—Duval no solo nos va a matar… va a clonar el poco material genético que quede de nosotros y va a abortar a cada uno de los fetos. —dijo Dante cayendo de rodillas sobre las piedras mojadas.

Karina pudo controlarse un poco mejor y volvió a ponerse las gafas de visión nocturna. —No puede ser…—exclamó. —¿Es una ilusión? Es imposible que haya desaparecido así sin dejar rastros…

Tras examinar minuciosamente aquella especie de cueva y los alrededores Karina volvió hasta la roca donde Dante y Diógenes esperaban sentados. —Nada. —dijo pateando un pedrusco que rodó hasta el cauce del arroyo. —Ni siquiera una maldita huella. —dijo.

—Mierda. —exclamó Dante. —Esto… esto no puede estar sucediendo.

Diógenes se aclaró la garganta y el joven se acordó de su situación. —Lo siento —dijo mientras quitaba la venda que cubría los ojos del jugador y comprobaba que Karina se había quitado el equipo moderno. —Creo que esto ya no es más necesario dadas las circunstancias.

El jugador abrió los ojos, pero dada la oscuridad que reinaba en aquella especie de cueva parecía no haber cambiado nada tuviese o no los ojos vendados. —Por lo que escucho no son buenas noticias. —observó pensativo. —¿Qué es lo que ha desaparecido.? ¿Acaso…?

—Nuestra carreta. —contestó rápidamente Dante. —Nuestra carreta ha desaparecido. —dijo mirando a Karina.

Diogenes sacudió la cabeza. —Así que la "carreta" en la que han llegado hasta aquí ha "desaparecido" misteriosamente… ya veo. —dijo pensativo.

Karina se sentó junto a ellos y suspiró. —No lo comprendo. —dijo. —¿Como han podido llevarsela…?

—Sea como sea, es inútil preocuparse por eso ahora. —respondió Dante.—Se la han llevado pero nosotros tenemos que salir de aquí de una forma u otra.

Antes que pudieran decidir el siguiente paso a seguir, el jugador llamado Diógenes caminó hasta el lugar en donde habían dejado el ahora desaparecido caza y observó atentamente el terreno. —Que ha desaparecido, eso es indudable. —dijo sacudiendo la cabeza —Pero dudo mucho que "alguien" se la haya llevado.

Karina y Dante cerraron sus interfaces y miraron extrañados al jugador. —¿Que? —preguntó la joven a las que repentinamente le volvieron las ganas de sacudirlo en el aire. —¿Qué quieres decir?

Diógenes se acuclilló y señaló el cauce del arroyo. —Teniendo en cuenta la geografía de la zona y la tormenta que hace unas pocas horas se desató sobre la ciudad… si, estoy completamente seguro que esa es la solución a este enigma.

—¿Que… que estas tratando de decir? —preguntó Dante.

—Que su carreta ha sido arrastrada río abajo por una crecida repentina. —explicó Dante señalando en la dirección hacia donde fluia el río. —Si no ha quedado atascada a mitad de camino, cosa que dudo por la violencia con la que suele haber crecidas en esta zona, muy probablemente se encuentre ahora en las profundidades del lago que hay al pié de la cascada del Ermitaño, lo siento mucho. —dijo haciendo una reverencia hacia la joven que lo miraba estupefacto.

Dante y Karina volvieron a mirarse. —Bueno ¿Qué opinas? —preguntó Dante.

La joven Teniente se acercó a una de las paredes de aquella cueva y tocó la piedra con sus manos. —Las rocas están mojadas incluso a unos dos metros de altura. —dijo examinando la superficie húmeda. —Es… es posible que algo así pudo haberse llevado al…

—A la carreta. —la corrigió rápidamente Dante. —Si, yo también creo que esa explicación es la más lógica.

Karina ya había tomado una decisión, pero mantuvo la cabeza fría y miró a su compañero mientras se cruzaba de brazos. —¿Qué hacemos ahora? —preguntó.

—Creo que tu deberias ir a recobrar la carreta. —opinó el joven. —Mientras nosotros vamos en la dirección contraria para poner a salvo a Diógenes hacia la zona segura más cercana.

La joven meditó aquel plan unos segundos. —No se si separarnos sea la mejor de las ideas. —dijo tras pensarlo. —Pero nuestras opciones son demasiado limitadas. Lo que más me preocupa es la seguridad de ustedes dos, especialmente ahora que sabemos que los del Imperio pronto estarán tras nuestros pasos, si es que la cacería no ha empezado ya.

—Más razón para ponernos en marcha lo antes posible. —dijo Dante.

Karina asintió con la cabeza. Entonces se llevó los dedos a la boca y soltó un fuerte silbido que resonó en todo el fondo de aquel profundo cañón y resonó con un profundo eco que fué muriendo a lo largo de las altas paredes de roca.

—Si estás tratando de anunciar a nuestros enemigos que estamos aquí abajo, creo que vas por buen camino. —dijo Dante.

Para su sorpresa, a los pocos segundos los ecos de un galope se escucharon en las cercanías y un corcel blanco apareció levantando chorros de espuma en las todavía agitadas aguas de la corriente.

—¡Valkyria! —exclamó Dante reconociendo a la yegua blanca. —¡Casi me había olvidado de ella? ¿Pero cómo…?

—Ni idea. —respondió Karina. —Independientemente de donde nos separemos, siempre aparece a los pocos segundos de ser llamada. —explicó la joven.

—Oh.

La yegua se detuvo frente a los aventureros y soltó un relincho de felicidad. Karina acarició el poderoso cuello del animal y se volvió hacia los demás. —Será mejor que ustedes vayan con Valkyria. —dijo. —Yo iré a recuperar nuestra… carreta.

Los jóvenes estuvieron de acuerdo con aquella idea y se prepararon para montar. —¿Hacia dónde iremos? —preguntó Diógenes.

Dante desplegó su mapa y señaló el curso del río. —Tenemos un único camino a seguir hasta esta zona llamada el Valle de Minhorn en donde nace el rió que formó este lugar. —dijo señalando las paredes de roca... —Veo dos rutas posibles una vez que lleguemos al fin del cañón; o cruzamos las montañas en dirección Norte al reino de Vatuvia o descendemos por el este en dirección a las llanuras hacia Jenne. —concluyó.

Diógenes señaló un punto en el mapa. —Hay un guardián a mitad de camino aquí. —dijo mientras apoyaba su dedo en lo que parecía ser un pequeño bosque. —Si podemos llegar hasta allí podremos teletransportarnos hasta Jenne.

Dante miró a Diógenes sorprendido. —¿Conoces la zona? —preguntó.

—Solo los mapas. —reconoció. —Recuerda que nunca había salido de esta ciudad antes.

Karina estuvo de acuerdo y se colocó la capa sobre el rostro. —Será mejor partir de inmediato. —dijo. —Nos vemos en la oficina. —dijo mientras saludaba con la mano y se lanzaba a correr hacia la oscuridad. Tras unos segundos dejaron de escuchar sus ligeros pasos y el silencio volvió a reinar en aquel oscuro lugar. —Y bien. —dijo Dante. —Hora de partir.

Tomó a Diógenes como si fuera un niño y de un salto se encaramó sobre la yegua. —¿Sabes montar? —preguntó el jugador mirando nervioso como Dante tomaba las riendas y las examinaba con curiosidad.

—Creo que en el caso de Valkyria, ella sabe manejarse sola… tratemos simplemente de no caernos de su grupa. ¡Vamos!

El caballo se lanzó al galope en la dirección contraria a la que había partido Karina y pronto dejaron atrás la cueva. Había un pequeño sendero a ambos lados del cauce del arroyo, pero el mismo todavía estaba algo crecido por la reciente tormenta por lo que debieron internarse en el agua en varios puntos del camino. Por suerte Valkyria parecía conocer a la perfección el terreno y su trote era constante y seguro. Los cascos del animal levantaban explosiones de espuma cada vez que entraban al agua, pero la yegua no disminuia la velocidad en ningún momento.

—Hermoso animal. —reconoció Diógenes. —Y curioso nombre también.

Dante no respondió y el jugador levantó la vista hacia el rostro del joven. —¿Sucede algo? —preguntó. —Estas muy… callado.

—Estoy preocupado. —respondió Dante. —Nuestro jefe no ha vuelto a comunicarse y tampoco su ayudante… algo debió haberles pasado.

—¿No sería prudente desconectarte del juego y estar seguro? —preguntó Diógenes pero Dante sacudió la cabeza. —Las órdenes fueron ponernos a salvo… y dado lo que pasó allá atrás, no me sentiré seguro hasta que hayamos llegado a un área donde no puedan secuestrarnos o interrogarnos.

—Comprendo. —dijo el jugador.

Recorrieron varios kilómetros más en aquella impenetrable oscuridad y de pronto el cielo comenzó a abrirse sobre ellos. Las altas paredes de roca comenzaron a retroceder y el estrecho cañón de convirtió en una profunda hondonada; la entrada del valle estaba cerca.

—Veo fuego adelante. —exclamó Dante cuya visión del terreno era mejor que la de su compañero. —Hogueras… ¿Centinelas?

—Oh mierda.

Cuando los centinelas del Imperio vieron al caballo ya lo tenían prácticamente encima. Uno de ellos logró sonar el cuerno de alarma pero para cuando los demás sacaron sus armas el corcel ya se estaba trepando la barranca del arroyo para adentrarse en el valle que se abria ante el. Un par de flechas volaron alto sobre ellos y pronto los gritos se perdieron en la oscuridad.

—Había carpas a medio montar y los caballos todavía no tenían las sillas puestas. —observó Diógenes. —Me imagino que no hacía mucho que habían llegado para montar un puesto de vigilancia en ese lugar.

—Osea que ya están cerrando el cerco alrededor nuestro. —murmuró el joven. —Espero que Karina esté bien.

—Algo me dice que esa joven puede defenderse por si sola… cosa que nosotros...

—Ni que lo digas.

Las lunas se habían ocultado tras las montañas y la noche envejecía. Ahora solo la luz de las estrellas daban un poco de luz al oscuro valle pero Valkyria no tenia ningun problema y acaso tal vez tuviera mejor visión que los dos jinetes que llevaba. Pronto torcieron hacia el este y comenzaron a subir la pendiente hacia el paso que se abría entre dos montañas y les permitiria alcanzar las llanuras, fuera del alcance de sus perseguidores.

—¿Crees que nos alcancen? —preguntó nervioso diógenes viendo los puntos luminosos en el fondo del valle que se movían en fila en la misma dirección que seguían ellos.

—Dudo que puedan competir con Valkyria en cuanto a velocidad. —respondió Dante pensativo. —Pero aquí no se trata de competir contra caballos sinó contra la velocidad de la información; las interfaces de mensajería son instantáneas y ya deben haber transmitido nuestra posición y rumbo a otros perseguidores. Podrían emboscarnos de un momento a otro, todo depende de que tan lejos estén esas patrullas y de si tienen un Comandante competente.

Al llegar al punto más alto del paso no vieron nada adelante. Si los esperaba una emboscada más adelante en la llanura, al menos no habían cometido el error de anunciar su presencia portando antorchas. Dante agradeció para sus adentros que las lunas se hubieran ocultado ya o la yegua blanca sería visible para cualquiera que mirara hacia el paso desde la llanura.

Descendieron al galope tendido por la suave ladera empinada y se adentraron rápidamente entre los altos pastizales.

Valkyria aumentó su velocidad en aquel terreno llano y pronto avanzaban velozmente por aquel mar de hierba sin ver o escuchar nada más que el galope rítmico de las herraduras de la yegua. Cada tanto Dante se erguía lo más que podía sobre la grupa del animal y miraba el horizonte en todas direcciones, pero con solo la luz de las estrellas era poco lo que podía distinguir en la oscuridad.

—¿Que tan lejos estamos del punto de "Respawn" de las llanuras? —preguntó Diógenes.

Dante consultó el mapa. —Aproximadamente a unos veinticinco kilómetros. —respondió. —Aunque me temo que debemos vadear un río antes de llegar.

No tardaron mucho en oír el sonido del agua y el terreno comenzó a descender un poco a medida que se acercaban a aquella cuenca. Para su sorpresa se encontraron con que el cauce del río se había convertido en un torrente ancho e impetuoso, probablemente también como resultado de la terrible tormenta que había azotado las montañas unas horas atrás.

—Mierda. —exclamó Dante deteniendo a Valkyria justo al borde de la barranca. —No creo que podamos vadearlo a caballo… tanta agua podría arrastrarnos con facilidad.

—¿Hay algún puente cercano?

—Hay uno al norte y uno al sur. —respondió el joven abriendo el mapa. —El más cercano está al sur, a unos ocho clicks. El del norte a unos trece.

Diógenes sacudió la cabeza. —¿Sabes lo que eso significa, verdad?

—Que probablemente estén vigilados. —respondió Dante cerrando el mapa. —Si establecen una barricada estaremos perdidos. ¿Pueden hacerlo?

—¿En una zona PvP? Oh, definitivamente. —respondió el jugador.

—Entonces démonos prisa, tal vez lleguemos antes que ellos al puente.

Partieron al galope siguiendo el río hacia el sur y no tardaron mucho en ver a los lejos las luces de un pequeño asentamiento humano. Unas cuatro o cinco casas de madera levantadas sobre pilotes clavados en los márgenes del río servía de hogar a unas pocas familias de pescadores.

El puente era de madera y no muy ancho, apenas lo suficiente para que una carreta con mercancías pudiera pasar. Grande fué la sorpresa de los dos compañeros al ver los estandartes del Imperio flameando en ambas cabeceras del puente. En el centro del mismo había volcado una carreta de lado y varios soldados se encontraban sentados en los barriles caídos apenas iluminados por las luces de un par de antorchas.

—Mierda. —volvió a maldecir Dante.

Hizo que Valkyria descendiera una loma para estar ocultos a los ojos vigías del puente y se apearon de la yegua en cuanto estuvieron seguros que nadie podía verlos.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Diógenes mientras se masajeaba el trasero dolorido por la cabalgata. —¿Probamos el otro puente?

—Algo me dice que el otro puente también estará vigilado. —respondió el joven. —Investiguemos primero a que nos enfrentamos aquí y luego tomaremos una decisión.

Dejaron a Valkyria pastando en aquel lugar al lado de unos altos matorrales y avanzaron agachados entre la hierba hasta subir hasta lo alto de la loma para examinar la zona.

—Veo soldados a ambos lados del puente. —observó el joven señalando con el dedo. —Tres de esta orilla, al menos un par más de la otra y los cuatro que están en el medio del puente.

—Podria haber mas soldados del otro lado. —opinó Diógenes. —Lo que nos dejaría más o menos con una docena de ellos.

—No podremos abrirnos paso a los espadazos, eso es seguro y el puente es demasiado estrecho para intentar abrirnos paso con Valkyria. ¿Sabes nadar? —preguntó de pronto. —Podríamos escurrirnos río abajo e intentar cruzar a nado en algún punto donde la corriente no sea tan fuerte.

Diógenes sacudió la cabeza. —No. —dijo. —Ni en la vida real ni en el juego, ni avatar no tiene esa habilidad.

—¿Y un bote? —preguntó Dante. —¿Crees que haya alguno en ese caserío?

—Tampoco se usar uno, pero valdría la pena investigar eso.

Los dos compañeros comenzaron a arrastrarse entre las hierbas en dirección al poblado cuando de pronto Dante ahogó un grito en cuanto algo lo hizo tropezar y perder el equilibrio.

—¡Pero que…!

Todo fué confusión durante unos segundos mientras los cuerpos rodaban entre la oscuridad y la hierba alta. Cuando se detuvieron al pié de la loma y quedaron inmóviles Dante pudo comprender mejor lo que había sucedido. Diógenes sostenía entre sus túnicas a un niño de uno años mientras cubría su boca con la mano para evitar que gritara y atrajera la atención de los soldados cerca del puente.

—¿Es un NPC? —preguntó arrodillándose para poder ver mejor al niño.

Pero Diógenes hizo el gesto para que guardara silencio y en cambio le habló al niño. —No tengas miedo, somos aventureros y no queremos hacerte daño. ¿Prometes que no vas a gritar?

El niño hizo un gesto afirmativo con la cabeza y el jugador quitó lentamente la mano de su boca. —Así está mejor ¿Verdad? ¿Cómo te llamas?

—Ju-Julian. —respondió temeroso el niño.

—Así que Julián. ¿Que hacias aqui a estas horas de la noche? ¿No deberías estar durmiendo?

Antes que el chico pudiera responder algo, una marca dorada que indicaba una "Quest" apareció sobre su cabeza. Diógenes la activó rápidamente ante la mirada atónita de Dante. —¿Qué estás haciendo? —preguntó molesto el joven estratega. —No tenemos tiempo para…

—Una Quest Espontánea como ésta se anuncia a todos los jugadores cercanos en el mapa. —explicó Diógenes mirando a su compañero. —Si no la acepto de inmediato todos los soldados del imperio vendrán a investigar que es esa marca que apareció repentinamente en sus mapas.

—De acuerdo, de acuerdo. —se rindió Dante levantando las manos. —Tu eres el experto en este juego.

El niño se volvió hacia los aventureros. —Estaba buscando hierbas para curar a mi hermana. —dijo mientras mostraba las manos llenas de hojas. —Está muy enferma.

Los dos aventureros intercambiaron miradas. —¿Sabes que tiene tu hermana para que necesite esas plantas? —preguntó Diógenes pero el niño sacudió la cabeza. —No lo se… —dijo bajando la cabeza. —Mi hermana y yo estamos solos en casa y lo único que sé es que cuando me enfermo mi abuela me daba hierbas para curarme.

El jugador miró con atención el manojo de plantas que el niño mostraba y sacudió la cabeza. —Esas no son hierbas medicinales. —dijo. —Son solo simples plantas silvestres.

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas sucias del chico. —Yo… yo no sabía….

—Calma, te ayudaremos. —lo tranquilizó Diógenes tomándolo de las manos. —Llévanos hasta donde está tu hermana.

El niño se limpió las lágrimas con el brazo y asintió, luego comenzó a guiarlos de vuelta al poblado lo más sigilosamente que podía, bordeando la loma y acercándose a las cabañas entre las cañas que crecían al borde del crecido río.

—¿Quienes son esos hombres malos que cerraron el puente? —preguntó el niño mientras Dante se alejaba momentáneamente para observar los alrededores del pueblo.

—Soldados del Imperio. —respondió Diógenes. —¿Hace mucho que levantaron esa barricada?

—Unas horas… creo. —dijo el niño confundido tratando de contar con sus dedos. —Los adultos debian estar de regreso con la pesca nocturna, pero por culpa de esas malas personas están detenidos del otro lado del río y ahora mi hermana está…

Las lágrimas volvieron a brotar de aquellos cansados ojos y Diógenes lo abrazó con ternura. —No te preocupes, la ayudaremos. —dijo.

En ese preciso momento Dante volvía de investigar los alrededores y los puso al tanto de lo que había visto. —Hay solo dos soldados en el pueblo; están sentados junto a una hoguera frente a lo que parece ser la casa más grande de todo el asentamiento.

—Mi casa está justo enfrente. —explicó el niño.

Dante sacudió la cabeza. —Mala cosa. Si intentamos entrar nos verán de inmediato. ¿No hay otra entrada? ¿Una puerta trasera…?

El NPC sacudió la cabeza. —No, solo podemos entrar por la única escalera que lleva hasta allí.

Dante se acarició la barbilla pensativo. —Atacarlos queda descartado por completo… incluso si logramos sorprender a uno de ellos, en cuanto el otro dé la alarma tendremos a todo el pelotón encima.

—Entonces tendremos que usar la opción furtiva. —respondió Diógenes.

—¿Pero como? ¿Tienes alguna forma de volvernos invisibles?

El jugador sacudió la cabeza. —No directamente, pero hay una forma de volvernos "casi" invisibles.

—Soy todo oídos.

Unos pocos minutos más tarde, los tres salieron de entre el cañaveral y caminaron lenta pero directamente hacia el poblado. Cuando llegaron cerca de la hoguera los soldados del Imperio se percataron de la presencia de los recién llegados y los miraron con curiosidad, pero solo vieron un aldeano mal vestido transportando un atajo de cañas y dos niños que correteaban llevando lo que parecían ser manojos de hierbas recién cortadas.

—¿Quienes son esos? —preguntó el más joven de los guardias sin siquiera levantarse de su puesto. —¿No deberíamos…?

—¿Ves un caballo blanco, un guerrero humano y una asesina de nivel alto? —preguntó el otro que parecía tener algo más de rango que su compañero. —¿No? Entonces no me hagas perder el tiempo con unos sucios NPC's.

Dante se había quitado la desgarrada capa y también había guardado en su inventario los restos de la espada y la funda que llevaba atados a la espada. Sin aquellos ítems parecía un simple aldeano, ya que sus ropas básicas eran apenas algo más que las ropas de un campesino. El hecho de que hubiesen estado arrastrándose por el barro y entre los juncos agregaban mucho más realismo a sus disfraces. Sin decir una palabra ni mirar a los guardias ni siquiera una vez, caminaron con toda normalidad hasta la escalera y subieron a la pequeña cabaña que el niño les había indicado que era su casa.

El interior estaba mal iluminado y olía a encierro y enfermedad. La vivienda consistía apenas en una sola habitación donde un hogar hecho de piedra ocupaba el centro de la estancia. Un par de troncos medios consumidos era lo único que quedaba del fuego y lo primero que hizo el niño fué correr a avivar el fuego con un abanico hecho de piel de algún animal. La chimenea tiraba mal y pronto hubo más humo adentro de la casa que el que salía por la chimenea, pero el calor hizo que el ambiente se sintiera más agradable. Una tos se escuchó debajo de unas mantas.

Julián se acercó a la pila de mantas y retiró un poco las pieles que cubrían el rostro sudoroso de su hermana. —¿Pueden ayudarla? —preguntó esperanzado mirando a los aventureros. Dante y Diógenes se acercaron a la cama y examinaron al NPC que yacía inmóvil en ella. —¿Sabe tu personaje algo de medicina? —preguntó el joven estratega.

Diógenes sacudió la cabeza. —No. —dijo mientras se arrodillaba junto a la muchacha. —Solo conozco las propiedades medicinales de las hierbas más conocidas, pero nada sobre enfermedades o cómo diagnosticarlas. Tendremos que usar nuestros propios conocimientos me temo.

La joven debía tener unos quince o dieciséis años. Su piel estaba pálida y el rostro demacrado. Al tocar su frente Diógenes comprendió que tenía una fuerte fiebre. —Sin la habilidad para diagnosticar la enfermedad no sabremos como tratarla. —dijo.

—Entonces debemos averiguar lo que le sucedió. ¿Puedes interrogar a Julian para obtener esa información? —preguntó Dante. —Esa es tu especialidad

—Lo intentaré. —prometió Diógenes volviendo hacia el muchacho. —¿Sabes si tu hermana comió algo extraño? ¿Alguna planta u hongo que ustedes no suelan comer?

El niño sacudió la cabeza. —No...todos comimos lo mismo; pescado salado, pan y arroz.

—No es intoxicación. —razonó el jugador. —¿La picó o mordió algún animal últimamente?

—No… tampoco.

—Descartemos envenenamiento también. ¿A que se dedica tu hermana? —preguntó en cambio.

—Todos ayudamos a pescar en el río. —respondió angustiado Julián. —Mi hermana ayuda a desenredar las redes cuando las traen hacia la orilla y junto con mi abuela reparan los agujeros que a veces se forman cuando la red se engancha con alguna rama o algo.

—¿Y tu madre?

El niño sacudió la cabeza. —Murió cuando yo era muy pequeño. —dijo con tristeza.

Dante y Diógenes se miraron. —Volvamos a tu hermana…. ¿Que estaba haciendo cuando cayó enferma? ¿Logró decir si le dolía algo…? ¿El estómago, la cabeza…?

—Hace unos días se lastimó con un anzuelo. —recordó el niño. —Mi abuela la curó con hierbas y le vendó el pie, así que ella pudo seguir trabajando normalmente, pero hoy a la mañana cuando los adultos salieron temprano ella no se levantó de la cama y cuando llegó el mediodía su rostro estaba caliente y gemía y tiritaba de frío… por eso prendí el fuego en la chimenea.

—¿Dices que se lastimó el pie? —preguntó interesado Diógenes.

—Si pero… mi abuela la curó… eso no es…

—Dejame revisar esa herida. —dijo el jugador.

Retiraron las pieles y dejaron descubierto el delgado cuerpo de la enferma, quien estaba vestida solo con un simple camisón de tela basta. —Julián, necesito que pongas a hervir agua limpia. ¿Entiendes? Del agua que usan para beber. —pidió Diógenes mientras miraba preocupado el pié inflamado de la joven.

—Agua limpia… si. —dijo el niño. —El agua que juntamos de la lluvia.

—Servirá.

Mientras el niño corría a hacer lo que el jugador le había pedido Dante se acercó a Diógenes. —¿Crees que es una infección? —preguntó.

—Definitivamente. Veamos esa herida.

El pié derecho de la joven estaba vendado hasta la altura del tobillo. Habían utilizado un trozo de tela vieja y estaba sucia y manchada de sangre. Cuando Diógenes quitó el alfiler que la sujetaba y comenzó a deshacerla les llegó el olor de la pus y la infección. —Mierda. —dijo Dante frunciendo la nariz al sentir aquello. —¿Es esto también parte del juego?

Una vez que quitaron el vendaje y los restos de las hojas que habían utilizado en las primeras curaciones vieron que la herida no era muy grande, pero la zona estaba hinchada y la pus manaba abundante cuando el jugador palpó la zona inflamada. —Mala que lavar y desinfectar esto primero. —dijo Diógenes sacudiendo la cabeza al ver aquello.

—Sin un kit de primeros auxilios lo veo algo dificil. —observó Dante.

—Entonces improvisemos, dame tu daga.

Dante le dió el cuchillo que Karina le había prestado y el jugador lo colocó dentro de la pequeña cacerola con agua que Julián había puesto a hervir. —Trataremos de esterilizar lo mejor que podamos las herramientas que tenemos. —dijo. —Ahora si tuviéramos algo de alcohol…

No encontraron alcohol en la cabaña, pero si un vino rancio que parecía más vinagre que otra cosa. Llenaron otra pequeña cacerola con todo lo que encontraron y también la pusieron a hervir.

Una vez que el agua hirviera durante varios minutos retiraron la daga y utilizaron la afilada punta para abrir la herida infectada. Diógenes hurgó el interior de la misma mientras Dante sostenía una vela cerca para iluminar la improvisada mesa de operaciones. La joven gemía por el dolor y Julián la sostenía firmemente sin saber que otra cosa hacer.

Al cabo de varios minutos de angustioso trabajo Diógenes extrajo un pequeño trocito de metal oxidado que había quedado en la herida y lo mostró a los demás. —Ya podemos cerrar y desinfectar la herida. —dijo aliviado.

Utilizaron el vinagre caliente para limpiar la sangre y los restos de pus, lo que mejoró el aspecto de la herida, pero aquello no contentó a Diógenes. —La infección volverá si no hacemos algo. —dijo. —Las hierbas que trajimos son cicatrizantes y para tratar el dolor y la inflamación, pero lo que necesitamos es un antibiótico.

Dante miró a Julián pensativo. —¿Dices que comieron pan y pescado? —preguntó.

El niño asintió con la cabeza. —Ya no hay, lo poco que había se lo dí a ella. —dijo mirando al aventurero.

—No importa, solo muestrame donde lo guardan. —pidió el joven.

El niño le señaló un cesto de mimbre que contenía un par de migajas duras sobre una improvisada mesa junto a la pared. Dante se acercó y comenzó revisar el suelo debajo de la misma. Al cabo de unos minutos vieron que estiró la mano debajo de unas bolsas de arpillera y tomó algo de debajo de las mismas. —¡Bingo! —exclamó.

—¿Que haz encontrado? —preguntó intrigado Diógenes.

Dante se acercó y les mostró lo que había encontrado; un pedazo de pan viejo lleno de moho.

—Eso es… —dijo Diógenes mirando al joven a los ojos.

—Algo. —respondió Dante. —No tengo idea si esto funcione o no, pero es lo más parecido a un antibiótico que podremos obtener dadas las circunstancias.

Frotaron el moho que cubría aquel trozo de pan sobre la herida ya limpia y envolvieron el pié de la joven utilizando una venda nueva que improvisaron rompiendo una camisa limpia que Julián les trajo de uno de los armarios. Una vez que la herida estuvo protegida pusieron más agua limpia a hervir y prepararon las hierbas medicinales que habian traido en un pequeño mortero de piedra.

—Esto ayudará a bajar la fiebre. —explicó Diógenes señalando la pasta verde del mortero. —Ponle un poquito en la lengua tres veces al día y haz que tome mucha agua limpia. ¿Entiendes?

Julian asintió; era un chico listo y aprendía rápido.

—La herida del pié de tu hermana tiene que ser limpiada todos los días tal y como nos viste hacerlo. —agregó Dante. —Utiliza siempre el vinagre caliente para limpiarla junto con vendas limpias. Cuando esté limpia y seca pasa nuevamente el pan con el moho de forma que quede sobre la parte infectada y recuerda lavarte siempre las manos antes y después de tocar a tu hermana.

—Entiendo. —respondió agradecido el niño con lágrimas en los ojos. —Muchas gracias por salvar a mi hermana, les estoy eternamente agradecido.

En ese momento una campana sonó y la Quest dió por finalizada. La joven seguía dormida pero le había vuelto un poco de color al rostro y su respiración era más regular.

—He subido de nivel. —observó Diógenes revisando su interfaz de usuario. —Estas Quest Espontáneas son increíblemente generosas con los puntos de Experiencia. —dijo.

Dante suspiró aliviado y se sentó en el suelo junto a las pieles. —Todavía me cuesta creer que esto sea un juego. —dijo. —Es todo demasiado real.

Su compañero imitó el gesto y se sentó junto a el. —¿Qué hacemos ahora? —preguntó.

El joven meditó unos segundos en silencio. —Estoy tentado en salir de Calypso aquí y ahora y averiguar que rayos ha sucedido con mi jefe y su ayudante. —dijo. —Pero no quiero dejarlo a usted en medio de la nada con esos idiotas del imperio rondando el poblado… ojalá pudiéramos cruzar el río con Valkyria y llegar lo más rápido posible cabalgando hasta el Guardian.

Julian había escuchado la conversación sin comprender mucho, pero aquella última parte si la había comprendido. —Pueden utilizar el viejo transbordador para cruzar al otro lado del río. —dijo.

—¿Eh? —preguntaron los dos compañeros de pronto.

—¿Ustedes tienen un caballo, verdad? —preguntó el niño. —Lo vi tras la loma antes de encontrarme con ustedes… hay una balsa de este lado del río que solían usar los comerciantes cuyos carros son demasiado anchos para pasar por el puente, pueden cruzar en ella con caballo y todo.

Los dos aventureros se miraron esperanzados. —¿Crees que estará vigilada por los del Imperio? —preguntó Diógenes.

Julian se encogió de hombros. —No lo se… está río abajo pasando la curva que hace el río hacia el oeste, oculta tras unas rocas pero hace mucho que no se usa y puede estar algo deteriorada, ya no pasan tantos comerciantes como antes y el puente alcanza y sobra para el tráfico que hay.

—Tenemos que investigar eso. —dijo Diógenes. —podría ser una forma segura de cruzar con Valkyria y una vez que estemos del otro lado la velocidad será indispensable si queremos llegar al Guardián en una sola pieza.

—Estoy de acuerdo. —concedió Dante. —Hagámoslo.

Limpiaron lo más que pudieron el interior de la vivienda y se prepararon para salir. Dante era de la opinión que debían de mejorar su disfraz así que usando un enorme cesto de mimbre hizo que Diógenes se ocultase dentro para que los guardias vieran salir a un solo NPC de la cabaña.

—Buena suerte, Julián. —dijo Dante antes de salir de la puerta. —Ahora todo está en tus manos.

El niño sonrió agradecido y corrió a sentarse junto a su hermana.

Cuando el joven salió al exterior vió que había aumentado la cantidad de soldados en el pueblo. Ahora había una media docena de ellos alrededor de la fogata, pero dejaron de mirarlo en cuanto comprendieron que se dirigía en la dirección contraria del puente. Dante continuó caminando entre las casas del poblado y finalmente giró hacia el cañaveral por el que habían venido al principio.

—¿No nos siguió nadie? —preguntó Diógenes asomando su cabeza por el cesto.

—No por suerte. —dijo Dante. —Pero hay más que antes y eso me pone demasiado nervioso.

—El imperio debe estar desesperado por ponernos las manos encima. —razonó el jugador mientras ambos se internaban entre el frondoso cañaveral.

Siguieron ocultos a la vista de los vigías y rodearon la colina hacia el lugar en donde habían dejado a Valkyria. La yegua los olfateó mucho antes que ellos pudieran verla y los recibió pateando el suelo con impaciencia. —Siento haberte dejado sola. —se disculpó Dante dejando el cesto a un lado mientras acariciaba el poderoso cuello del animal.

Diógenes se arrastró fuera de su escondite y se sacudió las ropas sucias de hollín. —Por ahora todo bien. —dijo.

—Continuaremos a pié hasta encontrar el embarcadero que mencionó Julián. —dijo Dante tomando las riendas de Valkyria para que caminara a su lado. —Seremos menos visibles si avanzamos entre la vegetación alta.

Se pusieron en marcha de inmediato manteniendo siempre la loma entre ellos y el poblado. De todas formas allí la vegetación era bastante alta y se sentían a cubierto de miradas hostiles.

Una vez que las luces del pueblo quedaron atrás torcieron al sur seguros que se encontrarian con el rió nuevamente basándose en las explicaciones del niño. Al cabo de unos veinte minutos de caminata la vegetación disminuyó considerablemente y las rocas reemplazaron los matorrales y cañaverales que habian visto unos kilómetros atrás. Al llegar a la orilla del río vieron que allí había unas profundas barrancas y siguiendo las indicaciones de Julián, pronto encontraron el embarcadero oculto en una pequeño remanso al reparo de unas enormes rocas. Un tosco sendero serpenteaba casi escondido entre las rocas, pero Valkyria no tuvo ningún problema en descender hasta la orilla solo con ayuda de la luz de las estrellas.

—Jamás hubiéramos podido encontrar este sitio de noche sin un guía. —reconoció Dante apartado las ramas de un árbol achaparrado que ocultaban los tablones de madera que servían como muelle del pequeño amarradero.

La barcaza era en realidad una maltrecha balsa cuyos troncos apenas se mantenían unidos con viejas cuerdas de cáñamo. Diógenes examinó la embarcación y sacudió la cabeza. —No llegaremos ni al medio del río con esto. —dijo. —Y estoy siendo optimista.

—Es esto o vagar sin rumbo hasta que nos encuentren a plena luz del día. —dijo Dante.

Desataron los amarres y agradecieron que el río estuviera tan crecido, ya que aparentemente habían sacado la balsa del agua para almacenarla y ahora al crecer el río había vuelto a flotar en el sitio. Valkyria dudó un segundo en subir a aquella inestable plataforma, pero Dante le habló con calma y el animal finalmente decidió confiar en el. Los poderosos cascos de la Yegua hicieron temblar los troncos en cuanto recibieron todo el peso encima. Diogenes sacudió la cabeza pero no dijo nada y en cambio reforzó un par de nudos que le parecieron algo flojos.

Encontraron un par de largas pértigas para controlar la embarcación y algo nerviosos se pusieron a empujar con ellas las rocas junto a las cuales descansaba la balsa. Tras varios intentos lograron generar el suficiente impulso para que la misma se deslizara hasta que finalmente entraron a la corriente y la fuerza del río empezó a arrastrarlos sin esfuerzo.

—Mierda. —exclamó Dante al sentir como la corriente sacudía la embarcación. —Esto se mueve demasiado.

Valkyria estaba parada justo en el medio de la balsa y su peso equilibraba un poco la pequeña embarcación. Dante y Diógenes tomaron las pértigas y comenzaron a sumergirlas en el agua para buscar el fondo del río e intentar impulsarse en la dirección que deseaban, pero aquello no era tan fácil como parecía: o las pértigas eran demasiado cortas o el río había crecido demasiado. Al llegar al medio de la corriente ya no podían tocar el fondo y las mismas eran completamente inútiles.

Se dejaron arrastrar de forma inevitable con la corriente y pronto vieron que otro peligro los acechaba junto a las tumultuosas aguas que descendían de las montañas; enormes troncos flotaban junto a ellos y amenazaban con chocar y volcar la precaria embarcación a cada rato. Las pértigas resultaron ser su única salvación y las utilizaron para apartar los obstáculos lo mejor que pudieron mientras el río se volvía cada vez más rápido.

La oscuridad tampoco los ayudaba. Las formas grises de los troncos apenas se asomaban entre las negras aguas y les daban pocos segundos para reaccionar. Diógenes pronto comprendió que su poca fuerza apenas ayudaba en algo con aquellos pesados obstáculos, por lo que asumió el papel de vigía alertando a Dante cada vez que un tronco potencialmente peligroso amenazaba con lanzarlos al agua.

Descendieron junto con la corriente varios kilómetros hasta que las orillas comenzaron a elevarse a ambos lados del río.

El jugador aprovechó un momento de calma para revisar uno de sus mapas. Lo que vio le heló la sangre. —¡Estamos a punto de entrar a una zona de rápidos! —exclamó alertando a su compañero.

Dante comprendió que le quedaba poco tiempo. Aquella balsa no sobreviviría demasiado entre las rocas ocultas entre aquella corriente. —¡Subamos arriba de Valkyria! —gritó por sobre el sonido de la corriente que había comenzado a tronar a su alrededor.

Con dificultad montaron en la yegua justo cuando la balsa comenzaba a sacudirse en cuanto entró en los primeros remolinos. La espuma bullía alrededor y la oscuridad parecía haber aumentado en aquel estrecho pasaje.

—¡Sujetate fuerte! —exclamó Dante tomando las riendas con fuerza. —¡Esto se va a poner más feo aún!

La embarcación comenzó a girar sobre si misma y golpeó una roca sumergida con fuerza, lo que hizo que la misma se levantara violentamente hacia estribor. Valkyria soportó el golpe y mantuvo el equilibrio mientras la balsa se inclinaba violentamente de lado y pasaba entre las rocas. Un par de troncos se soltaron entonces y Diógenes vió las sogas que comenzaban a cortarse. —¡Mierda!

El siguiente impacto fué con una roca que asomaba fuera del agua, por lo que la fuerza del choque hizo que la balsa se sacudiera por completo y las últimas sogas que la mantenían unida se rompieran. Dante comprendió que el viaje había terminado. —¡Ahora Valkyria! ¡Salta!

El caballo se lanzó hacia delante y saltó justo en el momento que los troncos estallaban en mil pedazos por la fuerza del impacto. Como si de un experto en Parkour se tratara (Aunque Dante más tarde hubiese creído que la Yegua se había convertido en una cabra) Valkyria saltó de roca en roca con una agilidad que parecía más un producto de la hechicería que de la habilidad física del animal. En apenas tres furiosos saltos alcanzó la orilla pedregosa donde se detuvo por completo mientras se sacudía las crines mojadas durante el escape.

—Eso…. fué una locura. —dijo Diógenes todavía temblando sin soltar a Dante, quien se había quedado petrificado en cuanto el caballo se detuvo en la orilla. —Duval tendrá que pagarme extra por esto. —dijo pasándose la mano por el rostro. —¿Estas bien?

—Creo que me he meado encima.

—Es aceptable, solo procura no decírselo a Karina o va a golpearte por ensuciar a su cabalgadura. —advirtió el joven entre risas nerviosas.

Una vez que se hubieran recuperado un poco de aquella experiencia cercana a la muerte buscaron una subida entre las rocas de aquella pequeña playa en la que habían terminado y al cabo de unos minutos pudieron subir las empinadas barrancas y continuar hacia el norte, hacia la planicie donde se encontraba su única salvación.

Avanzaron a todo galope mientras el cielo comenzaba a aclarar hacia el este. El viaje por el río los había arrastrado a muchos kilómetros más al sur de lo que pensaban, pero Valkyria galopaba a toda velocidad por la llanura aparentemente sin agotarse. Al cabo de media hora vieron a lo lejos una pequeña línea azul que subía hasta el cielo.

—¡Es el Guardián! —gritó Dante al reconocer aquella luz salvadora. —¡Ya casi estamos allí!

Un cuerno sonó en las cercanías y otro le respondió a su izquierda. Pronto otros cuernos resonaron en todas direcciones como un coro que antecede a la batalla y vieron como varios jinetes comenzaron a acercarse desde diferentes direcciones. —¡Oh mierda! —exclamó Diógenes al ver las doradas insignias del imperio agitándose al viento.

Los últimos cinco kilómetros fueron una carrera desenfrenada en donde Valkyria demostró su completa superioridad frente a las cabalgaduras del Imperio. La veloz yegua pasó frente a los soldados atónitos quienes ni siquiera pudieron llegar a fijar el blanco para lanzar sus flechas. Un par de bolas de fuego pasaron bien alto sobre ellos justo cuando entraron a toda velocidad al área de protección del guardián y el ícono de zona segura apareció resaltada en la interfaz de ambos.

Los dos compañeros se arrojaron al suelo junto a la piedra de teletransportación y respiraron aliviados. Valkyria ni siquiera había transpirado y golpeaba el suelo impaciente como si todavía quisiera seguir corriendo.

—Gracias, Valkyria. —dijo Dante poniéndose de pie. —Eres increible.

La yegua relinchó y sacudió la cabeza. Los dos compañeros se rieron ya completamente seguros que aquel animal debía entender a la perfección el lenguaje humano. —Ve. —dijo Dante palmeando el flanco del animal. —Gracias por todo.

Valkyria partió a todo galope y pasó velozmente por delante de los jinetes del imperio que recién entonces llegaban al sitio en medio de insultos y maldiciones.

—Será mejor salir de aquí rápido.—dijo Dante al ver avanzar a los soldados a toda velocidad hacia el lugar en donde estaban. —No pueden hacernos daño pero vaya a saber lo que podrían averiguar si los dejamos acercarse más.

Diógenes tocó la piedra y en un instante fueron teletransportados a la ciudad de Jenne, a unos cuarenta kilómetros aproximadamente de allí.

El sol recién estaba asomando por las colinas cercanas cuando los dos compañeros aparecieron en la explanada frente a la Iglesia que dominaba la enorme plaza central de Jenne. A esa hora había muy poca gente allí por lo que solo unos pocos jugadores les dirigieron miradas de curiosidad, especialmente al ver a un jugador con un aspecto tan extraño como Diógenes.

—Supongo que misión cumplida. —dijo el jugador sacudiendo las ropas.

—Más o menos. —respondió Dante. —No es donde debíamos ir pero dadas las circunstancias…

—Comprendo… ¿Buscamos una posada? nuestros personajes recibirán un bonus si nos desconectamos en una cama.

El joven pensó un poco y sacudió la cabeza. —Creo que tengo una mejor idea. —dijo. —Hay en esta ciudad un clan de gente amiga que podría acogernos… ir a una posada podría atraer algunas miradas indeseadas.

—Comprendo. —dijo el jugador. —¿Sabes donde queda ese Clan?

—Se llama La Orden. —respondió el joven. —Pero no se donde queda su sede… o Cuartel General o como se llame.

—Eso déjamelo a mi.

Diógenes bajó de la plataforma y caminó hacia el mercado. Solo unos pocos puestos estaban abiertos a esa hora y los NPC's recién estaban acomodando sus mercancías frescas para prepararse para el nuevo día. El jugador se acercó a uno de ellos e intercambió unas pocas palabras. A los pocos segundos una marca apareció en la interfaz de ambos indicando la ubicación del Clan Hall de La Orden.

Sin perder un segundo más de tiempo los dos compañeros se lanzaron a la carrera entre los puestos del mercado justo en el instante en que desde el portal de teletransportación un contingente de soldados del Imperio llegaban a la ciudad trayendo las novedades de lo ocurrido en las llanuras.

No tuvieron que preocuparse por los puestos de seguridad a la hora de atravesar la muralla interna; al parecer el Imperio había destacado a todos sus hombres a la búsqueda de los fugitivos en el campo abierto y había dejado la ciudad prácticamente vacía de guardias. Cruzaron rápidamente por la solitaria barrera y entraron a las callejuelas de la zona residencial mientras sus pasos resonaban como ecos fantasmales en las ventanas tapiadas de las grandes casonas abandonadas.

Llegaron sin contratiempos hasta la casa que el NPC había indicado como el Clan hall de La Orden y se detuvieron junto a la puerta cerrada. —¿No estarán todos durmiendo a estas horas? —preguntó Diógenes mirando las ventanas cerradas.

—Supongo… vamos a golpear la puerta a ver que pasa.

Para su sorpresa fueron atendidos por un NPC que se presentó como el mayordomo del sitio y les ofreció información sobre los dueños del edificio y las características del clan y las funciones de reclutamiento que ofrecía. Al finalizar aquel monólogo se disculpó por la ausencia de representantes que pudieran recibirlos en el momento y les rogó que volviesen más tarde.

Diógenes suspiró y se volvió hacia Dante. —Esto dejamelo a mi. —dijo con una sonrisa mientras volvía a iniciar el diálogo con el Mayordomo.

Al cabo de quince minutos no solo habían logrado entrar a la casa. El NPC les trajo unas tazas de té y les preparó unas mantas para que pudieran descansar en los sillones que estaban en la salita del recibidor.

Dante se desconectó del juego una vez que su personaje y el de Diógenes estuvieran descansando en un sitio seguro. La oficina estaba a oscuras y nada se escuchaba en los alrededores. Cuando Dante quiso levantarse del sillón notó que su cuerpo se sentía entumecido. ¿Cuántas horas habían estado allí dentro? Seguramente también estaba amaneciendo en el interior de la Colonia.

Se giró un poco y vió a Karina sentada a su lado aún dentro del juego. La joven respiraba pausadamente y estaba completamente relajada, al menos así lo mostraba la parte de su rostro que podía verse por debajo del casco de juego. Solo su pecho se movía suavemente arriba y abajo al ritmo de su respiración. ¿Estaría aún tratando de rescatar al VF-1 del fondo del lago? ¿Le habría pasado algo de camino a la cascada del Ermitaño? Dante recordó todas las aventuras que habían tenido ellos y recordó que Karina iba a pié. Ojalá pudiera ayudarla de alguna forma.

Sin darse cuenta se había acercado a la joven y se sonrojó al comprender que estaba tan cerca de ella que podía oler su delicado perfume. Se apartó de golpe y por un momento no comprendió por qué estaba tan nervioso. Entonces vio el bulto en el piso.

—¿Pero que…? ¡Luz! —exclamó alarmado.

Una de las lámparas cercanas se encendió obedeciendo a las órdenes del joven revelando aquello que había alarmado tanto a Dante.

—Oh mierda. —gritó al ver el enorme cuerpo inmóvil de Duval tirado en el piso. Unos metros más atrás, el cuerpo de Willy yacía en las mismas condiciones.

El día recién comenzaba.