Ninguno de los personajes me pertenece, ¡Criminal!
De hojas, futbol, navidad y desnudez.
Tenía las sensaciones de calidez en el cuello, eso de que hacia frio era el invento más horrible de su madre. De niño con las olas de calor que arrasaban los Estados Unidos como el premonitorio de la contaminación global y el desastre en que se iría a convertir el clima no solo en su país, sino en el mundo no le había preparado para el calor constante del "invierno" latinoamericano.
Arrastrado, desparramado completamente perezoso sobre el colchón amarillo se froto el cuello como si fuera un salvavidas de la sensación extraña que se le había apoderado. Ya había pasado navidad y no había recibido su carta de vuelta y comenzaba a preocuparse. Pensó en levantarse y romper la regla tácitamente establecida con su novia y escribirle por mensaje de texto, pero estaba demasiado ocupado sintiéndose incomodo entre la camisa enorme de velcro y el sudor que le bajaba por los hombros a la espalda, y los rayos insufribles del sol se le quedaban en las mejillas como pequeños pellizcos en la piel. La ropa le picaba y no tenía la fuerza para levantarse y quitarla. El solo darse cuenta de la pereza que se le había apoderado lo hizo sentirse culpable por la debilidad de sus sentimientos o la fortaleza de las adversidades.
Quedarse quieto sin hacer nada siempre lo transportaba a los sueños de nubes, pero ese día no había nubes para observar y la imaginación se le escurría, más bien, a los recuerdos, cuando no estaba acostado cocinándose a fuego lento en un colchón.
Recordó vagamente los primeros días de noviembre, los últimos días de clase, cuando tuvo que desnudarse (casi), por primera vez en público.
—Estas exagerando con esto, solo te quitas la camisa y ya.
—No tengo camiseta debajo.
—Eso no es culpa mía Arnold. — La niña lo miro con los ojos cansados, tenía las manos puestas en las caderas mientras le pedía cooperación. — Vamos, prometo no burlarme si tienes tetillas feas.
— ¿Tetillas feas? — Repitió como un niño pequeño, volteo a mirar a sus lados a sus compañeros de clase ya semidesnudos, todos expectantes a su respuesta. — Repíteme de nuevo ¿por qué tengo que quitarme la camisa?
Jennifer lo miro con ternura como lo haría cuando hablaba con su hermanito menor José Luis. — El colegio no tiene suficiente presupuesto para camisetas que diferencien equipos, así que para diferenciar uno de los dos equipos tiene que quitarse la camisa del uniforme.
—Normalmente solo se recoge la manga de la camisa o el dobladillo del pantalón, pero se cae muy rápido y no es tan fácil de ver a simple vista.
Para Arnold, parecían argumentos muy válidos, pero eso no le quitaba la incomodidad que le surgía en el pecho y el color en sus mejillas por la vergüenza que sentía.
—No tiene que hacerlo si no quiere, aunque es muy gay de su parte. — Santiago se encogió en hombros mientras esperaba pacientemente a las reacciones de los demás.
— ¿Cómo vamos a diferenciarlo cuando estemos jugando? — Daniel a quien recientemente también habían obligado a quitarse la camisa, estaba celoso de la facilidad que tenía Arnold para que la gente quisiera su comodidad. Para él, todos estaban actuando como auténticos idiotas cuando estaban a su alrededor solo porque era gringo.
—Es fácil por la forma de su cabeza. — Ofreció Camilo sin mucho tacto, algunos incluso rieron ante la mención de la característica más prominente de Arnold
— También es el único rubio. — Mencionó Andrés, conciliador.
— Yo también soy rubio. — Respondió Leonardo medio ofendido
— Comparado con el de Limoncito, lo dudo. — Limoncito era el apodo que le habían dado después de un año de convivencia y de un sin fin de apodos de prueba a cargo de sus compañeros.
— ¿Qué dices Stuart? — Dijo Jair con un tono amable al capitán del equipo que no se llamaba Stuart pero que se había ganado el apodo por su estatura. — Dejamos que Limoncito se quede así, después de todo no está acostumbrado a eso.
— ¿Entonces cómo le va hacer cuando tenga novia? — El profesor interrumpió cansado de ver a los alumnos quietos durante cinco minutos discutiendo por quien se puede quitar o no la camisa.
— Uh… Yo ya tengo señor. — Arnold todavía no se acostumbraba a que incluso fueran los profesores quienes hicieran los comentarios más vergonzosos. Todos los "Uy" y los "Oh" del salón no se hicieron esperar.
—¿Por qué no se hace en el equipo con camisa entonces?
—Porque Arnold es buen delantero y Tiburonsin ya tiene a Camilo y a Vargas.
Arnold se sintió bien que lo tuvieran en consideración como parte importante del equipo, sin embargo, se sintió mal por todos los otros chicos que Miguel estaba despreciando con su comentario, pero lo desechó cuando dio una mirada por sus compañeros y se dio cuenta de que ni siquiera les importaba.
— Lo haré, no quiero crear problemas por mi decisión.
Jennifer hizo un puchero y dio un suspiro dramático a su lado — Ay Arnold, eres tan lindo que podría comerte a besos.
Arnold se sonrojo ante su comentario a pesar de que había recibido comentarios así durante todo el año escolar. Cuando se quitó por fin la camisa no pudo evitar rodar los ojos al escuchar los comentarios de burla de sus compañeros, sus silbidos y gritos de apoyo.
—Muéstramelo todo papasote. — Jair grito con un tono de risa en su voz.
—Calma tus hormonas por favor. —Los chicos se sorprendieron cuando por primera vez desde que lo habían conocido, había respondido a una de sus provocaciones. — Me estas avergonzando.
Los chicos rieron y se burlaron entre ellos un poco más antes de comenzar el partido de lo que en ese país era futbol y no soccer, como tenia acostumbrado. Un deporte en el que era inusualmente bueno y que además era relativamente nuevo jugando.
Ese día una de sus compañeras lo etiqueto en un video de Facebook donde salía haciendo un gol sin camisa.
También recordó, esta vez más vagamente, como se había aventurado a uno de los centros comerciales de la ciudad en busca de un regalo perfecto para su novia. Luego de horas sin encontrar nada lo suficientemente perfecto para ella se sintió como un fracaso, no se dio cuenta del puchero que estaba haciendo hasta que una de sus compañeras se lo dijo.
— Pareces un cachorrito perdido Arnold, ¿Te pasa algo? — Por alguna razón desde que había legado todas sus compañeras de clase se habían empeñado en tratarlo como a un bebe, un cachorrito o un ser pequeño y eso lo abochornaba.
— Yo… estoy buscando un regalo para Helga. – Todo su salón sabía de su novia desde que se lo habían sacado casi a la fuerza en la primera semana de clases
— Hay algo en especial que estés buscando?
—Creo que ese el problema, ni siquiera sé por dónde empezar.
— ¿Ella es como tú?… Es decir, la personalidad, ¿es como tú o…?
—No, para nada, somos muy distintos, ella es… — Se detuvo a si mismo antes de despotricar todo lo que tenía que decir sobre ella cuando cayó en la cuenta de algo simple que no había contemplado. — A ella le gustan los libros, es escritora.
Ella abrió los ojos y le dio una sonrisa. — Eso es impresionante.
—Si ella lo es.
— ¿Qué tipo de libro crees que le guste?
—Yo… No sé. — Si sabía, tenía en mente la poesía, pero por alguna razón se sintió mal comentarle sobre el que había sido el secreto mejor guardado de Helga por una década a una persona prácticamente desconocida.
—Está bien, te llevare al sitio perfecto para los libros.
No era exactamente una librería sino una tienda de variedades bastante grande, tenía una sección de libros en varios estantes en los que la niña desapareció por unos momentos antes de asomarse de nuevo por uno de los estantes con un libro gigantesco color verde.
Tenía un empastado limpio y hermoso decorado con hojas que parecían de oro y en la portada un señor con barba que parecía a uno de los tantos filósofos de la ilustración que se estudian, y en letras grandes y hermosas con un inglés perfecto decía "Hojas de Hierba".
— ¿Qué es? — Pregunto y se sintió un poco intimidado cuando ella le leyó un trocito del libro que venía en la parte trasera de la pasta a modo de resumen.
– Una hoja de hierba
Creo que una hoja de hierba, no es menos
que el día de trabajo de las estrellas,
y que una hormiga es perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del régulo,
son igualmente perfectos,
y que la rana es una obra maestra,
digna de los señalados,
y que la zarzamora podría adornar,
los salones del paraíso,
y que la articulación más pequeña de mi mano,
avergüenza a las máquinas,
y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,
supera todas las estatuas,
y que un ratón es milagro suficiente,
como para hacer dudar,
a seis trillones de infieles…
— Es hermoso. — Dijo y sentía ganas de llorar. No le entendía a la poesía en la mayor parte de las veces, era difícil de comprender, se tergiversaba y le generaba emociones tan fuertes, tan fuertes, que lo dejaban sin aliento. Le gustaban los cuentos infantiles y los de aventuras porque de ellos podía leer muchos y en corto tiempo, podría nutrirse de la aventura o de la moraleja, eran fascinantes y lo envolvían rápido, pero la poesía era como el vino, se tomaba a sorbos cortos, se empapaba no más la lengua y no se enjuagaba porque podría terminar ahogándose en el peor de los casos, o sintiéndose amargo en el mejor. Todo el peligro que conllevaba, lo atraía. No era que no le gustaban, no. Él disfrutaba de las analogías y de la facilidad que tenían los poetas para evocar un sentimiento tan difícil con palabras y comparaciones, como las lágrimas de felicidad que saben a mar, como los dientes brillaban como perlas y como el amarillo que era un color aburrido, pero naturalmente de luz. Le dolía no entender y más que doler era rabia, más que rabia era esa sensación horrible que sentía en la actualidad acostado en el colchón de su habitación mirando el sol del mediodía picándole la cara.
—El año pasado participé en un concurso de escritura para pequeñas promesas o una tontería así, perdí, eventualmente. Ni siquiera sé en qué puesto quede, pero sabía que lo que estaba haciendo era una competencia internacional, es decir, estaba aspirando a demasiado alto, ni siquiera he competido en nada a nivel de ciudad. Pero eran cincuenta mil dólares (con eso me pago la universidad) y tenía que intentarlo, mis padres ni siquiera saben que escribo, pero me alentaron por alguna extraña razón. No quería echarle más sal a la herida y mirar los trabajos de los ganadores, pero no pude evitarlo. Quede impresionada con una poetisa joven que ganó el tercer lugar, se llama Helga G. Pataki, cuando nos dijiste a todos como se llamaba tu novia pensé que era una coincidencia, pero ahora no creo que lo sea ¿o me equivoco?
— Helga nunca firmaría con su nombre real. — Se sintió tonto cuando fue lo único que pudo decir.
— Teníamos que hacerlo de forma obligatoria o no darían el dinero. — No sabía cómo sentirse al respecto.
—Puede que ella ya tenga el libro o ya lo haya leído en partes, pero esta es una edición especial, la presentación del libro es importante y para un coleccionista o para un amante de la lectura siempre es apreciado los detalles como estos. A demás, Whitman es un genio al que nadie puede despreciar.
— Gracias… Yo no sé qué decir.
— Gracias es suficiente. — Ella dijo, pero se retractó de inmediato tocándolo suavemente en el hombro. — pero también podrías hacerme un favor.
—Lo que sea. — Se sintió felizmente agradecido con su compañera y sin embargo para ese punto se sentía tan mal por no recordar su nombre.
— Cuando tu chica decida publicar un libro de poesía, envíame una copia firmada, ¿eso está bien? — Le paso una mano por los cabellos con coquetería, mientras lo miraba sonriente. Se le llenó el pecho de solo pensar en la maravillosa chica que era su novia y en lo orgulloso que se sentía de ella.
— Me asegurare de ello eh… Mariana(?)
— Mabel. — Corrigió con humor en su voz y continuo con un tono amenazador. — y por favor no digas que rima con papel o te golpearé. — Arnold que no estaba acostumbrado a que las chicas que hablaran español lo trataran con hostilidad se sintió casi divertido por la mirada de clara advertencia que le estaba dando.
—No tenía planeado hacerlo. — Levantó ambas manos en señal de paz.
—Más te vale, Limoncito.
La tarde se les escurría frente a sus ojos y no tenía ganas de levantarse, se sentía mal por todo lo que relacionaba estar en ese lugar. Trato de pensar en el lado positivo, estar con sus padres era el más fuerte, que sus abuelos lo estuvieran acompañando también, pero le hacía falta Hillwood, le hacía falta la nieve y, sobre todo, le hacía falta Helga.
En el primer piso de la casa Stella estaba abriendo varios sobres que se había encontrado en el piso de la entrada al entrar.
—No importa que tan grande sea el buzón que pongamos siempre ponen los benditos recibos debajo de la puerta. Y por lo visto las cartas también.
De pronto, como si hubieran invocado al diablo Arnold bajo a una velocidad sorprendente para mudarse al lado de su madre.
— ¿Llego algo para mí?
— ¿No hay saludo para mi hoy? — Replico Stella con rudeza. Arnold se sintió muy apurado, pero aun así saludo con una sonrisa real y un beso en la mejilla a su madre.
— Debe ser esa de papel rosa.
—Ese es un recibo del seguro. — Arnold trataba de quitarle algunas de las cartas y papeles, pero su madre lo esquivaba con una facilidad de ninja. — Ya hiciste tu tarea?
— Ya se acabó el año escolar mamá.
— Ah, cierto. Todavía no me acostumbro a esto. ¿No es bueno para ti? Ahora vas un año adelantado a todos tus compañeros. — De hecho, solo por eso a Arnold no le gustaba.
—¡Mira presidente! te hice un suéter para el frio.
— Pookie, vieja loca estamos a 40 grados nadie quiere usar un suéter en este infierno al que llaman país.
— Papá, cálmate solo es un poco de calor— Miles vestía con su habitual estilo de amo de casa con un delantal de reno navideño. — yo me lo pondré mamá.
—Eres tan galante, pero no tengo idea de quién eres. — Phil y Miles negaron con la cabeza en diferentes caras de desaprobación mientras Arnold seguía con la lucha titánica con su madre por las cartas.
— Me temo que no hay nada para ti Arnold. — Dijo con un tono triste en su voz luego de revisar todas las cartas. Arnold cambio su lenguaje corporal tan rápido que a su familia le dolía solo verlo. Él se dirigía de nuevo a su posición desgarbada impoluta cuando sonó el timbre familiar de la puerta de su nuevo hogar
— Veci, buenos días. — Su vecina de cuarenta años de al lado tenía un perrito de los que tiemblan en el brazo, hablaba en español de una manera en que Arnold no podía entenderle.
— Buenos días. — Su madre, por otro lado, tenía un manejo perfecto de todo tipo de español.
— Mire que esta mañana vino un señor de los de Servientrega y le dejo este paquete, se lo iba llevar el bobo ese, pero yo lo recibí porque sabía que ustedes no estaban en la casa, ¡mire! es este paquete con estas cartas.
— Ay muchas gracias Doña Catalina.
—Uy no me diga Doña, Estelita, que ahí si me pongo brava.
Arnold se lanzó a los paquetes como a una piscina, llevándolos todos a su habitación con una rapidez impresionante.
Recordaba el escrito que había puesto a la segunda hoja del libro una vez lo compro para Helga, había tardado en escribirlo con las palabras correctas, pero le salió natural una vez que inició.
Para Helga,
eres la poesía
Y como es la poesía, te amo,
pero no te entiendo.
Y no te entiendo, pero te siento
fuerte en mi corazón
Y como te siento, te extraño,
Tanto como extraño
La frescura de la nieve
en los días bochornosos
Y el azul en tus ojos
Que brillan en la oscuridad
—
Cuando abrió el regalo de Helga se sorprendió cuando vio un balón de futbol (soccer) uno profesional, se sentía lleno entre sus manos, le había comentado de casualidad que de tanto jugarlo en el colegio se había convertido en su deporte favorito, pero no esperaba que lo recordara. Lo miro a los lados, tenía una firma de un jugador profesional argentino del que había escuchado hablar por sus compañeros. Venía también con un librito rosa, uno de sus libritos rosa y el poema que le había ganado el tercer puesto en aquel concurso, un poema sobre él (por supuesto) donde lo describía a la perfección, de una forma tan íntima que pensó que se iba a sonrojar por una semana.
A miles de kilómetros de distancia una Helga G, Pataki miraba por ducentésima vez el video viral de un niño con cabeza de balón haciendo pases impresionantes y un gol magnifico sin camisa rodeado de las felicitaciones de un montón de niños también sin camisa en una pobre excusa de cancha. En un momento una niña dice algo en español que hace al chico de cabeza extraña sonreír. Le llevo horas traducirlo, pero "Dedícale el gol a tu novia" fue lo que lo dijo a lo él responde con un "Te amo Helga" en inglés y hace un corazón con las manos a la cámara a lo que las niñas que están grabando el video y probablemente las que escuchan al rededor sueltan un "Aww" colectivo que hace que la chica rubia estadounidense grite por quinta vez desde que ve el video.
En uno de los salones de la institución Bilingüe Nuestra Señora de San Lorenzo recibiendo su boletín de promovido un niño con cabeza de balón les pregunta a sus amigos:
— ¿Escucharon algo? — Ellos no lo hicieron.
¡Hey ya!
De todos los cortos que tenía planeado publicar este fue el último que pensé y también el primero que terminé, es extraño.
Visto que San Lorenzo es un país ficticio y no un lugar real en Guatemala (como pensaba cuando era niña), decidí tomarme algunas licencias creativas para pensar en un ambiente muy parecido a mi país, con las costumbres a las que viví de niña. Acá dónde vivo desde que nací, hay muchos San Lorenzo, hay barrios, veredas, grupos pastorales, colegios, tiendas y todos se llaman así o derivaciones como "Colegio San Lorenzo de Cachua" y así. Normalmente si tienes el dinero suficiente para estudiar en un colegio bilingüe es porque eres rico y el colegio es de elite. Pero eso no es igual para todos los lugares de mi país, tengo entendido que por ejemplo en los lugares más cercanos a las Amazonas o a las Costas del Caribe, el nivel de calidad incluso en los "colegios para ricos" es bastante bajo, así que siguiendo esa lógica tendrían los mismos problemas de presupuesto deportivo.
Por cierto, los compañeros de clase de Arnold están inspirados en mis excompañeros de clase, absolutamente todos teníamos un apodo, eran tan característicos que algunos de mis compañeros no los recuerdo por el nombre sino por el apodo y la historia que lo formó.
¡No olviden comentar!
