Capítulo 12

Cerré la comunicación de la chimenea, después de explicarle a Lizzie que todas las tardes la llamaría a esta hora, que más tarde no podría porque el hotel era muggle y no tenía una chimenea como tal. Ella suspiró y sonrió estando de acuerdo con eso y luego procedió a contarme todo lo que había hecho con Scorpius, sus tíos y su abuela, haciendo que me tranquilizara, pues ayer al dejarla, lloró un poquito y se refugió en los brazos de Draco, quien me dijo que todo estaría bien, que sólo era por la despedida y que ellos harían todo lo posible para que Lizzie no llorara tanto. Asentí a ello, pero aun así con la idea de que, si para hoy no estaba mejor, regresaría de inmediato. No podría dejar a Lizzie tan triste y desolada, ella aun necesitaba mucho apoyo y no quería retroceder a los días en donde lloraba por todo, afectada profundamente por la muerte de su padre.

Me levanté y me acerqué al bonito escritorio de caoba, y tomé mis cosas de aquella pequeña oficina que me habían asignado, las misma que habían utilizado Aranza y David cuando estaban a cargo. Era más pequeña que la de Inglaterra, pero totalmente funcional para las pocas veces que tendría que venir y con el espacio necesario para que Lizzie no se aburriera cuando viniera conmigo.

Respiré con fuerza, apoyándome en la superficie del escritorio, suspirando con frustración y obligando a mi corazón a dejar de estar tan acelerado solo de recordar que había encontrado a Potter en aquel salón de cuadros a blanco y negro. Me coloqué una mano sobre el pecho, sintiendo contra mis dedos aquel alocado movimiento, y a mis oídos llegaba el sonido que hacía.

—Estúpido, Potter —susurré y empecé a guardar los papeles que tendría que leer y firmar que me habían proporcionado, en el portafolio.

Miré por la ventana de aquel lugar, y me di cuenta de que las estrellas ya brillaban en lo alto. Suspiré una vez más, sintiéndome un poco más controlada.

Tenía que estar tranquila. Tenía que hacerle ver que su aparición aquí no me importaba, como no importaba verlo en el museo de Inglaterra. Tenía que demostrarle que no porque viniera por mí, significaba que yo me arrojaría a sus brazos y aceptaría sus sentimientos. No. Jamás creería en sus sentimientos.

Salí de la oficina y me despedí de las personas que había conocido hoy, miembros de la junta directiva que de igual modo empezaban a retirarse y se despedían de mí con tanta amabilidad. Debía admitir que estaba nerviosa por conocerlos. David no estaría aquí para ser las presentaciones, pero ellos fueron tan amables y Gerald Fiquet, el director del museo fue tan comprensivo y solícito, que fue fácil sentirme cómoda, además de que el ambiente había sido bueno, pude percatarme que la convivencia entre ellos era amena y amistosa, como en Inglaterra, y era consciente de que eso favorecía mucho al desempeño de las actividades.

Giré por el pasillo que me llevaba a la salida de las oficinas, y pasé de nuevo por aquel pasillo, el que llevaba al salón de fotografías a blanco y negro, mirando por si Potter seguía ahí, pero no había rastro de él. Sentí una desazón al no verlo, y me recriminé por eso, pues yo misma le había pedido que no me siguiera, pero no pensé que me haría caso, algo que nunca hace.

Aun no podía con la idea de que había venido hasta París sólo por mí. Había salido de la sala de juntas después de tomar el almuerzo con ellos, feliz de por fin conocer aquel museo que me había maravillado apenas entré, siendo todo un contraste con el de Inglaterra. Pero al pasar al primer salón, me quedé de piedra al ver aquella ancha espalda, ese cabello negro ligeramente desordenado y ese perfil que jamás podría confundir, pues contenía una nariz recta y ligeramente respingada, unas pestañas tupidas y suavemente caídas, unos labios rosas pálidos, unos ojos maravillosamente verdes. Un encantador perfil que me conocía a centímetros después de muchas noches a su lado o durante el día cuando lo miraba a escondidas, y que a pesar del tiempo no había podido olvidar.

Primero había pensado que era una ilusión de mi mente ya algo cansada por tantas horas leyendo papeles y escuchando a los de la junta. O que simplemente me estaba confundiendo, cosa que me aterraba más, pues eso querría decir que tenía a Potter en el subconsciente, significaría que todo lo que estaba haciendo para acercarse a mí estaba funcionando de algún modo.

Y eso era imposible, aunque con la insistencia del terco león no podrían culparme.

Habíamos iniciado el recorrido por aquel salón con fotografías a blanco y negro. Muy bellas todas aquellas imágenes, que parecían antiguas y llenas de nostalgia y, como decía Aranza, de mucha pasión. Había de paisajes o flores, y algunas de hombres o mujeres. Quise absorberlo todo, apreciar cada detalle de las fotos, pero al girar de reojo para ver la otra parte de la sala mi vista se detuvo en la ancha espalda de un hombre, con el cabello negro y la piel del cuello ligeramente bronceada.

Sentí mi corazón latir con pesadez, para luego acelerar su ritmo y mi sangre acumularse en mis mejillas a una alarmante velocidad.

Tal vez me estaba confundiendo, quise convencerme de eso, aun así, me perturbaba sentirme de ese modo, sentir como si toda la piel me cosquillara y mi vientre se estremeciera, sentir mi corazón latir con fuerzas, como si pensara que era buena idea romper mis costillas. Negué ligeramente con la cabeza y quité por un segundo mi vista de aquella espalda, hasta que miré como con un gesto que pretendía ser disimulado, aquel extraño giraba tantito el rostro, como si estuviera espiando algo y giraba nuevamente con velocidad.

No, no estaba confundida. Ese de ahí era Harry Potter. Aquel perfil y esos ojos esmeralda no sería capaz de confundirlos nunca en mi vida, me los conocía muy bien, muy a mi pesar.

Me disculpé con mis amables guías y, sin esperar una respuesta, me acerqué con pasos decididos donde estaba el inconsciente ese. No sabía cómo había llegado hasta aquí, como había llegado a este museo, quien le había dado esa información. Nadie de mis amigos lo haría. Nadie. Y lo peor de todo, como es que estaba en esa postura como si no hubiera hecho nada malo, como si estuviéramos en Inglaterra y él no parara de ir al museo solo para perturbarme.

—Potter —dije con los dientes apretados.

—Hola, Pansy —saludó con una sonrisa.

Me crucé de brazos y lo miré con rabia. Sentí más acelerado mi corazón, y el ardor de mi cuello y mi cara no se iba, y ¡Merlín bendito!, ya ni sabía si era por el enojo o por algo más.

No, no, no. No podía ser por algo más.

—¿Qué haces aquí, Potter? —pregunté bajando la voz, después de echar una mirada a donde me seguían esperando.

—¿Tú que crees? —contestó, dando un ligero paso.

No me moví, aunque realmente quería saltar hacia atrás, pero no podía permitir hacerle ver ni a él ni a los otros miembros del museo, que la cercanía de Harry Potter me alteraba a límites inhumanos. Era la directora general de los museos Goldstein y mi imagen estaba en juego, vale que en Inglaterra no había mucho por salvar gracias a él, así que por nada en el mundo haría que aquí pensaran que era una adolescente enamorada por su culpa.

¡Demonios! ¡No, no, no! ¡Yo no estaba enamorada de nadie! De Potter mucho menos.

—Lo que yo creo es que eres un idiota —dije con enojo.

—Entonces date cuenta de cómo me tienes, si estoy así es por ti. Además, te prometí que iría siempre detrás de ti.

—Eres imposible, y yo no te pedí aquella promesa absurda —bufé desesperada y giré de nuevo para ver a los que me esperaban— Ahora me tengo que ir, y más te vale no seguirme, porque te juro que te pondré una demanda por acoso —advertí apuntándolo con el índice.

—Prometo no hacerlo —dijo con voz solemne, pero esa sonrisa no me auguró nada bueno y no pude reclamarle nada, al menos no ahí, ni en ese momento.

Me di la vuelta y volví con el grupo que me guiaba. No quise mirar a ninguno a la cara, pues sabía que en los pocos segundos que había estado con Potter, ellos habían empezado a murmurar y era obvio que lo habían reconocido. O tal vez ya hasta sabían lo que había hecho el idiota ese en el evento de Merlín una semana atrás. Eso hizo que me sintiera más frustrada y nerviosa, pero tenía que disimular lo mejor posible.

—¿Seguimos? —pregunté cuando vi que nadie se movía y seguían pasando sus ojos de mí hacia Potter y viceversa.

—Eh… claro, por supuesto —contestó Gerald.

Salimos del salón y entramos en la siguiente sala. Miré todo con un poco menos de ánimo, pero escuchando con mucha atención a Gerald, quien era el jefe del museo y a Mindy, quien participaba en la conversación hablándome de los artistas si es que ella los conocía.

A pesar de que me gustó todo lo que iba viendo, no pude quitarme de la mente a Potter y lo que había hecho. Yo no le había creído cuando me lo dijo, tomándolo como una estupidez más de su parte, como sus palabras en la noche del evento, pero estaba aquí en París y en este museo sólo para verme, y mi cuerpo estaba pasando por una revolución ante aquella idea, una sensación que me recorría como si de olas se tratara desde que lo vi, confirmando la veracidad de sus palabras.

Vale, Potter ya había dejado más que claro cómo debía tomármelo: una promesa de amor; pero yo sólo podía pensar en lo mucho que había cambiado todo desde que me mudé de nuevo a Inglaterra. No creí que esto pasaría, ni siquiera mis sueños o fantasías hubieran llegado tan lejos. A veces pensaba que de habernos quedado en Reims esto no hubiera sucedido jamás, que Potter seguiría formando parte de un pasado muy triste pero que ya estaba superado, un pasado que no interferiría en mi presente ni futuro. Pero tuve que volver, tuve que hacerlo por el bien de Lizzie y eso trajo una enorme consecuencia en forma de un hombre de ojos verdes, con un rayo en la frente y una terquedad que me sobrepasa. No era justo. Realmente no era justo que él quisiera ser parte de mi nuevo presente y de mi futuro.

Después del recorrido sólo regresé a mi oficina para tomar mi bolso y retirarme por fin, pero lo pensé un poco más, extrañando a mi hija y recordé que desde el hotel no podría comunicarme con ella, así que preferí hablarle de una vez e intentar despejarme por completo sobre la presencia de Potter aquí. Antes de llegar a mi oficina miré el salón donde había visto a Potter, pero no había rastro de él. Un suspiro tembloroso abandonó mi cuerpo, no sabía si de tranquilidad o de desilusión por no verlo. Él había dicho que no me seguiría y no le creí como cuando dijo que vendría por mí, así que había pensado que no lo cumpliría, pero ahora no estaba.

Bajé las escaleras rápidamente, despidiendo con un movimiento de mano a las dos chicas de la recepción, quienes sonrieron con amabilidad, y salí del museo. Miré al cielo ya estaba llenó de estrellas, dándome cuenta de que la temperatura había bajado varios grados, así que abotoné mi abrigo y me coloqué unos guantes blancos que había decidido traer por si esto sucedía. Miré al cielo nuevamente y suspiré pensando en Lizzie otra vez, en lo mucho que le habría gustado el museo.

—Creo que eres la mujer más bella de todo París —respingué en mi lugar al escucharlo hablar, cuando ya había pensado que estaría muy lejos de aquí.

—Potter.

Lo miré, y lo vi salir de las sombras de un pilar, como si fuera un ladrón. Apreté los labios y terminé de acomodar mis guantes, sólo por el mero gusto de tener algo que hacer y él no viera lo ligeramente nerviosa que me encontraba.

¡Oh, por Merlín! ¡Él de verdad estaba aquí, y por mí! Algo en mí enloquecía ante la simple idea, por verlo aquí delante de mí, tan cerca, sin nadie que nos mirara mal, sin nadie juzgando. Dos desconocidos simplemente para el mundo, desconocidos que se conocen muy bien.

—Eres la mujer más bella de todo el mundo para mí —dijo y se acercó a mí.

Bufé, desesperada, y empecé a caminar hacia por donde había entrado. Tendría que caminar mucho antes de llegar al hotel, pero no me molestaba. Grace tenía razón, París era precioso y quería disfrutarlo un poco. Escuché los pasos de Potter posicionándose a mi lado y lo miré de reojo mientras me cruzaba de brazos. No quería esto. Aquí era distinto, verlo en Inglaterra se había hecho una costumbre, pues él vivía ahí y yo también, coincidencia o no, más por su terquedad, sabía que me lo encontraría con frecuencia, pero verlo aquí, en París, sólo por mí según sus palabras, era otra cosa.

—Te dije que no me siguieras, que te pondría una orden de restricción —le recordé intentando persuadirlo para que se fuera.

—No te estoy siguiendo, estoy caminando a tu lado tan solo —contestó.

—Que gracioso —me detuve y lo miré de frente— Basta con esto ya, Potter.

—No —contestó y se acercó un poco más— Tú no quieres que pare.

—¿De verdad piensas eso? Desde que apareciste de nuevo en mi vida te he pedido que lo hagas —contesté molesta.

—Bueno, lo que pasa es que no te creo.

—¿Qué tengo que hacer para que lo hagas? —cuestioné, empezando a caminar de nuevo.

—No lo sé —contestó.

Lo vi encogerse de hombros, metiendo ambas manos en su gabardina negra, manteniendo el ritmo de sus pasos a los míos. Lo vi sonreír y mirarme con una nueva luz en la mirada. Desvié otra vez mis ojos para ver el camino, pues aquellos ojos seguían provocando cosas en mí como antes.

¡Estúpido león!

—Qué tal si me besas y, si a ninguno de los dos nos gusta, te dejo en paz.

—No eres muy listo, ¿verdad? —pregunté con sarcasmo, aun así, pensando en las veces en que lo besé antes.

Quise sacudir la cabeza, no podía estar pensando en eso, pues eso me llevaba a pensar en el momento que casi nos besábamos hace unos días. Eso me había tenía más de la mitad de la noche despierta, pensando una y otra vez que hubiera pasado si nos hubiéramos besado, quizá estuviera muy arrepentida, aunque ahora también tengo la sensación de eso.

—No se me ocurre otra idea.

—¿Y si te golpeo o te hechizo, mejor?

—Mmm… preferiría el beso si no te importa.

—¡Eres insoportable! —exclamé.

Me detuve ante aquel muro y con mi varita toqué los lugares específicos como había visto hacer aquel hombre que me acompañó hoy en la mañana.

Salí del callejón y sentí a Potter siguiéndome todavía, a pesar de que le había pedido no hacerlo. Continué caminando, ignorándolo por completo, pero antes de doblar a la calle donde estaba el hotel, me detuve, no deseando mostrarle donde me estaba hospedando. Eso era muy peligroso, pues me seguiría y no quería eso, no quería que supiera más cosas de mí.

—Te pedí que no me siguieras ya —reclamé, deteniéndome en la esquina, fingiendo cruzar.

—Pero si ahora no te estoy siguiendo, Pansy, yo solo voy a donde me estoy quedando —contestó, y para mi asombró, dobló donde yo iba a hacerlo y se encaminó sin titubear o voltear.

Abrí la boca una y otra vez, queriendo decirle algo, cuando lo vi meterse justamente al hotel Verenne, sonriéndome de medio lado antes de atravesar aquellas puertas dobles. Esa sonrisa, esa sonrisa que vi miles de veces en el colegio cuando se salía con la suya, él y sus insoportables amigos, estaba en su rostro, como si hubiera hecho otra travesura enorme que le había hecho ganar algo.

Me llevé una mano a la frente, pensando en que hacer, mis cosas estaban ahí y no podía simplemente ir y buscar otro hotel a estas horas, además de que este seguía siendo el hotel más cerca del museo. Buscar otro sitio implicaría tiempo y de verdad estaba cansada. Pues bien, no le demostraría que su cercanía me afectaba.

Caminé rápidamente hasta allí. Entré y me dirigí a los elevadores, viendo que en uno de ellos estaba Potter, deteniendo las puertas.

—¿Subes? —preguntó con suavidad.

—No —dije entre dientes.

Apreté el botón del otro elevador, pero nada sucedió. Lo apreté tres veces más, hasta que uno de los mozos me dijo que estaba ocupado y que era mejor que utilizara el otro, señalando con un dedo enguantado a donde Potter parecía esperar.

Quise gritar con rabia, pero con toda la dignidad e indiferencia, me subí a aquel aparato, alejándome lo más posible de Potter, pegando mi espalda a uno de los espejos de aquel lugar. Él dejó que las puertas se cerraran y me miró de frente, pegando de igual modo su espalda a las puertas dobles del elevador, mirándome con una sonrisa que indicaba que acababa de ganar otra cosa, y era claro que yo había perdido.

—Pansy…

—No me hables, Potter. No puedo creer que hicieras esto, ¿estás loco? Como te atreviste a seguirme, a venir aquí, a hospedarte aquí. ¿Quién te dio esa información? —pregunté con enojo.

—Es una gran coincidencia que los dos estemos en este hotel, igual a mí me sorprende —contestó y yo entrecerré los ojos, sin creerle nada. Él se pasó una mano por el cabello y me miró de nuevo con aquella sonrisa que te jura no haber hecho nada malo— Te dije que siempre te seguiría y, además, los métodos no importan. El punto es que estoy aquí, y quiero que veas y sepas que hablo en serio cuando digo que quiero estar contigo —concluyó.

—Fue Grace, ¿verdad? —pregunté, y aunque su cara quiso mantenerse impasible, no lo consiguió del todo— ¡Oh, la matare! Juro que lo hare.

—No fue ella.

—Por Merlín, Potter, ¿me crees idiota? —pregunté.

Era claro que ella había sido. Le había soltado delante de mí la información de mi viaje aquí sin pensarlo dos veces, así que quién podría prohibirle que le diera el resto de información, además, tomando en cuenta que ella apoyaba lo que Potter está haciendo para conquistarme, era obvio que le había proporcionado más datos de mí. Cuando la viera no se la iba a acabar, le mostraría que con una serpiente no se juega de esta manera.

—No. No creo que seas idiota. De hecho, creo que eres una de las mujeres más inteligentes que conozco. Sólo que no fue ella —declaró de nuevo, pero no le creí nada.

—Sea como sea, no tiene caso que estés aquí.

—Vine a demostrar algo y no me iré hasta lograrlo.

Parecía tan seguro, tan determinando y directo, haciendo que mi vientre y pecho de nuevo pasara por una revolución de emociones, donde ninguna parecía ponerse de acuerdo. Había tibieza en mí, cosquillas y hasta un poquito de dolor y amargura, deseando internamente que esto hubiera sucedido antes, pero así eran las cosas, y en realidad yo no me arrepentía de mi vida ahora, tenía a mi hija y eso era todo lo que me importaba.

Pero su repuesta, joder con su respuesta, a veces el idiota sabía cómo llegarme. Aunque nunca lo admitiría, igual yo quería que él comprobara todo lo que iba diciendo, quería ver hasta donde llegaría, hasta donde iría ahora que no tenía aquella presión de la guerra y de una familia con altas expectativas en él. Quería verlo, quería verlo luchar por mí, con insistencia, con fuerza, con pasión. Muy en el fondo lo deseaba todavía, aquella Pansy herida del colegio lo exigía con fuerzas.

—Así que, si me quedo aquí para siempre, ¿tú también lo harás? —tanteé con la voz más suave, acercándome un paso.

—Sí —dijo con la voz y los ojos muy seguros.

—¿Para siempre? —susurré y pude ver su manzana de Adán moviéndose de arriba abajo, mientras daba un paso más cerca de él.

—Siempre.

—Porque me amas, ¿cierto? —pregunté con voz suave, mordiéndome ligeramente los labios, acercándome por completo a él.

Sonreí de medio lado en ese momento, al notarlo tan nervioso. Sabía a donde quería que llegara él, pero no sabía hasta donde llegaría yo. Pero esto me recordaba a nuestras citas a medianoche, cuando Potter era un gatito entre mis manos lleno de nervios y titubeos, que con pequeñas y suaves caricias lograba casi ronronear, para luego volverse un león más atrevido y directo, que era capaz de comandar las caricias y los besos, demostrándome algo que nadie más tenía, que nadie más veía. Y eso me fascinaba. Ser yo la chica coqueta a la que no podía resistirse nunca.

—Te amo con toda el alma, Pansy —susurró con seguridad.

En ese momento mi corazón pareció saltar en su sitio y mi pecho y vientre se llenaron de una calor tan suave y ligero, amortiguando el dolor y la amargura en mí.

Levanté mi mano para tocar su mejilla, estaba tentada en realidad a hacerlo, queriéndolo sentir tan siquiera algunos segundos, pero en vez de eso, apreté el botón del elevador cuando vi que aquel circulo con el número diez brillaba, avisando que ya había llegado a mi piso. Hubo el sonido de una campanilla al momento de detenerse y luego las puertas se abrieron, haciendo a Potter trastabillar hacia atrás, apenas manteniendo el equilibrio para no caer.

Reí con fuerzas y caminé directamente a mi habitación, abriendo la puerta rápidamente y cerrándola atrás de mí antes de que a Potter se le ocurriera seguirme o reclamarme por lo que había hecho.

Me tapé la boca con una mano, intentando quitar la sonrisa que aun surgía al pensar en cómo se sintió acercarme y ver aquellos ojos mirándome como si yo fuera la única en su mundo, que era la chica más hermosa y la que él más quería, como antes, cuando ambos pensábamos que podíamos estar juntos.

Me quedé ahí, recargada en la puerta, y después de algunos segundos, escuché como tocaban. No tenía ni siquiera que mirar por la merilla para saber que era él.

—¿Quién? —pregunté con voz suave y casi inocente.

—No te hagas, Pansy, abre la puerta —exigió y pude detectar el tinte desesperado en su voz.

—No. No quiero.

—No te comportes como una niña, Pansy, abre la puerta ya —me molesté ante aquella contestación.

—No me estoy comportando como una niña, Potter, sólo no quiero verte. Suficiente tuve de ti hoy —dije.

—Pero yo no de ti —no pude evitar sonreír ante eso. Había respuestas en él que me desbarataban un poco— Me pasaría la vida entera viéndote, Pansy —su voz había bajado y escuché un ligero golpe.

Miré por la merilla y pude ver su cabeza recargada contra la puerta. Quise abrir para que se cayera, pero era mejor no dejarlo pasar, tal vez luego no quisiera irse. Y los dos solos en una habitación… no, eso no sería bueno.

—Vete, Potter, quiero estar sola —pedí.

—Sabes que podría quedarme toda la noche aquí, ¿verdad?

—Lo sé, eres un idiota, pero es mejor que te vayas.

—Bien, me iré, pero vamos a hacer esto…

—¡No hare tratos contigo, Potter! —exclamé de inmediato.

—No tienes opción…

—¡Pues te quedas ahí! —contesté a la defensiva.

—Sabes que podría abrir esta puerta de inmediato y si te lo estoy pidiendo es sólo porque quiero que nazca de ti hablar conmigo, así que no me obligues a más, Pansy —advirtió con terquedad.

—Idiota, terco, estúpido...

—Completamente, y es por ti —escuché una ligera risa de su parte y apreté los labios disgustada, pues mis insultos ni siquiera le molestaban— Pero volviendo al punto. Me iré, pero si aceptas desayunar mañana conmigo aquí en el hotel, es más, podrás fingir que fue una coincidencia —explicó.

—¿Te irás si digo que sí? —cuestioné, pues eso era realmente fácil. Podría simplemente no ir a desayunar e irme al museo más temprano.

—Sí, pero vendré por ti para vayamos juntos —contestó con otra pequeña risa.

—Así no podría fingir que es coincidencia —reclamé.

—No creas que no sé cómo piensan las serpientes.

—¡Te odio!

—Yo te amo más.

Pateé la puerta y luego miré por la merilla, dándome cuenta de que se había ido ya. No sabía que haría ahora. No quería darle ni hacerle ver que estaba cediendo, e ir a desayunar podía tomarlo como algo parecido a eso.

Recargué la frente en la puerta y cerré los ojos con fuerza, suspirando.

—Potter, Potter… Harry, eres un idiota. Primero dices que te gusto y luego me dejas porque eso no era correcto, ahora que por fin había dejado de pensar en ti, vienes y dices que me amas. ¿Quién te entiende, león?

Me separé de la puerta y procedí a prepararme para descansar. Primero tomé un largo baño y al salir de ahí, pedí una simple cena al hotel, algo de pan de semillas y arándano, y algo de queso, y una taza de té de manzana y canela para relajarme.

Acostada ya en mi cama, miré al techo y me tapé la cara con ambos brazos, sin poder dejar de pensar en Potter. Y lo peor de todo, es que me parecía que poco a poco iba cayendo de nuevo ante él. Cayendo ante este juego que él había iniciado en aquella tienda de ropa, irrumpiendo en mi vida sin siquiera estar preparada, pero quién hubiera podido decirme que en mi destino aparecería otra vez Potter cuando ya lo había olvidado por completo, y mucho menos hubiera imaginado que él haría todo esto. Qué vulnerable e indefensa debí de verme aquel día en la tienda de ropa, qué tan vulnerable e indefensa me sentía ahora ante sus actos.

Él era impulsivo, terco, pasional y testarudo, y sabía que no me dejaría en paz, cuando se empeñaba en algo no había quien lo detuviera, y eso… eso me gustaba. Joder, me gustaba mucho.

—Si lo hubieras dicho antes… pero tenías que ser tan terco, tenías que equivocarte. Teníamos que equivocarnos tanto, dañarnos tanto. Pero Lizzie, mi bella y tierna Lizzie, no, no estoy arrepentida —susurré— Pero ¿qué voy a hacer contigo?

¡Oh, Merlín! ¿Qué haría con él ahora? Era condenadamente testarudo y terco, era indomable, salvaje y directo como buen león, y ahora estaba aquí a cómo lo deseé hace años, cumpliendo promesas y declaraciones que tomé por estupideces o delirios de un idiota, demostrando que iba en serio y que no pensaba fallar. Y eso de algún modo me estaba afectando a límites que no quería aceptar en voz alta, es más, me rehusaba a pensarlo siquiera con claridad o con todas las letras que de algún modo estaba debilitando la barrera que había puesto alrededor de lo que sentí alguna vez por él. No podía permitirme ceder, pero era imposible no hacerlo, no al menos una pequeña parte de mí, aquel trocito que quedaba de la Pansy enamorada por primera y única vez en el colegio, y menos ahora que veía que había hecho lo que prometió, que me siguió solo porque me quería, venir hasta París, la ciudad del amor como todo un cursi idiota, aunque de eso aún tenía mis reservas.

Y sí, sí pudo haberme seguido antes, cuando salimos del colegio, pero debía aceptar que tenía razón al decir que tuvo miedo, ¿acaso yo no lo tuve cuando mi padre me informó que debía casarme con Theo? Tuve miedo de rebelarme y por eso acepté, ¿o cuando mi madre me amenazó con quitarme todo si no me casaba con Anthony? Pues bien, eso hice, me casé con un hombre maravilloso que quise, pero no amé. Nadie con diecisiete años estaría dispuesto a renunciar a todo lo que conoce por una única persona, yo lo pensé por unos segundos, hasta que me di cuenta de que no serviría de nada porque Potter no estaba dispuesto a hacer lo mismo, pero… aun así había dolido la manera en que él lo hizo, sus palabras, su mirada, su gesto al dejarme. Sí, todo había dolido. Pero ahora estaba… tenía que aceptarlo, joder, emocionada. ¿Seguirme? Él me siguió. Aun no podía con esa idea, creía que no lo haría, que no vendría, y ciertamente sentía una ligera emoción.

¡No! No es que pensara tirarme a sus brazos y decirle que lo quería o que quería intentarlo y que estaba dispuesta a todo de nuevo, pero no podía negar que había algo en mi pecho punzando con emoción y, para mi desgracia, no era un ataque o un paro cardiaco, mi corazón parecía ir en contra de mi mente, latiendo despacio o muy rápido ante la cercanía de Potter, el muy traidor, y aunque yo no era una de esas mujeres que seguían ciegamente a su corazón sin pensar en los pros y contras, pero debía admitir que Potter era una excepción a la regla, a mi propia regla desde siempre. Una serpiente y un león juntos, si me lo hubieran dicho antes de que me enamorara de él, habría dicho que eso era absurdo, una completa idiotez, una ofensa y desgracia, pero lo hice, él rompió aquella regla que todas las serpientes y leones teníamos, por mí y yo lo hice por él.

Aun así, no pensaba ponérsela tan fácil. Por supuesto que no, y mucho menos le demostraría que estaba funcionando lo que iba haciendo. Oh, no. Sería todo menos fácil, porque se lo había ganado con creces. Sí me quería de verdad, si me amaba como ya había dicho enfrente de todos, tenía que demostrármelo, dejármelo más que claro, para que yo pudiera creerle. Antes le creí sin que lo dijera, ahora tenía que hacer algo muy grande para que creyera de nuevo en él.

Oh, Potter, Potter, esto te costara…

Fue lo último que pensé antes de quedar dormida.

La mañana me tomó más pronto de lo que pensaría. Me levanté despacio, dándome cuenta de que eran apenas las siete de la mañana. Quería mandarle una carta a Lizzie, pero era seguro que siguiera dormida, así que con calma mi ropa, zapatos y accesorios. Me metí al baño y me arreglé con esmero, y que nadie dijera que era por Potter, no, jamás, no me estaba arreglando para él.

Chasqueé la lengua al colocar de nuevo el teléfono en su lugar cuando estaba a punto de pedir mi desayuno a la habitación. Era mejor enfrentar a Potter y no hacerle ver que temía a algo. Me senté en el tocador y me maquillé lo justo, intentando de concentrar la atención en mis ojos, sin ser exagerada y dejando más suave el color de mis labios.

Cuando estaba colocando el labial, escuché tres golpecitos en mi puerta. Suspiré, pues ya sabía quién era, aun así, pensaba fastidiarlo un poco. No contesté y la puerta volvió a sonar. Sonreí frente al espejo, pensando muy seriamente de qué si estaba siendo obligada a esto, al menos me divertiría a su costa. Siempre lo había hecho, aun cuando manteníamos una relación en el colegio. La serpiente en mí pedía a gritos burlarse del inquieto león.

La puerta volvió a sonar.

—¿Quién? —pregunté con suavidad segundos después del último toque.

—Soy Harry —contestó, y sonreí más ampliamente.

—Ah, eres tú —dije con tono fastidiado.

—Abre la puerta, Pansy —pidió.

—Espera, me estoy vistiendo —dije en voz alta y me quedé más tiempo ahí sentada, mirando mi rostro y no pude evitar sonreír más grande.

—¿Te falta mucho? —preguntó y pude sentir un pequeño temblor en su voz. Eso me gustó.

—¿Te gustaría verme desnuda acaso? —sugerí con voz suave.

—Sí… no, no, digo no…

—Creí que te gustaba

—Sí, pero no…

—Decídete, Potter —pedí.

—Joder, Pansy, no me hagas esto. Por supuesto que quiero, pero no así… yo, no sé cómo explicarte. Sólo abre la puerta y vayamos a desayunar.

—Es una lástima, yo si quería verte desnudo a ti —pronuncié en voz mucho más suave, jugando con aquella debilidad que ya había visto en sus ojos al verme. Sabía que Potter me deseaba, no estaba segura de su querer o amor, pero su deseo era obvio para mí.

—Pansy, deja de jugar, y sal ya —pidió.

—Que aburrido eres. Pero espera —me tapé la boca para no reír y luego tomé mi perfume, colocando un par de gotas en mi cuello y muñecas.

—Pansy…

—Espera, Potter —exigí y me levanté del tocador— La belleza tarda, y quedar perfecta más.

—Pero si tú siempre estás perfecta —replicó y tuve que apretar los labios para no sonreír por eso.

—Bueno, es un proceso largo y lento, y si no quieres esperar, lo comprenderé —dije con fingida condescendencia.

—Lo que quiero decir, es que tú eres perfecta, no veo porque esmerarte tanto si igual eres hermosa. Y no, no me iré, así que buen intento.

—¿Tienes que salir siempre con esas frases? —pregunté, acercándome a la puerta.

La abrí rápidamente y él estaba de pie, sonriendo. Sus ojos me recorrieron por completo y, un poco más disimulada, la mía hizo lo mismo, apreciando lo bien que se veía aquella camisa color borgoña bajo el saco negro y aquellos ajustados pantalones de color crema. No sabía quién le había ayudado a mejorar su vestuario, pero lo agradecía de verdad.

—Estás hermosa —dijo.

—Deja de decir esas cosas. Sé que lo soy, pero todo el tiempo lo dices y llegara el momento en que no te creeré —dije y me volví para tomar mi bolso.

—Sólo quiero que te quede claro lo que pienso de ti.

—Hay una enorme diferencia entre quedarme claro y creerte, pero vayamos a desayunar ya —dije y salí rápidamente de la habitación.

Tomamos el elevador en silencio. No sabía de qué hablaríamos durante el desayuno, qué podría decirle, no quería contarle nada, o qué podría decirme él que no haya escuchado ya. Esto era demasiado extraño. Hasta la fecha nuestros encuentros se basaban en pocos minutos, en intentos de su parte y en desprecios y desdenes por mi lado. Un desayuno quedaba fuera de lógica en todo esto.

Cuando llegamos, una señorita se presentó de inmediato y le pedí una mesa en el exterior. Eso era lo que necesitaba, necesitaba aire fresco, necesitaba respirar con fuerza y quitarme aquella sensación de que estaba a punto de caer de un puente. Me sentía tan fuera de mí, no sabía que decirle, de que hablar.

Tomamos asiento y sin palabras de por medio, pedimos nuestro desayuno. Mientras esperábamos, me dediqué a mirar a mi alrededor, sin mirar la cara de Potter o dirigirle la palabra. Él tampoco parecía muy dispuesto a iniciar una conversación, pero en vez de mantener la mirada en otro lado, ésta estaba sobre mi cara y eso me ponía nerviosa, cosa que disimulaba muy bien.

—¿Cómo te fue ayer? —preguntó después de varios minutos en silencio.

Pensaba no contestarle, pero era una pregunta sencilla. Era mejor llevar la situación en paz, tranquilamente, sin alterarme. Aun no sabía si quería darle una oportunidad, pero si siempre iba a estar atrás de mí, como ya había dicho y dejado en claro, era mejor que no me enojara a cada rato por eso. Tendría que aceptar esta nueva parte de mi vida, hasta que decidiera algo claro con él.

—Bien. Conocí a la junta directiva del museo, y me dieron un informe de los eventos y las actividades regulares. Todo marcha bien, uno que otro inconveniente con los artistas, pero nada de qué preocuparse —contesté con calma.

—Espero que sea así, y no te cause problemas a ti. Pude ver el museo completo después de verte. Es un hermoso lugar.

—Lo es. Aranza en un gran sitio.

Nuestro pedido llegó, y aquella señorita acomodó todo sobre la mesa, dejando un plato delante de mí y otro enfrente de Potter, y colocando la tetera de mi lado, donde procedí a servirme el té de lavanda, mientras ella terminaba de colocar la mantequilla, el pan recién horneado y la mermelada, justo en medio.

Le agradecimos por todo, y sin pensarlo dos veces, le serví el té a Potter, quien me miró como si me hubiera salido dos cabezas en ese momento. Apreté los labios al ver su cara en una mueca de sorpresa, con los ojos inmensamente abiertos, pero continué con mi labor sin demostrar importancia. Esto no era raro, ¿o sí?

—Es sólo té, Potter, no te estoy pidiendo matrimonio —alegué ante aquella mirada brillante y sorprendida.

—Lo sé. Eso lo hare yo —respondió, y la tetera que estaba colocando de nuevo sobre la mesa, hizo un grotesco ruido cuando sin querer la solté, haciendo que varias cosas se tambalearan sobre la mesa.

—¡¿Qué?!

—Nada. Puedes creer que Hermione llegó a gritarme cuando le mandé una carta avisándole que venía a París por ti, estaba histérica… —me empezó a contar, intentando cambiar el tema.

Lo dejé pasar, mientras suspiraba y luchaba por detener los movimientos frenéticos de mi corazón, por aquella explícita declaración a proponerme matrimonio algún día. Una parte de mi mente no pudo evitar imaginarlo, imaginarme como ya lo había hecho en el colegio, en una boda, con un vestido blanco, aceptando a San Potter para toda la vida. Un sueño que tuve, pero que no había vuelto a pensar hasta ahora.

Intenté dejar de pensar en eso, y me concentré en su historia, en cómo había llegado Granger reclamarle por simplemente abandonar todo y venir por mí, aclarándome que no era por el hecho de que haya sido por mí, sino por su impulsividad.

—Granger sabe que eres un idiota, no puedes enojarte por sus gritos —declaré riendo y él me miró ofendido.

—Estoy luchando por tu amor, ¿no puedes ser más considerada conmigo?

—Déjame pensarlo —fingí poniéndome un dedo sobre la boca—No, no puedo.

—Eres muy mala.

—Eso lo sabes muy bien.

—¿Cómo es posible que te quiera tanto entonces? —pude haber odiado aquella sonrisa llena de ternura, pero no pude hacerlo. Nadie me había mirado y sonreído así nunca, como si realmente estuviera idiota por mí.

—Porque eres idiota.

—Sí, creo que lo soy, pero no me arrepiento —declaró con firmeza y una sonrisa mucho más grande se instaló en su cara.

Mi estómago se llenó de cosquillas y mi corazón latió más rápido.

Era un idiota y eso estaba más que claro ahora, pero por alguna razón, me hizo sonreír, sonrisa que tuve que ocultar con mi aromática taza de té.


Hola de nuevo. ¿Cómo están? ¿Ya están de vacaciones? Yo ya lo estoy, pero tengo mucho que hacer para buscar un lugar en donde dar mi residencia profesional. Es algo complicado, pero espero no tardarme para poder continuar escribiendo.

Espero que les haya gustado.

Nos leemos luego.

By. Cascabelita