Capítulo 8
Bajé las escaleras, con una Lizzie mucho más que feliz y entretenida agarrada de mi mano, más bien tiraba de ella, insistiendo en que casi corriera, mientras me hablaba sobre algo de princesas y príncipes, reyes y reinas, hablando sobre lo bonita que eran las princesas o lo fuerte y serios que se veían los príncipes, de lo altos y bonitos que eran también. Sonreí y pensé en el trabajo que tendría al regresar, pero ella estaba muy emocionada, diciendo que tenía que ver ya esos cuadros que le habían gustado tanto, y ver esa sonrisa bien valía la pena el trabajo de arriba. Era por eso que estaba luchando, luchaba para verla así todo el tiempo, con esos ojitos preciosos brillantes de alegría y no de lágrimas, por esa boca parlanchina y no solloza, por ese rostro feliz y no derrumbado.
Ya sabía de qué cuadros me hablaba, eran unos traídos desde España para el día de Merlín que se celebraría dentro de dos semanas, así que las cosas en el museo estaban algo aceleradas, pero era sábado y a pesar de todo, saldría temprano y en vez de llevar a Lizzie a la mansión Malfoy, preferí traerla al museo, sabiendo que le encantaría ver los nuevos tesoros y que iban colgar aquel mismo día. Eran pinturas representativas de la gran historia del Rey Arturo de Camelot, junto a su esposa Ginebra y aquel hijo que tuvo con Morgana, Mordred. La historia del Rey Arturo era apasionante, la leyenda artúrica, un pupilo del mago que se había hecho rey al sostener una espada sagrada. Habían llegado cuadros de aquella historia, así como de Sir Lancelot, Morgana, Merlín, y todos aquellos caballeros de la mesa redonda, como una réplica de aquella fantástica espada, que estaba en exhibición fuera de protecciones de cristal, colocada de manera que pareciera que aún estaba enterrada en una enorme piedra caliza, en medio de un salón circular con todos los cuadros rodeándolo.
—Es hermosa la reina y aquella mujer —dijo Lizzie girando otro pasillo— Tienen vestidos largos y esponjados y peinados muy altos, mami.
—Sí, Lizzie, pero con calma, sino tropezaras con algo y te lastimaras —dije intentando pararla un poco, pero, aunque disminuyó el paso, siguió caminando más rápido que de costumbre.
Al fin llegamos aquel salón y debía admitir que era mejor ver los cuadros ya exhibidos que en aquella recamara donde descansaban antes de ser colgados. Cada cuadro tenía su propia iluminación, haciendo parecer aquellos personajes como gigantes preciosos y eternos, pero encerrados dentro de un marco de oro, pero algunos sonreían con suavidad y los otros te veían con apacibilidad.
—Mira —insistió mi hija, señalándome la imagen de la esposa del Rey Arturo, la reina Ginebra.
—Es bella —dije admirándola también.
—Y ella también —señaló el cuadro a la derecha.
—Es la hermana de la reina Ginebra —dije sin añadir que era Morgana, con quien el Rey Arturo había engañado a su reina. Una mujer muy hermosa, pero maliciosa.
—¡Una princesa! —gritó con emoción, dando un aplauso y saltando para acercarse más. La inocencia de Lizzie no tenía limites, al nombrar la palabra reina de inmediato dedujo que su hermana sería una princesa— Es muy bonita. Quisiera ser una princesa, mami.
—Tú eres más bonita que ella, mi amor —dije poniéndome a su altura.
—Pero no soy una princesa —negó haciendo un pucherito.
—Yo cre…
—Yo creo que ya lo eres, Lizzie —una voz fuerte interrumpió lo que iba a decir.
Miré hacía el pasillo que daba a la entrada, viendo que Harry Potter se acercaba a pasos tranquilos y seguros, sonriendo con mucha suavidad. Me erguí y elevé una ceja por su presencia, pero delante de mi hija no me atrevería a reclamarle, Lizzie no tenía por qué escuchar las divagaciones de ese hombre.
—¡Señor, Potter! ¿Vino a ver a la reina y a la princesa? —preguntó con inocencia mi hija.
—Ya lo creo —contestó, clavando sus ojos en mí— A la reina y a la dulce princesa, Lizzie.
Desvié la mirada, cruzándome de brazos, sabiendo que su respuesta no fue precisamente a la inocente pregunta formulada por mi hija. Había querido decir otra cosa, demostrándomelo con aquella mirada que se clavaba en mis ojos como si quisiera leerme la mente a pura fuerza de voluntad.
—¿Qué haces aquí? —dije con los labios apretados, mirándolo de nuevo.
Lo vi encogerse de hombros y dar una vuelta mirando aquellos cuadros.
—Me gusta el museo —contestó como si nada, sonriendo de nuevo.
—Te lo dije, mami, al señor Potter le gusta el museo de los abuelitos —dijo Lizzie con dulzura.
—Sí, lo dijiste, mi cielo, pero creo que para estás altura el señor Potter ya lo conoce de pies a cabeza, viene casi todos los días —le contesté con suavidad, mirándolo de reojo.
Potter tuvo el buen tino sonrojarse, desviando ligeramente la mirada. Sonreí con ironía, cruzándome de brazos, si acaso él creía que no me daba cuenta de que venía casi todos los días al museo, donde vagaba a veces por horas enteras, caminando por pasillos que ya debía de conocer del piso al techo, sin pretender hacer nada más que mirar y mirar para todos lados, pero siempre rondando las escaleras que llevaban a las oficinas, donde se tenía restringido el paso a todo aquel que no perteneciera al museo.
Por supuesto que yo lo sabía, Caroline fue muy puntual en darme ese dato después de que viera mi interés cuando Lizzie me habló sobre su encuentro con él y Hermione Grager, quizá preocupada de que pretendieran hacerle algo a la heredera de los Goldstein, pues todos ahí conocían mi turbio pasado de sobra y temían por Lizzie. Tener una madre amiga de ex mortífagos no era algo muy bueno en realidad y si gritó que entregaran al chico que vivió a Voldemort era peor.
—Anda siempre por aquí, cuando nunca lo había hecho antes —me dijo con una ligera complicidad— No sé qué buscara, pero lo que sí sé, es que le preguntó a su hija por usted.
—Gracias, Caroline —dije, pensando de nuevo en las intenciones de Potter.
—Señora Parkinson —llamó de nuevo mi atención.
Asentí con una ligera sonrisa al escuchar mi apellido de antes. Le había pedido a los demás en la junta donde me nombraron directora que me llamaran por Parkinson, pues notaba una ligera confusión al dirigirse así a Aranza, además, Anthony ya no estaba, y aunque si él estuviera, aún así yo no iba a tener su apellido por mucho más tiempo, íbamos a divorciarnos después de todo. Ahora, ese apellido simplemente le pertenecía a Lizzie y mis suegros no se molestaron por ello, encontrándolo adecuado si así me sentía más cómoda.
—Si usted no lo quiere ver aquí, puedo pedirle a seguridad que lo saque —sugirió aquella muchacha y sonreí internamente al ver que no se deslumbraba por el título de salvador del mundo mágico.
—No, no hay pretexto para hacerlo, sólo viene a ver y además, es Harry Potter, eso no sería beneficioso para el museo —aplaqué y ella asintió aun algo azorada.
—Cómo usted diga, señora, me retiro.
—Gracias.
Fue así como me enteré y cuando sabía que andaba por aquí, procuraba no bajar para nada, conociendo ya las intenciones de Potter. Lo único que quería era abordarme como aquella vez en el Callejón Diagon, pero aquella vez me tomó algo desequilibrada por todo, por el estado de ánimo de Lizzie y su repentina aparición, pero ahora ya estaba más que preparada.
—¡Oh! ¿Le gusta mucho? —le preguntó Lizzie con una sonrisa, regresándome al presente.
—Sí, me gusta demasiado, creo que estoy enamorado… de este lugar.
Una intensa mirada de color verde se clavó en mis ojos, haciendo que mi corazón latiera más rápido antes de que pudiera controlarlo.
Abrí la boca de manera indignada, porque aquel torpe ser sonrojado pasó rápidamente a un descarado hombre haciendo una declaración de esa magnitud delante de mi propia hija. No tenía ni una pizca de vergüenza, hablándome como si nunca hubiera sucedido nada entre nosotros. Era un completo descarado. Si estuviéramos solos ya hubiera sacado mi varita para hechizarlo por esa lengua tan floja, pero con Lizzie ahí no podía hacer nada.
—¿Qué? —dije con los dientes apretados.
—Que estoy enamorado —contestó con confianza, mirándome con más determinación y dando un paso hacía mí.
—¡Vaya! Ahora sí, ¿no? —dije con una sonrisa irónica— Tal vez no sea bueno que se enamore. Eso no es correcto, señor Potter.
—No me importa si es correcto o no, quiero estar aquí —declaró y dio un paso más.
—Con lo incorrecto.
—Con lo perfecto.
Sentí un tamborileo en mi pecho, mi sangre zumbado con más intensidad y un estado en blanco en mi mente, antes de recobrarme por completo. No podía permitir que mis emociones tomaran el control de mi cuerpo.
Lo quedé viendo con rencor, pensando que hubiera dado lo que fuera hace años por esas palabras, por esa bendita declaración, pero ahora ya no, ahora no me importaba porque no cambiaba nada, ya no me servía, lo esperaba hace tiempo, no ahora. Negué con la cabeza y miré a mi hija que parecía confundida viéndonos. La tomé en brazos y la coloqué sobre mi cadera. Ahora menos que nunca daría algo por esas palabras, porque si las hubiera dicho antes yo no tendría a Lizzie y ahora no me imagino me vida sin ella, y sin él era muy fácil pensarlo, pues me había obsequiado su ausencia hasta que hice de ello mi costumbre y mi destino.
Harry Potter se podía ir al demonio.
—Vámonos, Lizzie —dije dándome la vuelta, empezando a caminar por dónde venimos, para ir directo a las escaleras que nos llevarían a las oficinas.
—Espera, Pansy, por favor —pidió la voz de Potter con urgencia.
—¡No! No quiero hablar contigo —atajé de golpe, siguiendo con paso apresurados.
Las escaleras no quedaban muy lejos y sabía que Potter nos seguiría hasta ahí.
—Pansy, por favor, quiero hablar contigo —habló de nuevo, caminando a mi lado, tan apresurado como yo.
—Y yo dije que no, Potter.
—Pero…
—¡Basta! —exigí y él se quedó callado.
Abrí la puerta verde que me daba acceso a las escaleras, dejándome pasar apenas reconoció mi magia.
—Adiós, señor Potter —escuché decir a Lizzie antes de que las puertas se cerraran.
Llegué a mi oficina en silencio, apretando con más fuerza el cuerpo de Lizzie, sin siquiera atender a la voz de Caroline preguntando si todo estaba bien. Me senté el sofá rojo oscuro que había ahí y senté a mi hija en mi regazo, tratando de tranquilizarme. Luchando para dejar de repetir aquellas palabras en mi mente. Potter no tenía derecho a perturbarme de esta manera, de afectar mis nervios y cabeza así. No debía hacerlo y yo no podía permitírselo. Él ya no era nadie para tener ese poder, y yo ya no era la de antes para que eso me afectara.
—Mami, ¿estás bien? —preguntó Lizzie, colocando una pequeña mano sobre mi mejilla.
—Sí, lo estoy, mi amor —dije abrazándola contra mi pecho y besándole el cabello.
—¿El señor Potter te hace enojar? —preguntó, levantando la cara para verme.
—Un poco, sí, nada de gravedad.
—Él es divertido, me cae bien, como tío Draco —me dijo con una sonrisa— No te enojes con él.
—Que tío Draco no te escuche decir eso —dije con una media sonrisa por la cara que pondría Draco al escuchar a su princesa decir eso.
—Pero no te enojes con el señor Potter, él es bueno, por favor, mami —pidió con la voz dulce y no tenía ni idea en que momento Potter se había ganado el cariño de mi hija, hasta el punto de que ella lo defendía.
—Anda, te daré unas cosas para que dibujes y luego nos iremos a casa —dije colocándola de pie delante de mí, acomodando su cabello mientras ella asentía.
—¿Tomaremos el té al llegar?
—Claro, Draco acaba de enviar galletas para ti.
Ella sonrió enormemente, le besé la frente y caminamos al escritorio, donde se sentó en una de las sillas y yo tomé mi lugar para continuar con la preparación del evento y ella empezaba dibujar sobre un viejo folleto del museo.
Me concentré en el trabajo, enterrando a Potter en mi mente para que no me distrajera. Quería no hacer caso de sus palabras, de sus declaraciones, de aquellas acciones para verme. Era demasiado lo que estaba haciendo, era absurdo lo que intentaba. Había pasado tanto tiempo, era demasiado tarde y él debía verlo, debía saberlo ya. Prometimos dejarnos para siempre después de aquel te amo por demás deseado, porque no cabíamos juntos, no podíamos estar juntos porque él así lo decidió, no yo, sino él, él y ahora pretendía estar conmigo.
Pasó una semana más y ese lunes serían enviadas las invitaciones a las múltiples celebridades para aquel evento. Estaba nerviosa, demasiado nerviosa, este sería el primer evento no organizado por David y Aranza Goldstein y tenía miedo de que fuera un fracaso, que a nadie le gustara, arruinaría por completo la imagen del museo y sería enteramente mi culpa. No quería decepcionar a los abuelos de Lizzie, quería que todo fuera perfecto, así que en cada momento revisaba minuciosamente los detalles, repasando el protocolo y el orden que llevaría el evento. Verificaba con Caroline la decoración, contratación del servicio del banquete y meseros, mesas y sillas, así como entretenimiento y recuerdos para los invitados. Oh, el discurso, no podía olvidar el discurso que tenía que dar como directora del museo, y para eso había tenido que hablar con David, para que me diera su opinión sobre lo que había escrito y también para que viera lo que tenía hecho para el evento.
—Todo marcha bien, Pansy —me dijo con una amable sonrisa a través de la chimenea, después de terminar de leer lo que había escrito y escuchara de mi parte todo lo que tenía ya preparado para esa noche.
—¿De verdad? No quiero hacerlo mal.
—Todo va perfecto, Pansy, cree en ti —escuché la voz de Aranza y su rostro se unió al lado de su esposo.
—Creo que ustedes lo hubieran hecho mejor, como todos estos años —dije y ellos sonrieron.
—Creo que tú le darás un nuevo aire, Pansy —habló David con confianza— El cambio es bueno en realidad, todo será más fresco, renovado, eso es lo que necesita el museo, así como Elizabeth lo hará cuando sea su turno.
—Nuestra era ya acabó, querida, empieza el tuyo —dijo Aranza con una enorme sonrisa.
—Está bien, hare todo lo posible porque sea perfecto.
—Lo sabemos y lo será, estamos seguros —dijo David.
Asentí y luego ellos pidieron hablar con Lizzie, a quien llamé al salón. Ella se quedó charlando, hasta que sus abuelos la despidieron casi una hora después, con miles de besos en el aire y la promesa de verla pronto.
Aquel lunes, antes de la hora de la comida, a mi despacho llegó Grace, la jefa de Relaciones Publicas para mostrarme la lista de los invitados. Pude ver un total de cien personas en el evento, desde el ministro ingles hasta el de Francia, así como jugadores famosos de quidditch, encontrándome con los nombres de algunos de los antiguos compañeros de mi esposo, que de seguro estarían encantados de ver de nuevo a Lizzie; la lista seguía con nombres importantes, como el de la directora de Hogwarts y el jefe de San Mungo, así como algunos miembros de familias de elite, y donde me tomé la libertad de invitar a mis amigos, cosa que los Goldstein ya hacían, sólo que los Malfoy no asistían por el asunto de Lucius en Azkaban, para evitar las habladurías, pero que ha pedido mío lo harían este año, los Nott siempre se presentaban y a Blaise en Italia no le gustaba viajar, pero como ahora el evento era dirigido por mí me envió su confirmación de inmediato, al igual que Millicent.
Seguí revisando hasta que me encontré con nombres que definitivamente no me agradaban mucho, como de algunos de mis antiguos compañero de Hogwarts: como Cho Chang, que se volvió una famosa Inefable, Luna Lovegood quien era una investigadora de criaturas mágicas, ganando ya varios premios al presentar nuevas especies junto a su esposo, así como al trío dorado.
—¿Hermione Granger, Ron Weasley y Harry Potter? —pregunté con asombro, mirando a la mujer de cabello castaño claro, quien me devolvió una mirada divertida.
—Son héroes de guerra —explicó encogiéndose de hombros y riendo suavemente por mi cara.
Grace, al igual que Caroline, eran las que más me habían apoyado y ayudado con mi nuevo rol. Caroline era unos años más joven que yo, pero muy inteligente y eficaz, hasta el punto de que David, cuando sucedió lo de Anthony hace un año, dejó prácticamente el museo en sus manos de manera temporal y ella había cumplido bien sus funciones, claro, con la colaboración de todo el personal. Y Grace era quizá unos años mayor, pero no tanto, la diferencia era casi nula, y ya llevaba ocho años laborando como jefa de relaciones públicas aquí. Era joven y muy guapa, tenía el cabello negro hasta los hombros, más corto que el mío que ya estaba más debajo de mis hombros, y no de manera lisa, sino más bien como un boho a la altura de la barbilla y más corto en la parte de atrás del cuello, y un flequillo que llegaba hasta casi tapar sus ojos verdes aceituna. Era una mujer muy sagaz, con una elegancia y soberbia para hacer las cosas, directa, fuerte e imperturbable, y muy intimidante, ella podía con todo.
—Pero no te creas, Pansy, ellos no vienen —dijo muy segura— Siempre enviamos las invitaciones por cortesía, pero más descorteses son ellos al no venir.
—¿Por qué siguen haciéndolo entonces? Ya hace mucho que la guerra terminó —pregunté, tomando una pluma para tachar aquellos nombres. Pero una delgada y blanca mano me detuvo.
—Siguen siendo héroes y famosos —declaró y luego rodó los ojos fastidiada, quizá también estaba de acuerdo conmigo— Nosotros cumplimos con esta parte del protocolo, si ellos no asisten no es nuestro problema. Además, hace unos meses, antes de la llegada de ustedes, Hermione Granger pidió un guía para recorrer todo el museo y quedó encantada, desde entontes ha venido unas tres veces, y hemos visto mucho a Harry Potter aquí, por no decir que todos los días, es más, si bajamos seguro está ahí —quise mantenerme impasible con semejante palabras, sabiendo que probablemente eran acertadas, pero no dije nada y ella continuó— Como sea, tal vez este año si se animen.
—Ojalá que no —murmuré y seguí bajando la vista por aquellos nombres, para luego poner mi firma en la lista, estando de acuerdo con aquellos invitados, para que ésta misma fuera usada en las invitaciones.
—Yo creo que sí, al menos Harry Potter lo hará —terció y levanté la vista ante aquel tono de voz, encontrándome con una mirada maliciosa y una sonrisa de medio lado. Si no supiera que ella estudió en Beauxbatons, pues su familia se había mudado en aquel entonces a Francia siendo tan inglesa como yo, pensaría que era una serpiente de cepa.
—¿Así? ¿Por qué crees que ahora si asistirá? —pregunté con poco interés.
—Por nada. Sólo que Harry Potter ronda el museo desde que entraste a trabajar, una casualidad quizá, pero sus visitas son demasiado frecuentes, además de que no sale del salón que está más cerca de las escaleras que traen aquí, como si esperara a alguien —me dio una mirada que podría competir con la de un águila.
Pero si está mujer parecía una serpiente, yo no parecía, yo era una serpiente de cepa, medula y sangre. Así que en mi juego nadie me ganaba.
Le demostré que aquello me tenía sin cuidado.
—Quien sabe, tal vez si le gusta mucho el museo —usé aquella tonta excusa que mi hija en su inocencia había creído de aquel pelado.
—Muy repentino, ¿no? ¿y por qué el mismo salón?
—¿Qué voy a saber? Traumas, manías, impulsos…
—Gusto, enamoramiento…
—¿Y por quién sería? —cuestioné rápidamente, enarcando una ceja con advertencia, que ella ignoró.
Se levantó de la silla y tomó la lista, mirándome aun con esa insana diversión que me recordaba terriblemente a Malfoy, sólo porque estaba segura de que Draco no tenía más parientes que los que vivían en la mansión, creería sinceramente que eran hermanos o primos muy cercanos.
La vi caminar hacia la puerta, pero antes de abrirla se giró y me miró con una sonrisa mucho más suave.
—Tal vez si le guste el museo, como dice Lizzie, o tal vez, más seguro aun, guste de nuestra directora —dijo como si nada, para luego irse sin permitirme replicar.
Apreté los labios conteniendo un grito. Lizzie era igual que Anthony, como una versión femenina de toda esa coquetería, era también alegre, divertida, platicadora y confiada, y era seguro que ya hubiera estado por ahí diciendo que era amiga de Harry Potter a los demás, y que todos en el museo notaran la frecuencia con que el descarado y temerario de Potter venía, sacando sus conclusiones, uniendo datos e ideas hasta formar algo que realmente no quería que pensaran. Era la viuda de Anthony Goldstein, quien hasta hace un mes había cumplido su primer año luctuoso, qué iban a pensar de mí si supieran concretamente que el idiota de Potter me rondaba como buitre, como había dicho Draco, pensarían mal y no tenía ni idea qué pensarían los señores Goldstein.
Todo era culpa de Potter. Maldita sea. Después de salir de Hogwarts creí que sería la última vez que lo vería y ahora estaba por aquí, intentando poner mi vida de cabeza.
Las invitaciones fueron enviadas y eso fue como una cuenta regresiva en el museo, todo pasó de estar en completa tensión a una tensión frenética, donde todos se movían más rápido, confirmando, verificando datos o ultimando detalles para que todo saliera perfecto. Estaba segura de que después del evento me tomaría un día o dos para recomponerme, porque de seguir a este ritmo terminaría desmayándome en cualquier momento.
Lo bueno era que en la mansión Malfoy se encargaron del vestido de Lizzie, quien a pedido de mi hija quería un vestido de princesa para estar parecida a los cuadros que estaban exhibidos, y cómo no, Narcissa y Astoria tomaron aquel pedido como si fuera ley, mandando a hacer un vestido rojo de manga larga, que caía de manera suelta a partir de los codos, mostrando una tela de seda dorada, con detalles en oro en el corsé y largo hasta los pies, donde un par de zapatitos negros con un sencillo moño igual dorado se mostraba. Se veía preciosa y aunque el vestido hubiera parecido un disfraz, no era así, era elegante y hermoso, haciendo resaltar aquel cabello negro que Astoria levantó con suavidad para ajustarlo con horquillas, dejando libre uno que otro rizo, así como una tiara delgadita de piedritas brillantes, sólo para que yo viera como luciría. Y claro, para que Scorpius no desentonara con la princesa, mandaron hacer para él una túnica cerrada de color azul muy oscuro donde resaltaba unos brillantes bonotes de oro, que le llegaba a media pierna, donde unos pantaloncitos de color negros se mostraban.
Ambos lucían preciosos. Eso me dejó con un pendiente menos, sólo preocupándome por lo que yo me pondría, pero hasta para eso, las mujeres Malfoy me ayudaron.
—Sabemos que estás agitada, hija —habló Narcissa cuando me comentó sobre un vestido que había mandado hacer para mí— Es un evento grande y es la primera vez que tú lo organizas, eso le pone presión a cualquiera.
—Quisimos ayudarte, pero no tienes que ponértelo si no te gusta —dijo Astoria moviendo la varita para que dé un pequeño armario saliera un guarda traje de color negro, que con otro suave movimiento de la bruja se reveló un hermoso vestido de color champagne.
Me enamoré inmediatamente de aquel vestido, sintiendo que ni siquiera yo hubiera podido encontrar uno mejor. Tenía un lindo corte en v en el busto, las mangas eran largas y de tela de encaje casi transparente hasta las muñecas; era largo, de tela igual de encaje delicado, vaporosa y ligera, que al parecer se ajustaba hasta mis caderas, dejando una apertura donde se mostraría mi pierna izquierda al caminar, con detalles brillantes por todos lados. Era perfecto, era elegante y hermoso.
—¿Te gusta? —peguntó Narcissa.
—Es perfecto. Es un sueño —dije alzando una mano para tomarlo y Astoria bajó la varita con una sonrisa.
—Sabía que te gustaría. Es exactamente tu estilo: sobrio pero sexy —rió Astoria con gracia.
Narcissa negó por la ligera desfachatez de su nuera, pero no dijo nada, pues la conocía muy bien y sabía cómo era, divertida, juguetona, sin temor a decir lo que pensara, y aunque pareciera disgustarle, apreciaba que Astoria le hubiera devuelto la felicidad a su hijo, entregándole calidez a la mansión y dándole la luz de la vida para todos, el pequeño Scorpius.
—Por supuesto, tú sabes lo que me gusta —dije con una risa.
—Entonces todo está listo para dentro de dos noches —dijo Narcissa.
—Irán, ¿verdad? —pregunté para confirmarlo una vez más.
—Claro, es el primer evento organizado por Pansy Parkinson, no nos lo perderíamos. Además, muero por ver a Scorpius y a Lizzie vestidos de pequeños príncipes en aquel gran salón —confirmó Astoria.
Fue así como llegó el sábado, noche del evento. Había pasado prácticamente todo el día en casa repasando mi discurso, pues en la oficina todo estaba listo, donde Caroline se encargaba sólo de estar al pendiente de la decoración y la puesta de mesas y sillas, y Grace sólo verificara que todo lo demás estuviera en orden, como del show que se llevaría a cabo, una puesta de escena, por sugerencia suya que me pareció buena, un par de escenas de la historia del Rey Arturo al lado de Merlín, así como la orquesta que entraría después.
Todo estaba perfecto. Y sólo quedaba preparar a Lizzie con aquel vestido y peinado, así como hacerlo yo. Ella se dejó dócilmente y logré tomarle una foto que inmediatamente envié a sus abuelos que no asistirían. Sabía que no querían volver todavía, aunque sus palabras fueron que querían que yo tomara el control por completo, que el año siguiente estarían ahí, pero que ahora no querían hacerme sentir presionada con sus presencias, pues toda la noche estaría pensando si lo hice bien o no. En esto si tenían razón, su presencia me sentaría mal por las opiniones de ambos, pero aun así sentí que todos los invitados los extrañarían.
Cuando llegamos ya estaban al menos la mitad de los invitados. Saludé a todos y fui presentando a mi hija, que por momentos se mostraba tímida al ver tantas personas, pero saludaba haciendo una pequeña reverencia como princesa que había practicado con Astoria y Draco. Todos reían, pero le seguían, inclinándose como ella o besando su mano como algunos caballeros hicieron. Ella reía y se sonrojaba, hasta que entre la multitud que fue apareciendo, vio llegar a los antiguos compañeros de su padre, saliendo corriendo hacia ellos.
—¡Lizzie! —pedí, pero ya se había internado entre las personas— Si me disculpan, debo ver a mi hija —me despedí de la familia que habíamos saludado y ellos asintieron con una sonrisa.
Seguí a mi hija hasta que la vi en brazos de uno de aquellos jugadores. Eran tres en total y sí, eran los amigos más cercanos de Anthony, y uno de ellos la abrazaba y besaba su mejilla, mientras le preguntaba cómo había estado.
—Bien, pero extraño a mi papi —escuché decir a Lizzie, con aquellos ojitos llenándose de lágrimas.
—Lo sabemos, princesa, pero él te cuidara siempre —le dijo otro, tomando su mano.
—Sí, desde el cielo —contestó y un par de lágrimas cayeron.
Me acerqué más rápido, presintiendo uno de aquellos ataques de llanto que le daba antes, aquellos llenos de histeria que ya no eran frecuentes pero que sucedían. Vi al que la tenía cargada abrazarla con más fuerza y Lizzie lloró en su hombro, buscando consuelo.
—Señora Goldstein —saludó uno al verme a su lado. Trevor White.
—Hola, Trevor —saludé, mirando a mi hija, tranquilizándome un poco al no ver aquel llanto desconsolador, sino uno más suave. Eso era un avance, pues normalmente Lizzie lloraba tanto que a veces ni respirar podía.
No intenté quitársela, pues sabía que aquel quien la cargaba era con quien mejor Lizzie se llevaba, él varias veces había asistido a sus cumpleaños con enormes osos de peluche o globos, mandando dulces o juguetes cada vez que se iban de gira y era quien una vez la recibió en brazos para llevarla con Anthony cuando habían ganado un gran juego y la multitud no se apartaba, abriendo paso para mí, pero manteniendo a Lizzie en lo alto para que nadie la golpeara, casi gruñéndole a todos, quienes cedían el paso al ver su gran altura y músculos.
—Calma, Lizzie, es seguro que tu padre no quiera ver a su princesa llorar. ¿Qué es lo que decía siempre, chicos? Que su princesa era valiente y feliz, que era una cosa muy bonita cuando reía, ¿no? —dijo Erick Warren tratando de calmarle.
—¿De verdad decía eso? —preguntó mi hija levantando la cara.
—Claro que sí, a todos nos presumía que tenía la hija más bonita y linda del mundo —le contestó con una sonrisa.
—Que era una princesa por completo —dijo el tercero, Thomas James.
—Me vestí de princesa hoy —dijo Lizzie limpiándose la cara.
—Ya lo vemos, pero vamos a limpiar esa carita, las princesas no tienen mocos en la nariz —le dijo Erick sacando un pañuelo.
—No tengo mocos, Erick —contestó la niña ofendida, pero dejándose limpiar.
—Yo creo que sí, necesitare un pañuelo nuevo después de esto —siguió con una sonrisa.
—Mami, míralo, dile que no tengo mocos —pidió, cruzándose de brazos.
—Lo único que diré es que le enviaremos un pañuelo nuevo —contesté, haciendo reír a los tres hombres y a Lizzie lanzar un gritito molesto.
—Tommy, mi mami no me quiere —dijo haciéndole un pucherito y estirando los brazos hacia él.
El jugador la tomó y la abrazó.
—¡Lizzie, por Merlín! —dije fingiendo enojo.
—Yo si te quiero, princesa —le dijo él, después de besar su mejilla.
—Y yo lo que quiero es ver a la princesa mostrándonos ese vestido —señaló Trevor.
Lizzie pidió ser bajada para mostrarles el vestido, dando varias vueltas para que lo vieran bien. Ellos la elogiaron y besaron su pequeña mano, haciéndole una reverencia, que ella contestó con gracia, sonrojándose un poco.
Hablé un poco con ellos, sobre todo de cómo estaba Lizzie, pues estaban muy interesados en la salud de mi hija, así como de la superación de la muerte de su padre, de su adaptación a Inglaterra y a la ausencia de Anthony, lo que les conté pareció dejarlos más tranquilos, pero me dijeron que, si necesitaba ayuda, no dudara en llamarlos, que ellos siempre velarían por la salud de Lizzie, pues Anthony fue un gran amigo para ellos. Asentí apreciativa y me retiré para saludar a los demás invitados, para luego encontrarme con los Malfoy, los Nott y Blaise, que apenas iban llegando.
Lizzie rápidamente corrió a los brazos de Blaise, haciendo que este se riera del rubio al decirle que él era el tío favorito. Draco apeló a eso y le dijo a Lizzie que fuera con él, cosa que mi hija no se negó, acostumbrada a estar en los brazos de ellos, saludando de pasó a Theo y a Daphne, así como el resto de los Malfoy, para luego ser colocada en el suelo junto a Scorpius, que como había instruido su padre, le hizo una graciosa reverencia que mi hija contestó con las mejillas rojas como manzanas.
Elevé una ceja ante eso, presintiendo algo de lo que preocuparía dentro de muchos años mejor, no queriendo sacar conclusiones ahora.
Hola, hola. Espero que les haya gustado. Y si mañana regresan al trabajo o a la escuela, como es mi caso, les deseo buena suerte.
Nos leemos pronto.
By. Cascabelita
