Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
—El rey Arturo concibió un bastardo con su media hermana, y ese niño nacido del infortunio se convirtió en uno de los enemigos más formidables de Camelot. Desde el comienzo, Mordred estaba destinado a una vida de locura.
—Ella le convirtió en un monstruo, en un monstruo que le adoraba. No solo mató por ella, sino que es muy probable que le salvara la vida, o al menos que le cuidara después de su combate con Merlín. Era un maldito, tan malvado y retorcido como un demonio, pero ella nunca hizo nada por salvarle.
—¿Creías que le importaba?
—Lo que digo es que si alguien que le alimentó, le cuidó y acató siempre su voluntad no le importaba, menos aún le importa ningún ser vivo. Oscuro o de luz.
—La oscuridad llamó a la oscuridad, y ésta respondió. Se hicieron y se aceptaron promesas con sangre, y lo que ella ocasionó les favoreció a los dos. Él se convirtió en su criatura, en su monstruo servicial, voluntariamente.
Aurora se había dado cuenta que, ante la inactividad de Stephen, ella tenía la responsabilidad de controlar a sus antiguos compañeros, no solo para saber que se había hecho de ellos, sino también para poderles ayudar si era necesario. Así como había tomado la decisión de abandonar la hechicería, aún con un tapiz inmortalizándole en el Gran Salón de las Artes Místicas, debía controlar la situación en el Santuario de Londres.
—Morgana le teme a los demonios desde su fallido intento de invocar a Chthon. De hecho, se vio en la necesidad de recurrir a un culto de locos con el único fin de encerrarle una vez más, de acuerdo con las notas del rey Arturo—entonces Aurora alzó la mirada y descubrió la presencia de criaturas tan detestables como voraces en su dimensión de residencia—. Mefistófeles, en cambio, no les teme. Él mismo es un demonio, y le obsesiona de sobremanera coleccionar almas humanas, sobretodo las almas de famosos tiranos. Hitler se encuentra en su horrorosa colección, además del pirata Barbanegra y el caudillo Atila el Huno.
—Si bien los demonios han existido desde el comienzo del mundo, los hechiceros les han frenado, a costa de sus vidas en muchos casos.
—Hablaremos del tema en otra ocasión, señor Jericho. En este momento, debo atender otro asunto.
Aurora le sonrió suavemente antes de utilizar la entrada trasera del Santuario de Londres, frotándose las manos desnudas y metiéndoles hasta el fondo de sus bolsillos. Había salido al aire libre, era de noche y deambulaba por una acera de la calle Russell, en Bloomsbury. El Museo Británico estaba al otro lado y unas luces discretamente camufladas iluminaban la fachada del alto y blanco edificio victoriano, las gigantescas columnas de la parte delantera y la escalinata de la entrada. Allí se almacenaban muchos de los grandes tesoros del mundo, que habían sido robados, encontrados, rescatados o donados a lo largo de varios cientos de años.
En la puerta principal, estaban aparcando grandes coches de los que se bajaban parejas vestidas de gala. Había un guardia que examinaba con detenimiento las invitaciones grabadas de todos los caballeros bien afeitados y vestidos de esmoquin, y de todas las perfumadas damas con vestidos de noche; a continuación, tachaba sus nombres en una lista y les dejaba entrar. Aurora, con las manos casualmente en los bolsillos, rodó los ojos y entró sin que nadie reparara en ella.
Los guardias de seguridad iban dirigiendo a los invitados hacia un salón que era utilizado como sala de espera. Pero ella les ignoró por completo y fue directamente hacia las salas de exposición del museo, donde Dane Whitman estaba sometido a cierta presión. Estaba preocupado, inquieto y hecho un flan. Había catalogado la colección, había negociado con el Museo Británico para que se hiciera cargo de la exposición, había organizado la restauración de la pieza principal, había ayudado a organizar y a colgar la colección y había confeccionado además la lista de invitados para la Increíble Inauguración. Pero incluso a tales alturas, en el último minuto, había muchas cosas que podían salir mal. No sería el primer caballo que tropezaba en la última valla. Muchos generales se habían confiado demasiado y habían visto cómo una victoria clara se tornaba en derrota en los últimos minutos de una batalla. Dane iba a asegurarse de que nada saliera mal, como un general con corbata de lazo dirigiendo a sus tropas y fingiendo estoicamente que Sersi no llegaba con media hora de retraso.
El cuarteto de cuerda estaba calentando, pero la música no era lo bastante alta como para ahogar el ruido que venía del salón de al lado. Era el ruido de una pequeña pero adinerada multitud: las quejas de las damas con abrigos de visón y los caballeros que de no ser por los carteles que había en las paredes estarían fumando puros; el descontento de los periodistas y los famosos que percibían el aroma de los canapés, los volovanes y el champán gratis.
Dane se movía por la habitación como un torbellino oscuro, colocando a los camareros, con sus bandejas de canapés o de bebidas, en rincones estratégicos de la sala; comprobando el sonido de los altavoces, el estrado, la cortina y la cuerda para correrla. Una vez supervisadas las bebidas y la comida, fue a hablar con los músicos y les volvió a preguntar, por tercera vez esa noche, cuál era exactamente el repertorio previsto.
—La decadente aristocracia de fiesta mientras la civilización se desmorona por completo.
Había estatuas de ángeles sobre minúsculos pedestales, cuadros de ángeles en las paredes, murales de ángeles. Había ángeles enormes y ángeles diminutos, ángeles hieráticos y ángeles de aspecto afable, ángeles con alas y aureola y ángeles que no tenían ni una cosa ni la otra, ángeles guerreros y también pacíficos. Había ángeles modernos y clásicos. Cientos y cientos de ángeles de formas y tamaños diversos. Ángeles occidentales, de Oriente Medio y Extremo Oriente. Ángeles de Miguel Ángel, de Joel Peter Witkin, de Picasso, de Warhol.
Aurora situó ambas manos en sus caderas y continuó paseando por la sala, examinando los ángeles y abriéndose paso entre un gran empresario, el líder de la oposición y la escort mejor pagada del sur de Inglaterra. Entonces se escuchó un chillido impresionante: aun sin la ayuda de un micrófono, podía perforar el cráneo como un taladro de última generación con una sierra de huesos acoplada. Como resultado, a una camarera se le cayó la bandeja con todas las copas. Algunos volvieron la cabeza, otros se taparon los oídos. Se interrumpieron todas las conversaciones. La gente se quedó mirando al escenario con una mezcla de terror y desconcierto. Y entonces Aurora movió a Dane fuera del camino de los Hombres Sonrientes.
Todos se habían quedado inmóviles, mirándoles fijamente, sobrecogidos y momentáneamente cegados. Un hueco en la realidad se había abierto y la luz que venía de la otra dimensión inundaba la sala con su resplandor. La gente se cubrió los ojos instintivamente y volvió a destaparlos para contemplar aquello. Era como si hubieran llenado la sala de fuegos artificiales. No como esos fuegos artificiales de interior que reptaban por el suelo chisporroteando y que olían mal; ni siquiera como los fuegos artificiales que se lanzaban en el jardín trasero de las casas; era como esos fuegos artificiales de gran potencia que alcanzaban una altura tal que suponían una amenaza para las rutas aéreas: unos fuegos como los que se lanzaban al final de cada jornada en Mundo Disney, o los que tanto preocupaban a los jefes de bomberos en los conciertos de Pink Floyd. Era un momento de terror en estado puro.
Los invitados contemplaban el Limbo como si estuvieran en trance, maravillados. El único ruido que se oía eran los murmullos de asombro que solían extenderse entre el público mientras contemplaba un espectáculo: el sonido de la fascinación. Entonces, la enorme pared de ventanales estalló en pedazos, derrumbándose sobre el suelo en una catarata de cristales rotos, y unos esqueléticos seres de aspecto humanoide penetraron por el agujero dimensional mientras los ostentosos invitados se diseminaban, chillando y corriendo hacia las puertas, huyendo de los devoradores de carne que se dispersaban por toda la sala.
Aurora tenía la cabeza lo suficientemente clara como para adoptar y descartar estrategias, repasar la disposición de la sala y calcular la posición de los atacantes, mientras el resto de los invitados intentaba cruzar las dos puertas principales, apiñándose y empujándose, presas del pánico. Entonces no se detuvo a pensar, dejó que su cuerpo reaccionara solo, pareciendo que el tiempo se hubiera ralentizado y que el aire cobraba vida con los chillidos de los Hombres Sonrientes. No era un combate de entrenamiento ni una escaramuza preparada, como había experimentado no hace mucho en Themyscira, y parte de ella lo sabía.
Los músculos le respondían con velocidad, sin apenas esfuerzo, y el instinto guiaba sus movimientos. Olvidó el dolor y se lanzó hacia la línea de monstruos, bloqueando el fuego en su estampida e ignorando los chillidos al momento de estamparles contra las mesas que quedaban en pie. Entonces notó unas manos huesudas tocándole: eran las criaturas que no habían sido derribadas y que intentaban hacerle caer. Les echó un vistazo y se los sacó de encima con facilidad, causando que uno de ellos chocara con la puerta del templo con tanta fuerza que el pilar de piedra se desplomó.
Desde la entrada escuchó cómo era activado un malicioso fusible, y saltó entonces sobre las ruinas y se lanzó a través del muro de cristal a la velocidad del sonido. Aurora cruzó los antebrazos y contuvo la explosión con los brazales de sumisión, echó mano del lazo que tenía atado a la cadera, y a una velocidad increíble, lo lanzó hacia las criaturas con toda la fuerza que pudo reunir. Salió disparado hacia adelante, trazando un arco brillante como un latigazo de fuego dorado.
—Los humanos no son capaces de mantener la paz, son salvajes por naturaleza, así como las amazonas son guerreras y no están hechas para vivir fuera del tiempo, aisladas de todo hombre en otra dimensión. Tú bien lo sabes, pues una vez les abandonaste con el único fin de luchar, de alcanzar la victoria en mundos mucho más fantásticos. ¿No crees que la humanidad también merece lo mismo? Si no pueden tener paz, al menos les daré la oportunidad de tener una muerte bella.
Con el eco de las enseñanzas que le habían transmitido sus hermanas en batalla, tenía una expresión firme, segura, y en su cabeza oyó también la voz de su feroz mentora, la reina Hipólita. Ella no había sido adiestrada para ser una guerrera cualquiera, le habían enseñado las amazonas y sabía reconocer la verdadera fuerza cuando le veía.
—He visto muchas veces ese futuro y no tiene nada de bello. Es una locura llena de muerte.
—¿Quién eres tú exactamente, Aurora María Stark? Ni tú misma lo sabes. Salvadora, conquistadora, heroína, villana. Puedes ser todas esas cosas, o ninguna de ellas, porque la realidad puede ser lo que tú desees. Es tu más grande fortaleza y tu más grande debilidad.
—¿Quién eres tú para decidir quién es débil y quién es fuerte, Belfegor? Eres un demonio de cuarta, condenado a vivir eternamente en el Limbo en vez de morar en el Infierno con Mefistófeles o en la Dimensión del Caos con Shuma-Gorath.
—Perdonaremos este mundo si tú nos das al imbécil. Es un excelente trato, hechicera—entonces Aurora le echó un vistazo a un aterrorizado Dane Whitman sobre su hombro. Belfegor no era el demonio más horrible de la existencia, pero el fétido aroma de la carne podrida y la horrorosa visión de las escamas y los cuernos debía resultar perturbadora para un novato como él—. Podrás regresar con tu amante y revolcarte con él todas las veces que desees. Sí, así es, Aurora María Stark. El Señor del Infierno lo sabe, así como también lo sabe el Señor de la Dimensión de los Sueños.
Aurora, tan ofendida como furiosa, chocó los brazales de sumisión en menos de un instante, causando un estallido que consumió al demonio y que se extendió a través del Limbo como la devastación resultante de una supernova. Entonces volteó sobre sus talones y se arrodilló enfrente de Dane Whitman,
—Tu novia viene en camino.
Aurora llamó de vuelta el lazo dorado, cerró el hueco dimensional con un movimiento de sus manos y se marchó de la escena antes de estallar ella también. Una vez en el techo de un edificio cercano, aislada de todo ser humano entrometido, comenzó a maldecir en todo idioma conocido. No, con Ikaris no tenían derecho a meterse. Nunca. Una criatura tan vil como un demonio no tenía el derecho de mencionar el nombre de un sueño hecho realidad, un sueño de labios rosados, mandíbula bien definida y adorables rizos de color castaño.
De todas formas, ella tenía la cabeza lo suficientemente clara como para comprender que ellos se habían enterado del momento que había compartido con Ikaris. Se habían enterado porque le vigilaban día tras día, buscando la más mínima debilidad en su armadura para atacarle a través de ella y darle rienda suelta a un mundo de locura. Se había acostado con un hombre sensual y realmente lo había disfrutado, pero al hacerlo le había condenado a una serie de amenazas interdimensionales que buscarían lastimarle de un sinnúmero de formas. Ella no tenía más remedio que cuidarle desde las sombras, como lo hacía con toda su familia.
—Le salvaste la vida al idiota.
Aurora inclinó miserablemente la cabeza cuando unas manos cálidas le sostuvieron las caderas con firmeza, y unos labios suaves y tiernos se deslizaron a través de su cuello.
—No deberías buscarme. No terminaría en nada bueno una relación entre nosotros—declaró Aurora mientras las consecuencias danzaban a través de su mente, como siniestras señales de un futuro dominado por el sufrimiento. Ellos se habían enterado e intentarían hacerle daño, estuviese a su lado o no, pues en su detestable rango de conocimiento humano entendían que a ella le importaba demasiado—. Intentarán lastimarte. Siempre.
Ikaris sostuvo una de sus manos antes de besarle con suavidad.
—Durante más de siete mil años han intentado lastimarme. Esta vez, al menos, te aseguro que el sufrimiento valdrá la pena.
En un instante de absoluta adoración, ella mandó al demonio todo rastro de sentido común y saltó directamente a los brazos de su hombre sensual, enroscando las piernas alrededor de sus caderas y acercándole los labios al oído.
—En mi casa.
SUNSET
Capítulo 8:
Only Us
Asombrosamente, en los brazos de su hombre sensual ella había descubierto que ya no le importaba el transcurrir del tiempo, que ya no le acuciaba la necesidad de mantener inmutable la realidad. Lo intrascendente, lo tóxico que emponzoñaba su vida y truncaba su alegría, lo convertiría en un murmullo. De hecho, ella había tomado la decisión de dejar que los acontecimientos se fueran produciendo sin su intervención. Ya no le importaban las intenciones de Thanos y mucho menos las de Mefistófeles, tampoco lo que Pesadilla hiciese o fuese capaz de hacer para volverle loca. En su vida, nada más tenía cabida Ikaris, cuyos músculos y el aroma almizclado que emanaba, le empapaban con su virilidad hasta el punto de que el deseo que sentía por él resultaba doloroso.
Había echado de menos la intimidad. Después de todo, el sexo era una de las partes más importantes de su relación en ciernes y Aurora era lo suficientemente honesta consigo misma como para admitir que, al principio, la explosiva atracción que habían sentido el uno por el otro se había basado sobre todo en el sexo.
—Lanzaste tu comunicador a través de la ventana cuando recibiste una llamada de Thena.
—Tenía una excelente razón.
Ella acarició la mano en su vientre mientras ambos retozaban como una tierna cucharita.
—¿No te molesta dormir con una mujer que genéticamente también es un hombre?
—Tú eres una mujer, una hermosa y obstinada mujer. Nada podría convencerme de lo contrario.
—No has visto con suficiente atención—entonces Aurora María situó la mano de Ikaris en su seno derecho, donde una manchita, de un tono más tenue de lo normal, se extendía tímidamente hasta su areola—. En la rodilla derecha, en la cara interna del muslo, en el hueso de la cadera y también sobre el ombligo. El resto está en el interior, en órganos vitales y no vitales.
—¿Cómo sucedió todo esto? No es un trastorno común, incluso entre los seres humanos.
—Desde la adolescencia, mi madre ha estado involucrada con individuos verdaderamente detestables. Cuando conoció a mi padre, creyó que podría ocultar su pasado y disfrutar con él una vida normal, pero a ellos no les agradó la idea e intentaron de todas las formas posibles arruinar su matrimonio. No sabían que estaba embarazada cuando decidieron torturarla, pero al verle sangrar, de todas formas no les importó lastimar a un bebé indefenso.
—¿Quién lo hizo, Aurora?
—No tiene caso mencionar sus nombres, otros tomaron la iniciativa y liberaron al mundo de su horrible existencia.
Entonces volteó sobre su costado y observó intensamente los ojos azules de su hombre sensual.
—No deberías darle tanta relevancia. Eres hermosa, tal como eres.
—En verdad, nunca he hablado de ello con nadie. No es un tema que mi familia mencione durante la cena de Navidad, donde mis padres actúan como si nunca hubiesen estado casados, como si toda la vida se hubiesen detestado. Pero como eres tan obstinado, necesitas saberlo antes de tomar una decisión.
—No tenía la intención de buscarte, tú apareciste de la nada y salvaste la vida de Dane.
Ella le acarició la mandíbula con suavidad.
—¿Sabes una cosa? No necesitas mentirme. Sé que aguardabas en la calle y que más de una vez soñaste conmigo. Y no necesitas mentirme, porque yo también te deseaba conmigo.
—¿Entonces por qué insistes en alejarme?
—Has vivido durante mucho tiempo, enfrentando enormes amenazas, siempre junto con los Eternos. ¿Cómo podría una mujer que apenas conoces interferir en una relación como esa? Ellos no le darían su visto bueno a todo esto y la verdad es que no deseo ser la causante de una ruptura familiar.
—Sersi tiene una relación con Dane.
—Y tú nunca les has deseado juntos. Solías tener una relación romántica con ella, pero cuando le enviaron a borrarle la memoria, Sersi tomó una decisión y escogió a Dane.
—Pero no se trata de ellos, se trata de nosotros.
—¿Cómo crees que tu familia reaccionaría al enterarse de que te acuestas con Aurora Stark? Basta con encender la televisión en estos días para enterarse de lo que todos piensan de mí.
Ikaris sonrió tristemente antes de atraerle hacia sí mismo y besarle en los labios con suavidad, y en ese instante de absoluta adoración, ella olvidó todo rastro de oscuridad y se derritió en sus brazos como un caramelo.
—No se trata de tu familia ni de la mía. Se trata de nosotros solamente, Aurora.
—Solamente nosotros.
Aurora inclinó la cabeza al observar como la ciudad encendía los clásicos faroles de sus calles a través de la enorme ventana del recibidor, con unos calcetines oscuros y unos pantalones cortos que revelaban sus piernas desnudas. Pero, de un momento a otro, desvió la mirada y mordió su labio inferior cuando un hombre sensual enroscó los brazos alrededor de su cintura y le besó el cuello como solamente él sabía hacerlo.
—¿No te duele nada?
—Tú nunca me lastimarías—entonces Aurora volteó sobre sus talones y le acarició el rostro con suavidad—. Solamente te siento a ti.
Todo un grupo de seres cósmicos requería de su atención, pero en ese momento, ella era todo su mundo. Se sentía halagada. Y sí, también excitada.
—Solamente te siento a ti.
Ella sonrió contra sus labios y se deleitó en la suavidad aterciopelada de su voz al saber que realmente pensaba lo que decía. Porque era esa habilidad, la de verle plenamente y con claridad, lo que le había atraído tan absoluta e irremediablemente hacia él.
—¿En serio? Tú has vivido durante miles de años rodeado de mujeres tan hermosas como Sersi.
—Sersi no es ni remotamente tan bella como tú.
—Nada más intentas seducirme.
Aurora sintió como su corazón palpitaba en el interior de su pecho y su mirada no se apartó del rostro de Ikaris. Había algo de exultante en sus ojos, como si estuviera observando un objeto de culto, y su bendición silenciosa hacía que le temblaran las rodillas.
—¿Nadie nunca te ha dicho cuán hermosa eres?
—Ninguno de ellos se trataba de ti.
Ella sostuvo su rostro y le besó en los labios como si el mundo fuese a terminar después. Quería consolarlo, acariciar sus mejillas y recorrer su cabello con los dedos. Quería atraer su cabeza y susurrarle palabras al oído, y quería hacerle el amor lenta y suavemente hasta que las sombras de la noche se desvanecieran y la luz de la mañana les inundara con sus colores.
—¿Deberíamos volver a la cama?
—Probablemente, pero tengo una idea mucho mejor.
Ella sostuvo su mano y sonrió cuando él enroscó los dedos a su alrededor con firmeza, mientras deambulaban a través de la enorme mansión y buscaban la alberca.
—¿Quieres tomar un baño conmigo?
Aurora mordió su labio inferior antes de lanzar a sus manos la camiseta que hasta ese momento utilizaba. Él había hecho muchísimo más que verle desnuda y ninguna amazona que se respetara a sí misma se avergonzaría de su cuerpo. Además, era la primera vez que utilizaba la alberca, una de las tantas excentricidades pagadas por su madre, y le sorprendió lo caliente que estaba el agua. No era exactamente como la de la bañera, pero tenía una temperatura agradable y estaba más caliente que la brisa nocturna que le rodeaba.
—¿Acaso no vendrás conmigo?
De un momento a otro, él estaba deliciosamente desnudo y la iluminación de la enorme alberca parecía acentuar sus músculos mientras se deslizaba por el agua nadando a estilo libre. Su cuerpo era magnífico, atlético y poderoso, y ella sintió un abrasador sentimiento en su corazón. No se trataba de sexo, aunque mentiría si no reconociera que el deseo sexual estaba presente en todo lo relacionado con Ikaris, sino de la más absoluta adoración.
—No sabes cuánto te adoro.
Le besó suavemente en la sien y, poco a poco, comenzó a repartir besos por su cuello y por su pecho. Solo cuando vio su rostro se detuvo, pues le miraba con tal adoración que hizo que su corazón diera un vuelco.
—Nunca lo habías hecho. Nunca habías tenido relaciones sexuales.
—No, nunca antes.
—¿Por qué hacerlo conmigo? Tú no me conocías.
Entonces le acarició el rostro con una mano mientras flotaba rodeada de sus cálidos brazos.
—¿Sabes una cosa? La telepatía es un fastidio la mayor parte del tiempo, pero tiene sus atractivos de vez en cuando. Uno de ellos es la habilidad de vivir toda una vida en un instante.
—Entonces lo sabes todo.
—No es nada que no conociera desde mucho antes. Sersi no borró la memoria de todos aquellos que aprendieron su secreto, y de hecho, sus poderes psíquicos no son tan fuertes como todos creen, pero así está bien—entonces Aurora frotó sus hombros con suavidad—. Todos ustedes aún tienen elección, y yo no permitiré que desalmados con puestos de alto rango dentro del gobierno les pongan las manos encima. Han masacrado a demasiados mutantes y son directamente responsables de los Acuerdos de Sokovia.
—¿En verdad harías todo eso?
—Tú me interesas más de lo que crees, Ike.
Entonces sus hombros se destensaron, y tiró de sus caderas, estrechándole aún más fuerte.
—Sostente.
—¡Ikaris!
Aurora acarició los rizos de su hombre sensual mientras dormitaba silenciosamente en sus brazos y se acurrucaba como un dios desnudo. De hecho, ambos estaban tan saciados, después de una interminable sesión de sexo, que realmente no les interesaba el transcurrir del tiempo.
—¿Qué sucede con mi cabello?
—Nada, solamente le adoro—entonces Ikaris abrió los ojos y su mirada removió algo tan profundo y apasionado que le hizo morder su labio inferior y entregarse a la rica complejidad de luz y de color—. ¿Sabes una cosa? Aún siendo un soldado cósmico de varios milenios de edad, ronroneas como un gatito cuando te acarician el cabello. Pero ese será nuestro secreto, señor Harris—entonces besó la nuez de Adán, balanceándose en su cuello de una manera tan natural como seductora—. Quiero que te sientas tan bien como tú me haces sentir.
—Ya lo hago. Cuando te toco. Cuando veo tu piel temblar de deseo. Cuando tus músculos se contraen y me atraen a tu interior.
Con suavidad, ella recorrió su mandíbula cincelada, disfrutando de la exquisita sensación de su barba mientras deslizaba los labios a través de su nariz. Todo resultaba cómodo entre ambos y le encantaba la forma en que se sentía cuando estaba con Ikaris. De hecho, su mano estaba en la curva de su cintura, y ella recorría su pecho de arriba hacia abajo con los dedos. Tenía muy poco vello, pero parecía terciopelo en sus manos. Se divirtió siguiendo un patrón y, cuando le miró, él esbozó una sonrisa.
—¿Quieres tomar un baño?
Ikaris sonrió atrevidamente antes de alzarle en sus brazos como si de una diosa se tratase y llevarle desnuda hasta la habitación anexa, donde la enorme bañera de mármol se encontraba llenándose a sí misma de agua caliente. Una vez dentro, ella le besó en los labios y le estrechó fuertemente, sintiendo el poder de sus músculos al acariciarle la espalda y sorprendiéndose de que alguien con tanta fuerza tuviera la capacidad de ser un amante tan tierno.
Antes de conocerle, nunca había experimentado el deseo de tocar a un hombre, y debió ir descubriendo cada centímetro de su poderoso cuerpo masculino con los dedos y con los labios. Pero rápidamente descubrió que ella nunca se había sentido tan fuerte, tan completamente libre, como en los momentos de unión total con Ikaris. Él le hacía sentir única y le daba vida con cada gesto, con cada sonrisa, con cada una de sus caricias, y le volvía loca aquella manera especial que tenía de contemplarle cuando retozaba en sus brazos o cuando cocinaba la cena. Aunque le costara admitirlo, lo cierto era que estaba loca por él.
—Solamente te siento a ti.
Aurora, vestida con una falda y unas medias que cubrían la mancha de color claro en su rodilla derecha, situó en la mesita de noche una bandeja con café recién hecho y unos cruasanes de chocolate todavía calientes, antes de tomar asiento en la cama e inclinarse sobre Ikaris.
—Es hora de levantarse, Bella Durmiente.
Suavemente, enroscó los brazos alrededor de su cuello y disfrutó del sabor de sus labios al acariciarle los rizos de color castaño. Pero, de un momento a otro, terminó recostada en medio de la cama, con un hombre desnudo sobre ella y una mano tirando distraídamente de la indefensa tela de su ropa interior.
—¿Por qué no estás en la cama conmigo?
—No hemos salido de la cama en tres semanas y tu familia realmente te ha buscado en todo Londres, temiendo una emboscada de los Desviantes.
—¿Tres semanas?
Entonces él volteó sobre su costado y examinó la situación como si todo se tratara de un sueño hecho realidad. Juntos, felizmente podían olvidarse del resto del mundo y permanecer en los brazos del otro. Pero, en el fondo, eran conscientes de sus responsabilidades, de todas sus promesas.
—Sí, tres semanas.
—Pero tú no estás cansada.
—Todos los mutantes tienen diferentes habilidades y todos ellos han desarrollado diferentes maneras de aprovecharles—entonces Aurora flexionó los dedos y observó como un delicado zarcillo de energía morada danzaba entre ellos—. No les subestimes.
—Nunca te subestimaría, solamente temo haberte lastimado.
—Te aseguro que es un buen dolor.
Ikaris tomó asiento en la cama, con la sábana envuelta alrededor de las caderas, antes de atraerle y analizarle como si verdaderamente le hubiese destrozado un hueso.
—¿Dónde te duele?
—Tú sabes bien dónde.
Ella adoraba tener relaciones sexuales con él, pero lo cierto era que su cuerpo aún no se acostumbraba del todo a tener a un hombre entre sus piernas.
—¿Por qué no lo detuviste?
—Realmente deseaba hacerlo contigo, realmente lo deseaba. ¿Crees que de no desearlo habría permitido que me tocaras? No soy la clase de mujer que duerme con muchos hombres o que tiene relaciones sexuales por deporte.
—Sé que no lo eres, Aurora.
—Entonces no temas, estaré bien.
—¿Pero no te arrepientes de que haya sido el primero?
Ella sonrió antes de inclinarse y besarle en los labios como si él fuese todo su mundo, el último rastro de color en un universo oscuro e indiferente. Era tan dulce, tan cálido, que no resistió el deseo de susurrar en su oído.
—Nunca, Ike.
Aurora, más tarde, sostuvo la mano de Ikaris al encaminarse hacia el ático de Knightsbridge, disfrutando de la ciudad de ladrillo y piedra blanca, autobuses rojos y grandes taxis negros, buzones de vivos colores y cementerios de verde hierba, como dos amantes sin ninguna clase de prohibiciones o impedimentos. Ella tenía un momento con su hombre sensual antes de llevarle a su edificio, donde Makkari aguardaba pacientemente la oportunidad de regañarle en compañía de Gilgamesh, y planeaba disfrutarlo.
—¿Qué sucederá con nosotros de ahora en adelante?
—Tú sabes exactamente dónde buscarme.
—¿Entonces quieres mantenerlo todo como en este momento? ¿Encontrarnos en secreto como si fuésemos dos criminales?
—No quiero que renuncies a nada por mí.
—Tú no me obligas a renunciar a nada.
—¿Cómo reaccionaría tu familia al enterarse? No soy como el novio humano de Sersi ni mucho menos como el marido de Phastos—entonces Aurora sostuvo su mano y le besó en los nudillos con dulzura—. Quisiera tenerte a mi lado. Es lo único que realmente deseo. Pero abalanzarse sobre lo que uno desea
no siempre es la mejor opción. A veces, algo de reflexión y prudencia resulta más adecuado.
—¿Huirás de nuevo?
—No, esa no es mi intención—declaró Aurora María al enroscar los brazos bajo su abrigo y disfrutar de la asombrosa calidez. De un momento a otro, sus ojos se iluminaron con una lenta sonrisa. Se acercó más y se inclinó sobre ella en un beso que comenzó dulce y suave, pero que acabó siendo tan profundo y apasionado como cada instante con él—. Siempre estaré si me necesitas, Ike.
