Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
SUNSET
Capítulo 5:
Cosmic Lovers
Se encontraba en un lugar inhóspito, extrañamente bañado con una misteriosa luz de varios colores. Pero a su alrededor solo había desolación, las ruinas de un mundo muerto, cascotes polvorientos y humeantes rodeandole. Y como no había nadie más a parte de ella, nerviosa empezó a mirar a su alrededor, pero cuando se dispuso a andar, fue como si no se moviera. Por muchos pasos que diera parecía estar siempre en el mismo lugar, siempre con esa luz multicolor, esos escombros, esa incómoda sensación de culpabilidad.
Inesperadamente, de entre el humeante horizonte, varias figuras emergieron, rodeándole, como si quisieran impedirle que siguiera avanzando hacia ningún lugar. Aunque se detuvieron relativamente cerca de ella, ninguna de las personas que acababan de aparecer le saludaron o mostraron el menor indicio de querer dirigirle la palabra. Solo le miraban, desconcertándole aún más. Pero cuando empezó a mirar sus rostros, en seguida percibió rasgos conocidos. Eran sus amigos, sus compañeros, su familia. No faltaba nadie. Todos le observaban sin abrir la boca, sin mostrar ningún tipo de expresión.
Atraída por una fuerza irrefrenable, dando vueltas sobre sí misma, empezó a toparse con rostros que hubiera preferido olvidar. Se mostraban ante ella todos los que le habían atormentado a lo largo de su vida, que le habían controlado, que se habían aprovechado de ella. Sin poder controlarlo, un rayo llameante de energía psiónica salió proyectado a través de sus manos, destruyendo a todas las figuras que le rodeaban. Intentó controlar su poder desbocado, pero fue incapaz, viendo como ella misma fulminaba a todos esos rostros. Quiso soltar un grito de angustia, pero de su boca no salió sonido alguno, poniéndole aún más nerviosa.
De nuevo sintió como su corazón intensificaba su fuerza, haciendo que aquella energía púrpura incómodamente conocida empezara a recorrer su cuerpo desde sus manos, extendiéndose por su pecho, sus brazos y sus piernas, convirtiéndole en una bomba de energía incontenible.
—Con el tiempo, sabrán lo que es perder. Sentir desesperadamente que están obrando bien. Y, aun así, fallar. Pueden temerle. Huir. Pero el destino siempre llega. Yo soy inevitable.
Entonces un hombre morado alzó un guantelete dorado con seis cavidades cuidadosamente labradas en el metal, que contenían en su interior las seis Gemas del Infinito. Brillaban como un arcoíris, y además cargaban el aire con una tremenda cantidad de energía cósmica. Juntas tenían el poder de estremecer los cimientos de la realidad, de abrirle las puertas al Multiverso de la Locura, aunque no se trataran de los artefactos cósmicos más poderosos de la existencia.
Thanos chasqueó los dedos.
Y la mitad de los seres vivientes del universo fueron borrados con ello.
—¡Aurora!
Horrorizada, abrió los ojos de par en par, sintiendo como las gotas de un sudor frío se descolgaban lentamente por su rostro y caían sobre su pecho empapado, que no hacía más que subir y bajar, hiperventilando.
Aún desconcertada, miró a su alrededor. Haces de luz de luna entraban por el resquicio entre las largas cortinas de terciopelo que ascendían hasta casi tocar el techo. Había desintegrado los muros y los muebles, además de causar un terremoto que sacudía furioso las instalaciones del Instituto Xavier. Partículas elementales y briznas de energía cósmica flotaban en el aire, mientras estrellas diminutas se convertían a su vez en nebulosas diminutas.
—Pude sentir... toda esa muerte.
Charles sonrió.
—Solo fue un sueño.
—No, lo sentí real.
—Tu mente es la más poderosa que haya visto. Se convence a sí misma...
—No, no es así. Intenta advertirme, como lo hizo con los Celestiales. Aunque esta vez ha enfurecido aún más. Es un híbrido improbable de vida y muerte, de amor y destrucción. Es la chispa que creó el universo y la llamarada que le consumirá—Aurora frotó su frente empapada en sudor—. No le agrada la posibilidad de ver a sus creaciones sacrificadas como corderos, a fin de satisfacer las necesidades de un hombre obsesionado con Muerte.
Charles le acarició la cabellera revuelta.
—Todo el mundo teme a lo que no entiende. Aprenderás a controlarla, y cuando lo hagas, no tendrás nada que temer. Hasta entonces, nada más duerme. Realmente lo necesitas.
Aurora se tumbó en la cama nuevamente y soñó entonces con su madre, con la exuberante Reina Blanca del Círculo Interno, con sus dedos como el diamante más costoso.
En el vestíbulo, notó que los estudiantes se alejaban de ella en direcciones diversas. Algunos salían al jardín, otros se dirigían a sus clases o a la biblioteca. Pero todos caminaban en grupo, charlando y riendo. E interrumpidos por alguna que otra risa, los murmullos reverberaban en su cerebro y caían sobre ella como trozos de cristal porque eran demasiadas cosas para asimilarlas de golpe.
Aurora inició el descenso por la amplia escalinata de madera resguardada por una hermosa barandilla de caoba. Imponentes óleos decoraban las paredes, casi todos enormes retratos de hombres y mujeres del siglo XIX que parecían mirarle con desdén desde sus trajes de gala. Algunas de aquellas pinturas, no obstante, reproducían el caserón de Xavier desde distintas perspectivas, la mayoría desde una colina, con los frondosos bosques retratados al fondo.
Al entrar en el comedor se detuvo un momento; otra vez había sido transformado. La luz del sol entraba a raudales por enormes ventanales alineados a lo largo de una de las paredes, algo amortiguada por las cortinas antiguas. No había servicios sobre las mesas, cubiertas tan solo por un sencillo mantel blanco. La comida estaba expuesta en una mesa de bufé: diez tipos de cereales, una fuente de gachas recién hechas y rebanadas de pan listas para tostar. Bandejas de plata precalentadas ofrecían huevos, beicon y embutidos.
Y al oler la comida, descubrió que estaba hambrienta, así que se sirvió tostadas, queso y huevos revueltos, además de un vaso de zumo de manzana, antes de sentarse en una mesa vacía. Untó mantequilla y mermelada de fresa en una tostada y dio un gran bocado.
Al terminar, accedió a una zona muy acogedora, decorada con sofás de piel, alfombras orientales desperdigadas por el suelo, un piano en un rincón y estanterías repletas de libros y juegos, altas hasta el techo. Pero la habitación estaba desierta salvo por un sillón situado al otro extremo, donde dos hombres le miraban atentamente.
Aurora había estremecido los cimientos de la Dimensión Astral en más de una ocasión, así que decidió actuar como si nada hubiese sucedido.
—Enseñales las instalaciones, incluida la Cámara del Peligro.
Remy sonrió diabólicamente.
—Eso haré.
—En cuanto a nosotros…
Hank tosió con timidez.
—Jamás creí diseñar las alas de Falcon. Ni el escudo del Capitán América.
Ambos se encaminaron hacia los laboratorios del subsuelo, a través de un ascensor oculto en la estructura del corredor central.
—El vibranio, contrariamente a las creencias de Shuri, no es el metal más fuerte. Puede absorber una amplia variedad de impactos físicos, incluidas las balas de alto calibre, sin sufrir ningún daño o debilitamiento. Pero no le consideraría indestructible. Bobby podría debilitar su estructura molecular al reducir la temperatura lo suficiente, y él no es un malvado como Magneto o un lunático como Lorna. Es necesaria una actualización de los elementos, sin duda.
—¿Acaso piensas crear un metal tan fuerte como el vibranio pero completamente resistente al magnetismo?
—En realidad, un metal como ese ya existe, pero su utilización se reserva exclusivamente a las guerreras amazonas. Ellas le extraen de las Montañas de Gaea y le dan forma en las fraguas, de acuerdo con las artes de Hefestos.
Se accedía a los laboratorios inferiores por un largo pasillo esterilizado, pavimentado por completo con baldosas blancas. Docenas de imágenes en blanco y negro flanqueaban el corredor, mientras un puñado de drones se movía de un lado a otro, y el eco de sus hélices resonaba en el espacio.
—Reestructurar los átomos no es correcto.
—Los átomos son como planetas, en mi área de estudio. La clave de la materia se encuentra en una millonésima parte de ese tamaño, en las diminutas partículas que conforman a su vez las partículas del núcleo de un átomo—Aurora negó con la cabeza—. A diferencia de un acelerador de partículas, yo puedo tomar los componentes obtenidos en la colisión y reestructurarlos para formar neutrones, electrones y protones, y de esa manera darle forma a los átomos de un elemento nuevo. Nada más debo concentrarme lo suficiente.
Un acelerador de partículas era un tubo ancho y circular en el que se aceleraban partículas subatómicas. Imanes situados en el tubo se conectaban y desconectaban en rápida sucesión para empujar partículas de un lado a otro, hasta que alcanzaban velocidades tremendas, cercanas a los doscientos ochenta mil kilómetros por segundo.
—Una elevada concentración de masa en una región finita del espacio podría dar nacimiento a un agujero negro.
De un blanco reluciente, repleto de ordenadores y equipo electrónico sofisticado, el laboratorio de Hank tenía un aspecto increíblemente futurista.
—Es factible alterar la estructura de las partículas esenciales así como es factible crear materia de la nada. Se necesita de un poder sin precedentes, de una mente increíblemente fuerte, nada más.
Ella había entendido hacía mucho que la energía creadora descrita en la teoría del Big Bang se trataba de la Fuerza Fénix, una entidad cósmica de increíble poder. La madre de Galactus, en cierto sentido.
—Como tu mente.
En el laboratorio de Aurora, tres columnas de acero se erguían contra un muro. Las columnas medían unos noventa centímetros de altura, y recordaban vitrinas de museo donde se exhibían piedras preciosas.
—Así es.
Flotando como por arte de magia, un globo brillante de líquido similar al mercurio giraba en el interior del contenedor central. No era una partícula microscópica, como sus dos vecinas. Era una gota del tamaño de un balín para escopeta de aire comprimido. Una diminuta esfera de antimateria bailando en su contenedor.
—¿Cómo lo hiciste?
Como cualquier tecnología, la antimateria podía ser mortífera si llegaba a caer en malas manos. Muy mortífera. La antimateria era un arma letal. Potente e imparable. Un tren sin frenos.
—Aceleré dos haces de partículas ultrafinas en direcciones opuestas, con mi mente. Los dos haces colisionaron a velocidades enormes, y toda la energía de ambos se concentró en un solo punto. Conseguí densidades de energía extremas y partículas de materia surgidas de la nada, un increíble espectáculo de fuegos artificiales subatómicos. Un universo en miniatura que nacía a la vida, Hank. Y como todo cuanto se ha creado tiene su contrario, incluyendo la propia materia, aparecieron dos clases. Es un hecho de la naturaleza. Todo tiene su contrario. Los protones tienen electrones. Los quarks up tienen quarks down. Existe una simetría cósmica en el nivel subatómico, y por ello la antimateria es al ying lo que el yang a la materia. Equilibra la ecuación física.
—Pero existen enormes obstáculos tecnológicos que impiden almacenar la antimateria. ¿Qué me dices de la neutralización?
—Creé un vacío de polaridad invertida para absorber los positrones de antimateria antes de que se destruyeran. Apliqué además un campo magnético. La materia formando un campo voltaico a la derecha, y la antimateria a la izquierda—entonces Aurora tomó asiento frente a la pantalla holográfica—. Tomé prestada la idea de la naturaleza, en realidad. Las medusas atrapan peces entre sus tentáculos utilizando descargas nematocísticas, y el mismo principio rige con la antimateria. Cada contenedor tiene dos electroimanes, uno en cada extremo. Sus campos magnéticos opuestos se cruzan en el centro del contenedor y retienen la antimateria en ese punto, suspendida en el vacío. Menos mal. La antimateria es muy inestable. Hablando en términos de energía, la antimateria es la imagen especular de la materia, de manera que se anulan al instante si entran en contacto. Mantener aislada la antimateria de la materia constituye todo un reto, porque todo en la tierra está hecho de materia. Las muestras han de ser almacenadas sin que toquen nada. Ni siquiera el oxígeno molecular.
—¿Es la fuente de energía de la escuela?
Aurora asintió.
—Es la fuente energética del mañana. Mil veces más poderosa que la energía nuclear. Cien por cien eficaz. Sin secuelas. Sin radiación. Sin contaminación. La antimateria libera energía pura, una transformación de masa a fotones del cien por cien. Unos pocos gramos podrían proporcionar energía eléctrica a todo un continente durante varios miles de años.
—¿Por qué lo has mantenido en secreto, Aurora?
—La antimateria es tecnología importante, pero también peligrosa. Planeaba mejorar los procedimientos y aumentar la seguridad, antes de revelarle su existencia al mundo. Pero el fiasco de Alemania lo arruinó todo.
Si bien la tecnología de la antimateria poseía un sorprendente potencial como fuente de energía no contaminante y eficaz, si se descubría su existencia prematuramente, la antimateria corría el riesgo de ser vilipendiada por los fracasos políticos y de relaciones públicas que habían matado las energías solar y nuclear. La nuclear había proliferado antes de ser segura, y se habían producido algunos accidentes. La solar había proliferado antes de ser eficaz, y hubo gente que perdió dinero. Ambas tecnologías tenían mala fama y languidecían sin remisión.
La antimateria, además, era el arma terrorista suprema. Carecía de partes metálicas susceptibles de disparar un detector de metales, de rastros químicos que pudieran olfatear los perros, de espoleta que pudiera desactivarse si las fuerzas del orden localizaban el contenedor.
—¿Materia a partir de la energía? ¿Crear un universo de la nada? Cuando se publiquen tus descubrimientos, sacudirás los cimientos de la física moderna.
Aurora estaba tumbada sobre el escritorio de metal, de cara a la entrada de su laboratorio. Briznas de energía morada rodeaban el escudo redondo que levitaba en medio de las nuevas alas de Sam, a medida que Aurora continuaba soñando con el núcleo de las estrellas de neutrones. Lo había construido todo en base a un elemento desconocido en su mundo natal, más resistente que el vibranio e inmune a todas las formas de magnetismo. Además, les había añadido algunas runas místicas para evitar que alimañas de algún mundo de locura les sorprendieran indefensos.
—Thanos se acerca…
Ella no olvidaba las amenazas de Thanos. Mucho menos las voces de sus amigos, huecas y lejanas.
Aurora había tomado la decisión de desconectarse, permitir que los acontecimientos sucediesen por inercia, como lo hacía la vida. Pensaba que todo ocurriría sin ella, porque existían muchos otros que podían salvar al mundo en su lugar. Pero se había equivocado completamente. Todo parecía conducir a un mismo acontecimiento, a una misma batalla, si ella no intervenía en la futura Guerra del Infinito. Y lo más terrible de todo aquello era la posibilidad de destruir el futuro, ese que aún no existía. Bastaba con que se produjera una paradoja temporal, nada más.
—Perderán. Todos ellos.
—Así es.
Aurora se había dado cuenta que, aunque los Vengadores ya no existiesen, ella tenía la responsabilidad de controlar a sus antiguos compañeros, no solo para saber que se había hecho de ellos, sino también para poderles ayudar si era necesario.
—No debería suceder de esa forma.
—Pero así será.
—No está escrito ese futuro.
—Aún no, tienes razón.
Aurora entonces tomó el control de su mente. Para ella no existía un solo tiempo, había cientos de pasados, de presentes y de futuros. La realidad estaba encerrada en muchas otras realidades y todas eran vitales para que existieran las demás.
—¿Qué deseas realmente?
—Tal crimen es una afrenta contra mi naturaleza, además de un insulto de alcance cósmico.
—No es enteramente diferente. Eres tanto creación como destrucción, no deberías sentirte insultada de esa forma.
—Pues no es así. Todo acto tiene sus consecuencias y estas pueden ser terribles. Pero eso tú ya lo sabes. Has decidido guardar silencio, cuando podrías adelantarte a los hechos. No se trata de nada más.
—Se trata de mi familia, del futuro de mi realidad.
—Tomaste la decisión de permanecer en la retaguardia porque la mayoría de las veces ahí es donde se ganan las guerras.
Ella frotó su rostro.
—El destino de millones no debería encontrarse en las manos de un solitario individuo.
—Pero así es.
Aurora examinó la diminuta brizna de energía que danzaba sobre su dedo anular.
—¿Acaso no existe otra criatura absurdamente poderosa en los confines de alguna dimensión del Multiverso?
—No existes en otras realidades, lo sabes bien.
—No me refiero a esa extrañeza.
—Pues no. No existe nadie como tú.
—Qué conveniente.
—Esa parte de mortal que tienes sigue imponiéndose en ti, tejiendo en tu cerebro una tela de araña que te atrapa y te ciega. Tienes una responsabilidad. No eres libre, ningún ser vivo lo es. Todos tienen designios que cumplir.
—¿Por qué debería escucharte, de todas formas?
—Porque la realidad siempre vuelve a surgir. Aunque esté hundida en el más profundo pozo y cubierta de cieno, siempre se impone, resurge una y otra vez, te guste o no; porque lo hecho, hecho está.
—Estoy cansada de tantas preguntas sin respuesta, de los intereses de unos y de otros.
La realidad seguía mostrando una infinidad de caras, una especie de efecto óptico que parecía anular la razón y la interpretación de las imágenes de los que le rodeaban. Estaba en un laberinto repleto de preguntas, hechos, circunstancias y personajes que ocultaban sus verdaderas intenciones, que le llevaban de un lugar a otro dando tumbos.
—Llegará el momento en que lo comprenderás todo de principio a fin y no te quedará más remedio que aceptar quién eres y lo que estás destinada a cumplir.
Aurora quería vivir, simplemente vivir. Lo intrascendente, lo tóxico que entorpecía sus pasos, que emponzoñaba sus pensamientos y truncaba su alegría, debía convertirse en nada más que un recuerdo amargo.
—Sencillo no es.
—Puede cambiar, en un instante. No lo olvides nunca. Salvadora, conquistadora, heroína, villana. Puedes ser todas esas cosas, o ninguna de ellas. Porque la realidad puede ser lo que tú desees. Es tu más grande fortaleza, y tu más grande debilidad: cambiar todo, en un instante.
—No es correcto. Alterar la realidad desestabiliza la estructura del Multiverso, y atrae la atención de imbéciles indeseables, como Mefistófeles o Pesadilla. Ya he aterrorizado a los clones de la Autoridad de Variación de Tiempo, a los miembros del Consejo de Maestros. He comparecido además ante el mismísimo Tribunal Viviente. No necesito revivirlo.
—Es tu naturaleza, nada más. Hacen bien en temerte.
—¿Qué debería hacer entonces? Nada es suficiente, cuando se trata de ti.
—Admitir tu fuerza. Tu verdadera fuerza.
—No soy una diosa ni una entidad cósmica. ¿Cómo podría tomar una decisión como esa?
—Eres una diosa, una diosa real a diferencia del tonto vástago de Odín que únicamente desea revolcarse en la cama contigo.
Aurora retrocedió.
—¿Thor?
—¿Quién más? El imbécil terminó su lamentable relación con la inútil mortal cuando se dio cuenta de que te amaba. Pretendía decírtelo al terminar la batalla contra el robot homicida, pero tu amado padre le hizo cambiar de opinión. Se fue deseando con todas sus fuerzas hacerte el amor. Ambas lo sentimos, cuando te abrazaba en las afueras del Centro de los Vengadores, pero tú decidiste ignorarlo como si en verdad no existiera.
—Sabes y das por ciertas demasiadas cosas que no tienen una base real en la que asentarse. Hablas como lo haría cualquier embaucador de masas, como los profetas de barro que abundan en las ciudades.
—No importa lo que creas en este momento, el tiempo te dará las respuestas que andas buscando y comprenderás lo que ahora te resulta incomprensible.
—Solo intento ser dueña de mi vida. De mi vida, nada más.
No tenía la menor certidumbre sobre la verosimilitud de la mayoría de acontecimientos o por qué se habían producido. Todo lo que había averiguado, incluso lo que había vivido, estaba rodeado de un halo que se emparentaba más con la fantasía que con la realidad. Una hipótesis le conducía a otra y cada una de ellas le llevaba más lejos de la lógica.
—Pues no lo eres.
A las once de la mañana, un enorme hombre se plantó en mitad de Trafalgar Square y posó sus manos en el suelo de hormigón. Londres estaba repleto de locos que, por ejemplo, se podían arrodillar en mitad de la calle o bailar ridículamente enfrente de un custodio uniformado, pero aquel hombre era diferente. Pocos segundos después de que sus manos entraran en contacto con el suelo, los músculos de acero estremecieron la calle como si de un terremoto se tratara.
Inmediatamente después, cuando algunos curiosos ya estaban observando y grabando con sus móviles el suceso, el individuo estalló en carcajadas y se levantó.
—¡La Hermandad de Mutantes Diabólicos ha regresado!
Algunos de los que le rodeaban en seguida se alarmaron, no los más jóvenes, que apenas habían oído hablar de las catástrofes que había causado la Hermandad de Mutantes años atrás, ahora que todo el mundo estaba consciente de los individuos con superpoderes, que en cualquier momento podían dejar en jaque a toda una ciudad, como había sucedido meses atrás con los Vengadores.
Sin que nadie pudiera reaccionar, Cain Marko se deshizo de la sudadera que le cubría y dejó al descubierto su torso de coloso.
—Veo que algunos no se han olvidado de mí—ladró observando a los pocos valientes que seguían atentamente sus movimientos—. Por lo que ha llegado a la hora de hacer lo que mejor se me da…
Con los últimos ecos de su boca, Cain arrancó a correr contra los locales de la concurrida plaza, sin tener en cuenta la presencia de los peatones. Algunos pudieron hacerse a un lado, pero otros fueron arrollados por Marko, que les golpeó como si de una bola de demolición se tratase.
Del mismo modo, de un salto atravesó el escaparate de una joyería, el interior de la cual arrasó como un tornado para no llevarse nada. Estaba cometiendo un acto de destrucción puro y duro. Pero apenas hubo salido de la joyería, atravesó la cristalera de un restaurante, haciendo que los clientes y los empleados de su interior salieran de él gritando de terror.
La gente a su alrededor, al ver que aquel hombre no pretendía detenerse en ningún momento, empezó a alejarse de la concurrida plaza, generando un caos difícil de controlar por los agentes que estaban presentes.
—¡Mantengan la calma, por favor! —exclamó uno de los policías.
—No se dejen llevar por el miedo—advirtió otro.
Sin embargo, era imposible hacer caso a aquellas inútiles voces que quedaban ensordecidas bajo los estrépitos provocados por la destrucción que estaba llevando a cabo el mutante de fuerza sobrehumana.
—¡Debemos pedir refuerzos! —gritó uno de los policías que se resguardaban tras sus coches patrullas, ahora convertidos en los objetivos de Juggernaut.
—¡Nadie podrá detenerme! —dijo Marko corriendo hacia ellos con la mirada puesta en el coche más cercano, que golpeó con todas sus fuerzas.
Nadie respondió, pues aquella afirmación era innegable, y más cuando los agentes de la ley estaban arrinconados por el villano.
—¿Estás seguro de eso, Marko?
Al principio, Cain creyó que algún idiota temerario estaba dispuesto a plantarle cara, sin embargo, el hombre que apareció ante él no fue otro que Remy Lebeau, el célebre ladrón de Nueva Orleans, también conocido como Gambito.
—Por fin algo de acción—anunció con sorna Juggernaut—. Empezaba a aburrirme de jugar yo solo.
Uno de los principales defectos del villano, entre los muchos que tenía, era que no era paciente, por lo que apenas hubo visto a Gambito, se abalanzó sobre él.
Remy se preparó para recibir los golpes que Marko le lanzaría en cuestión de segundos. En cuanto llegó el primer puñetazo, se hizo a un lado, y con el segundo sucedió lo mismo. Solo le esquivaba, no pretendía golpearlo con el bastón de vibranio, de momento.
—No te alejes de mí—gruñó Marko un poco hastiado por no poder golpear a su rival. Volvió al ataque, lanzando un golpe tras otro contra Gambito, que solo se movía para esquivarlo con agilidad y precisión, algo de lo que carecía su rival—. Pequeño bribón.
Remy sonrió burlonamente. Sin que el villano tuviera tiempo de reaccionar, agarró el bastón y, de un certero golpe en el pecho, le envió a volar con un modesto estallido de energía cinética. Ya en el cielo, fue rodeado por una burbuja de energía morada que le encarceló como a un bebé.
Aurora sonrió en la cornisa de un edificio cercano. Dudaba que Marko pudiera reinsertarse en la sociedad, era un delincuente confeso y uno de los villanos más previsibles del mundo, sin embargo, no tenerlo por las calles un tiempo haría bien, y más ahora que los superhéroes estaban en sus horas más bajas.
Con todo ello en mente, Aurora levitó hasta el avión invisible estacionado en un lote baldío, a causa de la miserable intervención de los mutantes de la Hermandad. No representaban una verdadera amenaza, al estar su amado líder encerrado en los confines de una habitación aislada de todo metal, mas debían mostrarse cautelosos ante las confabulaciones de una resentida Polaris.
—Te lo advertí.
Ella examinó los controles mientras un inconsciente Juggernaut levitaba en medio de la bahía de carga. Habían utilizado el avión secundario a causa de la extensa misión de Bobby en la isla del Principado de Madripoor.
—No se trata de nuestra fallida relación, Aurora. En su mente, libra una batalla contra la mujer que le arrebató a su amado padre. No ha intentado lastimar a tu familia porque le teme, en cierto modo, a las represalias de la Reina Blanca.
—Pues no necesito de la protección de mi madre—respondió Aurora al cruzar los brazos—. Papá, en cambio…
—Sus egos no son compatibles.
—Quién sabe, puede que hayan cambiado.
—Hace demasiado tiempo que les conocemos, y sabemos que son personas de costumbre.
Aurora mordió sus labios.
—Su relación nunca fue sencilla. Ambos ocultaron enormes secretos, desde el comienzo. Vivían en una mentira, en una ilusión de felicidad, antes de mi nacimiento. La realidad les golpeó con fuerza un día. Ella no tuvo más opción que marcharse y divorciarse de él. En su mente, pensaba que hacía lo correcto. Había dado a luz a una mutante de clase Omega y sabía muy bien que tarde o temprano el Círculo Interno lo sabría.
—Entonces decidió acostarse con Namor—entonces Aurora le abofeteó con fuerza, pues el idiota emitía un sentido de carisma que la mayoría de las mujeres tendían a encontrar cautivador—. ¡Entiendo! Namor nunca ha sido de tu agrado.
—¿Cómo podría agradarme un hombre que me ofreció su cama durante nuestro primer encuentro?
Remy sonrió divertidamente.
—Esme no mintió, entonces.
—De todas mis hermanas, ella es la más sincera—asintió Aurora, al recordar el eterno resentimiento de Phoebe. Había sido ella quién le había dado a Agatha Harkness una muestra de su material genético, seguramente—. Namor nunca ha sido un buen hombre. Nada más le interesa el sexo.
—Puedo comprenderle. El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores.
—¿No es esa una de las frases de Woody Allen?
—Es un hombre sabio—sonrió Remy, antes de recibir una nueva bofetada. Aurora no estaba de humor, evidentemente. Había convivido con el Soldado de Invierno, uno de sus desdichados admiradores, lo suficiente—. Lamento ofender vuestros castos oídos, señorita Stark, pero el sexo es una parte natural de la vida.
—¿Sabes qué sucederá a continuación? Regresarás a Estados Unidos solo, Remy Lebeau. Existe un asunto que debo resolver personalmente en Londres.
—Han enviado al todopoderoso Ikaris a secuestrarme. ¿Acaso debería sentirme halagada?
Aurora no necesitaba voltear y observar el rostro del hombre que flotaba suavemente tras ella, en los cinturones de Van Hallen, porque sabía exactamente de quién se trataba y el motivo de su presencia en el mismo lugar. No les había dado resultados, y ellos no eran individuos que se distinguieran por su paciencia. Estaban acostumbrados a obtener lo que querían y en el preciso momento en que lo querían.
—Tú vendrás conmigo.
—¿Una vez más utilizando el mismo discurso? No obtendrás nada de mí, si actúas como un idiota.
No se convertiría en una cautiva, nunca. Si había ido a buscarle en nombre de los Eternos, le demostraría que había encontrado a un depredador en lugar de a una víctima.
—Necesitamos respuestas, y según nuestras fuentes de información, todos los indicios conducen a ti.
Aurora volteó sobre sí misma y admiró los hermosos ojos azules, la forma en que la luz le acariciaba el cabello castaño, y dentro de ella surgió un anhelo tan grande que tuvo que apartar la vista.
—Habría contestado desde un comienzo si me lo hubieses solicitado amablemente. Pero, en este momento, debes marcharte. Él se acerca a esta dimensión y te matará, sin dudarlo, de encontrarte aquí conmigo.
Aurora le sostuvo el brazo desnudo, de un momento a otro, y una descarga eléctrica y brutal surgió en sus ojos.
—¿A qué te refieres?
—En nuestro mundo, entre los divergentes, también existen diferencias, destinos opuestos, ambiciones y artes oscuras. El bien, el mal, un principio y un final. Hay seres que, como en la realidad convencional, intentan dominar el tiempo y el espacio. La gente sin dones suele intentar destruir a los que tienen cualidades especiales; les arrinconan porque no son como ellos y les tienen miedo. Si me viesen tal y como soy, si hablase de todo lo que sé, estaría ingresada en un psiquiátrico y en otro tiempo me habrían condenado en los Juicios de Salem. Este ya no es el mundo que conocisteis, ha evolucionado, como todo lo demás. Os recomiendo no actuar como idiotas porque existen miles de individuos tan dotados como vosotros. Un remanente de vuestros amados creadores, claro está.
—Sabes demasiado, Aurora Stark.
Ella examinó su rostro atractivo, de bastante cerca. Tenía los pómulos marcados y ondulado cabello castaño, que contrastaba con la camiseta de color blanco alrededor de su torso. Evidentemente, sentía una extraña atracción hacia él, un sentimiento que nunca antes había experimentado y que no podía ni quería controlar.
—He visto lo suficiente—respondió Aurora al voltear sobre sus talones. Jamás había leído a nadie de un modo tan abierto, tan intencionado. Hizo que se ruborizara y que se sintiera un tanto atrapada, como si una reluciente jaula de plata cayera sobre ella. Él había salido de sus sueños y ella conocía su rostro, su voz, su olor—. No me asustas.
Ikaris estaba allí para encontrar respuestas a preguntas que acosaban a todos los Eternos. Pero se había topado con una belleza deslumbrante, y eso le había cautivado. No debería maravillarse, pero así era. No debería sorprenderse, pero así era.
—Eres valiente, entonces.
—Tú no tienes idea—declaró Aurora al echarle un vistazo al horizonte cósmico, donde una fractura dimensional ensombrecía las estrellas más cercanas, mientras ambos se involucraban en algo en lo que no solo corrían el peligro de sufrir magulladuras y arañazos—. Él se acerca, vete de una vez, Ikaris.
Más allá de la horrible fractura dimensional, el sol no brillaba más que una estrella diminuta, pero los seres que allí moraban no necesitaban luz. Tenían otros sentidos más sutiles y se revolcaban en el cosmos negro fuera del tiempo y el espacio, del que eran originarios. Sólo aportaba horror, porque conocía con absoluta certidumbre la analogía monstruosa y nefasta que le había originado.
Aurora, de forma instintiva, le echó un vistazo a Ikaris antes de trasladarles a la superficie lunar, donde observaron cómo emanaba de la fractura dimensional una entidad terrible e increíble, como si la niebla se hubiera diluido, e inconmensurablemente más horrenda y detestable. No podía ser descrita: no existían palabras para describir semejantes abismos de estridente e inmemorial locura, ni semejantes contradicciones pavorosas de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmico. Era la cosa de los ídolos, el engendro verde y pegajoso llegado de las estrellas que había despertado para devorar lo que consideraba suyo. Las estrellas estaban en la posición correcta otra vez, y lo que un culto antiguo no había logrado por voluntad propia, la muerte de la Hechicera Suprema lo había hecho por accidente. Después de incontables años, estaba suelto una vez más, y deliraba de placer.
—Shuma-Gorath.
Aurora le echó un vistazo antes de sostener suavemente su mano.
—Debes irte, ese no es un Desviante.
Se trataba de una horrible raza más antigua de entidades demoníacas parecidas a pólipos que habían llegado a través del espacio desde universos inconmensurablemente lejanos, y que habían dominado un sinnúmero de mundos hacía unos millones de años. Eran sólo parcialmente materiales, y su tipo de conciencia y sus medios de percepción diferían mucho de los que tenían los organismos terrestres. Sin embargo, eran lo bastante concretos como para utilizar objetos de materia normal cuando estaban en regiones cósmicas que les contenían, y requerían alojamientos, pero de un tipo peculiar. Aunque sus sentidos podían penetrar todas las barreras materiales, no ocurría lo mismo con su sustancia, y ciertas formas de energía podían destruirles por completo.
—Nunca he abandonado a nadie.
Aurora inclinó la cabeza de inmediato. Su cabello castaño, rizado naturalmente alrededor de su rostro, retornaba a su tonalidad original, de un blanco lustroso similar al cabello rubio de su madre, Emma Frost.
—Entonces eres un tonto.
Aurora flexionó los dedos hacia el horizonte cósmico y cubrió fácilmente la superficie lunar con un domo de energía morada cuando el demonio lanzó en su dirección un rayo de muerte, más hediondo que las profundidades del reino de Mefistófeles. Entonces alzó ambos brazos sobre su cabeza, sus manos emanando una inverosímil cantidad de energía morada que rodeó completamente la horrible forma de Shuma-Gorath y le confinó una vez más a la Dimensión del Caos.
Ikaris le envió una mirada de asombro antes de aterrizar en las calles de Londres, enfrente de la hermosa residencia de South Kensington.
—¿No estás herido?
Aurora ahuecó su rostro con ambas manos y examinó cada centímetro con la mirada frenética. Shuma-Gorath era un demonio terrible e Ikaris no debía de haber estado con ella y mucho menos haber escogido quedarse. Podrían haberle lastimado de una manera absolutamente malvada, aún más terrible que todas las torturas al alcance de Pesadilla. Sin embargo, él le detuvo de un momento a otro y se adueñó de su boca con besos capaces de llegar al alma. Sus manos le recorrieron febrilmente, despertando nuevas sensaciones sin ninguna delicadeza. Presa del deseo, le rodeó con los brazos, excitada por la aceleración de su pulso, por la avalancha de sus propias necesidades. Descubrió que tenía mucho de ellas y que podía invocarlas sin problemas, igual que podía cambiar la realidad e influenciar libremente a Shuma-Gorath.
Tantas sensaciones le inundaban que no sabía a qué estímulo debía prestar más atención: los besos estallándole en el cerebro, el cuerpo firme presionado contra el suyo e incendiando todo de la cintura para abajo, o el ligero toque de los dedos bajo su camiseta.
Aurora le rodeó con ambos brazos y le arrastró consigo a su cama, en la hermosa residencia de South Kensington. Y allí, tendida sobre la suave colcha, descubrió que resultaba una maravilla sentir su peso y su cuerpo apretado contra el de ella, sentir que el suyo se rendía. Sus fuertes y firmes manos le moldearon como si fuera de arcilla, hasta que le ardió la sangre bajo la piel.
Aurora gimió por él, se movió por él, y su necesidad y su entrega combinadas corrieron por sus venas como un reguero de pólvora. Era como bañarse en tibio y líquido oro, como ducharse con joyas fundidas. Cada centímetro de su cuerpo resplandecía, brillaba, centelleaba, refulgía.
Entonces le llevó más alto, hasta donde el aire escaseaba y el mundo daba vueltas. Y cuando hasta el aire se hizo añicos a su alrededor, analizó el rostro de su amante con los brazos aún temblando e imaginó que su cuerpo desprendía luz: una pálida luz rosada y dorada. Cálida, suave y preciosa, mientras Ikaris le observaba a su vez tendido encima de ella, de modo que imaginó que la luz lo atravesaba también a él y teñía la habitación.
Ella le acarició los brazos bien tonificados y le besó en los labios antes de recostarse sobre su torso desnudo, con las piernas entrelazadas y la cabeza apoyada en su hombro, como si aquel fuera su sitio natural. Entonces cerró los ojos y se acurrucó confiadamente mientras él se dedicaba a acariciarle la cintura con ambas manos. Y así, sin preocupaciones de ninguna clase ni cuestionamientos sobre las consecuencias futuras, finalmente se durmió.
Antes de continuar, me gustaría aclarar que, al menos de momento, no continuaré con esta historia. Esto no significa que le abandonaré definitivamente, porque lo cierto es que amo escribir sobre esta extraña e inusual pareja, solamente me he dado cuenta de que hasta que se libere el trailer de los Eternos, al menos, no tengo una forma de conocer fehacientemente el trasfondo de Ikaris. En el pasado, continué con la historia más allá de este capítulo, pero decidí borrar de momento tal continuación y someter a revisión los capítulos anteriores.
Lamento sinceramente el inconveniente y el perjuicio que esta decisión pueda llegar a causarle a mis lectores, que no son muchos, pero que con cada comentario alegran mi día un poco más.
De momento, solo de momento, me despido. Un abrazo a todo s.
