Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
Aurora María, recostada cómodamente en la residencia de South Kensington, examinaba la oscuridad con las manos en el abdomen, concentrada en cómo se expandía y se contraía con cada respiración, mientras husmeaba en la mente de Ikaris.
—¿Acaso no escuchaste nada? No debías mirar atrás, y aún así lo hiciste.
—No es tan sencillo olvidar, hay algo extraordinario en ti.
En el contexto de la hermosa visión, ella rozó su nariz y le rodeó tiernamente la cintura. Vestía el seductor atuendo de Alemania, e Ikaris la característica armadura de color azul que le identificaba como un miembro de los Eternos, y ambos se encontraban en medio de una de sus memorias en la ciudad de Babilonia.
—Ambos tenemos diferentes visiones y buscamos alcanzar distintas metas. De hecho, no nos conocemos lo suficiente y no deberíamos continuar más allá de esto. Debes entender que una relación entre nosotros nunca terminaría bien.
—Si tú lo sabes todo de mí, debería saberlo todo de ti también. Sé que eres extraordinariamente brillante, tan hermosa como valiente. Sé que eres una mutante y también una heroína. Pero no sé más.
—¿Cómo reaccionarías al enterarte que te acostaste con una persona que genéticamente es un hombre y una mujer a la vez? —declaró Aurora al marcharse de su lado, al cambiar la escena y enseñarle la moderna ciudad de Londres. Su hermano muerto antes de nacer, antes de crecer en el vientre a causa de las terribles decisiones de su madre, era uno de los secretos más grandes de su familia—. Se trata de un trastorno genético llamado quimerismo, y en mi caso es una consecuencia del síndrome del gemelo evanescente. Ocurre al comienzo del embarazo, y en la mayoría de los casos no subsisten pruebas, porque el feto sobreviviente absorbe el material genético de su hermano. Nunca se lo había dicho a nadie, y no sé exactamente la razón por la que te lo estoy diciendo, Ikaris.
Él le echó un vistazo a su alrededor antes de acercarse y sostenerle los brazos de manera confortable
—No es una visión, has entrado en mi mente.
—Tú me llamaste de forma inconsciente, como lo has hecho en tantas ocasiones. Demasiadas. Necesitas cerrar tu mente, ellos tienen la intención de volverme loca y no te lastimarán si tú no lo sabes, así como no le hicieron daño a mi padre cuando yo era una niña.
Si bien nunca había analizado las cosas de tal manera, su vida era así. Por eso le gustaba quedarse en casa, por eso le gustaban tan poco las multitudes. El mundo era un lugar devastador y siempre le arrebataba a sus seres más queridos. Ella no conocía con exactitud el momento en el cual había nacido la necesidad emocional de estar con él, solamente sabía que no podía cuestionarla ni negarla. Su cuerpo, su mente, su corazón le deseaban dolorosamente. Era capaz de sentir cualquier cosa, de ir a cualquier parte, con tal de estar con él.
—¿A quién te refieres?
—Tal vez, de haber sido todo diferente, ambos hubiésemos tenido un futuro juntos. Pero no es así, y yo en verdad no deseo verte triste. Tú eres como un sueño, un maravilloso sueño hecho realidad.
SUNSET
Capítulo 7:
A Dream Come True
El volumen encuadernado no era nada extraordinario. Antiguo y gastado como estaba, a cualquier historiador normal y corriente no le habría parecido diferente de otros cientos de manuscritos. Aurora, en cambio, determinó que había algo inusual en él desde el mismo momento en que le encontró en la biblioteca del Santuario de New York: había vestigios de dorado en los bordes del volumen, pero aquellos descoloridos restos de oro no podían explicar un tembloroso reflejo, ligero e iridiscente, que parecía estar escapando por entre las páginas.
Un hormigueo le subió por los brazos, poniéndole la piel de gallina, para luego extenderse por los hombros, haciendo que los músculos de la espalda y el cuello se le pusieran tensos. Tal impresión desapareció rápidamente, pero le dejó una sensación de deseo no realizado.
Cuando examinó la primera página, notó que el pergamino resultaba anormalmente pesado. No sólo era antiguo, había algo más en él, una combinación de moho y almizcle que no tenía ningún nombre. Y de inmediato se dio cuenta que tres hojas habían sido arrancadas cuidadosamente de la encuadernación.
Entonces dirigió su atención hacia la ilustración que seguía a las páginas que faltaban. Mostraba a una niña que flotaba en un vaso de cristal transparente. La pequeña tenía una rosa plateada en una mano y una rosa dorada en la otra. En sus pies aparecían unas alas diminutas, y gotas de líquido rojo caían sobre su largo cabello negro. Debajo de la imagen había un rótulo escrito con tinta negra de trazo grueso que indicaba que se trataba de una representación de la hija filosófica, una imagen alegórica de un paso crucial en la creación de la piedra filosofal, la sustancia química que prometía otorgar al que la poseyera salud, riqueza y sabiduría.
Los colores de la ilustración eran luminosos y estaban sorprendentemente bien conservados. Antaño, los artistas mezclaban piedra molida y gemas en sus pinturas para producir colores tan intensos, y la imagen misma había sido dibujada por alguien con verdadera destreza artística. Pero el iluminador, a pesar de todo su talento, había introducido detalles erróneos. El vaso de cristal debía señalar hacia arriba, no hacia abajo. La figura debía ser mitad negro y mitad blanco, para mostrar que era un hermafrodita. Y debería haber tenido genitales masculinos y pechos femeninos, o dos cabezas por lo menos.
La imaginería alquímica era alegórica y notoriamente compleja. Ésa era la razón por la que le estudiaba, buscando líneas que pudieran revelar un enfoque sistemático y lógico para la transformación química en los días previos a la tabla periódica de los elementos. Las imágenes de la luna eran casi siempre representaciones de la plata, por ejemplo, mientras que las del sol estaban asociadas al oro, y cuando los dos eran combinados químicamente, el proceso era representado como un eclipse. Pero con el tiempo, esas imágenes habían sido reemplazadas por palabras. Esas palabras, a su vez, se habían convertido en la gramática de la química.
Sin embargo, cada ilustración del manuscrito tenía por lo menos un defecto fundamental, y no había ningún texto que le acompañara para darle sentido a todo aquello. Dadas las circunstancias, las descripciones de cómo hacer el León Verde, o de cómo crear al Dragón Negro, o de cómo preparar una sangre mística a partir de ingredientes químicos, resultaban todavía más oscuras que de costumbre.
Aurora mordió su labio inferior y sostuvo un farolillo en alto, y a la débil luz aparecieron ligeros vestigios de escritura sobre una de las páginas. Las palabras brillaban y se movían sobre la superficie, cientos de palabras invisibles a menos que el ángulo de la luz y la perspectiva del observador fueran los correctos.
Se trataba evidentemente de un palimpsesto, un manuscrito dentro de otro manuscrito. Cuando el pergamino escaseaba, los escribas lavaban cuidadosamente la tinta de los libros antiguos y luego escribían el nuevo texto sobre las hojas en blanco. Con el tiempo, el escrito anterior a menudo reaparecía como un fantasma de texto, visible con la ayuda de la luz ultravioleta, que permitía verlo por debajo de las manchas de tinta, devolviendo la vida al texto desteñido.
Sin embargo, no existía una luz ultravioleta suficientemente poderosa como para revelar aquellos trazos. Aquél no era un palimpsesto común. El texto escrito no había sido lavado, había sido escondido con un hechizo.
—Es uno de los manuscritos de Nicolás Flamel—declaró Aurora al examinar el contenido minuciosamente—. Puedes tratar de mantener alejada la magia, pero no servirá de nada, así como no le sirvió a Robert Hooke ni a Isaac Newton. Ambos sabían que no existía nada semejante a un mundo sin magia. Hooke era brillante con su habilidad para resolver problemas científicos en tres dimensiones, para construir instrumentos y para llevar a cabo experimentos. Pero nunca desarrolló todo su potencial porque temía demasiado a los misterios de la naturaleza, y esos miedos le volvieron amargado y envidioso. Se pasó la vida mirando por encima del hombro y diseñando los experimentos de otras personas. ¿Qué sucedió a su vez con Newton? Él tenía uno de los intelectos más intrépidos. Newton no tenía miedo de lo que no podía ser visto y explicado fácilmente, él aceptaba todo. Fueron la alquimia y su creencia en fuerzas invisibles, fuerzas poderosas de crecimiento y cambio, las que le llevaron a la teoría de la gravedad.
—¿Qué es lo que contiene el manuscrito exactamente? ¿El descubrimiento de la piedra filosofal? ¿Instrucciones sobre cómo inventar el elixir de la vida?
—No exactamente, esta es una de las colaboraciones de Flamel con Newton, y Newton no tenía los medios durante sus años de aislamiento en Cambridge. Este manuscrito contiene sus ideas iniciales y se escribieron en base a tres páginas arrancadas de un verdadero manuscrito místico. La más notable amante del rey Enrique II de Francia, Diana de Poitiers, era una bruja y le arrancó tres páginas a uno de los diarios de Nicolás cuando fracasó en su intento de arrebatarle un vial del elixir de la vida eterna—reveló Aurora distraídamente—. Newton acertó en determinados aspectos del ritual de creación de la piedra filosofal, no obstante.
Una mujer de cabello blanco con un hermoso vestido tenía una rosa en una mano: era una ofrenda para su esposo, pálido y de cabello castaño, al tratarse de un símbolo de que ella era pura y digna. Él vestía ropajes de color azul y dorado y le tomaba a ella la otra mano, y de hecho también tenía una rosa, pero la suya era roja como la sangre recién derramada, una ofrenda de amor y de muerte. Detrás de la pareja, los elementos químicos y los metales estaban personificados como los invitados a la boda, moviéndose en un paisaje de árboles y colinas rocosas. Toda una colección de animales se había reunido para presenciar la ceremonia: cuervos, águilas, sapos, leones verdes, pavos reales, pelícanos, un unicornio y un lobo, uno al lado del otro en el centro, como fondo detrás de los novios, y toda la escena dentro de las alas extendidas de un ave fénix, con las plumas en llamas en los bordes y la cabeza agachada para ver lo que ocurría allí.
—¿Qué significa todo esto?
—Es el casamiento químico entre el mercurio y el azufre, un paso crucial para la fabricación de la piedra filosofal—entonces Aurora le enseñó a Stephen la ilustración del uróboros—. ¿Acaso no lo entiendes? La serpiente representa la sabiduría ancestral, el mito primigenio del mundo subterráneo. Las alas, más allá de simbolizar lo espiritual, son la sublimación de lo material. La autodestrucción o suicidio es el hecho de que el animal se devore a sí mismo, que a su vez es una metáfora del ciclo vital, donde no existen fronteras claras entre el comienzo y el final. Y ese enorme círculo, que abarca las alas, es la idea sintética de la perfección.
—Definitivamente no es una tarea sencilla, son demasiadas ilustraciones sobre ranas, leones verdes y lobos de la noche.
—No tienes elección, así es como funciona la alquimia y la mayoría de los rituales satánicos. ¿Qué me dices de esto? —declaró Aurora María al cederle un folio de documentos. Allí se veía el cuerpo de una mujer, boca abajo, en medio de un círculo de tiza, con la pierna izquierda en un ángulo imposible. Su brazo derecho estaba estirado hacia un hombre que yacía boca arriba con la cabeza hundida en un costado y un corte profundo que le abría el torso desde la garganta hasta la ingle—. No está involucrado un demonio, al menos esta vez. Se trata de un fallido intento de crear a un vampiro.
—Solamente hacía falta el Conde Drácula.
—De hecho, el primer vampiro conocido fue Varnae, un hechicero de la Atlántida. Dirigió el destino de los vampiros de la Tierra durante siglos, hasta que le cedió su lugar a Vlad Drácula.
Stephen cruzó los brazos y se dejó caer en el sillón de forma irrefutable.
—El mundo se ha convertido en un hervidero de seres sobrenaturales.
—Este mundo siempre ha sido un hervidero de vampiros, hombres lobo, demonios motociclistas, brujas lunáticas, hadas oscuras, reencarnaciones de caballeros medievales, extraterrestres, dioses nórdicos, dragones espaciales, atlanteanos, seres cósmicos y víctimas de experimentos genéticos—enunció Aurora María al saborear un enorme tazón de helado, que contenía en su interior un sabor bastante particular de Ben & Jerry's—. La única diferencia, en este momento, eres tú. No eres el mismo hombre de antes, el imbécil que una vez me insultó en la Asociación Neurológica Americana.
—¿Estás comiendo Explosión de Aurora?
—No intentes mentirme, sé que es tu sabor favorito. Todo está en tu mente, en tu confundida mente, junto con Christine.
—Pues sal de mi cabeza y no husmees en mis recuerdos otra vez.
Stephen intentó levantar en vano una barrera mental.
—No es tan sencillo como crees, las habilidades mentales siempre han corrido en mi familia, como un don irresistible. Con la instrucción adecuada y el conocimiento místico suficiente, tal vez tengas la posibilidad de mantener fuera de tu mente a un telépata novato. De momento, nada más deja que la magia siga en tu vida, no reniegues de ella o terminará volviéndose contra ti.
Al renunciar a la hechicería, ella se había convertido en una muggle, como Ayanna denominaba irónicamente a las personas que habían perdido la capacidad de presentir, de creer en la misticidad y en las otras realidades, y aquello le había cegado. Se había acomodado en la facilidad de todo hecho, en la placidez que daba la ignorancia, y de esa forma dejó de ser quién era.
Pero con la muerte de su maestra había vuelto a creer en la magia, en la misma magia que le había separado del resto del mundo, esa que le había hecho sentirse diferente a los demás y la misma que propició que todos los hechiceros del Consejo de Maestros le despreciaran, y a la que finalmente había renunciado, pues sus habilidades sobrenaturales se habían manifestado muy pronto. De niña, fácilmente había superado en poder a los magos más antiguos del mundo con su conocimiento instintivo de los hechizos, su sorprendente visión del futuro y su asombroso don para ver por debajo de la superficie de las personas y de los hechos.
—Acaba de inaugurarse un café a dos calles y realmente quisiera saborear un bollito de fresa. Y antes de que abras la boca y te revuelques en tu propia miseria, me ofrezco a pagar todo. Tú estás en la ruina, Strange.
Aurora tenía la cabeza inclinada y trataba de no pensar en nada, puesto que las migrañas aparecían y desaparecían en oscuras oleadas que le oprimían y le hacían andar más despacio o apurar la marcha, como un automóvil que tenía problemas con el carburador.
Se perdió entonces por la ciudad, sin distinguir los puntos cardinales y sin la menor idea de lo que podía encontrarse al doblar una esquina, con esa ebriedad hecha a medias de asombro desmedido y cansancio, del impacto causado por la escala de las distancias, las alturas, los puentes, las multitudes, los ríos. Avanzaba o se detenía obedeciendo las órdenes secas y alternas de los semáforos, hipnotizada por su repetición y por el ritmo de metrónomo que acababan adoptando los pasos para adaptarse a ellas.
Durante la caminata reflexiva, el aroma de la vainilla le incentivó a entrar en el local del que se desprendía: una cafetería con sofás antiguos. Desde el techo, colgaban guirnaldas naturales hechas con ramas de pino. Por las paredes rosa pastel, había fotos y cuadros de brújulas, aviones antiguos, maletas y mapas del mundo hechos en papel de pergamino. En el mostrador principal, una larga vitrina con una variedad infinita de dulces y bollitos típicos de todos los rincones del mundo, identificados por nombre y banderita de su correspondiente país: los churros madrileños como representantes de España; cannoli italianos rellenos de nata y pistachos; alfajores de dulce de leche desde Argentina; bollitos skoleboller rellenos de crema típicos de Noruega; douhua, pudin de tofu chino; o los mochis, bollitos dulces de harina de arroz típicos de Japón, entre muchísimos otros. En la carta de bebidas, tres cuartos de lo mismo: té moruno árabe, hierba mate argentina, té chai con leche y mango lassi, batido de mango con leche, o cacapote mexicano a base de cacao y maíz, entre una larga carta de tres páginas.
Ganas no le faltaban, así que se dejó asesorar por la dueña: una señora de unos cuarenta y cinco años que rebosaba la vitalidad de una adolescente. Sin parar de una mesa a otra, llevaba un delantal antiguo de color beis con un ribete de tela granate en la parte baja y trocitos de encaje en los tirantes, y el bolsillo delantero tenía un pequeño y delicado estampado de flores rojas. Aurora apostaba a que la mujer había cosido y bordado el delantal o lo había mandado a hacer a su gusto, y lo lucía con el mismo orgullo que las instagramers sus modelitos de ombligo al aire.
Al final pidió unos baklavas turcos: pequeños rollitos de hojaldre, de capas tan finas como un papel, rellenos con frutos secos y miel. Para beber, acabó pidiendo un té chai indio.
—Yo he conocido átomos tan masivos como estrellas y universos tan diminutos como átomos. He luchado con demonios en mundos de locura y les he vedado la realidad a todos ellos. Demonios. No son únicamente los moradores del infierno, los siervos de Lucifer. Deben entenderse en el término todos los espíritus malignos cuyo origen no sea nuestra indefensa dimensión de residencia.
—No necesito una lección de semántica ni de demonología.
Stephen alzó la barbilla, del mismo modo en que los grandes felinos olfateaban el aire.
—Existen amenazas más allá del alcance de las Gemas del Infinito: seres inmutables, de una eterna existencia en todo el sentido, y criaturas tan crueles como voraces, devoradoras de un millar de mundos como el nuestro. No les has sentido, aún con el título de Hechicero Supremo a cuestas, porque no es suficiente tu entrenamiento. Necesitas encontrar un modo de enfrentarles sin la necesidad de recurrir a un artefacto cósmico como la Gema del Tiempo.
—Ella tiene razón, en realidad.
Wong examinaba la carta sin levantar la mirada.
—¿Estás de su lado?
—Deberías escucharle con atención, no todos los días Aurora la Inconmovible decide trasmitir su conocimiento. Tú tienes la oportunidad de aprender algo de una de las hechiceras más aclamadas de la historia, tal vez la hechicera viviente más poderosa de todas.
—¿Acaso debería considerarle un honor?
—Exactamente.
Aurora asintió con la cabeza, de forma triunfal.
—La magia es el deseo convertido en realidad, y está en todas partes. Está en la teoría de la gravedad de Newton, y puede encontrarse también en la teoría de la evolución de Darwin. Todos los hechiceros inmortalizados en el Salón de las Artes Místicas lo sabían. De hecho, ciertos tapices inmortalizan más de una hazaña: Diana es mostrada con las amazonas de Themyscira antes de verse utilizando el Lazo de la Verdad, y Hécate tiene tres rostros, cada uno desarrollando un aspecto diferente de su personalidad, porque no eran solamente hechiceras, además eran maestras del ocultismo, de la batalla.
—Diana la Cazadora murió enfrentando a Shuma-Gorath, si mal no recuerdo. ¿Acaso morir un millar de veces no cuenta como experiencia?
—Las amazonas le recuerdan como una heroína, así como también lo hacen las hechiceras de este mundo—entonces Aurora cruzó los antebrazos, con el fin de enseñarles los brazales de sumisión. Dada su inherente belleza, podía utilizarles incluso sin armadura, al camuflarse como brazaletes comunes—. ¿Sabes una cosa? Las amazonas tienen un dicho. No mates si puedes herir. No hieras si puedes someter. No sometas si puedes apaciguar. Y no alces en ningún caso tu mano, si antes no la has extendido.
—No todos vivimos en una dimensión idílica, donde no existe el hambre ni el odio.
—Le consideran una dimensión idílica por una excelente razón: no habitan los hombres en ella. Por ende está libre de sus guerras, su avaricia, su hostilidad y su barbárico comportamiento masculino.
Como en la mayoría de las bibliotecas antiguas, los libros estaban colocados en estantes ordenados por tamaño. Había gruesos manuscritos encuadernados en cuero, colocados con los lomos hacia adentro y los cierres decorados hacia fuera, y los títulos escritos con tinta sobre los bordes delanteros de la vitela. Había incunables diminutos y libros de tamaño bolsillo en cuidadosas hileras que abarcaban la historia de la imprenta desde la década de 1450 hasta el presente.
En un mullido sillón, ella examinaba un manuscrito sobre las fuerzas opuestas de la transformación alquímica: plata y oro, femenino y masculino, oscuro y luminoso. Era uno de los textos más hermosos de la tradición alquímica, una meditación sobre la figura femenina de la sabiduría y una exploración de la reconciliación química de fuerzas naturales opuestas. Así, una de las ilustraciones mostraba una reina de pie sobre una pequeña colina, protegiendo a siete criaturas pequeñas debajo de su capa extendida. Delicadas enredaderas enmarcaban la imagen, enroscándose y serpenteando por encima del pergamino. Aquí y allá aparecían botones que se convertían en flores y aves posadas en las ramas. A la luz de la tarde, el dorado vestido bordado de la reina brillaba sobre un fondo bermellón brillante. Al pie de la página, un hombre con túnica negra estaba sentado encima de un escudo con blasones en negro y plata. La atención del hombre estaba dirigida a la reina, con una expresión embelesada en su rostro y las manos levantadas en un gesto de súplica.
Cada ilustración era precisa y estaba ejecutada a la perfección, como un símbolo de la maestría de Nicolás en su arte. Es más, su talento no estaba simplemente en el dominio técnico, pues sus representaciones de los personajes femeninos indicaban una sensibilidad diferente. En la ilustración donde la reina protegía a la personificación de los siete metales con su capa, se veía claramente el rostro de su amada Perenelle. Así también se encontraba en las dos miniaturas que habían sido dedicadas a la boda química del oro y la plata. La primera acompañaba las palabras pronunciadas por el principio femenino en el cambio alquímico. Con frecuencia representada como una reina vestida de blanco con emblemas de la luna para mostrar su asociación con la plata, había sido transformada por Nicolás en una criatura hermosa y terrorífica con serpientes plateadas en lugar de cabello, si bien se mostraba una vez más el rostro de Perenelle. La segunda miniatura aparecía en la página siguiente y acompañaba a las palabras pronunciadas por el principio masculino, el áureo Rey Sol. Se trataba de un pesado sarcófago de piedra, con su tapa apenas abierta para descubrir un cuerpo dorado tendido en su interior. Los ojos del rey estaban cerrados en paz, y había una expresión de esperanza en su rostro, como si estuviera soñando con su liberación.
—Búscame. Mírame. Y si encuentras a otro que sea como yo, le entregaré el lucero del alba—declaró Aurora al enseñarle la hermosa ilustración a Stephen—. El Rey Sol y la Reina Luna se casaron y concibieron un niño, y en la imaginería alquímica el hijo resultante es un hermafrodita para simbolizar una sustancia química mezclada.
—La alquimia no tiene nada que ver con la evolución.
—Lamarck creía que cada especie descendía de antepasados diferentes y se desarrollaba por separado hacia formas superiores del ser. Su teoría era excepcionalmente similar a lo que los alquimistas creían, que la piedra filosofal era el esquivo producto final de una transmutación natural de metales de inferior nivel en metales más nobles, como cobre, plata y oro. Sin embargo, Darwin no estaba de acuerdo con Lamarck en lo relacionado a la llamada transmutación lineal. Por ello la teoría de la selección natural es vista como una serie de transmutaciones encadenadas—entonces Aurora recordó los experimentos realizados por Oneg el Sondeador en los primitivos habitantes de la Tierra—. En los tiempos de Darwin muchos pensaban que era imposible que un par de antepasados comunes hubieran producido tantos tipos raciales diferentes. Cuando algunos europeos blancos observaban a los negros africanos, se inclinaban más bien por la teoría del poligenismo, que argumentaba que las razas descendían de antepasados diferentes, sin vínculos entre sí. Una teoría absolutamente errada, de hecho. Los Celestiales modificaron el material genético de los primitivos habitantes de la Tierra y le insertaron a un selecto grupo de individuos un gen latente que con el tiempo les permitiría evolucionar en un organismo superior. Son directamente responsables de la creación de los mutantes porque todos descienden, cada uno dentro de su propia clase o grupo, de los humanos alterados por los Celestiales.
Stephen cruzó los brazos al acomodarse en el sillón de tela carmesí.
—¿Qué sucede entonces con la evolución de los seres humanos? No todos tienen habilidades innatas como los mutantes.
—La normalidad es un cuento para hacer dormir a los niños, una fábula que los humanos se repiten para sentirse mejor cuando se enfrentan a las pruebas abrumadoras de que la mayoría de las cosas que suceden a su alrededor no son de ninguna manera normales. Tener miedo y negar la realidad es lo que los humanos hacen mejor, y no es un camino que esté abierto para un hechicero—entonces Aurora le enseñó un libro de tela verde—. Las investigaciones han revelado que el gen mutante está presente en el material genético de la mayor parte de los seres humanos, no obstante encontrarse latente. Los científicos más conservadores le llaman ADN basura. Sin embargo, no se trata de basura. Todo ese material genético es sobrante de una selección anterior y está a la espera de ser usado en el próximo cambio evolutivo. De causar el siguiente paso en la evolución humana.
—¿Acaso es una primera edición de El Origen de las Especies, de Darwin?
La encuadernación de tela verde, con el título y el autor estampados en oro, estaba increíblemente intacta, pues Nicolás le había cedido su colección de libros a través de una carta escondida en su diario. Había declarado con todo detalle su decisión de morir, de renunciar al elixir de la vida, después de varios siglos de burlar a la muerte.
—Nadie quiere mantener secretos, ni siquiera los muertos. La gente deja pistas por todos lados, y si se presta atención, es posible reunirlas. Un libro pequeño puede esconder un gran misterio, uno que podría cambiar el mundo, Stephen.
—De modo que eres tanto historiadora como detective.
—Quería saber cómo los humanos llegaron a tener una visión del mundo en la que había tan poca magia. Necesitaba comprender cómo se convencieron a sí mismos de que no era importante. He visto la lógica que usaron, y la desaparición de miles de partes desechadas a medida que los científicos experimentales fueron eliminando la creencia de que el mundo era un lugar inexplicablemente fuerte y mágico. Pero de todos modos, al final no tuvieron éxito. La magia nunca desapareció del todo. Esperó, en silencio, a que la gente volviera a ella cuando la ciencia fuera insuficiente. ¿Puedes imaginar la presión? Por no mencionar la horrible sensación de que tu vida no te pertenece.
—Preferiría la simple ignorancia.
—La próxima vez que algo remotamente mágico caiga en tus manos, lo esperes o no, actúa como el hechicero que eres, no como un estúpido humano. No lo ignores ni pienses que estás imaginando cosas. Trátalo con respeto, y si no sabes qué hacer, pide ayuda.
—¿En qué otra cosa me he equivocado, doña sabionda?
—Debes entender que la característica más fuerte que distingue a los humanos es su capacidad de negación. Los humanos pueden convencerse a sí mismos de que lo de arriba está abajo y de que lo negro es blanco. Ése es su don especial.
—¿Qué sucede con los vampiros, las brujas y los hombres lobo? Cada año, en la celebración de Halloween, todos cobran vida en la imaginación humana.
—Algunas historias son verdaderas, pero los humanos son asombrosamente creativos inventando idioteces. Están con nosotros todo el tiempo, pero se niegan a reconocer nuestra existencia porque no tenemos sentido dentro de su limitado mundo. Una vez que nos dejen entrar, que nos vean tal como realmente somos, nos quedaremos como alguien que invitas a tu casa y luego te resulta difícil echar. Ya no podrían ignorarnos—entonces Aurora María recordó a su acechadora nada secreta—. ¿Sabes una cosa? En el ADN nuclear de las brujas existen menos marcadores que en el ADN de las brujas de antaño. Indica que sus antepasados, a medida que pasaban los siglos, dependían cada vez menos de la magia y la brujería en su lucha por sobrevivir. Esas necesidades cambiantes empezaron a forzar mutaciones en su ADN, mutaciones que fueron dejando de lado la magia. Aunque la culpa no es toda de las brujas. La naturaleza también es culpable, porque todos hemos sentido las presiones de sobrevivir en un mundo que es cada vez más humano. De hecho, tener una bruja como progenitora no es ninguna garantía. Uno puede salir perfectamente normal. O puede incendiar su propia cuna. No hay manera de saber si tus poderes van a manifestarse o no, ni cuándo ni cómo va a ocurrir.
—Tú eres tanto hechicera como mutante. ¿Cómo sucedió si tus dos padres no están ni remotamente relacionados con la magia?
—Los humanos, hasta ahora, han resultado ser mejores para adaptarse. Sus sistemas inmunológicos son más receptivos y tienen un impulso de reproducción más fuerte. Antaño el mundo estaba dividido de manera más uniforme entre humanos y criaturas. Ahora los humanos son mayoría y las criaturas no llegan ni al diez por ciento de la población mundial—entonces Aurora cruzó los brazos y rememoró los altercados de Illyana. Recientemente, se había marchado a Londres con un grupo de mutantes y no le había dicho absolutamente nada a Piotr—. De hecho, la hermana menor de un amigo también ha demostrado ciertas habilidades relacionadas con la hechicería. Ella tiene el mal hábito de marcharse al Limbo cuando se enfada con él, y lamentablemente no tiene idea de los Hombres Sonrientes ni de los demonios como Behemont. Su indiferencia es como una enfermedad.
—El mundo era un lugar diferente cuando había tantas criaturas como humanos—entonces Wong depositó en la mesa un nuevo montón de manuscritos—. Pero tú atraes criaturas como las flores atraen a las abejas, Aurora.
—No se han metido conmigo desde que abandoné Kamar-Taj.
—No, estaba ese vampiro que te siguió hasta la Biblioteca Bodleiana cuando estudiabas uno de tus doctorados en Oxford. El que deambulaba por la calle y fue a buscarte.
—Ése era mentalmente inestable.
—Algo quería. Vampiros y brujas no se mezclan, a menos que estuviera planeando cenarte, por supuesto. Nada les gusta más que la sangre de bruja.
Aurora asintió con la cabeza antes de explicarle la situación a Stephen.
—En estos tiempos, algunos vampiros se orientan hacia los aceleradores de partículas, los proyectos para descifrar el genoma y la biología molecular. En otras épocas acudieron en tropel a la alquimia, la anatomía y la electricidad. Si alguna actividad incluía explosiones, involucraba sangre o prometía revelar los secretos del universo, con seguridad había un vampiro por allí—sostuvo Aurora María al momento de acomodarse en el sillón más cercano —. De hecho, conocí a un vampiro en el Gran Colisionador de Hadrones. Se había acostado con la mayoría de las mujeres en el cantón de Ginebra y no resistió el deseo de intentarlo conmigo también. Obviamente, no terminó nada bien para él.
—Compadezco a ese pobre desgraciado.
Wong tembló de inmediato, como si el sufrimiento del vampiro fuese irrefutable.
—¿Sabes una cosa, Strange? No todos los chismes que son transmitidos en el noticiero de Christine Everhart son ciertos. Nunca he tenido una relación romántica con Thor. Nada ni remotamente parecido a una relación romántica con Thor.
—Yo no he dicho nada.
—Lo escuché todo, mentiroso.
—Entonces sal de mi cabeza.
Aurora se levantó del sillón y comenzó a succionar ofuscadamente una malteada de chocolate.
—En este momento, ser un héroe significa someterse a los chismes de mujeres tan resentidas como Christine Everhart. De no haber sido despreciada por mi padre, les aseguro que sus historias no serían ni remotamente similares a cómo son ahora. ¿Steve acostándose con Natasha? Ellos se besaron una vez, pero Steve es aún más virgen que la Madre Teresa de Calcuta.
—Así que en realidad es virgen.
—¿No es obvio? Antes de someterse al suero del supersoldado, ninguna mujer deseaba tenerle cerca. Era débil, asmático y tímido, de ninguna forma la clase de hombre que las mujeres deseaban tener. Entonces él se convirtió en un héroe, pero no es que tuviera mucho tiempo para intimar mientras combatía a los nazis—declaró Aurora María al sorber tristemente su bebida. Ikaris, una vez más, le destrozaba el corazón sin saberlo—. Nuestras vidas se reducen a una relación fallida tras otra.
—No todos hemos sufrido de esa forma.
—¿Acaso no estuviste involucrado con esa charlatana francesa que más tarde intentó robar un artefacto del Santuario de Londres? —entonces Aurora volteó y le envió una mirada de incredulidad a Wong—. Todos hemos sufrido una relación fallida.
—Pero afortunadamente tú no has conocido ese dolor. Te has mantenido más allá de todo hombre interesado en ti.
Aurora rió de inmediato.
—Tú no tienes idea.
