Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
SUNSET
Capítulo 6:
Be a Warrior
Aurora le acarició el torso desnudo mientras escuchaba su extraño corazón, latiendo más lentamente de lo usual en su cavidad torácica. En sus brazos, tan entrelazados como enredaderas de la selva amazónica, se sentía como una verdadera diosa y se preguntaba si no haber practicado sexo durante toda su vida había hecho que poseyera un apetito voraz. Aunque, en cualquier caso, se consideraba bien saciada.
Ella se sentía bien, a gusto, por extraño que pareciera al tener en cuenta que un hombre hacía unos meses desconocido se había convertido en su primer amante. Había sido suficiente para llenarle, para hacerle sentir saciada, más feliz de lo que había sido jamás. Pues había en él algo intangible, extraño, algo que no alcanzaba a comprender, y era esa magia lo que más le desconcertaba. Cada vez que recordaba su rostro, el brillo de sus ojos, su torso desnudo, le veía lleno de una sensibilidad desconocida. A su lado, y sólo había pasado junto a él unas pocas horas, se sentía en paz. Todo cambiaba.
Una miríada de pensamientos se agolpaba en su cabeza. Una miríada de sentimientos anegaba su corazón. Quiso hablar, decirle algo, cualquier cosa que explicara cómo se sentía en ese instante, pero tenía el corazón atragantado y no podía articular palabra. Sabía que aquello era mucho más que el simple amor entre un hombre y una mujer y que, precisamente por eso, no tenía palabras para describirlo.
Aurora le acarició suavemente al recordar el mito de los Eternos, una historia que había pasado de generación a generación, en canción y en relato, hasta que las brumas del tiempo le convirtieron en mito y leyenda. Pero algunos le dieron por cierta, porque las leyendas traían consuelo. Ellos entendían la guerra y la muerte, la sangre y el combate, aún siendo creaciones de los Celestiales.
—Tu corazón late más lentamente de lo normal—declaró Aurora al levantarse y estrecharle a través de sus rodillas. Él, sentado en la cama con ella, no hablaba, nada más le acariciaba la cintura con las manos y se detenía en el hueso de su cadera—. Necesito enseñarte una cosa, Ikaris.
—Más tarde, tal vez.
Aurora entonces le recibió en sus brazos una vez más.
Aurora María, recostada cómodamente sobre la cama revuelta y vestida nada más con una enorme camiseta de color blanco, observó cómo los hermosos músculos de Ikaris se flexionaban y contraían durante el proceso de colocarse la camiseta en el borde de la cama. Era una figura tan fuerte, bella y heroica que, incluso sin conocer su verdadera identidad, todos debían de darse cuenta que debía de tener sangre de dioses en las venas. Su rostro era un conjunto de líneas marcadas y ángulos que daban la impresión de haber sido esculpidos por la luz y la sombra. Le dotaban de una belleza de rasgos clásicos y al mismo tiempo única en su especie. Su cabello castaño absorbía la luz y era mucho más suave que una nube. Aurora lo sabía bien, pues había entrelazado sus dedos en aquellos rizos tan sedosos mientras él le besaba el cuello como si el mundo fuese a terminar.
Aurora comenzó a sentirse plenamente consciente de su cuerpo, de su postura, de cada uno de sus movimientos. Era como si estuviese flotando, pero no, estaba recostada a su lado, rodeada de paredes y con los ojos de Ikaris clavados en los suyos. En ellos veía ardor y propósito. Y después no veía sino un deseo salvaje y primitivo, tan intenso que temía que le hiciese añicos con su empuje.
Todo su cuerpo se había vuelto hipersensible. Su piel, los latidos de su corazón. Se estremecía por completo. El vello de los brazos y de la nuca se le erizaba como si estuviera en medio de una tormenta eléctrica. Lo que percibía era el poder de Ikaris, naturalmente, y lo percibía en toda su intensidad por culpa de la creciente necesidad que latía entre ambos.
—No me mires de esa forma, necesito enseñarte una cosa.
Ikaris alzó una ceja.
—¿Cómo estaba mirándote?
—Tú sabes cómo.
Aurora saltó de la cama, le sostuvo una mano y le guió rápidamente hacia su laboratorio, ubicado en el ático de la enorme mansión de South Kensington. Entonces tomó asiento enfrente de la inmensa pantalla holográfica y manipuló los controles con sus ágiles dedos para enseñarle el archivo de los Eternos en la base de datos de SWORD.
—Para tener miles de años, todos son realmente terribles ocultando un secreto—declaró Aurora al enviarle una mirada a un contrariado Ikaris. Ellos sabían de la familia de Phastos, de la carrera en Bollywood de Kingo, de las andanzas de Thena y de la relación de Sersi con Dane Whitman. De hecho, la mayor parte de las fotografías retrataban a la pareja durante sus paseos en Hyde Park—. Ellos conocen su historia, como también lo hacen los hechiceros de todo el mundo, porque ha sido escrita desde los tiempos de Babilonia.
Aurora cruzó los brazos y observó distraídamente sus muslos mientras Ikaris examinaba la enorme cantidad de información. A excepción de la camiseta y de la delicada prenda de ropa interior que abrazaba sus caderas, ella se encontraba absolutamente expuesta, pero no sentía la imperiosa necesidad de cubrirse. Él había hecho muchísimo más que verle desnuda y no creía necesario ocultarse. De hecho, él no vestía más que su camiseta y su ropa interior, y no se mostraba incómodo con la situación.
—¿Cómo encontraste todo esto?
—Desde hace mucho he sabido que Nick Fury no es realmente Nick Fury, que le reemplazó uno de sus amigos cambiaformas, pero hasta este momento no había sentido la necesidad de echarle un vistazo a sus planes no tan secretos. Ellos le temen al futuro y están interesados en reclutarme, como también deseaban hacerlo en los comienzos de la Iniciativa Vengadores—sostuvo Aurora María al echarle un vistazo a su fotografía en el archivo de SWORD, tan asombroso como aterrador si se tenía en cuenta que le consideraban muchísimo más poderosa que Carol Danvers—. No es tan malo como crees. Ellos tienen información, pero no planean utilizarle, al menos no en este momento. Y en cuanto a los Vengadores, te aseguro que no tienen idea de la existencia de los Eternos. Pero, aún así, te aconsejo que no seas tan descuidado. Este mundo no es como Babilonia, donde les adoraban como dioses. De mostrarse al mundo tal como son, mandarán a arrestarles o a algo muchísimo peor.
Ikaris retrocedió en su silla y le envió un vistazo.
—Tú entraste en mi mente y lo viste todo.
—No es nada sencillo mantenerse fuera de la mente de alguien, y más en mi caso, cuando resulta tan natural como respirar. Nunca he podido acallar todas esas voces del todo. Nunca. Y en tu caso, es muchísimo más sencillo oír tus pensamientos, porque las personas son más fáciles de leer cuando están heridas.
—No me han herido.
—Sersi. No olvides a Sersi.
Aurora deslizó sus dedos a través de los controles, extrajo del servidor un disco delgado y le depositó en manos de Ikaris. No sabía si se trataba de racionalidad o intuición, si tenía o no que ver con el sexo candente, lo único que en realidad sabía era que no deseaba verle triste.
—¿Qué es esto?
—Toda la información sobre los Eternos contenida en la base de datos de SWORD. Eliminé el archivo y esa es la única copia de respaldo. Tu amigo Phastos seguramente sabrá qué hacer con ella—declaró Aurora al levantarse de su cómodo asiento y enfrentarle con nada más que una camiseta de gran tamaño. Pero al notar su reflejo en un espejo, su cabello revuelto y la serie de marcas en su cuello, olvidó toda seriedad y comenzó a sentirse extrañamente exitada una vez más. Ese hombre, ese maldito hombre, le había adorado como a una diosa y, de hecho, inspirada en el momento ella le había hecho el Kamasutra enterito y sin respiro—. Sólo iré a buscar tus pantalones.
Aurora se esfumó del laboratorio con la intención de enfriar su lívido recién descubierto, mas Ikaris le detuvo en medio del corredor con sus fuertes manos cuando le sostuvo posesivamente el vientre y le acarició los senos con la mano restante.
—Aún deseo hacerte muchas cosas.
Ella le echó un vistazo sobre su hombro y le besó mientras le acariciaba el vientre con los dedos. Era un experto besando, y ella simplemente se dejó arrastrar por el placer. De hecho, su piel, que ya estaba sensible debido a su proximidad, parecía haberse convertido en un instrumento de tortura, porque la expectación del contacto resultaba insoportable.
Aurora envolvió sus piernas alrededor de Ikaris cuando le desnudó de un solo movimiento y le llevó en sus brazos hacia la habitación.
—Como te odio.
Entonces él le besó el cuello maliciosamente, mientras Aurora le arrebataba la camiseta una vez más.
—No es cierto, me adoras.
La habitación estaba en silencio y prácticamente a oscuras. La única claridad provenía de una lucecita en el comunicador de Ikaris, que había sido desechado durante una de las tantas sesiones de sexo y que recibía sin descanso llamadas de Ajak. Brindaba una claridad mínima, suficiente para proporcionar cierta orientación y no sumir la habitación en una oscuridad total.
—Ellos están buscándote—declaró Aurora María, recostada cómodamente en los brazos de Ikaris—. Deberías contestar.
—Ajak me conoce bien.
—Ella piensa que utilicé mis habilidades mentales para lavarte el cerebro y, en este preciso momento, tu amiga Makkari está recorriendo Londres.
—¿Escuchas los pensamientos de Ajak?
—¿Sabes una cosa? A diferencia de telépatas como mi madre, no existen barreras capaces de mantenerme fuera de la mente de todos en este mundo. Es un don, un terrible don.
Aurora rodó sobre su costado y entrelazó los dedos sobre su vientre desnudo mientras Ikaris le echaba un vistazo. A pesar de su desnudez, de la sábana cubriendo la zona de sus caderas nada más, ella se sentía extremadamente cómoda con la situación.
—¿Escuchas a todos en este mundo?
—Normalmente, las habilidades de un mutante se manifiestan durante la adolescencia, durante un momento de tensión emocional. Pero en mi caso, les he tenido desde que era un bebé. Nunca fue sencillo controlarles, muchos intentaron enseñarme a hacerlo durante toda mi vida, pero la verdad es que nunca he logrado hacerlo del todo—entonces Aurora examinó un zarcillo de energía morada que danzaba entre sus dedos—. Sé que tu familia te necesita en este momento. Contéstales, Ikaris.
Ella entrelazó las manos sobre su vientre mientras él saltaba de la cama y recogía del suelo su comunicador. De inmediato, la matriarca de los Eternos comenzó a bombardearle con una tanda de cuestionamientos sobre lo sucedido, e Ikaris, tan desnudo como ella, le echó un vistazo a la cama revuelta antes de resolver la situación mediante una serie de respuestas ambiguas, pues resultaba evidente que no podía revelarle a Ajak que, en lugar de reunir la información que le habían enviado a buscar, llevaba toda una semana acostándose con Aurora Stark.
Ella observó los cristales del techo y las lucecitas de los faroles ubicados en la calle, el contorno de los muebles durante la noche y la hermosa figura de su amante mientras colgaba la llamada.
—Aurora...
—No necesitas decir nada, lo entiendo. Realmente lo entiendo. Ellos son tu familia, les has conocido durante más de siete mil años y no deberías comenzar a sacrificarles en nombre de una mujer que acabas de conocer. Ve con ellos, sólo ve con ellos, y no mires atrás.
Abundaban los átomos de hidrógeno en todas partes, si bien la energía circundante les había despojado de todo: habían perdido sus electrones y solo pervivían los núcleos desnudos, pues la inmensa presión y el peso que la estrella ejercía sobre su propio centro hacía que esos núcleos estuvieran apretadísimos y no tuvieran espacio ni libertad para moverse, viéndose obligados a fundirse unos con otros para formar núcleos de mayor tamaño.
Una reacción semejante no podía producirse de manera natural en la Tierra, ni en su superficie ni en su interior. Era un planeta demasiado pequeño y no lo suficientemente denso, por lo que su gravedad no era capaz de hacer que el núcleo alcanzara las temperaturas y presiones necesarias para desencadenar tal reacción. Esa era, por definición, la principal diferencia entre una estrella y un planeta. Ambos eran objetos cósmicos aproximadamente esféricos, pero los planetas eran, en términos generales, cuerpos pequeños con núcleos rocosos que en ocasiones estaban rodeados de gases. Las estrellas, en cambio, podían considerarse como unas inmensas centrales de fusión termonuclear. Su energía gravitatoria era tal que por su misma naturaleza estaban obligadas a forjar materia en su interior, y de hecho, todos los átomos necesarios para la vida, los átomos mismos que componían a los seres humanos, habían sido forjados en lo más profundo de una estrella.
La fusión nuclear emitía una cantidad tremenda de luz y partículas que hacían que todo lo que les rodeaba se transformara en un reluciente caldo de núcleos y electrones que se denominaba plasma. Ese estallido de luz, calor y energía era lo que hacía que las estrellas brillaran, pues no eran enormes bolas de fuego: el fuego necesitaba oxígeno, y aunque la enana amarilla generaba un poco, en el espacio exterior no existía oxígeno en cantidades suficientes para alimentar una llama. Por ello su sol, al igual que el resto de estrellas en el firmamento, no era más que una reluciente bola de plasma, una tórrida mezcla de electrones, de átomos despojados de algunos de sus electrones y de átomos que únicamente conservaban su núcleo. Y mientras existiera un número suficiente de esos minúsculos núcleos comprimidos en el centro, su gravedad y la energía resultante de la fusión se mantendrían equilibradas.
Sin embargo, la enana amarilla no se mantendría en ese estado eternamente: el núcleo agotaría algún día su combustible atómico, y entonces cesaría el impulso hacia el exterior, que se encontraba en competencia con la gravedad. Entonces se impondría a esta última, que desencadenaría la secuencia final de la vida: la estrella se encogería y ganaría densidad hasta desatarse una nueva reacción de fusión nuclear, pero en tal ocasión alejada del núcleo, más cerca de la superficie. Aquella renacida reacción no equilibraría la gravedad, sino que la superaría, y la superficie de la estrella se vería impelida hacia el exterior, con lo que crecería. Un arrebato de energía anunciaría, por último, la muerte de una enana amarilla, y esparciría todos los átomos que había forjado a lo largo de su existencia mientras creaba finalmente otros, los más pesados de todos. Con el tiempo, esos átomos se combinarían con los restos de otras estrellas moribundas para formar inmensas nubes de polvo que plantarían las semillas de nuevos mundos en un lejano futuro.
Aurora entonces desvió la mirada y notó los ocho puntos brillantes que se movían frente a un fondo aparentemente fijo. Tales puntos eran planetas, esferas rellenas de materia que eran demasiado pequeñas para soñar siquiera que un día se convertirían en una estrella. Cuatro de ellos, los más cercanos a la enana amarilla, parecían diminutos mundos rocosos. Los cuatro más alejados estaban formados principalmente de gas. Seguían siendo minúsculos comparados con la estrella, pero eran gigantes respecto a la Tierra, el mayor de los cuatro pequeños mundos rocosos.
Aurora avanzó hacia el horizonte cósmico y dejó atrás la superficie de los cuatro mundos rocosos más cercanos a la estrella, que desde lejos no era más que un punto brillante algo más pequeño que una moneda de un céntimo sostenida en alto, y se aventuró alrededor de una multitud de rocas, restos de los días lejanos en los que se formó el sistema solar. La mayoría eran asteroides amorfos que, en su conjunto, formaban lo que los astrónomos denominaban el cinturón de asteroides, un enorme anillo de rocas que rodeaba a la enana amarilla y que separaba los cuatro pequeños planetas terrestres de un mundo de gigantes. Las rocas estaban bastante separadas entre sí, y mientras volaba a través del cinturón, se dio cuenta de que era muy poco probable que chocara contra una de ellas.
Aurora entonces voló junto a los gigantes gaseosos, todos ellos planetas enormes con unos núcleos rocosos relativamente diminutos ocultos en la profundidad de unas atmósferas enormes y tumultuosas. Todos esos mundos habían sido dotados de un magnífico sistema de anillos, si bien el anillo de Saturno les superaba con creces, en tamaño y belleza.
Sin embargo, todos los planetas, asteroides y cometas de su sistema solar se extendían sobre un disco más o menos plano en cuyo centro brillaba una estrella, una reserva de billones y billones de cometas eventuales formando una colosal nube esférica que parecía ocupar todo el espacio que separaba a la enana amarilla del reino de otras estrellas. Tal reserva se llamaba la nube de Oort.
Aurora entonces atravesó decenas de millones de estrellas a la velocidad de la mente. Algunas eran mucho más grandes que una enana amarilla y estaban condenadas a una vida todavía más corta, mientras que otras eran minúsculas y estaban en condiciones de seguir brillando durante un tiempo que escapaba a la imaginación humana. También voló a través de guarderías estelares, nubes de polvo hechas de los restos de cientos de estrellas que habían estallado, y de cementerios estelares, que esperaban el momento de fusionarse y convertirse en guarderías estelares.
Entonces dio con otro anillo rotatorio muy colorido. Estaba hecho de gas, de miles de millones de rocas, e impedía que las estrellas se perdieran en un océano de oscuridad, y no era más que un agujero negro supermasivo.
Aurora permanecía indiferente en el horizonte de sucesos, mientras de la superficie de una estrella enorme se desprendían pedazos del tamaño de un planeta. Cruzó el anillo de materia calentada y se acercó a la estrella moribunda, que estallaba formando un chorro llameante de plasma incandescente que descendía en espiral. Lo que quedaba de la indefensa estrella se transformaba en unos chorros extraordinariamente calientes, hechos de lo que resultaba ser materia transformada en energía pura.
Aurora entonces extendió la mano, y el señor de la materia se detuvo como un sirviente sumiso. Tenía una masa del orden de millones o decenas de miles de millones de masas solares, pero ni así era un rival digno de su poder. Había trascendido todos los límites de la física. Estaba encima de ellos, al tratarse de una fuerza cósmica inmortal e inmutable, y ni el monstruo invisible más masivo del universo representaba una amenaza.
Ella notó entonces que, vista desde arriba, la nube blanquecina que se vislumbraba desde la Tierra no parecía en absoluto una nube, sino más bien un disco grueso hecho de gas, polvo y estrellas. Justo bajo sus pies, y ocupando una extensión tan inmensa que la luz tardaría decenas de miles de años en atravesarla, se repartían trescientos mil millones de estrellas, agrupadas por la gravedad, girando alrededor de un centro brillante.
Recorrió con la mirada el horizonte cósmico, mientras le pasaba por la mente un sentimiento extraordinariamente poderoso. Lo veía todo: decenas, cientos, miles, millones, cientos de millones de galaxias. Estaban por todas partes, formando grupos de tamaños diversos, y se aglomeraban en estructuras con aspecto de filamento que resquebrajaban todo el universo visible.
Mientras contemplaba la idea de no regresar jamás a su vida cotidiana, se apoderó de ella un extraño sentimiento que inyectó una energía renovada en su mente: en cierto modo, todo lo que veía y todo lo que estaba atravesando era el universo que la humanidad entendía. En cierto modo, estaba viajando por el universo tal y como lo imaginaban las mentes humanas.
—¿Lo has entendido?
Aurora notó los mechones de cabello blanco en su rostro, tan lustrosos como los adorables rizos de Ikaris. Entonces, pudores y vergüenzas heredados se vieron obligados a encontrar una salida; una animalidad que se enfrentaba a sí misma desbordando y rompiendo todos los discursos ancestrales para regresar a la nitidez del ser primario. Por un lado, el virtuosismo virginal recatado y, por otro, el instinto en su estado más puro; una falda levantada al descuido y el descarnado deseo emergiendo entre las sombras de un dedo.
—He nacido del fuego, de la pasión. Soy la chispa que creó el universo y la llamarada que le consumirá.
Aurora María abrazó sus rodillas al observar las titilantes lucecitas en el océano de estrellas, como si la isla fuese un cometa libre de ir y venir con el viento cósmico. Sus arenas eran blancas, como si incontables trocitos de diamante hubiesen sido colocados al lado de la hermosa orilla del mar, y sus ondulantes montañas, sombreadas del color de las flores silvestres, coronaban la asombrosa visión de Themyscira, un increíble mundo deseoso de satisfacer eternamente a sus habitantes. Por eso estaba poblado de secuoyas en algunas partes y de gomeros en otras; por eso una amazona podía pasar la tarde surcando los campos de hierba a lomos de un caballo y la noche encima de un camello, escalando las dunas de arena. Todo formaba parte de la vida que las amazonas habían llevado antes de llegar a la isla, pequeños paisajes del corazón de todas ellas.
Aurora entonces alzó la mirada y se vio reflejada en el espejo de su habitación. Una chica con el cabello blanco y la armadura de una amazona, los ojos azules llenos de melancolía, los dientes mordiendo el labio inferior, como un actor que retorcía las manos en la escena culminante de una tragedia.
—¿Ese hombre te hizo daño?
Aurora le echó un vistazo a su nueva armadura, un atuendo reforzado en el torso con metal coloreado de morado y una corta falda de cuero azul. En un mundo libre de hombres, las amazonas no cubrían sus figuras de manera innecesaria ni se mostraban modestas durante las sesiones de entrenamiento. De hecho, cuando hacía demasiado calor, todas se desnudaban voluntariamente y saltaban a las fuentes de agua fresca sin ninguna clase de complejo.
—No, él nunca me hizo daño. Lo correcto era marcharse con su familia, él les ha conocido durante más de siete mil años y ha enfrentado a su lado a un sinnúmero de amenazas. Una desconocida nunca debería de haberle tentado de esa forma. Nunca. Él tomó la decisión correcta al marcharse.
—¿Acaso no te utilizó con el único fin de olvidar a su anterior amante?
—No se trataba de ella, se trataba de nosotros nada más. Ambos deseábamos tener relaciones sexuales y tomamos la decisión como dos adultos. Pero todo fue tan extraño, Hipólita. No sabes cuánto deseaba acostarme con él.
Ella se sentía bien, a gusto, por extraño que pareciera al tener en cuenta que un hombre hacía unos meses desconocido se había convertido en su amante. Había sido suficiente para llenarle, para hacerle sentir saciada, más feliz de lo que había sido jamás. Ella no había ni recordado su identidad al retozar desnuda en los brazos de Ikaris.
—¿Qué sucede entonces? No eres la misma.
—No lo sé, nunca me había sentido de esta forma.
—Tú conoces los sentimientos mejor que nadie, Aurora. ¿Es lo que sientes una chispa, una atracción, un poco de deseo o de excitación? ¿O es amor, del que perdura, resiste, se abre?
Había en él algo intangible, extraño, algo que no alcanzaba a comprender. Y esa magia era lo que más le desconcertaba. Cada vez que recordaba su rostro, el brillo de sus ojos, su torso desnudo, le veía lleno de una sensibilidad desconocida. A su lado, y sólo había pasado junto a él una ínfima parte de su vida, se sentía a gusto, en paz. Todo cambiaba.
—Quisiera que fuera lo primero. Sería mucho más fácil para ambos.
—¿Con tan poco te conformarías?
—Aceptar más de lo que jamás esperé no es conformarse.
Sería suficiente; lo que hiciera, fuese lo que fuese, sería suficiente. Lo creía. Y aceptaba que si se equivocaba y no bastaba con ello, había conocido la verdadera profundidad de un sentimiento hasta entonces desconocido.
—El problema es que siempre se corre el riesgo de enamorarse de un amante—señaló Hipólita con la mirada en el horizonte cósmico—. Ten cuidado. Solo tú puedes saber si para ti es suficiente.
—Creo que el amor y el sexo no son la misma cosa—argumentó Aurora, justo antes de abrazar a la hermosa reina. Una miríada de pensamientos se agolpaban en su cabeza. Una miríada de sentimientos anegaban su corazón. Quiso hablar, decirle algo, cualquier cosa que explicara cómo se sentía en ese instante, pero tenía el corazón atragantado y no podía articular palabra. Sabía que aquello era mucho más que el simple amor entre un hombre y una mujer y que, precisamente por eso, no tenía experiencia suficiente para describirlo—. Aunque, si te digo la verdad, nunca me había parado a pensar en cómo sería cuando un hombre se enamorara de mí.
Aurora mordió su labio inferior al recordar el mito de los Eternos. La historia había pasado de generación a generación, en canción y en relato, hasta que las brumas del tiempo le convirtieron en mito y leyenda. Pero algunos le dieron por cierta, porque las leyendas traían consuelo. Ellos entendían la guerra y la muerte, la sangre y el combate, aún siendo individuos cósmicos.
—Tú has vivido aventuras en océanos de oscuridad, explorado mundos de locura y enfrentado a demonios interdimensionales. Has llevado la vida de una guerrera batalla tras batalla tras batalla. En esta vida, solamente sé una cosa sin duda: no hay hombre digno de ti.
—Aurora la Inconmovible.
Ella nunca había imaginado que, algún día, su imagen sería inmortalizada en el Salón de las Amazonas, así como en el Salón de los Hechiceros, como antes de ella había sido honrada Diana. Sus hermanas eran guerreras endurecidas en mil batallas, forjadas con acero a base de sufrimiento, y perfeccionadas para alcanzar la grandeza cuando habían pasado de la vida a la inmortalidad. Todas ellas se habían ganado un lugar en Themyscira. Todas menos Aurora, nacida de seres mortales fuera de la isla, creada a partir de la energía cósmica y de la improbabilidad. Ella no era como el resto de amazonas y nunca lo sería.
Aún así, Hipólita le había dado el Lazo de la Verdad, como recordatorio del valor de la vida que le había sido dada, la última vez que se había encontrado en Themyscira como una niña. Era uno de los artefactos más sagrados en la mitología de sus hermanas, el símbolo de su más valiente guerrera. Pero para ella había sido el objeto que le conectaba con un mundo desconocido, aunque fuera mediante algo tan escabroso como el lazo de Diana.
—En un mundo de hombres ordinarios, tú eres una mujer maravilla.
Aurora se despojó de cualquier pensamiento y se obligó a concentrarse en la situación, mientras Menalippe caminaba a su alrededor. Sus joyas centelleaban en su magnífica corona de rizos y los brazaletes de plata brillaban en sus brazos morenos. Ella era una de las consejeras más cercanas de Antíope, y se comportaba como si su atuendo de color añil, ceñido por un cinturón, fuera una armadura pensada para la batalla.
—¿Acaso no lo recuerdas, Antíope? Entrénala con más rigor que a ninguna otra amazona. Diez veces más, cien veces más. Hasta que incluso sea mejor que Diana.
Aurora María situó ambas manos en sus caderas, causando que los brazales en sus antebrazos centellearan como dos estrellas ante la ruidosa multitud que se había congregado para presenciar las pruebas de lucha libre y lanzamiento de jabalina que marcaban el inicio de los Juegos Nemesianos. Sin embargo, el acontecimiento más esperado era la carrera de fondo, y las gradas hervían con la noticia de que Aurora la Inconmovible había regresado para admirar la competición.
—De haber estado entre las atletas, habrías obtenido la victoria sin duda.
Como marcaba la tradición, la reina había descendido desde la plataforma de honor para desear suerte a las atletas en sus esfuerzos, compartiendo una broma con algunas y ofreciendo una palabra de aliento a otras, sin mostrar ningún favoritismo especial.
—No necesito demostrarle nada a nadie.
—Antes deseabas tanto alcanzar la victoria, llevar ceñida en la frente una corona de laureles bañada en oro. De hecho, entrenabas sin descanso en la costa norte, con la manada invisible y los brazales de sumisión.
Antaño, ella se habría encontrado entre las corredoras alineadas, que ya pateaban el suelo con los pies y cantaban a la espera de que empezaran los juegos. Todas llevaban semanas esperando la carrera, que consistía en una travesía por la isla con el objetivo de retirar una de las banderas rojas que colgaban bajo la gran bóveda de Bana-Mighdall.
—He madurado mucho desde entonces, tanto mental como físicamente.
—Cuando te marchaste aún eras una niña, tus senos no comenzaban a crecer y tus brazitos no eran tan fuertes como lo son ahora. Debías florecer, experimentar los grandes placeres de la vida, antes de regresar con nosotras—declaró Antíope al momento de comenzar el combate mano a mano entre dos amazonas bien versadas en los caminos de las Artes marciales—. ¿Tu hombre te hizo daño?
—Él no es mi hombre. No lo era entonces y no lo es ahora.
—¿Pero disfrutaste el sexo? Más allá de las relaciones sin resolver, toda mujer merece disfrutar el sexo, y más si dicha mujer se trataba de una virgen. ¿Tu hombre fue lo suficientemente bueno como para satisfacerte?
—Demasiado bueno.
—Entonces tuviste un orgasmo.
—De hecho, no sabría decirte la cantidad exacta. Le tuve en mi cama más de una semana—declaró Aurora al recordar una de las incontables escenas: Ikaris tendido sobre la cama, con ambas manos fuertemente aferradas a sus caderas, mientras ella le montaba como a un semental. Verle tan satisfecho, tan dominado, había sido el triunfo más satisfactorio de su vida—. No tuvimos sexo cada minuto. Nosotros...
—No intentes disfrazar la verdad, sé cómo funciona: la cena derivaba en sexo, la ducha derivaba en sexo y al dormir ambos en la misma cama obviamente todo derivaba en sexo. Tu hombre debía satisfacerte, y lo hizo. Pero, en todo caso, recuerda bien una cosa: los hombres son esenciales en términos de reproducción, pero completamente innecesarios a la hora de obtener placer.
Aurora mordió su labio inferior al recordar como un hombre sensual le había convertido en una masa babeante.
—Declaro abiertamente mi heterosexualidad, Antíope.
—Es obviamente tu elección, no todas las amazonas sienten atracción hacia otras amazonas. A algunas les gustan los hombres, a otras, las mujeres, y a algunas les gustan los hombres y las mujeres, pero hay algunas a las que no les gustan ni las mujeres ni los hombres.
Aurora situó ambas manos en sus caderas y le echó un vistazo a la ancha carretera que conducía a una ciudad construida con piedra dorada que parecía brillar a la luz del sol, una ciudad de cuento de hadas llena de arcos y de torres, porches abiertos rebosantes de cascadas de flores, tejados abovedados y tendales de seda sostenidos por elegantes columnas.
—Decidí no volver a verle. Ambos tenemos distintas misiones en la vida y volver a encontrarnos nada más terminaría derrumbando todo cuanto hemos construido.
—Ese hombre te encanta, realmente te encanta. De encontrarle nuevamente, temes no salir de su cama.
Antíope le sonrió cariñosamente antes de rodearle la cintura con un brazo. En la cima de la enorme edificación, vestida con una armadura de amazona tan hermosa como seductora, ella se sentía como una diosa. Él le había hecho sentirse como una diosa.
—Ha cambiado tanto.
—Es cierto, todos los hechiceros de tu mundo natal se han convertido en tristes llorones.
—Ayanna confiaba en el futuro del actual Hechicero Supremo.
—Ella erró muchas veces, Aurora. Ese hombre, tan soberbio como dices, no merecía el título de Hechicero Supremo. De haber actuado con sabiduría, ella no le habría enseñado ni esos tristes ancianos habrían ratificado tal decisión. En tu mundo, no existe hechicera más talentosa que tú. Todos, en toda realidad medianamente decente lo saben, y aún así no tuvieron la decencia de considerarte.
—Ese no es mi destino, Antíope.
—¿Qué nos ha dicho el futuro en los últimos años? Nos habló de la invasión de Mefistófeles, de las horribles intenciones de Pesadilla. De hombres lobo, de vampiros, de las brujas de Salem. Nos habló de Morgana Le Fay, del rey Arturo, del Caballero Negro inclusive. Del Libro de los Condenados, el máximo manuscrito de la oscuridad. Del Libro de los Vishanti, rebosante de encantamientos luminosos. Nos habló de ti también, de tu extraordinario talento en las artes místicas.
Aurora admiró el cielo azul y cruzó los brazos solemnemente.
—Si bien no son amenazas inmediatas, a los demonios les encanta torturar a sus víctimas antes de dar rienda suelta a sus verdaderas batallas. No está en el Libro de los Condenados el secreto de su ruina, más bien todo lo contrario. Solamente un individuo de extraordinaria fortaleza mental tiene la habilidad de estudiar los misterios del manuscrito sin sucumbir a la influencia del demonio Chthon. Un idiota como Stephen Strange se convertiría en un títere sin voluntad. No ha entendido que en este momento carece de la habilidad suficiente, que ninguna búsqueda está completa sin pruebas, sin sacrificio, sin lucha. Aún es demasiado soberbio.
—Él necesita una maestra: una hechicera sin igual, un símbolo de valor y sacrificio—entonces Aurora le echó un vistazo a la reina Hipólita—. Tú descifraste los misterios del cosmos, enfrentaste demonios en dimensiones de locura y le vedaste el mundo a las amenazas más temidas de la existencia. Nadie ha luchado tanto como tú. Nadie ha dado tanto como tú.
—Pero me equivoqué. Mefistófeles, Pesadilla, Shuma-Gorath. Ellos no olvidan. Solo conducen al derramamiento de sangre, a la guerra y a la muerte. Abrirán todas las puertas a todos los mundos. La oscuridad, los malditos y la destrucción camparán en libertad y devorarán todo cuanto puedan.
Una luz roja como la sangre y ardiente como las llamas del infierno apareció de repente en su mente. Cegada por la luz, solo contaba con el instinto y el recuerdo de sus años de gloria. Todo daba vueltas como en un demencial torbellino; la locura de la muerte y la batalla, la sangre caliente, el hedor del humo. La luz se hizo de nuevo, elevándose como el estallido de una bomba nuclear. Mundos de fuego y tormentas. Mundos de esclavos y sufrimiento. Del cielo caían llamas que calcinaban la hierba, los árboles, y abrían grietas en la tierra que se ensanchaban y arrojaban más fuego.
—Sé una guerrera, Aurora María.
