La puerta de la habitación se abrió apenas casi sin hacer ruido. La cabeza de la chica-gato se asomó lentamente por la estrecha abertura y miró a ambas direcciones del pasillo; no había moros en la costa.

—Bien. —dijo en voz baja.

La puerta se abrió por completo unos segundos más tarde y Silvana salió del cuarto en puntas de pie.

—¿Nya?

Los pelos de la cabeza (y la cola) de la chica se erizaron por completo al oír aquel maullido. —¿Mirna?

La joven arquera salió de detrás de una columna y apoyó su cabeza en el pecho de su amiga, restregandose cariñosamente. —Nya. —ronroneó.

Silvana suspiró. —De ti no puedo escabullirme nunca. —dijo resignada. Mirna sacudió las orejas y la miró fijamente. —Es peligroso que salgas sola. —dijo con sus propias palabras.

La joven druida asintió. —Lo siento. —se disculpó. —Se que todos se preocupan por mi pero… no quiero ser una carga para el clan. —dijo. —Tengo que ir al bosque a entrenar, no puedo ser un lastre siempre por debajo del nivel de todos.

Mirna agachó las orejas y asintió. —Al menos déjame ir contigo. —rogó su amiga.

La arquera no solía cruzar muchas palabras con nadie, pero con Silvana era más propensa a recitar frases enteras. Silvana le acarició la suave cabeza y sonrió. —Gracias. —dijo. —Me siento mucho más segura contigo a mi lado.

Silvana creó una party y agregó a Mirna como compañera. De inmediato su interfaz de usuario cambió y se adaptó para disfrutar el juego en compañía. —Ahora tenemos que salir sin ser vistas. —dijo mientras su amiga agitaba las orejas.

Bajaron juntas las escaleras del primer piso y se detuvieron a mitad de las mismas para escuchar por si alguien se acercaba. A esa hora por la tarde la mayoría de los miembros que quedaban en La Orden ya habían formado partys para salir a entrenar en los lugares de siempre, por lo que en el Clan Hall reinaba un completo silencio.

—Despejado. —dijo la joven druida señalando la planta baja desde el rellano de la escalera. Las dos amigas descendieron el resto de los peldaños y se asomaron al lobby que comunicaba al salón principal.

El fuego de la chimenea estaba encendido pero no se veía a nadie en la mesa principal o los pequeños sillones laterales, en cambio un sonido de golpes rítmicos provenía de la puerta trasera que daba a la parte exterior trasera del edificio.

—Rita está forjando nuevas armas o armaduras. —observó Silvana. —Cuando lo hace está siempre concentrada al máximo, no nos escuchará ni siquiera si luchamos contra un dragón aquí dentro.

—Nya.

Salieron por una de las puertas laterales (La que daba a las cocinas) y tras tomar un par de provisiones del cofre de alimentos así como algunas pociones de salud, se dirigieron al pequeño recibidor que daba a la entrada principal del ClanHall.

Era el lugar que más preocupaba a Silvana, ya que era el sitio donde los aventureros de La Orden pasaban la mayor parte del tiempo charlando o esperando a que otros se conectaran a Calypso para iniciar una party y salir a cazar monstruos.

La habitación estaba vacía y la chica respiró aliviada. Temía tener que usar un hechizo de invisibilidad como la ultima vez, mas sabia que incluso haciendo aquello podría no resultar del todo bien; todavía recordaba como una vez que pasó junto a Dirk estando invisible, el Informante se giró sobre sí mismo y le deseó una buena cacería en el bosque, tal y como si pudiera verla perfectamente.

Por suerte Dirk jamás la había delatado y generalmente miraba para otro lado cuando ella desobedecia los consejos de Alex y salía a entrenar sola. Era un buen hombre.

Dirk no estaba allí (Había salido apresuradamente la noche anterior hacia algún lugar al norte) por lo que las chicas cruzaron corriendo la pequeña habitación y se asomaron a la puerta de entrada. La calle estaba desierta y no vieron a nadie en ninguna dirección.

Recorrieron la calle pasando frente a los edificios abandonados sin detenerse a mirar atrás. Cuando llegaron a la muralla defensiva interna y al túnel vigilado que franqueaba la entrada se sorprendieron al ver que la barrera estaba levantada y no había señal alguna de los guardias del Imperio. Sin ganas de investigar el porqué de aquello, las chicas flanquearon el puesto de control y se dirigieron de inmediato hacia la plaza.

La plaza frente a la catedral de Jenne estaba en relativa calma. A esa hora la mayoría de los jugadores estaba ya en los calabozos o en los campos circundantes cazando monstruos y juntando recursos, por lo que en la plaza había una relativa poca cantidad de jugadores. Aún así se respiraba un aire extraño, las conversaciones eran en voz baja y pequeños grupos de gente se juntaba aquí y allá discutiendo las últimas novedades. Algo se estaba gestando y los grandes clanes movían sus hilos en las sombras. Los rumores corrían abundantes como arroyuelos en primavera, pero solo unos pocos sabían lo que estaba sucediendo realmente.

El sol había empezado a bajar en el cielo hacía un rato y los tonos rosados del atardecer comenzaban a teñir las colinas circundantes de la pequeña ciudad. En ese mismo momento Karina y Dante realizaban sus tareas de pre-despegue a bordo del SDF-1 antes de embarcarse en su misión de infiltración, pero de eso Silvana no sabía absolutamente nada. La chica y su amiga caminaron por el medio del mercado mirando los productos en venta, pero más que nada para evitar la ruta directa hacia la plataforma donde la piedra de teletransportación reunía a todos los jugadores que llegaban o salían de Jenne.

Se detuvieron en un pequeño puesto de NPC's y contemplaron una colección de joyería hecha con piedras semipreciosas. El tendero le sugirió a Silvana un delicado broche de pelo de madera oscura con incrustaciones de ámbar que la chica se probó entusiasmada, pero sus habilidades de regateo eran bastante modestas y el precio de aquel pequeño accesorio era demasiado para sus pequeños fondos.

—Es muy bonito, pero tendrá que esperar para cuando tenga algo de dinero de sobra —dijo apenada devolviendo el broche al comerciante.

Continuaron rodeando el mercado y finalmente llegaron al final a unos cuantos pasos de las escaleras que subían hacia la plataforma donde estaba la piedra. Se detuvieron junto a unas enormes pilas de cajones de fruta y espiaron el portal desde su escondite.

—¿Lista? —dijo Silvana mirando a su amiga. —Iremos corriendo y tocaremos la piedra, así no podrán seguirnos.

—Nya. —respondió Mirna sacudiendo las orejas.

Silvana preparó el destino en su interfaz de viaje y se dispuso a correr hasta la piedra. No vió a nadie de La Orden cerca y la plataforma estaba vacía de gente, era el momento ideal.

—A la una, a las dos y a las….¡Tres! —exclamó la chica dando un salto mientras salía del mercado en dirección a las escaleras, pero solo pudo avanzar unos pocos pasos.

Alguien la tomó de la cola y el tirón hizo que la chica se detuviera de inmediato con un grito.

—¡Ah! —exclamó dándose la vuelta mientras los pelos de su cabeza y sus orejas se erizaban. —¿Que…?

—¿A donde cree que va, señorita?. —preguntó Matilda soltando la erizada cola. —¿Otra vez escapando al bosque? —la expresión de la espadachin Windermerense era la de una madre que sorprendió a un niño con la mano en la lata de galletas.

La chica-gato cayó de rodillas sobre los adoquines de piedra dándose por derrotada. —Tan cerca. —suspiró mientras Mirna se arrodillaba a su lado.

Matilda se rascó la cabeza y suspiró resignada.—¿Cuantas veces…?

—Muchas. —reconoció la chica sacudiendo la cabeza. —Es que… necesito entrenar. —dijo mirando a su compañera de clan con ojos de perrito mojado. —Tengo que ir al bosque o jamás podré ser una verdadera Druida.

La espadachín se cruzó de brazos. —Lo se querida, Alex y los demás también lo saben, pero tu seguridad es importante para nosotros.

—Mirna me protegerá. —intentó justificarse la chica-gato dando una palmadita a la cabeza de su amiga. —Ella es muy buena en PvP.

—No dudo de las capacidades de nuestra mejor arquera. —dijo la mujer con una sonrisa. —Lo que me preocupa son los magos de batalla y los Zentradi del Enjambre... ultimamente esos PK's se están volviendo muy osados en sus ataques, un Soporte y un Arquero solos podrían estar en mucha desventaja, especialmente en el bosque donde las oportunidades de disparar una flecha y que no se interponga un tronco o una rama son bastantes elevadas.

Mirna infló las mejillas y lanzó un bufido en dirección a la guerrera. —Ella dice que en el bosque yo puedo cuidarme sola. —tradujo Silvana.

—Ciertamente, en el bosque tus habilidades se potencian exponencialmente. —reconoció Matilda. —Pero tus capacidades ofensivas son limitadas y mientras menos opciones tengas, más peligrosos se vuelven los encuentros. ¿Entiendes? Calypso no puede ser tomado a la ligera, debes salir preparada para cualquier tipo de eventualidad.

—Comprendo. —se rindió finalmente la joven Druida.

Matilda suspiró y miró el portal de la plaza. —En fin… dudo mucho que mi discurso prevenga que vuelvas a intentarlo mañana. —dijo con una sonrisa. —O dentro de quince minutos, pero por hoy creo que podríamos tener una pequeña sesión de práctica. ¿Que dices? ¿Quieres que te acompañe al bosque?

El rostro de la joven se iluminó y se levantó de un salto para tomar las manos de la espadachin. —¿Vendrás con nosotras? ¿Enserio?

Matilda hinchó el pecho orgullosa. —Por supuesto, nadie se atreverá a meterse con nuestra Party si estamos las tres juntas. —afirmó.

¡Yay! —exclamó Silvana.

—¡Nyan! —repitió Mirna sacudiendo la cola.

De inmediato Silvana desplegó la interfaz e invitó a la guerrera a la Party. El retrato y stats de Matilda aparecieron en la lista justo debajo de los de Mirna.

—Será mejor que me hagas a mi la líder de la Party. —aconsejó la espadachin. —Tengo un bonus de liderazgo que las beneficiará a ambas.

Silvana asi lo hizo y de inmediato el manejo de la Party pasó a manos de la Windermerense, lo que implicó que se aplicara un bonus automático a los stats de Silvana y Mirna.

—Es un pequeño modificador +2 a las resistencias de miedo y confusión. —explicó Matilda señalando los pequeños íconos en la interfaz. —Pero es muy útil contra hechizos y ataques mentales de los magos del Enjambre. ¿Como están de pociones y maná?

—Completamente aprovisionadas. —aseguró la joven.

—Bien, yo estoy bien equipada para una sesión de mediana duración, no más de cuatro o cinco horas me temo. —dijo mostrando su inventario. —Espero que sea suficiente.

—Esperábamos estar más o menos esa cantidad de tiempo en el bosque. —explicó Silvana. —De seguro estaremos bien.

Tras comprobar los mensajes y preparar el mapa, Matilda sincronizó a la party preparándose para el viaje por el portal. —¿Listas? —preguntó una vez que hubo cerrado todas las ventanas.

—¡Listas!

—¡Nyan!

—¡Vamos entonces! —exclamó Matilda corriendo hacia las escaleras.

Las dos chicas corrieron tras la Espadachin y en cuanto subieron a la plataforma junto a la piedra ya Matilda había activado el portal por lo que fueron teletransportadas de inmediato mientras estaban aún corriendo.

La luz del aura de protección del Guardián las envolvió en cuanto emergieron de la burbuja, pero lo primero que sintieron fue el viento fresco en el rostro y los aromas de la hierba verde. La pequeña colina elevada en donde se emplazaba la plataforma de acceso al teletransportador estaba en medio de una pradera y la brisa traía un montón de fragancias agradables.

—Jinetes. —dió aviso Matilda en cuanto el efecto de la burbuja se hubo disipado.

Tanto Silvana como Mirna miraron con preocupación en la dirección que señalaba la espadachin y vieron los dos caballos a unos pocos pasos de la plataforma de piedra.

—Espera… no son jugadores. —se corrigió la Windermerense tras observar detenidamente.

—¿No son jugadores? —preguntó la Druida.

Junto a los caballos se encontraban dos personas vestidas con atuendos de pajes. Los dos desconocidos miraron a los recién llegados e inclinaron la cabeza a modo de saludo. Silvana y Mirna devolvieron el saludo tímidamente con la mano. —¿Son NPCs? —preguntó la Druida.

Matilda asintió. —Si, pero los caballos son claramente de un clan de jugadores. —explicó señalando los colores de las ricas sillas de montar adornadas con oro y piedras preciosas. —Estos NPCs son pajes al servicio del Imperio, deben tener preparadas las monturas a disposición de los jinetes para cuando emergen del transportador.

Silvana estaba maravillada. —¿Pueden tener NPCs a su servicio? —preguntó.

—Si tienes el dinero y la influencia necesaria… puedes hacer casi todo lo que quieras en Calypso. —respondió la guerrera. —Será mejor que nos demos prisa o nos cruzaremos con los jinetes que vienen a buscar estas monturas, tal vez no tarden en llegar.

Las tres mujeres bajaron a toda prisa de la plataforma hacia la hierba y descendieron la colina en dirección al Oeste mientras los dos pajes las miraban con curiosidad. A lo lejos se veía la línea oscura del cercano bosque todavía a varios kilómetros de distancia. —Todo parece despejado. —dijo Matilda observando a la distancia. —Pero me gustaría estar segura. ¿Mirna…?

—¡Nya! —exclamó la chica tendiendose sobre la hierba. La arquera apoyó su oreja de gato sobre la tierra y escuchó detenidamente mientras las demás compañeras guardaban silencio. Al cabo de casi un minuto Mirna se incorporó y corrió a susurrarle a Silvana en el oído.

—Dice que la tierra le trae el rumor lejano de cascos de caballo. —informó la joven Druida. —Mirna no está segura de cuántos, cree que son muchos. Están a varios kilómetros al sur y moviéndose hacia el oeste, hacia las montañas.

Matilda asintió con gravedad. —Me gustaria poder ver eso. —¿Puedes ayudarme Silvana?

—Claro. —exclamó entusiasmada la joven. —¡Prepárate Sempai!

La druida tomó su bastón y tras apoyar la punta en la hierba recitó un par de palabras en aquel idioma desconocido de la naturaleza. De inmediato las plantas que estaban debajo de la guerrera de Windermere se agitaron y comenzaron a crecer, formando una pequeña cesta de enredaderas que rápidamente comenzó a elevar a la mujer como si de una plataforma levadiza se tratara.

La plataforma creció hasta alcanzar casi los veinte metros de altura y Matilda pudo observar mejor los alrededores. Se giró hacia el sur y aguzó la vista mientras se protegía de la luz del sol con una mano. Pronto pudo distinguir las puntas de las lanzas y el reflejo de las armaduras de metal de las cabalgaduras que galopaban a toda velocidad hacia las montañas. —Los veo. —informó. —Es un pelotón completo, probablemente medio centenar de soldados.

Mirna trepó con agilidad felina la enredadera y se sentó a los pies de Matilda mientras miraba en la dirección que señalaba la guerrera. —Nya!. —exclamó con desagrado al ver aquello. Los pelos de su cabeza se erizaron de disgusto.

Silvana agitó el bastón y un colchón de lianas apareció a los pies de aquella improvisada torre de observación. Matilda dió una voltereta en el aire y aterrizó sobre el mismo como si se hubiera arrojado sobre una cama elástica en un parque de diversiones. Mirna simplemente saltó y cayó sobre la hierba en cuatro patas como si hubiese saltado de la cama al piso.

—Por suerte van hacia las montañas y no al bosque. —dijo la guerrera mientras descendía de entre los tiernos tallos de enredaderas. —Pero será mejor apresurarnos.

—Lista. —exclamó Silvana empuñando el bastón con ambas manos.

—Iremos a toda velocidad hacia el bosque, recuerden estar en alerta permanente por si sufrimos una emboscada. ¿Recuerdas el protocolo de combate PvP? —preguntó Matilda mirando a la Druida.

—¡Si! —respondió Silvana.

—¡Nya! —exclamó Mirna,

—¡Adelante!

Las tres mujeres se lanzaron a la carrera hacia el bosque. Mirna era la más rápida seguida de cerca por la ágil espadachín de Windermere por lo que ambas guerreras tuvieron que ajustar su velocidad al ritmo algo más lento de Silvana. Aun así corrían como el viento entre la hierba verde y pronto la columna de luz azul del Guardián quedó muy atrás, apenas una fina línea que se alzaba al azul del cielo.

—Informé a Alex de los movimientos en la llanura. —dijo Matilda sin dejar de correr. —Es probable que Dirk sepa algo más, pero por el momento será mejor que La Orden evite ir hacia las montañas… además.

—¿Además? —preguntó Silvana preocupada.

—Vi unas nubes oscuras allá a lo lejos. —dijo señalando hacia el Suroeste. —Y relámpagos, parece ser una fuerte tormenta. Me pregunto que estará por suceder en aquella dirección.

Mirna corría unos diez metros en la vanguardia manteniendo las orejas levantadas hacia delante mientras oteaba en todas direcciones en busca de peligro, de pronto dió un grito y se detuvo en el sitio.

—¡Alto! —ordenó Matilda desenvainando la espada. —¡Estén alertas!

—¡Nya! —exclamó la joven señalando algo en el piso. Silvana comprendió de inmediato lo que era. —¡Oh! —exclamó.

Un cráter se abría en la hierba y la joven Druida comprendió que era el sitio en donde el gigante PK casi había acabado con ella y Dante aquel otro día. Mirna se agachó a examinar el agujero mientras Matilda caminaba alrededor de la hierba pisoteada. —¿Pero que tenemos aqui? —preguntó mirando las huellas del gigante. —¿Esto fue una batalla? ¿Reciente?

Mirna examinó la hierba pisoteada y levantó dos dedos de su peluda mano. —Dos días, comprendo. —asintió la espadachin. —Así que no fue algo reciente… eso me hace sentir más tranquila, especialmente porque estas son huellas de un gigante Zentradi.

Silvana se había quedado callada y miraba el agujero de donde Dante la había sacado casi sin vida aquel día. Parecia que habia pasado una eternidad desde entonces. ¿En donde estaria ahora? ¿Volando en aquel avión blanco?

—Mira estas huellas. —dijo la guerrera Windermerense señalando unos profundos surcos en el suelo. —Son muy diferentes a las otras, pero definitivamente son pisadas gigantes, aunque la hierba parece estar quemada alrededor…como si no hubiera sido producido por un pie gigante común y corriente ¿Crees que…?

—Nya. —susurró Mirna mirando con interés a su amiga. —¿Nyan?

—Desde hace rato que se rumorea que un Valkyrie vuela por Calypso. —observó Matilda rascándose la cabeza. —Hay mucha gente que afirma haber visto un caza transformable de la NUNS. ¿Esta podría ser una prueba de eso…? —observó mirando atentamente el rostro de Silvana.

La joven Druida levantó el bastón y recitó unas palabras. De inmediato las hierbas quemadas y rotas comenzaron a sanar y a crecer alrededor de las cicatrices del combate. En pocos segundos no quedaba ninguna huella visible de aquel drama. Matilda miró confundida a la Druida —¿Porque hiciste eso? —preguntó.

—Porque me pareció lo correcto. —respondió Silvana mirando las plantas completamente recuperadas. —Sigamos al bosque. —pidió.

—Claro. —respondió confundida Matilda. —Continuemos.

Las tres jóvenes reanudaron la carrera pero esta vez en silencio. Los lindes del bosque comenzaron a acercarse y el paisaje comenzó a cambiar alrededor. El terreno comenzó a elevarse y los primeros árboles dispersos comenzaron a aparecer en su camino. Cada tanto Mirna daba un salto sobre alguno de aquellos arbolitos y miraba al horizonte en dirección al guardián, pero nadie las había seguido.

—Silvana. —dijo Matilda una vez que Mirna hubiese vuelto a la vanguardia y el grupo hubo reanudado la marcha. —¿Has hablado con Dante luego de la expedición a las ruinas? —preguntó.

—Le envié un mensaje esta mañana antes de ir a la escuela. —respondió la joven. —Me contestó recién a eso del mediodía, dice que está trabajando full-time y que su jefe es terrible, pero tratará de conectarse a Calypso en cuanto tenga algo de tiempo libre.

—Ya veo. —observó la guerrera mirando la línea de árboles cada vez más cerca. —¿Te dijo algo más?

La chica-gato sacudió la cabeza. —No, pero no quise presionarlo para que volviese a entrar, creo que su nuevo trabajo es prioridad y La Orden puede esperarlo.

Matilda sonrió. —Comprendo. —dijo.

El grupo entró al bosque sin dejar de correr utilizando un estrecho sendero que Mirna y Silvana conocían de memoria. El camino corría cuesta arriba pero daba tantas vueltas sobre si mismo que pronto Matilda perdió el sentido de la orientación, no obstante avanzaban siempre cuesta arriba, internándose más y más en el profundo bosque. Al cabo de diez minutos Mirna se detuvo de improviso al llegar a un claro y levantó la mano señalando que se detuvieran.

—¿En dónde estamos? —preguntó la guerrera Windermerense

—Más adelante el bosque penetra entre dos montañas en medio de un valle de laderas inclinadas, allí los árboles crecen más juntos y debemos avanzar más despacio, es por decirlo así la entrada a la parte más profunda del bosque. —explicó Silvana.

Matilda miró en la dirección que señalaba la joven. —Este bosque… es muy grande ¿Verdad?

—Si, más allá del paso se extiende por cientos de kilómetros en ambas direcciones siguiendo el contorno de las montañas. Nadie lo ha explorado por completo todavía, pero la región que bordea el cauce del río Melk es bien conocida y es la ruta que suele usar la mayoría de los jugadores para llegar a las ruinas de un templo lleno de criaturas malvadas. Nosotros iremos por esa misma ruta pero nos mantendremos alejadas del cauce del río, es la mejor forma de evitar encuentros con otros jugadores.

—Comprendo. —afirmó la espadachín.

Mirna hizo una seña de que la siguieran y el grupo de guerreras se internó entre los árboles nuevamente.

El terreno comenzó a descender y tal como había dicho Silvana los árboles se volvieron más grandes y se erguían mucho más juntos en aquel paso. Había una senda trazada allí pero no vieron huellas frescas, solo marcas de cascos de caballo que parecían tener varios días de haber pasado por allí.

Mirna avanzaba al frente con su arco de madera oscura preparado con una flecha en la mano. Silvana caminaba en el medio y Matilda cerraba la marcha con su fina espada desenvainada. Temían una emboscada en aquel angosto lugar pero lo que más les preocupaba era el silencio que había alrededor.

—¿Dónde están los animales en este bosque? —preguntó Matilda mirando hacia atrás. —Desde que comenzamos a descender de aquel claro que no escucho un pájaro o nada que se le parezca.

Silvana asintió; también ella lo habia notado.

La senda las condujo por fin al final del paso entre las montañas y oyeron más adelante el sonido claro de unos rápidos.

—Ese es el río Melk. —avisó Silvana. —Será mejor ahora dejar el camino e internarse en el bosque, será más seguro.

—El sentido común diría exactamente lo contrario. —observó la guerrera. —Pero aquí en la floresta pienso hacerte caso a todo lo que digas. —afirmó convencida.

Dejaron la senda y se internaron entre los enormes troncos siguiendo el camino que Mirna elegía con cuidado. Avanzaban lento, caminando con cuidado entre las enormes raíces de los viejos árboles que se retorcian como grandes serpientes por el suelo del bosque, pero también vieron piedras resquebrajadas y cada cierto trecho un pequeño arroyuelo descendía entre las piedras y raíces para unirse al río que corria pendiente abajo.

Al cabo de quince minutos llegaron a una gran roca que se erguía solitaria en un pequeño claro iluminado apenas por el sol, dando un aspecto misterioso al sitio.

—¿Qué lugar es este? —preguntó Matilde envainando la espada al ver que Mirna volvía a colgarse el arco a la espalda. —¿Es seguro descansar aquí?

Silvana se detuvo junto a la roca y acarició la superficie cubierta de musgo. —No se como se llama exactamente este lugar. —dijo mirando a la guerrera. —No aparece en el mapa.

—Es cierto. —dijo la espadachin desplegando su propia interfaz con el mapa de la región abierto. —No aparece ningún punto de interés en nuestra ubicación, pero es extraño que un monolito de esta clase se emplace en medio del bosque sin ningún motivo aparente.

—Mirna y yo llamamos este sitio El Santuario. —explicó la joven. —Es nuestra pequeña base de operaciones.

—¿Santuario? —preguntó intrigada Matilda. —¿Por que lo han llamado así?

Silvana se apoyó en la roca y se cruzó de brazos. —Cuando encontramos este lugar hace unos meses atrás nos acostumbramos a venir casi todos los días, pero nos percatamos de algo peculiar cada vez que volviamos y entrabamos al claro.

—¿Algo peculiar?

—Cada vez que visitamos este sitio, el claro está como el primer dia que lo descubrimos. —explicó Silvana.

Matilde no comprendió aquello. —¿A qué te refieres?

—A que no había rastros de nuestra estadía de la jornada anterior… las hierbas no permanecen dobladas o quebradas, no quedan huellas de nuestras pisadas, incluso Mirna intentó dejar una marca en la roca con uno de sus cuchillos de caza y aunque quitó una esquirla bastante grande aquí. —dijo mientras señalaba una de las aristas del monolito. —Al día siguiente no había marca alguna. —afirmó.

Matilda se cruzó de brazos pensativa. —Esto podría ser un descubrimiento interesante. —dijo. ¿Han investigado algo más sobre este sitio?

—Nyan. —dijo Mirna sentándose junto a Silvana.

—Hay una runa tallada en la cara norte de la piedra. —recordó Silvana. —Pero no se lo que dice. Mirna tampoco sabe leerla.

—Déjame echar un vistazo.

La mujer rodeó la roca en la dirección que le indicó Silvana y examinó la parte superior de la misma. El monolito media unos tres metros de altura, pero parecía ser parte de algo mucho más grande enterrado en el suelo del bosque. Si era algo puesto artificialmente allí o simplemente alguien lo había tallado en el sitio, era algo imposible de saber. Enredaderas y helechos crecían en algunas grietas en la roca pero la inscripción tallada a unos dos metros del suelo era parcialmente visible entre las hojas.

Matilda apartó las plantas con la mano y dió una exclamación de asombro al ver aquello. —¡Son runas de la protocultura! —gritó.

Silvana y Mirna se acercaron de inmediato. —¿Puede leerlo, Sempai? —preguntó asombrada la joven Druida.

Para su decepción la guerrera sacudió la cabeza, haciendo que su runa con forma de corazón se meciera de un lado a otro. —Mi personaje pertenece a la clase Aristocrática de Windermere y entre algunas de sus habilidades se encuentra la de comprender varios lenguajes. Yo no puedo leer esa runa, pero las habilidades sociales de mi personaje alcanzan para reconocer la escritura de Protocultura. Si quisiera poder entender esa clase de runas debería invertir puntos de habilidad en estudiar ese lenguaje, cosa que…

—Comprendo. —dijo Silvana con una sonrisa.

Matilda miró las marcas en la roca y utilizó la interfaz del juego para sacar una captura de lo que veía su personaje que de inmediato se convirtió en una fotografía lista para ser enviada por las redes sociales. —Esto es más que interesante… las ruinas de la Protocultura son descubrimientos muy valiosos en Calypso, y esto podría ser algo completamente desconocido para el resto de los jugadores.

La joven agachó la cabeza. —No sabia que era algo tan importante. —dijo. —De haberlo sabido antes…

La espadachin sonrió. —No te preocupes Silvana, tal vez no sea nada importante al final de cuentas, solo una roca con una runa grabada hace miles de años… pero ese fenómeno que mencionaste antes… creo que Alex estará interesado en eso. En fin. —dijo de pronto sonándose los nudillos. —Dejemos el aburrido trabajo de arqueología al jefe ¿Y si nos ponemos a ganar experiencia? ¿O vinimos de Picnic?

—Tienes razón. —dijo la joven chica-gato tomando su bastón con ambas manos. —Será mejor ponernos manos a la obra antes de que oscurezca.

Silvana caminó en silencio hacia uno de los árboles que estaban en los lindes del claro y apoyó su frente en la oscura corteza. Permaneció en esa posición con los ojos cerrados mientras solo se escuchaba el viento susurrar entre las ramas elevadas que se mecían sobre sus cabezas.

—¿Sabes lo que está haciendo? —preguntó mirando a Mirna quien se había sentado a su lado.

—Nya.

—Claro. —respondió Matilda.

Al cabo de unos minutos la cola de Silvana se erizó por completo y la joven se apartó del tronco abriendo los ojos. —El bosque está sufriendo en aquella dirección. —dijo con voz profunda señalando hacia las sombras bajo los árboles. —Debemos apresurarnos.

Mirna se puso de pié de un salto y rápidamente se internó en la floresta en la dirección que la druida había señalado. Silvana y Matilda la siguieron de inmediato.

El terreno descendía hacia el valle en donde discurria el río Melk pero Silvana las guió por una cañada de un afluente poco profundo del río principal y se desvió hacia el norte mucho antes que pudiera oir las aguas revueltas de la poderosa corriente. Encontraron allí los restos de un antiguo camino pavimentado casi en su totalidad ahora oculto por la floresta. Los árboles habían crecido incluso en medio del camino y las raíces habían levantado y desplazado los adoquines, por lo que no era una ruta fácil. Aún así avanzaron mucho más rápidamente que entre los gruesos troncos a ambos lados del camino que creaban una especie de muralla natural que les cerraba completamente el paso.

Al cabo de un rato de marcha llegaron a lo que parecía ser un claro de grandes proporciones pero pronto comprendieron que estaban ante algo más siniestro.

—¡Oh! —exclamó Silvana adelantándose al resto en cuanto el grupo salió de entre los árboles.

Ante ellas se abría un campamento abandonado de algún tipo de explotación forestal. Docenas de tocones cortados y troncos destrozados se encontraban desperdigados en un área del tamaño aproximado de un campo de Fútbol. Dos enormes pilas de ceniza y restos de madera carbonizada se erguía en el medio del claro.

Matilda caminó entre las ramas caídas y observó las enormes marcas de hachas en los troncos derribados. —Esto no parece ser un campamento maderero. —dijo mirando con atención los árboles despedazados.

Silvana se acercó a un gran tronco caído y acarició la madera desgarrada. —No. —dijo. —A estos árboles les han arrancado la corteza y han abandonado todo lo demás.

—Así que han estado extrayendo indiscriminadamente recursos del bosque. —reflexionó la guerrera. —¿El Imperio?

—¡Nya! —exclamó Mirna señalando algo en el suelo. Cuando las demás se acercaron y vieron la enorme huella, entendieron de inmediato. —Gigantes. —dijo Silvana. —Esto es obra del Enjambre. ¿Cómo han llegado hasta aquí?

Matilda la miró asombrada. —¿A qué te refieres? —preguntó.

—Los gigantes Zentradi nunca entran tan profundamente en el bosque, los árboles son demasiado grandes y hasta ellos tienen problemas en caminar por la floresta.

Las tres mujeres miraron en silencio la destrucción a su alrededor. —Pues parece que han encontrado la forma hacerlo. —dijo.

Silvana suspiró y se puso de inmediato manos a la obra. Tomó su báculo y comenzó a examinar todos los tocones que antes habían sido enormes y centenarios árboles de más de veinte metros de altura. Muchos de ellos estaban medio arrancados y las enormes raíces asomaban entre la tierra revuelta, pero otros habían sido cortados por enormes hachas y aun permanecían fuertemente enterrados en el terreno. Silvana se acercó a estos últimos y usando su bastón recitó una serie de hechizos de curación.

Brotes verdes comenzaron a crecer de los troncos mutilados mientras un aura de luz dorada rodeaba tanto al árbol como a la druida. Al terminar el hechizo las hojas verdes recién brotadas de los largos tallos que la magia sanadora había hecho crecer de aquellos tocones se mecían suavemente en la brisa.

La Druida recorrió todo el campamento tratando de sanar la terrible destrucción causada por los gigantes, pero no todos los árboles pudieron ser salvados. Algunos simplemente ya estaban secos y ni siquiera la poderosa magia de Silvana pudo revivirlos.

Mirna se había trepado a uno de los árboles al borde del claro y montaba guardia con su arco listo mientras Matilda exploraba el terreno en busca de pistas, aunque en realidad no había mucho para ver; las ruinas tenían al menos una semana de antigüedad y no quedaba rastro alguno salvo las huellas gigantes.

Aun así Matilda tenía que informar aquello por lo que abrió su interfaz de comunicaciones e inició una petición de chat con Alex. El joven respondió al cabo de unas cuantas llamadas.

—¿Interrumpo algo? —preguntó la mujer en cuanto Alex contestó la comunicación.

—En realidad tu llamada me dió la excusa perfecta para sacarme a un par de indeseables de encima. —dijo con voz cansada.

—Dejame adivinar...¿Recolectores de impuestos del benévolo Imperio?

—Si. De forma muy "amigable" vinieron a comunicar que por injerencia de los Administradores y el Concilio iban a prolongar una semana más las fechas de cobro hasta que la situación económica se estabilice un poco… creo que realmente se quedaron esperando que les dé la gracias por sus "buenas" noticias.

Matilda apretó los puños con fuerza. —¿Esas son todas las medidas que adoptó el Concilio? ¿Solo una simple extensión de tiempo?

—Creo que la crisis del mercado quedó un poco en segundo plano. —explicó el líder de la orden. —Algo pasó durante la asamblea y los representantes perdieron rápidamente el interés por solucionar el problema.

—No me gusta lo que estoy oyendo. —aseguró la espadachin.

—A mi tampoco, hay tantos rumores dando vueltas que es difícil saber lo que está sucediendo realmente.

—¿Qué opina Dirk? ¿Haz hablado con el?

—No y eso es la otra cosa que me preocupa… no se ha comunicado conmigo desde anoche y eso no es normal en el.

—El gremio de Informantes tiene su propia agenda. —razonó la Windermerense. —Es posible que Dirk no haya tenido tiempo de contactar contigo, especialmente si como dices Mir se ha convertido en el centro de la tormenta.

—Aún así… —suspiró Alex. —Por cierto.. ¿En donde estas?

—Estoy en BosqueViejo, en algún lugar al Este del río Melk aparentemente.

—¿BosqueViejo? ¿Que…? —La voz de Alex guardó silencio unos segundos mientras ponía en orden sus ideas. —¿Estas con Silvana?

—La atrapé justo a tiempo antes que se escurriera por el portal. —explicó Matilda. —Vine con ella y Mirna para asegurarme que no se metieran en problemas.

Casi a un centenar de kilómetros de allí, Alex se reclinó en la silla de madera frente al escritorio lleno de papeles. Su interfaz tenía abiertas varias hojas de cálculo con informes contables y de inventarios varios de las reservas menguantes de La Orden. —Gracias por cuidar de ellas dos. —dijo mientras se quitaba los anteojos y se masajeaba la frente. —Si los rumores son ciertos…

—Tal vez solo sean rumores. —opinó la mujer. —En todo caso no nos han seguido, aunque hay bastante movimiento en la llanura. También hemos descubierto unas ruinas interesantes, te enviaré las coordenadas del mapa para que Lila las analice.

—Lila dejó La orden esta mañana. —respondió Alex con un suspiro. —Tendremos que buscar otro experto en Lore y Arqueología que la reemplace.

—Oh. —exclamó la espadachin.

—Está bien, tampoco es algo prioritario. —la tranquilizó el joven. —Algo más importante es cómo están las cosas ahí fuera. ¿Que tal el desempeño de tu party en el bosque? —preguntó interesado.

Matilda sacudió la cabeza. —Ni Mirna ni yo hemos hecho mucho todavia. —reconoció. —Pero si preguntas por Silvana… se ha pasado toda la tarde lanzando hechizos de toda clase y su barra de maná apenas se ha movido un pelo.

—¿Su habilidad de Sifón no se ha visto afectada?

—Aparentemente no… o tal vez si, pero no afecta en nada al personaje de la chica, cosa que no me extrañaría dado los monstruosos stats de su avatar.

Alex se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa. —Es bueno saberlo, al menos es una pequeña buena noticia en un mar de malas.

—Aún así… —comenzó a decir Matilda mirando el aura de poder que alumbraba la punta del bastón de la joven druida mientras se movía por aquel desastre. —Silvana es una chica muy dedicada al cuidado y la protección del bosque, pero esta clase de actividades…

Con un movimiento de la mano abrió la ventana que contenía los stats de su personaje. —Haciendo un cálculo rápido creo que estamos entre los trescientos cincuenta o cuatrocientos puntos de Experiencia por hora. —dijo mientras miraba las cifras. —Cada árbol, planta o hierba que Silvana ayuda a restaurar solo dá una pequeña fracción de puntos de experiencia.

El líder de La Orden soltó un suspiro. —A su nivel Silvana debería estar obteniendo mil quinientos o dos mil puntos por hora, el ritmo que lleva es demasiado lento, incluso para personajes soporte como los de su clase.

—Lo se, además está el tema de los Drops.

—Curar el bosque proporciona experiencia, pero no Oro u otros ítems. —razonó Alex. —El oro es necesario para costear su equipo, así como las reparaciones, las pociones y todos los demás gastos que un personaje de nivel alto tiene en este mundo.

—La Orden puede encargarse de esas cosas materiales. —dijo Matilda. —Pero no podemos forzarla a desarrollar su personaje a un ritmo en el que se sienta incómoda o se sienta presionada por el juego.

Alex guardó silencio unos instantes antes de hacer la siguiente pregunta. —¿Sabes si Dante ha intentado contactarla?

—Me dijo que ella lo invitó a jugar esta tarde, pero el chico se disculpó aduciendo que tenía mucho trabajo que hacer.

—Comprendo. —dijo. —¿Se van a quedar hasta muy tarde?

—No lo creo, aunque mañana al ser sábado ni Silvana ni Mirna tienen que ir a la escuela, tal vez quieran quedarse hasta que caiga el sol.

—Bien, tengan cuidado en el bosque entonces. —advirtió el joven.

—Nos vemos a la vuelta.

Cuando Matilda cortó la comunicación Silvana ya se estaba acercando a ella. Mirna descendió del árbol de un salto y con una magnífica voltereta acrobática aterrizó sobre sus cuatro extremidades como… bueno, como un gato justamente.

—¿Listo? —preguntó la espadachin en cuanto Silvana hubo llegado junto a ella.

La Druida sacudió la cabeza. —Aquí sí, pero siento que más árboles han sido lastimados en aquella dirección. —dijo señalando con su bastón hacia el norte, donde las faldas de las montañas comenzaban a elevarse en la lejania. Matilda se rascó la cabeza. —Esperaba ir a cazar algún monstruo del bosque, pero si tienes que hacer eso, tienes que hacerlo y punto.

—Gracias por comprender, Sempai. —dijo Silvana haciendo una pequeña reverencia. —Se que no ganamos mucha Experiencia con esto pero…

—No te preocupes por eso y mejor vamos allí o pronto se hará de noche.

—Nya. —exclamó Mirna moviendo la cola.

El grupo volvió a ponerse en marcha y se internó en el bosque siguiendo la dirección que marcaba Silvana. Aquella parte de la floresta no era tan densa como la cuenca por donde fluía el río principal y abundantes hierbas crecían en el piso del bosque aprovechando la luz que se filtraba entre el follaje de los árboles. Ninguna de las tres mujeres tenía habilidades de Herboristería, pero Mirna tenía un excelente sentido del olfato y pudo descubrir varias plantas de propiedades medicinales bastante valiosas para ser procesadas en el laboratorio del Clan.

Aquellas simples plantas podían alcanzar un buen valor en el mercado, pero procesadas por el personaje con las habilidades correctas podría triplicar y hasta cuadruplicar el valor base de la medicina.

Tras recolectar todas las hierbas que pudieron continuaron marchando hacia el norte mientras el terreno volvía a elevarse y los árboles frondosos daban paso a pinos y abetos enormes, de casi treinta metros de altura. El sol ya se estaba ocultando tras las montañas y las sombras comenzaban a cubrir el bosque.

—Se está haciendo tarde. —dijo Matilda mirando por sobre su hombro como una tenue neblina había comenzado a aparecer sobre la parte más baja del valle, en donde se adivinaba la depresión por donde corría el río. —¿Es muy lejos?

—No, es allí, detrás de aquel grupo de árboles. —indicó Silvana.

Las tres mujeres caminaron los últimos metros y tras cruzar una serie de arbustos bajos salieron a un nuevo claro.

—¡Hijos de puta!. —exclamó Matilda al ver aquello. —Esto no ha sido para extraer recursos, esto lo han hecho de pura maldad.

La espadachín no se equivocaba: casi medio centenar de grandes árboles yacían apilados en el centro del claro. Los enormes troncos destrozados habían sido arrojados a la pila como si fueran simples palillos en una hoguera gigante pero a diferencia del campamento que habían visitado antes, aquí ninguno de los troncos había sido despojado de la valiosa corteza. Alguien había arrancado aquellos hermosos árboles y los había dejado pudrirse al sol.

Silvana se acercó a la pila y sacudió la cabeza. —¿No podemos denunciar esto al Concilio? —preguntó.

—No nos harán el menor caso. —respondió Matilda. —Para ellos el bosque y sus habitantes son parte del juego y si pueden ser aprovechados de alguna forma, entonces es juego limpio.

—Es… horrible. —dijo la chica-gato apretando con fuerza el bastón sintiendo la impotencia de no poder hacer nada. —Trataré de reparar como pueda el daño, algunos árboles están todavía a medio arrancar y tengo bellotas y semillas para sembrar.

—De acuerdo. —dijo Matilda. —Te ayudaremos.

Silvana les dió a las dos unas bolsitas llenas de semillas y les pidió que las sembraran con bastante separación unas de otras. Eso hicieron y al cabo de quince minutos las tres mujeres habían recorrido todo el claro sembrando diferentes tipos de árboles con la intención de reparar el daño causado por los gigantes. Una vez que se acabaron las semillas se reunieron al pié de la enorme pila de troncos y Silvana levantó el bastón en el aire.

—Voy a lanzar un hechizo de área para hacer que todos los árboles broten al mismo tiempo. —exclamó la chica entusiasmada. —Con algo de suerte el claro se recuperará en sólo unas cuantas décadas.

—¡Nya! —exclamó Mirna levantando su arco en el aire apoyando las palabras de su amiga.

El sol se había ocultado por completo y las sombras habían invadido todo el claro.

La punta del bastón de la Druida comenzó a brillar y unas cintas con runas brillantes comenzaron a danzar alrededor de la oscura madera del artefacto. Era un hechizo largo y complejo. Matilda observó en su interfaz como la barra de maná de su amiga comenzaba a descender a medida que el poder de la magia se concentraba a su alrededor.

El claro se iluminó con una intensa luz esmeralda y pequeñas partículas de luz azuladas comenzaron a ascender desde el suelo, como si miles de pequeñas luciérnagas despertaran entonces.

—Es hermoso. —dijo la Windermerense mirando fascinada la magia en acción. —¡Oh, mira Mirna! —exclamó de pronto señalando el pequeño montículo de tierra más cercano en donde habían enterrado una de las semillas provistas por Silvana.

Una pequeño retoño de abeto comenzó a crecer rápidamente, elevándose en el atardecer mientras pequeñas chispas de magia estallaban cada vez que una de las pequeñas hojas se abría al cielo. En unos pocos minutos ése y todos los demás árboles sembrados por las tres mujeres alcanzaron unos diez centímetros de altura y sus brillantes hojas verdes se movieron en la brisa que antecede al anochecer.

Justamente aquella brisa fué la que hizo reaccionar a Mirna.

—¿Nya? —exclamó la chica de pronto irguiéndose por completo junto al retoño que había estado examinando.

—¿Qué sucede, Mirna? —preguntó Matilda.

La chica-gato olfateó el aire. El viento había cambiado de dirección y ahora venía desde el otro lado del claro, del otro lado de la enorme pila de troncos destrozados.

—Nyan.

No fué tanto el tono del maullido de la arquera, sinó la forma en la que su cola y orejas se erizaron por completo. Matilda conocía esa reacción.

—Oh, mierda. —exclamó mientras desenvainaba velozmente su florete y entraba en modo combate. —¡Silvana! ¡Aborta el hechizo y pre-…!

El mundo pareció estallar a su alrededor.

De pronto se encontró volando por los aires junto a miles de fragmentos y astillas de madera. Las habilidades acrobáticas de su raza Windermerense se activaron y su cuerpo giró automáticamente sobre sí mismo preparándose para el impacto contra el suelo. Incluso así su aterrizaje fué bastante violento y un par de puntos de salud desaparecieron de su barra de vida.

—¿Pero que mierda…? —gritó protegiéndose los ojos de las astillas que aún volaban a su alrededor.

Mirna aterrizó a su lado en cuatro patas y de inmediato se incorporó desplegando su arco. Las manos de la chica-gato se movían tan rápido que la flecha de plumas verdes pareció materializarse de la nada en la cuerda del arco, lista para ser disparada.

—¡Nya! —gritó.

Frente a ellas un gigante se levantaba lentamente de entre los troncos destrozados en donde había estado oculto. En su mano derecha sujetaba a la indefensa Silvana quien miraba con terror la sonrisa malévola del terrible enemigo que acababa de capturarla.

—¡Silvana! —gritó Matilda activando su habilidad de aceleración.

El gigante se rió y apretó el puño con fuerza. Silvana gritó de dolor dejando caer su báculo y la mitad de sus puntos de vida desaparecieron en un instante.

La espadachín se lanzó hacia delante como una centella, dejando tras sí una estela fantasmal que se desvanecía entre la hierba. En apenas un latido de su corazón ya estaba junto al enemigo lanzando su más poderoso ataque.

Pero el gigante la ignoró. Se incorporó por completo mientras sostenía a la Druida en su puño y recibió el golpe de Matilda justo en el muslo derecho.

El arma de acero especial de la guerrera rasgó la carne como si fuera una vieja tela, pero el gigante apenas sintíó algo más que una cosquilla. —Ya me estaba cansando de esperarte. —dijo con voz rasposa mirando a su indefensa presa. —Y pensar que consideré este plan como algo estúpido… realmente subestime la idiotez de esta abraza-árboles.

Para entonces Mirna ya había clavado media docena de flechas en el pecho y brazo del gigante, pero el enemigo no parecía darse cuenta de ellos. —Ahora por fin podré recoger la recompensa por tu cabeza. —dijo mientras sus ojos brillaban de codicia.

Matilda estaba furiosa y su runa brillaba con el color rojo de la sangre. Giró en redondo y volvió a activar su habilidad de aceleración pero esta vez dió un salto en el aire. Los guerreros de Windermere eran espadachines con habilidades acrobáticas sobrehumanas, casi rivalizando con la de la gente-gato del planeta Voldor. Aquellos genes modificados por la Protocultura les permitían dar grandes saltos y cambiar de dirección en el aire, así como contorsionar sus cuerpos y lanzar golpes y estocadas desde toda clase de direcciones, apabullado así a sus rivales en un torbellino de acero que siempre encontraba un hueco en las defensas del enemigo.

Pero el enemigo que ahora enfrentaba no necesitaba defenderse de sus ataques. Era tan grande y poderoso que el florete de la guerrera era apenas algo más molesto que la picadura de un insecto.

El poderoso salto le permitió alcanzar la rodilla del gigante. La fina hoja del arma brillo en cuanto Matilda canalizó un hechizo de poder que multiplicó varias veces la energía cinética del arma en el momento del contacto.

Esta vez el gigante si sintió el golpe, pero no bastó para hacerlo soltar a su presa. —¿Ya les llegará el turno a ustedes, putas. —dijo lanzando una mirada sombría a la pequeña guerrera que parecía aparecer y desaparecer entre los troncos caídos de tan rápido que se movía. —Esta Druida ya se me escapó una vez, pero no volveré a cometer el mismo error.

Matilda aterrizó en la hierba y esquivó con facilidad el terrible pisotón del gigante. Podía saltar más que nadie, pero el gigante era demasiado alto, no podría alcanzar ninguno de sus puntos vitales desde el suelo del claro. Aquello la hacía sentirse aún más furiosa.

—¡Puta! —gritó el grandulón al ver la estela fantasmal desaparecer debajo de su pie.

—Esto no va a funcionar Mirna. —dijo Matilda por el chat. —No somos lo suficientemente fuertes para vencerlo…

—¡Nya! —exclamó la chica lanzando otra flecha hacia el rostro del gigante. —¡Nya!

—No creo que nuestros ataques le hagan mucho daño. —respondió la espadachín mientras giraba rápidamente buscando la espalda del enemigo. —Pero tenemos que vencerlo de algún modo. ¡No nos rendiremos!

—¡Nya!

La flecha de la chica-gato se clavó en el párpado del gigante, haciendo que cerrara momentáneamente el ojo. —No creas que podrás dejarme ciego de un flechazo, puta. —maldijo tomando un enorme pedazo de tronco con su mano libre. —¡Tragate esto! —gritó arrojando aquel enorme pedazo de madera en dirección a la arquera.

Mirna saltó hacia un lado y esquivó con facilidad el proyectil, momento que aprovechó Matilda para atacar por la espalda.

Dando un poderoso salto de casi cinco metros logró alcanzar la enorme espalda del gigante, lanzando un tajo transversal que brilló como una línea de fuego en las sucias ropas de cuero antes de desaparecer en una voluta de humo.

—¿Que no te cansas de hacer eso? —gritó el bruto dándose la vuelta. —¡Es inútil, mueran de una puta vez!

Diciendo aquello dió una tremenda patada a la pila de troncos que había a su pies y una lluvia de madera, astillas y ramas salió volando en dirección a Matilda.

—¡Oh mierda! —gritó ella activando al máximo su habilidad para esquivar ataques, pero la cantidad de proyectiles era demasiado grande; varias astillas impactaron en su cuerpo y la hicieron perder el equilibrio, haciendo que cayera de espaldas contra el suelo. El Zentradi no perdió la oportunidad y se abalanzó sobre la guerrera para aplastarla de una vez por todas ante los gritos desesperados de Silvana, quien atrapada en el puño del gigante miraba horrorizada la escena sin poder hacer nada

—Matilda! ¡Cuidado!

—¡Cúbrete! —gritó Mirna por el chat, hablando por primera vez desde que entraran al bosque.

La flecha que lanzó tenia una pequeña esfera de tela en la punta con una mecha encendida. Cuando el proyectil pasó justo delante del rostro del gigante estalló y una poderosa luz lo cegó completamente.

—¡Argh! —gritó el Zentradi cubriéndose los ojos con la mano libre.

Matilda rodó en la tierra y el pié del gigante se enterró a unos pocos centímetros de su cabeza. —¡Gracias Mirna! —gritó dando un salto justo en cuanto el bruto aterrizaba a su lado.

—¡Silvana! —gritó por el chat en cuanto pudo tomar algo de distancia. —¿Puedes oírme?

La Druida estaba aturdida, pero no completamente fuera de combate. —¡No puedo zafarme! —gritó.

—Lo sé… trataremos de hacer que te suelte. ¿Tienes algún hechizo que puedas hacer sin usar tus manos?

—Yo… no lo se. —sollozó la chica completamente indefensa. —Sin mi báculo…

—¡Concentrate! —gritó Matilda. —¿Tienes algun hechizo defensivo? ¿Algo que afecte solo a tu personaje?

La voz de Mirna se escuchó por sobre el estruendo de las maldiciones del gigante. —Armadura de Espinas, Nya. —dijo.

Silvana asintió con la cabeza y cerró los ojos. Pronto su cuerpo empezó a brillar y un aura de poder empezó a formarse mientras el gigante se incorporaba y volvía a lanzar un golpe casi a ciegas hacia donde estaba la guerrera.

Las ropas de la Druida brillaron y se cubrieron con un patrón de pequeñas espinas fantasmales, de inmediato la mano del gigante se abrió al fallar la resistencia contra el repentino daño recibido. —¡Mierda! —exclamó el bruto agitando la mano herida. —¿Como rayos…?

Silvana cayó sobre la hierba y rodó hacia un costado, de inmediato se incorporó y salió corriendo hacia su báculo que yacía tirado a una docena de metros de distancia.

—¡Eso sí que no, puta! —gritó el gigante mientras se volteaba. —¡No escaparás!

Tomó un tronco enorme y lo lanzó hacia la chica para intentar aplastarla, pero Matilda estaba alerta.

Con un salto enorme se encaramó al tronco en pleno vuelo y usó su habilidad de aceleración para dar un nuevo salto utilizando al proyectil como apoyo. El intercambio de energía durante la desquiciada maniobra ayudó a desviar un poco la trayectoria del tronco, que cayó a unos pocos metros de Silvana haciendo que la chica tropezara y cayera entre la hierba, de inmediato se incorporó y continuó corriendo hacia su arma salvadora sin mirar atrás.

Matilde no desaprovecho tampoco aquel el impulso extra. El salto en medio del aire la propulsó a toda velocidad y la altura que ganó le permitió llegar al pecho de su contrincante. Esquivó un puñetazo que fácilmente podía haberle rotos todos los huesos del cuerpo y lanzó una estocada directamente al corazón, pero la punta del arma golpeó una anilla de hierro que el gigante tenía oculta bajo las pieles que lo cubrían y las chispas saltaron en todas direcciones al chocar los metales.

—¡Mierda! —gritó Matilde dando una voltereta para salir del alcance de los puños del Zentradi.

El Zentradi desvió con el brazo una nueva andanadas de flechas disparadas por Mirna y se lanzó a la persecución desesperada de la Druida, quien ya estaba junto a la pila de troncos en donde había estado oculto el gigante.

Silvana tomó su bastón de entre las ramas destrozadas y se volvió con calma hacia el gigante, quien loco de furia se arrojó sobre ella. La punta del arma se iluminó y la joven recitó una sola palabra.

Hubo un sonido atronador y de pronto el monstruoso cuerpo del Zentradi quedó suspendido en medio del aire, como si una gigantesca telaraña de vegetación se hubiese materializado de la nada. Las gruesas lianas se ajustaron alrededor de brazos y piernas como boas constrictoras tratando de inmovilizar a un elefante.

—¿Otra vez con tus enredaderas? —gritó fuera de sí el gigante arrancándose con evidente esfuerzo una enorme masa de tallos y hojas que había cubierto parte de su pecho. Tenía el rostro desencajado por la furia y una baba blanca le brotaba de la boca abierta—¿Crees que puedes detenerme con estos trucos de jardinería? —gritó hacia la valiente pero pequeña figura que lo desafiaba sola en el piso del claro.

—Yo no. —respondió Silvana bajando con calma el bastón. —Pero mis amigas si.

Un destello fantasmal en la periferia de la mirada del gigante hizo que mirara de inmediato a su izquierda. Por una de las lianas que sujetaba su brazo izquierdo una pequeña figura plateada corría a una velocidad increíble dejando una estela fantasmal a su paso. Otra figura oscura, aún más difícil de ver que la primera subía en cuatro patas por otra de las lianas atadas a su brazo derecho.

—¿Pero que…?

Matilda usó los últimos restos de maná para dar un enorme salto que la llevó justo frente al rostro sorprendido del gigante. Mirna hizo lo mismo usando su habilidad gatuna y ambas mujeres se cruzaron en el aire justo frente a la nariz bulbosa del bruto soldado del Enjambre.

El florete de la Espadachin y el cuchillo de caza de la arquera relampaguearon en la oscuridad y los globos oculares del gigante estallaron en una catarata de sangre. El terrible grito que emitió luego fué tan fuerte que hizo temblar las ramas de los árboles.

—¡Vamos! ¡Huyamos! —gritó Matilda aterrizando junto a Silvana.

El gigante comenzó a lanzar golpes a ciegas a su alrededor loco de furia, pero las tres mujeres ya estaban lejos, corriendo a toda velocidad por entre los árboles en dirección al sur, hacia el paso que llevaba al río.

La oscuridad en el bosque era total pero los ojos de Mirna podían ver perfectamente en aquellas condiciones de luz y guió a sus compañeras sin descanso por el camino más seguro.

El estruendo producido por el Zentradi se fué perdiendo en la distancia hasta que finalmente se apagó del todo y el silencio volvió a reinar en BosqueViejo, solo entonces Mirna se detuvo al llegar junto al río y dejó que sus compañeras descansaran tras la desquiciada huida. La chica-gato no estaba cansada en absoluto y se sentó tranquilamente sobre una roca que sobresalía de las espumosas aguas del río a limpiar su enorme cuchillo de caza.

Silvana y Matilda se desplomaron simplemente en la hierba y permanecieron mirando las primeras estrellas que asomaban en el cielo.

—Eso… eso fué… —intentó hablar Silvana mientras su pecho subía y bajaba rápidamente al tratar de respirar.

—Una completa locura. —terminó la frase la guerrera. —Todavía no entiendo como estamos vivas.

—Nyan. —dijo Mirna sacudiendo las orejas. La arquera envainó su chicllo bajo la capa y de un salto bajó de la roca para ir a sentarse junto a Silvana. —¿Estás bien? —preguntó cuando estuvo a su lado.

—Si, gracias Mirna. —dijo la Druida acariciando la suave cabeza peluda de su amiga. —Y gracias también a ti, Sempai… si no fuera por ustedes dos...

Para su desconcierto Matilda se incorporó y tras dar un par de pasos en dirección al río golpeó con fuerza una de las rocas cercanas, ventilando con esa acción toda la frustración que había acumulado durante la huida.

—¿Que…? —preguntó asustada Silvana. —¿Se-Sempai?

Las tres mujeres quedaron calladas mientras los lejanos truenos de una tormenta sonaban en la lejanía. En aquel mismo momento un rayo caía en medio de la confusión en la plaza principal de Mir y el caos de desataba por doquier.

—Fuí una tonta. —dijo Matilda apretando el puño lastimado tras el golpe. —Sabia que podian tenderte una trampa y sin embargo te expuse al peligro.

—Sempai. —dijo Silvana sentándose en la hierba. —No fué tu culpa.

—Si, lo fué. —respondió la mujer con los ojos brillantes de furia. —Como líder de la party era mi deber velar por ustedes, mi falta de previsión hizo que casi nos mataran a todas.

Mirna agachó las orejas y sacudió la cabeza.

Matilda se quitó el cabello de frente a sus ojos y su runa latió con fuerza. —El bosque se ha convertido en un sitio muy peligroso para nosotros. —dijo suspirando. —Creo… creo que no deberíamos volver más a este sitio.

Silvana apretó el bastón con sus dos manos y bajó la cabeza sin saber qué decir.

—Hablaré con Alex y los demás sobre esto. —dijo caminando hacia la joven mientras extendía la mano para ayudarla a levantarse. —Tal vez encontremos una forma de sacarnos de encima a esos PKs. —dijo. —Pero mientras tanto, por favor no vuelvas a salir sola. ¿De acuerdo?

Silvana no respondió pero tomó la mano de su amiga sin dejar de mirar el suelo. Matilda comprendió que Silvana no podía abandonar el bosque de buena gana. No después de presenciar la maldad destructiva de la que era capaz el Enjambre.

Las tres mujeres se pusieron de pié y se prepararon para regresar a Jenne en silencio. El viento había ido en aumento y unos jirones de nubes habían tapado las estrellas sobre sus cabezas. Las dos hermanas todavia no habian salido pero ya era bastante tarde.

Justo cuando se pusieron en marcha un mensaje de Alex entró por la interfaz de usuario de Matilda. La mujer ordenó un alto y se sentó sobre una roca a responder el mensaje.

—Ya estamos de regreso. —dijo la espadachín al iniciar la conversación. —Te alegrará saber que ganamos un par de niveles entre todas. —dijo.

—Fantástico. —respondió Alex. —Luego me cuentas los detalles.

—Oh, no te quepa la menor duda. —respondió Matilda con una sonrisa. —¿Ha pasado algo?

—Varias cosas. —respondió el joven. —Te pondré al día en cuanto llegues, si es que puedes permanecer despierta luego de medianoche…

—Nada que un café bien cargado no pueda solucionar. —respondió ella. —¿Algo más?

—Si. Finalmente Dirk se puso en contacto conmigo. —informó el líder de La Orden. —Las noticias que me dió no fueron especialmente buenas, pero hubo una de ellas que me hizo sentir mucho más tranquilo.

—¿Ah sí?

—Te reenviaré una copia a tu casilla de correo y lo comprenderás. —explicó Alex. —Eso es todo, tengan un retorno seguro y cuidado con los PKs al llegar a la llanura.

—Lo tendremos en cuenta. —respondió Matilde reprimiendo la risa. —Te veo dentro de una hora.

La comunicación se cortó y la mujer suspiró. De inmediato vió el mensaje nuevo en su bandeja de entrada y lo abrió sin pensarlo demasiado. —Ya veo. —dijo con una sonrisa en el rostro.

Silvana la miró confundida. —¿Pasa algo? —preguntó.

La mujer usó el dedo para seleccionar el mensaje y lo movió hasta la ventana con la interfaz de la party para que el mismo se mostrara en la pantalla de las otras dos chicas. —Velo por tu misma. —dijo.

El mensaje era de Dirk y constaba sólo de cuatro palabras:

"Puedes confiar en Dante".