Capítulo 11
Ni siquiera sabía a qué hora se iría Pansy, sólo tenía en claro que era hoy, así que, como a las diez de la mañana, sólo pude enviar una carta escrita a las apuradas para Hermione y Ron, mientras empacaba algo de ropa, avisándoles de mi viaje de emergencia a Paris, y una más para mi jefe en el cuartel de aurores, donde claramente no se lo tomó de la mejor manera, amenazándome de que sólo tenía una semana de permiso antes de que me suspendiera tres meses sin sueldo. Muy poco me importo aquello. Estábamos hablando de la mujer de mi vida, no iba a ponerme de quisquilloso ahora que sabía que se iba una vez más de mi lado.
Aun así, cuando estaba a punto de tomar la chimenea para ir por un traslador al ministerio, la figura de Hermione, con un vientre que estaba a punto de explotar, apareció con el rostro rojo, no sabía si por la carta que arrugaba en una de sus manos o por el movimiento precipitado en su estado.
—¿En qué diablos estás pensando, Harry? —preguntó con la voz aun recuperada y agitando la carta.
—En que no puedo perderla de nuevo, se va a Paris e iré detrás de ella —dije sin duda y ella me miró con ganas de golpearme.
—No crees que estás haciendo mucha tontería ya, le arruinaste un evento, ahora todos murmuran de ella, reporteros la siguen y Ginny llegó hace tres días furiosa a nuestra casa, pidiendo que le contáramos que está sucediendo contigo.
—Me importa poco Ginevra y su furia, por mi puede ponerse a patalear tirada en el suelo o venirme a gritar —repliqué con molestia y ella asintió, masajeándose el vientre.
—Bien, Ginny no importa. Pero Parkinson acaba de perder a su esposo, Harry, y tiene una niña en quien pensar, no puede aventarse a tus brazos simplemente porque dices que ahora sí la amas.
—La he amado desde siempre y sabes bien porque renuncié a ella en primer lugar —reclamé y ella bajó la mirada. Respiré profundamente, pues no era mi intención volver a reclamarle por una decisión que fue enteramente mía y menos en su estado.
—Sólo piensa muy bien lo que haces —pidió resignada.
—Y lo estoy haciendo, Hermione, ayer estuvo a punto de rendirse a un beso, pero luego me gritó. Está cediendo, lo sé, y no puedo rendirme ahora, si lo hago habré perdido para siempre —le conté con emoción.
—Bien, bien por ti, te felicito —contestó con una pequeña sonrisa— Ahora dime, ¿Por qué Paris? —preguntó y se sentó en el sofá más cercano con dificultad.
—Pues ayer su compañera, Grace Recher, le dijo que le deseaba suerte en Paris antes de irse. Se va y necesito ir —dije con urgencia.
—¿Se va para siempre? —preguntó elevando una ceja.
—No me lo confirmó, sólo me reclamó lo de los reporteros y la nota en el diario, como si me culpara y esa fuera una buena razón para irse —expliqué.
—¿Parkinson se molestó cuando ella lo dijo? ¿o acaso lo desmintió? —preguntó y supe que estaba sacando una teoría.
—No lo desmintió y sí, dijo que a veces le daban ganas de ahorcarla —reí y Hermione negó con la cabeza. A mí me parecía gracioso que Pansy lo dijera y más con esa cara roja de molestia e indignación.
—¡Ay, Harry, sí que te tiene tonto esa mujer! —exclamó y luego empezó a reír con ganas y yo me crucé de brazos, esperando que se explicara— No te dijo si se iba para siempre, en vez de ello te cambió la conversación, y su compañera te soltó aquello, sin una razón, ¿verdad? Una información que enojó a Parkinson que tú escucharas. En Paris hay otro museo de los Goldstein, no te has puesto a pensar que tal vez va allá y no es para siempre.
Apreté lo labios pensando que posiblemente esa fuera la razón. Pansy sólo había dicho que se iba, pero nunca pronunció si era para siempre o si era culpa de lo que he hecho en todo caso, sólo me hizo creer que así era, y como el idiota que ella siempre me ha creído, me asusté y ahora estaba a punto de salir corriendo a buscarla. Había que ser sincero, de verdad que esa mujer podía manipular a medio mundo, y miren si no caería ante eso yo, que estoy jodidamente loco por ella. me tenía en sus manos esa mujer y ni siquiera se daba cuenta, o tal vez sí, y por eso me hacía estas cosas.
Pero eso no cambiaba mi plan, iría por ella de todos modos, pues a como lo había dejado en claro el día anterior, siempre iría detrás de ella y si no lo hacía, ella no me iba a creer, me haría retroceder en mi aun no tan claro avance.
—Bien, puede que tengas razón, pero aun así tengo que ir —dije y Hermione me volvió a mirar confundida— Tengo que hacerle ver que no miento al decirle que no la dejaría escapar de nuevo, que iré a donde ella quiera que vaya. Tiene que darse cuenta, creer en lo que siento.
—Tienes razón. Anda, y por amor a Merlín, convéncela ya, porque este tipo de cosas me hará tener a Rose antes de tiempo —dijo moviendo nuevamente la carta y yo reí— Aun así, creo que debes confirmar si lo que ahora crees es verdad. Creo que ayer esa Grace Recher quiso hacerte un favor al mencionar Paris, porque no vas y le preguntas.
—¿Crees que me diga algo? —pregunté.
—No pierdes nada con intentarlo, además, estoy segura de que intentó ayudarte a perseguir a Parkinson.
—Parecía algo malvada en realidad, algo parecida a Pansy —dije, recordando aquella inocencia fingida y la sonrisa de que había hecho algo grande.
—Quizá por eso son amigas —bufó Hermione y musitó un lo siento al ver mi cara.
Yo ya sabía cómo era Pansy, no era necesario que me recordaran lo cruel y malvada que podía llegar a ser, era parte de su encanto y a mí me enloquecía que fuera así.
Despedí a Hermione minutos después y volví a tomar mis cosas. Ya sabía a qué hora salía la señorita Recher del trabajo, a las cuatro de la tarde. Tenía que esperar un buen rato para que dieran aquella hora, así que fui al ministerio y solicité un traslador para las cinco de la tarde directo a Paris. Me dieron el traslador en forma de un lápiz con facilidad, sin hacer preguntas y pude sentir por unos cuantos minutos que estaba por lograrlo al completo, que tal vez Pansy me la siguiera poniendo difícil, pero al menos ahora sabría que no mentía al decir que siempre la perseguiría. Todo iba a estar bien por fin en mi vida, excepto por el rostro escarlata y los ojos ardiente de rabia que me interceptaron al salir de la central de trasladores.
Intenté tranquilizarme, dando fuertes respiraciones para no alterarme por completo, pensando que en serio era una jodida broma del destino tener que encontrármela justamente hoy, cuando me sentía cada vez más cerca de Pansy. Aunque de cierto modo, Hermione me lo había advertido, Ginevra no estaba nada contenta.
Luché para que aquello no me afectara para nada, pero de verdad que no estaba de humor para aguantarme una sola palabra a gritos de mi exesposa, suficiente la había soportado en el último tiempo que estuvimos juntos, con el pasar de los años su voz fue subiendo más y más de volumen con cada discusión, sus insultos igual aparecieron, así como también sus miradas llenas de resentimiento y rabia.
—Ginevra —saludé sin ganas y lo primero que sentí fue su pequeña mano dando en mi rostro.
—¡Eres un imbécil, Potter! ¡¿Cómo te atreviste a ponerme en ridículo de esta manera?! ¡¿Crees que la gente no se ríe de mí al ver que me dejaste nada más que por otra mujer?! ¡Una jodida slytherin! —gritó con fuerzas, apretando las manos, mirándome con rabia y las mejillas más rojas.
Me sobé la mejilla y evité de verdad tomarla de los hombros y gritarle que jamás me volviera a poner una mano encima. Era la primera vez que lo hacía, pues siempre se había controlado para no llegar a ese punto, pero no estaba dispuesto a volverlo a permitir. Sentía mi sangre hirviendo, sentía mi magia acelerarse, querer salir con fuerzas de mi cuerpo y no quería tomar mi varita o hacer más grande mi enojo porque era capaz de lastimar a alguien si desbordaba mi magia. A pesar de todo, jamás me atrevería a lastimarla.
—Mira, Ginevra, la única que se pone en ridículo o siente que así es, eres tú. ¿O acaso yo he ido a reclamarte que ya te hayas acostado con uno de mis chicos aurores? —dije en voz baja y ella retrocedió un paso, bajando por un instante la mirada— ¿Creíste que no me enteraría, verdad, cuando es claro que no es el primero ni el único? Así que no me vengas que te he puesto en ridículo cuando es claro que todo mundo hablaba ya de ti —dije sin remordimientos por estarla ofendiendo.
—Al menos no lo hago en público, pero tú, ¡maldita sea! Fuiste y te le declaraste a una mujer en un evento con miles de personas y reporteros a cada tres pasos, humillándome de la peor forma, pues el maldito diario me nombró cómo la mujer abandonada por ti y un reportero fue a verme para que declarara como se sentía. ¡Todos hablan y se burlan de mí, otra vez!
—Estoy seguro de que nadie se burla de ti, al menos no por mi culpa, claro. Y ¿humillarte? Jamás fue mi intención. Yo sólo dejé en claro lo que sentía y lo volvería hacer las veces que fueran necesarias.
—Claro, cómo si gritar que la amas y la recuperarías no me humillara a mí, estúpido. Y si eso no te bastara, tenía que ser a la idiota de Parkinson. ¡¿Acaso piensas que no sabía que era ella?! ¡¿Acaso creíste que no te escuchaba nombrarla en sueños?! Por, Merlín, hasta te escuché llorar por ella una vez. Y me lo aguanté, Potter, pero ahora esto es demasiado.
La tomé por el codo y la hice caminar a un rincón más apartado, pues veía que ya muchos empezaban a acercarse a escuchar. Tomé mi varita y puse un hechizo a nuestro alrededor, esperando que la situación no se volviera peor.
—Jamás vuelvas a insultarla, es más, te prohíbo decir su nombre, ¿entiendes, Ginevra?
—No puedes prohibirme nada —dijo con altanería.
—Más te vale hacerlo por tu bien, si es que no quieres quedarte en la calle definitivamente. Te he dejado la casa por el respeto que aun te tengo y el cariño que aún conservo hacia tu familia, así que no me hagas olvidarlo.
Ella se quedó en silencio, mirándome y retándome con los ojos, apretando los labios y soltándose de mi agarre con rabia.
—Nunca entendí que te dio esa…
—Una más y te juro que no respondo —amenacé— Y lo que me haya dado o lo que encontré en ella, es claro que jamás lo vi en ti —aseguré y me alejé de ella, sonriendo un poco al pensarla— Ella es perfecta, inalcanzable, preciosa, tan distinta a ti.
—¡¿Cómo puedes decir?! ¡¿cómo puedes tan siquiera compararme con esa?! Yo que me quedé a tu lado, que luché junto a ti, que mi familia arriesgaba la vida por ti, por tu maldito pellejo, que te aceptó sin más. Dime que hizo ella, ¿abrirse de piernas? No, lo olvidaba, gritó que te entregaran a Voldemort, ¿verdad?
—¡Basta! —la hice callar y puse mi cara a su altura— Eres tú quien no debe abrir la boca ahora, no porque hayas cogido un mal camino después de nuestro divorcio, significa que todas son iguales. Es mi última advertencia, Ginevra, deja de hacer escándalos, porque olvidare todo lo que sentí por ti. Además, te recuerdo que la que quiso divorciarse fuiste tú.
—Pero tú aceptaste de inmediato, querido —apuntó con rabia, apretando los dientes y cruzándose de brazos.
—¡Vaya! Así que de eso iba todo, ¿no? Sólo tratabas de chantajearme, pensaste que de verdad no firmaría nada. Que tonta, Ginevra, cuando vi tu firma en aquel papel, supe que era la mejor decisión —alegué con una sonrisa y pude ver su rabia elevarse— No te amé, de verdad no lo hice. Pero te quise y te respetaba, estaba dispuesto a hacer mi familia contigo, pero cada vez te volvías más y más insoportable, más gritona, más chantajista y superficial, ahora no reclames por mis sentimientos hacia otra mujer.
—Una maldita, estúpida y zorra mujer —dijo con más enojo.
—Te lo advertí. Es mejor que recojas todas tus cosas y para cuando regresé, espero que la mansión Black esté libre de ti, evítame la pena de sacarte. Adiós —me di la vuelta y caminé lejos de ella, escuchando su berrinche y el ruido que hacía con uno de sus tacones golpeando el suelo.
Estaba lleno de rabia, contra ella, por lo que dijo de Pansy, pero más contra mí, pues yo era el culpable de todo esto, de nuestro matrimonio y del término de éste. Ginny no era así, desde que la conocí siempre había sido divertida, cariñosa, valiente, audaz, capaz de hacerle frente a cualquiera, porque era poderosa y eso me atrajo en su momento, y me quería y yo la quise. Pero la amargué, yo le mentí, yo no pude amarla y eso le dolió, la hirió y transformó su cariño en amargura, en soberbia y resentimiento. Era mi culpa el que ahora ella se comportara así, con esa vena tan egoísta, superficial y odiosa. Nunca debí prometerle amor cuando sabía que no iba a ser capaz de lograrlo, pero yo de verdad había creído que ella me iba a poder hacer olvidar a Pansy, confiaba que, con toda esa belleza, esa bondad y personalidad, con todo su ser, lo lograría, que me haría olvidarla definitivamente, que llegaríamos a amarnos de verdad, pero no fue así, en cambio los dos llegamos al punto de detestarnos, de reclamarnos, de gritarnos y odiarnos, de ignorarnos en vez de hacernos el amor.
Y estaba en todo su derecho de reclamarme, de insultarme y hasta hechizarme, pero no tenía ningún derecho de insultar a Pansy, cuando ella no hizo nada para separarnos, que hablara de ella como si fuera la culpable cuando no era sí, sólo yo tenía la culpa y mis sentimientos por otra mujer.
Saliendo del ministerio me aparecí directamente en las escaleras del museo. No tenía razones para entrar, Pansy no estaba después de todo, así que sólo esperaba que saliera su amiga para confirmar lo que había dicho ayer. Miré el reloj que llevaba en la muñeca, un regalo de Hermione hace tiempo, y me di cuenta de que faltaba media hora tan solo. Me pasé una mano por el cabello y jugueteé con mis manos, aburriéndome y desesperando por querer irme ya a Paris. Entre más tiempo pasaba sabiendo que ella estaba allá, más sentía que la estaba perdiendo de nuevo, y el recuerdo de verla alejarse mientras la lluvia caía, después de decirle cuando la amaba en nuestro último año de Hogwarts, no hacía más que repetirse en mi cabeza una y otra vez, haciéndome sentir otra vez como ese chico dolido y resignado a no tenerla.
Pero eso no volvería a ocurrir.
—Señor Potter, qué raro verlo por aquí —escuché una suave y divertida voz atrás de mí, llena de un sutil sarcasmo que pude reconocer.
Me levanté y giré rápidamente, encontrándome con una mirada verde oscura muy divertida. No era raro que fuera amiga de Pansy, como había dicho Hermione, ambas tenían ese aire de estar por encima de todos, esa mirada maliciosa y una sonrisa dulcemente macabra, y debía admitir que hasta cierto punto me agradaba.
—Señorita Recher, precisamente a usted venía a verla —dije y ella bajó los escalones, elevando una ceja.
—¿De verdad? Eso es muy halagador, aunque uno podría jurar que lo hace por nuestra bella directora, señor Potter, más aún cuando ha sido tan discreto con ese asunto —más ironía y por un segundo me pareció escuchar ese arrastre de palabras que hacía siempre Malfoy. Tal vez eran hasta pariente, pensé con irritación.
—Ella no está aquí —dije con los dientes ligeramente apretados y ella asintió alegre— Lo que quiero preguntarle, es si Pansy solo va al museo de Paris y si no es para siempre.
—¿Piensa seguirla? —preguntó ya con un poco de seriedad, pero sonriendo de medio lado.
—Pienso ir a su lado.
—Muy cursi y romántico —bufó y pude sentir una pequeña burla en aquel tono, pero luego negó con la cabeza.
—¿Me lo va a decir? —pregunté con impaciencia, pensando seriamente que había sido un error preguntarle. Ella rió con suavidad y me miró levantando ambas manos, como si se estuviera rindiendo ante mi mirada molesta.
—Es seguro que Pansy me despida después de esto, pero me lo perdonara algún día —dijo y luego se encogió de hombros como si le diera igual— Sí, Pansy sólo va al museo de Paris, tiene que presentarse allá, y para que vea que, aunque no estoy de su lado ni lo apoyo a usted, si la apoyo a ella —no entendí esa parte y ella se dio cuenta, así que movió la mano quitándole importancia— Se hospedara en el hotel Varenne, no es un sitio para magos, así que sólo muestre esta dirección a cualquier taxi y lo llevaran de inmediato. Además, le pondré el nombre del museo y el cómo debe llegar a él —sacó de su bolso un pequeño papel de color verde suave, donde escribió con una pluma muggle la dirección, que me extendió de inmediato.
—Muchas gracias, señorita Recher —sonreí mirando aquellas palabras, y ella igual lo hizo, agradeciendo el saber manejarme en aquellos vehículos que eran más populares entre los muggles.
—De nada. Sólo no vaya a decepcionarla, porque he sido muy buena con usted y no querrá conocer cuando no lo soy —amenazó.
Si se hubiera puesto seria o sacado la varita, estaba seguro de que no habría dado tanto miedo como ahora, con aquella sonrisa brillante, de dientes perfectos y divertida, que prometía una venganza lenta y cruel si no lo lograba, con una mirada que relampaguearon con veracidad a sus palabras, capaz de hacerle temblar las piernas a cualquiera.
—¿Usted fue a Slytheriin? —pregunté de manera curiosa.
—No. Fui a Beauxbatons, aunque todos los que me conocen preguntan lo mismo —dijo con la misma sonrisa— Habría sido perfecta ahí, ¿no cree?
—Ya lo creo. Gracias por la información, señorita Recher, tengo que irme.
—Fue un gusto —movió la mano y yo me di la vuelta para correr al primer callejón solitario que encontrara.
El traslador no tardaba en activarse, faltaba tan solo unos quince minutos para que lo hiciera y aunque el museo estaba sobre una calle completamente mágica, por el movimiento del mismo traslado, no podía hacerlo donde hubiera tantas personas, era peligroso.
Cuando al fin hallé un buen lugar, saqué de mi chaqueta aquel lápiz, lo tomé con fuerzas entre mis manos. Tres minutos después, aquella sensación de pasar por un tubo muy pequeño, jalado por la boca del estómago, se hizo presente. Solté el lápiz apenas llegué y me pasé la mano por el cabello algo agobiado. Cerré los ojos y respiré profundamente para eliminar aquella sensación tan grotesca.
Cuando al fin estuve totalmente despejado, miré a mi alrededor. Estaba en una sala espaciosa, donde inmediatamente una señorita de cabello rojo y ojos azules se acercó a pedirme que me retirara de la zona de aparición. Accedí y agradecí en mi mente que ella hablara perfectamente el inglés, porque mi francés era tan pobre y sólo me haría quedar en ridículo.
Cuando al fin salí del ministerio, caminé un par de calles por el lado muggle y tomé el taxi como me había aconsejado la señorita Recher. Apenas pude saludar en francés al conductor, así que inmediatamente le pasé el papelito con la dirección de aquel hotel. El amable hombre sólo asintió con una sonrisa, riéndose entre dientes sin decir nada más. Me dejó delante de un gran edificio en una calle empedrada, rodeada de más edificios y negocios del mismo estilo. Tenía todo el estilo clásico de Paris, en color arena claro, un diseño artístico en las ventanas con pequeños balcones lleno de plantas y flores blancas en pequeñas masetas igual blancas, y una entrada discreta, con puertas dobles de un cristal trasparente. Parecía tan sencillo, pero al mismo tiempo se podía notar la elegancia y el buen gusto en todo.
Pagué mi servicio de taxi y entré inmediatamente, preguntándole con cautela y lentitud al portero si hablaba inglés.
—Claro que sí, señor, ¿puedo ayudarlo? —ofreció con amabilidad.
—Busco una habitación —dije con una sonrisa y él abrió la puerta indicándome la recepción que estaba cerca, pegada a la pared en mi lado izquierdo.
—Ella podrá ayudarlo, señor, espero verlo otra vez y que tenga una estancia satisfactoria —agregó con una gran sonrisa debajo de su espeso bigote pálido.
—Muchas gracias.
Agradecí que la mayoría del personal hablara mi idioma. Rápidamente me dieron una habitación y tuve que morderme la lengua para no preguntar por Pansy, pues sabía que se lo dirían rápidamente, no quería ella sospechara que me estaba hospedando en el mismo lugar, era claro que cuando me viera sacaría rápidamente sus conclusiones y se enojaría con su amiga, pero esperaba que al menos me mandara al demonio tan rápido. Así que sólo me encerré en mi habitación, después de escuchar con mucha atención la hora en que se servía el desayuno, presintiendo que al menos Pansy lo tomaría abajo y no en su habitación. Deseaba que fuera un encuentro sutil, nada de abordarla pues parecía ya fastidiada de eso, claro, eso no quería decir que no la seguiría.
Me acosté en la espaciosa y suave cama de aquella habitación de un tamaño considerable, con una gran ventana que daba a un balcón pequeño donde se podía ver los árboles y, más allá de aquellos portones negros de la entrada, edificios con el mismo estilo. Era un hermoso lugar y era más que claro de porque Pansy había venido a este sitio. La verdad es que no sabía si ya estaba en este hotel, ni siquiera sabía cuándo viajaría, pero desde el día de mañana muy temprano ya estaría en las puertas de aquel museo, aunque primero tenía que averiguar donde se encontraba.
Sentí mi estómago gruñir, así que pedí algo para comer, utilizando de manera lenta aquel teléfono que había a lado de la cama. Pasé el resto de la tarde encerrado. Sí, era probable que si salía de la habitación podría encontrarme a Pansy, pero necesitaba también darle un espacio a ello, no quería que apenas me viera en su mismo hotel se largara a otro sin que tuviera idea de dónde. Era mejor mañana hacer lo que venía haciendo desde que la encontré: conocerme un nuevo museo.
No sabía en qué momento me quedé dormido, lo último que recordaba era haberme acomodado en la cama sintiéndome algo cansado, quizá había sido la discusión con Ginevra o el traslado, pero demasiado raro pues aún era temprano, pero cuando abrí los ojos, a la mañana siguiente, para mi gran horror y desesperación, me di cuenta de que me había dormido más de lo normal. Salté de la cama y me fui al baño para darme una corta ducha, apenas tomándome el tiempo de buscar la ropa que usaría, agradeciendo que en mi armario se encontrara siempre más ropa muggle que de mago.
Seguidamente, salí de la habitación directo al pequeño restaurante que había en el primer piso. De seguro no cause una buena impresión, pues al salir inmediatamente del elevador, corrí hacia aquel lugar. Inspeccioné velozmente el sitio, pero ni rastro de Pansy, así que atravesé el salón y me dirigí al jardín, atravesando unas bonitas puertas. Me pasé una mano por el cabello aun húmedo, nada, no había ni un rastro de ella por allí.
Una joven de cabello rubio se acercó a mí, hablándome en francés, para al ver mi rostro confuso, sonrió ligeramente y me volvió a hablar en un difícil inglés para ella.
—¿Desea algo para desayunar? —preguntó y yo asentí, observando las miradas que me daba la mayoría de los comensales.
—Sí, claro.
—Lo guiaré a una mesa —dijo y me señaló una pequeña mesa que estaba cerca de un arbusto de rosas.
Pedí apenas un plato de avena con frutas y jugo de naranja, lo cual ingerí con urgencia, para salir corriendo, siguiendo los pasos que me había dado la amiga de Pansy en aquel papelito que ya iba arrugado en mi mano. No tardé para encontrar aquel callejón entre una florería y una casa de té. Sonreí al ver que, al revés del papelito, igual me decía como debía acceder al callejón, siguiendo el orden de los ladrillos para que se abriera. Era como el Callejón Diagon, pero más espacioso y elegante, todo el estilo parisino en realidad, pero no me detuve a mirar mucho, sino corrí hacia donde debía estar el museo.
Rápidamente me encontré con un alto edificio tan diferente al de Inglaterra, con un aspecto más moderno. Era obvio que su estilo tendría que ser diferente, por lo que había dicho Hermione era un museo de arte moderno, así que todo lo era así como su concepto dictaba. La estructura era como un enorme cubo de dos plantas, donde la parte frontal había sido remplazada en su totalidad por cristales, y por el cual se podía apreciar el interior, estaba pintada de blanco en su totalidad, complementado con colores rojos y negros, así como algunos detalles de metal.
Cuando atravesé las puertas giratorias de cristal, me encontré con un gran salón en medio como en Inglaterra, éste tan sólo contaba con un apartado pegado a la pared que, en vez de ser madera, era una recepción alta de metal y cristal como escritorio, donde dos muchachas de cabello en una apretada coleta alta atendían, dando espacio para que las personas se movilizaran. Me acerqué a ese lugar, formándome en la pequeña cola que había.
No tardé mucho para pasar e intentando no hacer el ridículo, empecé a hablar en francés, hasta que una de ellas sonrió con suavidad y me contestó en inglés.
—No se preocupe, señor —dijo y me mostró un folleto— Yo le explicare lo que quiera saber, y aquí mismo se muestra un mapa de las diferentes secciones que puede visitar.
—Muchas gracias, señorita.
—Es un placer poder ayudarle —contestó con amabilidad.
—Disculpe, ¿podría indicarme donde quedan las oficinas? —pregunté y su cara se mostró curiosa— Verá, a mí me gusta comprar cuadros o piezas de arte…
—Oh, sí —accedió con facilidad y tomando de nuevo el folleto donde estaba el pequeño mapa, me señaló con un dedo un espacio que no tenía nombre— Está en la segunda planta, después de un estrecho pasillo cerca de la zona de fotografías. De todos modos, con preguntarle a cualquier guía que encuentre, le hará el favor de llamar al asistente de ventas.
—Muchas gracias, ha sido de gran ayuda.
Me alejé de la recepción y subí de inmediato las escaleras. Era obvio que no vería a Pansy quizá hasta dentro de muchas horas, pero debía estar cerca para poder verla.
Me paseé por varias secciones del museo, encontrándome, además del salón de fotografía, con el de escultoras hechas a base de mármol, el de pinturas abstractas que de verdad no entendí nada, pero no podía negar que cada una tenía algo que no podía dejar de ver, el salón de cuadros de flores o animales y el de paisajes. El de fotografía eran dos grandes salones, donde uno eran fotografías a color y el otro a blanco y negro, y definitivamente el último fue el que más me impresionó.
Las horas fueron pasando y claramente hubo cosas que me hicieron moverme, como el hecho de tener que ir al baño, comer y obviamente el aburrimiento se hizo presente, así que tuve que ir al baño, al pequeño café del museo y bajé para pasearme por las demás salas, aunque claramente, cuando volví a subir, los guías que estaban ahí y los asistentes del mismo museo, me observaron con extrañeza. Quise reír al ver sus caras, pues eran parecidas a las que me daban cuando empecé a asechar a Pansy en Inglaterra.
De vez en cuando miraba hacia aquel pasillo donde se encontraban las oficinas principales, hasta que, en uno de mis vistazos, vi a un grupo de personas doblar la esquina y, entre ellos, venía Pansy hablando con otro hombre.
Sonreí y di unos pasos hacia atrás, procurando que no me viera todavía, es más, me puse delante de un cuadro de unas manos de mujer muy bellas, como si estuviera embelesado con él, mientras miraba de reojo a la entrada para ver el momento en que pasaran. Pero lo cielos se apiadaron de mí, pues en vez de simplemente pasar, entraron por completo y aquel hombre le decía a Pansy lo que se encontraría ahí, así que era un recorrido.
Me giré hacia otro cuadro, como si no la hubiera visto, pero podía sentir aquella mirada clavada en mi nuca, como si quisiera perforarme ahí mismo. Me obligué a no girar cuando escuché sus pasos, los reconocería en donde fuera, y seguí mirando el cuadro a blanco y negro, de una mujer mostrando parte de su barbilla y hombro desnudo.
—Potter —dijo cerca de mí.
Esperé algunos segundos para girar, como si realmente estuviera interesado en lo que estaba viendo, y cuando lo hice, Pansy lucía enojada. Enojada era poco en realidad. Conocía esa mirada desde el colegio. Era algo más, pero a mí me encandilaba.
—Hola, Pansy.
Ella se cruzó de brazos, mientras yo sonreía.
Tal vez estaba furiosa. Más de lo que demostraba podía jurar. Pero bien valdría la pena, porque ahora si no tendría duda que no mentía cuando le dije que siempre iría detrás de ella.
Hola, ¿cómo están? Espero que lo hayan disfrutado.
Gracias por leer.
Nos leemos pronto.
By. Cascabelita
