Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
Aurora tomó asiento en la cama de Steve antes de cruzar los tobillos y apoyarse sobre sus codos con una sonrisa radiante. Ella lucía tan feliz que, al entrar en el vestíbulo del Instituto Xavier, nadie le había reconocido. Solamente cuando Remy le estrechó entre sus brazos, como si hubiese descubierto el motivo de su felicidad con tan sólo una mirada, Jubilee se lanzó sobre ella y mandó a llamar a Esme.
—No necesito cuestionar cómo has estado.
—De todas formas, no hablaría de ello.
—Y en ese caso, está bien. Solamente tú tienes la habilidad de decidir sobre tu vida. Pero sin importar cuál sea el motivo de esa sonrisa tan hermosa, quiero que sepas que estoy feliz por ti.
Aurora observó tímidamente sus manos al recordar uno de los tantos momentos eróticos, un arrebato de la más elemental necesidad protagonizado por un orgasmo tan ensordecedor como el estallido de una nova. Ella conocía exactamente la mecánica detrás del sexo, sobre todo al crecer con un padre tan mujeriego como el suyo, pero nunca había imaginado que tener a un hombre sensual entre sus piernas, derramándose en su vientre mientras le adoraba como a una diosa, pudiese iluminar su universo de tal manera.
—No recuerdo haber sido nunca tan feliz.
—Aurora.
Ella alzó la mirada cuando James le sonrió desde la entrada, como si el temible Soldado del Invierno nunca hubiese existido, antes de echarle un vistazo a Stevie. Había esperado que los sentimientos de Bucky hubiesen nacido del vínculo psíquico establecido durante sus sesiones de telepatía en Wakanda, pero con el tiempo realmente había aprendido que le amaba más allá de todo, exactamente como lo hacía Bobby.
—En realidad, necesito hablar contigo—entonces Aurora sostuvo el brazo de Stevie cuando éste intentó marcharse de la habitación—. No, necesitas escucharlo también.
—¿Qué sucede?
—Antes de comenzar, ambos necesitan saber una cosa: Esme no es técnicamente mi hermana. Y no, ella no fue adoptada ni tampoco intento tenderles una de las horribles bromas de Sam. Sé que fuera de contexto no es de relevancia para ambos, pero necesitan tenerlo en mente desde un comienzo para entender todo esto, sobretodo relacionándose también con mi madre, que desde la adolescencia ha estado involucrada con toda clase de individuos detestables. Ella nunca tuvo una relación saludable con su familia y con el tiempo desarrolló la obsesión de mantener todo controlado en su vida. Pero en una ocasión, sus planes no resultaron como ella deseaba. HYDRA, entonces obsesionada con descubrir el misterio de la genética mutante, le capturó y experimentó con ella hasta que lograron obtener muchas cosas: sangre, nervios, líquido cefalorraquídeo y también muestras de sus óvulos. Y un día, cuando la tensión con sus enemigos amenazó con destruirles, decidieron usar lo que habían obtenido de ella para crear un arma completamente nueva mediante la clonación de embriones. Y sí, mi hermana nació como un clon de esos óvulos.
—Entonces tu hermana es un clon.
Aurora asintió tristemente ante Stevie.
—Hermanas. Esme, Sophie y Phoebe. Heredaron la telepatía de nuestra madre, pero la diferencia entre ellas radica en que Esme no desea verme muerta.
—Pero no comprendo cómo se relaciona todo esto conmigo.
—¿No lo entiendes? HYDRA desarrolló la tecnología suficiente para almacenar un embrión en una cámara de líquido, clonarle e impulsarle a través de todas las etapas de la gestación humana, pero un óvulo solitario nunca ha sido suficiente para crear una vida. Ellos necesitaban el semen de un hombre y tenían exactamente al candidato para ello, pues le habían usado durante décadas para cometer todos los asesinatos de sus blancos más importantes.
—¿Estás diciendo que tu hermana es...?
—Sí, ella lo es.
Aurora observó tristemente cómo Steve intentaba sostenerle en sus brazos, al estilo de un salvavidas en medio de un mar embravecido. Pero él se apartó de ambos y se acercó a la ventana que conducía hacia el jardín trasero mientras sacudía el cabello de su rostro distorsionado.
—¿Desde cuando lo sabes?
—Todo ha estado siempre en tu memoria, enterrado en un rincón oscuro. Nada más necesité encender la luz.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
—Entonces no estabas listo, tu estabilidad emocional era inexistente y tu memoria solía tener tantos huecos como estrellas brillan en el cielo. Pero eres diferente ahora, has evolucionado y realmente necesitaba hablar de ello contigo. Eres el padre de mi hermana, después de todo.
Ella observó sus manos como si la realidad fuese a cambiar de un momento a otro, pues cuando ella estaba involucrada, que la realidad cambiase verdaderamente se trataba de una posibilidad.
—¿Tu hermana lo sabe, Aurora?
Ella sacudió la cabeza de inmediato.
—No, nunca ha intentado descubrir la verdad. Ella sabe que le crearon para usarle como un arma y que le mantuvieron encerrada hasta que nuestra madre descubrió su existencia y le rescató de aquella prisión, pero nunca ha deseado saber quién es su padre.
—¿Qué sucede con Sophie y Phoebe?
—No son como Esme. Están llenas de resentimiento y no dudarían en matar a un bebé si con ello lograran satisfacer los deseos de su amante, Jason Stryker. Sí, es amante de ambas, pero solamente porque a través de ellas intenta satisfacer la obsesión de tener a una mujer que nunca sentiría más que asco por él.
—Necesito un momento a solas.
Aurora le envió un vistazo antes de salir silenciosamente de la habitación con Stevie.
—Él necesita de ti.
—No solamente él, tu hermana lo sabrá tarde o temprano.
—Esme no es tan poderosa como nuestra madre o como el profesor Xavier, puedo mantenerle fuera de sus pensamientos hasta que él desarrolle la confianza suficiente. Ahora él sabe que tiene una hija, y no es la clase de hombre que renuncie a ello de buena gana. En el fondo, aún vive en su interior ese muchachito de Brooklyn.
Steve observó sus manos y tomó asiento en una de las tantas ventanas del Ala de Maestros.
—¿Qué sucederá con él de ahora en adelante? No creo adivinarlo esta vez.
—Ambos estarán bien, se necesitan más de lo que nunca hubiesen imaginado.
—¿Y cómo reaccionará tu madre? Solamente sé de ella todo lo que Tony ha farfullado en los últimos años.
—No es exactamente como él dice, de serlo, nunca hubiese terminado en la cama con ella y mucho menos huido de California para casarse en una ceremonia secreta en Santorini. Pero esa es una historia diferente, Stevie. De momento, solamente necesitas saber que, a pesar de todo lo malo que ha hecho en su vida, ella nunca ha ido en contra de sus hijas.
SUNSET
Capítulo 9:
Together
—Eres un chismoso.
—¿Quién de los dos tiene la habilidad de entrar en la cabeza de todo ser viviente y husmear en cada uno de sus recuerdos como un verdadero fantasma de la mente?
—Sabes a lo que me refiero. No se trata de tus dones ni de los míos, conoces exactamente la razón, Remy.
Antes de marcharse, Aurora había terminado en la habitación de Remy hablando de lo sucedido con Esme, y de manera inevitable, también de su relación en ciernes con Ikaris.
—De todas formas, nadie más sospecha la verdad. Todos siempre han creído que el infierno se congelaría antes de verte con un hombre. Ah, todo esto es maravilloso. Quiero ver la expresión de sus rostros cuando finalmente se enteren de la verdad, lo subiré a la red de la mansión y me burlaré de Kurt durante la fiesta de Halloween.
—¿Acaso doy la impresión de ser tan fría?
—No, no se trata de frialdad. Nunca has determinado bien cuando un hombre te desea y realmente nunca has dado señales de interesarte en ello. Bobby te ama, eso es obvio, pero nunca lo ha dicho directamente ni ha intentado un movimiento contigo porque sabe cómo eres. Siempre ha creído que un día despertarías irremediablemente enamorada de él y que ambos terminarían viviendo en un cuento de hadas al estilo de la Bella Durmiente.
—Ni siquiera menciones ese estúpido cuento.
—No deberías sentirte culpable. Bobby es uno de mis mejores amigos, pero tratándose de tu vida, la decisión era completamente tuya. ¿Y sabes una cosa? Nunca te había visto sonreír de esa manera.
—¿No deberías darme un sermón? Tuve relaciones sexuales con un desconocido.
—Te conozco lo suficiente para saber que nunca habrías terminado en la cama con un hombre cualquiera. De hecho, nunca te he visto en una actitud romántica con un hombre—entonces Remy le tendió una delicada bolsa decorada con un lazo morado anudado como una flor—. De momento, deberías usar esto.
Aurora recibió la bolsa en sus manos y se ruborizó al divisar en su interior un conjunto de lencería aún más atrevido que los modelos de encaje que su madre le enviaba desde Francia, pues en lugar de seducir mediante la ilusión de desnudez y el realce de sus atributos naturales, el obsequio de Remy lucía como el atuendo de una dominatrix destinado a someter con una cuerda a Ikaris.
—¡Remy!
—Obviamente, te acostarás con tu hombre misterioso una vez más. Y como tu amigo, es mi deber recomendarte una clase de lencería más sensual. No puedes desnudarte ante él con las bragas de una adolescente nerd, tienes el cuerpo de una modelo de Victoria's Secret y debes utilizarle de ahora en adelante, Stark.
Al advertir el tono desbordante de malicia, lanzó la bolsa directamente hacia su cabeza y se marchó de la habitación antes de rebanarle el cuello con las manos desnudas.
Ella estaba realmente ruborizada, pero al recordar uno de los tantos momentos con su hombre sensual, se detuvo en medio del corredor. Nunca había sentido la necesidad de cambiar su estilo y mucho menos de incursionar en el mercado de la lencería francesa. De haberlo hecho, su padre habría incendiado cada prenda de encaje y le habría conseguido en su lugar un cinturón de castidad. Pero teniendo en mente a un hombre como Ike, mordió su labio inferior y se encaminó hacia su habitación, donde examinó uno de los tantos obsequios olvidados de su madre, un seductor conjunto de color negro que realzaba el tamaño de los senos y que enfocaba la atención en las caderas mediante una finísima banda de encaje.
—Aurora.
De inmediato, ocultó en su armario el atuendo revelador y le cubrió con un montón de camisetas olvidadas, pues aún no deseaba insinuar siquiera la existencia de una relación con Ike. De revelarle a su hermana la increíble cantidad de sexo que había experimentado en las últimas semanas, el rumor terminaría en oídos de Emma Frost.
—¿Qué sucede contigo?
—Nada realmente extraordinario.
—¿En serio? Nunca te había visto sonreír de esa manera.
En los brazos de su hombre sensual, le había resultado imposible no terminar sintiéndose como la mujer más hermosa del mundo. Era tan cálido que, de no haber recordado la misión con su familia, aún estaría en la cama con Ike.
—Es un día realmente maravilloso y no tengo motivos para estar triste, Esme.
—De todas formas, nuestra madre ha estado buscándote.
—Ella sabe dónde encontrarme.
—No, le has mantenido fuera de tu vida durante estos últimos meses a causa de lo sucedido en Alemania.
—No, no se trata de él, al menos esta vez. Deberías decírselo a nuestra madre y también recomendarle no inmiscuirse en asuntos que no son de su incumbencia.
—Ella es tu madre.
—Pero no mi dueña.
Aurora cruzó los brazos y se acercó al balcón decorado con flores de color blanco. No necesitaba a su madre entrometiéndose ni recomendándole maniobras sexuales contenidas en el Kamasutra cuando voluntariamente había realizado cada una de ellas con Ike.
—¿Por qué estás a la defensiva? Es como si ocultaras un enorme secreto.
—No es de tu incumbencia. Se trata de algo mucho más grande de lo que podrías comprender.
—¿De verdad intentarás mentirme? Sé que algo, además de aquel incidente en el Museo Británico, sucedió contigo en Londres. Ese hechicero, el de la alfombra voladora y el cabello un tanto canoso, ha estado buscándote con el bibliotecario asiático en cada rincón de Estados Unidos.
—No hablaré de ello contigo, y mucho menos lo haré con Stephen.
—Has dejado perfectamente claro que tú harás lo que quieras. De hecho, haz lo que quieras. Pero estás cometiendo un error si crees que tus enemigos no van a usar métodos mucho más crueles para destruirte. Al fin y al cabo, hay que tener en cuenta a los humanos. Ellos se percatarán si empiezas a luchar con criaturas sobrenaturales en las calles. Habrá bajas, histeria y confusión. Y se verán obligados a reconocer que los mutantes, los hechiceros y las brujas están entre ellos.
Aurora desvió la mirada mientras se materializaba en medio de la habitación un demonio de color azul, con una filosa cola en forma de cuchilla.
—Ya hemos hablado de esto. Podría haber estado desnuda, Kurt.
—Sí, lo siento, es sólo que el hechicero de la alfombra mágica está en el vestíbulo y desea hablar contigo.
—Tal vez olvidé mencionar que el profesor Xavier le llamaría cuando tú visitaras la mansión, hermanita.
—Lo que menos necesitábamos en este momento era más testosterona.
Entonces salió de la habitación con andar majestuoso y bajó con pasos enérgicos las escaleras a un ritmo considerablemente superior al de un humano común.
descendió las escaleras y enfrentó de una vez a Stephen, con un chaque
—¿Qué buscas exactamente?
—Por si no lo recuerdas, destrozaste el Museo Británico en medio de un enfrentamiento con un demonio del Infierno.
—Era un demonio del Limbo, Doctor Idiota. El Limbo es controlado por los demonios como Behemont, mientras que el Infierno es dominado enteramente por Mefistófeles. ¿No sabes absolutamente nada de las dimensiones demoníacas y vienes a sermonearme como si conocieras todo? Deberías recordar que no eres el mismo hombre de antes. Ningún hechicero de este mundo te debe su lealtad.
—¿Entonces tú tienes la libertad de hacer absolutamente todo? No, las cosas no funcionan de esa manera. Todos necesitan límites, Aurora.
—Pues tú necesitas saber que existen criaturas en el Multiverso que no conocen límites. ¿Cómo enfrentarías a una entidad que devora mundos como si fuesen caramelos? ¿A una fuerza inmutable que es capaz de aniquilar civilizaciones enteras en menos de un segundo? No, tú no sabes cómo y tampoco te interesa saberlo. Aún crees que esta realidad es la única que existe y también la única que importa. Y ni siquiera te has dado cuenta de que, en este momento, la magia te está usando. Necesitas un maestro, alguien que sea más hábil que Ayanna o Mordo. No fue culpa suya no poder ayudarte, como en su momento no pudieron hacerlo conmigo. Los hechiceros en el pasado eran diferentes. Muchos de sus conocimientos se han perdido porque un grupo de idiotas decidió destruir todo vestigio de lo que consideraban magia negra. ¿Cómo enfrentar a un demonio sin conocer sus hechizos? Es un verdadero suicidio, Stephen.
—No entraremos en conflicto con un demonio de la talla de Mefistófeles, Aurora Stark.
—A diferencia de ti, he sido hechicera desde el nacimiento y puedo decir con toda seguridad que ese conflicto ya ha comenzado y que es tan antiguo como la humanidad. No pasará mucho tiempo antes de que los humanos se den cuenta de su existencia. Y cuando eso suceda, dependerá de nosotros ayudarles a que entiendan y hacer que las pérdidas de vidas y la destrucción sean mínimas. Tú eres el actual Hechicero Supremo y deberías enfrentar, sin la necesidad de recurrir a alguien más, las amenazas del Multiverso. Según mi experiencia, cualquier cosa que aparece en el folclore se basa en hechos. Demonios, vampiros, hombres lobo, hadas. Son tan reales como nosotros. Pero no todos son malvados engendros del infierno—entonces Aurora notó la enorme cantidad de estudiantes observando su discusión desde las escaleras, devorando caramelos y apostando entre ellos mientras Steve se abría camino con Sam—. ¡Todos de vuelta a sus clases!
—¡Ella manda, hechicero anciano!
—¡Pateadle el trasero, doctora Stark!
Entonces cubrió su rostro con ambas manos y rememoró todos los acontecimientos que se habían dado desde la muerte de Ayanna. Ella les había abandonado en la oscuridad para que avanzaran a tientas, luchando contra terrores desconocidos e inimaginables, solos y sin ayuda; no les había explicado nada ni dado ninguna pista.
—¿Sabes cómo los demonios libran una guerra? Ataques inesperados, las viejas y contenidas enemistades heredadas entre criaturas entrando en ebullición, las muertes brutales que inevitablemente ocurren cuando las criaturas luchan entre sí usando magia, brujería, fuerza bruta, velocidad y astucia sobrenatural. Abrirán todas las puertas a todos los mundos. La oscuridad, los malditos y la destrucción camparán en libertad y devorarán todo cuanto puedan.
—Por si no lo recuerdas, no estamos en el mundo de Sabrina la Bruja Adolescente.
—Tú no tienes un buen conocimiento de la magia y no eres ni remotamente tan bueno como crees. Sí, retrocediste el tiempo y salvaste al mundo de una entidad mística como Dormammu. Pero en realidad nada de eso lo hiciste tú, a través de tus propias habilidades. Y esa es exactamente la razón por la que no tienes un tapiz en el Gran Salón de las Artes Místicas. ¿Sabes una cosa? Continúa ignorando cada ritual demoníaco realizado en este mundo, pero no busques mi ayuda cuando la realidad se caiga a pedazos.
Aurora volteó sobre sus talones con el único fin de marcharse, pero Stephen le detuvo al sostener con fuerza su antebrazo. Entonces un hormigueo le puso la piel de gallina, para luego extenderse por sus hombros, haciendo que los músculos de la espalda y el cuello se le pusieran tensos. Y en ese momento, mientras consideraba la posibilidad de darle una bofetada, la temperatura descendió drásticamente y el vestíbulo se convirtió en una enorme nevera.
—Suéltala. Ahora.
En las escaleras de madera, con el aliento de hielo en los labios, Bobby taladraba con la mirada la mano de Stephen.
—No necesito que te involucres en esto.
—Tal vez no comprenda el mundo de la misma manera en que tú lo haces, pero sé muy bien que él no debería tocarte. Nunca le ha agradado ser tocada por cualquier hombre, hechicero imbécil.
Aurora desvió la mirada y se alejó de ambos mientras rememoraba cada momento con Ikaris.
Desde su intento de violación a manos de Mefistófeles, había desarrollado cierta aversión hacia los hombres, y esa en verdad se trataba de la principal razón por la que nunca había mantenido relaciones sexuales. Ayanna le había salvado cuando aún se trataba de una niña, pero al crecer, Tony Stark no había cuestionado el motivo detrás de su actitud ni brindado el consuelo necesario porque Aurora nunca había sido capaz de confiarle la existencia de sus poderes mágicos y todo lo que conllevaba ser una hechicera.
Años más tarde, ella había creído que nunca tendría una relación estable, a pesar de todos los hombres babeando tras ella. Pero se había equivocado, como nunca en su vida. Aurora deseaba estar con él. Solamente con él.
—¿A dónde vas?
—Al único lugar en el mundo donde soy feliz.
De vuelta en la inmensa residencia de South Kensintong, observó silenciosamente cómo su figura era realzada a través de un atrevido atuendo de lencería. En un comienzo, había desechado la idea de utilizar una de las innumerables recomendaciones de su madre, pero al recordar cada uno de los momentos con su hombre sensual, le concedió una oportunidad a uno de los tantos atuendos olvidados que conservaba en un rincón de su armario.
En circunstancias normales, nunca hubiese cambiado la ropa interior de algodón que utilizaba desde su adolescencia, pero había descubierto que podía utilizar un conjunto de encaje con la misma seguridad que empleaba al vestir la armadura de una amazona y sobretodo al tener en cuenta la emoción de estar con Ike.
Aurora entonces alcanzó un vestido con botones y unas medias hasta la rodilla, como si en el fondo intentase seducir a su hombre al estilo de Emma Frost. Ella aún recordaba haber visto en la memoria de su padre una escena protagonizada por su madre, apoyada de manera insinuante en el marco de una puerta de hotel con nada más que unas medias hasta la rodilla y unos tacones, presumiendo sus caderas y el tamaño de sus senos ante un hombre babeante que no había tardado en llevarle a la cama. De hecho, ella creía seriamente que durante esa noche había sido concebida.
Correctamente vestida, envolvió a su alrededor un abrigo de color blanco y cerró la entrada con un movimiento de sus dedos. Entonces se trasladó al edificio de Knightsbridge y sacudió tímidamente los nudillos contra la puerta de Ikaris. Y como si nunca hubiese imaginado tenerle en la entrada de su casa, le observó como si se tratase de una ilusión del desierto, susceptible de esfumarse en cualquier momento.
—Aurora.
Ella sostuvo su mano y asintió con la cabeza para demostrarle que efectivamente se encontraba allí. Entonces él sonrió como nunca, le estrechó la cintura con ambos brazos y le besó en los labios mientras le conducía hacia su habitación en medio de un estallido de la más elemental sexualidad.
Le deseaba con una intensidad que nunca había experimentado. Le dominaba el deseo de saltarle encima, rodearle con sus extremidades y saborearle la boca, como un animal. Era una sensación tan avasalladora que le asustaba. Aurora entendió entonces que las autoras de las novelitas eróticas que Jubilee tanto amaba no empleaban un lenguaje excesivamente florido porque fueran perezosas, aquellos tópicos eran reales. Ansiaba devorarle, arrancarle la ropa, abrasarle en el fuego que le consumía, hacerle todas esas cosas melodramáticas que Jubilee solía leer en voz alta únicamente para molestarle. Una parte minúscula de su cerebro insistía en controlarle, pero la chispa de lógica era del todo impotente contra la sobrecarga sensorial de su cuerpo.
Cuando los faroles de la ciudad comenzaron a encenderse más allá de la asombrosa ventana, ella se acurrucó en los brazos de su hombre sensual mientras mantenían unidas sus manos y entrelazadas sus piernas. Era tan suave, tan cálido, que no deseaba moverse ni renunciar a los diminutos besos que depositaba gentilmente en su pecho desnudo.
—Podría estar en tus brazos el resto de mi vida—entonces Aurora estrechó su torso y disfrutó de la hermosa visión de sus ojos, de un deslumbrante color azul con unas diminutas motitas de gris decorando sus iris—. Y no, no bromeo.
Ike le observó como si nunca en su vida hubiese imaginado oír una declaración como esa, antes de incorporarse y sostenerle en sus brazos.
—¿No estás herida?
—No, todo está bien.
—¿Entonces no te duele?
—Solamente te siento a ti—entonces Aurora le acarició el rostro con una mano y tras uno de sus oídos lanzó un mechón de cabello castaño que rebeldemente intentaba cubrir su frente—. No necesitas tener miedo, Ike.
Ella mordió su labio inferior cuando él comenzó a besar sus hombros y a descender hasta alcanzar su vientre desnudo. Era tan dulce y su boca tan suave que voluntariamente se recostó sobre la cama y comenzó a disfrutar de los besos que eran depositados sobre la mancha en su ombligo. En sus brazos, estaba tan indefensa como un caramelo y realmente no lograba pensar en ninguna clase de maniobra que no le permitiera llevar a cabo.
—Adoro cuando me llamas así—entonces Ike alzó su pierna derecha y le besó en la rodilla como si se tratase de un tesoro—. Adoro todo lo relacionado contigo, Aurora.
Ella desvió la mirada e intentó con todas sus fuerzas no derretirse ante los estímulos. Sus hormonas estaban a flor de piel y cada centímetro de su cuerpo exudaba sexualidad mientras él atrapaba entre sus labios uno de sus pezones y le daba un mordisco diminuto.
Ikaris poseía una asombrosa
combinación de potencia, fuerza y belleza, y ella nada más podía quedarse mirando el techo, empapándose de su presencia, antes de suspirar con el mismo placer, pleno y sensual, que se sentía ante una puesta de sol, una sinfonía o un cielo campestre cuajado de estrellas. Él era un regalo para la vista, un concierto para los sentidos. Y, aunque le conocía de forma íntima, aún temblaba todo su cuerpo cuando le veía.
—Ike.
—Eres una visión increíblemente bella, la más bella de todas.
Aurora se incorporó a través de sus codos y le observó de forma tímida mientras su cabello blanco caía sobre la cama como una cascada de plata recién fundida.
—Podemos estar en la cama o cenar fuera, aunque hayas destrozado toda mi ropa.
—No deberías usar esa clase de lencería—entonces Ike le besó suavemente en los labios, se levantó de la cama y se encaminó hacia su armario mientras ella disfrutaba de la asombrosa visión de su trasero desnudo. Su maniobra de seducción había funcionado maravillosamente, pero en el camino la lencería francesa de su madre había sido destrozada y lanzada a un rincón oscuro de la habitación. Sin embargo, a ella no le molestaba, en lo absoluto—. ¿Qué sucede?
—Tienes un trasero tan bonito... —sonrió Aurora al recostarse sobre su estómago y analizar el cuerpo atlético de su hombre sensual, que era bañado por una luz que le realzaba los esculturales contornos del tórax y el abdomen—. ¿En qué estás pensando?
—¿No deberías saberlo? Tú tienes la habilidad de leer mentes.
—Intento no leerte, Ike.
—En ese caso, continuar desnudos y volver a la cama cuando ambos hayamos cenado.
Aurora le sonrió.
—Me gusta tu plan. Es más, me gusta tanto que creo que deberíamos empezar ahora mismo.
Aurora sonrió al darle de comer un trocito de carne mientras ambos cenaban en la barra de la cocina con unas velas que iluminaban tenuemente el ático y los objetos que durante miles de años él había reunido. Entonces saboreó durante un momento y asintió satisfactoriamente con la cabeza, dándole la oportunidad de suspirar feliz y sostener su mano mientras intentaba asimilar que él se había convertido en una de las partes más importantes de su vida.
—Estás sonriendo.
—Parece que no puedo dejar de hacerlo.
—Pues deberías sonreír más a menudo, luces realmente adorable de esa manera.
—Hasta entonces no tenía suficientes razones para sonreír.
—Tampoco yo.
Ella deseaba encontrar las palabras que describieran de verdad como su corazón rebosaba de alivio y gratitud cuando pensaba en que hasta el más delicado tirón de los hilos del tapiz del destino podría haber hecho que sus vidas discurrieran por caminos distintos. Sin embargo, no creía tener la habilidad suficiente para describirlo.
—¿Nadie te había notado?
—En realidad, muchos lo han hecho, pero lo cierto es que nunca había demostrado demasiado interés en ello ni intentado que tuviese alguna clase de consecuencia en mi vida.
Aurora le había mirado tantas veces y, sin embargo, cada mirada era como la primera. Él era la personificación del poder y la perfección. Era la culminación de sus sueños y la encarnación de sus fantasías más profundas.
—¿Nunca has estado involucrada con Thor?
—No, ese es solamente el rumor de una reportera resentida. Él es un buen hombre, pero nunca ha sido más que un amigo para mí—entonces Aurora reunió su cabellera de color blanco y le ató en un moño desordenado mientras le daba un excelente vistazo de su cuello desnudo—. Deberías continuar con esto.
Ella se levantó de la silla y le tendió un delicioso trozo de tarta bañado en salsa de fresa antes de acercarse a la enorme ventana del recibidor y observar el horizonte con los brazos cruzados y la cabeza inclinada.
En medio de un frenético susurro, una vocecita solicitaba el auxilio de todo ser remotamente místico, como si se encontrase en una tremenda desventura y necesitase de las habilidades de un hechicero mucho más dotado. Entonces alzó su voz y comenzó con un cántico en latín que luchó débilmente contra el hechizo de un demonio.
—No le escuches, vuelve conmigo.
—No, no lo entiendes.
Ikaris le rodeó con los brazos y ocultó la nariz en su cuello mientras le acariciaba el vientre con ambas manos.
—Una vez dijiste que siempre estarías cuando yo te necesitara. Y en este momento te necesito conmigo—entonces le estrechó como si desease mantenerle eternamente a su lado, como si todo fuese a transformarse en un sueño—. Quédate conmigo. Solamente conmigo.
Aurora sostuvo la mano de su hombre sensual al caminar a través de las calles del exclusivo barrio de Knightsbridge, que quedaba muy cerca de su residencia en South Kensington. Ikaris le había acompañado en sus recorridos por almacenes enormes e intimidatorios como Harrods o Harvey Nichols, donde Aurora había comprado de todo: flores, ropa e incluso comida para todo el mes.
—Necesitaba todo eso. Has destrozado cada uno de mis sostenes en estos últimos días.
—También podrías andar desnuda. No me molestaría verte de esa manera.
Aurora le sonrió socarronamente y le besó en los labios hasta oír las exclamaciones y los silbidos de unos adolescentes sentados en la hierba de Hyde Park. Ellos no tenían la habilidad de reconocerle, solamente veían dos amantes besándose y abrazándose como si la vida se les fuese en ello, pero de todas formas analizó durante un momento la expresión de su hombre sensual. Sin embargo, él sostuvo su cintura y ambos continuaron besándose como si nadie más existiese en el mundo.
—¿Qué clase de hechizo has lanzado sobre mí?
—Podría decirte lo mismo.
Y tenía razón, ambos habían dominado al otro con un hechizo capaz de detener la rotación de la tierra y oscurecer todas las estrellas.
—Tal vez deberíamos volver.
—¿No me dirás el itinerario?
Aurora entrecerró los ojos, pero fracasó en sus esfuerzos por ponerse seria. Porque, como era evidente, ella sabía lo que él había planeado, y francamente estaba de acuerdo con el plan.
—Ni aunque me lo supliques—entonces Ikaris le susurró en el oído, con la voz desbordante de atrevidas promesas—. Y eso que me encanta cuando suplicas.
Al cabo de unas horas, ella besó los labios de su hombre desnudo y buscó tímidamente con la mirada una de sus batas.
—Tal vez debería preparar la cena.
—¿No estarías en la cama conmigo más tiempo?
La pasión siempre estaba al acecho entre ambos y un simple beso hacía que se apoderara de ellos una oleada de fuego. De hecho, se palpaba el deseo en el aire y le atravesó una descarga eléctrica cuando él sostuvo su trasero.
—Excelente movimiento, señor Harris.
—Tienes un trasero tan bonito. Es más, cada centímetro de tu cuerpo es una obra de arte.
Él esbozó una sonrisa sincera y llena de promesas, y acto seguido le arrastró hacia su pecho desnudo, con ese vello tan suave como la seda que ella adoraba acariciar con los dedos cuando despertaba en las mañanas.
—¿Cómo afrontaremos todo esto?
Aurora se acurrucó en la cama y, abrazados, vagaron por ese lugar situado entre el sueño y la vigilia. Él estaba detrás, con el cuerpo pegado al suyo, haciendo que se sintiese a salvo, dándole calor. Y en ese momento se sintió tan ligera, tan a gusto y saciada, tan satisfecha que creyó que podría derretirse en el colchón.
—Juntos.
