Capítulo 15
Un sueño puede durar un minuto y sentirse como una eternidad…
Sí, es así como lo sentía justo ahora. Como si el tiempo nos hubiera dado una tregua, alargando cada segundo para que durara más tiempo. Todo se volvió más tibio, más dulce, más lento. El movimiento se fue pausando y la caricia empezó a remitir, roces que indicaban la ausencia de ganas de separarnos, hasta terminar en un suspiro.
¿Cuánto tiempo llevaba besándolo? No lo sabía, pero se sentía como toda una vida y al mismo tiempo como si no fuera suficiente.
Tomé una gran bocanada de aire, sintiendo que mis pulmones agradecían enormemente hacerlo. Acaricié con mi nariz la de él, apretando de nuevo los ojos y besándolo apenas, castamente. Solo un poco, un poco más, un poco más del beso, un poco más del tiempo. Eso era todo lo que quería. Deseaba quedarme para siempre justo aquí y en este momento. Pero la noche empezaba hacerse más helada y vivir eternamente en esta posición jamás se podría, aunque su magia se sintiera tan tibia y su piel y aliento tan cálido, no podría, aunque me bastaba.
—Creo que es hora de irnos —dijo apenas separando sus labios de mi boca.
Asentí a sus palabras, sin querer abrir los ojos del todo y tragando saliva con fuerza, sintiendo el sabor del beso y aquel cosquilleo tibio en los labios. Mi corazón latía demasiado fuerte y estaba segura de que tenía las mejillas rojas como manzanas. La situación en si me sobrepasaba y toda la seguridad que tuve al besarlo, se iba yendo poco a poco. Me sentía descubierta, como si hubiera confesado algo que no quería confesar aun, como si hubiera gritado un secreto.
Levanté la mirada y me concentré en sus ojos, en aquella joyas dilatadas y brillantes. Acaricié una vez más su cabello y la piel de su cuello, lamentando con creces tener los guantes puestos, pues lo que más deseaba era sentir la textura de su cabello y la tibieza de su piel. Bajé mis manos lentamente y las coloqué sobre sus hombros, relamiendo mis labios, sin querer alejarme, aunque él tampoco parecía muy dispuesto, pues aún se abrazaba a mi cintura con fiereza.
—¿Ahora sí es una propuesta indecorosa? —pregunté en voz baja, intentando relajarme con aquella broma, mirándolo a los ojos, pero al instante me arrepentí, pues su mirada estaba encendida, ardiente, como jamás lo había visto.
—Sólo si así lo quieres —contestó. Nos supe que contestar y él sonrió, negando con la cabeza.
—No —dije golpeando su hombro con el puño— Nuevamente, si no me sueltas no podremos irnos, Potter.
—Esto es tan difícil —masculló y poco a poco sus brazos me fueron soltando.
—¿Qué cosa?
—Soltarte. Dejarte ir es tan difícil.
—Sólo no lo hagas de nuevo, no definitivamente —dije, sabiendo que no hablaba solo de dejarme de abrazar.
—Te juro no volver hacerlo.
Asentí y sentí su mano tomando la mía.
Nos alejamos para poder aparecernos, caminando hacia la zona de los árboles, donde nuevamente hizo un despliegue de su poder para poder llegar rápido a un callejón oscuro cerca del hotel, cosa que burlé y él solo se reía de mis intentos por hacerlo enojar. Definitivamente era más divertido cuando realmente se enojaba y luego tenía que contentarlo, aunque igual era bueno saber que por fin había entendido mi forma de ser tan sarcástica y cruel para algunas cosas y, sobre todo, que le gustara. Parecía gustarle todo de mí, como tanto decía. Y a mí me gustaba todo de él, como nunca se lo diría.
Me acompañó hasta a mi habitación y lo nervios volvieron con más fuerza. Alargar la noche sería un sueño, algo que me había negado a pensar desde hace más de diez años, pues solo de imaginarlo me hacían querer llorar, pero ahora estaba aquí y aunque la tentación era mucha y deseaba realmente estar más tiempo con él y estarlo de una manera para nada inocente, aun sentía que no era lo correcto. No creí aun en sus sentimientos al completo, y para dar un paso tan grande, necesitábamos de más.
Necesitábamos más tiempo, no sólo yo, sino también él para poder dar ese paso.
—Buenas noches, Pansy —dijo él con una enorme sonrisa, besándome de nuevo los labios, algo que agradecí internamente, pues el antojo no se iba, y luego besó mi mano.
—Buenas noches, Harry —suspiré.
Adoré que no presionara en nada.
Me quité los guantes y la gabardina, volviendo aquella pieza a como era. Pensaba en todo y en nada a la vez, me sentía como flotando en un sueño, en una nube esponjosa y de olor dulce. La noche que Potter me había dado había sido maravillosa, perfecta, algo que jamás pensé que alguien podía hacer por mí. Me pasé una toallita desmaquillante y negué con la cabeza, recordando que Anthony me llevaba a lugares similares, pero no era ni remotamente parecido, mi esposo lo hacía por gusto, un sencillo gusto de complacerme y complacerse con esos elegantes lugares y sus platillos exquisitos. Sonreí, jamás olvidaría esos recuerdos con Anthony. Pero con Potter pareciera que esta noche hubo magia, y más con lo que había sentido de nuevo, algo que no podía controlar, una fuerza que me empujaba a Potter, como la flecha de una brújula apuntando al norte, algo así de irremediable y lógico.
No podía parar de sonreír y dejar de sentir un millón de mariposas en mi vientre y mi pecho, cómo la primera noche que lo besé, en medio de un pasillo solitario, con su varita apenas en un lumus. Un beso torpe y tímido, que mi hizo sentir como si estuviera besando por primera vez, pero no era así, yo ya llevaba experiencia en eso, pero con él se sintió como si fuera el primero de toda mi vida. Estaba eufórica, demasiado emocionada, no podía con todo lo sentía, con lo que mi corazón gritaba. No podía dejar de pensarlo, de pensar en sus ojos mirándome, en su sonrisa, en sus manos y brazos apretándome, en su pecho donde creí que jamás volvería acostarme, en su cuello y cabello que no pensé volver acariciar, en su boca que no creí que volvería a besar.
Besar. Besar a Harry Potter. El único chico que debió ser mío, el que nunca debió irse de mi lado. Y ahora estaba de regreso: él solo se fue, solo tenía que regresar, y todo porque era mío. ¡Harry Potter era mío! Absolutamente mío, perfectamente mío, porque él así lo quiere, así lo decidió.
Pero, y yo, ¿sería suya? O tal vez ya lo era, tal vez siempre lo había sido… pero no se lo diría.
A la mañana siguiente, él apareció en mi puerta, como siempre, y bajamos juntos a desayunar, me acompañó al trabajo y luego se despidió de mi con un beso prolongando en mi mano derecha. Le sonreí abiertamente y quise besarlo como la noche anterior, pero estábamos en un área publica y no quería más intromisiones por parte de la prensa, así que simplemente apreté sus dedos y me di la vuelta para entrar al museo, terminar lo que tenía que terminar y despedirme de todos ellos.
Potter había dicho que tomaría el traslador en el transcurso de la mañana, para que nadie nos viera llegar juntos y yo lo haría en la tarde. No me tomé a mal su plan, yo también le iba a pedir eso. Realmente no quería nada de chismes o problemas apenas al llegar a Inglaterra. Pero antes de que yo saliera de la oficina y tomara el traslador de regreso, recibí un ramo de rosas blancas, con una simple nota diciendo Te amo y una H en color dorado. Eso era todo, no había más. Supe que sería el último obsequio de unos días maravillosos, así que no me resistí ante la idea de agregarles un hechizo inmarcesible y luego guardarlas en la caja donde había llegado el vestido y traerlas conmigo.
Me despedí de todos y agradecí por los días que estuve ahí, igual avisándoles que viajaría hasta dentro de dos meses, pues trimestral se me hacía demasiado y quería aprender igual ahí. Ellos estuvieron de acuerdo. Al salir del museo, volví al hotel, tomé todas mis cosas ya guardas, junto aquellas flores también y me fui al ministerio por un traslador.
Llegué al ministerio de Inglaterra y apenas saliendo de él, envié mi equipaje a casa y me aparecí en la mansión de los Malfoy, queriendo saber lo más pronto posible de mi hija, además de que le había prometido ir por ella en la tarde.
—¡Mami! —gritó Lizzie, apenas puse un pie dentro de la casa.
La miré correr hacia a mí y sonreí ante aquellos rizos rebotando sobre sus hombros, donde un lazo de color rojo brillaba en su coronilla, apenas elevé la ceja ante el vestido azul rey y amarillo que portaba, con pequeños detalles en rojo. Me agaché y la tomé en brazos, apretándola con fuerzas, respirando todavía aquel ahora suave de algodón y flores que desprendía, como de una bebé. Acaricié su cabello y luego la volví a dejar en el suelo, para mirarla al rostro.
—Mi amor —dije, acariciando sus mejillas y besándola por todo el rostro. La había extrañado tanto.
Miré sobre su hombro que el matrimonio Malfoy hizo su aparición, ambos tomando la mano del pequeño Scorpius y a un lado de ellos, caminaba Narcissa, luciendo un sencillo pero elegante vestido de color azul pálido. Todos sonriendo.
—Te extrañé, mami —dijo con una sonrisita y los ojitos llenándose de lágrimas.
—Cielo, yo también te extrañé, se me hicieron eternos estos días —le dije abrazándola de nuevo. La sentí suspirar de manera suave, mientras enterraba su cara en mi cuello, como cada vez que tenía miedo y luego se separó de mí, para sonreírme— Te portaste bien, ¿verdad? —pregunté.
—Sí. Jugué todos los días con Scorpius, tomaba el té con tía Astri y con la abuela Cissy y el tío Draco nos llevó a montar caballos —dijo con entusiasmo, señalando a Scorpius, quien sonreía asintiendo vigorosamente.
—Hola, tía Pansy —saludó el pequeño rubio, después de acercarse y darme un beso en la mejilla.
—Hola, dulzura —le dije— ¿Se divirtieron? —pregunté.
—¡Sí! —gritaron ambos y luego empezaron a hablar al mismo tiempo, haciéndome reír al ver la alegría en aquellos rostros, así como sus gestos y ademanes, contándome lo que hicieron, día por día. Los escuché y luché para entender casi todo.
—Bien, me alegro de que se hayan divertido, y que ella no haya dado problemas —dije mirando a la familia Malfoy.
—Qué problemas puede dar, Pansy, ella es encantadora —respondió Narcissa, lanzando un discreto bufido de disgusto. Sabía que jamás aceptarían que Lizzie pudiera portarse mal.
—Te lo he repetido muchas veces, Pansy, ella en un angelito, ¿verdad, princesa? —dijo Draco, acercándose.
—Sí, tío Draco —contestó mi hija, corriendo a sus brazos para que la cargara.
Suspiré y me levanté. Sabía que Draco quería darle todo el cariño y mimos del mundo para que Lizzie no resintiera la ausencia de su padre, pero a veces sentía que se excedía con él, la consentía demasiado y si seguía a este ritmo, Lizzie sería tan parecida a él y a mí para cuando llegara a la adolescencia, y de verdad quería evitar que fuera una niña tan arrogante y caprichosa como lo fui yo, o como lo fue él en Hogwarts. Solo la idea de tratar con un ser similar a nosotros era agotadora.
—Los limites están bien, Draco —le dije elevando a una ceja, mirando a mi hija.
—Sí, pero esos pónselos tú, yo soy su tío y la consentiré y mimare todo lo que quiera —claudicó besándole las mejillas para luego ponerla en el suelo.
—No te preocupes, Pansy —dijo Astoria caminando hacia mí, dándome un corto abrazo— Lizzie es consentida aquí, pero Narcissa y yo le mostramos como debe comportarse y cortamos los excesos que Draco tiene para Scorpius y ella.
—Agradezco eso —suspiré.
—Tenemos que hacerlo, querida. Sí es que no queremos que Lucius se infarte cuando regrese a casa y vea a dos niños malcriados, creo que con Draco fue más que suficiente —suspiró Narcissa, haciéndonos reír.
—¡Mamá! —exclamó Draco con ultraje.
—Cielo, sabes bien que no fuiste una dulzura precisamente —contestó ella.
Draco bufó molesto y dignamente se fue a sentar al sofá. Caminé hacia él y me senté a su lado, acariciando el rubio cabello. A veces me parecía que Draco seguía siendo aquel niño de once años que se enfurruñaba por todo, al cual tenía que dejarlo en paz, hasta que quisiera contarme porque estaba haciendo berrinches. Ahora, pensándolo bien, era hasta cierto adorable, pero en ese tiempo era agotador tratar con él.
—Vamos, Dragón, ambos sabemos que no fuiste precisamente un niño adorable, tal vez en apariencia sí, pero…
—Cállate, Pansy, que tú tampoco fuiste un ángel —reclamó.
—Lo sé, cariño, ninguno de los dos lo fuimos, y por eso debemos evitar que ellos sean así y repitan nuestros errores —murmuré mirando a ambos niños, llamando a Scorpius para sentarlo en mis piernas y abrazarlo, como no había hecho todavía.
—Tienes razón —suspiró el rubio mayor, acariciando el cabello de su hijo.
—Como siempre, ya deberías saberlo, Draco —le dije con una enorme sonrisa.
Miré a Astoria y ella sonreía negando con la cabeza, para luego sentarse al otro lado de Draco, abrazándolo. Narcissa igual tomó asiento en un sofá, mirándonos con una sonrisa divertida. Estaba segura de que lo único que le hacía falta era Lucius para que su felicidad fuera completa, para eso faltaban todavía cuatro años y medio.
Suspiré. Ojalá pasara rápido eso.
No podía saber con certeza como se sentía Narcissa ante eso, ambas habíamos pasado por algo similar, yo lo había perdido por decisión suya y sabía que él no estaba en un lugar tan miserable como Azkaban, y perder a Anthony había sido difícil, no lo amé, pero dolía demasiado todavía y a él jamás volvería a verlo. Narcissa tenía esperanzas todavía, Lucius volvería aquí y conocería a ambos niños que lo querían sin conocerlo, aunque Draco y Narcissa siempre le llevaban fotos de ellos a Azkaban para que los conociera y Narcissa les había mostrado fotos del imponente hombre.
—Mira, mami, ahorita estoy vestida de princesa —me sacó de mis pensamientos Lizzie, a quien miré dar una vuelta completa para mostrarme su maravilloso vestido, de seguro que fue mandado hacer por ambas mujeres Malfoy.
—Les estuve leyendo Blancanieves y los siete enanos —contestó Astoria, encogiéndose de hombros, hablándome recostada en el pecho de Draco— La versión para niños, claro —dijo rápidamente, y yo reí.
—Y yo soy el príncipe, tía Pansy —dijo con alegría Scorp, dando un saltito en mi regazo para luego bajarse y enseñarme su traje azul y blanco.
—Eso veo, cariño. Tú eres un príncipe por completo, más encantador que cualquiera, y muchísimo más que tu padre, por supuesto —alegué y escuché a Draco bufar y a ambos niños reír.
—¿Cómo te fue, Pansy? —llamó mi atención Narcissa, cuando las risas se calmaron y los niños fueron a jugar un rato más.
Suspiré profundamente, sintiendo la mirada acerada de Draco en mi rostro. Sí, esto no iba a ser fácil, y menos con mi precioso Dragón queriéndolo saber todo, pero no es como si tuviera algo realmente concreto que decir, en mi vida nada había cambiado todavía, quizá solo el pase libre que ahora tenía Harry Potter para cortejarme, solo eso, pues ya no lo mandaría al demonio o lo ignoraría como estuve haciendo.
Pensaba más bien llevar una rutina como que la tuvimos en Paris, pero sin tantas cenas de por medio, y eso era por la prensa, algo que le aclaré en su momento. Él había asegurado que no le importaba, pero le dije que a mí sí, pues mi hija estaba de por medio, y él lo entendió. Pero no era nada significativo en realidad nuestra situación. Nuestro beso delante de la Torre Eiffel no era precisamente algo relevante para los demás, porque para mí si lo había sido, había sido como aceptar una parte de sus sentimientos y también de los míos, aquellos que me reusaba dejar en libertad, pero que ahora estaban a flor de piel y de eso nadie más se tenía que enterar. Potter y yo no éramos nada, y tal vez no lo seriamos todavía en un largo tiempo, aun el león estaba a prueba por mi parte.
Pasé toda la tarde con la familia Malfoy, les conté de mis actividades, pero no toqué el tema Potter, aunque tenía la mirada de águila de Draco, esperando que soltara algo, pero le contaría, luego y en privado, no enfrente de mi hija. Ya al atardecer nos despedimos de ellos, agradecía otra vez los cuidados a Lizzie, avisándoles que el día siguiente se la pasaría conmigo, pues había decidido tomarme un día de descanso, para pasarlo con ella y relajarme para no llegar al museo, subir inmediatamente a la oficina de mi jefa de relaciones públicas y maldecirla. Sí, mejor me tranquilizaba antes de regresar el trabajo y cometer un asesinato.
Antes de aparecernos, asentí ante la mirada de Draco, sabiendo lo que quería. Un día de esta semana hablaría con él.
El día siguiente me dediqué al completo a Lizzie, nos levantamos tarde, desayunamos en la cama, vimos una de esas películas de princesas que Anthony compraba para ella, en el único salón de casa donde se podía tener un televisor donde la magia esta por completo aislada, y aunque mi idea al regresar a Inglaterra no era precisamente tener ese salón, recordé que Lizzie adoraba tanto eso, que no pude negarme, sabiendo que era algo que Anthony hacía con ella y no quería quitarle algo tan significativo como los recuerdos de su padre y ella viendo películas; de hecho, después de tantos meses es que ella me pedía ver una de esas película. Sonreí, sabiendo que poco a poco iba abandonando el dolor y solo se concentraba en los buenos momentos con Anthony, pues no había querido ver nada que lo recordara a él, y quizá su disfraz de Blancanieves del día anterior ayudó mucho.
Esa noche decidí que podíamos dormir juntas otra vez, así que nos pusimos el pijama y nos subimos a la cama, las dos sentadas entre almohadas y una esponjosa colcha. Ella me preguntó por lo que había visto en el museo, curiosa y deseosa de que la llevara conmigo para la próxima vez. Le prometí una vez más que así sería y le conté todo y, moviendo la varita hacia las cajas que no había guardado todavía, saqué lo que había traído y le di los obsequios que había comprado para ella, pensando que igual tendría que ir a la mansión Malfoy a darles lo que traje para ellos, a fuerzas tenía que hacerlo, aunque la verdad aun no me apetecía hablar con Draco. No había mucho que decir, pero el rubio era como un hermano para mí y era quien más se preocupaba, tenía derecho de saber algo.
A Lizzie le fueron gustando sus regalos, y todo hubiera quedado bien, con ella riendo y hablando mucho como siempre, hasta que hizo una pregunta que me impacto por completo.
—¿Esto lo compraste cuando saliste con el señor Potter, mami? —preguntó viendo con mucha atención al pequeño carrusel de apenas cuatro unicornios girando al ritmo de Para Elisa.
Me congelé, sin saber que decir. Sinceramente no creía que Draco le dijera a Lizzie que estuve con Potter en París. Draco jamás me haría eso y jamás perjudicaría a Lizzie diciendo algo que podría tomárselo a mal, la quería más que a mí.
—¿Tú como sabes que el señor Potter estuvo en París, cielo? —pregunté con calma, bajando con suavidad el carrusel que tenía a la altura de su rostro para que me viera a la cara.
—Vimos el diario en el escritorio de tío Draco, mami. Había una foto tuya y del señor Potter en él —contestó con una sonrisa.
—¿Vimos?
—Sí, es que tía Astrid y abuelita Cissy habían salido a un desayuno con otras amigas, así que nos dejaron con tío Draco, pero él estaba trabajando y nos llevó a su despacho, pidiendo que no tocáramos nada y que juramos con lo que nos diera, pero Scorpius le pidió el diario para recortar y él no los dio —explicó alegre.
Suspiré. Draco no lo había hecho a propósito, estaba segura. Conocía a mi amigo y sabía que cuando se enfrascaba en su trabajo, no había nada que los distrajera y era seguro que les entregara el diario a los chicos sin pensarlo. Total, era un simple diario ya leído. Aun así, no sabía cómo tomarme o manejar el hecho de que Lizzie supiera de mi estadía en París con Potter. Ella era tan inocente para saber todo lo que abarcaba algo así y no quería confundirla o que se molestara porque alguien pretendiera ocupar el lugar de su padre. Era un tema difícil, pero suponía que tenía que tratarlo con delicadeza y lo antes posible. No es que pensara a presentarle a Potter como mi pareja, pero lo mejor era acostumbrarla a la idea de que eso podía suceder, de que mami podía tener otra pareja, pero que no por eso dejaríamos de pensar en su padre o que ella dejaría de ser mi prioridad.
—¿Te molesta eso? —pregunté tentativamente.
—¿Qué cosa? —frunció la nariz, algo que podía asociarlo conmigo. A veces la creía una copia en miniatura y femenina de Anthony, que me sorprendía cuando hacía un gesto mío.
—Que el señor Potter y yo saliéramos en esa foto —aclaré, pensando que eso sería más fácil de tratar.
Ella lo pensó, podía saberlo cuando arrugó más la nariz y una de sus cejas se levantó.
—No —contestó después de varios segundos— El señor Potter me cae bien, es divertido como tío Draco —se encogió de hombros.
Reí ante eso y dejé que continuara viendo su carrusel, no queriendo profundizar más, pues cuando todo estuviera más o menos estable con Potter, ya fuera aceptándolo por completo o rechazándolo, hablaría de ello con ella. Y algún día haría que Draco escuchara esas palabras de su princesa, para ver si la seguiría creyendo un ángel después de que sepa que ella lo compara con Potter, también amaría ver la cara de Potter al saber lo mismo. Ambos se infartarían, estaba segura.
A la mañana siguiente, después de dejar a Lizzie con los Malfoy, me aparecí al pie de las escaleras del museo. Suspiré con tranquilidad al no ver a ningún reportero esperando, pues era seguro, que después de aquella foto en París, tendrían muchas ganas de hacer preguntas, pero supongo que la orden de restricción los detenía y eso era un alivio para mí.
Subí los escalones y saludé al par de recepcionistas. No tenía ni idea de lo bien me haría entrar de nuevo a este lugar, en poco tiempo le había tomado un gran cariño a este museo, algo que no pensé que sucedería cuando empecé a trabajar en él. Caminé rápido a las escaleras al segundo piso, pero antes de acercarme a mi oficina y saludar a Caroline, me dirigí a la oficina de mi jefa de relaciones públicas. Abrí la puerta sin pedir permiso, y la vi de pie, leyendo un par de papeles con una taza de café en la mano derecha. Parecía sosegada y eso me molestó más, pues no era para que estuviera como si no hubiera hecho nada malo.
—Lo sé, lo sé, Pansy, estoy despidida, sólo vine a dejar un par de papeles y a recoger mis cosas —dijo con voz calmada y tal vez un tanto resignada.
Elevé una ceja con ironía y aventé mi portafolio a una de las sillas que estaban delante de su escritorio. La oficina de Grace era claramente más pequeña que la mía, pero estaba muy bien acomodada, además de que tenía un hermoso librero de caoba oscura y unos cuadros abstractos, más parecidos a los cuadros del museo de Paris que del de aquí. Los colores eran claros y elegantes, perfectamente a acorde con la personalidad de ella. Me gustaba mucho, era de mi gusto en verdad.
—¿Por qué? —pregunté cruzándome de brazos, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Porque te lo merecías —contestó y empezó a cerrar todo lo de su escritorio.
—Pero ¡¿qué te he hecho, mujer?! —pregunté escandalizada. Ella detuvo todos sus movimientos y sonrió apenas.
—No en mal plan, Pansy, aunque no quieras aceptarlo o te niegues a ello, sientes algo por él, así que por eso le di la información, para que fuera y tratara de hablar contigo, porque era claro que nunca ibas a ceder aquí, no con tantos idiotas metiéndose —aclaró.
—Y esa debía ser una decisión mía, Grace, no tuya, y si Potter así lo quería, él solo debía hacerlo, no con tu ayuda —le dije con fuerzas.
Bufó y rodó los ojos como si estuviera fastidiada, y lo cierto aquí es que soy yo la que debería estarlo, no ella.
—Eres tan terca y orgullosa, estoy segura de que habrían pasado diez años antes de aceptaras, y aunque el pobre se veía capaz de soportarlo, tú mereces ser feliz ahora, no en un lejano futuro, por eso decidí ayudarlo —contestó y pude sentir y ver sinceridad en sus palabras y gesto.
Quise no ablandarme con sus palabras, pero no pude evitar hacerlo, ella estaba siendo sincera y ciertamente era la única amiga, además de Millicent, Astoria y Daphne, que tenía. A muy pocas personas dejaba entrar a mi vida, pero Grace se había ganado mi confianza rápidamente, y le creía, por Merlín que le creía.
Descrucé los brazos y miré como seguía recogiendo carpetas.
—Ese era mi problema —aseguré, y ella asintió— Y deja de hacer eso ya. Por su puesto que no estás despedida, aunque ganas no me faltan, serpiente disfrazada —dije con enojo.
La vi sonreír con diversión y supe que había sido una trampa. Bufé, con ganas de verdad de ahorcarla ahí mismo, debí haberlo sabido desde que entré y ella soltó que sólo venía por sus cosas. Era una serpiente y era preferible tenerla de amiga, porque si siendo amigas era así, no quería saber cómo sería de enemiga, y no, no es como si me asustara eso, yo era la mejor en esto sinceramente, pero era una gran aliada; y sí, quizá por eso nos llevábamos tan bien, nos parecíamos y me agradaba demasiado.
Y ahora pensándolo bien, que conociera a mis amigos no sería mala idea, se llevarían de maravilla y estaba segura de que se daría cada encontronazo con Draco, y mi amigo tenía mucho aguante como para dejarse amedrentar. Sí, eso haría, en venganza la llevaría una tarde con Draco y Narcissa para que sufriera con los debates de ambos. ¡Oh! ¿y qué pasaría si le digo a los Malfoy quien era la culpable de que Potter apareciera en Paris? Grace tendría para rato con Draco, pues él no estaba nada contento con eso, y cuando saliera Lucius, eso sería la cereza del pastel.
—Lo sé, sólo quería que lo dijeras. Ahora sí, jefa, cuéntame cómo estuvo todo —dijo tomando asiento y señalándome una de las sillas.
Eso hice y me acomodé el cabello, mirándola con rencor. Estaba realmente molesta y contarle no era algo que quisiera hacer, pero igual necesitaba contárselo a alguien y Millicent estaba tan lejos y las cartas no eran del todo eficaz para hacerlo.
—No mereces que te lo cuente, traidora —dije y ella lanzó una risita.
—Vale, ya entendí. No me vas a perdonar tan fácil, pero vamos, no seas así, yo también tengo derecho a saber que ha pasado, o quieres que vaya e invité a Potter a una cena para que me lo cuente —sugirió con una sonrisa traviesa— Estoy segura de que soltara todo apenas le sonría.
—¡No harás eso! —grité y supe que había picado el anzuelo— Me las vas a pagar, Grace —dije en voz baja y amenazante.
—Lo sé. Sé que te las cobraras de algún modo —suspiró y luego volví a colocar una sonrisa grande— Pero cuéntame.
Resoplé sin ganas y le fui contando un poco de lo que había pasado con Potter desde el día en que llegó, hasta el último día. Ella parecía encantada y muy entretenida, recargando los codos sobre el escritorio, las manos cruzadas y el mentón apoyado en ellas. Poco a poco fui relajándome y olvidándome de la molestia que sentía, después de todo, no fue malo lo que pasé, se podría decir que era uno de los mejores recuerdos que tendría de ahora en adelante, pasara lo que pasara con Potter. Y como ya lo había pensado, ahora si podía darme una idea de lo que quería en mi vida.
Potter…
—Y ni creas que no me di cuenta de que tú elegiste el vestido —le dije, al llegar a la parte de la cena.
Ella se envaró por completo y evitó por un segundo mi mirada, hasta que asintió muy lentamente, casi con pesar, como si estuviera aceptando la responsabilidad de un crimen. Internamente reí por su cara.
—¿Te gustó? —preguntó.
—Claro. Se notaba que tú lo habías escogido.
—Tenemos un gusto similar en estilos —sonrió y yo asentí, estando por completo de acuerdo con ella.
Nos quedamos calladas por unos segundos, segundos que aproveché para darle otra ojeada a su oficina. Pocas veces había entrado a ella, pues siempre era Grace quien me buscaba en mi oficina para platicar o comer, así que no había tenido oportunidad de inspeccionar la suya.
Me levanté de la silla y caminé hacia el precioso librero que tenía, de un estilo muy clásico, quizá herencia de alguna abuela, pues parecía muy antiguo también. Miré cada uno de los nombres de los libros que había ahí, encontrándome con varios libros de pintura renacentista, arte o novelas, y algunas que parecían ser ediciones limitadas. Tomé entre mis manos un pesado libro, de pasta dura de Una temporada en el infierno de Rimbaud Arthur. Por lo que sabía, era el único poema escrito por ese autor y publicado por él mismo, hace más de un siglo, y Grace tenía una copia preciosa de él.
—Ese no, por favor —escuché decir a Grace con casi suplica, casi, pues ella jamás se rebajaría a suplicar. Giré a verla, sonriendo un poco, apretando el libro entre mis dedos.
—Lo quiero —contesté, aunque la verdad no es que lo deseara tanto, pero bueno, el punto era hacerla sufrir un poco.
—Está bien, me costó conseguirlo en esa edición, pero quédatelo. ¿Estamos a mano? —preguntó algo esperanzada y aprehensiva, pensando que sería lo único que haría.
—¡Oh! Mi linda Grace, esto es apenas el inicio —le dije y volví a mi lugar, con el libro entre las manos y colocándolo en mi regazo.
—Ya veo porque nadie quiere ser amigo de un Slytherin —dijo por lo bajo, cruzándose de brazos, claramente molesta.
—Tú eres una serpiente honoraria, Grace, así que no finjas —aclaré y sonreí ampliamente— Además, te lo mereces.
—Está bien, eso lo sé —suspiró de nuevo, soltando los brazos— Entonces… ¿te gustó la sorpresa de Potter?
—Realmente sí, el lugar era maravilloso, uno de los mejores de Paris, y aun no entiendo cómo consiguió una reservación para esa noche.
—Su nombre ayuda mucho, Pansy, eso ya deberías saberlo. Quizá en algún momento te conviertas en su esposa y tendrás no sólo saberlo sino acostumbrarte a eso, ¿te imaginas? —sonrió con malicia.
No pude evitar imaginármelo de nuevo eso, sintiendo como mi corazón se aceleraba, algo que ya asociaba ya con Potter, pues nunca mi corazón había latido tan fuerte como ahora y más con las palabras de Harry resonando en mi cabeza, aquello que dijo cuando desayunamos juntos por primera vez, declarando sin titubeos, con esa seguridad con que iba dando cada paso para conquistarme, que algún día él me pediría casarnos. ¿Qué contestaría a eso? No era algo que aceptaría justo en estos momentos si lo preguntara, pero no podía negar que había soñado con eso antes, hace muchos años, cuando lo amaba sin dudar...
—¡Oh, Merlín! Claro que te los estás imaginando —escuché decir a Grace en medio de una risa alta.
—¿Qué? Claro que no —bufé y me crucé de brazos.
—Tu cara te delató por completo, jefa —apuntó con un dedo— Parecía que lo desearas ya.
—Deja de decir tanta estupidez, Grace, yo no aceptaría a Potter ahora —aclaré.
—Pero luego sí, ¿verdad?
—Grace —advertí y ella siguió sonriendo.
—Bueno, cómo tú digas, jefa, pero a esa boda tengo que ir y tengo que ser una de las madrinas, total, yo les he ayudado —declaró con superioridad.
—Y recuerda que por eso no estás muy bien varada, Grace —le recordé.
—Sí, sí, como sea.
Suspiré y lo dejé pasar, ya sabía que con ella era una batalla de nunca acabar si seguíamos hablando de lo mismo, además de que no se estaba tomando muy en serio mi declaración de venganza. Claro que me había ayudado, pero no sería algo por lo cual agradecería, ella lo pagaría muy bien por eso. Además, había algo más que me rondaba por la cabeza, algo que no se me podía pasar de nuevo.
—Hay algo que no entiendo y tú debes aclararme.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué Potter te pidió ayuda a ti? —cuestioné, pues eso me lo venía preguntando desde que me confirmó que había sido ella quien había enviado mi vestido.
Ella sonrió de medio lado, con picardía.
—Nunca pensé que fueras tan celosa.
—No estoy celosa.
—Eso no es lo que parece, jefa —canturreó y rodé los ojos.
Por supuesto que no estaba celosa, pero no podía negar que tenía la espinita clavada de porque Potter le pedía ayuda a ella cuando apenas se habían presentado el lunes de hace una semana. Eso no tenía sentido, lo normal en él sería que buscara a Granger o a Lovegoob, o a cualquiera de sus allegados, no a Grace. Tampoco es que quisiera preguntarle a Harry, pues estaba segura de que llegaría a la misma conclusión que Grace y no quería levantarle el ego al león, pensando que estaba avanzando más rápido de lo que yo pretendía mostrar.
—Nunca he estado celosa —aclaré— Y no lo estaré ahora.
—Como tú digas. Pero te aclararé tu simple curiosidad —aquel retintín me provocó molestia, pues se seguía burlando de mí.
Claro que no estaba celosa y no lo estaría jamás, sí Potter me quería, sólo tendría ojos para mí, lo sabía bien, y si no era así, pues bien podría irse de una vez, y no es que me preocupara por eso, además él jamás podría ocultarme si es que llegara a gustarle alguien más, se le notaría en la cara, en los ojos, en sus movimientos, hasta su propia magia me lo revelaría, pues lo conocía, lo conocía bien y sabía que no era bueno mintiendo. Sí, algo absurdo de decir cuando me he cuestionado muchas veces si de verdad me amaba, pero era mi orgullo quien se negaba a eso, así que por eso tenía mis reservas, de lo que si estaba segura era de gustarle, del deseo que tenía por mí.
Un deseo totalmente correspondido…
—Potter no es tonto, sabía que jamás te pondrías algo escogido por uno de sus amigos, ellos no te conocen bien y si lo hacen, lo único que saben es que tienes un gusto distinto a ellos, por no decir que mejor —imité su sonrisa—, y no podía acercarse a tus amigos, los Malfoy lo hechizarían apenas asomara la nariz. La única opción que le quedaba era yo.
Concluyó, sacando de uno de sus cajones, un sobre y entregándomelo. Lo abrí con duda y reconocí la letra de Potter, después de todo, había recibido muchas notas los últimos días escritas por él. Lo único que decía era lo que Grace ya me había dicho, donde Potter había expuesto sus razones por la cual recurría a ella.
Sentí una sonrisa asomar a mis labios. No podía creer aun hasta donde llegaban los sentimientos de Potter por mí, hasta el punto de pedirle ayuda a alguien que apenas conocía para poder conquistarme, dejando entrever los problemas que se le iban presentando en el camino. A veces pensaba que él sería capaz de más, de más cosas por mí, y eso me llenaba por dentro, de una manera que no podía ni imaginar.
Doblé de nuevo con cuidado la carta y se la devolví.
—Quédatela, sólo la guarde por ti —contestó Grace, moviendo la mano quitándole importancia.
—¿Y para que lo quisiera yo? —enarqué una ceja.
—Una prueba más de que Potter esta idiota por ti y sería capaz de mostrar sus miedos y dificultades para tenerte y, sobre todo, el valor para pedir ayuda, no que sea sorpresa después de todo se enfrentó a un mago oscuro —aseguró ella, rodando los ojos al mencionar lo último.
Apenas pude asentir a sus palabras. Eso ya lo había pensado, él parecía dispuesto a todo por mí, así que solo guardé aquella carta, metiéndola en mi portafolio sin decir nada más.
Me despedí de ella después de unos cuantos minutos de platica y un café. Volví a mi oficina, donde Caroline me puso al día con mis actividades, no había nada que hacer con urgencia, pero si había un poco de papeleo que organizar. Firmé lo que tenía que firmar y chequé el ingreso de las dos últimas semanas, después del evento. Habíamos obtenido buenas ganancias, todos los días había un gran número de visitantes y eso me satisfacía, sabiendo que el evento, aun por cómo terminó, algo que aun discutiría con Potter, había hecho su trabajo para llamar a más turistas y locatarios de la zona.
Así que me si semana ausente todo había ido de maravilla, lo cual se lo comunicaría a David y a Aranza uno de estos días, también para informales de mi llegada a París y como estaba todo por allá. Podía bien comunicarme con ellos ahorita, pero si El Profeta había publicado aquella foto de Potter y yo yendo al museo, era seguro que ellos ya estuvieran enterados, y no quería dar explicaciones de aquello, aunque parecían muy comprensivos respecto a eso, pero no quería hablar todavía, no cuando les había asegurado hace dos semanas que no tenía intención alguna de aceptar a Potter y sabía que nadie entendería que aún no lo aceptaba, pues era algo complicado, sólo había aceptado sus cortejos de buena manera.
Y pensando en eso, fue una total sorpresa para mí que al medio día llegara una lechuza con un ramo de flores, picoteando la ventana que daba al exterior. Me levanté de la silla sin poder ocultar mi sonrisa, y lo bueno que no había nadie para verlo, no sabría qué decir. Sinceramente me había resignado a que ese detalle desaparecería una vez aquí, pero al parecer era una rutina de Potter. La dejé pasar y acepté aquel ramo, la cual la lechuza apenas dejó se fue volando. Abrí la nota rápidamente y leí la sencilla línea escrita.
Te echo tanto de menos…
Eso era todo, todo lo que Potter decía y todo lo que me interesaba saber. Yo también lo extrañaba, muy a mi pesar, lo extrañaba.
Pronto llegó la hora de la comida, y como era algo regular, Grace llegó a mi oficina avisándome de que ya había hecho el pedido para que nos sirvieran ahí mismo. Sólo rodé los ojos divertida, pues siempre que quería seguir averiguando algo, hacía lo mismo, prácticamente me obligaba a comer con ella. Pero no sabía que más quería saber, si ya le había contado la mayoría de las cosas, al menos aquellas más importantes.
Mientras comíamos, ella siguió preguntando más sobre mi viaje a París, cosas más personales. No quise contarle nada concreto, pues ni yo misma estaba segura de lo que sentía, era tan confuso y complicado, y quería decirlo en voz alta hasta que yo tuviera algo claro, hasta que estuviera segura de todo. Aun así, le dije que ya no lo rechazaría, además de que le conté por fin de aquel beso que compartimos, después de contarle como Potter había gritado que me amaba frente a la Torre Eiffel.
—Demasiado cursi ¿no?
—Sí, sí que lo es.
—¿Y qué hiciste?
—Sentirme avergonzada, claro —ella empezó a reír y asintió.
—Sí, yo también lo estaría. Pero ¿qué pasó luego?
—Lo besé para callarlo —confesé y seguí comiendo como si eso no fuera importante.
Escuché a Grace toser, ponerse roja y luego agarrar su vaso de agua para calmarse. Reí un poco al verla y le pasé una servilleta para que se limpiara del poco de agua que escupió.
—¿Lo besaste? ¿Y aun así juras no sentir nada por él?
—Vamos —dejé caer mi cubierto sobre mi plato a medio comer— Cómo si nunca hubieras besado sin sentir algo por un hombre.
—Claro que he dado muchos de esos, en bares, en fiestas, ebria, no después de una cena romántica, no en frente de uno de los monumentos más importantes de la ciudad más romántica del mundo. Vamos, Pansy, no me hagas tonta, tú de verdad sientes algo por ese hombre —afirmó con vehemencia.
La quedé viendo con seriedad, directo a los ojos. Una batalla de miradas en la que perdí, pues ella tenía razón, yo de verdad sentía algo por él y era inútil y tonto querer ocultarlo. Era obvio, demasiado obvio de qué si sentía algo por Harry, y todo el mundo lo sabía, bueno, solo aquellos quienes me importaban. Y todo el mundo sabía ya lo que él sentía por mí. Eso me gustaba más.
—Siento algo por él —acepté.
—Lo sabía.
—Sí, sí, Grace.
—¿Se lo dijiste? —preguntó.
—No, por supuesto que no, no se lo voy a decir… todavía.
—¿Lo harás sufrir?
—Se lo merece, por lo que me dijo al terminar conmigo.
—Sí, en eso te doy toda la razón.
Después del almuerzo, aun me quedaban dos horas más en el museo. Seguí revisando algunos papeles y de igual modo recibí la visita de mi experto en artes: Edward. Pedía de manera muy amable la firma para el traslado de unas obras y piezas antiguas, así como para enviar igual unos cuadros a Francia y Australia. Acepté cada petición, pues las piezas que pensaban traer incluían unas cuantas reliquias de faraones y ese sería una preciosa atracción para el museo. Siempre me alegraba escuchar a Edward de sus ideas para ir cambiando unas cuantas piezas, pues el hombre no se cansaba de investigar y contactar para que siempre hubiera novedades en el museo.
Tomé el té junto a él mientras me hablaba de las historias de Egipto y de las cosas que llegarían hasta dentro de mes más. Después de eso, él se retiró, no sin antes con la promesa de que prestaría unos nuevos cuadros de la Mansión Parkinson.
—Dalo por hecho, Edward —acepté y él sonrió.
—Gracias por eso, señora Parkinson —fue lo último que dijo antes de abrir la puerta y retirarse.
Tendría que llamar a los elfos de mi abandonada mansión y pedir que descolgaran unos cuadros para mí, pues ni loca pensaba pisar aquel lugar, aun me traían muy malos recuerdos de mis progenitores. También tendría que llamarlos para devolver aquellos cuadros que había prestado y que Edward me devolvería, excepto por aquellos que doné.
Suspiré algo agotada, moví la varita e hice desaparecer el servicio de té. Caminé de nuevo a mi escritorio, pues para hablar con Edward, prefería hacerlo en la pequeña salita de mi despacho, y tomé mis cosas para poder retirarme e ir por Lizzie a Malfoy Manor. Como era normal, me encontré con Grace en las escaleras, una vez que me despedí de Caroline, quien también ya estaba a punto de retirarse. Recorrimos el angosto pasillo hasta llegar al salón de los cuadros de Merlín, que aun permanecerían un mes más en el museo antes de volver a España.
La risa de Grace fue la primera en advertirme, así como que detuviera sus pasos en la entrada del salón, y al mirar al frente, supe porque actuaba de esa manera. Hice una mueca con los labios, no porque me disgustara la vista, sino porque Grace se estaba burlando nuevamente de mí y eso de verdad no lo soportaba. Ella siguió caminando, mientras hacía sonar un ligero carraspeo, y Harry giraba rápidamente.
Sentí como Dèjá vu, pero en esta ocasión no estaba ni molesta ni nerviosa o incomoda por su presencia. Hasta podría decirse que me alegraba verlo, sino fuera por la presencia de Grace o de que alguien de la prensa nos viera saliendo juntos de aquí.
—Buenas tardes, señor Potter —saludó Grace, con aquel tonito pícaro y burlón al mismo tiempo.
Rodé los ojos disgustada y me acerqué de inmediato, pues esta mujer era demasiado peligrosa y yo no estaba celosa, no, para nada, pero no la quería tan cerca de Potter, pues podrían seguir confabulándose en mi contra.
—Buenas tardes, señorita Recher —contestó él y luego su mirada se posó en mí, sonriendo con suavidad— Pansy.
—Hola, Potter.
Me quedé quieta mirando aquellos ojos y él no dejaba de sonreír. Esa mirada hacía temblar algo dentro de mí, parecía atravesarme, adorarme, quererme. Era demasiado con esa mirada.
—Creo que mejor me voy —canturreó Grace sonriendo aun con burla.
La miré enojada y ella se retiró sin decir más. Apenas mirándome cuando dio la vuelta al pasillo. Me quedé a solas con Potter y él se acercó más, hasta que la distancia se hizo pequeña, pero aun así parecía no ser suficiente. Quería apretar su ropa entre mis manos y acercarlo a mi pecho, pero alguien podría llegar y no quería más escándalos en mi vida.
—Te he extrañado —fue lo que dijo en un susurro.
Tragué saliva con fuerzas y la tentación pudo más conmigo. Levanté la mano derecha y cerré mis dedos sobre la camisa, justo sobre su pecho, acercándome un paso más a él, mirando el lugar donde sentía latir su corazón.
—Creí que hoy no vendrías —susurré levantando la mirada.
—¿Y perderme la oportunidad de verte? Jamás —contestó con seguridad, sonriendo y poniendo su mano sobre la mía.
No pude decir nada. Nada salía de mi boca, pues no tenía contestación ante eso. Últimamente parecía no tener contestaciones para las palabras de Potter, pero sabía que no importaba. Él comprendía de algún modo.
—Potter —suspiré— ¿Qué voy a hacer contigo? —musité.
—En un futuro, no sé —respondió, bajando más la voz— Pero ahorita podrías sólo permitirme besarte.
Sonreí. Sí, no tenía ninguna contestación para eso, así que sólo jalé su camisa y presioné mis labios con los de él. Sus manos no tardaron para enmarcar mi rostro, y yo sólo pude suspirar ahí en su boca, sintiéndome completa de nuevo.
Sí. Aun no tenía ni idea de lo que haría con él, pero por ahora sólo podría concederle el permiso de besarme.
Hola. Sé que me he ausentado por mucho tiempo, pero es que he estada muy ocupada. Como ya he mencionado (creo que lo hice) estoy en la última etapa de la universidad, entrando totalmente a ese mundo de adulto, lleno de responsabilidades y trabajo, y aunque no dejare de hacer esto, sí se reducirá mi tiempo para escribir.
Espero que lo hayan disfrutado y me dejen su opinión si lo consideran pertinente, si no, sólo sigan leyéndome.
Nos leemos pronto.
By. Cascabelita.
