virginal voz rompía el silencio. Era el grito de un corazón palpitante, el punzante sonido del renacimiento.

Era el primer vagido del mundo.

Aún giraban las manecillas. Lo basto se refinaba, lo encorvado se alzaba, el árbol del conocimiento restituía el saber, atávicas memorias surgían del camino y guiaban lo desconocido. El rebaño seguiría a su pastor, despreocupado del recorrido. Aceptaría la comida de buen grado, no se interrogaría sobre los ingredientes. El nuevo comienzo traería consigo crípticos e indescifrables signos, milenarias preguntas, como siempre había sido. Pero con fuerza, los dientes del piñón empujaban los de la corona; y el engranaje estaba de nuevo en movimiento.

Y todo volvía a su sitio.

Un paso tras otro, mientras el día seguía siempre a la noche por encima de la cabeza, y debajo estaba sepultada la historia, custodia de huellas y signos perdidos, de tiempos que no volverían.

—Cambiar todo, sin restricciones.

Aurora entonces se encontró en un espacioso vestíbulo de techos altos, con suelos de parqué y un enorme espejo dorado con un montón de invitaciones blancas peleando a empujones por el espacio en el marco. Sobre una mesita auxiliar antigua lucía un jarrón con un cuidado arreglo floral y su perfume impregnaba el ambiente.

Incluso la cocina era enorme, en tono gris modernista, con una interminable encimera de cemento pulido de color champiñón. Todo en ella rezumaba dinero, desde la nevera tapizada con carteles de varios colores hasta la cafetera, que era lo bastante grande y complicada como para no desentonar en un café milanés.

—Bienvenida a casa—Aurora entonces contuvo una exclamación. Se trataba de un hermoso niño de cabello castaño, con una mirada tierna y una sonrisa conmovedora—. Mamá.

Aurora se encontró vistiendo un atuendo de los años cincuenta, con un hermoso collar de perlas alrededor del cuello. Era una buena madre, una esposa leal y la clase de amiga que todo el mundo ansiaba tener. Se preocupaba por los demás, prodigaba cariño, se entregaba con ahínco en cualquier menester, ayudaba a las personas que significaban algo para ella y poseía una vena científica que causaba asombro entre sus amistades, además de ser extraordinariamente bella y una compañía excelente.

Pero, en el fondo, ella sabía que todo era una ilusión de la realidad creada a través de sus habilidades. Porque verdaderamente no existía más que Aurora, en aquella dimensión recién nacida.

Ella estrechó la cabecita del hermoso niño mientras contenía un miserable sollozo en el mechón blanco de su cabello.

—No eres real.

—Es tan real como lo desees.

—Pues no deseo nada de esto—susurró Aurora mientras el tierno rostro se transformaba en una horrible mueca de rabia. Él había tomado la forma de un niño, de una manera absolutamente cobarde, y no se lo perdonaría nunca—. Lo siento mucho, mi amor.

Entonces extendió la mano, y la realidad cambió una vez más.