Capítulo 3
Después de salir de Hogwarts, tomé el primer traslador a Francia, a la antigua casa de mi abuela paterna. Era una casa que había pasado a mí nombre directamente con el fallecimiento de mi padre en Azkaban; era un lugar muy pequeño para los estándares de mis padres, pero que a mí me parecía perfecta y más por los gratos recuerdos que tenía de ella, de una niñez más dulce que en mi propio hogar. Mi madre había decido irse conmigo, muy a mi disgusto, alegando que la migraña tal vez desapareciera con el cambio de aires, cosa que no sucedió y terminó muriendo dos años después.
Sí, me había quedado más sola de lo que pensé en mi último año de colegio. La muerte de mi padre no me dolía, lo lamentaba, había crecido viviendo con el hombre toda mi vida, había aprendido de él la pasión por las estrategias legales, las lagunas en nuestras leyes y los movimientos sutiles que se podían realizar para que todo estuviera a nuestro favor, pero él no me amaba, nunca lo dijo y mucho menos lo demostró, alegando siempre en voz alta su deseo por tener un hijo varón en vez de una mujer, cosa que no sucedió porque después de que yo naciera, mi madre no podía volver a embarazarse, sin poner su vida en riesgo, y para Derian Parkinson, no era una opción buscar un hijo varón fuera del matrimonio, jamás mancharía su linaje con un bastardo, y no era por amor sino por orgullo, pues ni a mi madre o a mí nos quería.
Mii madre era una persona que me provocaba sentimientos contraproducentes, más de rabia que de cariño. Ella se había encargado de mi educación en casa, me había enseñado idiomas, música, etiqueta, costumbres, modales y el comportamiento impecable de toda señorita sangrepura y, por lo tanto, no fue muy amable en ese aspecto. Me culpaba continuamente de la frialdad que tenía Derian hacia ella, culpándome siempre de su desgracia por no poder tener más hijos, dejando que mi padre me gritara y ordenara como debía ser mi vida, aceptando con rostro inmutable los castigos y los golpes que mi padre me propinaba por no lograr lo que él deseara, como no haber conquistado el corazón de Draco Malfoy, sabiendo que el padre de mi amigo era la mano derecha de su señor tenebroso. Mi madre aceptando de igual modo los tratos soberbios y malvados de mi padre, sus insultos sin contestar y su postura quieta al recibir bofetadas. Todo eso me producía nauseas. Pero no pude abandonarla a su suerte, aunque aun así me parecía una terrible idea.
Francia había sido un aire nuevo y limpio. No había malas miradas en las calles, insultos con saliva incluida o hechizos por la espalda, pero obviamente a mi madre eso no le importó en su momento, para ella era más importante buscar un buen matrimonio para mí, un matrimonio que le aportara a ella un gran beneficio, después de que Theodore Nott rompiera su contrato con nosotros, dándonos una buena suma de galeones como indemnización, que mi madre aceptó no muy convencida. Galeones que ella utilizó para pagar las cuentas de la nueva casa, adaptándola a su gusto, si darme siquiera un poco, adjudicándolo a que yo tenía ya mis estudios pagados.
Estaba cansada, realmente cansada para pensar en un posible arreglo matrimonial, pero evité pensarlo tanto, aceptando sus opiniones en silencio, concentrándome más que nunca en mi carrera, pensando que jamás alguien querría casarse conmigo. La gente de Francia no nos odiaba, pero conocía nuestra historia, nadie querría comprometerse con una hija de mortífago, alguien que le causaría más inconvenientes que beneficios, con una reputación demasiado mala como para cargar con ella. La dejé divagar por mucho tiempo sola, hasta que un día, llegando del colegio, su sonrisa me dio escalofrío y me dijo que ya tenía un contrato listo para mí.
—La familia Goldstein, Pansy —dijo tomando mi mano, para guiarme al pequeño salón de aquella casa de la abuela— No piden nada, sólo un matrimonio con una verdadera sangrepura, querida. Sólo quieren mantener limpio su linaje y, aunque nuestra reputación no es la mejor, es conocido por todos que somos una familia sangrepura desde tiempo inmemorables. Además, a ellos no les importa, sólo quieren a alguien de buena cuna para ese chico terco en asentar cabeza, pensando que puede vivir siempre de cama en cama y arriba de una escoba. ¿Estás contenta, muñeca?
No dije nada, no sabía que decir. Eso no entraba en mis planes. No me volví a preocupar por un matrimonio por el simple hecho de que no pensé que ningún hombre querría casarse conmigo o ninguna familia estaría tan idiota como para permitir que su heredero se casara con una mujer que lo único que le quedaba era un apellido muy sucio.
Y mi madre, mi madre seguía tratándome con eso precisamente, como una muñeca que podía maniobrar a su voluntad, al movimiento de sus manos, que acataría sus órdenes sin decir ni una palabra en desacuerdo. Pero no, no quería volver a ser esa chica, esa chica sumisa y obediente, esa chica que lo había perdido todo sólo porque no era buena para hablar, para protestar y exigir. Esa chica cobarde en la que mi padre me convirtió, que dejó ir lo que más quería sin luchar, sin protestar, sin dejar en claro quien le pertenecía, porque Potter llegó a ser tan mío, pero todo se interponía, mi miedo, mi sumisión, su cobardía, los daños, todo lo que dije, lo que dijo, lo que grité, lo que gritó, lo que eligió, sí, sobre todo eso. Él eligió a otra, porque era lo correcto en su perfecto mundo de valores de leones escarlatas.
Pero yo no podía seguir por ese camino, no podía cometer el mismo error que Potter, no podía seguir escogiendo lo correcto, algo que sabía que no me haría feliz.
¡Lo correcto se podía ir a mierda!
—¡No!
—¿Qué dijiste, Pansy? —preguntó mi madre confundida.
—¡Dije que no, madre, no me casare!
Pude ver como una vena azul se engrosaba en su frente, sus ojos marrones molestos y como su mano se elevaba a la altura de su cabeza para presionar sus dedos en el nacimiento de su cabello. Sabía que la migraña la mataba y cualquier disgusto, ruido o luz podría hacerla encerrarse por días enteros; días que yo disfrutaba en realidad.
—No lo estás entendiendo, muñeca, tal vez esta sea la única oportunidad que tendrás para tener un matrimonio con alguien digno, un sangrepura muy rico —reprendió con los dientes apretados y las mejillas tornándose rojas.
—No me casare sólo porque así lo dices. No me someteré más a tus caprichos, ya lo hice una vez con Derian y fue desagradable, aunque su elección no me molestó. Pero no me casare con alguien que ni siquiera conozco.
—Es Anthony Goldstein, lo conoces desde que eras una niña, Pansy —dijo con dureza.
—Sé cómo es físicamente y eso no quiere decir que lo conozca, ¿de acuerdo? No me casare con nadie que tú elijas.
—Soy tu madre, Pansy, y debes obedecerme, yo sé lo que es mejor para ti.
—¡No, no lo sabes! —dije elevando la voz. Estaba sintiéndome ahogada y vulnerable, y odiaba sentirme de esa manera— Esto sólo te beneficia a ti, esto es lo que tú quieres, sin tomar en cuenta mis deseos.
Ella se levantó de la silla y me miró con rabia, con odio, como cuando le dije que Draco y yo sólo éramos amigos otra vez, que no pudimos seguir siendo novios, que lo intentamos, pero no funcionó. Ella nunca lo entendió, nunca entendió que amaba al dragón, pero como un gran amigo, así como Draco me amaba, pero del mismo modo.
La miré caminar unos minutos, hasta que se detuvo delante de la ventana, mirando el pequeño jardín con desagrado, como si aún no se acostumbrara a la simple vista de aquella gran casa, pero que era nada comparada a la mansión en donde siempre vivió, pero que no podríamos mantener jamás. Ahora más que nunca era que me preguntaba porque acepté que viviera conmigo, o como fue que me convenció de ello, o quizá simplemente acaté sus órdenes como era normal en mí, yo como lo odiaba en realidad. No podía seguir siguiendo sus órdenes.
—Las princesas no existen, Pansy, no llegara nadie a rescatarte de esta pocilga —se giró para verme con burla. Elevé una ceja ante su nuevo discurso, sintiendo que había dado un giro extraño a la discusión— Siempre fuiste débil, mi amor, pero esto es el colmo, no puedes seguir pensando en estas circunstancias que el amor es real —atajó con rabia.
—No. Eso no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo. No estoy esperando un príncipe o ser rescatada, yo sola puedo hacerlo —dije, levantándome del sofá y escuchándola reír, mientras se colocaba las manos en la cabeza. Yo empezaba a sentir mis propias mejillas ardiendo de enojo— No me casare sólo por tu conveniencia, si quieres vender a alguien, véndete tú…
La mano de mi madre había viajado tan rápido a mi rostro, ni siquiera para darme el tiempo de esquivarla. Me toqué la mejilla, la piel me ardía y podía sentir un hilillo de sangre en mi boca, producto de la piel al chocar con mis dientes. La miré con rabia, con la mayor rabia que había sentido en mi vida.
—No tienes ni voz ni voto aquí, Pansy, te casaras a como yo lo diga, con quien yo diga y cuando yo lo diga, ¿de acuerdo, princesa?
—He dicho que no, tú ya no tienes poder sobre mí —declaré, manteniendo la frente en alto y dejando de tocar mi mejilla, para no demostrarle cuanto me seguía ardiendo.
—Harás lo que te diga, cielo, porque muy bien pudiste heredar está casa, pero el dinero de Nott está en mi cuenta, el dinero de tu padre también, sino lo haces, te quedaras en la calle, sin dinero, techo y estudio, y tú no quieres eso, ¿verdad, mi amor? —amenazó apretando los labios.
La miré con odio. Nunca en mi vida creí que alguien sería capaz de sentir odio hacia una madre y nunca pensé que yo sería capaz, después de todo lo que he vivido con ella, pudiera sentirlo, pero lo hice, en ese momento odié a mi madre, por obligarme a ello, por orillarme a aceptar algo que no deseaba, por decir claramente lo que perdería, porque tenía razón, todo estaba a su nombre hasta que muriera, por mientras yo seguía siendo nada en este mundo.
—Vete al infierno, Jeannin —dije, tomando el bolso que había dejado en el sofá cuando llegué a casa y ella me había abordado con el tema.
—Pues ahí nos veremos, hijita, pero por lo pronto, ya estás comprometida y no te obligare a agradecérmelo luego, cuando te des cuenta de que te salve de quedarte sola para toda tu miserable vida —la escuché decir cuando abandonaba el salón, corriendo prácticamente a mi habitación.
Y para mi gran odio interno debía admitir que en eso último tenía razón. Cuando estuve con Theo, creí que algo bueno tendría ese arreglo: no quedarme sola, más sola de lo que ya estaba, la esperanza de una vida con alguien. Pero esa esperanza murió el mismo día que Theo, uno de mis mejores amigos, me avisó que rompería el contrato. Ahí se acabó todo.
Y una vez más, accedí a los caprichos de mi madre.
Anthony resultó ser un mujeriego muy encantador, con una piel tostada por el sol y unos grandes ojos verdes jade, muy guapo, lo suficiente para tener la cantidad de chicas a sus pies, como sus padres habían dicho. Pero también resultó ser muy elocuente, hablándome claro desde el inicio, con una sorprendente confianza para lograr convencerme de su simple y eficaz plan. No estaba tampoco feliz con lo del matrimonio y fue lo primero que me dijo cuando cenamos con su familia, al darse cuenta de que yo me sentía exactamente igual a él. Ambos nos sentíamos atados a lo mismo.
Anthony quería libertad, quería seguir estando arriba de una escoba y de cama en cama como había dicho su familia. Quería todo, menos una responsabilidad como lo era un matrimonio impuesto por sus padres. Tenía otras ambiciones, más sueños y metas. Una esposa no entraba en ninguno de sus planes, al menos no para un futuro cercano, pero su familia lo había amenazado, no más dinero, no más lujo, no más mansión, y no es que eso le preocupara, era un gran jugador de quiditch y podría obtenerlo por sí mismo, pero le preocupaba quedarse sin herencia.
Una simple complicidad, un plan trazado por él para beneficio de ambos. Simples reglas, normas, derechos y obligaciones. Ser el matrimonio perfecto, como todos los sangrepuras buscaban. Yo la esposa perfecta armando de vez en cuando fiestas para el gusto de los allegados, él manteniendo una hermosa mansión para mí, haciendo demostraciones de adoración ante los demás. Lo típico, pero con algunas diferencias de su parte.
—Ellos ya hicieron su trato, Pansy, puedo llamarte así, ¿verdad? —preguntó y yo solo asentí, mirando a mi alrededor.
Su casa tenía un precioso jardín, una fuente iluminada por colores con una escultura de bronce de una bella sirena, árboles frutales, pasto verde y flores blancas y rosadas Era una noche de verano, así que todo era maravilloso, hasta el fresco clima era perfecto en esa parte de Francia, aunque más bien su hogar era en Inglaterra, y esto solo era una villa francesa de gran tamaño.
Había sido una cena normal, tensa y forzada. Mi madre sólo había sonreído diabólicamente antes de que saliéramos de casa, feliz de verme ceder ante su chantaje, segura que una vez más me había ganado. Y yo estaba tan furiosa, más conmigo por habérselo permitido, pero no tenía más opción. Así, que lo menos que podía hacer, era escuchar a Anthony.
—¿Y qué propones? —pregunté, mirándolo a los ojos al fin.
Él sonrió con picardía, mientras me tomaba de las manos. Elevé una ceja ante su gesto y él me miró con diversión, con un par de ojos verdes muy brillantes. Quise evitar recordar los otros ojos verdes que me habían atrapado alguna vez, pero fue imposible. Tenía que quitármelo de la cabeza ya, pues ante mi estaba mi futuro esposo, aun en contra de mi voluntad.
—Cuando te vi supe que eras la mujer perfecta para esto.
—¿No crees que es muy pronto para declararme tu eterno amor? —pregunté con sarcasmo y él rió con fuerza.
—Si eres así de fascinante siempre, tal vez algún día me declaré a ti —propuso y yo rodé los ojos con fastidio— Pero no me refería a eso, sino que eres la mujer que menos quiere esto del matrimonio.
—No quiero casarme.
—Yo menos.
—Pero lo harás.
—Al igual que tú —soltó con tono cantarín. Bufé de manera desesperada, pues era verdad, no estaba dispuesta a renunciar por lo que estaba luchando, además, un matrimonio me desprendería por fin de mi madre.
—¿Qué quieres, Anthony? —pregunté cansada.
Lo menos que quería era otra cosa por la cual preocuparme. Su familia junto a mi madre seguía adentro de la casa, hablando de seguro sobre la siguiente gran boda. Y nosotros huimos antes de escucharlos, no queríamos nada de lo que ellos hablarían, no compartíamos ninguna de sus ideas.
—Un trato. Tú y yo, sin ellos —señaló con la cabeza su casa. Elevé una ceja, incitándolo a que continuara, él pareció pensarlo por un segundo más antes de empezar hablar otra vez— Te daré todo, Pansy, te ofreceré mi apellido, mi dinero, mi mansión, te daré la libertad para que hagas lo que quieras, sólo si prometes no inmiscuirte en mis asuntos cuando nos casemos.
—Sólo quiero terminar mi carrera y ejercerla como me plazca. Y supongo que tú quieres continuar con la tuya —dije y él asintió confirmándolo. No era tan complicado esto en realidad. Nos estaban obligando a jugar, pero nosotros haríamos las reglas del juego. Perfecto— No quieres reclamos al volver a casa, eso lo puedo hacer; no te fastidiare con mis problemas; seré la esposa ejemplar, me llevaré bien con tu madre y haré fiestas para que todos estén contentos.
—¡Exacto! —dijo emocionado, soltando mis manos— Quiero eso, sólo quiero mi libertad y quiero conservar la tuya.
—Entonces todo está dicho. Es un trato perfecto —dije sonriendo de medio lado.
—Sabía que nos llevaríamos bien —dijo con una sonrisa. No estaba aún tan segura de ello, pero me limite a asentir. Lo volví a ver a la cara, para encontrarme con una expresión sería de su parte.
—¿Qué?
—Que, aunque te daré tu libertad, eso no significa que aguantare infidelidades de tu parte. No quiero ser un idiota ante los demás.
—Qué bueno que lo mencionas, porque yo tampoco quiero ser una mujer trofeo y engañada —aseguré, sentándome en una banca de piedra gris, cruzándome de brazos.
—Vale, estamos de acuerdo en ese punto —acordó, volviendo a sonreír de lado— Me parece genial así, porque viéndolo bien, sigues tan guapa y sexy como siempre —dijo mirándome, deteniendo sus ojos en el ligero escote que dejaba mi vestido negro.
—¿Eso que significa? —pregunté, sin inmutarme por la sonrisa pervertida que tenía.
—Pues ya que ninguno quiere ser visto como alguien idiota ante los demás, tendremos que ser un matrimonio en toda regla. Mis padres más que desear que asiente cabeza, lo que quieren es un nuevo heredero, y para qué negarlo, yo también lo quiero —dijo, sentándose a mi lado.
—Quieres un heredero —afirmé y él asintió.
—¿Tienes problema con eso? —preguntó.
Me quedé viendo el árbol que estaba a la distancia, sin saber cómo contestar a ello, aunque debí pensarlo antes, pues el único objetivo entre los sangrepuras era eso, tener una descendencia, eso era lo único que importaba, no el amor, no la tranquilidad, solo que alguien más llevara su sangre y ya. Pero también para ser sincera, jamás lo pensé, nunca había pensado en ser madre, no con el claro ejemplo que yo tenía en ese tema. Y si lo pensé alguna vez, fue con alguien más y hace mucho tiempo. Mis sueños fueron con alguien más, con algo perfecto pero incorrecto a la vista de todos y hasta para él.
Negué con la cabeza y lo miré, reprimiendo una vez más esos pensamientos. Tenía unos lindos ojos verdes y me estaba ofreciendo más de lo que hubiera esperado al comprometerme con alguien que apenas conocía. Cualquier otro hombre hubiera impuesto sus reglas, sin darme más opción que adaptarme a sus exigencias, a sus órdenes, sin esperar más de mí que no fuera una fidelidad ciega y obediencia sin protesta.
Anthony me estaba dando mucho más, algo por lo que no tendría que pelear, pues era obvio que daría batalla en ese punto antes de esclavizarme en un matrimonio; él me estaba dando la misma libertad que él tendría.
—Está bien, ya me lo esperaba —dije y él sonrió.
—Entonces, Pansy —habló y lo vi levantarse de la banca, para luego arrodillarse ante mí.
Lo miré confundida y luego observé con atención como de su túnica azul oscuro sacaba una pequeña cajita de terciopelo rojo. La abrió ante mis ojos y no fue una total sorpresa que el anillo fuera precioso, pero demasiado ostentoso, con un gran diamante cuadrado en el centro, rodeado por una hilera de diminutos diamantes. Lo que si me sorprendió fue que me lo pidiera tan de repente, pues apenas era la primera cena, sin que nadie de su familia y la mía estuviera presente, normalmente estás cosas eran más formales y estrictas, donde cada uno de los miembros de ambas familias daba su consentimiento oficial, atentos a la propuesta y la aceptación de la misma, celebrando en una gran fiesta después. Pero él lo estaba haciendo a solas, donde nadie más observaba u opinaba. Y eso me gustó.
—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó con diversión.
—Me lo propones sin nadie de tu familia presente —dije, por si no había caído en ese detalle.
—Lo sé. Ellos escogieron a mi futura esposa sin decirme nada, yo tengo todo el derecho de hacerle la pregunta sin decirles. Se lo merecen. Además, no seremos un típico matrimonio normal. Pero apúrate, que de verdad las piedras me están lastimando las rodillas —dijo con una mueca, mirando al suelo.
Reí, por primera vez en esa noche reí de verdad, y no la mueca que pretendía ser sonrisa que había ofrecido durante la cena. Él me miró igual sonriendo y elevó una ceja con diversión.
—Acepto casarme contigo —dije y expuse mi mano, donde él colocó el anillo muy lentamente. Besó mi dorso y luego se levantó.
Sonreí suavemente ante aquel beso tan caballeroso de su parte, admirando la nueva joya que portaría mi mano, un simple anillo que cambiaba mi vida por completo, y de no tan mal modo como había creído.
—Una cosa más, Pansy —habló, sacándome de mis pensamientos y rascándose el cuello.
—¿Qué?
—No quiero a tu madre cerca. Y quiero a mi familia también a buena distancia —dijo con suavidad.
Reí más y me tapé la boca con la mano, sintiendo como mis ojos se llenaban de lágrimas de risa. Eso era perfecto, pues lo menos que quería era seguir en contacto con mi madre. Le dejaría la casa de la abuela, le pediría a Anthony irnos a otro lugar, adonde pudiera continuar con mis estudios y llevar la vida que queríamos sin las opiniones de su familia o mi madre.
Todo era perfecto.
—Juro que podría besarte ahora mismo —dije con una sonrisa.
—Pues hazlo, soy todo tuyo —aseguró con voz coqueta, tomándome de la cintura y pegando su cuerpo al mío.
Coloqué mis manos alrededor de su cuello, mirándolo a la cara, viendo aquella sonrisa de ganador que se cargaba, aquellos ojos verdes que vería de ahora en adelante todos los días de mi vida. Tal vez nunca lo amaría, pero si podríamos ser grandes amigos.
Me puse de puntitas y acerqué mi boca a la de él, sellando mis labios sobre aquella sonrisa. Después él empezó a corresponder, a un ritmo lento y suave todo lo contrario a lo que imaginé. El besó no duro tanto como esperaba, pero fue bueno, muy bueno en verdad.
—Vamos, es hora de joderles la noche. Ganaron una batalla, pero no la guerra, la guerra es nuestra, Pansy.
Yo asentí y lo seguí, enlazando nuestras manos.
Las reacciones fueron de disgusto y molestia, viendo que en mi mano ya portaba un anillo que debería ser el motivo de una gran fiesta que ahora no podrían hacer porque ambos nos negamos a aparecer en ella. Nadie protesto ante la amenaza, pues sabían que nos había costado aceptar casarnos. No dijimos nada más sobre eso, sólo sonreímos y Anthony inmediatamente habló sobre dejar listo la fecha para nuestra unión. Sus padres no sabían cómo reaccionar ante ese anuncio, al igual que mi madre que me miraba con desconfianza, pero yo sólo sonreía como si realmente estuviera feliz por todo, proponiendo una fecha para el final del verano. Ninguno de ellos lo aceptó, pero Anthony dijo que era perfecto, alegando que tenía que ser antes de que iniciara la siguiente temporada de quiditch.
No hubo mucho tiempo para la gran boda que querían hacer, así que resultó ser una ceremonia pequeña y muy íntima en Inglaterra. Al volver ahí y el saber que estaba tan cerca de aquel hombre que intentaba con todas mis fuerzas olvidar, me hizo sentir nerviosa, cosa que se me iba al distraerme con los preparativos, pero obviamente, no pude evitar enterarme de que el amado héroe, Harry Potter y, la chica valiente y correcta, Ginevra Weasley habían contraído matrimonio siete meses antes.
—Fue una boda grande y murmurada por todos —dijo con fastidio Aranza, la madre de Anthony, rodando sus ojos azules— Muchos de los que lucharon a su lado estuvieron invitados y ahora viven en la mansión Black, cosa que disgustó un poco a Narcissa Malfoy, pues ese fue su hogar por mucho tiempo y jamás había sido ocupado por alguien que no fuera Black.
Asentí a sus palabras, intentando no pensarlo tanto. No quería pensar en eso, en aquella boda que escuché presumir a la zanahoria menor en el colegio, cuando Potter estaba desaparecido, pero seguía siendo muy mío, aunque no lo tuviera en mis brazos. Al final, ella había ganado lo que tanto alegó, ella me ganó y él me olvidó como para hacerlo de todos modos después de nuestro último beso. Por un segundo, después de salir de Hogwarts, mantuve la diminuta esperanza de que él aparecería para decirme que nos equivocamos, para pedirme que lo intentáramos y que lo perdonara, que igual él me iba a perdonar por todo; que me amaba y que por eso debíamos estar juntos, pues a veces lo correcto es doloroso, es penoso, es tonto, es inútil.
A veces lo correcto no es bueno para nadie.
Pero no lo hizo. Harry Potter, el león más valiente, no lo hizo. En cambio, se casó con alguien más. Y la serpiente más atrevida estaba a punto de hacer lo mismo.
Olvídalo de una vez. Me dije para después cambiar de tema.
Mis amigos tampoco sabían cómo reaccionar ante el hecho de que con apenas tres semanas de antelación les avisé de mi matrimonio, y en mitad de la celebración, Draco me tomó del brazo y nos llevó a un lugar apartado del jardín para preguntarme porque lo había hecho.
—Era esto o quedarme en la calle, Draco —dije molesta, cruzándome de brazos.
Estaba cansada, de verdad muy cansada de que él, Theo y Blaise pensaran que no podría hacerlo sola. Mi situación fue la peor, él rápidamente recuperó casi toda su herencia invirtiendo por aquí y por allá, Theo estaba bien con lo que dejó su padre y Blaise no le quedó mucho en Inglaterra, pero si en Italia, así que no podría quejarse de nada, pero yo, yo estaba acabada, con una madre enferma de migraña y más manipuladora como nunca, insistente en hacerme la vida miserable, sin dinero propio y con la posibilidad de nunca tener mi carrera.
No entendía porque ellos aun así me miraban como si estuviera loca.
—Tú no lo amas.
—No vengas con esas, Malfoy, tan sólo porque tuviste la suerte de enamorarte de tu esposa, que es una sangrepura de prestigio, no significa que los demás íbamos a tener la misma oportunidad —dije con enojo.
—No vas a hacer feliz, Pansy, y eso me preocupa mucho —juró, mirándole con aquella plata que me debilitaba por dentro, viendo en él preocupación y angustia, era a como me veía cuando volvimos al último año en Hogwarts.
—A mí no. Tenía lo que tenía que hacer y eso es todo. Así que déjame en paz, déjame disfrutar la fiesta y haz lo mismo —pedí, tomando la parte baja de mi lindo vestido blanco y caminando para volver al jardín donde todos estaban reunidos.
Sentí su mano fría rodeándome el codo y tirando suavemente para colocarme en su pecho. Me abrazó con fuerzas, hasta el punto de que sentí su calor, el perfume de su ropa y los latidos de su corazón. Me dejé hacer, reprimiendo las ganas de llorar por aquel gesto tan fuera de él. Sabía lo que Draco quería decir. Sabía lo que Draco quería para mí. Quería verme feliz, pero no lo lograría de esta manera. Él y Theo estaban con las mujeres que amaban, y posiblemente Blaise también encontraría a alguien el día que decidiera dejar de estar de una mujer a otra, pero para mí no había más destino que este. Draco había tomado el lugar de su padre, mientras este estaba en Azkaban, el padre de Theo murió y Blaise sólo tenía a su madre, pero el titulo le pertenecía enteramente a él.
Yo no tenía nada.
—Estaré bien, esto no es tan malo, Anthony no lo es y lo mejor de todo es que mi madre no estará más conmigo —dije separándome de él.
—Pero…
—Ningún pero, Draco. Estaré bien, es lo mejor, hare lo que quiera, mientras le dé un heredero y sea una esposa perfecta, no es tan complicado eso, me han educado muy bien al respecto. Y él hará lo mismo. Seremos la pareja perfecta, seremos más amigos que pareja, y estará bien—aseguré.
—Está bien, si tú lo dices, además, lo conozco y aparte de ser un poco mujeriego y hablador, está bien —dijo con media sonrisa.
—Gracias, Malfoy, por creer en mí —escuchamos la voz de Anthony, un poco sarcástica.
Los dos giramos a verlo y él venía sonriendo como si nada, como si lo dicho por Draco no importara.
—Vamos, Pansy, mi madre quiere que demos un último baile, antes de que tomemos el traslador para no verla nunca más —dijo él con diversión.
—¿Ella sabe eso? —pregunté.
—No, pero tarde o temprano se dará cuenta.
—¿Se mudarán de Francia? —preguntó el rubio.
—Sí. Ni ella y yo queremos a la adorable familia cerca —contestó Anthony, tomando mi mano.
—¿A dónde irán? —cuestionó elevando una ceja rubia.
—A Liverpool —dije encogiéndome de brazos— Bueno, mientras inician las clases en Cambridge, lo acompañare durante el inicio de la temporada, luego me quedare ahí.
Draco asintió y nos dejó marchar, después de hacerme prometer que me mantendría en contacto con todos ellos. Así lo hice y después de despedirnos de todos, tomamos ese traslador para nunca más volver a ver nuestra familia. Cosa que no duró tanto, pues tuvimos que volver tres meses después a causa del fallecimiento de mi madre, la cual, según el diagnóstico del medimago, la migraña derivo en un derrame que su cerebro no resistió, provocado por su terquedad para seguir medicándose.
Anthony me abrazó aquel día del funeral y yo me sentí muy a gusto ahí, sin decirle nada y sin hacer caso a las palabras de pésame de un montón de gente que no conocía de nada más que de vista. Sólo me permití recibir de mis tres mejores amigos, así como de Astoria, Daphne y Millicent, quien seguía igual luchando para conseguir su propio futuro a base de trabajos de medio tiempo como mesera en un restaurante en Inglaterra. Adoré verla ese día, pues el contacto se había hecho nulo y ella seguía siendo mi mejor amiga.
Y no pude evitar pensar que sólo me habría bastado negarme un poco más de tiempo para no terminar casada con Anthony, para ser completamente libre, pero ya no podía lamentarme por algo que no iba a suceder jamás. Además, era seguro que mi madre se lo se hubiera aferrado a la vida para seguir forzándome de a sus caprichosos.
Y Anthony no era tan malo. No lo era para nada.
Ok. Es seguro que algunos se estarán preguntando, porque público esto y no la continuación de Amores dormidos, pero es que de verdad ando bloqueada en el otro y no quiero entregarles algo mediocre que ustedes claramente no merecen. Así que este capítulo aquí es como una terapia, entrenamiento o despeje para mi mente para poder avanzar con el otro. Además, es Hansy, así que no creo que les disguste, bueno, Hansy, Hansy, no, no es, pero pronto llegaremos allá, lo juro, tal vez mañana suba otro de este. ¿Sí?
Los quiero a ustedes y a su divina paciencia.
By. Cascabelita.
