Capítulo 4

Mi matrimonio había sido como lo hablamos. Terminé dos años después graduándome con honores y con varias ofertas de trabajo. Trabajé en el ministerio de Cambridge por los dos primeros meses, antes de Anthony me dijera que había encontrado una espectacular mansión en las afueras de Reims para nosotros. Él juró que me encantaría el lugar y el entorno, y que por fin podríamos instalarnos con permanencia. Reims era un paraíso en la tierra, tanto el lado muggle como el mágico, gustándome más el primero en realidad, por sus calles de piedra y casas de otras épocas, con excelentes lugares para comer y tomar café y una fascinante biblioteca, que casi competía con la que Anthony había instalado para nosotros en casa. Y lo mejor de todo es que estaba lo suficientemente lejos de su familia.

La casa era igual preciosa, de tres pisos, con paredes blancas y muchas ventanas al estilo francés con cortinas de suave tela blanca y un pequeño balcón en medio de la fachada, donde se podía ver una mesa y sillas de hierro galvanizado; con un pequeño jardín delantero, pero con un enorme campo de pasto verde y flores a los laterales como en la parte de atrás, con una enorme piscina y mesas con sombrillas. El interior era más espectacular, si es que lo de afuera no me había impactado, con un recibidor angosto, con un sofá largo y blanco, con mesitas de color oro viejo y jarrones con rosas rojas, al igual que un espejo de montura gruesa. Cada piso estaba bien acondicionado: el primero contaba con una gran sala, un comedor, un salón de música, uno de té y uno más de fiesta; el segundo estaba mi despacho y las cuatro habitaciones con un baño propio cada uno y aparte un medio baño; y en el tercero la biblioteca y otras dos habitaciones, así como uno de juegos; y en el sótano un laboratorio de posiones.

Todo era perfecto y no evité decírselo a Anthony, pues sabía que este sitio sería de ahora en adelante nuestro hogar. Y más ahora, ahora más que nunca.

—Es toda tuya, Pansy —dijo Anthony, cuando volvimos al segundo piso, después de recorrerla toda y nos sentamos en la terraza que daba hacia la calle— La he comprado para ti —dijo con una gran sonrisa.

—¿Por qué has hecho eso? —cuestionó un poco escandalizada.

—Porque has sido una gran amiga en estos dos años que llevamos de casados, porque eres la mejor abogada de tu promoción y porque… —lo vi inclinarse hacia a mí y tomó mi mano. Anthony sonreía muy grande, como nunca lo vi hacerlo y sus ojos brillaban ilusionados— porque, aunque hayas querido mantenerlo en secreto, sé que estás esperando un bebé. Y la madre de mi hijo merece esto y más.

Eso me paralizó.

—¿Cómo te enteraste? —pregunté con la voz queda. No es que hubiera pensado mantenerlo en secreto para siempre, pero si prefería esperar un poco más pues prácticamente me había enterado en mismo día de mi graduación y tenía tanto por hacer, que no había querido que Anthony me prohibiera hacer algo de ello.

—Primero, porque prácticamente vomitas todos los días al despertar y aunque habrás la regadera, igual te escuchó —dijo con una sonrisa de lado— Segundo, por los residuos de pociones que dejaste sin etiqueta en el baño, no me fue tan difícil de reconocer y una estaba en positivo, así que…

—Por los nervios no fui más cuidadosa —murmuré.

—Lo que quiero saber es porque no me lo dijiste.

—Es que, con todo esto de la graduación, las propuestas y el trabajo, pensé que te negarías, adjudicándolo todo a que debería cuidarme, no estresarme y esas cosas —dije con sinceridad.

—Me preocupa que eso pueda afectar tu salud y la del bebé, pero te prometí no reprimirte, Pansy, dejarte hacer tus sueños y cumplir tus metas, y sé que tal vez los dos tenemos la culpa de que sea tan pronto, hay que aceptar que no siempre nos cuidamos porque cuando te vuelves una gatita muy sexy no hay quien nos detenga —bromeó él y yo me solté de sus manos para cruzarme de brazos, un poco mosqueada por sus palabras.

El sexo había sido una manera de unirnos más en realidad. Anthony tenía su fama por algo y era condenadamente excelente en ese rubro. No era amor, no era hacernos el amor, era simplemente sexo que ambos disfrutábamos y que a veces yo propiciaba por mi propio placer. Pero era verdad que a veces por las ganas no nos cuidábamos mucho.

—Pero en fin, no te prohibiré llevar la vida que desees, pues ese es parte de nuestro trato, pero si quiero que te cuides y si sientes que no puedes, que todo se está volviendo pesado, quiero que descanses y te cuides por el bebé, yo puedo encargarme perfectamente de ti y de nuestro hijo sin problema, claro, hasta que tú así lo decidas —agregó rápidamente al ver mi cara, pues sabía que no quería ser una mujer que sólo vivía para su hogar, pero era verdad que de cierta manera así sería en un futuro cercano por el bebé que venía en camino.

—Está bien, prometo cuidarme —suspiré y coloqué una mano en mi aun plano vientre.

—¿Puedo tocar? —preguntó con una sonrisa, señalando mi estómago.

—Has tocado más que esto, cariño, porqué ahora la timidez —jugueteé un poco y él sonrió de medio lado, colocando su mano en mi vientre— Aun no se siente nada, pero está ahí, creo.

—¿No has ido con un medimago? —preguntó.

—No, pero creo que debemos hacer una cita.

—Por supuesto, yo me encargó y también haremos un viaje express en diciembre para decirle a mis padres, es mejor ir nosotros a que ellos sepan donde vivimos ahora —dijo con una sonrisa mirando mi vientre y moviendo suavemente la mano.

—Cómo digas.

Estaba de acuerdo con eso, no quería tener aquí todos los días a mis suegros, aunque estaba segura de que querrían quedarse cuando naciera su nieto, pero al menos quería unos meses de completa tranquilidad.

—Ahora, sí, señora Goldstein, ¿Qué le parece si estrenamos la casa? —preguntó, dejando de tocar mi vientre con dulzura, para rodearme la cintura por completo y haciendo que me sentara en sus piernas.

—Ya te habías tardado para dar esa invitación —dije, desajustando el cuello de su túnica.

—Vamos a la habitación, pues, aunque no hay vecinos cerca, no me gustaría que alguien nos viera si pasan caminando —dijo mordisqueando mi cuello.

—Vamos.

Los meses fueron pasando y contrario a los dos últimos años, Anthony pasó más tiempo en casa, Normalmente por su trabajo se la pasaba viajando, ausentándose por hasta tres meses enteros, pero ahora procuraba venir tres semanas y pasar al menos cinco días conmigo. Se comportó muy atento conmigo y más cuando se enteró que no sería un niño, contrario a todo lo que pensábamos, sino una niña, volviéndose casi loco de felicidad, alegando que tendría una princesa en toda regla. Igual mis suegros se habían mostrado muy entusiasmados con la idea de una nieta, sorprendiéndome mucho en realidad.

La convivencia más cercana estuvo bien en un principio, hasta que las discusiones fueron algo inevitables. Él había prometido no inmiscuirse en mi trabajo, cosa que creí porque no lo había hecho jamás, pero ahora, si me veía trabajar hasta muy tarde se molestaba, si veía que no comía lo suficiente o a mis horas, me retaba y todo eso terminaba en grandes peleas, donde ni siquiera la cama lo arreglaba, las secciones de sexo acabaron, haciéndonos dormir en habitaciones separadas y sólo cuando regresaba de uno de sus viajes es que volvíamos a intentar llevarnos bien, para terminar en lo mismo.

—Esto se está yendo a la mierda —los escuché decir al final de una pelea.

Yo estaba a punto de llorar, mis hormonas estaban incontrolables y sus gritos y los míos aumentaban las ganas de simplemente tirarme al suelo y llorar hasta que todo terminara, pero mi orgullo no me lo permitía.

Anthony se había sentado en el sofá de la sala y yo estaba de pie, cerca de la ventana. Y todo había iniciado porque eran las ocho de la noche y yo había permanecido desde que llegué encerrada en mi despacho trabajando, hace cuatro horas y no había comido nada, y eso a él le molestó, diciendo que estaba matando de hambre y de estrés a su hija. Protesté, claro que lo hice y eso derivó la más grande pelea que habíamos mantenido hasta ahora.

—Tú prometiste no meterte en mis asuntos si yo hacía lo mismo —dije con la voz algo quebrada. Él me miró con molestia, pero igual trató de tranquilizarse al verme así, pues igual no quería alterarme por el bien de la bebé.

—Sí, pero tenemos un asunto en común, ambos somos responsables y no quiero que mi niña se vea afectada por tu obsesión con el trabajo —dijo apretando las manos.

—Ella está bien, te lo aseguro…

—No, Pansy, no creo que este bien si tú duermes poco por trabajar y eso es sólo en mi presencia, no quiero ni pensar cómo te cuidas cuando me voy. Comes a la hora que quieres, no descansas para nada, es más, ni siquiera tenemos algo preparado de su habitación, lo máximo que hicimos fue elegir la habitación y ya, no hemos comprado nada y a ti parece importarte poco —amonestó y me miró mal.

No pude evitarlo, me puse a llorar de rabia y tristeza al escucharlo, no estando nada de acuerdo con él y sintiéndome terrible ante aquel tono tan acusatorio. Me toqué mi redondo vientre de cinco meses, intentando confortarme.

—Ella me importa, te lo juro, Anthony —dije en medio de un sollozo.

Él me miró con ironía.

—Sino hemos hecho más, es porque ambos trabajamos —continué diciendo limpiándome la cara.

—Es que ni siquiera hablas del tema, Pansy, en lo único que piensas es en el trabajo, ignorándola por completo —acusó señalándome el vientre— No hemos discutido nombres, cuna, ropa o peluche, no hemos visto quienes serán sus padrinos o algo por el estilo. Sé que esto no es lo queríamos, ninguno de los dos quería este matrimonio, pero yo desde un principio te dije que quería un heredero y tú aceptaste, y ahora no tomas esa responsabilidad como se debe —reclamó.

Nuevas lágrimas cayeron de mis ojos, pues era algo similar a lo que sentía. No es que no la quisiera, ya la amaba por completo, pero de verdad yo no quería ser madre tan pronto y menos cuando apenas estaba iniciando con mi trabajo y quería hacer grandes cosas, ganar una gran reputación por mi trabajo, quería llegar muy lejos con mi carrera y sentía un poquito que mi niña me estaba limitando, hasta el punto de que ya me habían programado mi ausencia laboral en el bufete donde ahora trabajaba para cuando cumpliera mis siete meses y volver cuando la nena cumpliera tres. Eso no me había gustado para nada, haciéndome trabajar el doble para que mis jefes me consideran como una excelente abogada y no como una madre primeriza que necesitaba descanso.

—Lo sé, soy una terrible madre, de seguro seré peor cuando nazca, aunque intente todo lo contrario. De verdad lo lamento, Anthony, pero la amo, no lo dudes —pedí, escondiendo mi rostro entre mis manos.

Lloré más, sollozando a escondidas. Había tenido un ejemplo terrible de madre y yo lucharía por no ser como ella, pero igual sentía que ahora que no me estaba comportándome a la altura de la situación, sintiéndome tan culpable ahora que Anthony lo decía. Él no me había prohibido seguir con mi vida, aplaudiendo mis logros y apoyando mis metas, pero sabía que para él lo más importante era nuestra hija y él creía que para mí no importaba. Claro que importaba, pero quería más que una vida familiar ya.

—Vamos, Pansy, no eres una terrible madre, sólo algo descuidada y enfocada en otras cosas —dijo con voz calmada, y sentí sus manos en mis hombros.

—Pero de verdad la quiero —aseguré con voz bajita.

—Lo sé, y esto es tan difícil para ambos, y más para ti, también lo sé —sus manos se movieron sobre mi piel, masajeándome, para luego abrazarme y darme un beso en la frente.

Me destapé la cara y correspondí a su abrazo.

—Intentare ser mejor —prometí.

—Lo único que quiero es que duermas a tus horas, que no traigas más trabajo a la casa por ahora, para que puedas descansar al volver, que comas a tus horas y empiezas a concentrarte en ella —pidió, colocando una mano en mi vientre.

—Está bien, prometo no trabajar más en casa y pensar en ella, aunque siempre lo hago —agregué con una pequeña sonrisa.

—Bien, eso es todo —dijo limpiando mi cara y besando mi frente— Que tal si vamos a cenar y discutimos lo del nombre, ¿puedes, cariño? —preguntó.

—Si, vamos. Lo sientes, mi estómago gruñe como loco —dije colocando de nuevo su mano en mi vientre y él sonrió grande.

—Sí, lo siento, vamos a cenar.

La plática sobre el nombre nos llevó toda la cena y parte de unos cuantos minutos ya acostados en la cama, donde después de veinte minutos acomodada sobre mis almohadas, caí completamente dormida. A la mañana siguiente los dos ya teníamos el nombre justo. A ambos nos gustó el nombre de Elizabeth, para mí sería Lizzie y para él su pequeña Beth, sólo esperaba que no se confundiera de más grande, aunque ella elegiría al final como quería ser llamada.

Después de su siguiente ausencia, nos tomamos un fin de semana entero para comprar todo lo que nos hacía falta, empezando por una bella cuna de barrotes blancos, así como pequeñitas prendas de vestir. Anthony no escatimó en esos detalles, diciéndole a los vendedores de la ciudad que quería lo mejor de lo mejor para su pequeña princesa. Y verlo tan entusiasmado me cautivó tanto, que terminé cediendo a cada cosa que pedía, emocionándome de igual manera al escoger las cortinas y la alfombra para la habitación de mi hija, así como peluches, muebles y más ropa para ella.

Las peleas con Anthony no desaparecieron, pero ya no fueron tan frecuentes y bajaron de intensidad. Seguíamos discutiendo por lo mismo, hasta que le hice jurar que cuando empezara a sentirme muy cansada yo misma abandonaría todo, aludiendo el hecho de que pronto iniciaría mi descanso por maternidad. Eso pareció calmarle, pero no estaba nada contento.

El nacimiento de Elizabeth fue algo muy normal, si es que no contaba los terribles dolores que padecí una noche antes, donde sentía mis caderas ser estiradas y mi espalda ser golpeada una y otra vez. Estaba tan grande e hinchada de los pies, que me fue imposible moverme de la cama y Anthony prefirió llamar a un medimago a casa, pues aparte de no querer moverme, había empezado con las contracciones demasiado pronto, y luego vino un gran sangrado que el medimago luchó arduamente para detener, hasta que a las dos de la tarde del 24 de abril, Elizabeth nació con un llanto potente que se fue calmando poco a poco en los brazos de un padre emocionado hasta las lágrimas y que no dejaba de sonreír por nada en el mundo.

—Me la das —pedí estirando mis brazos cuando el medimago había terminado con su trabajo en mí y se había alejado hacia una mesilla madera donde los elfos habían puesto una palangana con mucha agua que él utilizaba para limpiarse.

—Por supuesto —dijo con una sonrisa, acercándola.

La tomé entre mis brazos y le besé la mejilla dos veces, antes de acariciarla, sintiéndome maravillada al verla, observándola por completo para contar cada extremidad, así como los diminutos dedos de manos y pies. Parecía muy pequeña y delicada, como si fuera un pequeño angelito sonrosado, con escaso cabello negro y una piel blanca que estaba segura de que no sería tan clara como la mía, pero tampoco tan morena como su padre.

—Oh, Lizzie, eres una maravilla —dije sonriendo, sintiendo como lágrimas caían de mis ojos.

Mi hija abrió en ese momento los ojos, mientras su puñito se cerraba en mi dedo índice y abría la boquita en un ligero bostezo. La miré con fascinación no creyendo como había llegado a pensar que algo tan pequeño me estaba limitando; cierto, antes de tenerla así entre mis brazos sentía que no estaba lista para esto, que no podría hacer las cosas con ella, no pudiendo imaginar mi vida con una hija ahí, pero ahora, ahora no podía imaginarme algo sin ella, sin su existencia. No podía imaginarme a mí sin este ángel.

—Tiene mis ojos —escuché decir a Anthony.

—Así es —sonreí al verla de nuevo, percatándome de unos preciosos ojos verdes jade como los de Anthony.

—Gracias, Pansy, gracias por esto —escuché decir a Anthony y lo sentí inclinarse para darme un beso en los labios y luego besar la frente de Lizzie.

—Gracias a ti, Anthony, creo que es lo mejor que me has regalado —aseguré acercando mi cara al rostro de mi hija, para olerla y besarla mucho.


Los primeros meses de la vida de Lizzie fueron fantástico, Anthony había pedido permiso para poder quedarse con nosotras, de hecho, lo hizo un mes antes de que naciera, y se quedaría durante cinco meses más, no queriendo separarse de su hija por nada en el mundo. Era muy atento con ella, se levantaba de madrugada para verla si lloraba, aun si yo iba para alimentarla, la arrullaba y cantaba, y le hablaba como si la nena pudiera entenderlo. Le compraba cualquier cosa que viera y tomaba fotografías de ella para llenar álbumes completos en apenas semanas.

Mis suegros habían venido dos días después de su nacimiento. Ambos estaban muy felices, demostrándolo a su manera claro, pues ningún aristócrata sangrepura podía verse tan emocionado. Aranza la había tomado entre sus brazos y pude ver una sonrisa amorosa y tierna en su rostro, y David había sonreído orgulloso al contemplarla en brazos de su esposa. Ellos estaban tan orgullosos de ella, obsequiándole mil cosas más, vestidos, joyas y zapatos, así como una enorme casa para ella en Francia.

Sí, todo había ido muy bien al principio, pero las cosas normalmente no salían como me gustaría a mí. Había creído sinceramente que con el nacimiento de Lizzie, Anthony ya no estaría tan aprehensivo con todo, pero fue todo lo contrario, y fue peor cuando regresé al trabajo, aún bajo la promesa de no llevar trabajo a la casa para poder pasar más tiempo con mi hija, pero a él eso no parecía serle suficiente, deseando que me dedicara todo el día a ella y aunque de verdad me gustaría hacerlo, pues la amaba más que nada y me encantaba pasar tiempo a su lado, no me veía capaz de abandonar por lo que tanto luché, el motivo principal por el cual terminé casándome con él en primer lugar, y eso era tener una carrera y dedicarme a ella.

Nuestras discusiones iban en aumento nuevamente, a pesar de que me esforzaba por dedicarme completamente a Lizzie cuando llegaba a casa, jugar con ella, hablarle, alimentarla, dormirla, bañarla, levantarme de madrugada si la niña tenía hambre, o no podía dormir, o se enfermaba, pues por el clima tan frío de la zona, solía enfermarse ligeramente de la garganta. Pero Anthony no lo entendía, no entendía cómo podía irme desde las nueve de la mañana y volver a las tres de la tarde, pasar tanto tiempo lejos de ella trabajando. No lo quería, quería que estuviera todo el día en casa y yo no podía hacer.

No podía renunciar a ser yo.

Los meses fueron transcurriendo, Lizzie pronto había empezado a cumplir años en vez de meses, creciendo tan bella y divertida, con su piel de leche tibia con canela, con sus ojitos de un verde cremoso y su cabello con pequeños rulos de color azabache. Era preciosa y consentida, era una niña muy tierna y estaba muy mimada por su padre, pues desde que Anthony llegaba de sus giras, que duraban muy poco a comparación del inicio de nuestro matrimonio, no se despegaba de él ni de día ni de noche, durmiendo entre nosotros. Hablaba mucho, aprendió a hablar antes de caminar, pues todo el día se la pasaba en brazos, pues me encantaba tenerla así y a Anthony también, y desde sus dos años aprendió a comunicarse mejor que muchos niños de su edad, manteniendo un vocabulario básico pero muy bien hablado.

Draco y Astoria nos visitaban seguido, junto al pequeño Scorpius que tenía la misma edad que nuestra hija y se había convertido en gran amigo de Lizzie, al igual que el pequeño Erick quien tenía un año menos, hijo de Theo y Daphne. Los tres no se separaban cuando se venían, Erick siempre a paso tranquilo atrás de ellos, pareciéndose demasiado a Theo por esa seriedad y serenidad para todo, mientras Lizzie y Scorp corrían a veces tomados de las manos, cosa que enfurruñaba a Anthony, andando de un lado para otro durante horas, riendo y hablando, y también comiendo, pues Blaise les traía demasiadas golosinas para sus pequeños e hiperactivos cuerpos.

—Hey, Malfoy, más vale que mantengas a esas manitas lejos de mi princesa —decía Anthony al verlos correr con las manos unidas, pero ambos niños no le prestaban atención.

—Por, Merlín, Anthony, son sólo niños —trataba de tranquilizarlo.

—No se lo estoy diciendo a ese Malfoy, sino más bien a ti —señalaba a Draco.

Draco sólo reía ladinamente y lo miraba con diversión y arrogancia.

—Mi hijo tiene un gusto excelente, la pequeña Goldstein es preciosa. Que te parecería un contrato de matrimonio —propuso una vez mi hermoso dragón, quien fue prácticamente asesinado por la mirada de Anthony, pero ni siquiera se inmutó por ello.

—Claro que no —contestó con los dientes apretados.

—Vamos, quien mejor que mi hijo, será todo un caballero para ella —alegó Draco aun sonriendo y palmeándole la espalda.

—Dije que no —gruñó Anthony, zafándose de la mano pálida.

—No te molestes, Anthony, Draco no sabe lo que dice, deja que tenga una hija y ya verás —dijo Theo con voz calmada.

—Tal vez, pero no seré tan sobreprotector —alegó Draco, tomando de su copa con disgusto.

Nadie le creyó esa afirmación.

—Cómo tú digas, Draco —suspiró Daphne con ironía, caminando hacia el comedor para ver si ya habían colocado alguna bandeja con bocadillos pues, para sorpresa mía, ya estaba esperando un segundo bebé y estaba muy hambrienta, según sus murmullos cuando pasó a mi lado.

—Querido, deja de molestar a Anthony, además, ya te dije que Scorpius se casara con quien él quiera, no con quien elijas —dijo Astoria, tomando la mano de su esposo, tratando se tranquilizarlo.

—Lo mismo digo, así que dejen de molestarse los dos —le pedí a Anthony— Son sólo amigos —dije mirando a los niños que corrían en el jardín, con pequeños juguetes entre ellos.

—Pues yo recuerdo que Pansy y Draco hacían muchas cosas cuando eran amigos y no precisamente de amigos —alegó Blaise con diversión, sonriendo perversamente.

El moreno fue receptor de varios hechizos punzantes después de decir eso por parte de Draco, quien no le gustaba que le recordaran esas cosas delante de su esposa, de Anthony que no podía imaginarse a su hija en ese plan y de mí, pues me avergonzaba igual recordarlo y más delante de Astoria. Pues sí, Draco y yo habíamos sido novios y unos muy hormonales, antes de que decidiéramos que deberíamos ser solamente amigos y, mucho antes, de que yo me enamorara de Potter.

Pero Astoria simplemente había negado con la cabeza, divertida por los hechizos y diciéndome que ya lo sabía, que ella también estaba en Hogwarts en esa época y se enteró de eso, pero que todo estaba en el pasado y ya no le preocupaban, que es más, que nunca lo hizo, nunca se preocupó o se puso celosa de mí, sabiendo que Draco me amaba como a una hermana, y yo le dije lo mismo, que amaba a su esposo, pero como un hermano; y Millicent, Millicent solamente se rió de Blaise, y éste se indignó más, pero aun así no evitó acercarse a ella para preguntarle si no quería curarlo en una habitación los dos solos. Millicent lo mando al diablo, como lo imaginé.

Sonreí nada sorprendida por su desfachatez y descaro, sabiendo que ya se había tardado para hacerlo. Blaise seguía tan soltero como siempre, jugando con una y con otra, a pesar de los esfuerzos de su madre para que asentara cabeza de una vez, presentándole a cuanta joven sangrepura que siguiera soltera, pero para él eran simples cuerpos que cumplían sus fantasías y ya. Aun no llegaba la indicada, quería creer.

Millicent ahora era una agente especializada en relaciones públicas de una cadena importante de hoteles en Inglaterra y Estados Unidos, manteniendo un currículo impresionante donde dejaba ver su manejo de tres idiomas, finanzas y aptitudes de liderazgo, así como una gran presentación y una seguridad que jamás había notado en ella. Y eso me alegró tanto, pues siempre había sido una chica muy tímida y acomplejada por su físico, y aunque ella había aceptado haber empezado una dieta por su salud, aseguraba que no obsesionaba por ello, manteniendo una figura de lindas curvas y músculos firmes, que fue recorrida con algo de lasciva por parte de Blaise, a quien ella no prestó ninguna atención para el disgusto de mi buen amigo acostumbrado a ser el centro de atención de todas las damas.

Cuando Lizzie cumplió dos años, fue a su primer partido de quidditch, Anthony prácticamente había comprado un palco en lo más alto de las gradas para nosotras dos y para que no pudiera perderse de nada. Debía aceptar con algo de preocupación y alegría, que era muy fanática a estar arriba de una escoba, gracias a Anthony y a sus paseos, que a mí siempre me daban un tipo de ataque de pánico, imaginándome las miles de manera en que mi hija podía caerse de esa escoba, aunque su padre me jurara que eso nunca pasaría, pues él la cubría con miles de protecciones, la adhería prácticamente a su cuerpo y volaba no muy lejos del suelo, pero eso no me bastaba para no preocuparme, y no quería ni pensar cuando entrara al colegio y me dijera que quería pertenecer al equipo de su casa. No tenía ni idea de lo que haría para dormir si eso llegara a pasar.

En los juegos de su padre, Lizzie parecía tan grande al ponerles tanta atención, persiguiendo con la mirada los movimientos de Anthony, gritando cuando la multitud lo hacía y aplaudiendo cuando él pasaba cerca de nosotras sonriéndole un segundo para luego concentrarse de nuevo. Yo hacía espacio en mi trabajo para poder llevarla, para que no se perdiera los partidos más importantes de la temporada y pudiera verlo, sabiendo lo mucho que lo extrañaba cuando él trabajaba, y aun así a Anthony decía que no estaba nada enfocada en ella, y yo me esforzaba para que viera lo contrario, pero igual mi paciencia se estaba agotando con nuestra nueva vida llena de discusiones, reclamos, ofensas, gritos o silencios incomodos.

Lo aceptaba, había sido gran parte mi culpa al no demostrarle que me importaba cuando me embaracé, dejando de lado el hecho de que llevaba un bebé dentro de mí y hasta sintiendo un poquito que ella me estaba limitando para realizar mis sueños, pero ahora ya no era así, Lizzie lo era todo para mí y estaba haciendo todo lo posible por demostrarle a ella y a Anthony cuanto la amaba.

Cuando ella cumplió cuatro años, nuestro matrimonio era ya una guerra por completo. Mi carácter era terrible, a pesar de que había intentado no ser malvada con él, ni tener esa lengua filosa que siempre había tenido para los demás, y a pesar de que el de él era más tranquilo y divertido, no se limitaba para cuando discutir se trataba. Era un slytherin, tenía que recordarme todo el tiempo, ninguno de los dos iba a pedir perdón y ninguno de los dos iba a perdonar al otro. Todo se estaba yendo a la mierda, como él decía constantemente. Y jamás había pensado que podríamos llegar a esto, a esta clase de parejas, a un típico matrimonio sangrepura, como mi madre y mi padre lo fueron, donde no había más que insultos y reproches, y odio, golpes o maleficios, aunque obviamente no habíamos llegado hasta esto último, pero tenía miedo de que lo hiciéramos, de que llegáramos tan lejos y la única que sufriría sería Lizzie.

Nuestra habitación siempre estaba insonorizada para que Lizzie no escuchara nada durante las noches, al igual que mi despacho y el salón de descansado. Todo era un campo de batalla y nosotros éramos los enemigos. Y todo empeoró cuando la prensa publicó la gran noticia de que el jugador estrella y padre modelo, que llevaba a cada partido importante a su hija y esposa, fue cachado en un bar con una ex modelo francesa y que juntos fueron otra vez vistos saliendo de un lujoso hotel en Ámsterdam. Eso fue el colmo para mí, doliéndome en serio, en lo profundo del pecho.

Yo no amaba a Anthony, no había logrado hacerlo y estaba segura de que él tampoco me amaba, pero lo quería y lo había respetado siempre, a pesar de que no sintiéramos amor; además, habíamos acordado nunca hacerlo, nunca ponernos en ridículo ante los demás y ahora él me salía con eso. Así que cuando llegó a casa, después de ellos, me fue imposible contenerme.

—¡Eres un imbécil! —dije apenas atravesó la puerta del salón, aventándole el maldito periódico que había mantenido lejos de Lizzie por las fotos que salían en ella, pues en una claramente se veía a su padre besando a otra.

—Pansy, déjame explicarte, por favor.

—¿Qué me vas a explicar, Anthony? ¿Qué estabas conociendo el grado de humedad de su boca? —pregunté con rabia, levantándome del sofá— ¡No! ¡Ya sé! ¿Qué ella no tenía ni idea de donde estaba su cama así que tú fuiste a buscarla?

—Sé que me equivoqué, que te mentí y que te traicioné…

—¡Me pusiste en ridículo, Anthony! Prometiste no hacerlo y me hiciste prometer que yo no lo haría, y lo he cumplido, así como cada una de tus peticiones, no involucrándome en tu vida más de lo necesario —dije con los dientes apretados y las manos en puños— Es más, no me habría importado si esto hubiera sucedido al inicio de nuestro matrimonio, pero ahora no, y sabes porque, ¡porque involucraron a nuestra hija, pusieron su nombre en ese maldito artículo, donde tú has declarado que amas a Beth más que a ti, que ella es tu orgullo, lo mejor que te ha pasado, y ahora se burlan hasta de eso, hasta del padre perfecto se burlan! —le grité con rabia, sintiendo que me ardía en los ojos las lágrimas que había evitado derramar desde que lo había leído el día anterior, no contestando ninguna carta de él que llegaba a casa.

Él bajó la mirada y se presionó los ojos con ambas manos, para luego masajearse entre los cabellos rizados, similares a los que Lizzie compartía. Había tanto de él en ella.

—Pansy, de verdad lo lamento, yo estaba demasiado ebrio, estábamos celebrando y todo se me fue de las manos, y lo que pasa entre nosotros me puso peor…

—¡No! ¡No, Anthony, no me quieras echar a mí solo la culpa! Hemos tenido problemas, es cierto, pero yo no soy ni el motivo ni la causa ni la culpable de que te hayas ido a revolcar con una vil zorra —aseguré, limpiándome las mejillas— Si fuera así, yo también habría hecho lo mismo y tú serías el único culpable, pero no, no lo hice y no lo hare.

—Pansy, por favor, cariño, perdóname, te juro que no volverá a pasar —pidió acercándose a mí y tomándome de los hombros.

Me zafé de su agarré y me alejé de él, asqueada por su toque. Aun cuando nos molestábamos, le permitía tocarme, es más, hasta el sexo con él era una clara reconciliación.

—No me vuelvas a tocar. Me da asco el solo pensarlo —dije respirando profundamente— No quiero que lo vuelvas hacer. Si deseas pasar otra vez la noche con alguien, tendrás que salir a buscarlo fuera de esta casa, pues no seré nunca más tu mujer, y allá tú si te vuelven a ver, sólo espero que no humilles más a hija ni a mí, si es que te importo tan siquiera un poco.

Caminé hacia las escaleras, necesitaba dormir y tranquilizarme, pues mañana sería un día muy largo para fingir delante de Lizzie que nada pasaba entre nosotros, como lo veníamos haciendo desde hace varios meses, pero ahora sería peor, pues estaba segura de que en mi cara se vería todo lo que le despreciaba.

—Por favor, cielo, perdón…

—Déjalo ya, Anthony. Por cierto, hoy vas a dormir en la habitación que está al final del pasillo y así será de ahora en adelante, al menos que Lizzie quiera dormir con nosotros y en esas noches me las aguantare por ella.

Terminé de decir y subí rápidamente las escaleras, para encerrarme en mi habitación, después de pasar a ver a Lizzie en la suya y saber que estaba dormidita y bien.

Los días siguientes fueron una prueba de resistencia mutua, aunque claramente sólo compartíamos el desayuno y el almuerzo por Lizzie, quien pareció no enterarse de nada, pero dudaba que siguiera siempre, hasta que él tuviera que irse otra vez por el trabajo. Cinco días después de aquella discusión sucedió. Él alistó sus cosas en la noche, después de haber pasado toda la tarde con Lizzie jugando, paseando por el centro y llevándola a varias tiendas para comprarle lo que le gustara. Yo había decido quedarme en casa, alegando un dolor de cabeza inexistente, pero sin ganas de pasar más tiempo con Anthony de lo debido. Para cuando volvieron, ella estaba exhausta, así que sólo me besó y se fue a dormir. Yo hice lo mismo luego de haber escuchado que ya habían cenado.

Pasó un mes más, y los viajes de Anthony eran igual de frecuentes, no cambiando su rutina por Lizzie, quien si había notado lo que pasaba en casa. Era una niña muy inteligente y directa, así que no temió decírmelo un día, cuando su padre se despidió de ella en la puerta de la casa, abrazándola, besándola y arrullándola como si fuera apenas un bebé. Lizzie había derramado unas cuantas lágrimas por la despedida, pero sabía perfectamente que ese era el trabajo de su padre, así que cada vez que Anthony se iba, ambos procurábamos que fuera un sábado y domingo, para que así yo pudiera consolarla y mimarla por el resto de la tarde.

Entramos de nuevo para tomar el té, cosa que le encantaba hacer por las galletas que Draco le enviaba semanalmente, muchas galletas de relleno de fresa y chocolate, y bebiendo leche tibia con miel, como acompañamiento. La ayudé a sentarse en una silla a mi lado, y le pasé su taza y un platito con tres galletas.

—Mami —me llamó, mientras terminaba de servirme una taza de té.

—¿Sí, cariño? —pregunté, viéndola. Ella estaba acostada por completo en el respaldo de la silla, balanceando los pies y jugando con una pequeña galleta.

La escuché suspirar y luego acomodarse bien en la silla, mirándome con mucha atención. Sabía que estaba nerviosa, pues su cejita derecha se elevaba cuando lo estaba, o cuando estaba enojada o iba a decir alguna mentirilla, pero sin que pudiera controlarlo, como un pequeño tic.

—Tú y papi están peleados, ¿verdad? —preguntó con voz bajita.

Respiré profundamente y bebí de mi té, pensando en cómo debía contestar a ello.

—¿Por qué lo dices? —preferí irme un poco por las ramas. Ella miró su leche tibia y luego mordió su galleta. Cuando terminó de comerla, me miró de nuevo.

—Es que siempre lo abrazas cuando se va, pero hace mucho que no lo haces. Además, no hemos ido a verlo jugar —reprochó arrugando la nariz.

—Lizzie, apenas nos perdimos un juego y eso fue porque tú tenías la nariz congestionada y te habría hecho mal, amor, tu padre estuvo de acuerdo en eso —contesté sonriendo, limpiándole las moronas de galleta alrededor de la boca.

—¿Pero porque ya no lo abrazas? —insistió.

—Bueno, mi cielo, los papis a veces tendrán problemas, eso no quiere decir que nunca se resolverá, ¿de acuerdo? Si, estoy un poquito molesta con tu padre, y eso fue porque se comió todas mis galletas de nuez, pero nada que una nueva caja de galletas no arregle, ¿vale? —le dije una mentira para que no preguntara más sobre el porqué no hablaba a su padre.

—Le enviare una carta para decirle, pero tendrás que ayudarme a escribirla, mami, y así él enviara galletas, para que ya no estés enojada —propuso con una sonrisa.

—Bien, eso me parece perfecto —acepté sonriéndole— Además, dentro de una semana es su próximo juego, ¿te gustaría ir? —pregunté.

—¡Sí! ¡Sí quiero, mami! —exclamó con emoción.

Así que eso hice, la llevé al juego y me desaparecí con ella rápidamente antes de que aquellos buitres de diarios locales me alcanzaran para hacerme preguntas sobre lo sucedido con Anthony, no deseando que Lizzie escuchara alguna pregunta indiscreta, cosa que me agradeció él, haciéndome saber que había hecho una demanda para que ningún periodista pudiera hacernos preguntas, pero no así para que dejaran ya de hablar de él, cosa que no sucedería hasta que apareciera algo más importante de que habar.

Simplemente asentí con la cabeza y me retiré a mi habitación, así pasaros tres días, hasta que llegó la noche en la que se prepararía para irse de nuevo al día siguiente.

Estaba ya en mi cama, acostada con la luz encendida pretendiendo leer un libro. No tenía ningún interés en el tema, pero desde que había sucedido el problema con Anthony, me costaba conciliar el sueño. Dejé el libro a un lado y miré al techo. Extrañaba a mi esposo, pero aquel que era cuando nos casamos, ese que no podía mantener las manos lejos de mí, que me hacía reír, que me apoyaba, que me invitaba a salir seguido, que me llevaba a sus juegos sólo porque sí. Pero todo eso desapareció desde que nuestros intereses cambiaron, desde que supimos la llegada de Lizzie, a veces pensaba que él se volvió así porque en realidad no tenía que dejar nada, nunca dejó de jugar, nunca vio su cuerpo cambiar, ni cansarse, ni que su magia se volviera voluble, agotándome infinitamente cuando la usaba. No sintió dolor alguno, jamás.

Pero lo más importante, él ya lo tenía todo: su sueño ya lo había alcanzado, ahora eran simples metas para él, pero el sueño ya estaba hecho realidad, pero el mío no. Yo todavía iniciaba y tenía que pausarlo o ir más despacio. No es que me arrepintiera de mi hija, no lo haría jamás, pero Anthony me pedía tanto o, mejor dicho, me exigía rápido lo que sabía que tendría que hacer. Lo sabía, sabía que tendría que dejar de trabajar por un tiempo, pero él quiso que fuera de inmediato, me exigió que me enfocara más en ella, antes de la misma Lizzie lo pidiera al nacer.

Todo me abrumó, todo me enojó. Yo tenía que aprender a organizarme, a realizar ambas cosas sin que él me estuviera presionando, y eso me enfadó, sentirme de nuevo obligada, chantajeada, como siempre lo estuve en mi vida. Pero, aun así, aun así, nada pareció derrumbarse, hasta que él empezó a exigirme más, a exigirme que fuera más madre que mujer, cosa que lo hubiera hecho sin dudar si es que hubiera visto que eso provocaba un conflicto en nuestra hija, pero Lizzie siempre fue tan comprensiva con eso, entendiendo a la perfección que tenía que trabajar y que ella se quedaría con su niñera, que siempre volvería a casa para comer con ella, para enseñarle cosas, para estudiar, para cenar, para leerle en las noches, para besarla mucho.

No, nada de eso lo vio Anthony, pensando que si los dejaba más tiempo a solas cuando él volvía era porque sabía que ambos necesitaban de ese tiempo, de ese contacto, de ese momento padre e hija, pero él siempre supuso que así era en su ausencia, reclamándome siempre por lo mismo cuando yo le aseguraba que no era así, que mis obligaciones como mujer no interferían con las de madre. Sí, seguía siendo madre, pero por tantas discusiones, sabía que había dejado de ser su esposa, aquella que había prometido apoyarlo. Me enojaba más seguido, sus retos, sus reclamos, sus gritos, mis gritos, todo quebró esa parte de mí, hasta que dejé de intentar convencerlo, hasta que dejé que se hiciera sus ideas, pensando que muy en el fondo esto pasaría pues fuimos un matrimonio sin amor desde el inicio, sin una amistad sólida, que en algún momento nos agotaríamos, que nadie que no amé al otro aguantaría por tanto tiempo esto.

Y el punto final, su infidelidad. Algo que había prometido no hacer. No lo amaba, pero creí que siempre me respetaría como yo lo había hecho.

Suspiré al pensarlo y sintiendo otra vez la tristeza y el dolor escalar desde mi estómago hasta mi garganta. Giré el rostro al escuchar los dos toques en mi puerta y me senté de nuevo, antes de permitir el pasa, sabiendo ya de quien se trataba.

—Pansy, ¿podemos hablar? —preguntó Anthony, asomando apenas la cabeza.

—Claro.

Él entró y se pasó una mano por el cabello, antes de sentarse en la orilla de la cama. Lo miré con calma, mientras abrazaba mis rodillas y descansaba mi mejilla sobre ellas. No era que ya no estuviera enojada con él, pero de verdad estaba cansada de esta guerra, de las peleas, de las batallas. No podía perdonarle algo que había herido mi orgullo, pero sí podía no odiarlo.

No lo odiaba en realidad. Tal vez esa noche que llegó si, pero ahora ya no.

—Te quiero, Pansy —dije después de algunos minutos, mirándome con sinceridad— No he llegado a amarte y estoy seguro de que tú tampoco a mí, pero he llegado a quererte demasiado, a estar tan agradecido contigo, a admirarte mucho, aunque hay veces que no lo parezca o no lo comprenda.

Asentí a sus palabras y lo vi masajearse la mejilla con frustración. Me miró de reojo y luego se subió más a la cama, hasta que una de sus manos tocó mi pie derecho.

—Te quiero tanto, y me duele haberte traicionado, y entiendo que no puedas perdonarme, yo tampoco lo haría si fuera al revés —dijo con seguridad.

—Jamás lo haría. No te amo, pero llegué a quererte y contigo me era más que suficiente, como esposo, como padre de mi hija, como amigo, como amante también —dije en voz bajita, tomando su mano.

—¡Oh, por Merlín! No pienses que no me fuiste suficientemente amante, Pansy, eres tan hermosa, tan sexy, tan atrevida, una verdadera diosa en la cama. Eres la amante perfecta en verdad, y lo que sucedió fue producto de mi estupidez, no es tu culpa, fui yo, no es que no hayas sido suficiente, eres también demasiado para mí —agregó con rapidez, besando mi mano.

—¿Entonces porque, Anthony? —pregunté sin realmente quererlo, pero aun no entendía porque se atrevió a engañarme.

—Habíamos ganado el partido, salimos a celebrar como ya era costumbre, pero estaba pensando en ti, en la discusión que habíamos tenido antes de que me marchara, todo iba tan mal aquí, Pansy, que bebí más de la cuenta, y en eso apareció esta mujer, con su cabello negro y sus ojos azules, tan parecida físicamente a ti que no pude resistirme a sus besos, cuando me vine a dar cuenta ya estaba en la cama de ese hotel —confesó con la mirada baja y yo aproveché a limpiarme una lágrima con discreción.

—Me heriste.

—Lo sé y me duele, aunque sé que eso no me justifica para nada —dijo.

Me quedé callada y giré el rostro, quitando mi mano que él aun mantenía en la suya. Me abracé más fuerte y no quise llorar, pero lo hice, apretando con fuerzas mis parpados y boca, para que él no escuchara nada. Me quedé varios minutos ahí, sin escucharlo, pero sabiendo que seguía sentado ahí en la cama a mi lado. Me limpié de nuevo la cara, para girar a verlo otra vez.

—¿Has pensado en el divorcio? —preguntó.

Me sorprendió su pregunta, y no porque la situación no lo ameritara, sino porque no era normal que un matrimonio como el nuestro terminara, a pesar de los problemas que existieran. Su familia jamás lo aceptaría y muchos hablarían de ello, pero hasta en este punto me sentí tranquila de que él al menos hiciera esa pregunta.

—Esto no va bien —continuó diciendo— Y antes de que empeore o termines odiándome, me gustaría que pudiéramos volver a ser amigos, pero sin esta presión, Pansy.

—Yo también lo he pensado, y me alegra que tú también seas de esta idea —dije con una pequeña sonrisa.

—Es por el bien de Beth —dijo con resignación— aunque me hubiera gustado poder permanecer más tiempo a tu lado, pero lo arruiné.

—Lo arruinamos, Anthony, también yo tengo algo de culpa a no saber explicarle o no hacerte ver lo importante que era esta familia para mí —agregué con calma— Y aunque tienes razón a decir que es mejor para Lizzie, me gustaría que pudiéramos decírselo antes de que inicié la nueva temporada de quidditch, apenas acaba de pasar su cumpleaños y me gustaría que viera que, a pesar de que sus padres ya no estarán juntos, nada cambiara, que yo seguiré llevándola a los partidos y que tu la visitaras muy seguido, que la amamos más que a nada.

—Me parecer perfecto, gracias Pansy —dijo besando nuevamente mi mano— Ahora te dejare descansar.

Se levantó de la cama, pero antes de que llegara a la puerta, no pude detenerme.

—Anthony —llamé y él giró a verme— quédate conmigo está noche, ¿sí?

—¿De verdad? —preguntó.

—Sólo no quiero que terminemos tan mal. Eres el padre de mi hija y eso siempre nos unirá, aunque ya no tengamos salvación para nosotros. Sólo quiero pasar una última noche durmiendo contigo, para reconciliarnos y pasar página —expliqué, sintiéndome muy nostálgica por todo. Habían sido seis años de matrimonio, con más bajas que altas, pero había sido feliz dentro de lo que cabe y él lo había hecho.

—Claro que sí, Pansy —aceptó, acercándose de nuevo y acomodándose debajo de las sábanas. Me acerqué a él y lo abracé, pasando una mano por su cintura— Te quiero, Pansy, siempre lo hare.

—Yo también te quiero, Anthony, y de verdad esperó que encuentres a quien amar —contesté y lo sentí suspirar.

—Fuiste la mujer perfecta para eso.

—Pero no lo lograste —dije con diversión.

—No, no lo logré. Es una lástima de verdad —respondió besando mi cabello.

—Lo sé, lo mismo digo. Te habría amado tanto…

—Si tu corazón no perteneciera a alguien más.

—¿Qué? —me levanté de inmediato para verlo a la cara. Él sonrió y me acarició la mejilla.

—Te escuché una vez, Pansy, hablando con Millicent por casualidad, perdóname por eso —pidió.

—Oh —fue todo lo que pude decir, no sabiendo como sentirme al respecto, pues él nunca me había reclamado sobre algo.

—Si, oh. Pero déjame decirte que Potter fue un completo idiota, yo no te habría dejado ir jamás, te habría adorado, robado, llevarte a otro continente sólo por tu amor, Pansy —dijo levantándose, apoyándose en sus antebrazos y besando mi mejilla, para luego acostarse otra vez y arrastrarme con él hasta que me apoyara de nuevo en su pecho— Lo incorrecto a veces es delicioso, él jamás sabrá de eso.

—Sólo cállate, que es incómodo hablar de eso con mi esposo —dije.

—Casi ex esposo, querida —lo escuché decir.

—Eso no lo mejora, Anthony —agregué.

—Cierto —rió besando nuevamente mi cabello— Ahora a dormir.

Así lo hicimos, hasta que sentimos un pequeño y tibio cuerpo apartarnos para colocarse entre nosotros, empujándonos con sus manos y pies, retorciéndose hasta acomodarse bajo las colchas junto con su pequeño oso blanco con el que dormía.

—No entro —gruñó bajito.

—Para eso tienes una cama, mi cielo —dije besándole la frente.

—Me gusta aquí —dijo con simpleza.

—A mí también —contestó Anthony, abrazándola hacia su pecho, donde Lizzie se acurrucó encantada.

Sonreí al verlos y volví a dormirme.


Hola de nuevo. Vale, no cumplí completamente mi promesa, pero es que aun no quedaba como quería, pero aquí lo tienen, espero que les haya gustado.

Nos leemos pronto.

By. Cascabelita.