—¿Que rayos esta pasando? —se preguntó Dante arrodillándose frente al cuerpo carbonizado. —¿Esta es la voz que escuchamos cuando Silvana rompió el vínculo con el árbol?

—Es posible. —dijo Diógenes.

El joven estratega observó el cuerpo con atención. —¿Es… una especie de NPC? —preguntó. —¿O una de las criaturas del bosque como ese oso...?

—Las Driadas no son monstruos, si es lo que quieres decir. —respondió el Archivista. —Pero tampoco son NPC's en el sentido que no interactúan con los jugadores de Calypso como lo hacen los habitantes de pueblos y ciudades alrededor del planeta.

—¿A qué te refieres?

—Son una raza de criaturas muy inteligentes, con su propio idioma y cultura, pero mantienen una relación poco cordial con el resto de las entidades sociales del juego… se ocultan de todo el mundo y protejen el bosque de las criaturas que intentan causar daños a los árboles o animales de la floresta.

Dante miró pensativo el rostro quemado de la joven Driada. —Una guardiana del Bosque… ¿Crees que…?

En ese momento llegó Mirna trayendo a Silvana de la mano. La joven Druida dió un grito de dolor en cuanto vió el cuerpo calcinado de la Driada y de inmediato se arrodilló junto a ella extendiendo las manos sobre el pecho de la misma.

—Silvana… —dijo Dante acercándose a la joven pero Mirna se interpuso entre el y la Druida y bufó como un gato enojado.

—¿Que sucede Mirna?

—Dejala en paz. —respondió la arquera con las orejas erizadas. —No la interrumpas.

—Pero… —comenzó a decir el Archivista.

—¡Callate!

Era la primera que escuchaban a Mirna alzar la voz así que tanto Dante como Diógenes se callaron de inmediato.

Las manos de Silvana comenzaron a brillar tenuemente mientras el viento soplaba a través del claro haciendo que las ramas de los árboles se movieran produciendo aquel sonido peculiar del bosque. Los compañeros de Silvana observaban en silencio mientras la joven se concentraba sobre aquella pobre criatura.

—Por todos los santos, aún está viva… —exclamó Dante sin poder reprimir su sorpresa al ver como el pecho quemado de la Driada comenzó a moverse debajo de las manos de Silvana.

La criatura gimió con apenas un hilo de voz mientras las lágrimas corrían por el rostro de la joven Druida. —Yo… yo lo siento tanto. —dijo tomando una de las manos quemadas de la Driada. —No pude hacer nada para salvarte y ahora… ahora tú.

La Driada abrió los ojos y Dante casi dá un salto de la impresión que aquellos ojos de color verde esmeralda le causaron en aquel momento.

—Hice… lo que tenía que hacer. —respondió con voz débil. —El…. el bosque debe ser protegido… sin importar las consecuencias. —murmuró.

La criatura expiró en ese momento con un sonido que les recordó a todos el crujir de las ramas secas. El cuerpo exánime de la infeliz Driada comenzó entonces a deshacerse en las manos de Silvana, quien no podía hacer otra cosa que llorar la muerte de aquella noble criatura mientras los demás guardaban silencio.

Cuando el viento se llevó la última de las cenizas, la joven Druida se puso de pié con la ayuda de su báculo. El silencio en el claro era completo, como si todo el bosque alrededor guardase un respetuoso silencio por aquella trágica muerte.

—Silvana… —dijo Dante avanzando pero fué prontamente detenido por Mirna, quien le sostuvo el brazo mientras sacudía la cabeza.

La Druida comenzó entonces a entonar un canto mientras ponía a trabajar su magia de sanación. Lentamente comenzó a recorrer el claro limpiando y sanando el daño de la batalla, desintegrando la corrupción en los sitios donde el daño era demasiado severo y sanando las plantas allí donde había todavía una pizca de vida verde que podía ser curada.

—Probablemente eso le lleve un rato. —observó Diógenes sacudiendo la cabeza.

—Si. —reconoció Dante. —Será mejor que no desaprovechemos el tiempo. —¿Mirna? —preguntó dirigiéndose hacia la arquera, quien vigilaba atentamente a su amiga.

—¿Nya?

—Necesito hablar contigo sobre tu exploración. —dijo.

La chica-gato pareció dudar unos momentos pero se acercó a los dos compañeros con la cola tensa.

Se sentaron a un lado del claro para no interrumpir la labor de Silvana bajo la sombra de un enorme árbol añoso.

—Antes que nada. —dijo Dante mirando a Mirna. —Quiero reconocer que todo lo que ocurrió fue culpa mía. —exclamó mientras se inclinaba a la manera japonesa para pedir disculpas. —Te fallé y no estuve preparado para proteger a Silvana y de no haber sido por ti ahora estaríamos muertos...estoy completamente arrepentido de lo que hice, por favor perdóname.

Mirna agachó las orejas y asintió en silencio, pero no dijo una sola palabra mientras Dante volvió a sentarse frente a ella.

—¿Sabes algo de este Oso-Zombie que nos atacó? —preguntó Diógenes también acomodándose como mejor pudo entre la hierba. —No soy experto en el bosque como tu y nuestra Druida, pero por lo poco que he investigado en los libros del Clan Hall… esta clase de monstruos no es algo normal en esa área.

La arquera asintió. —No era de aquí. —dijo en voz baja.

—¿De donde…?

Mirna extendió la mano y señaló hacia el Sureste. —Hay una zona de corrupción en lo más profundo del bosque, ruinas… un cementerio.

—¿A qué distancia…?

—Lejos. —dijo la joven.

El canto del hechizo de Silvana les llegaba claramente y se mezclaba con el ruido del viento entre las ramas de los árboles. El silencio había dejado paso a los sonidos normales del bosque que lentamente había vuelto a cobrar vida.

—¿Que viste durante la exploración? —preguntó Dante. —¿El camino es seguro?

—No. —respondió la arquera son seriedad. —Tres Partys en la entrada de las ruinas, acampadas. Estandartes rojo y oro. Probablemente haya más dentro de las ruinas haciendo rotaciones con las que están fuera.

Dante asintió. Mirna era una excelente Scout y su informe era preciso y directo al punto. Esa era la clase de información que un estratega necesitaba para planificar una operación exitosa.

—Probablemente sea un campamento de una de las divisiones del Imperio que farmea los raids de esta zona. —meditó Diógenes mientras se ponía una pequeña ramita en la boca y miraba distraído el cielo azul.

—¿Farmear? ¿Raids? —Preguntó confundido Dante.

—Argot de MMORPGS. —explicó el Archivista. —Los raids son una especie de eventos exclusivamente para un grupo de jugadores que unen fuerzas para derrotar a un monstruo más poderoso que lo normal y obtener una recompensa… cuando la misma Party de jugadores repite el mismo evento una y otra vez, se dice que están "cosechando" las recompensas del Raid y por eso utilizan la palabra anglosajona desde hace medio siglo más o menos…

—Comprendo. —aseguró Dante. —¿Quiere decir que ese grupo de jugadores lleva ahí un tiempo? ¿Y que no se moverán de ahí por un largo rato?

—Nya. —asintió Mirna moviendo una mano como si fuera la pata de un gato.

—Mala cosa. —opinó Diógenes. —Aunque tal vez sea eso a lo que se referian las palabras de la profecía.

—¿Tu crees a que "La Horda Escarlata" se refiere a los soldados del Imperio haciendo ese tal… "farmeo" en el bosque? —preguntó Dante.

—Es una posibilidad. —reconoció el Archivista. —Algunas divisiones del Imperio portan estandarte rojo y oro.

Pero el joven estratega no estaba tan seguro. —No. —dijo sacudiendo la cabeza. —No lo creo.

—¿Que te hace estar tan seguro?

Dante recordó la proyección de fuerzas que Willy le había mostrado en la SDF-1, pero no podía hablar sobre ello con los integrantes de La Orden. —Es una cuestión de números. —dijo en cambio. —No dudo que El Imperio tenga los guerreros mejor equipados y entrenados de entre los jugadores de Calypso, pero sus números no corresponden a lo que llamaríamos un "Ejército". ¿Cuántas personas forman una Party? —preguntó mirando a Mirna.

La chica levantó ambas manos pero ocultó uno de sus dedos.

—Nueve jugadores en cada Party. —dijo Dante. —Así que en esas ruinas no puede haber más de cincuenta personas, si las observaciones de nuestra "Scout" son correctas.

—Nya. —asintió la arquera.

—Eso no cuenta ni remotamente cerca como una "Horda". —aseguró Diógenes. —Entiendo lo que dices, lo que significa...

—Que vamos a tomar el camino largo por las montañas. —dijo Dante suspirando.

Diogenes desplegó el mapa detallado del bosque y lo aseguró en cada esquina con una piedra. —Tendremos que adentrarnos en territorio del Enjambre. —dijo con voz tensa señalando la zona más allá de la cresta que Dante sugeria escalar. —No hay mucho detalle en esta zona del mapa, pero supongo que el bosque es igual de denso en esta zona… ¿Verdad Mirna?

—El Valle de los gigantes del Enjambre. Zona pantanosa. —respondió la arquera.

—Así que continúan las buenas noticias. —suspiró Diógenes.

Dante observó la zona del mapa y tomó una decisión. —Utilizaremos el camino norte. —dijo. —El paso que lleva al valle es demasiado peligroso para nosotros. Partiremos en cuanto Silvana culmine sus trabajos de restauración.

Los dos compañeros asintieron en silencio pero Diógenes aún tenía preguntas sin respuestas. —¿Sabes algo de esa Driada? —preguntó interesado pero Mirna sacudió la cabeza. —Hablad con Silvana. —dijo mientras se ponía de pie. —Pero no ahora, es demasiado pronto.

Silvana culminó su tarea de restauración unos veinte minutos más tarde. El claro ya no mostraba los signos de la brutal batalla y hasta la pira funeraria en donde la bestia había sido consumida estaba ahora cubierta por una densa capa de malvas silvestres cuyas flores se mecían suavemente al viento. La Druida permanecia en el centro del claro cuando Dante y Diógenes se acercaron en silencio.

—Ya podemos irnos. —dijo Silvana volviéndose hacia sus compañeros. —Perdón por la demora, pero tenia que hacer algo con este sitio. —se disculpó.

—No tienes que disculparte. —la tranquilizó Diógenes. —Tu trabajo es cuidar el bosque, asi que era tu deber. —aseguró.

—En todo caso nosotros deberíamos pedir disculpas por no ayudarte. —reconoció Dante. —¿Estas bien?

La joven se pasó la manga de la túnica por la frente y asintió. —Si, me siento mucho mejor ahora. —dijo visiblemente aliviada.

Dante sonrió. —Mirna confirmó que hay soldados del Imperio en el paso del valle, tendremos que dar un rodeo por el norte y pasar por ese sendero que encontramos en el mapa. ¿Estas lista?

—Si. —respondió la joven.

Llamaron a los caballos (Que por suerte no se habían alejado demasiado) y una vez montados reanudaron la marcha pero esta vez hacia el norte, hacia donde se podían ver las montañas cercanas que comenzaban a dominar el paisaje.

El terreno comenzó a elevarse de a poco y la separación entre arbol y arbol aumentó considerablemente. Era más fácil cabalgar allí por lo que lograron que los caballos avanzaran a un trote ligero entre la floresta, ahora dominada por pinos y otras coníferas adaptadas a zonas más elevadas.

La tarde avanzaba lentamente. Habían cabalgado en silencio desde que abandonaran el claro en medio del bosque y la alegría y optimismo que habian experimentado aquella mañana al salir de exploración se habían extinguido casi por completo. Dante estaba realmente preocupado por Silvana y las palabras de la joven no habían alcanzado para borrar su angustia. La chica había sufrido una experiencia realmente traumática con todo aquello, algo que iba más allá de lo que podría pasar en un juego.

Hizo que su caballo se acercara a la yegua de Mirna y pronto estuvo lo suficientemente cerca como para hablar directamente. —Silvana. —la llamó.

La joven se dió vuelta y sonrió, pero Dante vió que aquello era solo un gesto de cortesia y no guardaba relación alguna con los sentimientos que ocultaba Silvana en esos momentos, o al menos eso le pareció.

—¿Podemos cabalgar más lentamente? Me gustaría hablar un poco, Mirna

La Arquera asintió con la cabeza y tiró suavemente de las riendas por lo que su yegua aminoró un poco la marcha.

—Es sobre la criatura que nos ayudó en el claro allá atrás. —comenzó a decir Dante haciendo que su propio caballo fuera al mismo ritmo. —¿Tu… la conocias?

Silvana sacudió la cabeza. —No. —dijo tristemente mirando la espalda de su amiga. —No la conocía… pero me hubiese gustado mucho poder haberlo hecho.

Dante y Diógenes permanecieron en silencio para no apresurar a la joven.

—Las Driadas siempre están alrededor nuestro cuando estamos en el bosque. —continuó explicando. —Pero nunca me habían hablado antes.

—La Driada interrumpió tu vínculo con el árbol y eso te salvó la vida. —dijo Dante. —Es claro que te consideran una aliada y amiga del bosque.

—Y no solo interrumpió el vínculo. —agregó Diógenes. —Ella misma tomó el lugar de Silvana para liberarla del mismo y poder sostener a la criatura mientras nosotros la prendimos fuego.

Dante apretó con fuerza las riendas de su cabalgadura. —Soy también responsable de su muerte. —reconoció con amargura en la voz. —No pude preveer que el vínculo era tan peligroso. —aseguró con rabia, pero Silvana sacudió la cabeza. —No fué tu culpa. —insistió. —Tu no podrías haber sabido eso, nadie de nosotros podía.

—Aún así…

—Tenemos que hacer que su muerte no haya sido en vano. —dijo de pronto Silvana con una voz que sorprendió hasta a la propia Mirna, quien paró sus orejas de pronto. —Tenemos que salvar el bosque a toda costa.

Para sorpresa de los demás, Dante detuvo su cabalgadura y permaneció pensativo en el sitio. Mirna se detuvo unos pasos más adelante e hizo que su yegua se diera la vuelta. —¿Nya? —preguntó confundida.

Dante levantó la vista y miró a las dos jóvenes. —Esto… esto esta mal. —dijo.

—¿Mal? —preguntó Silvana.

—Estamos haciendo todo mal… no es así como funciona Calypso.

—Explicate. —pidió Diógenes trepando por la espalda del joven para poder espiar sobre su hombro.

—No sabemos nada sobre esta amenaza… bueno, casi nada. —reconoció. —Y sin embargo vamos cabalgando a tientas por el bosque persiguiendo un sueño…

—Profecía. —lo corrigió Diógenes.

—Es lo mismo… como sea, lo que sucedió allá atrás en el claro es una muestra de nuestra propia ignorancia.

Las dos chicas lo miraron sin comprender.

—Quiero decir… tenemos aliados, ocultos si, pero allí están. —dijo mientras hacía que su montura se voltease en la dirección que habían venido. —¿No deberíamos pedir ayuda a ellos? ¿A los verdaderos habitantes del bosque? ¿Qué es lo que nosotros cuatro, ignorantes como somos de las reglas de este mundo, podríamos hacer en nuestro desconocimiento?

Silvana abrió la boca asombrada. —Quieres… ¿Quieres pedir ayuda a las Driadas? —preguntó confundida.

—A las Driadas o a otros habitantes del bosque…o a quien quiera que pueda ayudarnos. No podemos ir a ciegas esperando tropezarnos con algún indicio en medio del bosque.

Aquello tenía sentido por supuesto y los tres compañeros asintieron sin nada que objetar.

—Entonces… ¿Quieres abortar esta misión de exploración y en cambio dirigir una de diplomacia? —preguntó Diógenes tras reflexionar unos instantes.

El joven asintió. —Ya quedó demostrado que subestimamos a los habitantes de Calypso, el UniEngine ha creado un ecosistema completo que incluye no solo la biología del planeta, sinó su cultura y política también...no podemos ignorar esos poderes, sería un error de nuestra parte hacerlo.

—Estoy de acuerdo con eso. —reconoció el Archivista. —¿Y entonces? ¿Qué hacemos ahora, carismático líder? —preguntó con burla.

Dante hizo girar al caballo y señaló hacia donde se encontraba la cima de aquella colina que habían estado subiendo. —Primero haremos una exploración visual del valle en donde se encuentran esas cavernas. —dijo. —Estamos tan cerca de llegar a la cima que sería un desperdicio volver justo ahora.

—Nya. —dijo Mirna agitando las riendas. La yegua relinchó y volvió a iniciar el paso siguiendo la cabalgadura de Dante.

Ya no quedaban grandes árboles en aquellas alturas. Ahora el paisaje a su alrededor era rocoso con algún que otro pino de hojas oscuras rompiendo la monotonía a cada rato, pero al vegetación constaba casi exclusivamente de arbustos achaparrados y espinosos, más adaptados al viento de aquellas alturas. Los aventureros ascendieron hasta llegar a un centenar de metros de la cima en donde Dante levantó la mano para indicar un alto a la marcha.

—Dejemos los caballos allí. —dijo señalando un sitio a su derecha. —Será mejor aproximarnos a la cima lo más discretamente que podamos… cuatro siluetas montadas se recortan más contra el cielo que cuatro agazapadas entre los arbustos.

Los demás asintieron y tras dejar a los caballos ocultos tras unas grandes rocas se dirigieron casi agachados los últimos metros que quedaban hasta la cima.

—Esto es emocionante. —dijo Silvana ante la mirada curiosa de la arquera que la seguia a corta distancia. —Es como si fuéramos un pelotón de soldados en una misión de reconocimiento.

—Escuadrón. —la corrigió Dante. —Y si… estamos básicamente en una misión de reconocimiento, por eso tenemos que permanecer alertas y a cubierto de posibles miradas hostiles.

—¡Si Comandante! —exclamó Silvana haciendo una imitación de saludo militar tan chapucera que Dante casi estalla de la risa.

Cuando llegaron a la cima se echaron entre la maleza y lentamente se asomaron para ver el paisaje que se extendía ante ellos. Lo que vieron los dejó boquiabiertos.

—Seis, siete… cuento unos ocho gigantes. —dijo Dante cubriendose los ojos con la mano para ver mejor. —¿Zentradis del Enjambre?

—Doce. —lo corrigió Mirna. —Hay cuatro sentados allí a la sombra de aquel risco. —dijo señalando un sitio donde las sombras de una pared rocosa ocultaban a aquellos enormes jugadores.

El valle era enorme, profundo y la vegetación era densa, con muchos árboles de follaje oscuro y aspecto malsano. La ciénaga que Mirna había descripto comenzaba justo en una laguna de aguas marrones que descansaba justo a los pies de la ladera en donde se encontraban ellos. Vieron algunas columnas de humo y claros abiertos entre la floresta en donde los gigantes habían arrancado enormes árboles para usar en vaya a saber que cosa.

—¿Del otro lado del valle están esas cuevas que conoces? —preguntó Dante señalando las sombras que ocultaban las paredes de roca a varios kilómetros de distancia. La arquera asintió.

—¿Que están haciendo en esta zona? —preguntó intrigada Silvana.

—¿Por qué no bajamos a preguntarles? —se burló Diógenes. —Es evidente que no están sumando experiencia… no hay monstruos en esta parte del bosque que supongan un reto para esos gigantes.

—Puedo imaginarmelo. —respondió el Estratega. —Pero es evidente que algo están haciendo… mira esos dos. —dijo señalando a dos gigantes codo a codo que parecían avanzar entre los árboles con dificultad. —Están yendo en dirección a las cuevas ¿Que podrá ser eso? ¿Mirna?

La chica gato se protegió los ojos con la mano y observó hacia la dirección que Dante señalaba un buen rato.

—Arrastran…. algo. —dijo. —No distingo que.

Para entonces Diógenes había extraído el pequeño telescopio de su inventario y lo apuntó hacia los gigantes. —Vaya vaya… —dijo mirando por el pequeño instrumento de latón. —Esto es interesante.

—¿Que puedes ver? —preguntó Dante.

—Miralo por ti mismo.

Dante tomó el telescopio y tras apuntarlo cuidadosamente observó por el diminuto orificio del mismo. —Parece que arrastran una especie de bolsa de red…. ¿Están pescando en la ciénaga?

Las impurezas del lente del precario instrumento y su diminuto tamaño no le permitian a Dante resolver más detalle, pero las ramas y algas que asomaban por entre las cuerdas que formaban aquella red indicaban que había estado sumergida en algún sitio. Tras observar a los gigantes un rato pasó el telescopio a Mirna y meditó lo que había visto.

—¿Crees que realmente esos gigantes estaban pescando? —preguntó Diógenes.

—No, pero… ¿Estamos seguros que son jugadores y no NPC's? —preguntó en cambio el joven.

—No hay Zentradis oriundos de Calypso. —aseguró Silvana.

—Aunque si hay una raza de gigantes que es nativa de este planeta. —agregó Diógenes. —Pero son algo más pequeños; de entre cuatro y cinco metros. Están emparentados con los ogros y cíclopes.

Mientras era el turno de Silvana de mirar por el telescopio Dante retrocedió unos metros y se recostó contra una de las rocas. Diógenes se unió a él un rato más tarde. —¿Que opinas? —preguntó.

—Definitivamente quiero saber que está sucediendo ahí abajo, pero no soy un suicida. —respondió haciendo un gesto con la mano para abrir la interfaz de comunicaciones.

Diógenes sonrió. —¿Pidiendo ayuda al cielo? —preguntó.

Dante devolvió la sonrisa y marcó el número de la oficina de Duval, pero para su consternación del joven nadie contestó su llamado.

—Espero que no estén desmayados otra vez en el piso. —murmuró, pero para su alivio alguien respondió la llamada cuando estaba por darse por vencido.

—¿Sucede algo, Joyner? —preguntó la voz casi en susurros de Willy. —¿Hay novedades?

—Algunas. —respondió el joven estratega. —Y por el tono de su voz me imagino que algo ha pasado fuera de Calypso.

Willy bajó aún más la voz. —Estamos en una reunión con la cúpula militar. —dijo. —Duval está en estos momentos respondiendo varias preguntas sobre el proyecto.

—¿Pasó algo?

—Varias cosas… principalmente que han adelantado El Salto, me imagino que no haz visto aun las noticias.

—No, estoy conectado desde bien temprano por la mañana y no estuve pendiente de las noticias. —explicó el joven. —¿Han adelantado entonces el Super-Salto de largo alcance?

—Si, lo que significa que tendrás que venir a ubicarte en la oficina de una buena vez… tu vaina te espera.

—Lo haré apenas termine esta sesión de juego. —prometió Dante. —Hemos descubierto algunas cosas interesantes en lo que respecta a cosas que suceden en el bosque.

—¿Han encontrado…?

—No, aún no. —aseguró. —Pero nos cruzamos con actividad sospechosa del Enjambre y sus Zentradi. ¿Tienes algo de información al respecto?

Willy guardó unos segundos de silencio del otro lado de la comunicación. —El Enjambre mantiene un campamento de Zentradis en uno de los valles orientales del bosque desde donde suelen lanzar ataques contra otros jugadores que se aventuran a los calabozos y zonas de leveleo que hay cerca.

—¿Pueden mantener la zona vigilada? —preguntó Dante. —Hemos visto algo sospechoso en esos gigantes y creemos que puede haber alguna relación con la crisis.

—Mantendré un Satélite por encima del área en cuanto vuelva a la oficina. —prometió el programador. —Haré un pasada a máxima definición por ese valle a ver que podemos descubrir. ¿Qué es lo que sospechas?

—La exploradora que está en mi Party dice que hay una formación de cavernas del otro lado del valle en donde están esos Zentradis, pero estamos viendo actividad justo en la dirección de esas mismas cuevas, como si estuviesen trasladando material hacia allí.

—No conozco nada sobre cuevas en esa región.—reconoció Willy, tras lo cual volvió a bajar nuevamente la voz. —Espera un segundo... ¿Dijiste material?

—Materiales o suministros… tal vez comida o materiales de construcción, no estamos del todo seguro.

Por el silencio que se produjo en la comunicación Dante supuso que aquellas noticias habían tenido un fuerte impacto en el programador. —Investigaré esos movimientos. —dijo al cabo de una pausa. —Pero no tengo idea de que pueden estar haciendo en esa zona, especialmente teniendo en cuenta las habilidades de los Zentradi.

—¿A qué te refieres?

—Los Zentradi tienen nula habilidad de construir cosas. —respondió Willy. —Literalmente son incapaces de poner una roca encima de otra sin que todo se les venga abajo… es una penalización inherente a su raza.

—Supongo que es una limitación que algunos aceptan con tal de ser un maldito gigante de diez metros de altura.

—Te sorprenderia lo que son capaces de tolerar algunos jugadores con tal de ser los más fuertes de Calypso. —dijo el programador. —No cualquiera puede usar uno de esos personajes y los pocos que consiguen reunir los requisitos… bueno, la mayoría no tolera todas las restricciones inherentes a vivir como un gigante.

—¿Restricciones?

—Principalmente sociales. —explicó el programador. —No pueden aliarse a ninguna otra facción de jugadores o NPC's, no pueden entrar a ninguna ciudad o pueblo del juego, son enemigos de absolutamente todas las razas del planeta y por ende no pueden comerciar o conseguir recursos de nadie.

—Y sin embargo son aliados del Enjambre… he visto magos y guerreros humanos en esa organización, asi que lo de las limitaciones sociales corre solo para los NPC's de Calypso supongo.

—Algunos consideran "metagaming" que los Zentradi formen parte del Enjambre… pero dado que Calypso no es un juego que obliga a los jugadores a participar de un rol "hardcore", es hasta dentro de todo aceptable…. en todo caso el propio Calypso impone limitaciones a los lugares donde pueden ir por lo que están, hasta cierto punto, contenidos en algunas zonas exclusivas de PvP. —explicó el programador.

—Comprendo… así que son los guerreros más poderosos del juego pero a cambio deben vivir aislados del resto.

—Básicamente así es… y cómo no poseen habilidades de construcción de ningún tipo, generalmente van en taparrabos o con equipo de malísima calidad que obtienen de algún raid de su mismo nivel…. ni hablar que sus armas son palos, garrotes o directamente piedras del tamaño de autobuses.

—Y por supuesto, viven en cuevas. —confirmó Dante.

—O ruinas, pero en todo caso, no son personajes fáciles de jugar… se requiere una mentalidad realmente salvaje para soportar todo eso y encontrar placer solo en el hecho de desatar la violencia donde quiera que vayan… oh mierda. —exclamó de pronto. —Tengo que cortar, el Jefe me está haciendo señas de que vaya inmediatamente… no hagas nada estúpido en ese valle ¿Entendido?

—Si Señor. —respondió Dante.

Tras cortar la comunicación el joven cerró la interfaz y se volvió hacia Mirna y Silvana que habían terminado de escudriñar el valle con el telescopio de Diógenes. —¿Vieron algo interesante? —preguntó el joven.

—Nada que valga la pena reportar. —aseguró la joven Druida sentandose junto al estratega. —Mirna siguió a esos dos hasta que se perdieron entre las rocas, por lo que más o menos tenemos una idea de en donde se encuentra la entrada principal.

Dante desplegó la copia del mapa de Diógenes y señaló la zona en blanco. —¿Puedes actualizar el mapa con lo que has visto? —preguntó.

—Claro. —respondió entusiasmada la chica-gato.

Tras tomar la pluma y el tintero del Archivista, la joven repitió el proceso de volcar la información en el mapa. Pronto las nuevas líneas de tinta fresca cubrieron la zona del pergamino en blanco y una multitud de detalles aparecieron como por arte de magia.

—Esta es la entrada que tomaron los gigantes. —dijo Silvana señalando un espolón de roca que sobresalía de la ladera de la montaña del otro lado del valle.

—Asi que esa es la entrada principal… definitivamente queremos evitar esa zona a toda costa.

Diógenes levantó la vista del mapa y miró fijamente a Dante. —¿Osea que aún quieres explorar el valle?

El joven asintió. —Si entendí bien la información que acabo de recibir, los Zentradi no pueden construir nada, algo así como sus contrapartes en el mundo "real" que aún no han tenido contacto con la cultura humana.

—Nya. —asintió Mirna.

—En efecto —confirmó el archivista. —Sus personajes tienen cuantiosos modificadores negativos en cualquier acción que no sea de combate… creo que salvo caminar, toda otra acción que hagan que no involucre lanzar golpes y patadas se ve fuertemente penalizada.

—Y sin embargo allí están… moviendo materiales y arrancando árboles como si fueran contratistas en un proyecto de terraformación… a mi me resulta sospechoso. —opinó el joven mirando el mapa y los agujeros claramente visibles en donde los brutos habían arrancado los árboles como si fueran simples malas hierbas

Las dos chicas-gato se miraron confundidas. —¿Crees que esto tiene alguna relación con la Horda Escarlata? ¿Tal vez los Zentradi se han aliado con ese misterioso ejército?

El joven estratega se cruzó de brazos pensativo. —No creo… según tengo entendido los Zentradi no pueden aliarse con ninguna otra facción en Calypso…

—Eso es correcto. —confirmó Diógenes.

—Entonces… ¿Cómo explicarias este misterio? —preguntó intrigada Silvana.

—Eso lo averiguaremos solo si bajamos a investigar al valle, supongo. —dijo Dante encogiéndose de hombros.

—¡Nya!.

La forma en que la joven exclamó aquello no dejaba ningún lugar a dudas la oposición que sentía a aquella idea. —No dejaré que Silvana baje a ese valle. —afirmó categóricamente la arquera mientras se ponía en pié de golpe erizando su cola. —Es muy peligroso.

Para su desconcierto, Dante parecía estar de acuerdo con ella. —Lo se. —reconoció el joven levantando la mano en dirección a la joven. —No me atrevería a volver a arriesgar a Silvana… o incluso a tí. —afirmó.

Mirna volvió a sentarse pero sus orejas seguían pegadas a la cabeza aún en guardia. —¿Qué hacemos entonces? —preguntó de mala gana.

Dante miró las montañas circundantes y apuntó hacia el oeste. —La tarde ya está pasando, pronto habrá poca luz y Diógenes y yo podremos infiltrarnos con facilidad en la ciénaga sin que nos vean.

El Archivista se puso de pie de inmediato. —¿Como que tu y yo? ¿Planeas…?

—Dividir la party, correcto. —explicó el joven. —Creo que Silvana y Mirna deberían buscar comunicarse con las Dríadas del Bosque para pedir información sobre los Zentradis del valle… mientras tanto nosotros intentaremos llegar hasta su campamento para evaluar que están tramando esos tipos.

El rostro de Silvana se oscureció de preocupación. —Dante. —dijo apretando el báculo en su mano. —Tu eres un guerrero, no tienes los atributos ni las características de sigilo e infiltración de un asesino o un espía.

—Lo se. —respondió el joven. —Pero si escuché bien, incluso novatos como nosotros podrían escurrirse entre ellos sin que nos vean en la oscuridad.

—Peligroso. —dijo Mirna sacudiendo la cabeza. —Muy.

—Ciertamente los Zentradis no poseen ninguna habilidad de… "detección" innata. —razonó Diógenes. —Y teniendo en cuenta sus muchos penalizadores para cualquier acción que no sea pelear… de noche y siendo sigilosos podríamos tener amplias chances de llegar hasta las mismas puertas de su campamento sin ser detectados pero… ¿Valdrá la pena el riesgo?

Dante se cruzó de brazos. —El Gran Salto es inminente. —dijo. —Me gustaría al menos resolver el misterio de la Horda Escarlata antes de empiecen los preparativos y no pueda entrar a Calypso por vaya a saber cuánto tiempo, tal vez sea nuestra última oportunidad de salir al campo abierto.

—Siempre y cuando La Horda Escarlata realmente esté allí. ¿Y planeas llevarme a mi allí abajo? —preguntó el Archivista

Dante se encogió de hombros. —La verdad, preferiría que vienese Mirna conmigo, en cambio tu y Silvana tienen más posibilidades de contactar con las Dríadas y teniendo en cuenta tus habilidades de interacción con los NPC's, es muy probable que entre ambos logren su cooperación… pero ya he aprendido mi lección. —dijo sacudiendo la cabeza. —No dejaré que Calypso me sorprenda de nuevo. Mirna y Silvana solas tienen mejores posibilidades de éxito en el bosque que las que tenemos nosotros aquí, pero si tu o yo morimos aplastados, no se perderá nada.

—Buen plan. —se burló el Archivista.

—Será mejor darnos prisa, nos queda poco tiempo de juego. —dijo Dante poniéndose de pie. —Pronto las sombras comenzaran a cubrir el Valle y podremos iniciar el descenso de forma segura.

Silvana y Mirna se miraron indecisas. —No creo que sea una buena idea. —dijo la Druida. —Alex jamás divide una Party, dice que es muy peligroso.

—Nya. —maulló Mirna apoyando el comentario de su amiga.

Dante se rascó la cabeza. —En otras circunstancias estaría de acuerdo con nuestro líder. —dijo. —Me temo que aquí no se trata de dividir fuerzas, sinó aplicar los recursos lo más eficientemente que podemos y ahora más que nunca necesitamos la ayuda de los habitantes del bosque… y tu eres la única que puede lograr entablar ese contacto.

—Lo… lo intentaré. —afirmó la joven con voz compungida. —Pero jamás había hablado con una de ellas antes y teniendo en cuenta lo que sucedió allá en el claro…

El joven estratega asintió. —Si, pero es evidente que algo cambió; Si esas criaturas mantenían la distancia y solo se limitaban a observar sin intervenir, definitivamente algo hizo que cambiaran sus intenciones… y tenemos que saber el por qué.

—Dante tiene razón. —agregó Diógenes. —Esa Driada decidió sacrificarse por ti, es posible que ellas también necesiten de tu ayuda en estos momentos.

Aquellas palabras hicieron que la joven despejara todas sus dudas de inmediato. —Si es asi… si es así haré todo lo posible por ayudarlas. —se comprometió Silvana.

El plan estaba fijado. Los cuatro compañeros se pusieron de pie y pusieron manos a la obra en los últimos preparativos.

—¿Quieres mantener la Party armada cuando nos separemos? —preguntó Silvana mientras mirna afilaba su enorme cuchillo de caza.

—No, preferiría tener una exclusiva con Diógenes. —respondió Dante. —Asi podré tener el mapa del mundo centrado solo en nosotros dos, de todas formas podremos mantenernos en contacto por la interfaz de mensajería de Calypso.

La joven asintió. —Déjame darte un pequeño "Buff" antes de irnos. —dijo.

—¿Buff? —preguntó intrigado Dante.

—Es un hechizo que aumenta una o más características de tu personaje. —explicó Diógenes.

La Druida extendió su báculo y tras recitar unas cuantas palabras en aquel idioma extraño, tanto el personaje de Dante como el de Diógenes brillaron tenuemente al recibir aquel conjuro de refuerzo.

—Favor del bosque...es un pequeño bonificador de suerte. —explicó la joven. —No es mucho pero…

—Nos vendrá de maravillas… gracias Sil. —respondió Dante. —Si todo sale bien nos reuniremos en el Clan-Hall de La Orden al caer la noche, pero lo más seguro que ustedes lleguen primero.

Silvana puso cara de preocupación. —Tengan cuidado con el bosque, especialmente cuando lo recorran de noche. —dijo. —Si pueden, eviten caminar a tientas por la oscuridad, esperen a que salgan las lunas y caminen con su luz, será mucho más seguro.

—Tendremos cuidado. —aseguró Diógenes.

Mirna enfundó su cuchillo y se volvió hacia los demás. —Iré a buscar los caballos. —dijo.

—Yo echaré una última mirada al valle entonces —dijo Dante mirando a Diógenes. —Tenemos que planificar una ruta de entrada y de salida antes de comenzar el descenso y confirmar un camino alternativo en caso que nos veamos obligados a separarnos.

—Como siempre pensando en todo. —suspiró el Archivista.

Los dos jugadores volvieron a trepar los treinta metros que los separaban de la cima y observaron el valle en silencio. —Preferiria evitar la cienaga. —dijo Dante. —No estamos equipados con armaduras pesadas, pero la perspectiva de caminar por aguas estancadas o arenas movedizas no me agrada demasiado.

Diógenes se puso de pié y examinó con cuidado las laderas que se abrian a cada lado del valle. —Por aquel lado hay arbustos y malezas en abundancia… podremos descender en forma bastante cubierta y segura. Dante asintió. —Si, la otra ladera es demasiado rocosa, será más fácil por… ¡Al suelo!

Dante se arrojó de cabeza al suelo y con su mano derecha arrastró al confundido Archivista

a su lado. —¿Que rayos…?

—Vi algo en medio de los árboles… un destello.

—¿Un destello?

—Tal vez fuera agua… u otra cosa… pero fué algo repentino, tal vez…

—¿Un catalejo…? —preguntó asustado el jugador.

—Es posible.

Diógenes tragó saliva. —¿No creerás que…?

—Regresemos. —dijo Dante. —No se realmente que pensar.

Se volvieron y comenzaron a arrastrarse por entre los matorrales para volver a la roca en donde habían dejado a Silvana esperando, pero no llegaron demasiado lejos.

Una sombra ocultó el sol momentáneamente y escucharon un zumbido que les heló la sangre. —¡Cuidado! —gritó Dante tomando a Diógenes de la cintura mientras saltaba a un lado.

Un enorme bulto cayó sobre ellos, pero los reflejos de Dante lograron evitar el golpe y el impacto arrojó a los dos compañeros a un lado en medio de una lluvia de tierras y rocas.

—¿Pero que mierda…? —exclamó el Archivista mientras escupía la tierra que había tragado al caer al suelo.

—Oh mierda. —dijo Dante al comprender lo que había caído sobre ellos.

Diógenes lanzó un grito al reconocer el cuerpo aplastado del caballo que Alex les había dado para llegar hasta allí. El animal era una masa uniforme de carne aplastada y huesos rotos, pero el pelaje blanco y negro era todavía reconocible.

Los gritos de Silvana apenas se escucharon sobre el estruendo que una media docena de gigantes produjo mientras trepaban desde todas las direcciones, atrapandolos en un callejón sin salida.