Capítulo 6
La mirada helada fue lo último que vi, mientras la varita se movía con fluidez y su otro brazo se ajustaba con más fuerza en torno a su hija, quien ya ocultaba la cara en su cuello. Me levanté de la silla dispuesto a detenerla una vez más.
Sentí aquel ahogamiento de desesperación, parecido como cuando la besé por última vez en el patio de Hogwarts, mientras la lluvia nos empapaba por completo y no podía dejar de besarla ni ella a mí. Cuando se dio la vuelta y caminó lejos de mí, y no pude contenerme más, no pude contener los sentimientos ni lo que surgió de mis labios, aquel te amo que venía del centro de mi pecho como un terremoto que se calmó cuando ella dijo lo mismo, y entonces la lluvia dejó de ser helada, dejó de querer matarnos a ser simplemente una ligera agua que nos limpiaba de todo mal, de todos los errores, de nuestro pasado, de nuestra historia, de todo aquello que nos prohibía a ser el uno del otro. Pero la lluvia volvió a ser helada, fría, como bloques de hielo aplastando esa epifanía en la que nos metimos al decirnos te amo.
No había más para nosotros en aquel entonces. No había más para nosotros ahora. Pero yo no podía aceptar eso. La amaba, la seguía amando igual.
Claro. Ella había cambiado, parecía más madura, menos ingenua y altiva, menos pretensiosa y fría, era más suave, más auténtica, más cálida, pero manteniendo ese porte soberbio, distante, sarcástico y elegante. Como si la vida le hubiera dado un giro por completo, como si esa preciosa niña de maravillosos ojos verdes y cabello rizado la hubieran hecho ser la verdadera ella. No más princesa de las serpientes, no más dama de hielo, no más la cruel chica del cuarteto plateado. Era simplemente Pansy Parkinson, una orgullosa sangrepura, una elegante mujer, una madre dedicada.
Era todo y más que eso, y yo estaba volviéndome loco de nuevo por ello.
Mi respuesta a su pregunta fue completamente sincera, y no me refería precisamente a este solo momento, yo quería estar con ella, lo he querido desde que la dejé porque todo estaba en contra. Mis ideas, mis miedos, mis traumas a que siempre mi familia me abandonaba. Esa inseguridad me apartó de ella, de la chica que más quise, por la cual no pude querer a nadie más, no más que a ella.
Y ella lo entendió, entendió que no me refería a mi invitación de tomar un helado. Era mi deseo y determinación de querer estar con ella. La vi defenderse, cubrirse y protegerse y proteger a su hija de mí, como si fuera un intruso en su vida. Pero yo no quería ser un intruso, quería estar a su lado, ahora que todo parecía estar a favor de lograrlo, excepto quizá mis propias acciones del pasado para con ella, el haberla dejado con excusas que ahora sonaban tontas y trilladas, llenas de miedo y tan faltas de valor, palabras de un chico cobarde que se jactaba de ser un león.
Pero no iba a permitir que de nuevo mis dudas, temores me lo echaran a perder. La familia Weasley me había alejado de ellos cuando me divorcié de Ginevra, ella hablaba peste de mí, de una infidelidad inexistente y de un amor burlado por mí, porque dijo que nunca la amé y sólo jugué con sus sentimientos. ¡Merlín, bendito! Yo no jugué con sus sentimientos, es más, traicioné los míos para estar a su lado, para intentar corresponder a sus sentimientos, y aunque en parte no se lo merecía, creí sinceramente que eso era lo correcto, que estar con ella era lo mejor y llegué a quererla de verdad, no como pretendía y ni como ella quería, pero lo hice.
Las personas que creí como mi familia me dejaron, ahora sólo contaba con la presencia de Hermione y de Ron, quien había estado furioso cuando le anuncié mi divorcio, pero nuestra amistad pudo superar aquel terrible bache entre su hermana y yo, haciéndose merecedor del rencor de la propia Ginevra. Entonces, ¿Por qué no intentar estar con Pansy cuando era lo único que quería y no tenía que darle cuentas a nadie de lo que hacía con mi vida ya? Suficiente había dado ya por el mundo mágico.
Salí de la heladería y caminé las pocas calles que me faltaban para llegar a mi departamento, un lugar que había alquilado después de mi separación, por el empeño de Ginevra en permanecer en la renovada mansión Black, alegando que se lo merecía por nuestros tres años de matrimonio. No la contradije para no hacer más problemas, pero era claro que no podría darle esa casa, aunque quisiera, cosa que no quería hacer por ser el único recuerdo tangible de Sirius que tenía. Jamás podría ser la dueña, pero no veía porque hacer un mayor escándalo, la prensa casi se vuelve loca cuando se descubrió nuestra separación, así que se la dejaría, hasta que ella misma se diera cuenta que no podía hacer más con ella que habitarla y cuando me cansara de eso, bien podría sacarla del lugar, es más, sólo tenía que pedirlo y la mansión la sacaría de ahí, junto con todas sus cosas.
Al llegar al departamento, sabía que tenía que organizar mis cosas para una misión al día siguiente, una investigación en el norte de Europa, donde al parecer a un grupo de más de seis miembros se les ocurrió tomar una antigua mansión como base para pociones ilegales que estaban distribuyendo por la zona, llegando por contrabando a Inglaterra, y algunas pociones experimentales que ya habían matado a unos negados hombres lobos, a los que le prometían la cura para la licantropía para siempre si se dejaban usas como conejillos de indias, pero todo terminaba en fatalidad. La solución del problema sería sencilla si es que el terreno que rodeaba a la mansión no tuviera un poderoso hechizo de protección y un encantamiento realmente fuerte que hacía perderte si no eras invitado o llevado por uno de los involucrados, como un laberinto circular, donde siempre se llegaba al mismo punto de inicio, trecientos metros lejos de la puerta, aun si se toman diferentes caminos.
Había primero que tantear el terreno, investigar como revertir el hechizo o romperlo definitivamente, desmantelar aquella pequeña organización y hacerlo sin que nadie escapara. Nos tomaría como mínimo cinco días hacerlo, así que, aunque lo único que quisiera hacer fuera ir tras de Pansy, no podía hacerlo por el momento, pero cuando llegara de la misión sería lo primero que haría, tenía que averiguar si definitivamente estaba de regreso en Inglaterra, pues lo último de ella que supe fue que se había mudado a Francia, en dónde estaba viviendo ahora y a que se dedicaba.
Tenía que encontrarla y pedirle, ganarme, rogarle o suplicarle por otra oportunidad. Tenía que conquistarla, demostrarle que aun la amaba, que quería estar a su lado. Sabía que existía la enorme posibilidad que ella ya no lo hiciera, que ya no me quisiera como en el colegio, aquella mirada apagada cuando me habló de la muerte de su esposo me hizo sospecharlo o más bien confirmarlo, pero podía lograrlo de nuevo. Tenía que hacerlo, por mi propio bien tenía que hacer así.
Recogí todas mis cosas en una mochila y leí una vez los datos sobre aquella misión, sin poder concentrarme en ella en realidad, pensando en aquel cabello negro, en aquel rostro fino y precioso, y aquellos azules ojos como estrellas.
—Lo lograre, Pansy, sé que te fallé antes, pero no volverá a suceder —dije a la nada, acostándome en la cama para pretender dormir y deseando terminar cuanto antes la misión, para volver y empezar mi lucha por ella.
No tenía ni idea de por donde comenzar para lograr que me ame de nuevo, pero sabía que lo primero era encontrarla, y así, poco a poco, iría demostrándole mis sentimientos y mis intenciones, aunque más claro no lo pude haber dejado hoy, pero quizá tendría que ser más insistente, más arriesgado, más valiente y directo. Sería lo que ella quiso de mí desde un principio, lo que ella merecía que yo fuera, demostrándole todo lo opuesto cuando le dije que no era corrector estar a su lado.
Correcto. Maldita palabra. Fue esa estúpida cosa lo que me prohibió ser feliz en primer lugar, por querer hacer lo correcto me fallé a mí mismo y a la chica que más quería.
Lo correcto se podía ir al diablo.
La misión se había prolongado una semana entera en vez de los cinco días. La sospecha de aquellos delincuentes se había levantado y habían reforzado las barreras de protección de la mansión, así como múltiples hechizos en aquel laberinto circular, haciendo que cada tanto nos detuviéramos para poder revertirlos, pero lo que más tiempo llevó fueron aquellas barreras que los inefables tuvieron que detenerse por dos días para romperla, y nosotros los aurores no teníamos más para hacer si no ayudar en ello, pero ni siquiera con mi magia pude tirarla abajo, eran cinco capaz de protección, cada una más agresiva y fuerte que la otra, haciéndonos saber que aquella magia venía de personas poderosas, con hechizos antiguos y lo más seguro que fuera también magia ancestral, y ahí no nos equivocamos, prácticamente los criminales eran los pocos miembros que quedaban de una gran familia que había enloquecido por el asesinato de sus hijos menores a manos de hombres lobos sin control, cuando éstos muchachos decidieron vagar por el bosque cercano un día hace varios años.
Una historia en verdad era lamentable, pues ni siquiera a esos hombres lobos se les podía culpar al no tener la medicina correcta para esos días, y la familia fue juzgada por sus crimines, después de que nos batieran en un duelo donde varios aurores salieron lastimados, nada de gravedad, y logramos apresarlos.
Así que al llegar a casa lo único que hice fue dormir por un día completo y luego tomarme otros dos días sólo a descansar de las dos semanas que tendría de descanso antes de que el cuartel me llamara de nuevo. Entré al departamento con la clara idea de reponer fuerzas para la otra misión de mi vida. Habían pasado un total de diez días desde el encuentro con Pansy y necesitaba ir en su búsqueda, y aunque mi investigación era sencilla, sabía que levantaría sospecha si no iba con cautela y por Merlín bendito, que no quería más palabras de consejos o comentarios malintencionados que intentaran hacerme dudar de lo que debí hacer hace algunos años, no más de aquellas palabras que surgieron de la boca de Hermione para alejarme definitivamente de ella.
Jamás. No podía permitirlo nuevamente.
Así que mientras me tomaba aquellos días, intenté encontrar, en diarios viejos y cualquier artículo que tuviera a la mano, algo sobre la familia Goldstein, o del matrimonio de Anthony Goldstein y Pansy Parkinson. En un libro sobre los Sagrados 28 de Inglaterra, encontré que los Goldstein eran considerados como una prestigiosa familia sangrepura muy rica, llegados a Inglaterra por allá del siglo XVII. En un diario, específicamente en El Profeta, fue publicado los apellidos de las familias partidarias de Voldemort, pero su nombre nunca se mencionó, y yo recordaba que tampoco habían estado en el bando la luz; una familia completamente neutral, sin perjudicar o ayudar.
En otros diarios pude leer varios datos sobre el museo que mantenían en el centro de Inglaterra desde hace varias décadas, haciéndole publicidad cada cierto tiempo o hablando de las piezas que exponían, así como eventos llevados a cabo por la familia en ese lugar. También leí de la inauguración de un museo de arte moderno en París hace diez años, donde se mostraba fotos de las instalaciones en plena fiesta, así como de los dueños junto a su único hijo, un chico alto de sonrisa enorme, ojos verdes, iguales a los de Lizzie, y el cabello rizado que igual su hija había heredado.
Sobre la boda del heredero Goldstein sólo hubo una pequeña nota en la sección de sociales hace siete años aquí en Inglaterra. Apreté el periódico entre mis manos, pues como detestaba los que escribían en él de mí después de la guerra, no había leído aquello. No sé qué tontería pude haber hecho al leerlo, quizá habría ido a impedir esa boda, quizá hubiera llorado o me hubiera robado a la novia, declarándola mía ante todos, pero para ese entonces ya estaba casado con Ginevra y con la idea de que Pansy Parkinson había desaparecido completamente de mi vida, pero no de mi corazón, y era seguro que no habría hecho nada y eso era lo que más me molestaba, aquella cobardía que tuve hace diez años. Por lo que decía la nota, no fueron muchos invitados, pero si fue una ceremonia elegante y privada, y colocaron una foto de Pansy y Anthony en una salida semanas antes de ella, donde se les veía a ambos en una tienda de cristalería y porcelana. Hallé una nota dispersa de hace un año donde se anunciaba el deceso de Anthony Goldstein en un partido de Quidditcch. Pero de ahí en fuera no había nada más, ni siquiera del nacimiento de Lizzie hicieron mención, así que de su regreso a Inglaterra no existía nada.
No hallé nada más, por más que revisaba cada diario y libro con minuciosidad. Me desesperé un momento, pero luego me tranquilicé al pensar que tendría que salir investigar fuera, con la firme idea de hacerlo todo con cautela, no queriendo intrusos en esto.
Al cuarto día salí de casa con la idea clara de hacer una investigación de campo. Mi búsqueda se detendría a la hora del almuerzo con Hermione, quien estaba ya de licenciada por su embarazo desde hace dos semanas, un bebé de siete meses no era fácil de llevar, aunque ella insistía en decir que podía hacerlo, sólo que Ron le había suplicado para que ya no trabajara y ella había accedido rendida y cansada por lo que le pedían, pero eso no quería decir que no quisiera saber todo lo que pasara en el ministerio en su ausencia.
—Oh, Harry, me alegra que hayas vuelto ya —dijo Mione al verme. Le sonreí y ayudé a sentarse, aunque recibí un ligero golpe divertido en la mano y un murmullo de que podía hacerlo sola.
—¿Cómo has estado? —pregunté tomando mi lugar y ella se masajeó el vientre con una tierna sonrisa.
—Enorme y cansada, pero bien. Ron me cuida tanto.
—Me alegro.
Hicimos una pausa para pedir algo que a los poco minutos llegó a nuestra mesa.
—¿Y cómo estuvo la misión?
—Bien. Agotadora, pero muy bien. Pudimos desmantelar todo —dije tomando una gran cucharada de mi pastel.
—Que bien, la verdad que, por los comentarios de Ron, esos hechizos me llamaban la atención, ¿pudiste saber cuáles eras? —preguntó con interés.
—Sí, tengo el reporte de algunos, te los pasare apenas regreses a las oficinas —la vi hacer una mueca, pero negué entre risas— Ni creas que te los daré ahora para que te pongas a investigar y Ron quiera matarme.
—Exageran —bufó y luego sonrió.
Cuando terminamos de comer, salimos a dar un corto paseo. Caminamos y caminamos entre pláticas sobre el próximo nacimiento o de las cosas que sucedían en el cuartel, y yo pensando que no teníamos un destino fijo, hasta que la vi cruzar una calle decidida y luego doblar una esquina más, hasta que la vi acercarse a las enormes escaleras de un lugar que parecía un palacio de piedra en color oro viejo, con un tragaluz circular hecho de una infinidad de cristales de diferentes formas en lo alto, en medio de un techo abovedado.
—¿Qué hacemos aquí?
—Bueno, por el trabajo pocas veces puedo venir, pero es un museo precioso, resguardan con gran celos pergaminos, piparos, rollos y libros, así como pinturas y esculturas. Quiero ver qué cosas nuevas tienen, normalmente te hablan de hechizos antiguos o perdidos, o pinturas de hace tantos siglos, Harry —dijo con una ligera emoción mientras se apoyaba de mí para iniciar a subir aquellos escalones.
Cuando llegamos a las puertas giratorias, ella jadeaba tantito, pero con una sonrisa me hizo saber que estaba bien y caminó a presurosa para entrar.
Cuando estuvimos adentro, estábamos en una estancia que solo contaba en el centro con una recepción donde dos brujas de quietas sonrisas hablaban con otros, entregando folletos, presentando guías o dando indicaciones. Hermione se acercó sin titubear, haciendo que sus zapatos bajos repiquetearan contra el suelo de un mármol en color cobre. Miré a mi alrededor, encontrándome con figuras que parecían ser de yeso o cera, y un esqueleto de lo que alguna vez fue un fénix, pero más grande de lo que existían ahora.
—Era un fénix de agua —escuché decir a Hermione cerca de mí, llevando en la mano dos ticket que me hicieron sonrojar, pues no sabía que había que pagar boletos para entrar, pero ella simplemente negó con una sonrisa, guardándolos en su pequeño bolso, y miró de nuevo el esqueleto, dispuesta a continuar con su explicación— Algunos dicen que no solo existían fénix del tamaño que nosotros conocemos, sino que había otros más grandes y que no se volvían cenizas al morir, sino que desaparecían en el aire para resucitar en el agua, algo que nadie cree todavía, pues no está comprobado, claro, pero que al crecer eran más grandes que en su vida anterior, como este ejemplo, y tenía por aliento un fuego helado de color azul, como el agua y el aire juntos. Es interesante, ¿verdad?
—Ya lo creo —dije y sonreí mirando todavía aquella extraña escultura.
Levanté la mirada y me di cuenta de que el alto techo igual estaba cubierto de arte, de una bella pintura que me hizo caminar en círculos para poder verla.
—Tienen una secuencia, Harry —interrumpió Hermione mi inspección, señalándome con un dedo al inicio de aquella pintura, que estaba justamente sobre la recepción.
Miré a donde cinco personas, tres hombre y dos mujeres, estaban parados en lo que parecía ser un campo de verde pasto, y lo que se miraba atrás de ellos eran dragones en diferentes tonos, uno negro que parecía ser el más grande de todos, extendiendo las alas para cubrir a un hombre que parecía ser el más grande de las cinco personas por su gran barba blanca, los otro cuatro dragones estaban pintados en diferentes colores, uno en verde, otro en rojo, uno en dorado y el último en azul.
—Merlín y los cuatro magos antiguos, que se dice que eran los mismos fundadores de Hogwarts, pero nadie lo sabe, sólo es una bella historia fantástica que habla de que no eran los únicos magos en ese tiempo, pero si los primeros en tener un maestro, pues Merlín los acogió al ver el alcance de sus poderes, y por eso esos dragones están pintados de acuerdo con los colores representativos de las casas.
—Vaya. Es extraño —dije rascándome la nuca, pues nunca había venido al museo y no sabía que existía otra historia además de la ya contada en libros sobre los fundadores.
—Lo es. Pero vamos, podemos recorrer las pinturas del techo mientras vemos lo demás —dijo y empezó a caminar hacia uno de los pasillos.
La seguí y seguí mirando al techo, pero todas las pinturas hablaban de las cinco personas, en diferentes situaciones o paisajes. Hermione de vez en cuando me hablaba sobre ellas o de lo que encontraba en su camino. Seguimos caminando hasta que me detuve en un pasillo en que lo único que se podía ver eran armaduras de algún metal mágico dijo mi amiga, donde la pintura del techo tenía la representación de los cuatro magos hablando con más personas, todas ellas parecían enojadas, donde la mujer del vestido azul abrazaba a la del vestido amarillo que parecía angustiada, intentando alejarla de aquella muchedumbre, y los dos hombres se colocaban delante de ellas.
—Gente sin magia temerosa de ellos —dijo Hermione con voz ausente— Se dice que de ahí nació el odio de Salazar Slytherin por los muggles o los nacidos de ellos, pero solo es un mito como todo lo demás, sólo querían hacer una representación de lo que ellos piensan que sucedió. El mito cuenta que Helga se quiso acercar para demostrarle que eran normales, que la magia no era mala, pero la atacaron, lanzándoles piedras que la hirieron y Rowena la protegió, al igual que Godric y Salazar.
—Salazar los odiaba —dije con el ceño fruncido— No tenía justificación para pregonar su odio hasta nuestros tiempos.
—Sí, lo sé. Pero habían herido a una de sus mejores amigas, la bondadosa Helga, dispuesta a todo aun después de ello —señaló la pintura— Las peleas continuaron —empezó a caminar, mirando todavía el techo, donde se veía a los cuatro magos rodeando una mesa, donde el único que estaba sentado era el mago mayor— Godric y Helga no culpaban a la gente sin magia, para ellos era simplemente temor a lo desconocido, además de que ya habían empezado a nacer magos entre ellos. Rowena se mantuvo neutral y Salazar protestó, pero Merlín al parecer apoyó a los dos primeros, diciendo que aquellas personas necesitaban maestros como ellos lo habían tenido.
Seguimos caminando hasta que hallamos una sala más o menos circular, donde tenían en el centro una vitrina de cristal con varios objetos.
—Son una réplica, claro, pero querían mostrar las últimas pertenencias de Merlín y sus cuatro magos —informó Hermione.
Me acerqué a la vitrina y miré lo que había dentro. Pude reconocer aquellos objetos, eran una copia exacta de lo que había profanado Voldemort para hacerse inmortal. Estaba el guardapelo y un anillo de Salazar Slytherin, la espada y un escudo de Godric Gyffindor, la diadema y un bello collar de Rowena Raveclaw y la copa y un broche de Helga Hufflepuff. Y en medio de todos ellos, en una posición más alta que el resto, estaba una varita que parecía ser de mármol con una empuñadura de madera lisa.
—La varita de Merlín —dije con asombro.
Miré otra vez al techo, donde, si seguía la secuencia correcta, aquella historia continuaba, con los mismos cinco magos, aunque esta vez los dos hombres que se suponen eran Godric y Salazar no estaban del mismo lado derecho del gran mago, sino que ahora Helga estaba al lado de Godric a su derecha y Salazar y Rowena a la izquierda, como si fueran una división dentro de esa amistad, pero todos mirando un terreno enorme con un bosque de fondo y un lago que lo atravesaba. Seguí mirando y al parecer el mago poderoso murió antes de que el castillo estuviera de pie, pues antes de que apareciera la estructura que ya conocía, los cuatro magos rodeaban lo que parecía ser un ataúd de piedra, donde estaba su maestro pareciendo más dormido que muerto.
Sentí el deja vu de la muerte de Dumblendore, con la misma barba blanca y larga.
—Hogwarts —dijo Hermione señalando la última pintura enorme que estaba justo en el centro, sobre la vitrina.
—Es maravillosa —elogié.
—Lo es, pero solo es un mito, Harry —señaló Hermione con un suspiro— Pero tienes razón, no deja de ser maravillosa.
—Nunca había venido al museo.
—No sé porque eso no me sorprende —burló ella con una enorme sonrisa.
—¿Como se llama este museo? —pregunté con mucho interés. Probablemente no era el único museo del centro de Inglaterra, pero había una enorme posibilidad de que fuera de las personas que me interesaban en este momento.
—Merlíniano —contestó y sentí mi corazón latir nervioso ante aquel nombre.
Era el museo de la familia Goldstein sin duda alguna, donde una vez al año, el veintiséis de julio celebraban el día de Merlín, el mismo día que hace varias décadas fueron abiertas las puertas de este museo.
—Es de la familia Goldstein, ¿verdad? —pregunté como si nada, caminando alrededor de la vitrina.
—Sí, creo que sí —dijo Hermione revisando su folleto, pero luego su mirada se levantó hacia a mí, con confusión.
—¿Por qué preguntas? ¿Cómo lo sabes? Dijiste que nunca habías venido.
—Lo leí en El Profeta y creo que me han llegado unas cuantas invitaciones para las celebraciones que hacen aquí y que nunca he abierto —dije de nuevo rascándome la cabeza.
El museo realizaba aquel evento del día de Merlín, así como el de Navidad, donde había sido invitado muchas veces, pero jamás había asistido porque los museos simplemente no me llamaban la atención, pero si hubiera sabido desde antes que Pansy se había casado con el heredero de los Goldstein, habría asistido sin dudar, sólo por la esperanza de verla.
—Pero ¿cómo sabes que es de los Golds…?
La pregunta fue interrumpida por una cantarina e infantil risa. Miramos a la derecha y una niña de rizos cabellos rebotando sobre sus hombros de acuerdo con su carrera apareció por el pasillo contrario de donde habíamos entrado. La nena se detuvo y al mirar aquellos lindos ojos verdes sentí mi corazón detenerse, por el milagro de verla y por qué quizá la persona que aparecería, cuyos tacones se escuchaban apresurados por el mismo pasillo, fuera la madre.
—Lizzie, por favor, no corras, puedes tropezar y herirte con algo —pidió una voz suave de mujer, pero no era la voz que había anhelado escuchar.
Apareció una chica muy joven de tez blanca y ojos azules, con el cabello amarrado en una apretada coleta en lo alto y una túnica roja.
—Lizzie, por favor, no corras así, si te llegara a pasar algo tus abuelos, tu madre… Merlín bendito, todos los jefes se me vendrían encima —dijo con la voz afligida, pero luego se giró para vernos— Buenas tardes, lamento la interrupción.
Tomó la mano de la niña y quiso llevársela, pero Lizzie me sonrió y se soltó de aquella mano, para correr hacia a mí.
—¡Lizzie! —gritó aquella señorita, pero la niña no hizo el intento de detenerse.
Me agaché antes de que llegara a mi lado y me sorprendí por aquel sonoro beso que le dio a mi mejilla, sonriéndome tan grande como podía. Sentí el impulso de tomarla en brazos y abrazarla, sintiendo una ternura al verla como nunca había sentido antes. Era una niña preciosa y muy amigable, y era hija de la mujer que más amaba. No pude detener mi sonrisa ante aquel rostro tan tierno y dulce.
—Hola, señor Potter, ¿a usted le gusta el museo? —preguntó de manera interesa.
—Me ha encantado.
—Perdón por eso, señor Potter —la rubia se acercó apresurada, con las mejillas ruborizadas y extendiendo la mano para que Lizzie la tomara.
—No se preocupe, ella y yo somos amigos —tranquilicé.
—Claro que sí, Caro —sonrió Lizzie y la chica asintió con una pequeña sonrisa, alejando la mano— A mí también me gusta este lugar, hay cosas muy bonitas, aunque no entiendo, y a mi mami igual. El museo es de mis abuelitos —dijo con entusiasmo, hablando rápido y en un tono muy alegre— ¿Ya vio la varita de Merlín? Mami dice que puede hacer grandes cosas, quizá traer de vuelta a los fénix de agua.
—Quizá tiene razón.
—Sí, pero mami dice que se necesita mucha magia para eso, y sólo Merlín tenía esa magia.
—Es una pena que ya no esté.
—Sí. Porque yo quería un fenix de agua y poder volar sobre él, la escoba me da miedo y aunque me gusta Tyr, me gustaría que tirara fuego azul por el pico —suspiró con lamentación, colocando un puchero en aquella boquita rosa.
Reí un poco y luego giré a ver a Hermione que había carraspeado con intención, preguntándome con la mirada que hacía ahí hablando con una niña. Lizzie giró a verla y abrió los ojos enormemente al ver aquel vientre.
—¡Un bebé! —gritó con entusiasmo, hasta colocarse delante de mi amiga, que la miró con duda, pero le sonrió— Van a tener un bebé, ¿puedo jugar con él cuando nazca?
—Claro que sí, bonita —contestó Hermione.
—Que bien, tendré más amigos. Seré amiga de su hijo, señor Potter —me dijo y Hermione empezó a reír con las mejillas rojas, mientras yo negaba con la cabeza, también divertido por su conclusión.
Me erguí por completo y en mi mente no pude evitar pensar que, si quisiera tener un hijo, lo tendría con Pansy, no con ninguna otra. Le daría hermanitos a Lizzie, todos los que ella quisiera para que jugara con ellos.
Negué nuevamente con la cabeza, primero tendría que conquistar a su madre antes de pensar en darle hermanitos.
—Lizzie, el bebé no va a ser mi hijo, es el hijo de ella con mi mejor amigo Ron —expliqué.
—Ah —fue todo lo que dijo— ¿aun así puedo jugar con él?
—Claro —respondió Hermione— ¿Como te llamas, linda?
—Elizabeth Goldstin Parkinson —dijo con orgullo y Hermione me miró con los ojos más abiertos, pareciendo alarmada sobre algo.
—Goldstein, Lizzie, y creo que es hora de irnos —dijo aquella rubia, acercándose de nuevo.
—Bien. Adiós, señor Potter, adiós señora con bebé —agitó la mano y Hermione volvió a sonreírle, pero esta vez de manera tensa. La miré mal, pues su opinión cambió al saber de quién era hija y me volví a colocar a la altura de Lizzie.
—Se llama Hermione —señalé a la castaña y la niña asintió con una sonrisa, dispuesta a dar una vuelta e irse, pero yo necesitaba saber dónde estaba su madre, tenía una gran oportunidad, una gran esperanza en forma de una pequeña niña adorable que se había acercado a mí solo para hablar, no podía permitirme desperdiciar esto—Lizzie, ¿Dónde está tu madre? —pregunté, tomando los diminutos y frágiles hombros entre mis manos, con la mayor delicadeza que poseía.
—Mami está trabajando allá arriba —dijo señalando el techo.
—¿Arriba?
—Sí, en las oficinas, el abuelito le está enseñando su trabajo —contestó.
—¿Tu mami trabajara aquí? —pregunté con urgencia y pude ver la ceja elevarse de aquella rubia, mirándome con extrañeza y recelo.
—Sí, a mami le gustó el museo y quiere trabajar aquí, igual a mí me gustó —dijo con una enorme sonrisa— Pero me voy, sino mami se enojará y tengo hambre —me dio otro beso en la mejilla y tomó la mano ofrecida de aquella joven que no dejaba de verme como si fuera un delincuente.
Me levanté y suspiré mirándola irse. Y me mentalicé antes de girarme y enfrentarme a Hermione, quien había cruzado los brazos sobre su abultado vientre mirándome con insistencia, exigiendo una respuesta inmediata a lo que había pasado hace algunos minutos.
—Por eso sabías que este museo era de los Goldstein —dijo acusatoriamente.
—10 puntos para Gryffindor —dije con una ligera sonrisa y ella se molestó, haciendo una mueca con los labios.
—No estoy para bromas, Harry —replicó con la ceja elevada— ¿Cómo conoces a la hija de Pansy Parkinson?
—La conocí hace casi quince días, les invité un helado a ella y a su madre, eso es todo —contesté, empezando a caminar al pasillo por donde habíamos llegado.
—¿Por qué lo hiciste, Harry? ¿Por qué preguntaste por su madre, por Parkinson? Tú nunca te llevaste bien con ella, al menos que…
Se quedó callada, deteniéndose por completo. Cerré los ojos, buscando un poco de paciencia en mi interior, y al abrirlos, ella me miraba con los ojos más abiertos si es que eso era posible, tapándose la boca, con una expresión de completa sorpresa. Me pasé una mano por el cabello y el rostro, sabiendo lo que pasaba por su mente y lo que diría a continuación. Pues Hermione no era tonta, era la bruja más inteligente de nuestra generación, capaz de recordar palabra a palabra libros leídos del primer año. Lo iba a descubrir tan fácil, además de que yo no pude contener mi interés por la madre de aquella niña tan linda, mi interés por Pansy, mis ganas de saber dónde estaba, sabiendo que me había aprovechado de la inocencia de una niña para que contestara mis dudas sin cuestionar nada.
—¿Era ella? ¿Era a Parkinson a quien salías a ver en las noches después…?
—Sí, Hermione, sí —dije con desesperación, viendo como aquella expresión de hace doce años volvía aparecer en su rostro, aquella expresión preocupada pues ella pensaba que estaba haciendo algo malo que no podía permitir— Y no, no dejare que te vuelvas a involucrar, no volveré a escuchar nada que tenga que ver con hacer lo correcto, de que debo tener cuidado, no si se trata de ella otra vez.
—Pero, Harry, ella es… ella fue…
—No me importa, Hermione, no quiero escucharlo, vale. Por esas palabras, por esas palabras que dijiste aquella noche que me cuestionaste a donde iba con el mapa y la capa, fue que la perdí, fue por lo que terminé casado con Ginevra, y no volverá a suceder, no volveré a escucharte o a cometer aquel error.
—Por Merlín, Harry, ella es Parkinson, quien gritó sin remordimiento alguno que te entregaran a Voldemort —dijo desesperada.
—¿Acaso la viste moverse para hacerlo? ¿Acaso viste las miradas que me daba o las sonrisas que me dedicaba, o lo besos o los abrazos cuando estuvimos juntos? ¿Acaso estuviste ahí cuando le dije que no podía estar con ella porque no era lo correcto, porque mi mejor amiga me metió eso en la cabeza? —acusé sintiendo como las lágrimas me ardían y mi voz sonaba ahogada, pero con un terrible enojo en él— ¿Acaso me viste ir a buscarla cuando se comprometió con Nott, o cuando después de la guerra le confesé que la amaba y ella dijo lo mismo? No, no estuviste, no sabes lo que sentí, lo que sintió, la manera en cómo le dije adiós, lo que hice después para olvidarla, casándome con una mujer que me está haciendo la vida imposible al poner a toda su familia en mi contra, cuando no tiene ni idea de que renuncié a la chica que más amaba por ella, por su familia, porque ella era lo correcto en este maldito mundo por el que arriesgué mi cuello sin recibir nada a cambio más que dolor, lo que mi mejor amiga pensaba que debía hacer al terminar la guerra.
—Harry…
—Simplemente no, Hermione, no volveré a dejarla ir. No cuando la vida me está dando una tregua, una oportunidad para remediarlo todo —juré volviendo a caminar, escuchando sus pasos apresurados atrás de mí.
—¡Harry, espera! —pidió.
Me detuve en las puertas giratoria, afuera del museo, mirando aquellos escalones, pues a pesar de que estuviera enojado con Hermione, no podría hacerla bajar sin ayuda, no en su estado. Ella llegó a mi lado y colocó una mano sobre mi hombro.
—Harry…
—No quiero escucharte —corté lo que podría ser otro maravilloso consejo de su boca, que no estaba dispuesto a soportar.
—¿De verdad la amabas? —preguntó con cautela.
—No he dejado de hacerlo, Hermione, desde que salimos de Hogwarts —confesé con un suspiro, mirando el cielo que poco a poco se volvía gris— Era ya novio de Ginevra cuando la busqué de nuevo, la besé con desesperación, la abracé con las ganas de no dejarla ir, con la loca idea de llevármela lejos y no mirar atrás, olvidarme de todos. Pero Ginevra estaba ahí, esperándome como siempre lo había hecho, dispuesta enfrentar mortífagos, maleficios y hasta la muerte por mí, y tú y Ron y la familia Weasley también estaban ahí. Siempre habían estado, y eso era lo que se suponía que tenía que hacer, estar con ustedes.
—¿Nunca quisiste a Ginny? —dijo como si estuviera triste, quizá por mí o quizá por la pelirroja.
—Lo hice, quise a Ginny, no pude amarla, pero la quise mucho. Estaba dispuesto a tener una familia con ella, a respetarla, cuidarla, protegerla, pero no pude hacerlo, todo de mí anhelaba a alguien más y por más que me esforzaba no pude hacer nada contra ello y Ginevra se dio cuenta, por eso nos divorciamos, le dijo a todo el mundo que le había sido infiel y que sólo jugué con sus sentimientos.
—Lo lamento, Harry, si me hubieras dicho que la amabas…
—No, Hermione, si te hubiera dicho quién era, hubieras opinado lo mismo, me habrías convencido de alejarme porque pensarías que era peligroso y todas esas cosas de hacer lo correcto, el bien…
—Sí, tienes razón, lo hubiera dicho —dijo Hermione a la fuerza, sonrojándose— Pero, ya han pasado diez años, Harry, ella ya tiene una hija y un esposo…
—Es viuda, y sí, sé que Lizzie está, ¿pero la has visto? Es preciosa, tan inteligente y habladora, también muy inquieta. Sé que puede que Pansy ya no me quiera, pero haré hasta lo imposible para que vuelva a ser así, porque la amo, Hermione, y merezco y tengo el derecho de ser feliz con la mujer que amo —declaré.
—Lo tienes, Harry, aunque de verdad me sorprende que sea ella, nunca la soportaste —dijo empezando a bajar los escalones y yo apoyé su mano en mi brazo, haciéndola sonreír y respirar con tranquilidad.
—Hasta que la conocí de verdad. Era terca, caprichosa, soberbia y presumida, pero era encantadora cuando se mostraba tal cual era, con un humor oscuro, malicioso y sarcástico, pero sonreía bonito y miraba precioso. Me enamoré al poco tiempo, quería aquella serpiente venenosa, capaz de burlarse de todos, de mí, haciéndome bromas y luego contentándome con abrazos y besos como si no hubiera sido su intención —dije recordando aquellas noches donde nos veíamos a escondidas. Hermione me miró con una sonrisa tierna, apretando su mano en mi brazo y mirándome como una madre. Me sonrojé y miré a los escalones, para continuar hablando después de carraspear incomodo— Y ahora está bellísima, aquella chica de Hogwarts desapareció para dar paso a una mujer elegante, imponente y tranquila, una madre maravillosa, aunque solo la vi con Lizzie media hora, es impactante de verdad. No pude evitarlo, no pude negarme a amarla de nuevo y con más fuerza.
—Ahora sé cómo luce un Harry enamorado de verdad —dijo cuando llegamos al pie de los escalones.
Sus brazos me jalaron para un abrazo y yo le devolví el apretón. La escuché murmurar un par de cosas y luego un sollozo, que me hizo alejarla para verla a la cara.
—¿Qué pasa? —pregunté preocupado.
—Es que lo siento tanto, Harry, no debí decirte nada, quizá sino lo hubiera hecho, desde hace tiempo hubieras sido feliz con ella —dijo con la voz ahogada, y un par de lágrimas cayeron a sus mejillas.
—No, no, no, Hermione, vale, que fueron tus palabras las que me hicieron dudar, pero fue mi propia culpa, mi inseguridad y cobardía quien me alejó de ella, no quería perder a nadie y sentí que si seguía con ella podría perderlos a todos y… fui un cobarde, tuve miedo y por tener miedo a quedarme solo, la perdí a ella.
—Pero me siento tan culpable, Harry.
—Tú solo hiciste lo que creíste era correcto. Fui yo quien tuvo la culpa y quien debe solucionarlo, aunque puede que ella nunca me lo perdone.
—Lo lograras, estoy segura, eres Harry Potter y nada puede contigo —aseguró con una tierna sonrisa.
—Eso espero.
Ella se limpió las lágrimas y yo le sonreí tomando su mano. Volvimos a caminar para cruzar la calle, en un silencio cómodo. Ahora pensaba en la información que me había dado Lizzie. Pansy trabajaría en el museo, y por lo que había dicho la niña, al parecer su abuelo le estaba enseñando, entonces Pansy pasaría a ser la directora de los museos Goldstein, pues por lo que había leído en los diarios, ese lugar siempre le había pertenecido a David Goldstein y a su esposa Aranza.
Eso era algo bueno, muy bueno, pues ya sabía que Pansy no se iría de Inglaterra y sabía dónde trabajaría de ahora en adelante. Ya tenía por donde iniciar, así que, de ahora en adelante, me conocería el museo de pies a cabeza, hasta que pudiera hablar con ella y pedirle una cita.
Sólo eso, una cita. Por el momento, claro. Porque mi plan maestro era que se quedara para siempre conmigo.
Hola. Aquí actualizando este. La verdad es que no tenía previsto que se alargara, pero las ideas fluyen, así que ahí va. No será tan largo, eso espero.
Nos leemos luego.
By. Cascabelita
