—¡Silvana, Diógenes! —gritó Dante. —¡Pónganse detrás de mí! ¡Rápido!
La druida y el Archivista obedecieron de inmediato aunque Diógenes tenía sus dudas sobre la protección que el joven guerrero de nivel bajo pudiera ofrecerles. Lo primero que hizo Dante fué enviar un mensaje a Mirna.
"¡Regresa Inmediatamente! ¡Estamos bajo ataque!" escribió rápidamente usando el teclado de su interfaz asignando prioridad absoluta al mensaje. ¿Que tan lejos estaría la chica gato? Abrió el mapa y vió el indicador de posición de la Arquera en la zona que había aceptado explorar, pero Dante sabía que ese punto no era la posición exacta sino una ubicación aproximada que según la enciclopedia del juego podía abarcar un área de incertidumbre de hasta un kilómetro entero.
—Mirna está en camino. —informó el joven, pero está a varios kilómetros de distancia… podría tardar bastante en llegar, tendremos que ganar algo de tiempo manteniendo a esta…. cosa a raya. ¿Es un realidad un Zombie…? —preguntó Dante asumiendo una posición defensiva mientras el enemigo acortaba distancias a gran velocidad.
—O una abominación muerto-viviente producto de la corrupción que afecta Calypso, si quieres llamarlo así. —respondió el Archivista. —Como sea, no es algo a lo que te recomiendo enfrentarnos en este momento.
—Mierda. —respondió el joven pero de pronto escucharon el sonido de un encantamiento detrás.
—¡Antlas! —exclamó Silvana mientras la punta de su báculo brillaba con intensidad.
La joven conocía perfectamente su papel de soporte y actuó por iniciativa propia en cuanto comprendió la posición de su grupo frente a la amenaza. El suelo frente a la bestia pareció estallar en llamaradas verdes y toda una maraña de lianas y plantas trepadoras formó una enorme pared viviente que atrapó al horrible oso en una red impenetrable.
—¡Buen trabajo Sil! —exclamó Dante. —Eso nos dará tiempo para…
—Para nada. —gritó Diógenes. —¡Mira!
En efecto, habian cantado victoria demasiado pronto. La enorme telaraña de plantas y enredaderas que Silvana había creado se sacudió y comenzó a marchitarse rápidamente ante la vista sorprendida de todos.
—¿Pero que…? —comenzó a exclamar Dante.
—La corrupción. —lo interrumpió el Archivista. —Esa clase de monstruos puede contaminar y corromper todo lo que toca… el bosque incluido me temo.
—Oh no. —exclamó Silvana estrujando el báculo entre sus manos. —¿Qué hacemos?
—Por lo pronto, apartarnos de su paso. —exclamó Dante señalando hacia la dirección que habían tomado los caballos al huir. —Intentaré mantener su atención fija en mí mientras ustedes retrocedan hacia el bosque, nuestra única esperanza es que Mirna vuelva pronto.
—¿Tu solo vas a enfrentarte a esa cosa? —preguntó Silvana alarmada. —¡No puedes! ¡Te aplastará!
—Ni siquiera eres un "Tanque" propiamente dicho. —agregó Diógenes.
El monstruo aún seguía atrapado entre las marchitas lianas, pero ya aquella especie de tumor maligno se estaba esparciendo por todo el claro y las hierbas se tornaban amarillas y luego de un color morado ennegrecido en cuanto aquella corrupción las tocaba. Hubo una última sacudida y el enorme oso putrefacto quedó libre con un terrible zarpazo que hubiese podido partir al medio a un caballo de batalla.
Sin embargo no volvió a cargar sobre ellos. Se quedó quieto allí mismo mientras una baba negra se escurría entre sus colmillos putrefactos y los observó con aquellos ojos rojos infernales.
—¿Qué rayos está haciendo? —preguntó Dante —¿Por que no ataca?
—Se está concentrando en extender la zona de corrupción a su alrededor. —explicó el Archivista señalando hacia las patas del monstruo. —Al corromper el bosque con ese tipo de miasma que emana de su cuerpo en descomposición modifica el entorno para obtener modificaciones de ataque favorables.
—Mierda.
La hierba a los pies del grupo de aventureros comenzó a morir mientras el aire se oscurecia y un viento helado soplaba alrededor.
Silvana clavó su báculo en la tierra y extendió una de sus manos hacia el cielo. —¡Purificación! —gritó.
El arma brilló y la hierba a sus pies comenzó a reverdecer y crecer. Durante un instante los dos poderes de muerte y restauración quedaron balanceados en una especie de batalla donde las plantas crecian, morian y revivian como en una especie de ciclo acelerado de vida y muerte en el bosque, más pronto quedó en evidencia que los poderes de Silvana eran mayores que los de la criatura; la zona de plantas rejuvenecida comenzó a extenderse sobre la desolación de corrupción y muerte y comenzó a avanzar hacia la criatura.
El oso aulló con un grito de muerte y se lanzó a la carrera hacia quien desafiaba sus poderes de destrucción.
—¡Cuidado! —gritó Dante tomando a Silvana con un brazo mientras mantenía la espada apuntando hacia el enloquecido oso. Dió un salto hacia un costado y evitó el terrible zarpazo que casi le arranca la cabeza a Silvana.
Diógenes se arrojó al piso y el oso pasó aullando sobre el, como si ni siquiera lo hubiese visto. —¡Eh! —gritó ofendido el Archivista. —¿A mi no me proteges?
—Las damas primero. —se disculpó el joven depositando a la Druida en la hierba. —¿Como mierda podemos matar a esa cosa?
Un poderoso estruendo sacudió el claro. El oso había chocado contra el enorme tronco del árbol en donde estuvieron descansando los aventureros y quedó momentáneamente aturdido mientras trataba de incorporarse en sus cuatro patas.
—Con fuego. —dijo Diógenes corriendo en cuatro patas hacia donde estaban ellos. —Las cosas muertas son susceptibles al fuego.
—Todo es susceptible al fuego. —dijo Dante rascándose la cabeza. —Especialmente si son rondas incendiarias… ¿Alguien tiene un hechizo de fuego…?
Silvana sacudió la cabeza y Diógenes levantó uno de sus dedos donde una pequeña llamita brotó de la punta de uno de sus dedos flacos. —Dudo que pueda servir de mucho. —dijo. —A menos que quieras que le encienda un cigarrillo para que se calme un poco— de pronto su expresión se volvió sombría y miró con desconfianza a Dante. —¿No estarás planeando arrojarme contra esa cosa para que lo prenda fuego… verdad?
Dante devolvió la mirada y no respondió.
—Maldito… lo estás considerando. —exclamó Diógenes señalandolo con el dedo. —¡Ni se te ocurra…!
—Más que como encender el fuego, el problema es buscar un combustible para que arda lo más intensamente que se pueda…—lo tranquilizó Dante (Que realmente había considerado aquella idea alocada) e inmediatamente se volvió hacia la Druida.— ¿Puedes crear una de esas bombas de hongos explosivas? —preguntó Dante mirando a Silvana.
Antes que la chica pudiera responder, Diógenes hizo un gesto con la mano descartando la idea. —Daño explosivo no es igual a daño por fuego. —explicó. —Necesitamos algo combustible, algún tipo de aceite o líquido inflamable para empapar su pelaje y quemarlo hasta los huesos.
Silvana meditó aquello unos segundos y lanzó una exclamación. —Yo puedo crear algo como eso. —dijo.
Los dos hombres se volvieron hacia ella. —¿Puedes…? —preguntó Dante.
—Con una fruta… puedo usar un hechizo para multiplicar la cantidad de azúcar en su interior y...
—Fructosa. —la corrigió Diógenes comprendiendo de inmediato a lo que se refería la Druida. —¿Puedes producir Etanol con un hechizo?
—Eh… sí eso… —reconoció la joven. —Puedo crear un recipiente lleno de alcohol usando una fruta dulce… o eso creo, solo lo usé una vez con una fresa para probar, no es un hechizo que use a menudo— reconoció.
—Necesitamos algo más grande que una fresa. —aseguró Dante volviéndose hacia donde el monstruo intentaba levantarse luego de haberse roto un par de costillas contra el grueso tronco. —Y rápido.
Diógenes se metió una mano debajo de la túnica y ante el asombro de Dante y Silvana extrajo una enorme piña de debajo de los pliegues de tela. —¿Servirá esto? —preguntó el Archivista levantando en alto la fruta.
—Oh… sí eso servirá. —exclamó Silvana extendiendo las manos, pero Dante se movió a una velocidad fulminante y tomando la fruta con violencia de las manos de Diógenes la arrojó a lo lejos entre los arbustos.
—¡Eh! —gritó sorprendido el Archivista. —¿Que rayos te pasa? ¡Esa fruta era perfecta!
—¡Nada de Piñas! —gritó Dante volviéndose hacia los demás con una expresión que asustó a sus dos compañeros. —Nada de Piñas, están prohibidas. —repitió haciendo un gesto cortante con la mano.
—Pro… ¿Prohibidas? —exclamó confundida Silvana.
—Son tabú en la milicia. —explicó Dante. —Dan mala suerte, ni se atrevan a volver a mostrar una de esas malditas cosas.
Silvana y Diógenes se miraron confundidos pero al cabo de unos segundos la joven revolvió su mochila y sacó tres manzanas grandes y rojas. —Yo… yo tengo estas. —dijo.
—Perfecto… tienen el tamaño adecuado para arrojarlas también. —dijo Dante secándose el sudor de la frente.
—Como granadas. —observó Diógenes. —Será mejor que te apresures Silvana, esa cosa está a punto de ponerse en cuatro patas nuevamente.
Diógenes no se equivocaba. El oso se estaba recuperando del terrible golpe y había comenzado a incorporarse. Silvana se puso manos a la obra de inmediato y clavando el bastón en la tierra tomó las frutas con ambas manos mientras cerraba los ojos. —¡Vimur...Kilgas! —exclamó en aquel lenguaje extraño.
Las frutas comenzaron a brillar intensamente y a crecer en tamaño. El color rojizo desapareció de las frutas y la piel se volvió amarronada a medida que la poderosa magia de la Druida alteraba la composición química de las frutas.
—Imaginate la energía que requiere transformar la estructura molecular de cada manzana en tan poco tiempo. —observó Dante.
—Una docena de bombas nucleares al menos. —aseguró Diógenes. —La transmutación de la materia es una de las magias más poderosas, aún así empalidece comparada con otros tipos de artes arcanas.
—¿Por ejemplo? —preguntó Dante interesado.
—Invocar a los muertos. —aseguró el Archivista señalando al monstruo al pie del árbol. —Esas cosas no se pueden hacer con la tecnología del Consorcio Macross… ¿Verdad?
En ese momento Silvana culminó el hechizo y las tres manzanas en sus manos se convirtieron en extraños recipientes vagamente esféricos, completamente transparentes. —Listo. —dijo la chica-gato extendiendo aquellos objetos hacia Dante. —Espero que sirvan.
El joven tomó una de las "frutas" y Diógenes lo imitó de inmediato. La manzana se había transformado por completo; la cáscara brillante y roja era ahora una dura capa de cristal como vidrio que contenía un líquido claro y con la apariencia del agua.
Para sorpresa de Dante, el joven Archivista olfateó la "Granada" y casi sin pensarlo le pasó la lengua como si se tratase de una paleta.
—¿Qué rayos estás haciendo? —preguntó intrigado Dante.
—Es caramelo. —explicó Diógenes mostrando la fruta que había probado. —Esto no es vidrio, es fructosa cristalizada.
Un nuevo gruñido seguido de otro aullido les advirtió que la criatura se había erguido y lentamente se había vuelto hacia ellos
—Ok…ok ¿Cual es el plan? —preguntó nervioso el Archivista ocultándose tras el joven guerrero. —Esa cosa está lista para volver a lanzarse contra nosotros.
—Supongo que el plan sigue siendo el mismo. —explicó Dante. —Inmovilizar al monstruo, empaparlo con estas granadas de alcohol y prenderle fuego lo más pronto posible. ¿Entendido? ¿Silvana? ¿Diógenes?
—¡Entendido! —exclamaron ambos jugadores al unísono.
Dante se lanzó hacia delante mientras sostenía la espada en alto. Tardó sólo cinco segundos en cruzar la distancia que lo separaba del monstruo y antes que este pudiera reaccionar recibió un corte transversal en el hocico con toda la fuerza que el joven pudo imbuir a la filosa espada.
La hoja brillante seccionó parte de la nariz del oso y un chorro de sangre negra manó a borbotones por la herida mientras Dante saltaba a un lado para evitar el contraataque de la bestia, quien ciega por la sangre que había cubierto sus ojos incandescentes comenzó a dar zarpazos en todas direcciones.
—Esto no va a funcionar. —exclamó Diógenes. —No podemos tumbarlo con nuestras armas.
Dante estaba de acuerdo con eso. Usando el enorme tronco del árbol como cobertura entre el y el monstruo giró alrededor en busca de una abertura para atacar, pero la criatura lo ignoró por completo y en cambio tenía los ojos fijos en la Druida.
—¡Silvana! —exclamó Dante volviéndose hacia su compañera. —¿Aún tienes activa la Comunión con el árbol? —preguntó.
—¿Eh? ¿La Com….? ¡Si! —exclamó de pronto comprendiendo la situación.
La joven extendió su báculo y señaló al oso con el arma. —¡Atrapalo! —gritó.
Las ramas bajas del enorme roble se doblaron hacia abajo y cayeron sobre el monstruo en el mismo instante en que se lanzaba nuevamente a la carrera sobre ellos. Esta vez no eran lianas tiernas y flexibles sinó enormes ramas de madera fuerte y resistente.
El horrible oso quedó aplastado contra la hierba marchita a la vez que una docena de ramas se clavaban en la tierra a su alrededor mientras el propio árbol parecía inclinarse por completo sobre la criatura.
—¡Ahora o nunca! ¡Ataquemos! —gritó Dante señalando a la bestia con su espada tras lo cual se lanzó hacia delante sosteniendo la espada en una mano y una de las granadas de alcohol en la otra. —¡Usen las granadas ahora!
Pero en vez de escuchar las exclamaciones de aliento de sus compañeros, lo que oyó le heló la sangre.
Silvana dió un grito y se desplomó de rodillas al suelo. Su báculo cayó a su lado y la granada que tenía en la mano rodó por la hierba lanzando destellos plateados.
—¡Silvana! —gritó Diógenes —¿Estas bien? ¡Responde!
Dante se detuvo a unos pocos pasos de la bestia e interrumpió abruptamente su ataque al comprender que algo terrible había pasado. Dió un salto hacia atrás y se volvió hacia su compañera. —¿Que mierda pasa…?
Lo comprendió de inmediato.
Silvana yacía de rodillas en el suelo mientras se llevaba ambas manos al rostro. Sus ojos mostraban el terror absoluto que estaba sintiendo mientras su mirada buscaba la de su compañero. —Da-Dante. —Exclamó…. —Yo… lo siento.
La corrupción había comenzado a manifestarse en su piel. Sus manos se estaban volviendo negras y agrietadas y pronto aquella especie de infección putrefacta comenzó a manifestarse en su rostro.
—Mierda. —gritó Dante volviendo la vista rápidamente hacia donde estaba el monstruo. —El vínculo…
La corrupción que generaba la criatura estaba infectando las ramas del roble, aquella cosa también estaba afectando a Silvana a través del vínculo que compartían en ese momento. No había tiempo que perder.
—¡Silvana! ¡Deshazte del vínculo! ¡Rompe el hechizo!
Pero la joven tenía los ojos en blanco y ya no respondia a los gritos desesperados de sus compañeros, permanecía allí de rodillas mirando al cielo mientras su rostro se iba volviendo cada vez más oscuro.
—¡Diogenes! ¿Puedes ayudarla? ¿Cómo podemos romper el vínculo?
El Archivista corrió hasta donde estaba la druida y extendió su mano hacia el avatar de la joven para activar la interfaz de interacción. —El-el tiempo del hechizo. —exclamó sin creer lo que estaba viendo mientras sus dedos señalaban la descripción del mismo. —La duración… tardará horas en disiparse.
—Esto no puede estar pasando. —respondió Dante. —¿No hay otra forma…?
Diógenes se volvió hacia su compañero. —Solo mediante un gran trauma que interrumpa la Comunión… a ella o al árbol.
—¡Mierda! —gritó el joven Estratega lanzándose hacia donde estaba el monstruo. —¡Tenemos que cortar esas ramas antes que la infección mate a Silvana!
De inmediato comenzó a lanzar tajos hacia las ramas que tenia mas cerca. La espada estaba maravillosamente afilada, pero la madera del roble estaba aún verde y resistía los golpes del acero como si se tratasen de cables vivos. Diógenes se le sumó de inmediato con su cuchillo tratando de quitar las ramas más pequeñas.
En cuanto hubieran cortado un par el oso comenzó a moverse y lanzó un zarpazo hacia Diógenes, quien apenas tuvo tiempo de escurrirse bajo una rama más gruesa que su cabeza. El terrible golpe destrozó la madera pero se desvió lo suficiente para pasar raspando la pequeña cabeza del jugador.
—Ese hijo de puta no nos deja acercarnos, tenemos que quemar al monstruo. —dijo Dante. —Pero…
—El fuego también afectará a Silvana. —dijo. —Ella sentirá las llamas al igual que el árbol.
—Fui un idiota. —exclamó Dante lanzando un nuevo tajo a la madera corrupta para descargar su frustración. —Creí que los poderes de Silvana eran algo de lo que podíamos abusar, que no había consecuencias al utilizarlos… pero me equivoqué y por mi culpa ahora Silvana está sufriendo por dos.
Diógenes se escurrió hasta donde estaba Dante y se puso a su lado. —No seas ridículo. —lo amonestó. —Tu no podías saber que sucederia esto…
—Si, era mi deber saberlo. No puedo enviar a alguien a la batalla sin saber a lo que se enfrenta. —afirmó el joven reprimiendo la frustración. —Cometí un error imperdonable.
—Dante…
El oso lanzó otro golpe contra las ramas que lo mantenían apresado y las ramas volaron por los aires destrozadas por el terrible golpe. Una de ellas golpeó de lleno a Dante en la cabeza y lo lanzó hacia atrás. La barra de vida del joven se redujo a la mitad.
—¡Dante! —gritó Diógenes corriendo junto al joven quien yacía acostado entre la hierba rodeado de una montaña de astillas. —Dime que estas bien dime que estás bien…
El Estratega se incorporó con dificultad mientras un hilo de sangre manaba de entre sus labios. —Hijo de puta… hasta con una maldita rama es capaz de humillarme. —masculló limpiándose la sangre con su mano enguantada. —Vamos junto a Silvana, tenemos que protegerla mientras decidimos qué hacer a continuación.
Los dos compañeros corrieron por el claro rápidamente y llegaron al lado de la joven Druida, quien todavía permanecía arrodillada en la hierba con la mirada perdida hacia el cielo. —No somos rival para esa cosa. —concedió Dante poniéndose en guardia dándole la espalda a su compañera mientras Diógenes volvia a consultar el estado de salud de la joven.
—Me alegra que por fin te dieras cuenta que no estamos en condiciones de ganar esta batalla. —respondió Diógenes cerrando la interfaz de curación. —Tenemos que recoger a nuestra Druida y huir ahora, antes que se libere del todo.
Dante se volvió y lo miró escandalizado. —No podemos dejar el vínculo de Silvana Activo, si el árbol muere…
—No lo sabemos. —respondió el Archivista. —Pero si nos quedamos aquí moriremos los tres asi que… ¿Que dice tu cerebro de estratega?
El joven apretó los dientes y golpeó la tierra frente a él. —Hijo de puta…. —dijo lanzando una mirada de odio hacia el monstruo. La ventana del mapa flotaba todavía en la periferia de su vista y el puntito verde que indicaba la posición de Mirna se había movido un poco hacia ellos, demasiado lejos aún—Pero tienes razón— dijo en cambio bajando la espada —, Tenemos que alejarnos del peligro mayor antes que…
Con un rugido terrible la criatura dió un salto hacia delante y se liberó por completo de las pocas ramas corrompidas que todavia lo aprisionaban. Sus ojos brillantes estaban fijos en Dante y su compañero quienes con sus pequeños cuerpos protegían a la Druida arrodillada en la hierba. Los tres eran como presas indefensas frente a un gigantesco depredador que las tenía acorraladas.
—Oh mierda. —dijo Diógenes. —Ahora si que estamos fritos
—Demasiado tarde para una retirada me temo. —respondió Dante suspirando. —Hora de terminar nuestra expedición. —dijo levantando la espada mientras se preparaba mentalmente para lo que sería una batalla perdida.
El oso volvió a rugir y se lanzó hacia ellos a toda carrera, entonces el suelo pareció explotar bajo su voluminoso cuerpo.
Dante no pudo comprender lo que estaba sucediendo ya que algo más le hizo apartar la mirada en aquel momento. Silvana dió un terrible grito y cayó desvanecida en la hierba mientras la tierra temblaba a su alrededor.
—¡Silvana! —gritó Dante soltando la espada para tomar a la joven en sus brazos. —¿Qué sucede? ¡Responde!
Diógenes se acercó y colocó sus manos sobre la cabeza de la chica. —No… no puede ser…. el vínculo con el árbol se ha roto por completo.
—¿Eh? ¿Cómo es posible…? ¿Que rayos…?
Un nuevo rugido hizo que volviesen sus miradas. El oso volvió a estar atrapado en una maraña de vegetación, pero esta vez era algo muy diferente.
—Esas son… ¿Raíces? —preguntó el Archivista abriendo grandes los ojos. —¿Las raíces del Roble?¿Pero cómo…?
—¡Hazlo ahora! ¡Mata a la criatura! —gritó una voz desconocida que pareció llenar el aire del claro.
Dante y Diógenes se incorporaron y miraron a su alrededor, pero nadie más que ellos y la criatura se encontraba en el claro.
—¡Deprisa! —volvió a apremiarlos la voz con desesperación.
—¡Las granadas! ¡Rápido! —gritó Dante tomando la fruta que Silvana había convertido en una bomba de alcohol. —¡Lánzala hacia el monstruo!
Estaban tan cerca que no necesitaron ni siquiera apuntar. Dante arrojó el proyectil que explotó en una lluvia de cristales al chocar sobre una de las gruesas raíces enroscadas alrededor del cuerpo de la criatura. El líquido inflamable se derramó de inmediato y empapó el pelaje podrido del monstruo.
Diógenes lanzó su granada y no tuvo dificultad en darle a un blanco tan grande. Su fruta golpeó la cabeza del oso y estalló en mil pedazos.
Dante tomó la fruta que había caído de las manos de Silvana pero no la lanzó, en cambio corrió hacia el monstruo y tras recoger la espada del suelo lanzó un golpe de punta hacia la boca abierta del monstruo. La espada destrozó los dientes podridos de la bestia y se introdujo casi medio metro en la garganta del oso, quien cerró las mandíbulas de golpe aunque totalmente en vano; la espada resistió la mordida y permaneció clavada en su sitio mientras Dante hacia palanca con todas sus fuerzas para mantener abiertas las fauces de la criatura. —Buen provecho, hijo de puta. —exclamó mientras metía la fruta de cristal llena de alcohol en la boca de la criatura.
—¡Ahora! —gritó Dante retrocediendo. —¡Tenemos que prenderlo fuego! ¡Diógenes! ¡Ven a hacer tu magia antes que…!
La flecha de Mirna llegó tan rápido que Dante estuvo casi seguro que el sonido de la misma al cortar el aire llegó una décima de segundo más tarde que cuando vió la punta incandescente clavarse en el hocico del oso y atravesar por completo las fauces abiertas por la espada.
—¡Fuego en el Hoyo! —gritó mientras se arrojaba al piso cubriéndose la cabeza.
La explosión de llamas hizo que un chorro de fuego líquido saliera expulsado de la boca del oso como si fuera un verdadero dragón. El rugido agonizante de la bestia fué tan terrible que todos se taparon los oídos para no quedar ensordecidos por aquel infernal ruido.
Toda la red de raíces se convirtió de inmediato en una pira funeraria. Las llamas se elevaron casi a diez metros de altura mientras el cuerpo del osos se retorcia de forma grotesca entre las raíces que lo sujetaban como serpientes de fuego. Era un espectáculo horrible que duró varios minutos hasta que el monstruo finalmente expiró.
Mirna rodeó la enorme fogata y se acercó corriendo aún con el arco en la mano.
—¡Mirna! —gritó Dante al verla. —¡Nos salvaste por un pelo!
Pero la chica gato pasó corriendo junto a Dante ignorándolo por completo y se inclinó junto a Silvana mientras le recogia la cabeza. —¿Silvana? ¡Despierta! ¿Puedes oírme? —exclamó.
La joven murmuró unas palabras que ni Dante ni Diógenes pudieron escuchar, pero de pronto la arquera se volvió y los miró con furia en los ojos. —¡Apaguen ese fuego! —gritó.
—¿Apagarlo…? ¿Pero como…?
—¡Deprisa!
Ninguno de los dos se sentía con ganas de contradecir las órdenes de aquella joven con fuego en la mirada aún más brillante que el de la pira. Usando sus propias manos (ya que carecían de herramientas adecuadas) comenzaron a escarbar tierra de alrededor de la fogata para arrojarla al fuego.
Les llevó casi media hora pero finalmente pudieron extinguir todas las llamas y el claro volvió a recuperar el silencio de antaño.
Dante y Diógenes se dejaron caer sobre la hierba completamente agotados. Sus avatares jadeaban por el esfuerzo mientras las nubes blancas se desplazaban lentamente sobre el límpido cielo azul.
—Eso…. eso fué… —dijo Dante sin aliento.
—No estuvo tan mal… ¿Verdad? —opinó el Archivista.
—Vete al diablo. —respondió el estratega. —Nunca estuve mas aterrado en mi vida… esa cosa podría habernos destrozado a los tres si Mirna no llegaba a tiempo. —dijo tras lo cual se incorporó y se dirigió hacia donde las dos chicas-gato se encontraban en la hierba. —¿Silvana? ¿Estás bien? —preguntó al llegar junto a ellas.
La Druida abrió los ojos al escuchar la voz de Dante y lo miró como si no creyera que estaba ahí. —¿Da… Dante?
—Estoy aquí. —¿Estás herida? ¿Puedes levantarte?
—Tienes… tienes que ayudarla. —dijo la joven con evidente muestras de dolor.
—¿Ayudar..?¿Ayudar a quien? —preguntó confundido Dante.
En ese momento escucharon un golpe sordo y todos giraron la cabeza en dirección a la base del Roble desde donde había provenido aquel ruido. Algo había caído desde la copa del árbol y yacía sobre la hierba podrida y marchita por la magia negra del monstruo.
—¿Pero que mierda…? —exclamó Dante poniéndose de pie.
Diógenes se acercó y se tapó la boca al reconocer eso que estaba tendido en el suelo. —¡Dante! ¡Eso… eso es!
Cuando el estratega llegó corriendo junto a su compañero pudo ver que lo que había caído era un cuerpo carbonizado. La forma era vagamente humana pero algo en su mente le dijo de inmediato que aquello no era un Ser Humano.
—Por todos los santos. —exclamó Dante al ver aquello. —¿Que…?
—Una Dríada de los Bosques. —dijo Diógenes horrorizado ante aquella visión de pesadilla. —O lo que queda de ella.
