Capítulo 9
La invitación había llegado a mi casa el martes en la tarde, después de que llegara al cuartel, ya no dándome tiempo para ir al museo. Normalmente las recibía, pero ni siquiera hacia el intento de abrirlas, las dejaba por ahí y luego terminaban en la basura junto a un montón de papeles cuando decidía limpiar el escritorio de mi habitación. Pero ahora tenía toda la intención de usar la invitación y motivado más por aquella firma que se mostraba al final del lujoso papel. Pansy Parkinson, no Goldstein, sino Parkinson, una mujer de nuevo libre y que yo no permitiría que siguiera así para que cualquier otro viniera a aprovecharse.
Tenía que asistir aquel evento si o si, no importaba si se desataba una fuga de Azkaban o un escape de dementores. Debía ir a como diera lugar y nadie me lo impediría. Sería raro verme aparecer por allá, pero ya la mayoría en ese museo sabía que estaba rondando como animal de caza aquel lugar, ya todos ahí habían notado mi insistencia para permanecer ahí por horas, pero no había escuchado rumores de nada y lo agradecía, pues ya hubiera tenido un desfile de personas tanto en mi departamento como oficina, preguntando qué era lo que pretendía.
Yo sólo quería verla y hablarle, decirle que de verdad quería estar a su lado. Nuevamente mi confesión fue sincera aquella tarde que la encontré con Lizzie hablando sobre aquellos cuadros del Rey Arturo. Aquello no me parecía incorrecto como hace años, si no perfecto. Ella era lo perfecto, lo fue antes, lo era ahora y así sería para siempre. Quería estar con ella definitivamente, pero sabía que, y más por aquellas duras palabras de hace años, no sería fácil convencerla. No sería fácil desmentir lo que mis palabras provocaron cuando terminé con ella en el colegio, cuando le dije que debía hacer lo correcto en mi horrible vida. Ella no me creería, y más con el hecho de que terminé casándome con otra mujer a la que no amaba, pero había decidido que si era lo suficientemente buena para mí.
Hermione se comunicó conmigo la misma noche que llegó la invitación, diciéndome que Ron estaba de guardia, pero que era bueno porque así podíamos platicar. Sonreí ante aquella fase de mi amiga, dispuesta a ayudarme con lo de conquistar a Pansy, aun sentía un poquito de rencor, pues eso me hubiera servido de mucho antes, durante el colegio, pero no dejaba de agradecerle, pues sabía que posiblemente me quedaría más solo que antes si lograba conquistarla. Pero teniendo a Pansy, qué importaba ya lo demás.
—Vas a ir, ¿verdad? —preguntó.
—Claro que iré. No me lo pierdo por nada.
—A nosotros igual nos llegó la invitación, y le dije a Ron que quería ir, ya sabes, no le pareció bien, alegando que nunca hemos acudido a eventos donde un montón de pomposos presumidos se reúnen —rodó los ojos y luego sonrió, haciéndome reír, imaginándome la cara de Ron al escuchar a su esposa pedir ir.
—¿Al final que dijo?
—Que lo pensaría.
—Yo si iré, pero necesito ropa para ello —me rasqué el cuello al pensarlo, pues no sabía qué clase de túnica se usaban para esas ocasiones.
—Pues tendrás que ir a la boutique de Madame Malkin para pedirle consejo.
—Sí, eso tendré que hacer, no quiero desentonar con aquel lugar.
—Más bien quieres que Parkinson no te miré mal. Quieres gustarle a ella, Harry —burló Hermione divertida.
—Cállate, Granger —ella rió más fuerte y yo negué con la cabeza— Nos vemos luego, porque no creo que este bien que estés ahí hincada.
—Adiós, Harry —se despidió con un movimiento de mano.
Hice lo Hermione me aconsejó, fui a aquella boutique y le pedí a Madame Malkin que me aconsejara sobre lo que podía llevar, sintiéndome avergonzado de hacerlo, pero por ver a Pansy bien valía las vergüenzas que tuviera que pasar.
Terminé con una túnica de color rojo oscuro el jueves en la tarde, con detalles en oro en las mangas y cuello, era más elegante y fina de lo que alguna vez había utilizado, pero suponía que así debía ser. Me sentí bien y luego de dejar en el departamento aquella pieza de ropa, me fui directamente al museo, donde no vi a Pansy, pero sí vi a muchas personas caminando de un lado para otro, hablando entre ellos o señalando a las paredes. El evento tenía a todos casi con las puntas del cabello para arriba, y aunque pensé que en algún momento vería a Pansy de igual modo vagando por ahí, no fue así.
Pero no desesperé como días anteriores, era obvio que la vería en el evento y entonces no se me escaparía por nada en el mundo.
El viernes en la tarde Ron y Hermione me hicieron una visita para cenar. Ron había llegado para pedirme ayuda para que convenciera a Hermione de no ir al museo la noche del sábado, que estar entre tantas personas presumidas no era bueno y no sería agradable de ver a tantos sangrepuras juntos con sus ideas retorcidas y macabras.
—Pero si yo iré —le dije con una sonrisa.
—¡¿Qué?! —gritó sin creerlo.
—Iré.
—¿Por qué?
—Quiero ir.
—Nunca has querido hacerlo —apuntó con un dedo.
—Esta vez sí —dije con el rostro serio, retándolo.
—Pero ¿Qué puede haber de interesante en el museo? —preguntó rascándose la mejilla— No, no tú, Hermione, tú obviamente lo ves interesante. Me refiero a él.
—Bueno. Habrá una exposición de los cuadros del Rey Arturo y la espada —dije no muy confiado y Hermione bufó de manera irónica, como si ella misma hubiera sabido que eso era tonto de decir.
—¡Mientes! —gritó y me señaló de nuevo con el dedo— Vas por algo más. Dime porqué.
—Bien, ¿de verdad lo quieres saber? —pregunté ya algo enfadado y él asintió igual molesto— Es por una mujer, de acuerdo.
—¿Qué? Pero ni siquiera llevas un año separado de mi hermana —acusó ofendido.
—Bueno, Ron, ella no murió, no estoy de luto, sólo nos dejamos —dije con voz fría y él me miró con enojo, antes de bajar los hombros.
—Harry tiene razón, Ron, no tiene por qué detenerse, Ginny no lo ha hecho y lo sabes —habló Hermione y Ron la miró con resentimiento, pero asintió, pues no era un secreto para nadie que apenas Ginevra se vio divorciada empezó a salir con otros, cosa que me tenía sin cuidado.
—Vale, está bien, ¿Quién es esa mujer que te hace ir a un museo? —preguntó algo fastidiado.
—Bueno, querido, ni siquiera lo hace u obliga a ir, Harry la anda rondando —intervino Hermione con un gesto divertido, mirándome y moviendo la cabeza hacia su esposo para que hablara.
Sabía lo que quería decir, si ya le había dicho que era por una mujer y ya estaba alterado, porque no decirle de una vez por todas que era por Pansy Parkinson, en vez de tener otro exabrupto más adelante cuando se enterara por alguien más. Pero de verdad es que no quería que interviniera, que saboteara lo que quería hacer. Hasta ahorita, aunque realmente no hubiera dado un paso tan notorio, al menos Pansy ya sabía de mi existencia de nuevo y era consciente que quería estar con ella, que lo creyera un juego o no, ya era otra cosa. Pero al menos ya lo tenía presente, ya había puesto el gusano de la duda en su cabeza y tener a un pelirrojo malintencionado arruinándolo no me era posible.
—¿Rondando? ¿Quién se cree tanto para rechazar al Salvador de Mundo Mágico? —preguntó con ligera burla la última parte, pues en realidad ya habían sido varias veces que había tenido que rechazar las invitaciones de algunas mujeres para salir, nada preparado para intentar estar otra vez con alguien, al menos que ese alguien fuera Pansy.
—Alguien que nunca se ha doblegado ante ello, que más bien le da igual y lo toma como una jodida broma del destino o un título patético y de mierda —dije muy seguro.
Sonreí levemente al recordar a mi altanera serpiente que le daba igual la alabanza que me daban los demás, más bien se burlaba de ello y me lo hizo saber sin pena alguna, al igual que explicarme que ella no se había enamorado del Niño-que-vivió, sino de Harry Potter, nada más de él, y eso era algo que igual no soporté de Ginevra, siempre nombrándome en conversaciones inútiles para elevarse ante los demás o llamándose señora Potter como si fuera la llave de todo. Insoportable al final, cuando de algún modo siempre creí que ese título no le importaba.
—¿Burlarse de tu título? Pero si nadie se burla, los únicos que lo hacían eran las estúpidas serpientes…
Su cara se puso blanca y Hermione rió muy divertida tocando su vientre. Me quedé viéndolo, mirándolo directamente a los ojos, esperando a que terminara de unir todo al ver que no había ninguna negativa de mi parte ante aquellas palabras.
—¡No, no, no, no! —empezó a negar con la cabeza de manera frenética.
Yo asentí y tomé de mi vaso, y Hermione me imitó, encogiéndose de hombros ante la mirada de su esposo.
—No, no es posible. ¿Una serpiente? —preguntó con asombro y repulsión.
—Sí, una divina serpiente —dije como si nada, sonriendo.
—Pero todas son unas…
—Cuidado con lo que dirás, porque una de ellas es la mujer de mi vida desde hace años —advertí levantando un dedo, no dejaría que por nada en el mundo insultara a mi futura esposa, oh, porque claro que eso sería Pansy, no importaba los años que me tomara, sería mi esposa cuando se diera cuenta que nadie la amaría como yo, que nadie la adoraría como yo lo hacía, que nadie le daría el mundo si lo pedía.
—¿Años? ¿o sea que no amaste a mi hermana?
—La quise, de verdad que sí, pero no la ame, no al menos como a esta mujer —dije desviando la mirada.
—¿Entonces porque te casaste con ella? —exigió saber.
—Porque era lo correcto, porque eso era lo que esperaban de mí, porque era obvio que nadie querría a un chico enamorado de una serpiente, y menos al jodido niño que vivió, no en medio de una familia y aliados leones —dije frustrado.
Me miró con molestia, pero no negó mis palabras, sabiendo tan bien como yo que eso hubiera sido un golpe para todos, para él y para su familia.
—¿Quién es? —preguntó un poco más calmado.
—Adivina, Ron —canturreó Hermione.
—No me sorprende que ya lo sepas —la acusó y luego suspiró— Bien, una serpiente, no tendrías tantos rodeos si es que no la conociera ya. ¿Nuestra generación? —asentí a esa pregunta que cortaba de tajo a muchas personas— Serpiente de nuestra generación, bien, todas fueron terribles, algunas me escandalizarían más que otras —dijo para sí mismo.
Seguí comiendo y bebiendo mientras él pensaba. Hermione hizo lo mismo, enviando, cada tanto, miradas divertidas a su esposo que solo jugaba con el tenedor sobre su plato sin mirarlo, concentrado en algún punto de la pared frente a él.
—Greengrass —dijo.
—No.
—Que bien, con esa cara tan seria que se cargaba parecía una estatua —suspiró tranquilo y quise reír por lo que pensaría cuando se diera cuenta que Greengrass hubiera sido una mejor opción para él— Davis.
—No.
—Vale, no eran muchas, pero no era Bulstrode, ¿verdad? —dijo con un estremecimiento.
Negué nuevamente y sonreí ante la patada que le dio Hermione por ser tan grosero con aquella slytherin que nunca se había metido realmente con nosotros. Él se sobó y luego nos miró como si alguien le hubiera tirando agua helada encima.
—¡Oh, Merlín! Eso solo deja a la joyita de ahí —dijo con horror— No, por favor, Harry, dime que no es parte del cuarteto de serpientes. Solo hay una chica ahí, ¡Merlín! Por favor, hare lo que sea si me juras que no es quien estoy pensando. No la princesa de Slytherin, la reina de las serpientes, ella no, por favor.
—Ella —sonreí— La princesa de Slytherin. Mi reina.
—Pero ¡¿cómo es posible que sea ella?! Era una chica por demás grosera, fría, malvada, cruel, ton…
—Una palabra más y te golpeo —amenacé.
—¡Por todos los cielos, Harry, ¿de verdad ella?! —exclamó escandalizado.
—Sí, ella.
—¿Pero qué diablos le viste? —preguntó con espanto.
—La conocí, me enamoré y ahora está aquí —dije como si nada.
—Pero… pero… Hermione, dime que le dijiste algo, o que lo llevaste a San Mungo, tal vez se golpeó y el pobre no se ha dado cuenta —le dijo a su esposa con algo de esperanza y ruego.
Yo rodé los ojos exasperado y Hermione simplemente sonrió. Bueno, al menos no se había puesto a gritar, a tirar cosas o había sacado la varita, sólo me estaba viendo como si me hubiera vuelto loco, pero tal vez fuera así, esa mujer me tenía loco y lo peor era que no me daba ni una mínima oportunidad para volverse mi cura. Pero no importaba, lograría conquistarla, ese era mi mayor reto y estaba dispuesto a cumplirlo, a lograrlo así me tomara años.
De hecho, hasta cierto punto era fascinante. Mi adorada serpiente parecia retarme, y yo adoraba los retos y más si la recompensa era tan bella, preciosa y tentadora.
—Él está bien, algo tonto, pero enamorado, solo lo normal, aunque bueno, estar todo el día en el museo para verla no es algo que consideraría muy normal, pero no hace daño a nadie —explicó Hermione con calma y lentitud.
—¡Pero, Hermione, está enamorado de ella! —gritó.
—Sí, y de verdad mucho —contesté con si nada.
—¡Pero es ella, Harry, la personificación del mal! —gritó de nuevo.
—Tal vez sí, pero si la vieras, Ron, está preciosa, parece más un ángel —contesté.
—Caído, solamente un ángel caído.
—Bien, eso es perfecto, así podré tenerla.
—¡Por todos los magos! —dijo angustiado, enterrando el rostro en las manos— Siento que no estamos hablando de la misma persona, ¿Pansy Parkinson? Sólo para confirmar.
—La misma, ella completa —contesté y le pasé un nuevo vaso de agua.
Hermione terminó atacada de risa y yo la acompañé, aunque esto no distaba mucho de cuando ella lo descubrió, pero al menos con él no tenía esa espinita guardada que con Hermione. Ron sólo me preguntó después como fue que eso comenzó. Le conté todo, guardándome lo más importante, sólo diciendo que fue después de aquel castigo impuesto por McGonagalla y Snape, que me salía todas las noches a verla y luego terminé con ella porque las dudas me atacaron, explicándole mejor aquella parte de mi miedo, pues él igual lo entendía. Le aseguré una vez más que si quise a su hermana, pero las cosas nunca funcionaron y ahora Pansy estaba aquí, viuda y con una hija que era igual de linda.
—Sí la vieras, Ron, es una dulzura por completo, tiene una sonrisa preciosa y una boca que no para, con esa vocecita tan tierna —le contó Hermione cuando llegamos a la parte de Lizzie.
—¿Y no te importa que tenga una hija? —me preguntó Ron, con mucha seriedad.
—Para nada, me sorprendió mucho, pero luego la conocí y también la quise, es tan encantadora, nada me haría más feliz que igual estar a su lado —contesté con seguridad.
Él asintió y al final aceptó a acompañarnos al evento del día siguiente. Eso fue todo un logro de su parte, no esperando en realidad que quisiera hacerlo y menos ahora que sabía por quién iría en realidad.
La noche del sábado llegó más rápido y al mismo tiempo lento de lo que hubiera esperado. Estaba nervioso, claro que lo estaba, estaría rodeado de un montón de gente presumida como decía Ron, en medio de un evento al que nunca había asistido y esta sería la primera vez y sólo lo haría por la bella directora del museo.
Alquilamos un auto para llegar, porque por Hermione no íbamos a poder aparecernos. En la entrada, donde regularmente era la recepción, había mucha gente saludando o esperando a otros, algunas caminaban a unas puertas dobles y nosotros así lo hicimos. Nos pidieron nuestra invitación, que fueron revisadas con un pase de varita para verificar que no fueran falsas, después de ello, nos abrieron las puertas.
Hermione soltó un jadeo cuando vio aquel impresionante salón. Había un enorme candelabro de infinitos cristales en el centro, gruesas cortinas de color azul casi negro colgaban de las altísimas ventanas, que iban de piso a techo, a ambos lados de aquel salón. El piso era de una tonalidad oro viejo y aquellos cristales del candelabro hacían espectaculares dibujos en las paredes y suelo. Había también un aroma delicioso a flores, quizá por aquellos arreglos que se sostenían de medianos percheros de mármol blanco en sitios estratégicos cercas de las mesas grandes y redondas. Se escuchaba una ligera música de algún violín y piano, y los murmullos de las personas eran alegres, mientras bebían lo que parecía ser champagne o vinos oscuros, que meseros ofrecían caminando con bandejas de color plata entre los invitados.
Nos adentramos, tomando la copa que nos ofrecieron, pero que Hermione declinó por algo que no contuviera alcohol y el mesero le entregó una copa con un líquido rosa que mi amiga identificó como una ligera sidra de frutas roja. Fuimos saludando a uno que otro conocido, sorprendiéndonos de ver que ahí estaba Luna, con un vestido negro que por primera vez no había sido decorado por ella, al menos eso, porque sus aretes eran una extraña cosa parecida a un atrapasueños de color oro. Nos saludó con voz alegre, abrazándonos, mientras su voz no dejaba de hablarnos sobre lo lindo que lucían las hadas entre las flores. Asentimos ante su voz sin entenderlo de verdad y mirando a Rolf Scamander encogiéndose de hombros con una sonrisa enorme para ella. Igual estaba Cho, quien fue más discreta, pero igual de alegre para saludar.
Seguimos caminando y nos encontramos con la directora McGonagall hablando con el ministro Kingsley Shacklebolt.
—Señor Potter, señores Weasley, es una sorpresa verlos por acá —dijo la mujer, después de darnos un ligero abrazo.
—Es la primera vez que venimos —contesté— No sabía que usted venía.
—Bueno, Hogwarts presta algunos cuadros, aunque este año no pidieron tantos. Al parecer la directora de los museos Goldstein quería la otra historia de Merlín, la leyenda del Rey Arturo —contestó, mirando a su alrededor, aunque los cuadros no estaban ahí, sino en las otras áreas donde luego podríamos pasear, después de la cena y puesta en escena, según el folleto que nos dieron en la entrada para que siguiéramos el programa.
—Una gran idea, ¿no? —pregunté con entusiasmo. Ron bufó y luego Hermione le dio un para nada discreto codazo.
—Sí, una idea genial para este año —contestó el ministro— Me alegra que decidieran venir, sabía que eran invitados todos los años, pero no asistían.
—Sí, ahora decidimos hacerlo y fue una decisión acertada —habló rápido Hermione.
—¿Y la directora? —pregunté y pude escuchar el bufido está vez por parte de Hermione, pero de verdad que no pude contenerme.
—Está saludando a todos uno por uno, por lo que sabemos, aun no la hemos visto —respondió de nuevo Kingsley.
—Hasta ahora, porque ahí viene —señaló con un gesto McGonogall y yo giré rápidamente para verla.
Si, le dije a Ron que Pansy lucía como un ángel, pero ahora eso le quedaba corto, parecía una diosa, una verdadera y bendita reina, con ese endemoniadamente encantador vestido que se pegaba a su cuerpo de una manera tan sensual que estaba a punto de llevármela a otro lado para que nadie más la viera y solo yo pudiera contemplarla. Tenía el cabello ligeramente recogido, mostrando el pálido y largo cuello, donde se podía apreciar aquel lunar que había descubierto una vez mientras la abrazaba, que estaba cerca de la oreja izquierda y que yo había besado en un impulso y ella respondió con un suave jadeó entre mis brazos. Tenía los labios pintados en rojo y sus parpados lanzaban destellos dorados sobre aquellas pupilas de zafiro, y sus mejillas tenían un color durazno precioso. Era una obra de arte por completo y estaba seguro de que ni siquiera todos los cuadros de aquel museo podrían comparársele.
Se acercó a pasos suaves, sonriendo con los que se cruzaba y guiando a la pequeña Lizzie que se veía tan bonita con aquel vestido rojo y la delgada tiara, como una pequeña princesa.
—Buenas noches —dijo al llegar a nosotros, con voz suave—. Ministro Shacklebolt. Directora McGonogall —saludó ofreciendo su mano.
El ministro tomó su mano con la diplomacia requerida inclinando ligeramente la cabeza, pero el rostro de la directora al aceptar la mano era por demás serio, quizá recordándola perfectamente de aquella última noche. Minerva Mcgonogall tenía lo labios apretados y la mirada dura, como si siguiera siendo su profesora. Quise intervenir, que no la siguiera viendo de aquella manera, pero tuve que contenerme ante el toque de Hermione en mi brazo.
—Señor Potter, señores Weasley —habló con un poco más de rigidez, ofreciendo de igual modo su mano, que Hermione aceptó enseguida, Ron lo hizo con una cara que podría haber pasado a verde rápidamente. Su mano se posó ante mí, la tomé enseguida, apretándola un poco más de tiempo, pero era la primera vez que la tocaba en tantos años y no quería volver a soltarla, hasta que ella me la arrebató por completo, con los labios firmemente apretados. Se giró a ver a los demás, después de darme una mirada enojada— Sean bienvenidos al día de Merlín. Es un gusto tenerlos aquí esta noche. Les presentare a mi hija, Elizabeth Goldstein —puso a la niña más cerca de nosotros.
—Hola, buenas noches, ministro, directora, señores —saludó a cada uno y todos le ofrecieron sonrisas tiernas, hasta McGonagall quien veía a su madre como una enemiga al igual que Ron— Señor Potter, me alegro de que viniera y con la señora del bebé —dijo con una sonrisa más grande señalando el abultado vientre de mi amiga y acercándose por completo.
Hermione rio con suavidad, al igual que Ron. Me puse a su altura, para tomar su mano y darle un pequeño beso.
—Eres una princesa, Lizzie —dije y ella asintió alegre.
—Gracias, señor Potter.
—Bien, vamos, Lizzie —llamó Pansy, tomando su mano y la separó de mí, aun mirándome con molestia. Me levanté y la miré a los ojos, pero ella desvió la mirada— Espero que disfruten esta noche y que todo sea de su agrado.
—Muchas gracias, señora Goldstein —dijo McGonogall.
—Parkinson —aclaró Pansy de inmediato, sin mal tono— Mi hija es la última Goldstein ahora.
Ella asintió, al igual que el resto. Y con esas palabras me sentí mejor, ante aquella declaración de que volvía ser Parkinson, una mujer libre, no por mucho tiempo, claro.
Todos los presentes fueron llamados para la cena, y cada uno fue ocupando su lugar de acuerdo con las invitaciones. En nuestra mesa estaban Luna y su esposo, así como Cho y la directora de Hogwarts, al igual que el actual profesor de pociones del colegio, y también otros alumnos. Unos lugares más allá pude ver la mesa donde estaban los amigos de Pansy, ahí donde ella se sentaría al parecer, pues Lizzie ya ocupaba una silla y reía al lado de un pequeño rubio que por todos lados se veía que era un Malfoy. En un momento, la chica que había estado con Lizzie aquella vez que le pregunté por su madre, se acercó a la mesa, susurró algo para Pansy y se retiró. Pude ver a Pansy levantarse, después de decirle algo a Lizzie, quien la siguió de igual modo, sonriendo enorme. Ambas subieron a una plataforma que se mantenía flotando para que todos pudiéramos verla y escucharla, y se colocó atrás de un podio de caoba oscura.
Me embobé en su preciosa imagen, mientras con su varita apuntaba a su garganta para amplificar su voz.
—Buenas noches, damas y caballeros. Sean bienvenidos una vez más al evento más importante de los museos Goldstein: el Día de Merlín —empezó a decir con una bella pero sofisticada sonrisa— Día en el que se conmemora al mago más importante de nuestra historia, el creador de nuestra realidad…
No presté mucha atención a lo que decía, pero si al cambio en los gestos de su rostro, a aquella boca roja moviéndose, a esas manos haciendo suaves ademanes. Varias veces su mirada chocó con mis ojos, pero inmediatamente eran quitados de mí, para ser posados en otra cosa. No podía dejar de mirarla, por más que Ron o Hermione trataban de distraerme, no podía quitar mi mirada de ella, insistiendo para que volteara a verme, al final ellos desistieron y escucharon el discurso, mientras mi mirada no se quitaba de la preciosa mujer.
—He tenido la oportunidad de presentarla antes, pero quisiera hacerlo de manera oficial —dijo con una sonrisa mucho más grande, saliendo de atrás de ese podio y tomando la mano de su hija que se había quedado con aquella chica rubia a un lado del escenario— Les presentó a la heredera de los Goldstein, Elizabeth Goldstein, mi bella hija.
—Hola —dijo con timidez la niña, después de que Pansy se colocara a su altura y utilizara el hechizo para que todos la escucharan— Me alegro de que les guste el museo —su madre le susurró algo en el oído y la nena sonrió— Sean bienvenidos esta noche, que lo disfruten todos.
—Disfruten la cena —dijo Pansy irguiéndose por completo y tomando la mano de la niña para bajar de la plataforma, entre aplausos de todos los presentes.
—Deja de sonreír así que todos se darán cuenta que mueres por ambas —me dijo Hermione palmeándome una pierna, en voz muy baja.
—Eso es lo que quiero, que todos lo sepan, para que ella lo crea de verdad, no quiero que piense que lo quiero mantener en secreto —contesté y bebí de mi copa.
—Oh, Harry, amas a la directora del museo, hay muchos torposoplos en tu cabeza —dijo con voz dulce Luna, al otro lado de la mesa.
Todos la miraron como si estuviera loca, pero yo ni siquiera sabía si era por lo de los torposoplos o por lo que había dicho sobre querer a la directora del museo. Por el rabillo del ojo pude ver que la directora se puso pálida, mirándome con los ojos bien abiertos.
—Por supuesto que es así, Luna —contesté y ella asintió con una enorme sonrisa.
—Y a ella también parecían rondarla los torposoplos cuando miraba hacia acá —dijo con una seriedad y confianza que me hizo sonreír— Tal vez deberías bailar con ella luego, cuando inicié la música, el baile siempre es bueno para que dos personas se conozcan.
—Ellos ya se conocen, Luna —gruñó Ron.
—Saben quiénes son, eso no quiere decir que se conozcan. Conocerse es algo muy diferente, Ron —explicó con suavidad, sonriéndole a pesar del tono del pelirrojo— Harry y Pansy necesitan conocerse otra vez, han cambiado desde la última vez.
—Luna, ¿tú como…? —no podía ni siquiera terminar la pregunta, pues se suponía que nadie sabía que entre Pansy y yo había existido algo.
—Los mismo torposoplos que tenías en la cabeza en el colegio luego andaban en ella, además, se miraban mucho —dijo como si nada, agradeciendo por el plato que colocaron frente a ella, dando por finalizado el tema, al verla girarse y hablar con su esposo sobre lo sabroso que se veían los colores de su plato.
Hermione me miró con duda y yo me encogí de hombros, Luna siempre había sido demasiado perspicaz para ese tipo de cosas. Luna veía lo que los demás no ven, y eso era por lo que me caía tan bien: veía lo verdadero, no lo que se aparentaba, confiando al ver más allá de lo que uno mostraba. Era fantástica. Y si era verdad lo que decía, tal vez si debería pedirle un baile a Pansy.
Sonreí, claro que lo haría.
Después de la cena mostraron algunas escenas de la historia del Rey Arturo, y luego una pausa para que todos pudieran ir a ver aquellos cuadros que ya había observado el último día que hablé con Pansy. La vi a ella guiar a sus amigos, sosteniendo la mano de Lizzie, quien daba saltitos emocionados al lado de un igual sonriente pequeño rubio.
Recorrí el museo junto a Hermione y Ron, éste último no parecía muy entretenido, pero sonreía cada vez que su esposa le mostraba algo, y Hermione por más que hacía para llamar mi atención, yo no la quitaba de Pansy, buscando el mejor momento para acercarme a ella, y aunque había momentos en que se separaba de sus amigos, siempre llegaba alguien a ocupar el lugar que dejaban libre a su lado. Aun así, era una bella vista. Pansy sonreía suavemente y miraba con tranquilidad todo, hablaba y caminaba con calma, como si estuviera tan cómoda, tan en su mundo, y eso me gustaba. Y Lizzie a su lado tomaba su mano, aunque a veces la veía alejarse para ir con Malfoy, quien muchas veces la tomó en brazos, al igual al que recordaba como Zabini, quien no paraba de hacerla reír o besarle las mejillas, para luego ponerla en el piso, junto al rubio que iba siempre de la mano de su madre o abuela, o hablaba y tomaba la mano a quien identifiqué como Bulstrode, quien había cambiado en apariencia, tanto que hasta Ron se había acercado a decirme que realmente estaba guapa y si no prefería cambiar a Parkinson por ella. Lo golpeé sin dudar.
Después de aquel recorrido y al regresar al salón, la música de la orquesta inició. Las mesas habían sido un poco alejadas del centro, para dejar un gran espacio para el baile, las luces se atenuaron y adquirieron otros colores que cambiaban lentamente. Pansy había vuelto al salón con sus amigos, y el primero en sacarla a bailar fue Zabini, seguido de varias parejas más que poco a poco se le fueron uniendo, hasta Lizzie se agarraba de las manos con el pequeño Malfoy y giraba con él. Vi a Pansy sonreír, moverse, girar y dejarse abrazar, y por primera vez sentí celos de alguien, quería ser yo aquel que la sostenía. Pero tendría mi turno, claro que lo tendría.
Hice que nos fuéramos acercando a donde estaba ella con su grupo de amigos, buscando la mínima oportunidad para ser yo quien tomara su mano, para pedirle un baile. Ron tenía cara de que lo estaba torturando y Hermione parecía felizmente resignada, mirándome como si de verdad no creyera que yo estuviera a punto de bailar con ella en medio de tanta gente. Estaba nervioso, pero no por el baile, sino por ella; Pansy Parkinson me hacía temblar hasta los huesos. No era un experto bailando, pero al menos ya no hacía el ridículo como en el colegio. Había asistido a tanto bailes de beneficencia o por parte del ministerio, que Hermione pensó que era buena idea que aprendiera a hacerlo, para que no me quedara como ostra toda la noche viendo a los demás. Era relativamente bueno y eso me serviría esta noche.
Pansy bailó tres canciones más con distintas personas, el ministro incluido y uno más con Draco Malfoy, quien, cuando me acerqué al ver que nadie más lo hacía para invitarla de nuevo, me quedó viendo con todo el rencor del mundo acumulado. Titubeé un segundo cuando todos los ojos se pusieron en mí y Pansy giró a verme. Bulstrode y las mujeres Malfoy me miraron con sorpresa disimulada, mientras que los Nott y Zabini estaban mortalmente serios.
—¿Me concedería este baile? —pregunté con suavidad, extendiendo una mano.
Pansy me miró confundida, pero luego pasó rápidamente al enojo, apretando los labios y entrecerrando los ojos. Sonreí, aunque era claro que ella no estaba feliz y era probable que me mandara al demonio o una maldición. La miré a los ojos y ella desvió los suyos, mirando alrededor, y en ese momento fui consciente de lo que mi acción había provocado. Muchos nos miraban y murmuraban, podía alcanzar a oír a algunos diciendo de lo que extraño que era todo, ¿Harry Potter pidiéndole un baile a Parkinson? O de que Pansy no se atrevería a rechazarme. Si supieran que está mujer era la única que se atrevería hacerlo ante todo el mundo sin temor alguno y, por supuesto, quien más me dolería que lo hiciera porque la quería de verdad.
Ella miró a todos rápidamente, como si estuviera pensándolo realmente, antes de elevar su mano y colocarla lentamente sobre la mía. Apreté sus dedos y sonreí ampliamente mientras ella se ponía más seria, pero con los ojos ardientes de rabia. La hice caminar al centro de la pista, donde muchas parejas se apartaron con suavidad para darnos espacio. No era mi intención llamar más la atención, pero si nos quedábamos en la orilla, al finalizar la canción huiría más rápido y yo no pretendía que fuera solo un baile.
Una nueva canción inició y coloqué una mano en su cintura, acercándome a ella. La vi respingar imperceptiblemente y levantar el rostro para verme directamente a los ojos. No era lo más cerca que quería tenerla, pero por el momento bastaba, no quería que ella me empujara y se fuera si era más atrevido. Empezamos a movernos, deslizándonos con suavidad, girando en algunos momentos, soltándola entre intervalos para hacerla girar y luego volver a pegarla a mi cuerpo. Hasta que, en uno de esos giros, no pude resistirme en pegarla por completo a mí. Ella intentó alejarse, pero la sostuve con firmeza y ella me miró de nuevo molesta, pero no se movió de nuevo.
—¿Qué pretendes, Potter? —preguntó en un suave susurro.
—Tenerte.
Busqué su mirada, pues nuevamente la había desviado, mirando a los lados o sobre mi hombro. Apreté más la mano que sostenía y con mi pulgar sobre su espalda, acaricié ligeramente, llamando su atención. Ella me miró y elevó una ceja. Ya no parecía enojada, pero si desconfiada y distante.
—¿De qué manera? —se atrevió a retar.
Sonreí, ¡Merlín bendito, cuanto la amaba!
—De todas las maneras posible y para siempre —contesté, mirándola a los ojos y acercándome más, hasta el punto de que sentí la diferencia entre el aroma de su perfume y el de su piel, hasta que pude ver aquel azul oscuro que me había acompañado en sueños desde que me enamoré de ella hace más de diez años.
—Eso podría arruinar tu reputación. No es correcto que el Salvador del Mundo Mágico este conmigo —sabía que eso sería un bache difícil de superar entre nosotros. Haberle dicho aquello, hacerle ver y sentir que ella no era la correcta, quizá jamás me lo fuera a perdonar. Pero necesitaba hacerle entender lo cobarde que fui.
—No me importa nada de eso.
La escuché soltar un bufido suave y rodar los ojos, antes de mirarme con irritación.
—No. No te creo nada, no creo que no te importe ya. Te casaste con otra, con alguien digna de ti, me dejaste para estar con la persona correc…
—Y dije que te amaba aun estando con ella. No podíamos estar juntos, Pansy…
—¿Y porque ahora sí?
—Porque ya no me importa perder a todo el mundo si te tengo a ti —confesé con sinceridad— Tuve miedo, Pansy, demasiado miedo, fui un completo cobarde, temeroso de quedarme solo, pero ya no. Perderte fue lo peor de mi vida, ni siquiera la guerra fue tan terrible a comparación de no tenerte.
—No te creo.
—Lo sé. Pero te lo demostrare. Lo juro, sólo necesito una oportunidad —pedí casi suplicando, apretando mi mano sobre su espalda.
—Ahora sí, ¿no? Pero la tuviste, Potter, y antes no pensabas lo mismo. No recuerdas lo que dijiste, pero yo sí: tengo que hacer lo correcto en mi vida. Y eso no me incluía a mí al parecer.
—Lo sé…
—Entonces no entiendo. No entiendo porque estás aquí haciendo esto, porque insistes —dijo con la mirada clavada en mis ojos— Han pasado tantos años, tanto tiempo. Hemos cambiado, ya no somos los mismos ni sentimos lo mismo.
—Te amo, aun te sigo amando —declaré con firmeza.
Me quedó viendo con intensidad y negó con suavidad, y sentí aquella mano que se sostenía de mi hombro, apretarme con fuerzas, como si estuviera rabiosa, pues su espalda igual se puso más firme. Estaba tensa, aquella fina línea entre sus cejas me lo indicaba.
—Eso no es posible, es incorrecto según tú opinión. Imposible. Ahora, ahora que tengo una vida completa sin ti…
—Pero lo hago, lo he hecho siempre. Y lo correcto ya no me importa, si estar contigo es un pecado, si tengo que pagar por ello, no dudes que lo hare, si me matan después de estar contigo, moriré feliz. Ya nada me importa, sólo tú. Pídeme el mundo y te lo daré —juré.
—Lo decidiste muy tarde, Potter —acortó.
—No. No creo que sea demasiado tarde. Accediste a bailar conmigo, algo a de significar, bien pudiste rechazarme —quería ver esperanzas donde fuera, lo sabía, pero es que necesitaba hacerla dudar, tentarla a acceder, que me mirara y confiara en mí de nuevo.
—Claro que pude hacerlo, pero me hubiera dejado muy mal rechazar al héroe de nuestro mundo. Soy la anfitriona y sólo he cumplido con lo que debo —sonrió con suficiencia.
La música terminó y cuando intentó alejarse, la detuve. Ella me miró otra vez con rabia, pero ya lo había dejado en claro, un escándalo la dejaría muy mal y más si yo estaba involucrado. Era un amargo beneficio, pero que tomaría sin dudar para tenerla más tiempo conmigo. Se quedó en su lugar, con la mirada airada, exigiendo ser liberada y ejerciendo fuerza para atrás, pero sin hacerlo tan notorio, para no llamar la atención.
—Otro baile.
—No.
—Claro que sí.
La hice girar una vez más cuando una nueva pieza inició, tomándola de nuevo y ella me volvió a mirar con rabia. Al final se resignó y empezó a moverse, con la finalidad de separarse de mi cuerpo, pero no pensaba permitirlo, y aunque la soltaba para hacerla girar, rápidamente la volvía a abrazar, y en uno de esos giros, al volverla atrapar, coloqué mi nariz en su cuello, respirando profundamente el aroma que tenía. Ella se estremeció y pude escuchar un ligero jadeo que murió en segundos.
—No hagas eso —exigió y sonreí sobre su piel al percibir el temblor de su voz.
—Te quiero —repetí y me separé, porque, aunque la sentía nerviosa, bien podría golpearme de una vez.
—Repetirlo no hará que te crea —aclaró mirándome a los ojos.
—Entonces ese es el problema, ¿no? No me crees —dije y le sonreí, abrazándola otra vez, haciendo que tuviera que presionar su barbilla en mi hombro— Te lo voy a demostrar, cada día, cada hora y segundo de mi vida, te voy a demostrar que digo la verdad.
—Ese ya no es el problema, el problema es que yo no siento nada por ti.
—Déjame intentarlo. Conseguiré que me vuelvas a querer.
—No. Porque ahora soy yo quien tiene una vida en quien pensar —se separó de mí y miró a donde Lizzie bailaba en los brazos de Zabini, sin dejar de vernos y nos saludó cuando Pansy le sonrió.
—Ella es adorable —dije.
—Lo es. Es mi maravillosa vida y tú no cabes en ella —afirmó.
La pieza terminó antes de lo que imaginaba y ella se alejó con fuerza, soltándose definitivamente de mis brazos. Inclinó ligeramente la cabeza, como si me agradeciera el baile, y dio una vuelta, dispuesta a volver con los suyos, pero antes de que diera dos pasos más, le sostuve de la mano y ella giró a verme, elevando una ceja.
—Luchare por ti. Lo juro, Pansy, porque te amo con toda mi alma y no volveré a dejarte ir —declaré en voz alta.
Ella abrió los ojos inmensamente, mirando a los lados con casi horror. Debía admitir que no esperaba que todos lo escucharan, no se suponía que todo quedaría tan silencioso al terminar la música o que no iniciara una nueva canción inmediatamente, pero estaba bien, así nadie dudaría de lo que me estaba proponiendo, murmurarían, pero Pansy ya no iba a creer que lo quería mantener en secreto como antes.
Todo mundo lo sabía ahora y ella también.
—¡¿Estás loco, Potter?! —preguntó escandalizada, soltándose de mi mano.
—Un poco, sí, pero por ti —aseguré sonriendo ampliamente.
Ella dio otra vez la vuelta, levantó la barbilla y, sin mirar a nadie más, regresó a lado de sus amigos, que me miraban con seriedad, como si quisieran clavarme mil cuchillos al mismo tiempo. Todos la miraban y me miraban a mí. Yo sólo metí las manos dentro de mi túnica, sonriendo, y volví a donde Hermione me miraba negando con la cabeza y Ron estaba rojo, mirándome como si me hubiera vuelto loco.
—Jamás te perdonara que ahora todos hablaran de lo que hiciste y no de lo bien que salió este evento —reprochó Hermione.
Quise golpearme en ese momento la cabeza, sabiendo que en eso tenía razón la castaña, ahora todos hablaría sobre esto y no sobre su esfuerzo para esta noche. Y eso sería lo único que lamentaría, pues haber dicho todo lo que dije, jamás. La amaba y me alegraba haberlo dejado en claro ya ante todos, dejar en claro que nadie iba a poder pretenderla o que iban a poder detenerme.
Derroté al mago más tenebroso y poderoso de los últimos tiempos y, al igual que antes, de esto dependía mi vida. Nadie iba a detenerme.
Hola, ¿Cómo están? Yo estoy bien, debería estar estudiando, pero es obvio que no lo estoy haciendo. Así que sólo tomé mi libreta y me puse a leer, hasta que le dije a mi hermana: Oye, tengo ganas de actualizar; y ella contestó: tú lo que no quieres es estudiar. Tuve que darle toda la razón, por eso estoy aquí. Agradézcanle a mi bendito examen de mañana.
Espero que les haya gustado. A mí en definitiva me divierte escribirlo y me relaja. Es un sentimiento distinto a cuando escribía Amores dormidos, lo siento más suave y tranquilo.
Nos leemos luego.
By. Cascabelita
