Capítulo 7
Había decidido que, en vez de buscar un empleo en algún bufete, empezaría a hacerme cargo de los negocios de la familia Goldstein. No pude evitar pensar en los negocios de los Parkinson, igual me hubiera gustado rescatar aquellos laboratorios experimentales, pero todo se fue a la bancarrota después de la guerra, así que no había nada que rescatar; pero con lo de los Goldstein tenía mucho material, al fin de cuentas, como había dicho David y había concordado Aranza, ese era el patrimonio de mi hija, algo que pasaría a sus manos y que debería ser manejada por mí para ella. Los padres de Anthony habían mantenido la esperanza de que algún día su hijo decidiría bajarse de la escoba y tomara las riendas del negocio familiar, hasta haciéndole ligeras amenazas para que lo hiciera más pronto que tarde, donde ya había sido instruido por su propio padre.
—Jamás sucederá ahora —dijo con lágrimas en los ojos Aranza, pero luego sonrió al ver aparecer a Lizzie corriendo por el pasillo.
Tuve que tragarme los sentimientos al ver aquellos rostros sonreír con tristeza, pues desde Anthony, ellos realmente habían cambiado. La muerte de su hijo les suavizó el carácter y eso me parecería bueno si no fuera porque sabía que realmente era cansancio lo que sentían, como una resignación ante todo y una nostalgia cada vez más profunda. Hasta cierto punto podía entenderlos, a veces yo me sentía sola y desesperada al no tener a Anthony, a pesar de como terminaron las cosas entre nosotros, datos que su familia no conocía pues jamás pensaba contarles, ni a ellos ni a Lizzie, que estábamos a un paso del divorcio, pero lo quería y lo necesitaba por nuestra hija, me dolía su ausencia cada día; pero sabía que, si yo perdiera a Lizzie, me volvería loca de dolor.
—¿Entonces lo harás, Pansy? —preguntó David refiriéndose a que tomara las riendas de su negocio.
Lo pensé por un par de segundos más, mirando aquel rostro que parecía haberle caído veinte años encima desde que Anthony se fue.
—Lo hare. Es momento de estar ya en Inglaterra, estaremos cerca de ustedes y de mis amigos que son como mi familia —contesté mirando con una sonrisa el rostro de mi hija mientras le hablaba de quien sabe de qué cosa a su abuela, sentada en su regazo, y Aranza sólo la sostenía y sonreía asintiendo y besándole las mejillas.
Lizzie era la vida ahora de ellos.
Los Goldstein tenían una empresa de importación y exportación de piezas de artes, así como un gran museo de arte contemporáneo en Inglaterra y uno de arte moderno en París. Nunca había pensado en trabajar en un museo, pero en realidad la idea no me desagradaba, encontrándola interesante hasta cierto punto. Sería un nuevo giro en mi vida, pero por Lizzie estaba muy dispuesta a tomar todos los cambios, además, si no me satisfacía, los señores Goldstein dijeron que podía dejarlo, y ellos encontrarían a alguien más para ocupar el puesto. No estaba obligada a nada en realidad, pero quería apoyarlos lo más que pudiera.
David me asesoraría durante los primeros meses, hasta que estuviera satisfecho y seguro de mi desempeño, y luego se iría con Aranza a una propiedad en Grecia durante algunos años, intentando superar lo de Anthony, llorarle y consolarse mutuamente. Y eso me parecía bien, pues a pesar de los meses, parecían aun cargar con ello encima, pero me juraron que estarían muy al pendiente de mí y de Lizzie, por si necesitábamos de ellos, pues tampoco querían dejar de ver a su nieta por largo tiempo.
Los primeros meses fueron tensos. Era un cambio demasiado grande para mí. Pasé de estar encerrada en una oficina con montones y montones de papeles, pisando tribunales para defender a clientes, haciendo contratos para empresas multimillonarias o simplemente estar rescatando seguros bancarios o resolviendo problemas de separación de bienes en un matrimonio fracasado; a estar encerrada en una oficina mucho más espaciosa que antes, de paredes blancas y una completa de cristal que me daba una vista al corredor central del museo donde veía a los visitantes entrar, llena de lindos cuadros en tonos sepia y rojizos apagados, con el olor de café o té recién hechos, plantas naturales y papeles que firmar para recibir o enviar objetos. Y no podía olvidar la calidez, había más contacto humano, más comunicación, más conversaciones y apoyo de personal, tan diferente a mi antiguo trabajo.
Me gustó y mucho.
David me presentó a sus colaboradores, prestadores y compañeros, así como a los representantes de otros museos, como de Norteamérica, Sudamérica, Asía y Australia; a sus exploradores, negociadores y clientes habituales, así como me habló de los artistas de su museo de arte moderno, a quienes apoyaba con las exposiciones, recursos o la compraventa de sus cuadros, pero que todavía no me presentaría, hasta que fuéramos a París. Igual me informó de los eventos que se realizan en el museo, tanto en el de Inglaterra como de París, eventos como el del día de Merlín en Inglaterra, donde traían, para mi sorpresa, algunos cuadros desde Hogwarts, y más de los fundadores, aunque aún no se sabía con certeza si realmente fueron estudiantes del mismo mago Merlín, prestándolos al museo a cambio de una pequeña bonificación que se iba al sistema becario de la escuela; el evento de Navidad, llevado a cabo solo en Inglaterra, o el Solsticio de Primavera que era en el de París, el primero se realizaba media noche y el segundo al medio día, donde los rayos del sol entraban de lleno en el salón del museo como un homenaje a las buenas vibras para el año. Eventos que requerían de largos meses de preparación, tanto para enviar invitaciones a las personas más importantes y famosas del entorno, como decoración y cena, así como procurar que los cuadros, objetos o esculturas no fueran repetidos al menos por tres años consecutivos.
Era toda una faena que tuve que memorizar y aprenderme al pie de la letra, sabiendo que como representante de este negocio tenía que estar involucrada en todo. Conocer de libros antiguos, pinturas, fotografías, objetos valiosos y esculturas, cosa que siempre me había gustado, pero que no le daba la debida importancia que debía tener ahora.
Pero, aun así, con todo el trabajo que sabía que tendría encima, me gusto aquel movimiento del museo, la seriedad y pasión que algunos tenían por todas cosas que para otros carecerían de atractivo, haciendo que hasta en mí naciera esa llama de cariño por ello, y más al saber que sería algo destinado a mi Lizzie, quien visitaba seguido el museo de mi mano o con sus abuelos, hablándole de la historia detrás de cada objeto y Lizzie parecía fascinada, atraída por todo aquello, haciendo que sonrisas tiernas y nostálgica nacieran en los labios de los señores Goldstein, diciéndome que así era Anthony, que ese rostro serio y de atracción ponía su hijo a su edad, cuando lo llevaron por primera vez ahí.
También los que trabajaban en el museo y que llevaban más años laborando ahí y que conocieron a Anthony de niño, llegaron a apreciarla apenas conociéndola, felices de ver que la familia Goldstein seguiría. Siempre había alguien cuidándola o dándole recorridos, dejándola jugar con folletos o papeles viejos, para que ella no se aburriera mientras yo me esforzaba por aprender los más rápido que se pudiera sobre aquel trabajo, para que cuando ella volviera a la oficina pudiera atenderla, escuchando de aquella boca que volvía a estar parlanchina, como antes de lo de Anthony, entreteniéndome con sus juegos y sus palabras acerca de todo lo que veía en el museo, pidiendo ya se a mí o a su abuelo historias sobre los diversos objetos, cosa que complacía a David, viendo en ella ese interés por lo antiguo, lo cual era su pasión desde que era niño. Y a mí me gustaba verla de nuevo así, tan activa y traviesa, superando poco a poco la muerte de su padre, aunque seguía llorando cuando veía una foto de él o veía su ropa u objetos que le pertenecieron, en esos momentos se abrazaba a mí o a sus abuelos diciendo que lo extrañaba tanto.
Pero no podía pedirle más a Lizzie, más de lo que estaba luchando para superarlo a su ritmo, ella se estaba sanando y yo procuraba que no se desviara o retrocediera en ese camino, así que cuando empezaba a hablar, procuraba aclarar todas sus dudas o contarle historias censuradas sobre lo que veía, y eso estaba bien, hasta que regresó un día a la oficina con una enorme sonrisa diciendo que había visto a Harry Potter.
—¿Qué dijiste, cielo? —pregunté con cautela, mirando a la secretaria de David quien asintió en silencio, encogiéndose de hombros. Le sonreí, agradeciéndole por haberla cuidado, y le pedí que se retirara, lo cual hizo cerrando la puerta atrás de ella.
—Al señor Potter también le gusta el museo —contestó como si nada.
—¿Dónde lo viste?
—En el salón donde está la varita de Merlín, me dijo que le había gustado el lugar y yo le dije que era de mis abuelitos.
—¿Te dijo algo más? —pregunté suavemente y ella lo pensó, antes de negar.
—No… oh, sí, me dijo que la señora con el bebé adentro no era su hijo, pero me dijo que sí podía jugar con él —me contó con una enorme sonrisa, mirándome con ojitos realmente brillantes. Suspiré discretamente cuando terminó de contármelo, pues sabía que él no le había dicho nada a Lizzie— Mami, quiero un bebé, quiero jugar con un bebé.
—Mi cielo, un bebé no es para jugar, son muy chiquitos y frágiles.
—Pero la señora del bebé me dijo que podía jugar con él —refunfuñó cruzando los brazos.
Aunque de nuevo me gustara ver que estaba volviendo ser la de antes, con esos instantes de reclamos, pucheros y berrinches, sabía que era algo difícil que aceptara un no por respuesta cuando se entercaba por algo.
—Bueno, sí, pero son muy chiquitos, de hecho, no les gusta jugar —dije con paciencia— Además, ¿Quién es la señora del bebé? —pregunté con interés.
—Her… Hemion —dijo con dificultad, arrugando la frente— No recuerdo bien.
Hermione Granger, pensé con irritabilidad. Claro, sólo ella podría traer a Potter a un museo como parte de un paseo entre amigos. Y manteniendo la esperanza de que Potter no volvería a pisar un lugar como el museo, pues ni siquiera en sueños quería encontrármelo, retomé mis actividades por ese día, dejando a Lizzie con unos pergaminos para que dibujara. Aun así, no pude evitar pensar en él y en las intenciones que tuvo o tiene con aquella invitación y su firme declaración el día del helado, como si con eso pudiera conseguir algo de mí. Definitivamente no volvería a estar, ni siquiera como amigos, con alguien a quien definitivamente le importaba más el que dirán que yo. Con alguien que piensa que estar conmigo es incorrecto.
Pasando los días y olvidándome del encuentro de mi hija con Potter, me llegó a gustar más aquel lugar que mi antigua oficina, prefiriendo más el trabajo tranquilo y estable, con su aroma a antigüedad y café, estar siempre preparada y dispuesta a todo lo que aconteciera, a los eventos, envíos o recibimientos de nuevos tesoros que yo admiraba antes de que pudieran ser exhibidos, sintiéndome privilegiada de ello, hasta el punto de que doné unas cuantas piezas de mi propia colección de la mansión Parkinson, cuadros que databan del siglo XV, que mi madre había tenido demasiado aprecio, pero yo no vi porque no hacerlo, era mejor que alguien los disfrutara a que quedaran encerrados en una mansión que no pensaba pisar en un futuro cercano.
De hecho, me hizo sentir bien la sonrisa de David y Aranza al verlos llegar a la oficina, donde les conté de que trataban y de que época, y no fue porque desconfiaran de mis palabras, pero igual un historiador y experto en pinturas revisó los cuadros para reconocer su autenticidad.
—Son auténticos y valiosos, señora Goldstein —dijo con una enorme sonrisa aquel señor de cabello canoso y una barba que parecía nieve suave y espesa— ¿Piensa venderlos…?
—Claro que no, señor Hall, ese en especial es de mi gusto —señalé el último cuadro que había revisado, de los únicos tres que había traído—, lo prestaré, los otros dos son donaciones de mi parte.
—Oh, es una maravilla entonces, serán apreciados por tantas personas y por mí principalmente —dijo con entusiasmo y Aranza soltó una risa ligera al escucharlo, dejando su taza de té sobre la madera, así como David miró con alegría a su viejo amigo, sentado atrás del escritorio— Los llevaré para que sean revisados y la semana que viene estarán en exhibición, una vez que los cuadros del Renacimiento sean enviados a Australia —nos contó, llamando a dos magos más para que los llevaran.
—Es una fantástica idea, Edward —asintió Aranza.
—Gracias, señora Goldstein, y más a usted, señora —dijo dirigiéndose a mí. Yo simplemente sonreí.
—Fue todo un placer. Y no se crea, tal vez haga más prestamos, tengo otras pinturas, pero mis antepasados se pusieron algo gritones cuando intenté descolgarlos y como no quería un dolor de cabeza, sólo quité esos, para ver si eran de su agrado —dije, encogiéndome de hombros.
—Son unos hermosos cuadros, Pansy, gracias por eso —dijo David orgulloso, asintiendo al igual que Aranza.
—Gracias.
—Ahora si me retiro, con su permiso, señores Goldstein —se despidió Edward haciendo una inclinación de cabeza.
Giré a verlos y suspiré satisfecha por lo que había hecho, y por la cara de mis suegros sabían que estaban igual de satisfecho. Caminé a la silla al lado de la de Aranza y agradecí la taza de té que me tendió, sonriendo con suavidad.
—Creo que es el momento, Aranza —dijo David de repente.
Elevé una ceja confundida y más al ver a Aranza asentir con una pequeña sonrisa nostálgica. Todas sus sonrisas eran así, algunas otras veces también eran cansadas.
—Pansy, has estado trabajando aquí durante cuatro meses, has hecho un trabajo impecable, apenas intercedo en tus decisiones o elecciones. Has sabido ganarte el respeto y la disponibilidad de los demás. Estoy satisfecho y seguro de la decisión que tomé al dejarte esto, así que no tengo dudas de que ya estás lista para tomar las riendas por completo.
Me quedé estática y muda ante la declaración de David. Sentí mis dedos tambalear la tacita de té, así que lo dejé sobre el escritorio. Creí sinceramente que al menos se quedarían unos seis meses o un año asesorándome.
—Pero, David…
—Pansy, estás más que preparada para esto, estamos tranquilos de la manera en cómo los estás manejando —interrumpió Aranza mi alegato.
—Pero creí que estarían más tiempo asesorándome. Además, se acerca el día de Merlín, apenas estamos con los preparativos, es un gran evento que no podré terminar de hacer sola —dije, como si con ello pudiera detenerlos otro mes.
—Sí piensas así es que no confías en tus capacidades como nosotros lo hacemos —negó David y luego sonrió con cansancio—Lo harás bien, estoy seguro, además, que más presión que esa quieres, Pansy, están llevándolo a cabo tu sola y si puedes con eso, podrás con todo.
—Sí, pero creí que tendría más tiempo para aprender —murmuré.
—Esa era la idea, pero Aranza y yo necesitamos irnos, Pansy. Anthony… —tragó con fuerza saliva David y miró un momento al cielo raso de la oficina, para luego bajar la mirada hacia nosotras con los ojos más brillantes— Necesitamos dejar un poco atrás esto, sólo es eso.
Asentí ante eso. Sabía que lo estaban pasando muy mal, que Lizzie, por mucho que la amaran, necesitaban más, estar solos. En unos días se cumpliría un año de la muerte de Anthony, y estaba segura de que ellos querrían llorarle a solas, no pretendiendo que Lizzie o yo los viéramos derrumbarse.
—Estaremos una chimenea de distancia, Pansy, procuraremos hablar con Lizzie todos los días y acudiremos si necesitas ayuda, cosa que dudamos, eres muy responsable y capaz de esto, prácticamente lo empezaste a manejar tú sola desde hace dos meses, y sólo te veíamos de lejos, así que… —pidió Aranza estirando una mano y David le alcanzó un pergamino— Aquí tienes, es tu título como directora de los museo Goldstein, tendrás derechos y como obligaciones, tomaras las decisiones finales al terminar de escuchar las opiniones de nuestros colaboradores. Eres nuestra representante y la que dirigirá de ahora en adelante la fortuna de Elizabeth Goldstein. Todo estará bien.
Acepté el papel y lo leí, donde los señores Goldstein me cedían por completo el poder sobre los museos, haciéndome directora definitivamente.
—Pero se acerca la fiesta del día de Merlín —dije como si eso fuera a detenerlos.
—Confiamos en ti, querida —aseguró Aranza tomando mi mano. La vi sonreír levemente y encogerse de hombros con un ligero suspiro— Cuando los comprometimos a ambos fue por tu posición social, a pesar de como terminó tu familia: eras una señorita de prestigio, de buenos modales y tradiciones, tan elegante, sofisticada y de buen nombre. Y cuando te vi regresar al salón, portando un anillo de compromiso, casi me da un infarto por la falta de preparación para ese momento, pero supe al verlos que se llevarían bien, que le encontrarían el lado bueno a este matrimonio y no me equivoqué.
Asentí con algo de culpa, no queriéndola contradecir, habíamos encontrado cosas buenas, pero igual muchos destrozos entre nosotros. Pero nos habíamos querido a pesar de todo.
—Nos dieron a lo mejor de nuestra vida ahora, nos diste un tesoro, Pansy, tenemos a Elizabeth, la adoramos más que a nada, y también estamos orgullosos de ti, de todo lo que lograste aun siendo una mujer casada, de ser madre y ser una profesional, y más cuando Anthony partió, por un momento pensamos que no podrías hacerlo sola y aunque hemos visto que es difícil para ti, has sabido sacar adelante a Lizzie, le has dado felicidad, la has consolado y has hecho lo mejor para ella. No podemos estar más que satisfechos y tranquilos al irnos, porque sabemos que lo harás muy bien.
—Gracias —murmuré y apreté aquella mano que no me soltaba. Aranza sonrió grande y me soltó— Sólo creí que no tomaría la dirección tan pronto.
—Lo harás bien. Me lo has demostrado ya —dijo David con voz tranquila.
—¿Cuándo se irán? —pregunté, sabiendo que si me cedían tan rápido la dirección era porque deseaban irse lo antes posible.
—En dos días. Mañana hablaremos con la junta y lo hare oficial, no creo que haya reparos en ello, ya todos te conocen y están igual de contentos, y con Lizzie ni se diga —me contó David con un suspiro satisfecho.
—Está bien. Gracias por la confianza —respondí con una sincera sonrisa, sintiendo aquella presión en mi cuello desaparecer.
Ellos confiaban en mí y sabía que podría hacerlo, y si no, tenía personas que me ayudarían o le pediría consejos a David. Todo estaría bien como ellos habían dicho. La junta fue al día siguiente. Las seis personas ahí reunidas no protestaron ante mi nombramiento, simplemente asintieron y me dieron la bienvenida una vez más, me ofrecieron su apoyo ante todo y su ayuda por cualquier imprevisto, y despidieron a los dueños con abrazos y sonrisas. Quedé definitivamente como la directora.
Al otro día de eso, los señores Goldstein partieron con muchos abrazos y besos de Lizzie, quien estaba triste, pero sonrió cuando le dijeron que le hablarían todos los días por la chimenea y que mandarían regalos para ella seguido. No estuvo completamente contenta, pero la dejó tranquila, despidiéndolos sin más que un ligero llanto que se le pasó con la promesa de una salida a tomar un helado en el centro, cerca del museo, y luego una visita a éste, donde yo trabajaría un rato y luego iríamos a casa de la familia Malfoy a cenar.
Ya en nuestra casa tendría que pensar quien la cuidaría ahora, pues desde que regresamos, hace siete meses yo lo había hecho al haber renunciado en Reims, mientras ella se recuperaba y adaptaba por completo a Inglaterra, y cuando inicié en el museo, Aranza lo hacía o alguien en el museo se ocupaba hasta que yo me desentendiera de algunos pendientes, pero ahora con este trabajo y no teniendo a sus abuelos para que la cuidaran, sabiendo que no podría llevarla todos los días al museo tendría que buscar a alguien para que lo hiciera.
—No es necesario, querida, nosotros podemos cuidar de ella. Astoria y yo lo haremos con mucho gusto —dijo Narcissa cuando se los comenté en la cena.
—No quisiera abusar, Lizzie podrá parecer un ángel, pero…
—Pero lo es —dijo Draco con una media sonrisa dirigida a mi hija que jugaba en el salón con Scorpius.
—Tomara clases junto a Scorpius y jugara con él hasta que vengas por ella, además, eso nos beneficia, Scorp a veces se siente tan solo —dijo Astoria, apoyando la idea de su suegra.
—¿De verdad no es un inconveniente? —pregunté.
—Por supuesto que no, más risas de niños le hará bien a esta casa —murmuró Narcissa.
—De acuerdo, si a ustedes les parece bien, aquí la dejare, prometo salir temprano…
—No te preocupes por eso —me cortó Draco— Ella estará bien, así que ni te mortifiques por la hora de llegada.
—De todos modos, lo hare. Siempre la extraño durante el trabajo y ella todavía tiene algunos ataques de llanto, no quisiera no estar ahí —suspiré mirándola.
—¿Aun continua así? —preguntó Astoria preocupada.
—Ya no son tan seguidos desde que nos mudamos, pero las pesadillas aún son recurrentes y los llantos de día remiten poco a poco —expliqué y ellos asintieron comprensibles.
—Sabremos manejarlo, pero aun así te avisaremos si llega a ocurrir —aseguró Narcissa, mirando la foto de Lucius Malfoy sobre la chimenea. Sabía que lo extrañaba, pero su esposo no saldría de Azkaban hasta dentro de cinco años, cuando cumpliera quince años de su condena.
—Se los agradecería tanto.
Al menos esa parte ya lo tenía cubierta, y sabía que, con los Malfoy, Lizzie estaría más que cuidada y consentida. Además, ella también necesitaba de la convivencia de otro niño y Scorpius y ella se llevaban de maravilla.
Todo estaría bien.
Suspiré y bebí más de mi té.
Hola. Espero que les haya gustado.
Estamos a una semana de volver a la escuela, bueno, al menos así es mi caso, pero ustedes son tan lindos que si me lo piden, les subo un nuevo capítulo el domingo, para que podamos volver a nuestra rutina con bueno ánimos, ¿les parece?
Nos leemos luego.
By. Cascabelita.
