Capítulo 5

Ni siquiera sabía cómo había terminado sentada en aquella silla de frío metal, que se movía más de lo que recordaba, delante de una mesita igual de tambaleante, comiendo un helado junto a Potter. Lizzie sonreía, sumergiendo una y otra vez su pequeña cuchara blanca en el helado de fresa con chispita de colores y chocolate rayado, haciéndole preguntas a Potter, que éste respondía con una sonrisa, con la voz suave y llena de amabilidad.

Se me hacía tan extraño estar delante de él y no sentir nada, ni siquiera nostalgia o remordimiento por cómo habían terminado las cosas entre los dos. Sí, había pasado un par de años enteros pensando en él, anhelándolo y queriéndolo aun en contra de mi voluntad, recriminando mis esperanzas de que él aparecería para que pudiéramos estar juntos al fin; pero desde que Lizzie había aparecido en los planes de mi vida, fue completamente olvidable para mí, hasta a aquella noche que Anthony lo mencionó, aquella última noche donde hablamos del divorcio, donde nos habíamos perdonado, antes de que se fuera a otra gira de quidditch del que nunca regresó.

Cerré los ojos al recordarlo. Todo sucedió tan rápido, fue tan acelerado el momento que estaba segura de que no se hubiera podido evitar, que ni siquiera una vidente hubiera podido preverlo. Tres semanas después de hablar y dormir juntos por última vez, en un partido de quidditch que Lizzie y yo fuimos a ver, una buggler golpeó su cabeza y la escoba se desplomó directo al pasto. Varios hechizos fueron lanzados para aligerar su caída, y aunque no estaba cerca, sabía que ya no había nada que hacer, mi corazón roto lo decía, el llanto incontrolable de Lizzie me lo confirmaba.

Aun así, con una vaga esperanza, grité con todas sus fuerzas su nombre hasta que sentí que mi garganta se desangraría, mientras sostenía contra mi pecho a Lizzie, girando un poco su rostro hacia mi vientre para que no viera todo el caos que había debajo de nosotras, esperando que Anthony se levantara del suelo, que sonriera, que nos mirara para decirnos que todo estaba bien y volviera al juego con nada más que un susto que luego yo reclamaría y que Lizzie consentiría entre besos y abrazos fuertes. Pero todo estaría bien, todo estaría bien y volveríamos a casa para que todos descansáramos.

Los minutos pasaron lentamente en el campo, nadie en las gradas se movía, aunque murmuraban mucho y tan alto que ensordecía. Lizzie lloraba y yo sólo veía abajo para intentar ver algo más que cabezas pegadas unas a otras. Todo su equipo lo rodeaba, al igual que el equipo rival, y su entrenador estaba agachado a su lado, impidiéndome ver el rostro de mi aun esposo. Pero no se movió, no se levantó.

Cinco minutos después, alguien se apareció a mi lado y simplemente negó con la cabeza, haciendo que yo apretara más fuerte a Lizzie, quien lloró con más fuerzas, apretándome la cintura con rabia y desconsuelo.

Apreté los labios más fuertes. Siempre pensar en aquel último juego me dolía, así como sabía que Lizzie tenía pesadilla la mayoría de las noches por lo mismo, repitiendo en su mente una y otra vez el golpe y la caída. Había logrado querer a Anthony, no como uno esperaría, no como una pareja o algo así, pero sí como amigos, como hombre, como esposo y persona. Habíamos tenido peleas, errores, enojos, llegamos al punto de casi odiarnos, pero eso no había quitado el cariño y el respeto que sentía por él, haciendo que perdonara hasta su infidelidad.

Así que ahora, no tenía ni idea de que hacía aquí con Potter, tenía tiempo que no lo pensaba o había escuchado hablar de él. Nadie quien fuera cercano a mí lo había mencionado, ni para bien o para mal. Al igual que la muerte de Anthony, su presencia en la tienda fue algo que no me esperaba y no supe reaccionar, hablando y contestado a su saludo y preguntas como si alguien más hubiera tomado el control de mi cuerpo y decidiera que era bueno contestarle. Y luego él, diciéndome que ya estaba divorciado, algo que ni siquiera me había hecho parpadear.

En realidad, no me importaba en absoluto lo que sucediera con su vida. Y sí, había prácticamente huido de la tienda al darme cuenta de lo que había hecho y de lo que había dicho, no entendiendo porque le había contado sobre la muerte de mi esposo, pero estaba tan desconcertada por su presencia y su cercanía después de tanto tiempo, por mi falta de sentimientos y emociones hacia él, al igual que por el buen ánimo de Lizzie, a quien había decidido llevar a pasear para que no siguiera triste, alegrándome al verla a ella tan feliz escogiendo cosas, algo tan extraño, pues desde lo de su padre, se había vuelto tan solitaria y callada.

Todo me había tomado por sorpresa, pero ya estaba en mis cinco sentidos y era momento de salir de esto, de alejarme de Potter de una buena vez y para siempre si era posible.

—Mami, ¿verdad que tío Draco tiene un hipogrifo y el abuelo Lu pavorreales blancos? —me preguntó ella, mirándome con entusiasmo.

La miré y me exigí concentrarme en la plática, para poder terminarla y poder llevármela a casa.

—Sí, diez pavorreales para ser exactos —contesté rápidamente antes de meterme una enorme cantidad de helado para no tener que hablar más y que el momento al fin terminara.

Harry me miró con curiosidad, ladeando el rostro y sonriendo más grande. Rodé los ojos con fastidio y limpié la majilla de Lizzie otra vez, mientras ella simplemente le asentía al hombre sentado delante de ella.

—Yo igual tengo un hipogrifo, se llama Buckbeak —le contó Harry.

—Qué bonito nombre, el de tío Draco es Tyr.

—Tyron, Lizzie —corregí.

—Sí, pero Scorpius le llama Tyr, mami —dijo comiendo más helado.

—¿Quién es el abuelo Lu? —escuché la voz de Potter, y lo miré con rabia, sabiendo que él ya sabía de quien hablaba mi hija, solo esperando que no dijera nada malo de él, pues Lizzie lo quería mucho, aunque ni ella y Scorpius lo conocieran todavía. Lucius Malfoy estaba cumpliendo su condena en Azkaban.

—Es el abuelito de Scorpius, pero también es el mío, el esposo de abuelita Cissy —respondió mi hija con una sonrisa.

—Increíble —murmuró Potter a nadie.

—Creo que es hora de irnos, Lizzie —dije, sintiendo la ironía de Potter en sus palabras.

Además, no quería seguir aquí. Estaba tan incomoda.

—Agradécele al señor Potter por el helado y dile adiós —apremié levantándome de la silla.

—Pero no he terminado, mami —contestó Lizzie, mirando el botecito blanco con tristeza.

Apreté los dientes, había pocas cosas que hacían ahora feliz a Lizzie y siempre me dolía tener que quitarle a alguna, como este helado.

—Es hora de jugar con Scorpius, además, Cissy quiere mostrarte aquella música con el piano, ¿recuerdas? —pregunté.

—¡Sí! Quiero escucharla, vamos —se levantó de la silla con alegría— Gracias por el helado, señor Potter.

—Ha sido todo un placer —contestó Potter, sonriéndole más grande si era posible.

Agarré mi bolsa del respaldo de la silla y tomé a Lizzie en brazos, colocándola sobre mi cadera, lista para desaparecer directo a la mansión Malfoy. Miré una vez más a Potter, quien no quitaba la mirada de mi rostro, clavando aquellos ojos verdes en los míos. Me detuve un segundo con la varita ya en la mano, tentada a preguntarle que pretendía al hablar conmigo en la tienda, al detenernos e invitarnos este helado. Nada de él me daba buena espina. No confiaba en él, no es como si creyera que fuera hacer algo malo contra mí o mi Lizzie, pero si me preocupaba sus intenciones, aquellas que no veía o no intuía.

Nada tenía sentido.

—¿Estás bien? —preguntó al verme quieta delante de la mesa.

—Sí. Es sólo que no te entiendo, ¿Qué pretendías con esta invitación? —dije en voz baja, tomando el rostro de Lizzie para colocarlo sobre mi hombro y ella ocultó rápidamente su cara en mi cuello, preparada para el movimiento.

—Sólo quería estar contigo.

Su confesión me tomó por sorpresa, la seguridad de su voz, la sinceridad de sus palabras y de su mirada, todo eso me desequilibró, haciéndome trastabillar hacia atrás.

Era increíble que después de años de haber asegurado y jurado que yo no era la persona correcta para su vida, se atreviera a confesar que quería estar conmigo, como si sus palabras no hubieran pasado, como si abandonarme no hubiera sucedido, como si no se hubiera ido detrás de aquella leona que era perfecta en su mundo con la que se casó tiempo después sin pensar en mí de nuevo, como si yo no hubiera gritado que lo entregaran a Voldemort, como si no me hubiera casado o no tuviera a mi hija en brazos.

Quería estar conmigo después de todo eso.

Era un idiota por completo.

—Nunca más —murmuré.

Negué con la cabeza y moví la varita cuando vi que él se estaba levantando de la silla, dispuesto a replicar.

No. Nada tenía sentido. Después de tantos años nada tenía sentido entre él y yo. No había razones para que él quisiera estar conmigo.

Me afirmé con fuerza al llegar a la entrada de la mansión, delante de la puerta que se abrió antes de que pudiéramos tocarla. Bajé a Lizzie y ella sacudió la cabeza, antes de salir corriendo al salón buscando a Scorpius lo más seguro. Caminé despacio tras ella y llegué a donde ya estaba saltando arriba de Draco, quien le besaba las mejillas y la frente, sonriendo para ella.

—¿Qué tal las compras, princesa? —preguntó él.

—Mami me compró muchas cosas, ¿Dónde están, mami? —preguntó y yo le entregué la bolsa de las compras después de agrandarla.

Ella sacó todo lo que había agarrado en aquella tienda, colocándose los pequeños guantes azules de piel, la bufanda roja y ese gorro de lana rosa chicle que había elegido, colocándoselo en la cabeza. Nada combinaba, pero ella estaba tan feliz que no me importaba.

—Te ves preciosa —dijo Draco con una sonrisa, besándole ambas mejillas.

—Lo sé, lo soy.

—Pero sí que eres igual de humilde que tu madre —ironizó el rubio con cariño.

—Te escuché, Malfoy —dije, sentándome en otro sofá opuesto a ellos.

Draco rió y abrazó a Lizzie, haciéndola reír al hacerle cosquillas en el vientre, sentándola en su regazo, hasta que vio las mejillas de mi hija rojas por la risa y sus ojitos llenos de lágrimas.

—Adivina qué, tío Draco —dijo con entusiasmo Lizzie cuando se calmó, atrayendo de nuevo la atención del rubio, quien la colocó de nuevo en sofá y le compuso el gorro rosa sobre la cabeza, que se había ladeado.

Sólo suspiré a lo que vendría, sabiendo ya lo que le diría a su tío favorito.

—¿Qué cosa, princesa?

—Comimos helado con Harry Potter, el héroe del mundo mágico —informó Lizzie, dando un aplauso, sin importarle la cara mortalmente seria del rubio.

—¿Así? —preguntó mirándome con seriedad, exigiendo una explicación extensa y detallada a lo dicho por la niña.

—¡Sí! No creo que sea tan idiota como tú y papi dijeron que era —agregó con inocencia colocándose un dedo sobre los labios, como si lo estuviera pensando seriamente.

—Espera y verás, amor —contestó Draco con suavidad y sonriendo de medio lado.

—Basta, ya te he dicho que no puedes repetir las malas palabras de tío Draco, Lizzie. Y tú, Draco, limítate con ella, por favor —pedí.

—Princesa, ¿Por qué nos buscas a Scorpius para enseñarle tus cosas? —preguntó y Lizzie asintió, saltando del sofá— Esta con tía Astri en el salón de estudios, anda, creo que te estaba esperando para otro cuento.

—¡Sí! —gritó Lizzie corriendo hacia donde le habían dicho que estaba el pequeño rubio.

Por primera vez no podía adivinar en que pensaba Draco, que sentía o que era lo que diría. Potter siempre había sido un tema para burlarse cuando estaba con Theo, Blaise o Anthony, pero conmigo sabía que era algo más que delicado, enterado sobre todo lo que sucedió en Hogwarts entre él y yo. Nunca hablábamos de él, nunca lo mencionaba, ni siquiera para reírse a su costa. Era un tabú el tema Potter. Pero en su mirada sólo había reclamo, pero no como una traición, bueno, tal vez si había algo de eso, pero también estaba esa preocupación latente.

—¿Qué diablos pasó? —preguntó de inmediato, haciéndome suspirar.

—No lo sé. Me lo encontré en la tienda, me saludó, fui educada al contestar y Lizzie casi lo llamó idiota porque los escuchó a ti y a Anthony una vez llamarlo así —él sonrió con amplitud ante eso y yo me crucé de brazos, no por el insulto, sino porque no me gustaba que Lizzie dijera malas palabras— No digas insultos frente a ella y Scorpius, Draco, ya te lo he pedido. En fin, intenté desaparecerme con Lizzie pero estaba nerviosa, no sé porque, pero él nos alcanzó y nos invitó un helado; ella aceptó inmediatamente al escuchar esa palabra. Sabes que no puedo negarle nada a ella —contesté, encogiéndome de hombros y mirando a la mesita baja, donde había pequeños adornos de oro en forma de aves.

—¡Por Merlín, Pansy, ¿crees que soy idiota?! —preguntó.

Levanté la mirada y elevé una ceja.

—No lo sé. Creo que no —contesté sonriendo de medio lado y él me miró ofendido— Vamos, Dragón plateado, sólo fue un helado, un simple helado de menta y chocolate para mí y uno de fresa para Lizzie, nada más.

—Sí, un simple helado con el idiota de Potter rondando como buitre alrededor —agregó.

—Fue casualidad —defendí, no a Potter sino a mí, no queriendo ser la victima que Draco mencionaba.

—Nada de lo que haga Potter es casualidad. En primer lugar, ¿Por qué diablos entró a una tienda de ropa para dama? —cuestionó elevando su ceja. Tenía que reconocer que tenía un punto muy valioso ahí— Entró porque te vio.

—Curiosidad de león —respondí con simpleza.

—Buscando carne.

—Oye, no soy ninguna mercancía o comida —reclamé, cruzándome de brazos.

—Sólo digo que no me gusta, Pansy.

—A mí tampoco, Dragón, a mí tampoco —dije un poco distraída al recordar eso último dicho por Potter— Pero no se repetirá.

No estaba dispuesta a creerle a Potter después de tantos años. Ni siquiera estaba dispuesta a que se volviera acercar a mí o a Lizzie. Era seguro que me lo volviera a topar en algún paseo con Lizzie.

Después de casi un año de la muerte de Anthony y estar segura de que seguir viviendo en Reims no le estaba haciendo nada bien a mi hija, decidí que era mejor volver a Inglaterra. Lizzie podía pasar días enteros riendo, jugando, estudiando y tomando clases de ballet, haciéndome pensar que estaba superando la muerte de su padre, pero luego de la nada se ponía a llorar, no importaba lo que estuviera haciendo, bien podría estar jugando con sus muñecas o comiendo algo, empezaba llorar a gritos, pidiéndole a Anthony que volviera, rogándome que le trajera a su padre de algún modo.

Eso me partía a mí el corazón, verla tan triste, tan llorosa, tan débil, me dolía en el alma, me hacía sentir impotente como si no fuera suficiente para ella, como si no fuera capaz de quitarle el dolor y eso me estaba enloqueciendo; era como estar en un bucle, como si en esos días buenos, Lizzie pensara que Anthony sólo estaba de gira y que en algún momento llegaría a casa, pero cuando los días pasaban y se daba cuenta de que él no regresaría, era cuando se derrumbaba.

Y no pude seguir viéndola de ese modo y aunque me costó convencerla de que mudarnos era lo mejor, al final aceptó con la promesa de que visitaríamos más seguido a Draco y a su familia, que estaría siempre cerca de sus abuelos, quienes apenas estaban pasando el duelo de haber perdido a su hijo y su única esperanza para seguir viviendo era su nieta. Nos mudamos a la casa de Aranda y David compraron para Lizzie y ella había estado encantada con el lugar, teniendo un estilo tan parecido a la de Reims, pero que a ella no pareció afectarme.

Así que las probabilidades de coincidir con Potter eran altas, pero no dejaría que eso nos frenara, yo tenía que sacar a mi hija adelante, tenía que demostrarle que podíamos vivir recordando a su padre sin que eso nos tirara al suelo, que Anthony simplemente deseaba su felicidad y que no estaría nada contento de ver a su princesa llorar. Teníamos que superarlo y avanzar, hacer de su recuerdo algo bonito y no triste.

Potter no tenía cabida en mi vida ahora, quizá antes, pero ya no. Y jamás tendría un espacio otra vez, pues Lizzie lo ocupaba todo ahora, tenía que ser fuerte por ella, estar bien por ella, y las intenciones de Potter no deberían desconcertarme de eso, no podía permitir que los sentimientos o razones de Potter afectaran a mi hija o a mí otra vez. Él ya había tomado un camino y yo fui orillada a tomar otro, así que ahora no tenía ningún derecho a querer meterse a la fuerza en mi vida, como si no hubiera pasado nada de lo que pasó.

Potter no volvería a estar junto a mí.


Esta historia va más lenta, pero les aseguro que no serán tantos capítulos.

Espero que le haya gustado y agradezco cada uno de sus comentarios, igual que en Amores dormidos.

Gracias por leerme.

By. Cascabelita