Disclaimer: Harry Potter y todos sus personajes, historias y características no me pertenece, son propiedad de J.K Rowling.
Capítulo 18 – Cambio de prioridades.
Vagó por las calles del Londres muggle como una criatura sin alma. Pensó en darse a la bebida, el único amor que nunca le había fallado, pero estaba tan apesadumbrado por lo ocurrido que ni siquiera aquello podía aliviarle. Nada podría curarle esa sensación de decepción mezclada con dolor. Pero lo peor no era eso, sino que a pesar de tener el corazón roto en mil pedazos, estos trozos aún continuaban aspirando a que todo se solucionase y disfrutar de esa vida soñada junto a ella. Negó, tenía que dejar de escuchar esos impulsos y pensar con la cabeza, cosa que había hecho muy poco a lo largo de su vida. A la sensación de desamor se unió la de culpabilidad. Culpable por haberse dejado llevar por su aire chulesco y pensar que tenía todo controlado cuando en realidad todo iba en su contra. Se sentía culpable por haber dado la espalda a sus amigos, especialmente a James, el cual le había suplicado ayuda, y a pesar de que la muerte de los Prewett en sus manos no era la cosa de la que más se arrepentiese, si que se sentía culpable porque ser un cobarde y continuar manteniendo oculto al responsable, él. Por eso se quiso castigar, decidió mal comer, dormir por las calles, pasar frio y penurias. Entregarse a los aurores seria lo razonable, pero ni si quiera eso podría aliviarle. Su alma ardía al igual que el tatuaje sobre su piel. Voldemort le llamaba constantemente. Era una tortura tras otra, unas más intensas y otras mas suaves, pero siempre estaba ahí, recordándole que tenia un dueño.
No supo como lo hizo, quizás fue porque rondaba lugares predominantemente muggles, pero no se encontró con nadie conocido. Lo agradeció, en aquellas semanas había vivido como un muggle, ajeno a la guerra que se estaba gestando en un mundo paralelo. En cierto modo lo envidiaba, envidiaba al hombre que corría apresurado porque perdía el autobús ya que no podía aparecerse o a la mujer que se mojaba con la lluvia porque no podía utilizar un hechizo para impedirlo… Simples cosas, pero eran la normalidad que tanto había deseado, y a pesar de su descuido personal, de dormir entre cartones o robar algún mendrugo de pan, no echaba nada de menos el uso de su varita, la cual yacía oculta entre sus ropas. Después de todo lo que había hecho, aquel podría ser su futuro. Pero había algo que no se había roto dentro de él después de todo y era la amistad. El día que se aventuró a rondar el Caldero Chorreante en su forma animaga, escuchó algo que le hizo salir del desasosiego que sentía por la vida.
"¡Esos! ¡Los Potter! Era de esperar que alguien fuera tras ellos."
"Los Potter no son los únicos."
Asustado por las palabras decidió ir en busca de James, pero cuando intentó ir a su casa... No recordó donde vivía. Era como si se hubiera olvidado por completo. ¿Cómo era posible? Si había pasado semanas, por no decir meses, aprovechándose de la hospitalidad de sus amigos… Era completamente impensable que se fuera a olvidar de la casa que se había convertido en un hogar par él. A no ser que… Que estuvieran siendo protegidos… ¡Claro! Un hechizo Fidelio. Eso explicaba porque no podía recordar su dirección. La cosa era grave si habían decidido tomar esas precauciones.
Se lamentó.
¡Sus amigos! Sus mejores amigos. ¿Cómo se podía haber olvidado de aquellos que siempre habían estado a su lado? Se había prometido que su amistad con James seria lo más importante de su vida, este era la persona que más le había ayudado; le había cobijado en su casa y hasta dado dinero. No era un amigo, era un hermano y ¿qué había hecho él? Dejarle de lado en cuanto una mujer entró en su vida. No debía de haberle hecho caso a Narcisa, no debía de haber salido de la Orden, tenía muy claras sus prioridades en la vida y por una decisión estúpida había echado todo a perder. Por eso, y más que nunca, tenía que volver. Volver a ser el Sirius que siempre fue y luchar por su amigos. Si los Potter estaban en apuros, el mismo recorrería medio mundo para salvarles.
Pero... ¿Le volverían aceptar?
Acudir directamente a la Orden hubiera sido un suicidio. Se había desentendido completamente de ellos, y después de su vuelta a la familia Black, tenía muy claro que asumirían que era un mortifago. Pensó en la persona que mejor le aconsejó desde los once años. Remus Lupin nunca juzgaba y escuchaba atentamente antes de darte un excelente consejo. Esperaba que su otro mejor amigo no se hubiera visto obligado a esconderse. Pero ¿dónde estaría Lunático? Le fue a buscar a la que había sido su casa, un pequeño departamento sobre un tienda semiabandonada cercana al Callejón Knockturn. Observó una luz a través de la minúscula ventana. No sabía como aproximarse, estaba seguro que su visita no iba a ser bien recibida, pero como confiaba tanto de la bondad de su amigo que se acercó a las escaleras que conducían al piso superior. Se había convertido en su forma animaga para no llamar la atención y cuando llegó a la puerta, con su pezuña rasco la vieja madera. No escuchó ruido en el interior. Por lo que volvió a repetir el gesto pero con mayor fuerza. Estaba temblando, realmente no sabía si quería que esa puerta se abriese, y sentir el rechazo de su amigo. Pero había peligro y tendría que aguantar una merecidísima desaprobación de Remus, era lo de menos. Cuando unos pasos se escucharon, su corazón se aceleró y a los pocos segundos la puerta se abrió con cuidado.
Remus Lupin miraba al frente, seguramente pensando que se trataría de alguien y no de un animal delgaducho y desaliñado como él. Pero su amigo enseguida bajó la mirada y se encontraron. La desaprobación en su rostro fue algo que no trato de ocultar. Como era de esperar el hombre no tardo en apuntarle con la varita, pero sabía que no atacaría sin un motivo de peligro inminente. En aquello no había cambiado, por lo que decidió transformarse en humano de nuevo.
Abrió la boca para hablar pero Remus se le adelantó.
–Tienes dos segundos para irte antes de que alerte a los aurores.
Había traicionado tanto a sus seres queridos que le avergonzaba mirarles a la cara.
–Lo siento. Me equivoque. –Era muy orgulloso y admitir lo que había hecho era doloroso. –Sé que no quieres saber nada, pero por favor. –Solo quiero ayudar.
Remus negó con la cabeza.
–Vete. No sé como un mortifago nos puede ayudar.
Se mordió la lengua. Pensaba en decirle que le contaría todo. Pero esa maldita marca en su brazo no le dejaba. Ese había sido su peor error en la Orden, habían infravalorado a Voldemort y por ese hechizo sofisticado no eran capaces de obtener información de los mortifagos que capturaban.
–Tengo información. –Tenía que existir alguna manera para contar los secretos del Lord. –Por favor, Remus. Realmente quiero ayudar.
Observó como su amigo se debatía internamente. Finalmente el hombre se echo a un lado como signo para que entrase. Le obedeció sin pensar. El lugar era un reflejo de su aspecto por fuera, apenas una cama con una pequeña cocina y un baño. Todo en la misma sala.
–Estoy desesperado. No pierdo nada por escuchar a un mortifago. –Remus estaba cambiado, su Lunático no ofrecía esos comentarios tan dañinos. Quiso contradecirle, y decir que no era un mortifago. Pero seria engañarse a así mismo.
–¿Tan mal esta la cosa? –Se aventuró a preguntar. Voldemort jamás había comentado nada de los Potter.
–Dímelo tu. –Remus se cruzó de brazos.
–Les he dejado. –El dolor que sentía era intenso, porque a pesar de todo continuaba mintiendo a su amigo. Si Bellatrix no hubiera estado tan contenta por recibir la marca de Voldemort… Dudaba de si estaría allí lamentándose.
–¿Pretendes que te aceptemos como si nada? –Remus se rio burlonamente, pero notaba la ira. –Hemos tenido que renunciar a muchas cosas, muchos han muerto y muchos lo harán. Así que disculpa, pero no confiamos en tí. Nos diste la espalda, no puedes volver como si nada. Tendrás que demostrarlo. ¿Que información tienes?
Apretó los dientes, quería decir todo. Donde se reunían los mortifagos, su jerarquía, sus próximas misiones...
–Mucha. –Se levantó la manga de la camisa airado. –Pero esta mierda no me deja. –El tatuaje se movía imitando el movimiento de una serpiente. –Quiero ayudar, pero no puedo decir nada de lo que he visto. Pero, si que puedo contar todo lo ocurrido antes de recibirla; mortifagos desconocidos, misiones fallidas que puedan retomar en el futuro…
Remus le miró de lado.
–No es suficiente. Marchate.
Necesitaba la aceptación. Una que nunca tuvo de su familia, de la sociedad, solo quería ayudar… Se arrodillo y le suplico. Era patético, pero se merecía ser hasta latigazos.
–Remus. He echo cosas horribles, de algunas me arrepiento y de otras no. Pero créeme estoy dispuesto a morir por ayudaros.
Su amigo de la infancia no dijo nada y le indicó que se sentase. Le obedeció sin rechistar.
–Cuenta todo lo que has hecho y así sabre si puedo confiar en ti de nuevo. –Remus dejó la varita sobre una pequeña mesa cercana. Era el primer paso.
Cerró los ojos y cuando tuvo el valor para volver abrirlos comenzó a contarle con todo lujo de detalles, quizás demasiado, todo lo que habían hecho, incluyendo la muerte de los Prewett.
–Lo sospechaba. –Remus no había movido ni un ápice su expresión.
–Supongo que era evidente que los había matado yo. –Se encogió de hombros.
Remus negó con la cabeza.
–Me refiero a lo tuyo con Bellatrix. Aunque cuando fui conocedor de lo que había pasado con los Prewett, me confirmó tu relación con ella.
Todo era evidente para los demás menos para él.
–¿Me perdonas?
Remus se revolvió en su asiento y volvió a coger la varita.
–Continuas siendo un asesino, por mucho que tus motivos fuesen para salvar a tu amada. Pero, como estoy desesperado, voy aceptar tu cambio de prioridades.
Apretó la mandíbula para ocultar la pequeña sonrisa que nacía en su cara. Esperaba un encuentro más entusiasta pero tampoco podía pedir mucho.
–¿Que ha pasado con James? –Esa era su máxima preocupación.
–Necesito confiar más en tí antes de contarte todo, pero… Han tenido que esconderse, tu jefe les persigue, lo mismo les ha ocurrido a los Longbottom.
Entendía porque podría ser, eran miembros de la Orden, pero Voldemort había puesto entre sus objetivos a otros magos y brujas mucho mas relevantes; políticos, empresarios, millonarios… Personas con las que pudiera alcanzar más rápido su objetivo. No había ningún motivo por el que pudiera ir detrás de unas parejas con unos niños pequeños.
–¿Es por la Profecía? –La conversación mantenida con James hacia un año asaltó su cabeza. Ante la confusión en el rostro de Remus se explicó. –James me contó algo relacionado, pero estaba tan nervioso que no le di importancia.
–Pues tiene mucha importancia. Esa Profecía es lo que ha hecho que vayan detrás de ellos. Estaba siendo mantenida en secreto por Dumbledore, pero de alguna forma Voldemort se enteró de su existencia.
Se maldijo internamente. El día de su encuentro con James, y cuando Bellatrix estaba prácticamente a punto de matarle por culpa del dichoso de Greyback, le comentó lo de la Profecía. No sospechaba de Bellatrix, ni si quiera había tomado en serio las palabras de James… Pero después de lo vivido. La idea de que Bellatrix estuviera mucho más en contacto con Voldemort y que fuera ella misma la que se lo contase con tal de ganar su marca, fue cada vez más plausible. Una ira descomunal comenzó a crecer en la boca de su estómago. Se sentía engañado y utilizado, ¿cómo fue capaz de fiarse de una slytherin? Y no de una slytherin cualquiera, sino de Bellatrix. Sin duda estaba dispuesta a todo con tal de agradar su señor.
–¿Cuál es el proceder de la Orden? –Más que nunca les ayudaría.
Remus se rió melancólicamente.
–Ninguno. Ya no hay Orden. –Se encogió de hombres. –James, Lily y Harry estarán escondidos hasta que todo acabe, si es que acaba.
Se llevó una mano a la cabeza. La situación estaba mucho peor de lo que esperaba. Que en ningún momento se hubiera barajado el nombre de los Potter en las reuniones que celebraba Voldemort, le preocupó aún más. No era el mortifago favorito después de todo. Había secretos, muchos secretos en el entorno de Voldemort, nunca debió confiar en nadie.
–Puedo ayudar. –Determinó. –Volveré con Voldemort, soy más útil estando dentro.
Remus comenzó a negar con la cabeza.
–No te arriesgues. Quizás es buena idea que tu te escondas también.
–No puedo. Merezco todo el mal del mundo y como no tengo miedo a la muerte, haré todo lo que este en mi poder. Volveré a mi lugar entre los mortifagos, puede que no pueda contarte todo pero trataré, no conseguiré, que Voldemort y todos sus secuaces acaben muertos o peor, en Azkaban.
–Sirius, no… –Intento decir Remus en vano.
Su decisión estaba tomada, y sus prioridades habían cambiado. Su objetivo era salvar a su amigos y esta vez, ni mujeres, ni sueños de un posible futuro le pararían hasta lograrlo.
