Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
SUNSET
Capítulo 4:
Show Yourself
Aurora cubrió sus hombros con una delicada manta de cachemira, se tumbó de costado y acarició su vientre hasta dormirse. Había abrazado a un niño, a un muchachito de cinco años con un mechón blanco en el cabello, y aún así no había sido suficiente. Ella le había destruido al cambiar la realidad porque nada más había sido una creación de su mente, no obstante su inherente belleza.
Pero, aún así, las emociones asaltaban los muros de su espíritu continuamente, a traición, desarmándole, produciéndole aquella sensación de irrealidad. A veces no sabía qué era mejor, ni sabía qué rostro poner, qué decir, cómo enfrentarse a su nueva vida con la apariencia de normalidad. Para ella misma era alucinante, así que imaginaba lo difícil que debía de ser para los suyos, su familia, sus amistades, el mundo entero.
Por eso, su visión de las cosas, sus dimensiones, todo había cambiado. Exterior e interiormente. Los demás no se daban cuenta porque no podían meterse en su cerebro ni bajo su piel ni mucho menos en su corazón, para mecerse con cada latido.
Aurora se había sumido en un sueño.
Caminaba por un lugar muy oscuro, muy denso. Era como si estuviese inmersa en un espacio en el que el aire fuera sólido, como una nube de algodón, ya que podía verlo y tocarlo, así que sus movimientos eran lentos y premiosos. Le costaba avanzar, le costaba respirar. Y sobre todo le costaba despertar, a pesar de que desde el sueño ella se lo gritaba a sí misma.
La oscuridad se hizo más profunda, y con ella creció la angustia. Extendió una mano, buscando algo a lo que agarrarse, y de pronto lo encontró: otra mano. Se sintió a salvo, en los brazos del hombre que en sus sueños le amaba.
Aurora entonces abrió los ojos y se quedó inmóvil, en la cama.
No era el momento adecuado para andar buscando amores que complicaran aún más su ya enrevesada vida. Aunque debía admitir que nunca antes se había sentido tan bien. Ella adoraba su aroma, su cabello, la curvatura de sus fuertes brazos. Lo adoraba todo de él, no obstante su absoluta falta de reconocimiento. Porque a veces las sensaciones se adherían al presente como la propia piel. Se columpiaban en los perfumes del almuerzo, o de la cena. Se cobijaban, como lo hacían a veces los sentimientos, bajo un paraguas, de la lluvia de un otoño húmedo, vespertino y melancólico, mientras las hojas de los árboles se dejaban caer al suelo, tapizando de ocres las aceras. Se desplomaban despacio y, vapuleadas por el viento, acompañaban el caminar nostálgico entre el tumulto anónimo y ajeno de una sociedad que se comía la vida a bocados secos, firmes y violentos. Y el presente pasaba de soslayo, ignorante en un instante tan mágico como veloz. Porque el presente era como un amante esquivo y anárquico que se escapaba de entre los brazos dejando siempre a medias, con ganas de algo que nunca terminaba de pasar.
La vida era hermosa, sorprendente y agridulce. Era un regalo maravilloso. Pero su belleza y duración eran, a veces, una impronta indebida.
En algunas ocasiones, los seres humanos intuían lo que iba a suceder, pero lo negaban porque no les gustaba, les lastimaba hacerlo y solían empeñarse en seguir un sendero equivocado. Aunque estuviesen seguros de que no era el indicado, continuaban cegados por las absurdas normas, los prejuicios o la cómoda y malsana seguridad que creían tener. Les daba pavor cambiar el rumbo de sus pasos, porque la mayoría de las veces, ello, el cambio de ruta, suponía romper con todo.
Su madre solía decirle que debía tener cuidado con aquella historia, porque se repetía demasiadas veces. Que los hechos, dentro de una familia, eran como los de una civilización, tendían a redundarse con los años. Como si el tiempo girara hasta un punto determinado y, al llegar a él, diese la vuelta para retornar con la misma cadencia, con los mismos sucesos y pautas. Decía que para vencer ese ritmo manido solo había que luchar. Pelear hasta perder el aliento, incluso la propia vida.
Aurora no había llorado a raíz del horrible incidente, solamente había sentido una añoranza extraña, un vacío que había asimilado un trozo de su existencia.
Ella había amado al hermoso muchachito, no obstante su corta interacción. Cambiar la realidad, restituir todo lo que había modificado, le había roto el corazón en más de un sentido.
—Lo siento tanto, mi amor.
A veces, los individuos se alejaban de las personas con las que normalmente compartían sus vidas. Dejaban de lado años de convivencia y convertían el pasado en un juguete roto que desechaban sin remordimiento alguno. Pero en otras ocasiones, los individuos reforzaban los lazos de amistad, reencontraban sus motivaciones, al verse expuestos a un tremendo cambio.
—Controlas demasiado tus sentimientos, y ellos no te han dejado admitir la verdad. Eres la heroína de la raza mutante, Aurora. Si ellos no te admiraban antes, definitivamente lo hacen ahora. Luchaste en nombre de su libertad, como lo habríamos hecho nosotros en caso de vernos obligados a hacerlo.
Aurora frotó su nariz.
—Háblame de todo lo que ha sucedido. No menciones nada más. Por favor.
Kitty tenía una cualidad especial para hacer que la gente se sintiera bien a su lado, un halo de magia que embaucaba.
—En tu ausencia, Rogue se ha convertido en mentora. Sospechamos que decidió aceptar el puesto, a raíz del amor que siente por Remy, pero ella lo niega cuando Jubilee intenta extraerle una confesión. No puedo culparla, de todas formas. Tú conoces a Remy mejor que nadie. Es tan mujeriego que incluso se acostó con Lorna una vez. Yo no le habría escogido, de entre tantas opciones disponibles.
Aurora elevó el comunicador holográfico con el fin de flexionar las piernas. Sostenía una taza de chocolate caliente mientras Kitty susurraba en su nueva habitación.
—Remy necesita cariño, simplemente. Estoy segura de que ambos terminarán juntos, cuando las circunstancias propicien una relación formal. Porque él también le ama, aunque incluso en su mente le cueste admitirlo.
Kitty cruzó los brazos a raíz de la increíble actitud de Aurora. Ella se dedicaba a concertar una relación entre sus amistades mientras ignoraba a todos los hombres sensuales que daban la vida en su nombre. Era el colmo, la muerte del romanticismo.
—Deberías seguir su ejemplo—entonces Jubilee saltó sobre la cama, en un confuso destello de color amarillo—. Necesitas una noche de buen sexo.
Aurora abrió la boca, tan ofendida como ofuscada.
Cuando se era joven, demasiado joven, lo importante era vivir, sentirse vivo. Lo de menos eran los lugares, el cómo y el cuándo. Ni tan siquiera existía un porqué. Simplemente se vivía. Se tomaba la vida de un sorbo, con todas y cada una de sus consecuencias, a pesar de las posibles contraindicaciones. Ahí residía la magia de la juventud: en la inconsciencia, en la falta de raciocinio.
Aurora, no obstante, nunca llegó a pasar por aquella fase de idiotez. Porque la estabilidad de la realidad dependía de su estabilidad emocional.
—Por supuesto que no.
Entonces Esme tomó asiento en el sillón que flanqueaba la pared de fotografías. Llevaba un costoso atuendo de color celeste que resaltaba su cabellera rubia.
—En realidad, ella tiene razón. Necesitas una noche de buen sexo, con un hombre de ensueño indudablemente.
—¿También tú?
Aurora situó ambas manos en sus caderas, al levitar la taza de chocolate en el aire. Se sentía realmente traicionada, pues la familia debía ser un refugio, la cadena a la que se unían el resto de los eslabones. Una cadena en la que cualquier pieza suelta podía engarzarse. Debía ser así por naturaleza propia. Sin embargo, la mayoría de las veces su familia resultaba lejana, más desconocida e impropia que el vecino trashumante de la habitación de un hotel.
—Eres mi hermana menor. Eso significa que mi trabajo es hablarte de sexo, cuando mamá no lo hace.
—Pues mamá es bastante detallista cuando se trata de sexo. No lo necesito de ti también.
Kitty entonces suspiró. Emma no le agradaba, a pesar de haber entablado una relación de amistad con su amada Aurora. Porque al manifestar sus habilidades mutantes la famosa Reina Blanca del Círculo Interno había intentado convertirle en una mercenaria del mal.
—Todos necesitan el sexo. Especialmente una mujer hermosa como tú—Jubilee cruzó los brazos—. El problema es que siempre miras a los hombres como si desearas mantenerlos lejos.
Aurora mordió su labio inferior, al ruborizarse suavemente. A veces tenía unas tremendas ganas de sexo, pero hacía mucho que había decidido quedarse en el banquillo, a causa del régimen de abstinencia emocional que le permitía controlar sus asombrosas habilidades. Se había convencido de ello al oír uno de los encuentros amorosos de su padre, con sus correspondientes palmadas, brincos y piruetas. Aquel baile sincopado había durado una hora, aderezado con efectos de sonido que asemejaban un ataque de ansiedad y los aullidos de un animal salvaje.
—Además, aunque estés en una crisis, no veo motivos para empeorar la situación yendo sin arreglar. Ésa es mi filosofía. Por eso, siempre he ido a las misiones maquillada y con alguna joya. Nada extravagante tampoco. Una pulsera de oro bonita, unos pendientes, los labios pintados y un buen perfume. Para dejar claro que me respeto a mí misma, nada más.
Esme examinó sus cuidadas uñas, como si la manicura francesa no se tratara de una costosa excentricidad.
—No quiero contarle mi vida a nadie ni preocuparme por si me quedo embarazada—sentenció Aurora. Era la hora de la sinceridad, de las preguntas, de las respuestas. Los fantasmas debían pasar al olvido porque no hacían más que darle vueltas a la cabeza, y estaba cansada de ello—. No quiero tener ninguna historia con nadie.
Kitty sonrió.
—No has conocido al hombre indicado, simplemente. O lo has conocido y no deseas aceptar la atracción que existe entre los dos.
—Todo es cuestión de ahondar en tu confundido corazón—continuó Jubilee—. Porque en la tierra de Shakespeare estar enamorado es algo que solo admite términos absolutos: lo estás o no lo estás. No puedes estar un poco embarazada como no puedes estar un poco enamorada.
Aurora recordó el rostro del muchachito que había creado al cambiar la realidad en una dimensión nacida de su mente. Amor. Tierno y generoso, feroz y decidido, poderoso y absoluto. Ella lo había sentido entonces. Su mente había erigido un gran muro que contenía los miedos, la confusión y la vergüenza con el fin de proteger su corazón del dolor. La pared se derrumbaría de un momento a otro, pero, en tanto siguiera en pie, disfrutaría de la sensación de vacío.
—Mientras descubres tus sentimientos, puedes disfrutar de la vista. Ese hombre, al que todos llaman Soldado de Invierno, tiene un trasero de ensueño. Se merece la ejecución del Kamasutra enterito y sin respiro.
Entonces Aurora cubrió su mortificado rostro con ambas manos.
—Ororo nos contó lo sucedido en Wakanda.
—Incluidos los sucios detalles.
La fotografía de Ayanna parecía devolverle la mirada desde su lugar en la pared. Así que un nudo seco y profundo apretó su pecho, entorpeció su respiración y estrechó su garganta. Encogida por dentro, atrapada por los sentimientos encontrados, se abrazó a sí misma.
—No deseo lastimarlo. Ha sufrido tanto como Logan.
—Si no lo amas, lo harás de todas formas.
—Y sucederá lo mismo con Robert. Lo desees o no.
Bobby la amaba, se lo había demostrado una y otra vez, pero ella no estaba segura de lo que sentía por él, de lo que sentía por nadie. O de lo que quería llegar a sentir algún día.
—Cierto—asintió Jubilee, antes de enviarle una mirada a la fotografía que se hallaba en medio del enorme collage de Kitty. En ella, los mutantes más poderosos del mundo compartían un abrazo mientras sonreían a la cámara. Era el cumpleaños de Aurora—. Cruelmente cierto.
En la mansión Xavier eran capaces de compartir los sucesos extraordinarios que formaban parte de sus días, porque todos eran seres extraños e inusuales. Todo lo insólito tenía cabida. Cualquier suceso podía darse sin que lo rechazasen o lo analizasen como algo que temer u obviar.
—Llamaré más tarde.
Aurora entonces desactivó el comunicador.
Algo aguardaba en la oscuridad.
Era antiguo y cruel. Y se paseaba por las sombras con la intención de adueñarse de su mente, paso a paso, deslizándose sin hacer ruido, sin la prisa que lo enturbiaba todo, invisible y paciente. Casi anónimo. Todavía les separaba una especie de barrera invisible, pero esta se desmoronaba cada vez que Aurora perdía un poco de su fuerza.
Era arduo volver a comenzar sola. Pero la vida le empujaba a sobrevivir, a seguir adelante, aunque fuera por inercia. Era incentivada a intentar ser como las demás personas, a tener un grupo de amigos con los que conversar, tomar unas copas o compartir los acontecimientos cotidianos. Emparejarse, amar y que le amaran. Dejar atrás el miedo. Olvidar el pasado para poder vivir en un presente que se le escapaba día tras día.
De acuerdo con el Libro de los Vishanti, aquellos sucesos eran parte de los hilos que el universo iba tejiendo para que el destino se cumpliera inexorablemente. Pues existían tres cosas que no se podían dominar, que no se podían cambiar o alterar: nacer, morir y enamorarse. Las tres eran inmunes a la conciencia, al raciocinio y a la voluntad. Sin embargo, Aurora no lo creía así. Al menos no del todo.
Ella se acomodó en la silla de respaldo acorazonado que tenía más cerca y cogió el menú, que estaba plantado entre un salero y un pimentero de cerámica, ambos con forma de libros. Había unos cuantos platos para elegir: una selección de bocadillos, un hojaldre caliente relleno de pollo y champiñones, además de bollos y pasteles inspirados en autores famosos. Escogió un bollo y una taza de café y, mientras los preparaban, observó el rostro de todos los Eternos congregados en la mesa de al lado.
Aurora dejó que su mirada vagara por el lugar. Era un local pequeño y coqueto. Las vitrinas que se alineaban junto a las paredes estaban llenas de objetos preciosos que apelaban a su amor tanto por los libros como por el material de escritorio bonito. Además había un precioso juego de tarjetas decoradas con todas las novelas de las Brontë.
—Aquí tiene.
Entonces una bandeja fue depositada sobre la mesa. Contenía un esponjoso bollito de fresa, rizos de mantequilla, una jarrita con crema y un tarro con mermelada. La tetera era de porcelana, decorada con un motivo de rosas. No hacía juego con la delicada taza de campanillas, que a su vez no calzaba con el platito ribeteado de oro, y sin embargo el conjunto producía un efecto encantador.
—Tiene cosas preciosas en su tienda—comentó Aurora—. Como ese juego de tarjetas con los libros de las Brontë.
—En ese caso, debería esperar al martes de las Brontë. Podrá comprarlo con un diez por ciento de descuento. Hoy es el día de Charles Dickens.
—No hace falta el descuento.
Ella mordisqueó el bollo, saboreó el café y notó cómo se iba relajando, como si la tranquilidad del local se hubiera filtrado a su interior. Los miedos sobre su estado mental se estaban aquietando; ya no estallaban y burbujeaban en su cerebro como fuegos artificiales inestables.
Aurora observó entonces el rostro de Ikaris, mientras continuaba con la ilusión que le permitía desenvolverse sin ser detectada. No había cometido un error. Los continuos cambios en la realidad no sólo habían atraído la atención de una organización llamada SWORD, sino que también habían despertado a los Eternos.
Sin memoria, habían sobrevivido hasta reencontrarse en las antiguas ubicaciones dedicadas a los Celestiales, donde habían recordado sus identidades de forma milagrosa. Habían entendido además que ya no era el mundo que habían conocido. Los seres que antaño les habían adorado no dudarían en encerrarles, aunque sus habilidades ya no fuesen las únicas ni las más poderosas.
Había evolucionado la humanidad, a través del desarrollo de nuevas tecnologías y de la mutación genética, una acumulación de cambios a lo largo de decenas de miles de años que terminaban por convertir una especie en otra. Incluso en su mundo, cada mutante desarrollaba un factor-X distinto que le hacía poseer características propias e individuales. Y aunque nadie conocía con exactitud la razón de su manifestación, contrariamente a lo que se pensaba antes, no era un fenómeno aislado. Existían miles de mutantes, si bien la mayoría ni siquiera alcanzaba la categoría Delta.
A veces ella deseaba volver atrás, a su inocente vida antes de la magia y de la idea de mundos múltiples. Antes de descubrir que las personas podían ser poseídas, atadas como una cuerda o convertidas en la nada. Antes de arruinar la vida de miles de personas, antes de alterar la estructura de la realidad. Antes de abrir la puerta del Multiverso de la Locura, antes de asesinar a una mercenaria hueste de los Celestiales. Sería más ignorante, aunque también más feliz.
Pero, aún así, ella bien sabía que no servía de nada volver al ayer, porque entonces ella era una persona distinta.
Había cultivado con los años los cuatro poderes más importantes de la hechicería: saber, atreverse, querer y permanecer en silencio. En efecto, aprendió los conocimientos necesarios para la práctica de los ritos mágicos, se atrevió a ponerlos en práctica, deseó la manifestación de ellos y permaneció callada respecto a sus conocimientos para evitar que el común de los mortales interfiriera en su vida y en la de los seres que eran como ella.
Aurora saboreó el café mientras Sersi tomaba la mano del actual descubridor de la Tumba de los Dioses. Era bastante conocida entre los hechiceros, porque al regresar Odiseo y su tripulación de la Guerra de Troya, desembarcaron en la isla de Aegaea, en el Mediterráneo, donde Sersi vivía en una villa. Un grupo de marineros de la tripulación de Odiseo se adentró en la isla para explorar y Sersi, siempre deseosa de satisfacer a las visitas, montó una fiesta para ellos. Los marineros, ansiosos de comida y bebida, se comportaron con poca cortesía y modales, se emborracharon y amenazaron a Sersi y a sus sirvientes. Ofendida, ésta utilizó sus poderes para transformarles en cerdos.
Del resto de los Eternos sabía mucho menos. No husmeaba en sus vidas como Mente Maestra lo hacía en la suya. Se había enterado de sus actividades al advertir la cantidad de energía que había sido liberada durante el descubrimiento de Dane Whitman, que era uno de los descendientes de Sir Percy de Scandia, miembro de los Caballeros de la Tabla Redonda.
Aurora tomó asiento en la mesa de Ikaris al terminar con la ilusión de ocultamiento. Su identidad era fácilmente reconocible a raíz de las imágenes que se mostraban en la televisión, donde se recordaba continuamente el estatus de los Vengadores que habían secundado al Capitán América.
—No utilicen la Tumba de los Dioses, como desean hacerlo los Desviantes. Sus creadores intentarán destruir este mundo, y a todos en él, de regresar una vez más.
Entonces cruzó los brazos de forma irrefutable. Kingo, Sprite, Dane y Sersi se habían marchado, pues Aurora no deseaba revelarse ante nadie más. Había encontrado a Ikaris súbitamente y, desde entonces, sentía una extraña conexión con él. Pues era difícil dejar de lado los sentimientos, aunque fuesen confusos. Ellos se imponían siempre a la razón.
—¿Quién eres realmente?
—No creo que desees saberlo, Ike Harris.
Aurora echó a andar y se dejó llevar por la monotonía de las distancias entre una calle y otra, por la gradación ascendente o descendente de números. Llevaba la mirada clavada en el suelo para registrar su entorno. Sin embargo, cuando Ikaris sostuvo su muñeca derecha con el fin de detenerle, ella le envió de inmediato una mirada de advertencia.
Él era un individuo cósmico en una ciudad ruidosa y sin alma, un ser que deambulaba en un siglo que no le correspondía. Dejarse ver, revelar su verdadera identidad, resultaría en un encarcelamiento irrefutable, porque todos los que saborearan la verdad intentarían destruirle o aprovecharse de él. Debía pasar desapercibido, como uno más, aunque no lo fuese.
Aurora tenía la sensación de que le conocía desde siempre, que ambos formaban parte de un mismo destino y que, incluso, habían vivido los mismos acontecimientos en el mismo espacio temporal.
Nunca en su vida ella había experimentado un absoluto silencio: su mente siempre había sido prolífica en imágenes, en pantallazos que pasaban por su cerebro en forma de ráfagas instantáneas similares a los fotogramas. Charles le había enseñado a controlar sus habilidades, a influir sutilmente en los demás, a encontrar el camino en la Dimensión Astral, mas nunca había logrado acallar de forma absoluta las voces en su interior. Ella ni siquiera le había considerado posible.
Pero en poco tiempo todo parecía haberse confabulado, como si el destino, una vez más, jugase con ella a su antojo. Y lo más inquietante era que no sabía adónde le conducirían los cambios que se avecinaban.
—Tú vendrás conmigo.
Una extraña desinhibición, causada por la atracción de dos cuerpos cargados de energía cósmica, se había apoderado de ella.
A su alrededor, las galaxias colisionaban, las estrellas estallaban y formaban superestrellas, supernovas, que deslumbraban a miles de millones de sus hermanas.
—No lo creo, Ikaris.
Aurora se encontró entonces en el vestíbulo de su hermosa mansión de South Kensington, sin Ikaris a la vista.
Una caravana de rebeldes sirios se adentraba en los míseros barrios de una auténtica tierra de nadie. Cuatro hombres, armados con fusiles ametralladora, le vigilaban desde la cima de un camión fuertemente blindado. Empuñaban además una radio, salida directamente de los años setenta, que les servía para comunicarse con otros combatientes cuando las redes telefónicas no funcionaban.
Pretendían crear un Estado islámico, un califato suní entre Irak y Siria. Se trataba, en primer lugar, de expulsar del poder a todos aquellos que se declaraban directa o indirectamente chiíes, empezando por la minoritaria rama alauí, que dirigía el país. Volver a épocas medievales, instaurar un islam triunfador, guerrear montados a caballo y apoderarse de territorios por la fuerza eran los métodos y la aspiración del Estado Islámico.
Al dar una base territorial a su utopía, Daesh había triunfado donde Al Qaeda había fracasado. Mientras esta última multiplicaba minuciosamente sus células por todo el mundo, Daesh, además de hacer la guerra, instauraba una auténtica política y constituía un ejército de fanáticos, oficialmente en Siria, y extraoficialmente en Irak, donde se encontraba un ejército formado por los suníes hostiles a la invasión estadounidense. Al mismo tiempo, la organización terrorista operaba gracias a su arma de guerra favorita: la propaganda virtual.
Como la imagen anticuada de talibanes viviendo como ermitaños en grutas afganas limitaba los deseos de seguir sus pasos, inundaban YouTube con vídeos ultraviolentos, y su velocidad de actuación y el cumplimiento de sus amenazas marcaban a miles de occidentales lobotomizados. Perseguían carnaza frágil, y cuando picaban el anzuelo, intentaban con todas sus fuerzas reformatearlos, como si la mente humana se tratara de un disco duro.
Disponían de multitud de argumentos irrefutables para atraerles a sus redes. Daesh tenía una solución para cada uno, tanto si el candidato quería luchar como si prefería las labores humanitarias. La organización hacía creer a los chavales perdidos que se les concedía importancia para que les resultara más sencillo privarles de todo y reformatearles. Y como un gurú alistaba a sus fieles, la nebulosa permitía también que el que se autoproclamaba califa llegara realmente a serlo. Después de todo, su arma favorita era el internet, y aquellos pobres aprendices de yihadistas se limitaban a pasar del estatus de peón virtual al de carne de cañón: los más débiles se convertían en sirvientes, y los que eran algo menos débiles acababan saltando por los aires.
Aurora frotó su rostro con ambas manos. La escisión de hombres dispuestos a cometer los crímenes más atroces le azotaba la mente como una bomba nuclear.
—¿Estás bien?
—No es nada—susurró Aurora, al rodear el torso de Bucky con un brazo. Los camiones blindados se habían detenido en un almacén abandonado. Planeaban descargar en su interior los misiles basados en tecnología extraterrestre—. Han comenzado, Steve.
Mientras los terroristas admiraban el brillo morado con una sonrisa de satisfacción, ambos infiltrados se encargaron de arrebatarles los fusiles y de enviarles a la inconsciencia. Natasha, mientras tanto, se dedicaba a sondear el terreno vestida como una musulmana.
Aurora aterrizó en el interior del almacén, con Bucky a cuestas, cuando una facción de terroristas comenzó a disparar. Rápidamente, creó un domo de energía que cubrió la estructura de los misiles, y que además derribó a los combatientes de Daesh.
—No tardarán en señalarnos como traidores.
Steve analizó la cabeza de los misiles, mientras Natasha se quitaba el nicab de la cabeza. Se había convertido en una rubia, durante su última estadía en Rusia.
—¿Puedes desmantelarlos?
—Sería más conveniente destruirlos. No es nada difícil hacerlo.
—Hazlo entonces.
Ella contuvo el estallido durante un momento de absoluto silencio. No le consideraba un desafío, no obstante. Porque había controlado las habilidades de Remy, siendo que éste le cedía a sus cartas la suficiente energía como para destruir un mundo. Y más aún, durante una misión en el espacio, ella le había visto destruir una estrella de neutrones como si no fuese nada.
—Hecho está.
Bucky estrechó el fusil de vibranio, antes de enviarle una mirada a la salida. Los Vengadores nunca desaparecerían, ya que, si alguna vez alguien los necesitaba, un nuevo grupo de héroes uniría sus fuerzas para luchar.
—Es hora de irnos.
—No lo creo, estamos rodeados de terroristas.
La fachada de una enorme mansión fue revelada cuando Aurora creó un portal en el aire. Serpenteaba el camino de acceso a través de un bosquecillo y terminaba en una plaza adoquinada en cuyo centro se encontraba una fuente de agua rodeada de un ariete circular de flores. No se veía a nadie, y de cerca la mansión resultaba aún más imponente, sobre todo el porche, que tenía la altura de dos pisos.
—¿A dónde conduce?
—A un lugar seguro.
Los estudiantes cultivaban una inmensa variedad de flores, que destacaban contra la deslumbrante fachada. Por todas partes se encontraban estanques llenos de flores de loto blancas y rosadas, de tal manera que el perfume de todas ellas se mezclaba en un aroma especial imposible de describir.
—Aurora…
Ella sostuvo el brazo de Steve al cruzar el umbral de la entrada. La construcción tenía más de cien años, y estaba completamente inundada de luz lunar gracias a sus altos ventanales en forma de arco. Tapices luminosos cubrían las paredes y alfombras coloridas delineaban los pasillos.
Kitty le mantuvo entre sus brazos, mientras Kurt se materializaba en el vestíbulo. Y, a pesar de su aterradora apariencia, era uno de los ángeles guardianes de la raza mutante, pues combatía las fuerzas de la intolerancia y el terrorismo genético siendo una figura de autoridad y consulta religiosa para sus demás compañeros.
—¡Stark!
Entonces el silencio nocturno fue dominado por un montón de risitas nerviosas. Todas las chicas se habían levantado de sus camas y examinaba al Capitán América en medio de susurros sugerentes. Sobraba decir que éste se mostraba tremendamente incómodo.
Descalzo y desnudo de la cintura para arriba, Remy desterró los últimos vestigios de sueño que se aferraban tercamente a su cuerpo. No había imaginado que Aurora se presentaría en el Instituto Xavier, con Los Vengadores a cuestas.
—Apártense todos—Esme se abrió camino, con una delicada bata de seda atada en la cintura—. Esa es mi hermana.
Se hizo el silencio y todo se volvió agradablemente liviano. Se sintió flotando en una oscuridad dulce y delicada, mientras Esme le rodeaba con sus brazos. Solo entonces Aurora comprendió porque había necesitado regresar a su escondite más intimo.
Remy estrechó la mano del Capitán América, aunque se habían conocido en una ocasión anterior, mientras Falcon analizaba silenciosamente la cola de Kurt.
Mientras algunos mutantes adquirían capacidades que pasaban desapercibidas en la sociedad de los individuos normales, otros no. Unos habían cambiado drásticamente su aspecto externo de forma que eran fácilmente identificables y, por ello, anormales a los ojos del resto de personas. Otros mutantes no padecían de anormalidades morfológicas sino que sus poderes les impedían relacionarse con normalidad con el resto de los mortales; era el caso de Rogue, cuyo contacto físico con otras personas causaba la muerte.
—Todos regresen a sus habitaciones. Hablaremos a solas.
Charles descendió las escaleras, a través de la hermosa silla flotante que Aurora había diseñado durante sus años de enseñanza en el Instituto Xavier. Había perdido la sensibilidad en las piernas durante la Crisis de los Misiles, al enfrentarse a su amigo Erik en las arenas de una playa cubana. Y desde entonces, le había consagrado su vida a la integración de la raza mutante, actuando desde las sombras la mayoría del tiempo, a diferencia del terrorista conocido como Magneto, que era un mutante judío que había perdido a su familia en los campos de exterminio nazi y que se había salvado del mismo destino gracias a sus superpoderes. Dicha tragedia le había hecho pensar que la historia se podía repetir con los mutantes y que para evitarlo, éstos tenían que atacar primero a los humanos.
La escuela del profesor Xavier era un refugio para los que se sentían marginados, donde los que eran rechazados como fenómenos terminaban descubriendo que tenían un don que podían poner al servicio de la humanidad.
—Es un honor presentarles a Charles Francis Xavier.
Aurora tomó el control de la silla flotante de su mentor mientras ambos escuchaban las ideas de Natasha con una sonrisa en el rostro. Hank había borrado la información de la escuela antes de la controvertida filtración de SHIELD, pero los asesinos maestros como la famosa Viuda Negra en más de una ocasión habían escuchado los rumores que rodeaban la misteriosa identidad del Profesor X.
—Bienvenidos al Instituto Xavier.
