Capítulo 13

Había pasado los dos últimos días revisando, analizando y leyendo papeles tras papeles, al igual que había firmado un par de autorizaciones y cheques.

A pesar de que el trabajo parecía igual de tranquilo que en Inglaterra, lo sentía un poco más demandante, quizá porque mi presencia iba a ser corta y tenía que dejar todo listo, para regresar hasta dentro de tres meses. Tuve que organizar muy bien mi agenda y acoplarla a la de la asistente de Gerald, quien se había puesto a mi servicio, pero no era lo mismo, debía admitir que me hacía falta Caroline aquí, manejar todos los asuntos yo sola, programar mis actividades, era algo complicado, teniendo que revisar mi agenda varias veces durante el día para no perderme de nada, entre aquella actividades, tuve la comida con los artistas, la cual fue muy… enriquecedora, por llamarlo de algún modo.

Los del museo prefirieron hacer una comida estilo buffet en uno de los salones del primer piso. Era un salón espacioso, con una gran ventana que dejaba ver un pequeño parque con una fuente, y colocaron varias mesas redondas de gran tamaño, porque el motivo principal es que pudiéramos convivir todos, aunque también había un gran espacio para estar caminando.

Poco a poco vi llegando a aquellas personas, eran quince en total, ocho hombres y siete mujeres, sorprendiéndome de su forma de vestir y actuar. Algunos eran tan sencillos y discretos, con vestimentas clásicas y personalidades sobrias, pero otros eran totalmente lo opuestos, llegando con ropas coloridas o algún accesorio extraño. Los artistas hombres fueron lo que más llamaron mi atención, algunos parecían tan nerviosos o tímidos, mientras otros eran tan soberbios y orgullosos, más que Draco y eso era mucho decir; las mujeres fueron similares a sus contrapartes, encontrándome con charlas agradables y amenas entre ellas, mientras que otras parecían hasta más alta de tanto levantar la cabeza.

Cada uno me fue presentado, ya fuera por Gerald o por Mindy, siendo ella quien más trataba con ellos, y los artistas fueron exponiendo sus agradecimientos y sus quejas respecto a su trabajo, así como algunas peticiones que requerían, como exposiciones para sus nuevas obras o patrocinio para viajes en el caso de los fotógrafos. Una de las reglas principales de David, era no prometerles nada, simplemente escucharlos y buscar soluciones factibles.

—Son buenas personas, y encantadores a su manera, según Aranza —me dijo una vez. Me guarde la risa que quiso salir al escuchar los último, pues sabía que para él no eran exactamente encantadores— pero si les prometes algo, exprimirán de ti hasta dejarte en bancarrota; sólo escúchalos y habla con los demás para ver si se puede hace algo, de lo contrario, sólo soluciona aquellas cosas como las presentaciones que piden o la movilización de sus obras para ventas, pero no prometas darles más dinero por cuenta del museo, eso no le conviene a nadie.

Así que eso traté de hacer, escucharlos y atender sus peticiones, sobre todo a aquellas que hablaban de presentaciones de nuevos cuadros, fotografías o esculturas para ventas.

Todo fue de maravilla, hasta que me encontré con un hombre de cabello negro y rizado, con unos impresionantes ojos grises y una sonrisa más que brillante, y que hizo una petición que literalmente me volteó el mundo por un momento.

—Él es Patrick Marrón, un gran escultor australiano —escuché decir a Mindy, quien era prácticamente quien trataba con los artistas.

Asentí a sus palabras, agradeciendo infinitamente que Mindy hubiera permanecido a mi lado todo el tiempo, pues siendo ella quien más los conocía, me hablaba un poco de ellos para saber cómo tratarlos.

—Hola, señora Goldstein —saludó aquel hombre cuando llegó a nosotras, extendiendo su grande y morena mano.

—Parkinson. Señor Marrón, es un gusto conocerlo —corregí con suavidad, estrechando su mano, y mis nudillos fueron besados con galantería. Me sorprendí por aquel gesto, pero sonreí.

Pude observar una confianza distinta en Mindy al estar presente él, no era tonta, y sabía que aquellos gestos y sonrisas eran demasiados íntimos para ser simplemente colegas o personas que se ven simplemente por trabajo. Sonreí con disimulo y continué en silencio, mirando y analizando aquella interacción donde trataban de incluirme y contestaba, pero siempre me quedaba callada, pues ellos, sin ser groseros, no se dejaban de ver al otro.

Así estuvimos por un buen rato, hasta que aquel hombre volvió a llamar mi atención, con una pregunta que jamás hubiera pensado que formularían para mí.

—¿Qué dijo? —cuestioné, por si me había confundido.

—Su rostro, señora, es muy bello.

—Gracias —dije con duda.

—Le importaría si hago una escultura de él.

Lo quedé viendo confundida y algo atontada también. Era cierto que había sido retratada, tanto en fotografías y pinturas, cosa de familia que se hacían cada cierto tiempo, pero nunca había pensado en una escultura de mi rostro. Era muy vanidosa y me gustaba retratarme, pero nunca había llegado a ese punto.

—Creo es una petición muy amable y halagadora, pero no creo que sea para tanto mi rostro —agregué con sinceridad.

—Se equivoca, su perfil es perfecto, la simetría de sus ojos, pómulos, nariz y boca es encantadora —alabó y quise girarme completamente, pues sus palabras más que un cumplido parecía ser un estudio hecho por un experto, cosa obvia, y aquella mirada analizando mi rostro me ponía nerviosa, no era una mirada como de un hombre gustando de una mujer, sino de puro interés profesional; él parecía muy profesional— Una escultura suya es casi obligatoria para mí.

—No creo que eso sea necesario, además, mi permanencia aquí es corta así…

—Pero solo tendría que tomarles unas fotos, es más, en este momento, desde diferentes ángulos y ya —explicó— No tendría que posar para mí.

—Yo…

—Sólo acepté, señora, es un gran escultor, de verdad —pidió Mindy con una sonrisa. La quedé mirando con confusión, pues me había dado cuenta de su interés por él, pero no parecía celosa ni molesta, es más, parecía emocionada porque aceptara.

—No dudo de sus capacidades, dudo de que valga la pena su tiempo para eso —persuadí.

—Mi tiempo estará muy bien invertido —alegó Patrick con firmeza.

—Y ¿porque no a Mindy?, ella es bellísima —apunté con un dedo a la pelirroja, la cual se sonrojó de inmediato.

—Oh, lo sé, ¿Quiere ver lo que hice con Mindy? —preguntó con suavidad, guiñándome un ojo.

—¡Oh, no, Merlín! ¡No! No le muestres nada —pidió la chica, tan roja como su cabello.

—Quiero verlo —dije de inmediato.

Patrick se dio la vuelta y caminó fuera del salón, continuó por el pasillo hasta llegar a un salón llenó de esculturas de mármol. Cada una era maravillosa, causándome unas ganas de recorrerlas otra vez, aunque ya las había visto en mi primer día; algunas esculturas eran de mano, piernas, pechos o rostros o de cuerpo completo en diferentes posiciones, hombres o mujeres todas por igual. Aquel artista caminó hasta la pared del fondo y se detuvo delante de una maravillosa escultura blanca que estaba sobre un piso grueso igual de mármol blanco.

Era la escultura de una mujer completa, con los pies uno delante del otro, como si estuviera caminando, con la mano izquierda sobre su vientre y la otra mano sosteniendo su cabello en un peinado casi deshecho. Estaba completamente desnuda, mostrando una belleza casi irreal y tuve que acercarme para verla desde todas partes, pues los detalles eran impresionantes y delicados, como si en cualquier momento fuese a cobrar vida.

Miré a Patrick mirarla como embelesado, como si estuviera enamorado de su propio trabajo, y a Mindy igual observarla con las mejillas más rojas que nunca. El rostro de la escultura estaba muy bien detallado y era muy fácil saber quién era la que había posado para maravillosa obra de arte.

—¡Esto es impresionante! No me había fijado que eras tú —dije con una enorme sonrisa.

—Mindy tuvo la gran gentileza de posar para mí —dijo Patrick con emoción— Cuando la conocí supe que tenía que hacerlo. Su cuerpo es perfecto y su rostro hermoso.

—¡Patrick! —gritó Mindy, negando con la cabeza.

—Pero, mi hermosa Mindy, sólo digo la verdad —habló de nuevo él, y abrí la boca con sorpresa al verlo acercarse a ella, rodear su cintura con sus manos y besarla con una pasión desbordante. No pensé que lo haría en público, pues se había mantenido a una buena distancia hasta el momento, pero quizá al encontrarse casi solos, lo motivó.

Cuando se separaron, Mindy había recuperado casi su tono de piel, sólo sus mejillas parecían algo encendidas y bajó la mirada con algo de pena al mirarme.

—No hay duda de que lo es. Es un trabajo maravilloso, pero no sabía que ustedes eran pareja —mentí, pues me había dado cuenta desde el inicio.

—Es algo difícil por la distancia, pero estamos intentándolo. Y respecto a la escultura, estuve muy inspirado, y ahora me siento de la misma manera respecto a usted, jamás le pediría que posara desnuda para mí, pero su rostro es algo que quisiera plasmar —pidió de nuevo aquel hombre.

Me imaginé posando desnuda, y aunque nunca había sentido algún tipo de complejo por eso, definitivamente no dejaría que alguien hiciera una escultura para que todo el mundo la viera.

—Está bien —accedí y ambos sonrieron enormemente— Sólo debo dejar tomarme algunas fotos ¿verdad?

—Así es —contestó Patrick, sacando una pequeña cámara muggle que había visto es algunos aparadores de Londres muggle.

Eso había sido rápido, sólo tuve que posar de frente, de ambos perfiles, levantando la cabeza o mirando para abajo, y tomó un interés más especial en mis ojos, nariz y boca. Al final de todo eso, volvimos a la reunión, donde volví a platicar con varios artistas y con Gerald, quien parecía estar ya un poco abrumado ante las peticiones que le hacían. Pude acoplarme a todo otra vez, y la reunión terminó bien.

A la distancia pude seguir mirando a Patrick con Mindy, ambos con copas en manos, hablando, riendo y con roces que querían ser discretos pero que no lo eran para quienes miraban con atención. Era algo extraño aquello para mí, estar en una relación con una persona a distancia, disfrutar y olvidarte del resto cuando llega a tu lado. Había algo en aquella pareja que me hacía sentir extraña y nostálgica por momentos, pues, aunque Anthony se la pasaba semanas lejos de casa, nunca sentí que lo necesitara tanto, o cuando regresaba, no nos mirábamos como ellos, como si estar juntos fuera lo mejor del mundo.

Bebí de toda mi copa de un solo trago. Tal vez era porque lo nuestro no fue amor, fue querer, fue amistad, pero no amor.

A estas alturas de mi vida, el amor me seguía pareciendo un misterio inalcanzable, algo que estaba muy lejos de poder tener, después de todo yo lo había perdido muy pronto y a muy corta edad, y mi matrimonio fue más una amistad que casi arruinamos. Sí, quise Anthony, lo quise tanto, era el padre de mi hija, fue un esposo bueno al final de todo, pero no nos amamos, y estaba segura de que los dos nos arrepentimos de no haberlo logrado. Y a veces lo extrañaba y me gustaría que siguiera conmigo y más con Lizzie, pero nuestro matrimonio no daba para más, de seguir así hubiéramos terminado odiando.

Nunca había tenido el amor en realidad, lo sentí, estaba segura de eso, pero no lo tuve.

Potter…

Potter…

Potter…

Ahora aquí estaba Potter, intentando reparar eso, recordé. Pero ¿de verdad valdría la pena aceptar? Estaba dudosa, escéptica a más no poder. También seguía enojada con él, por el pasado, por lo de ahora; por haberme dejado cómo lo hizo, por meterse en mi vida ahora que ya no tenía nada que ver con él. ¿Es que acaso no pudo quedarse en el pasado, ahí donde ya no dolía, donde ya no lo recordaba, o si lo hacía era apenas un dibujo difuso en mi mente? Me costó superarlo, dejarlo ir. Lo amé con toda el alma y me dolió más de lo que lo amé. Fue tan injusto, y era tan injusto ahora también.

Pero aquí estábamos. Aquí estaba devuelta yo, una parte de mí que juraba se había extinguido hace mucho, que había en algún momento de estos diez largos años de no verlo, pero ahora parecía ser más sólido que antes. Quizás los años habían hecho madurar mi interior en vez de desaparecerlo, lo que sentí es más fuerte, más de lo que recordaba. Porque ya no estaba loca por él, por supuesto que no, pero si estaba empezando a sentir de nuevo, sentir más, mucho, con fuerza, sin casi voluntad. Y eso me asustaba un poco.

Había accedido a un desayuno, que se volvió rutina, una rutina de levantarme muy temprano, arreglarme y escuchar los toques en mi puerta cuando me colocaba el perfume. Abrir la puerta y encontrarme con una mirada y una sonrisa preciosa, que me hacía sonreír, una sonrisa que me prometía todo el mundo como él había dicho que me daría si se lo pedía.

Y las cenas, como olvidarme de aquellas cenas que me pidió aquel día del primer desayuno juntos. Me había acompañado a mi trabajo, insistencia de él y que permití después de varias negativas sólo por gusto y mis ganas de verlo rogarme. Por el camino hablamos poco, nunca tocábamos nuestro pasado, ni el que tuvimos juntos ni aquel que sucedió después de nosotros, aunque él me preguntaba por Lizzie y yo le hablaba de ella y sus travesuras. Igual hablamos sobre lo que íbamos viendo, hasta que me detuve por un segundo en aquella tienda de té, antes de entrar al callejón que nos llevaría al mundo mágico.

—Sabias que esa tienda de té fue abierta hace casi sesenta años, por una antigua geisha de Gion, cuando aquel distrito fue clausurado por los eventos de la II Guerra Mundial. Creo que aún vive la dueña, una mujer muy anciana, pero ahora la atiende su nieta, mientras que su hija atiende una casa de té en el centro, donde geishas de verdad atienden —le conté, acordándome de aquel día hace muchos años.

Entramos al callejón y antes de que tomara mi varita, él sacó la suya.

—Eso es interesante, ¿cómo lo sabes? —preguntó mientras abría el callejón para mí.

Aquella pared de ladrillos se abrió ante nosotros, dejándonos a la vista una calle no muy concurrida, pero llena de vida, con magos y brujas entrando y saliendo de las tiendas o restaurantes.

—Hace muchos años vine, cuando salí de Hogwarts y estaba en la universidad. Me pareció interesante el estilo de la tienda y entré, encontrándome a una anciana vestida con un lindo kimono azul —me detuve de nuevo por un segundo, y luego reanudé el paso con una ligera sonrisa, recordando lo que aquella anciana me había dicho— Y ahora que lo recuerdo, aquella mujer me leyó el horóscopo, son muy fanáticas de ello y creen sinceramente que sus vidas se rigen de acuerdo con estos. Fue algo en lo que no creí, encontrándolo algo charlatán e inconsistente, ni siquiera la adivinación es tan precisa y nosotros somos magos que estudiamos desde los once años esta clase de cosas, y ella es muggle, así que mi escepticismo era enorme, pero supongo que tuvo razón, y lo olvidé.

—¿Qué te dijo? —preguntó y pude ver curiosidad brillando en los ojos verde.

Miré los escaparates de las tiendas que íbamos pasando, aquellas que mostraban muchas cosas que luego visitaría para llevarla un recuerdo a Lizzie y a los Malfoy por cuidarla por tantos días. No pensaba decirle a Potter lo que esa mujer me había dicho: ella me había advertido del nuevo hombre en mi vida, impuesto, obligado, pero que era bueno para mí. Al llegar a casa y que mi madre me hablara sobre mi obligación de casarme, olvidé por completo lo que esa anciana mujer me había dicho.

—Que ese día mi vida daría un gran giro —contesté y luego lo miré, sonriendo con suavidad. Al final Anthony fue maravilloso, como ella lo había dicho, fue bueno para mi vida.

—¿Y lo dio? —preguntó con duda.

—Sí. Fue un giro interesante. No me arrepiento de ello —concluí.

Cuando llegamos al gran museo con letras resplandecientes, me detuve y lo paré con una mano sobre el pecho, antes de diera un paso adentro del museo. Lo vi sonreír y presionar más mi mano sobre su cuerpo. Podía sentir aquella mano rodeando la mía, estaba tibia y su pecho palpitaba bajo mis dedos, desprendiendo un rico calor para mis manos casi heladas por el aire frío mañanero, pero me solté rápidamente, mirándole con advertencia.

—No quiero que me estés presionando aquí como lo haces en Inglaterra, así que, por favor, no te quedes todo el día vagando por el museo —exigí.

—Está bien —contestó resignadamente. Asentí, aunque no sabía si creerle.

—Me alegro de que lo entiendas. Por lo que sé, el diario de aquí hizo también mención de lo que hiciste en el evento de Merlín y es obvio que te reconocieron ayer, no quiero que eso interfiera con mi trabajo.

—Está bien, Pansy, ya lo entendí. No andaré por aquí. Pero sólo quiero una cosa…

—¿Otro chantaje, Potter? —pregunté de inmediato, elevando una ceja y cruzándome de brazos.

—Por favor, Pansy, sólo un poco a poco —pidió con un rostro que pudo haber conseguido todo de mí, y eso fue lo peor. Hice una mueca con los labios, nada satisfecha con aquella sensación— Yo quiero demostrarte que siento algo muy fuerte por ti, que te amo, pero necesito oportunidades para probártelo.

—Pequeñas oportunidades —dije, levantando un dedo.

—A cuenta gotas, si quieres, pero dámelas —pidió, rogó, nadie podría decirlo.

—Está bien —suspiré y me pasé un dedo por la ceja derecha, como si estuviera pensando— Y sólo porque el desayuno no fue malo.

—Gracias —sonrió enorme y tuve que desviar la mirada.

Conocía a Potter, sabía que no se detendría y que, si no accedía aquí y ahora, haría algo más loco, y suficiente tenía con su presencia aquí en París y en el mismo hotel, cosa que todavía tenía que arreglar con Grace, porque era obvio que ella era la única que pudo haberle proporcionado ese dato, pues fue ella misma quien le dijo que yo vendría a París; Caroline no confiaba en él, así que estaba totalmente descartada.

—¿Qué propones? Y apúrate que tengo que trabajar —exigí con urgencia, pues que alguien lo viera aquí, tampoco era lo ideal, no quería ni pensar si la prensa se enteraba, hasta ahora habíamos tenido suerte.

—Sólo que cenes conmigo.

—¿Eso es todo? —pregunté, mirándole como si no me lo creyera.

—Sí, sólo eso. Quiero ir ganándote poco a poco —declaró con firmeza, y eso casi me hace sonreír.

—Está bien. Hoy cenamos en el restaurante del hotel, a las siete —finalicé, para darme la vuelta e ingresar al museo.

Sí, traté de que eso no me emocionara, pero todo el día tuve una sonrisa a la simple idea de otra "cita" con Potter.

Las cenas no eran malas, eran momentos que casi perfectos. Siempre aparecía con un pequeño detalle para mí, que si una flor encapsulada o en pequeños cofres, adornos para mi oficina, o alguna cosa de joyería, que era a lo que más me resistía aceptar, pero terminaba accediendo a ellas por insistencia de él. Las cenas eran amenas, con una conversación igual de tranquila y sin tocar temas sensibles. Y eso estaba bien, pues no lo quería que se involucrara más en mi vida ni yo meterme en la de él.

A veces pensaba que tuvo que venir hasta París para conseguirlo, para conseguir de mí aquellos desayunos y cenas, pero es que de verdad que en Inglaterra no hubiera aceptado nunca, yo aun dudo de todo y la prensa jamás nos hubiera dejado en paz para una sencilla salida, y menos como estuvieron los reporteros después de su declaración. Aquí en París no éramos precisamente desconocidos, pero estábamos tranquilos, sin interrupciones, sin tener que escondernos como en el pasado, sin tener que ocultarnos de nuestros conocidos. No estaban mis amigos queriendo conocer cada paso que daba y mis padres controlándolo todo, ni sus amigos correctos diciéndole que era bueno y que era malo.

Éramos simplemente Pansy y Harry teniendo una simple cena.

Nos la pasábamos muy bien juntos, eso no podía negarlo, así como no podía negar que con él me divertía, siempre fue así, desde que nos conocimos de verdad. Había algo en su humor sencillo y su carácter predecible, que me complacía. Él me hacía reír y yo a él, por muy raro que pareciera, parecía que mi sarcasmo y mis burlas le divertían, aunque él y sus amigos fueran las victimas de mi lengua viperina; conseguía risas brillantes del chico dorado, risas que me cosquillaban la piel como antes, y obtenía aquellas miradas que me ponían más nerviosa de lo que debería. Me recordaba terriblemente a aquellas noches en el colegio, donde le hacía burlas o bromas, y luego tenía que besarle las mejillas y los labios para contentarlo, pasar mis manos por su cuello o abrazarlo con fuerzas, y entonces sucedía, aquellas miradas aparecían, como si no pudiera mirar a nadie más, como si fuera la chica más hermosa e importante de su vida, y eso me trastornaba por completo.

Él era tan claro, tan transparente, como el agua limpia brotando de la tierra. No podía mentirme, un león jamás podría mentirle a una serpiente, y ese león era sincero al mirarme, pero, aun así, había algo en mí que se reusaba a creerle. No quería más dolor en mi vida, no quería más desilusiones. Él fue uno de los dolores más grandes que tuve, por no decir que el único, no quería volver a pasar por eso.

No podía creerle ya aquel amor que juraba, pero no podía negar que poco a poco iba cayendo. A veces me reprochaba eso, no era posible que después de lo que me costó seguir con mi vida, ahora estuviera cediendo tan fácil como en el colegio, ahora empezara a ama… tenía miedo de aquella palabra, de aquel sentimiento surgiendo de nuevo dentro de mí. No quería sentirlo y que él volviera a decidir que yo no era lo suficientemente correcta para su perfecto mundo. Yo seguía siendo la misma, más madura quizás, priorizando a una persona que era más importante que yo, pero era la misma, la misma hija de mortífagos, amiga de sus enemigos. No encajaba en su mundo, ni él en el mío, era demasiado bueno, demasiado inocente y manipulable aun, influenciable por aquellos leones. O eso era lo último que conocía por él, pues sus declaraciones en público me hacían pensar que la opinión de los demás ya no le importaba tanto, ya no le importaban nada.

Él iba haciendo cosas para que yo le creyera: presentarse en público conmigo, confesar ante todo el mundo que me amaba, que lucharía por mí. ¡Merlín! Si hasta la prensa ya le creyó todo. Pero aun así no podía, no sabía si sería bueno creerle. Y aquellas cenas en vez de aclarar un poco mi agobiada mente respecto a él, no hacía que confundirme más. Estar con Harry hacía olvidarme de todo, sólo me concentraba en él y en el momento, disfrutando de un paraíso donde solo nosotros dos podíamos entrar. Desaparecíamos, lo dos lo hacíamos, desaparecíamos para el resto del mundo, y eso me daba esperanza, algo que había olvidado como se sentía, pero Harry era eso, Harry Potter siempre había representado la esperanza para todo el mundo, y nadie tenía idea de que tanto lo fue para mí. Pero al volver a mi habitación, todo me volvía de golpe, todo, y sabía que tenía que perdonar y olvidar los errores del pasado, pero era difícil.

Cerré la carpeta que había terminado de revisar y firmar, y se le entregué a la asistente de Gerald. Estaba agotada en exceso y apenas llevaba media mañana del sábado. Sonreí mirando las flores de Potter me había enviado hoy, un hermoso ramo de azucenas blancas. A las doce de la tarde, él enviaba un hermoso ramo, era algo que hacía desde aquel primer desayuno y, joder, no podía rechazarlas o tirarlas, venían hermosamente ordenadas, ya sea en cajas blancas con cintas plateadas o atadas en hilos de seda. No podía simplemente devolvérselas como aquellas que me había dado antes de mi viaje a París, además de que, sin lugar a duda, era algo que me hacía sonreír.

Me levanté de la silla y llamé a Lizzie por la chimenea. Simplemente ver su rostro me hizo sentir tranquila y escuchar hablar me alegro tanto, haciéndome olvidar por minutos enteros lo confundido que estaba todo dentro de mí, y a pesar de que sus actividades la mantenían entretenida y feliz, me pidió que regresara ya.

—Mañana en la tarde, mi amor, lo prometo —le dije con una sonrisa y ella sonrió más grande, para luego salir corriendo para decírselo a Scorpius.

—Así que mañana, Pansy —apareció Draco, y su sonrisa se ensanchó— Ella se ha portado de maravilla, así que no te preocupes por volver tan rápido.

—Ya la extraño, así que mañana está perfecto. Y gracias por cuidarla.

—Ni lo menciones —negó con una sonrisa, y luego vi su cara hacer una mueca— Pero si puedes mencionarme, porque hoy en la mañana El Profeta público una foto tuya y de Potter entrando al mundo mágico. No sabía que habías viajado con él, ¿Por qué no lo dijiste?

—¿Qué? Eso no es posible. Y no, no viaje con Potter, yo viaje sola y él apareció. Pero, cómo es posible que hayan publicado una foto —dije con horror.

—Dejando de lado la estupidez de Potter y su aparición en Paris, pues si es posible la foto. Velo por ti —dijo mientras empujaba el diario.

Lo tomé entre mis manos y poco a poco lo fui arrugando, mientras veía una fotografía mía y de Potter riendo del día anterior, cuando me acompañaba al trabajo. Había una columna de chismes y suposiciones, donde la mentira más impactante era si es que ya estábamos en una relación y por eso el héroe dorado me había acompañado en mi viaje de trabajo. Lo de la relación era tan falso como la no preferencia de Dumbledore a los leones, pero lo de acompañarme era muy acertado. Y al final de aquella columna, había una simple pregunta, referente al evento de Merlín hace casi dos semanas.

¿O será está una de las pruebas de amor para ganarse a Pansy Parkinson?

Evité sonreír ante lo último, pues era lo único cierto en todo aquello. Sí, esto era una de sus pruebas de amor, una de las muchas que tendría que hacer para que le creyera del todo y convencerme de que tener una relación con él, otra vez, sería bueno.

—Veo que te complace, eso quiere decir que ese idiota te está convenciendo entonces —escuché decir a Draco, y sabía que, por aquel tono utilizado y esa mirada a pesar del tipo de comunicación, estaba enojado, muy enojado.

—No me complace ser nombrada en un diario por este tipo de cosas, y lo de Potter me viene sin cuidado —dije con tranquilidad, engañándolo con el mayor descaro posible, pues lo que menos quería era una pelea con él o con cualquiera de los chicos.

—Te dejare creer que me has engañado, y sé que no debo decirlo, Pansy, pero Potter es un idiota, sí, muy valiente para muchas cosas, pero para lo que de verdad importa, será un cobarde siempre.

—Al menos que demuestre lo contrario —susurré.

—Diría que tendría que vigilarlo de cerca y aprobarlo, pero confió en tu criterio, así que no creo que lo aceptes al menos que haga algo tan grande como ir al averno y volver sólo por ti.

Reí y negué con la cabeza, pues sabía que Draco me apoyaría y cuidaría para siempre.

—Algo parecido, o quizá solo tiene que hacer las cosas bien esta vez, Dragón.

—¡¿Lo estás considerando?!

—¡No! No lo sé, ¿vale? Estoy confundida, él siempre me ha confundido —suspiré y lo miré, dejando mi mascara de indiferencia, pues Draco siempre había sido como mi otra mitad, alguien que me conocía mejor que yo misma a veces— ¡Merlín! Dragón, yo… sabes lo que sentí por él, lo que no llegué a sentir jamás por Anthony, quise a mi esposo, de verdad que sí, pero no llegué a amarlo como se supone que tenía que suceder.

—Lo sé, Pansy, pero, Potter ya te hizo daño una vez, ¿qué seguridad tienes que no lo haga de nuevo?

—Dragón, te juro que, si me daña otra vez, después de todo lo que está haciendo para que le crea, yo misma lo matare.

—Bien. Eso me calma. Sólo quiero que seas feliz, aunque adviértele que, para llevarse a mi princesa Lizzie, ahí sí tendrá que ser digno de ella, sino que se olvide de ustedes —dijo con mucha seriedad y sabía que hablaba en serio.

—Le daré tu recado —sonreí, pues sabía que Draco amaba a Lizzie, quizá más que a mí y yo adoraba que fuera así, pues Lizzie estaría siempre bajo su protección.

Me despedí de él, sintiendo algo grato al saber que Draco no se pondría en contra de nada. Los años lo habían cambiado, Astoria había ayudado en eso y el nacimiento de Scorpius sólo llegó a fortalecer esa parte de su carácter que jamás le mostraba a nadie. Él era protector, cuidadoso y divertido, claro, sólo con las personas que quería de verdad, porque si no era así, él seguiría siendo el mismo orgulloso, sarcástico y vengativo de antaño, seguiría demostrando porque las serpientes lo nombraron su príncipe de Slytherin.

—Y a mí su princesa —murmuré y me levanté para volver al escritorio, pero antes de llegar a él, el picoteo en la ventana de la oficina me hizo detener.

Miré aquella lechuza parda con un sobre en pico y un paquete en las patas. Confundida abrí la ventana, y la lechuza voló hasta mi escritorio, haciéndome entrega de todo. Aquel paquete era una caja negra y una cinta de seda en color plateada, y el sobre sólo decía mi nombre.

Abrí el sobre, dándome cuenta de que la lechuza no se iría sin una respuesta de mi parte. Leí con rapidez aquella carta de Potter, donde me hacía una atenta invitación para hoy en la noche. Una cena, sí, como las que ya habíamos tenido, pero esta sería diferente, pues no sería en el hotel, si no en un restaurante llamado L'Abeille, y que por lo que sabía, era uno de los mejores de París, en el cual se tenía que hacer una reservación con semanas de anticipación, así que la manera en cómo consiguió una para esta noche, me tenía algo curiosa. Pero no sabía si estaría bien, pues lo puesto por El Profeta hoy, no sería algo que nos dejaría en paz.

Caminé por aquella oficina, pensando si aceptar o no. Estaba curiosa, malditamente curiosa por saber lo que había preparado, pero al mismo tiempo temía otra intromisión de la prensa y que lo arruinaran. Pero no me veía rechazando esta invitación de Potter, era algo que quería hacer, quería enfrentar una vez lo que sucedía en mi mente, envalentonada por aquella aceptación de mi Dragón personal, por aquella parte de mi ser que iba cayendo ante Potter, que iba cediendo poco a poco ante sus acciones, porque muy en el fondo quería creerle que me amaba como antes no pudo hacerlo.

Quería que me amara.

Y sin pensarlo más, escribí un rápido en un trozo de papel y doblándolo apenas, se lo entregué a la lechuza, que voló de inmediato, sin darme tiempo de arrepentirme o algo. Inconscientemente aceptándolo todo.

Pero ¿por qué no?

Me estaba reprimiendo, lo sabía, pero era miedo a que me fallara de nuevo. Sí, lo dejé de amar, lo olvidé y más cuando Anthony murió, cuando sólo me enfoqué en Lizzie, y sólo volví a pensar en él cuando se apareció delante de mí preguntando como estaba. Pero mi corazón estaba enloqueciendo de nuevo por él. Era algo inevitable e irreversible, ahora sólo quería que él demostrara todo lo que decía sentir.

Tal vez nunca había dejado de amarlo. Tal vez tan sólo me escude, como dijo una vez Millicent.

Recordé aquella vez hablando con Millicent sobre el amor en el colegio. Nadie a nuestro alrededor parecía tenerlo, y eso nos hizo pensar y reflexionar: todos los adultos que conocíamos estaban en un matrimonio a la fuerza, algunos llegaban a amarse como los padres de Draco, otros eran infelices como mis padres, y otros se pasaban la vida entera buscándolo como la madre de Blaise, con sus tres matrimonios arruinados ya.

—Estoy segura de que todos ellos ya amaron una vez. Pero sabes que es lo peor de ser serpientes, de tener esta alma tan orgullosa, rencorosa y posesiva, que sólo amamos una vez, y si esa vez nos rompen, nos escudaremos un millón de veces y no volveremos a permitir que nos hagan sufrir —había dicho Millicent con tristeza.

—Tal vez tengas razón. Todos perdemos un amor para siempre, el problema está en si volveremos a amar.

—Nunca he amado a nadie, pero creo que, si me rompen el corazón, lo intentaría de nuevo, hasta que me saliera bien.

—¿Hablas de la misma persona? ¿intentarlo más veces con la misma persona? —pregunté confundida, y sintiendo como mi pecho se oprimía, pues el recuerdo de Potter seguía demasiado fresco.

Tengo que hacer lo correcto en mi vida, Pansy. Era en lo único que podía pensar, en esas malditas palabras.

—Con quien más, si tengo la oportunidad de amar, de encontrar a alguien a quien ame de verdad, intensamente, y que me ame de la misma manera, lo intentaría al menos una vez más. Sanar el corazón lo puedes hacer muchas veces, Pansy, encontrar dos personas que te amen a pesar de todo, con todos tus errores y pasado, y más en nuestra situación, es imposible, así que sí, hablo de la misma persona —suspiró, enterrando la cara en la almohada.

—Eso es tonto, no podría estar con la misma persona que me rompió el corazón. No volvería a estar con él y no volvería a amar nunca. ¿Por qué empeñarme en sufrir?

—Pansy, no te empeñas en sufrir, te aferras a amar y eso es hermoso, no puedes negarlo. Y tal vez sí, tal vez ames de nuevo, o tal vez seas una de esas personas que sólo aman una vez en su vida —bostezó y luego se giró para quedar completamente dormida.

Y ahora estaba yo aquí, después de jurar aquella noche que era imposible estar con una persona que te rompió el corazón y al que tú se lo rompiste igual; pero Potter estaba aquí, intentándolo de nuevo.

Intentarlo hasta que nos salga bien.

Y al parecer sí era una de esas almas que aman una sola vez. Lo intenté, nadie puede negar que no lo hice, intenté amar a Anthony, pero nunca sucedió, y enterré mi amor por Potter para que no me volviera a lastimar, pero eso no quiere decir que lo dejara de sentir.

Ahora la decisión es si quería de verdad aceptarlo.

Joder, sí, lo quería hacer.


Hola. ¿Qué tal?

Lamento la demora, pero es que estoy algo bloqueada, espero no tardarme tanto para el próximo capítulo y espero que este les haya gustado.

Nos leemos luego.

By. Cascabelita