El camino de regreso a ti

Él era mi vecino incógnito. Nadie se animaba a hablarle, y a su paso dejaba una estela de admiración y curiosidad. Lo veía caminar por las mañanas o de noche con la luz de las estrellas o la luna; pero siempre con la mirada suspendida en el zigzag de los adoquines. Era respetuoso al entrar en el elevador ya que regalaba un ademán ceremonioso, ese era su escueto saludo y salía raudo sin cubrirse de la lluvia; como queriendo que las gotas y el perfume petricor de la tarde despejaran su tristeza.

A veces pareciera que el tiempo en un elevador te permitiera navegar ―a través del solemne silencio― en ese espacio íntimo de la mente del otro. Al pasar los días su rostro demostró bonhomía y se lo agradecí con una sonrisa que sorpresivamente devolvió. La rutina también crea lazos, aunque estos sean invisibles. ¿No?

Debería hablarle…quizá, pero cómo conversar sin sonar como una integrante más de los irritantes coros navideños que te seguían a cada esquina con campanas y esa felicidad desbordante. Lo necesitaba, sin duda ya que tenía un gran problema que me desvelaba: debía organizar la subasta navideña para recaudar fondos para la restauración de un hospital de niños y me había cancelado un empresario. Carraspee para que me notara y elevó su mirada.

―Bue… buenas noches balbucee e inhalé como si de esa forma también tomara valor―.¿Hay algo que tenga que hacer la noche del 23 de diciembre?

Quedé por segundos sin aire. Me recriminé porque eso sonó a cita y yo estoy felizmente comprometida. Estaba dispuesta a deslizarme como sombra fuera del elevador, rendida y avergonzada.

―No. No tengo nada pensado ―respondió con seriedad y esperó.

―Eh… ¿Me haría un favor? ―pregunté con timidez. Él ladeo su cabeza y arqueó una ceja.

Le expliqué el inconveniente de estos días como una seguidilla de balazos, sin tragar saliva y menos aire, rogando que no se negara. ¿Por qué no aceptaría? Si le gustaba pasar desapercibido (difícil, porque él era magnetismo en estado puro), ésta era la ocasión perfecta y además era una obra benéfica. La humanidad lo necesitaba.

―¿Quieres que participe en una subasta? dijo apoyándose en la pared y me observó.

―Bueno, se podría decir que sí. Aunque agregaría que serías el objeto de… la… subasta.

―¡No! ―dijo cortante y me ignoró.

―¿Pero por qué?

―Porque no.

―Esa no es una respuesta adulta.

―Hacer una subasta de personas tampoco lo es dijo dando zancadas hacia su guarida. Y me adelanté antes de que se desapareciera.

―Por favor.

―No… No quiero que nadie me reconozca.

―¿Reconocerte de qué? ¿Por qué?… ―dije sin entender y lo vi recriminándose ―.En todo caso es una fiesta de máscaras, se les da un nombre de fantasía a las personas que serán subastadas y es sólo un baile. ¿Cómo quieres ser llamado?

Algo de lo que le dije le pareció divertidísimo, para ser sincera no se qué. Se lo habría preguntado, pero antes me dijo: "De acuerdo, quiero llamarme: Shakespeare" y entró a su departamento.

Aceptó. Celebré con pequeños saltos de alegría antes de irme a mi departamento a organizarlo todo. Los siguientes días nos topamos en el elevador, en la calle bajo el manto del arrebol de invierno y sus corazas se derritieron tal como los copos de nieve, poco a poco bajo la luz del sol. Nada ni nadie se resiste al espíritu de la Navidad y a su fiel duendecilla.

―¿Estás segura que nadie me reconocerá si voy con esto? ―dijo colocándose en su rostro un máscara, luego otra y otra.

―No, por supuesto que no. Las mujeres también admiramos otros… ¿aspectos? De los varones.

―¿Si? Jajajaja. ¿Cómo cuales?

Me encogí de hombros.

―Quiero saber… ¿por qué te complica que te reconozcan? ¿Eres un criminal fugitivo?

―No.

―Un asesino serial ―dije dando un paso atrás.

―No. Tienes mucha imaginación, de hecho me impresiona que no sepas quien soy. Hemos hablado por casi 1 mes y jamás me has preguntado cómo me llamo.

―Uy, mejor me afirmo, no quiero caer dentro de ese enorme agujero que está dejando tu ego.

Ambos nos reímos hasta que finalmente se presentó.

―Soy Terry… Terry Grandchester.

Y sí, había escuchado la historia, pero no quise decir nada.

―No finjas sorpresa. Sin duda conoces la historia, ¿no? ―asentí sintiéndome un poco apenada ―. Si no te importa no quiero ahondar en eso.

―De acuerdo. Ese traje te sienta de maravillas. ¿Te gusta?

―Sí, creo que sí. Lo llevaré el día de nuestra cita ―dijo con voz seductora para que mi novio que estaba en la cocina nos escuchara. Sonreímos.

*.*.*.*.*.*.*.*

Al llegar a la fiesta, atravesamos la balaustrada de mármol hasta que llegamos al salón griego en el segundo piso. Cada esquina estaba perfumada por enormes arreglos florales, acordes de una orquesta y adornos navideños de oropel, campanas y muérdagos por todos lados. Él finalmente había optado por la máscara representativa del teatro: ese rostro dual en blanco y negro. Una sonrisa y la otra tristeza. "Dos personas en una, con dos rostros dependiendo de la ocasión, a veces hay que aprender a vivir así. Como si la vida fuera una constante obra de teatro" me dijo. Le pedí que me esperara, debía cumplir con el protocolo y se quedó en una esquina, para evitar ser visto.

Tomé una copa de champagne y un bocadillo, entonces me deslicé entre los invitados. A veces esas fiestas te agobian y la música que repentinamente cambió a una muy meliflua para mi gusto, hace que desesperadamente quiera buscar el aire. Le hice un gesto, me robé una bandeja de aperitivos y me siguió. Salimos un rato a la terraza y miré al cielo estrellado.

Quería preguntar más detalles, quería saber por qué ese sentimiento de derrota en alguien que tuvo el mundo a sus pies.

―Tienes curiosidad por saber. ¿No es así?

―Solo si quieres hablar…

Tomo aire y nos sentamos en el escaño de piedra, frente al enorme jardín nocturno.

―Muchas veces pedí una señal… ya sabes. Algo o alguien que me enseñara el camino de vuelta hacia ella…― dijo desabrochando el corbatín de su traje.

―¿Y? Supongo que crees no haberlas recibido.

―No, solo silencio. Creo que fui el único que se quedó atrapado en este sentimiento infinito de amor.

―¿Cómo puedes saber lo que ella siente si no se lo has preguntado? ―le dije colocándome la máscara del lado feliz.

―Candy White es muy buena para escribir, entonces…¿El silencio no es también una respuesta? ―respondió quitándome la máscara y usando la del lado triste.

―Si dejaras de pensar por otros y actuar...Sabrías que hay otro tipo de silencios. Hay cosas que se dicen de frente, no a través de una carta ―respondí usando la máscara del lado feliz.

Me miró con curiosidad, no pudo rebatir mi brillante intervención. Decidió usar por más tiempo la máscara de la tristeza, esa que usualmente es fatalista y eclipsa la esperanza. Así no se corren riesgos de ser heridos.

―Es tarde. ¿No es esa una señal clara?

―Hay muchas razones por las cuales ella pudo no responder a tus cartas.

―Claro, que el sentimiento no es reciproco ―sentenció.

Miramos las estrellas con el son de la música lejana y le pedí su reloj de bolsillo.

―Dentro de poco es tu turno…No te has arrepentido.

―¿Aún estoy a tiempo?

―No, claro que no.

Lo codee y nos levantamos para entrar. Su sonrisa adquirió un aspecto acendrado que me generó ternura y lo guié tras el escenario. Le desee suerte, en esto… en todo.

*.*.*.*.*.*.*.*

Supongo que el tener máscara no ayudó en mucho, ya que no oculta el encanto propio, sino que exacerba el misterio. Había más de una joven que insistía en pedirme que le diera su nombre.

―Yo lo traje a la fiesta, es mi invitado ―rolé los ojos ―. De acuerdo, es Terry… Terry Grandchester, el actor ―dije, pero como no me escuchó, prácticamente le tuve que gritar.

A una joven de cabellos rubios se le cayó la copa y se escabulló detrás de unos pilares de mármol, quizá por la vergüenza del hecho.

―¿Él está soltero? ―insistió la joven.

―Soltero, pero con el corazón atado a un amor del pasado. De esos imborrables.

Comenzó la subasta. Varias personas levantaron la mano, sin duda su encanto personal había funcionado. Una chica, luego la otra y la voz temblorosa de una dama dejó a todos boquiabiertos elevando la suma de la subasta a un nivel insuperable. Por lo menos yo no pagaría eso por el señor Shakespeare. Sonreí y aplaudí. Pude ver que desde el escenario roló los ojos e hizo una mueca encantadora.

―Hey, espera ―me dijo la coordinadora de la subasta ―. Me gustaría saber si tienes el contacto de la joven que se adjudicó tu invitado.

―No la conozco. Así que no sé como contactarla.

―Sucede que la joven que se adjudicó tu invitado es Candice White y me gustaría hablar con ella, ya sabes de negocios…

¿Cuántas Candies hay en el mundo? Y sí, sí…era la Candy de Terry. Por instantes me sentí como el regordete Cupido versión navideña.

―¿Estás feliz? ¿Con quién debo bailar? ―preguntó viendo cómo sonreía.

―Te espera la chica número 7. Que lo disfrutes.

―¿Qué disfrute qué?

―El baile, la noche, la chica que pagó por ti… y sí que pagó todas sus culpas.

―De qué estás hablando.

―Nada, nada. Insisto, disfruta…las vueltas de la vida, de las coincidencias… todo. Ya vas agradecerme que haya sido una vecina tan generosa.

Le indiqué el sector donde sería el baile y se fue en su búsqueda, me dirigió una mirada como si estuviera deschavetada. Me senté a un costado a observar, creo que tendré que escribir al respecto.

*.*.*.*.*.*.*.*

Las parejas subastadas ingresaron al salón de baile y esperaron la aparición de la fila enumerada de pujadores. Terry divisó la dama número 7, recorrió su figura espigada y bajó su impertinente mirada al suelo. La saludó con una inclinación de su cabeza en espera del inicio.

El sonido de un vals vienés se acopló a cada rincón del salón y dando un paso al frente acortó la distancia. El contacto de su mano ocasionó una oleada eléctrica que lo turbó, como si el simple hecho de digitar su piel tuviera memoria imborrable. Sus miradas se enfocaron en extremos opuestos; pero en una armonía embriagadora los giros de sus cuerpos parecían flotar, reconocerse. La vibración de la música azuzaba el latir de sus corazones y ejercía una poderosa atracción que se percibía en el aire. Otro giro hacia la derecha despeinó el cabello de ella dejándolo bailar libre y la tela del vestido se trepo a las piernas de Terry. La mixtura de sus fragancias viajó a sus sentidos y los acurrucó en un instante íntimo completamente fundido en una peligrosa cercanía.

Ella se alejó por unos segundos y cavilando con la mirada en el suelo dio un paso al frente, volviendo a entregarse a la calidez de su abrazo a ojos cerrados. ¿Estaba escuchando el latido de su corazón? "Qué chica más osada. El vals vienés no es tan cercano" pensó, pero no tuvo el valor de apartarla; es más su cabeza se inclino hacia su cabello, aspiró su aroma a flores silvestres y cerró sus ojos dándole tiempo a su alma para el reconocimiento. Los abrió de improviso y buscó el inolvidable color de sus ojos, ella lo esquivó antes de volver a girar. Una, dos veces y él rozó su mano buscando su contacto que le fue negado. "Maldita máscara" susurró justo cuando terminó el baile y estaban a más de metro de distancia. Recuperando el aliento y sin dejar mirarse.

―¿Por qué esa Máscara señor Shakespeare? ¿Es usted en verdad un inglés?

No obtuvo respuesta. Así que antes que terminara la protocolar despedida de la organizadora del evento y se alejara. Gritó.

―Pagué una alta suma por un baile y eso fue cualquier cosa menos baile. Perdió la concentración.

―Lo lamento, pero no era un requisito disfrutar del baile, ni menos hablar ―dijo de espaldas a la joven.

―Ya lo hizo… y veo que sí, sigue siendo usted un mocoso arrogante. ¿Se recluirá a tocar su armónica a las estrellas de esta noche o es que sigue usted fumando?

Se volteó sorprendido, solo una mujer y la única en su vida diría eso. A zancadas se acercó a la joven, le quitó la máscara y en una pausa interminable la contempló. Sus facciones se habían afinado, su cabello alborotado era una fina cortina para sus verdes ojos y sus pecas estaban imperceptibles por el maquillaje, pero las buscó con una caricia de sus dedos. Ella también le quitó su máscara y acarició su mejilla, apoyó una de sus manos en su pecho y la otra la entrelazó a su mano libre.

―Has tardado mucho. ¿No crees?

―Yo…Te escribí.

―No recibí ninguna carta… Pudiste buscarme. Eso hubiese sido mucho mejor.

―Yo… no tenía el valor, pensé que al no responder… esa era tu respuesta. Que tus sentimientos habían cambiado.

―¿Cambiaron los tuyos?

―Ni por un instante.

―Los míos… si…

Hizo una pausa en que sintió que dejo de respirar, palpó con sus dedos su mano en busca de algún anillo. Volvió a respirar.

―Mírame…Mis sentimientos por ti se intensificaron. ¿Podrías decirme lo que escribiste en esas cartas?

―Pecosa, no creo que éste sea el lugar adecuado para esa confesión ―murmuró cerca del lóbulo de su oreja, sintiendo cómo se estremeció. Le dio un pequeño beso en la mejilla y sonrió.

La abrazó con fuerza permitiendo que el rubor de Candy se ocultara en el centro de su pecho.

―No quería venir a esta subasta. Yo…Te amo ―contó frunciendo el entrecejo y derramando una lágrima que él limpió con el dorso de su mano.

―Y si no hubiera aceptado venir a esta subasta…Te amo mucho más, Candy―dijo suspirando y recorriendo con sus labios el rostro de Candy.

―Estoy tan feliz de verte… La señora Elroy me obligó a asistir, en representación de la familia. Estaba a punto de irme…de no ser por la chica que confidencio a otra que detrás de Shakespeare estabas tú.

―Mona pecas, creo tendrás que explicarle a Albert la alta suma que usaste para comprarme ―dijo riendo y acariciando su pequeña nariz.

―Ya pensaré en algo.

―Y ya que estamos acá. No creo que quieras ir contra una tradición más ―dijo indicando el muérdago justo debajo de sus cabezas.

Se acercó a ella y solo consiguió rozar la comisura de sus labios antes de que más personas interrumpieran ese mágico momento. Tuvo que deshacer el camino hacia su cuello y besar solo su frente.

―No importa, después puedes reclamar tu premio.

―¡Terry!

Ambos rieron y se alejaron de las miradas del entorno, la cubrió con su chaqueta y me dirigió la última mirada. Sonreí y le guiñe un ojo. Me debes una, querido ex vecino. Claro, él dejó de ser mi vecino, porque casado casa quiere.

Fin


Notas de autor: Con esta historia no tenía grandes pretensiones más que ejercitar la escritura. En el grupo del que formo parte pedían incorporar las palabras que se destacan (eterno, además, melifluo, etc) y armar una cita con Terry. Como yo no lo veo conmigo, y supongo que a más de alguna de las lectoras le sucede, es que simplemente ejercí de Cupido.

Estoy subiendo trabajos antiguos y nuevos como éste a Wattpad, por si quieren leer por allá, ya que este sitio se lleno de publicidad. Mi nik: Ladyzafiro_UOTG. Como siempre: Gracias por leer, por los mensaje que sí leo y cuídense mucho.

Lady Zafiro